Atención: Los lugares y personajes mencionados en este fanfic son propiedad de Square-Enix.
Advertencia: Este es un fanfic yaoi o shonen ai (relaciones chico-chico).
Pareja: Seifer&Squall
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QUERIDO ESCLAVO
FanFikerFanFinal
CAPÍTULO 10: LOS PERVERSOS JUEGOS DE SEIFER Y LA INMORALIDAD DE IRVINE
Seifer y Squall entraron en la habitación del comandante. Ambos estaban sudados y cansados, habiendo luchado durante dos horas.
Seifer se quitó la ropa y fue hasta el baño en calzoncillos.
—¡Una bañera! Oh, cuánto te he echado de menos…
—¿Hablando con el mobiliario, Seifer? —dijo una voz tras él.
Seifer fue hacia Squall y lo abrazó, susurrando en un tono sexy:
—Tomemos un baño juntos.
Squall miró hacia otro lado.
—¿Es una orden? ¿Y qué pasará después? Ya no seré más tu esclavo. ¿Seguirás dándome órdenes toda tu vida?
Seifer se perdió en sus ojos. Acarició su perfilado rostro para decir:
—No voy a forzarte ahora que sé que serás mi esclavo para siempre.
Squall gruñó.
—Se supone que tengo que darte las gracias.
—Mientras me dejes ver tu cuerpo, me vale.
Squall cerró los ojos fuertemente.
—Hmph. Piérdete.
Seifer le pasó un brazo por los hombros.
—Veo que no vas a cooperar. Bueno, si me abrazas desde atrás no te veré. Sólo me verás tú a mí. ¿Está bien así?
Squall lo miró, atónito.
—No vas a desistir, ¿verdad?
Seifer besó a Squall en la mejilla.
—Puedes darme un masaje en la espalda… creo que te gustará.
—¿Hasta cuándo vas a insistir?
—Hasta que me digas que sí —dijo Seifer mordiéndole la oreja.
El joven comandante estaba atrapado en el juego de su némesis. El rubio se quitó lo que le quedaba de ropa y se sumergió en agua caliente. Squall, aún vestido, se acercó a él con algo en las manos.
—Hey, ¿vas a vendarme los ojos?
Squall sonrió maliciosamente.
—No confío en ti, lo siento. Cuando esté dentro te volverás a mirarme.
Seifer le devolvió la sonrisa. Realmente no le importaba, al contrario. Le gustaba ver a Squall juguetón.
—Entiendo… eres masoca. Te gustan los vendajes y el cuero.
—Cállate, Almasy.
—¡Hey! Respeta a tu maestro —protestó el rubio.
Pero dejó que Squall pusiera la venda negra sobre su rostro, y poco después un peso tras él sacudió el agua. Seifer acarició los muslos de Squall, murmurando:
—Mmm… qué piernas tan sugerentes… Quistis, eres tan hermosa…
Squall lo miró vengativo, pero no perdió la sonrisa. Con ambas manos, se hizo con las de su rival, y en pocos segundos lo amarró con otra tela.
—¡Eh! Esto no es justo, no puedo ver ni tocar —protestó Seifer.
—De eso se trata, así serás menos peligroso.
Seifer se inclinó hacia atrás para pegar su cuerpo al de Squall cuando notó algo fuera de lugar.
—¡Eh! Llevas ropa, eres un tramposo.
—Sólo es un bañador, me da vergüenza –dijo el otro.
—Yo soy aquí el único vulnerable.
—¿Vulnerable? ¿Tú? No te sentirías vulnerable ni desnudo ante Adel.
—Uh, en serio, intentó hacerse con mi mente para poder utilizar mi cuerpo. Aunque no la culpo.
—Jodido egocéntrico –murmuró Squall.
—Enjabóname con tu cuerpo.
—¿Qué? Será demasiado para ti, no lo resistirás —bromeó el chico.
Seifer, cansado y excitado, comenzó a frotar su espalda contra el pecho de Squall. Atado y con los ojos vendados, era lo único que podía hacer. Squall no pareció estar incómodo, pero al rato, notó que el bañador se le quedaba pequeño.
—Seifer, no hagas eso.
El rubio sonrió triunfante.
—Oh, Squall, me encanta, suplícame otra vez.
—Estás enfermo, Seifer —dijo el comandante tratando de ignorar los roces. Pero era imposible: con Seifer tan cerca, hundiéndose en su aroma y con su cuerpo frotándose salvajemente contra él su visión se nublaba.
—Mmm, dime que no te gusta y estarás mintiendo.
