Reencuentros y Desgracias

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Reencuentros y Desgracias

Ginny parpadeó un par de veces antes de volcar el tazón de leche sobre la mesa. Todos los Weasley se alejaron del mantel para escapar del líquido desparramado, mientras que los padres de la chica observaban a su hija y a Oswald con aire estupefaciente.

-¿Qué…? ¿Cómo?... –Preguntó la chica sintiendo como los ojos comenzaban a llenársele de lágrimas.

-No lo entiendo…- Contestó el rubio sin quitar los ojos de la carta- ¿Cómo sucedió?

-Si lo desean, podemos ir en este mismo momento a San Mungo –Dijo el señor Weasley levantándose de la mesa- Le avisaré a Franz que llegaré tarde a la oficina, esto es muy grave.

-Le avisaré a Harry –Dijo la señora Weasley. Ginny la quedó mirando, aunque en ese momento tenía la cabeza metida en san Mungo.- Tiene que saberlo. –Se excusó.

Mientras todos se movían por la casa en busca de las cosas necesarias para ir a San Mungo, Ginny estaba parada en medio del comedor pensando en lo que había sucedido.

-Ginny ¡vamos! Debemos irnos- Le dijo Oswald quien se colocaba una chaqueta mientras afirmaba la carta con la boca.

-Si… si, claro –contestó la chica despabilándose. Con rapidez subió hacia su habitación y se colocó las primeras prendas que le cruzaron por delante; luego se daría un baño, en ese momento lo que más importaba era llegar al hospital cuanto antes.

Como por arte de magia, en un santiamén se halló totalmente vestida y arreglada, lista para salir. Bajó las escaleras con rapidez, e inmediatamente se lanzó hacia la chimenea, donde su padre estaba acumulando los polvos Flu para repartir.

-¡Pero que rapidez! –Le sonrió con ternura, temiendo por su estado de estrés en ese momento- Toma, aquí tienes un poco, debería servir para dos viajes.

-Creo que sería buena idea que alguien se quedara en casa, ante cualquier imprevisto –Sugirió la señora Weasley, quien traía consigo una canasta envuelta en un mantel.

-Yo me quedo –Dijo Bill tranquilamente- Tengo que enviar los papiros de Tuk antes del atardecer. Supongo que pasaran gran parte del día en el hospital.

-Gracias hijo…- Sonrió agradecida Molly.

-Yo me quedagué a hacegle compañía –Agregó Fleur acercándose con Alice- No me agadan los hospitales.

-Gracias hijos. –Dijo Arthur, observando tras Ginny, como Fred, George y Percy se acercaban rápidamente, seguidos por Harry.

-¿Vas? –Preguntó Ginny con un extraño sentimiento de agradecimiento. El chico sólo contestó con un débil levantamiento de hombros.

-Fue un ataque con cruciatus, es algo que me incumbe, ¿no crees? –Dijo lacónico, aceptando los polvos que el señor Weasley le ofrecía.

Ginny repentinamente sintió como aquel regocijo de gratitud se desvanecía como el aire, y nuevamente volvía a estar en la misma situación de incertidumbre que le causaba el chico.

-¿Y Oswald? –Preguntó al notar que el rubio no estaba por ningún lado.

-Ya se fue. -Contestó Bill- Dijo que se adelantaría, quería asegurarse de que todo estaba bien.

Ginny asintió con la cabeza, conmovida por los sentimientos de su mejor amigo para sus amigos. Recibió los Polvos Flu que le entregaba su padre e inmediatamente se coló hacia la chimenea. No alcanzó a decir palabra cuando ya había desaparecido entre las llamas.

-Le dio fuerte…-Masculló George, pero Molly lo asesinó con la mirada, mientras que Harry lo veía de reojo.

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San Mungo, estaba tan atestado como siempre. Ginny apareció por la chimenea principal, y se encontró con una docena de magos que vivían diferentes dolencias. Un hombre alto y calvo, tenía la cabeza deformada producto de algún extraño encantamiento, que le producía una protuberancia tan grande como la misma cabeza, y cuyo peso lo hacia ladearse. Por otro lado, una mujer llevaba a rastras a un niño mientras lo regañaba por haberle quitado la varita, ya que el mal uso de esta le había producido que su cabeza se transformara en tetera. Y así, sucesivamente, cientos de casos, cada uno más extraño que el anterior.

Ginny no demoró en encontrar lo que buscaba, y corrió con rapidez hacia donde se encontraba la recepcionista. Tomó aire, y muy nerviosa le preguntó por los heridos.

-¿Floy? –Preguntó la mujer, escudriñando a la chica llena de hollín bajo sus lentes redondos y pequeños- Habitación cuatrocientos dos, cuarto piso.

-Muchas gracias –Contestó tomando aire. Se disponía a correr cuando la mujer la detuvo.

-¡Hey, niña! No te puedo dejar pasar así como así, ¿Cuál es tu nombre?

Por un momento, Ginny creyó que aquella mujer le tomaba el pelo. ¿Quién en su sano juicio le preguntaba el nombre cuando habían dos personas muriendo cuatro pisos más arriba?

-¿Es necesario? –Preguntó mal humorada.

-¡Por supuesto que es necesario! –Le recriminó la mujer- No puedo dejar pasar a cualquiera. ¡Los jóvenes fueron atacados con una maldición imperdonable!

-Su nombre es Camille Verona, hija del cónsul de Escocia –Intervino Oswald, llegando por atrás de la chica y ofreciéndole un pañuelo.

-¡Oh! –Exclamó la mujer, aparentemente avergonzada- Lo siento…

-No se preocupe…-Masculló Oswald ligeramente enojado- ¿vamos?

Ginny jamás lo había visto actuar de tal manera. Tal vez era porque sabía que sus mejores amigos corrían peligro de morir, o tal vez, era porque ella corría peligro. La chica había olvidado por completo que, aunque para su familia ella estaba vivita y coleando, para el mundo mágico, aun seguía muerta.

El chico no la miró, sino, que la guió hasta el cuarto piso donde se encontraban los Floy. Subieron por la escalera y el chico atravesó por una puerta mágica que se abría sola. Finalmente, llegaron a un pasillo donde los sanadores vestían túnicas de color carmesí, y las lámparas de toda la estancia iluminaban con una débil llama de fuego rojo. A Ginny la invadió un leve escalofrío, se sentía fuera de sí, como si aquel lugar no fuera la tierra que pisaba, ni el planeta donde vivía.

-¿Qué es este pasillo? Jamás lo había oído mencionar.

-Es la sala AMUT, donde están los terminales. –Dijo Oswald con un hilo de voz tan inaudible, que con suerte Ginny pudo distinguir la palabra que había dicho.

-¿Qué es el Amut? –Preguntó nerviosa, temía que Oswald se enojara debido a la actitud que estaba llevando.

- Es la zona de los "Ataques de Muerte Terminal" –Explicó sin mirarla, mientras aún caminaban por el largo pasillo. De vez en cuando pasaban uno que otro sanador.

Ginny sintió un horrible dolor en el pecho al escuchar aquellas palabras, no podía imaginarse a la histriónica Maggie, ni al elocuente de Vincent, a punto de morir.
Siguieron caminando. A medida que avanzaban, la chica pudo distinguir algunas habitaciones abiertas, o una que otra ventanilla, donde había víctimas de horribles maleficios. Su piel se erizó, y el corazón le quedó en la garganta cuando logró ver a través del resquicio de una puerta, a un hombre que parecía estar volteado al revés, y que gritaba con desesperación mientras era atendido por al menos diez sanadores.

Por inercia, se agarró con fuerza al brazo de Oswald, y este por acto reflejo la abrazó por los hombros.

-¿Qué horrible lugar es éste, Oswald…?-Murmuró temblando.