—Por favor…
—Ok, lo entiendo, estás frustrado. Puedes tocarme si lo deseas. Dame tu mano.
—¡No!
Seifer agarró la mano de Squall como pudo y la besó tiernamente.
—Estás muy tenso. Tienes que relajarte. No voy a presionarte. Sólo quiero que disfrutes.
—Yo… estoy nervioso… esto no está bien…
— No está bien que dos personas que se quieren deseen tocarse? ¿Quién te enseñó esos prejuicios, niño enamoradizo? Porque de seguro no fue Edea.
—Claro que sí. Por eso tú e Irvine sois dos enfermos del sexo.
—Tócame, Squall. Te gustará.
Seifer se inclinó para besarle el cuello mientras su rival repasaba con sus ágiles dedos las duras líneas de su pecho. Siguió acariciando su estómago y su cadera, cuando el rubio lo sorprendió con un beso en los labios.
—Mm…eres exquisito —dijo Seifer, y continuó frotándose contra él.
Si en algo no era bueno el ex Caballero de la Bruja era en tener paciencia. Los dedos de Squall estaban volviéndolo loco, así que asió una de sus manos y la guió hacia su miembro erecto. Squall gimió, pero Seifer siguió apretando su mano para impedirle huir. Squall cerró los ojos y dejó que Seifer guiara su mano para acariciarse a sí mismo. Estaba duro y era muy grueso, y la respiración de Squall se contagiaba de la pasión de Seifer en ese momento. Entonces, olvidó su vergüenza. Sólo quería sentir el cuerpo de su rival cerca de él. Había estado soñándolo tantas veces…
—Uh, Squall, no pares…
Squall gruñó.
—No lo haré.
El agua estaba quedándose fría en comparación con los cuerpos calientes de ambos. Squall jadeaba mientras su mano se movía a la vez que la de Seifer sobre su duro miembro, incrementando el placer del más alto.
—Desátame —ordenó, y las manos elegantes de Squall manipularon nerviosas la tela.
Seifer, una vez libre de toda atadura pero aún con sus ojos vendados, agarró la cadera de su rival y se giró para poder tocarlo, apoyándose en la bañera y no más en el cuerpo de Squall. Así, ambos con sendas manos en el lugar de mayor placer, se masajearon con cuidado, despacio. Seifer hacía los mismos movimientos que el joven le hacía a él. Cuando se incrementó la rapidez, Seifer hizo lo mismo. Ambos jadeaban, Squall apenas podía contenerse, ver a Seifer a su lado, gimiendo, sin poder encontrarse con su mirada y con todo su cuerpo en esplendor, murmurando su nombre en un cálido y continuo mantra lo hizo elevarse aún más en la cima de su placer.
—Squall, más rápido…
De repente todo tenía sentido. Él debía corresponder a lo que Seifer le había hecho sentir el día anterior, de modo que ignoró su propio placer y se concentró en el de su compañero. Continuos movimientos hicieron que Seifer parara sus acciones para gritar el nombre de su rival, estallando irremediablemente. Poco después, a Squall le invadió la misma sensación y se unió a él, y ambos se abrazaron en la culminación de su goce, sus cuerpos mojados recobrándose poco a poco del esfuerzo.
—Eres una delicia, Squall.
Estaba cansado y aún era martes. Zell ordenó toda la habitación de su amo Irvine. También debía limpiar sus zapatos y sacarle brillo a su escopeta. Había acabado casi cuando entró el susodicho al cuarto. Traía compañía: una hermosa chica morena de pelo rizado y ojos marrones. Ambos entraron besándose con pasión, la camiseta del joven desabrochada y los pantalones en proceso de seguir el mismo camino. Irvine se separó de la joven cuando notó una presencia en la habitación.
—Oh, ¿aún estás aquí? Deberías haber acabado ya. Eres muy lento.
La chica le sonrió pero no dejó de manosear al cowboy.
—¡Eres un enfermo! ¿Quién es esta chica? Se lo diré a Selphie.
—Corre. Se ha marchado a Timber con unas amigas. Si coges el próximo tren la alcanzas.
Zell apretó los puños.
—¡La estás engañando! ¡Te mataré!
La joven intervino, calmando a Zell.
—No seas aguafiestas, sólo es un juego. Ya sé que Irvine quiere a su novia, antes estaba conmigo sólo por sexo, pero no me importa. Es muy bueno, ¿sabes?
Zell hizo una mueca de desagrado.
—Me marcho para que podáis poner cuernos a gusto.
—Oh, pero no te vayas —suplicó la chica—. Con tres será más divertido, ¿verdad, Irvy?