-A este lugar solamente tienen acceso, familiares, sanadores y miembros del ministerio, asociados mayormente al departamento de misterios y aurores. –Explicó abrazándola con más fuerza- Nosotros pudimos entrar porque dimos apellidos importantes.

-¿Eso quiere decir que a mis padres no los dejaran entrar? –Preguntó sintiendo lástima por ellos.

-A tu padre, Percy y… Po… Harry, les pueden dar permiso, porque son miembros del ministerio y están a un alto grado de importancia. Sobre todo Po…

-Potter, sí, lo sé… además de ser el futuro príncipe, es auror, y… es Él. Tiene razones de sobra para poder entrar a cualquier lugar –Contestó apesadumbrada.

-Aquí es…-Dijo Oswald repentinamente, deteniéndose frente a una pálida puerta que resplandía destellos rojizos, producto de la antorcha que estaba situada sobre ella.

Ginny respiró hondamente, sintiendo el horrible aroma que despedía el hospital, entre pócimas y líquidos desinfectantes. Su cuerpo, tembló por completo, cuando el chico abrió la puerta y entraron en una habitación bastante amplia pero muy oscura. Las antorchas rojas, iluminaban en menor grado, y era casi como estar en penumbra, similar a una cámara infrarroja muggle para revelar fotografías.

Un extraño objeto, parecido a un abanico, aleteaba encantado por sobre las camas, emitiendo ondas de aire calidas y sofocantes. Ginny observó el entorno nerviosa, y la primera impresión que tuvo al estar ahí, fue similar a estar dentro de una cámara de tortura.

No habían ventanas, ni el más mínimo rastro de luz exterior, o blanca. La chica no podía comprender como los sanadores podían haber creado tal lugar, cuando normalmente los enfermos (de cualquier tipo) necesitaban más que nunca, aire fresco y luz del sol.

Oswald caminó entre el umbral de la puerta y la habitación, y se detuvo frente a dos camas, separadas una de otra, por medio de una gran burbuja que flotaba indiferente entre los enfermos. El espeluznante objeto, que se mecía como un fantasma por sobre las cabezas de los mellizos, dejaba colgar inertes, una docena de brazos pulposos que estaban agarrados como chupones en el cuerpo de cada hermano. La burbuja cada cierta cantidad de tiempo dejaba ver imágenes borrosas, como una esfera de cristal, la cual mostraba el estado de gravedad en el que se encontraban los Floy.

-Cielos… míralos Oswald...-Murmuró Ginny acongojada y temblando. Maggie de vez en cuando tenía espasmos sobre la cama, y la esfera se deformaba como un chicle, reproduciendo el dolor que sentía la morena.

-Aún está bajo los efectos de la maldición. –Murmuró alguien a sus espaldas. Los dos chicos se voltearon sorprendidos más que asustados, y le sonrieron débilmente a un sanador de abundante barba y cabeza calva que se acercaba a la burbuja para observarla.- No había visto ataques así desde que el señor tenebroso estaba en su máximo apogeo.

-¿Mejorarán? –Preguntó Ginny, interrumpiendo los pensamientos del sanador. El hombre se giró para verla detenidamente y le sonrió con melancolía.

-No sabría decirle señorita…

-Camille… -Dijo ella pensando con rapidez.

-…Camille. No sé con exactitud que sucederá con estos jóvenes. Hemos tenido casos peores, ciertamente. Tal es el de los Longbottom, quienes hasta el día de hoy no han presentado mejorías en cuanto a su locura.

Ginny asintió con la cabeza derramando débiles lágrimas. Aún recordaba a Neville, y saber el estado permanente en el que los padres del chico se encontraban, no mejoraba la situación en la que estaba ella, sino, que la empeoraba.

-¿El estado de los Floy es similar? –Preguntó Oswald, que se había mantenido en silencio.

-El estado de la señorita Margarite no conserva el mejor diagnostico. Fue quien más ataques recibió. No sólo fue impactada por una docena de maleficios imperdonables, sino que además, la apuñalaron con una daga envenenada con veneno de basilisco. Conservado por siglos, sin duda.

-¿De basilisco? –Gritó Ginny dolida- ¿Cómo pudo ser? ¿Quién hizo esto?

Un horrible recuerdo acudió a la mente de la chica, cuando recordó que en su primer año, había vivido en carne propia lo que era estar cerca de un basilisco, y que Harry por rescatarla, había estado a punto de morir.

Cuantos sentimientos encontrados tenía en aquel momento. Primero estaban los Floy, dos personas maravillosas que la habían ayudado y dado un mejor hogar; luego estaba el recuerdo de Neville y los señores Longbottom, y por último, estaban Oswald y Harry, ambos chicos que le producían una sarta de emociones de todo tipo, y que no sabía manejar. Oswald, su protector, el chico más maravilloso que había conocido, ahora estaba sufriendo por el temor y el dolor de perder a sus mejores amigos. Jamás lo había visto tan triste e indefenso, era algo totalmente inesperado, no sabía que hacer ni que decir, sólo se limitaba a tomarle la mano o el brazo, para rendirle ánimos y apoyo. Mientras que con Harry, todo era un revuelo de emociones, primero, quería matarlo, y eso era algo que sentía a cada minuto del día, y otras veces, quería lanzarse en sus brazos y decirle que no lo había olvidado, que aún lo quería y que lo necesitaba.

Pero ahí estaba, entre la espada y la pared, entre dos chicos totalmente opuestos pero iguales a la vez. La única diferencia, claro estaba, era que Harry se casaría en menos de un año, y eso era algo que no podía soportar, pero que sí sabía manejar muy bien para no delatarse frente a todo el mundo, sobre todo frente a Oswald.

No sabía a que venían todos esos pensamientos en tal momento, justo cuando estaba presenciando el agónico vivir de Vincent y Maggie. Su garganta comenzó a apretarse, tenía que huir de ahí. Se disculpó con el sanador y Oswald, y salió de la habitación.

No soportaba más aquel lugar. El poco oxigeno, las llamas rojas, el hombre volteado, Vincent y Maggie, todo era siniestro, maldito, horrible. Necesitaba salir de ahí cuanto antes. Corrió, y corrió deprisa, bajó unas escaleras y atravesó las puertas que se movían solas, hasta llegar al vestíbulo iluminado y con amplios ventanales. Se apoyó en uno de los balcones y comenzó a respirar. Aunque el oxigeno de la ciudad no era el adecuado debido a la contaminación de los vehículos, estar ahí, en medio del recibidor, con luz y con gente sin problemas tan graves, le alivianó un poco la presión que sentía en el pecho y el corazón.

-¡Ginny!

Ginny se volteó dando un salto, y vio como venían corriendo hacia ella sus padres y hermanos, excepto Harry, quien hablaba con la recepcionista y luego subía con rapidez las escaleras que llevaban al cuarto piso.

-¡Mamá! –Dijo acongojada abrazándose al pecho de su madre.

-¿Cómo están hija? –Peguntó el señor Weasley un tanto acelerado.

-Maggie no tiene el mejor diagnostico…-Dijo sollozando- La apuñalaron con veneno de basilisco, y además la atacaron con Cruciatus varias veces.

-¡Por Merlín! –Se quejó la señora Weasley abrazándola con fuerza.

-¿Y el hermano? –Preguntó su padre.

-No lo sé, no alcancé a preguntar por él.- Dijo secándose las lágrimas, recordando que Vincent yacía totalmente inmóvil sobre la cama.-Pero no creo que esté mejor que Maggie.

-Iré a verlos…-Dijo tomándole el hombro a su esposa.- Franz debe saberlo.

El hombre se alejó corriendo y Ginny vio como subía las escaleras dando grandes zancadas. Los gemelos y Percy, habían acudido también a San Mungo. Los dos primeros, se dedicaban a burlarse de cada víctima que venía a atenderse a causa de algún hechizo mal hecho, mientras que Percy, anotaba rápidamente en un pergamino anaranjado todo lo que ocurría.