Irvine miró a Zell, rendido.
—Ellas mandan, tío.
—Mmm, tienes un tatuaje muy sexy —dijo la chica acorralando al rubio, que empezaba a temerse cosas no muy agradables.
—Eh, ya está bien, ve con tu cowboy, yo no…
Pero la joven no se rindió y empezó a desnudarse ante él.
—Eh, vístete. Vístete o gritaré —amenazó Zell.
—Uh, no puedes hacer eso. En el Jardín no dejan entrar a mujeres en los cuartos de los hombres, ¿recuerdas? ¿Qué harán si nos ven a ti y a mí aquí dentro con una guapa muchacha desnuda? —dijo Irvine girando la cabeza—. Olvídate de todo y disfruta por un rato, tío.
—¡Por quién me tomas! Yo no soy un enfermo como tú. Ah, oye —gimió Zell presionando la pared, mientras la chica rebozaba su delantera por todo el cuerpo del muchacho—. Para, por favor… jodido Irvine… dile que pare.
Pero el joven tenía otra idea. En un momento se quedó sin camisa ni pantalones y atacó a la chica por detrás, mientras ésta manipulaba entre la ropa el ya erecto miembro de Zell.
—Ya está bien, dejadme marchar…uh, no hagas eso.
Irvine besó el cuello de la joven.
—Déjate llevar, colega, ¿o es que quieres que esta monada se lleve una mala impresión de ti?
—Ah, Cid nos expulsará… se lo contaré todo a Squall y te mandará lejos… —amenazó el rubio casi sin control, intentando separar a la joven.
—Eres un miedica, Seifer tiene razón —dijo Irvine.
—¡Miedo de qué!
—De dejarte vencer por una tía —sonrió Irvine acariciando la espalda de la joven y lanzándole la mirada más intensa, retándole sin palabras.
La chica besó a Zell en la boca pero éste no se inmutó. Trazó el delicado diseño de la cara del joven para decir:
—Es posible que no le gusten las chicas. Tendrás que desnudarte tú, Irvy.
—¡Oh, ya está bien! —dijo Zell cerrando los ojos—. ¿Me estáis torturando?
El joven se dio la vuelta para marcharse, pero el código del cerrojo estaba echado.
—Oh, qué pena. Ahora necesito a mi esclavo, así que no se puede ir —dijo un Irvine, ahora desnudo frente a él.
—¿Qué vas a hacer, enfermo? ¡Le contaré a todos los SeeDs lo pervertido que eres, les diré que no puedes pasar un día sin sexo, que te da igual un hombre o una mujer, y cuando Quistis oiga todas estas cosas te devolverá a Galbadia de una patada! Si es que allí te aceptan, morboso.
Irvine acorraló a Zell.
—Está bien, hazlo, pero no podrás olvidar el maravilloso momento que pasaste en esta habitación.
Irvine recibió un puñetazo, pero rió.
—Oh, sí, pégame más. Me gusta —dijo, acariciando el torso de Zell—. Taima, llévalo a la cama.
La joven asintió y llevó a Zell de la mano hasta que éste estuvo sobre la cama.
—Recuerda, Dincht, que la veda de esclavo aún no se ha levantado, por tanto puedo hacer lo que quiera contigo. Yo tuve que hacer tres trabajos de trescientas páginas para tus clases, me hiciste ir y venir de Balamb para verme andar, me humillaste delante de Squall y, lo peor de todo, no me permitiste hablar con ninguna mujer ni tener sexo con ellas.
—¡Maldito Irvine! ¡Seguro que lo planeaste todo! ¡Tú y ese mal nacido de Seifer! ¿Qué le habéis hecho a Squall?
—Te equivocas —dijo Irvine sentándose frente a él en una silla—. Yo no soy tan inhumano. Sólo voy a enseñarte lo que te estás perdiendo. Cualquier hombre normal te agradecería esto. ¿Temes no estar a la altura?
Confuso y avergonzado, Zell se dejó quitar la ropa sin chistar. Maldito Irvine. Estaba atacando su punto flojo para dejarlo fuera de combate.
—¿Qué pretendes hacer conmigo?
—No voy a hacerte nada. Ni siquiera te voy a tocar. Te daré una lección de maestro.
Con habilidosas manos, Irvine se acarició a sí mismo desde el cómodo sillón donde estaba. Maliciosamente, sonrió, le lanzó un beso a la chica, quien acariciaba la espalda desnuda del rubio y pidió:
—Taima, dame un buen espectáculo desde ahí.
CONTINUARÁ