-¿Qué haces hijo? –Le preguntó Molly, sentándose en una de las butacas dispuestas para los pacientes.

-Redacto un informe sobre lo que ha sucedido. En unos minutos más, cuando papá baje, subiré para ver a los enfermos. –Contestó solemne- Tengo que ir con Harry a la reunión de Aurores, que él ya ha convocado.

-¿Reunión con los aurores? –Preguntó Ginny incrédula, sentándose al lado de su madre.

-Harry es el líder de los aurores. –Dijo Percy con una sonrisa.- Apenas supo lo de los hermanos, fue inmediatamente a avisar a los aurores para que investigaran.

-Oh….- Fue lo único que pudo decir. Por un mínimo segundo sintió gratitud por la preocupación del chico que supuestamente la odiaba.

-Ahí viene Oswald.- Dijo la señora Weasley apuntando al chico, y levantándose de la butaca para recibirlo. –Mi niño, ¿cómo estás?

-Mejor…-Se limitó a decir con una vaga sonrisa.

-Los atraparemos. –Le dijo con una mirada determinada en sus ojos, brindándole todo el apoyo posible.

-¿Qué más dijo el sanador? –Preguntó Ginny con la voz apagada. El chico se sentó a su lado y no la miró a los ojos. Aquello hizo sentir a la chica levemente culpable. Algo en su interior le decía que aquel ataque había sido causado por su culpa.

-Maggie tiene un pronóstico difícil de determinar. Su sistema nervioso ha sufrido mucho daño. Además, hay que contar que el veneno de Basilisco le ha infectado todo lo que es hígado y pulmones. Si el veneno llegase al corazón, ella podría…morir.

Ginny se tapó la boca emitiendo un débil grito de horror. ¿Morir? ¿Maggie? No podía permitirlo, eso no estaba pasando. Se levantó de la butaca y comenzó a moverse nerviosa frente a Oswald, tratando de procesar bien la información recibida. Entonces, se decidió a preguntar por Vincent.

-¿Y Vincent? –Preguntó apretándose las manos.

Oswald levantó la mirada, observándola por primera vez a los ojos. Ginny sintió una horrible sensación de culpabilidad, ya que los ojos del chico parecían querer fusilarla. Después de unos segundos de silencio, que para Ginny fueron eternos, el le contestó bajando la cabeza.

-Vincent está en coma…-Dijo con la voz muy baja-. Los sanadores no saben si despertará. Algunos creen… que es mejor… que es mejor para ambos que… que mueran.

Ginny abrió tanto los ojos que creyó que se le saldrían de las cuencas. El corazón le latió con tal rapidez que se tuvo que apoyar en la pared. Un acido, ardiente y amargo le quemaba todo el cuerpo, necesitaba salir de ahí, todo era su culpa, lo sabía, Oswald se lo había dicho con aquella mirada, sabía que ella en parte era la asesina.

No pudo más con la presión de su posible culpa, y sin saber porqué, sintió la necesidad de subir al cuarto de los chicos y verlos, mirarlos. Necesitaba estar cerca de los Floy.

Corrió lo más rápido que pudo. Subió las escaleras dando saltos más largos que los de su padre, y en un segundo, ya se encontraba corriendo por aquel horrendo pasillo rojo. Cuando llegó al cuarto de los Floy, la puerta estaba cerrada y Harry estaba afuera escribiendo en un pergamino. La chica aminoró el paso, y se apoyó en la misma pared en la que estaba apoyado el chico. No podía explicar lo que pasaba por su mente y corazón en aquel momento. Se imaginó que todas las víctimas que se encontraban en aquel pasillo estaban ahí por su culpa.
Sin aguantar más el dolor que sentía, se tapó la boca con una mano y comenzó a llorar con amargura. No le importó que Harry estuviera ahí y le comenzara a gritar a los cuatro vientos que era una asesina. Solamente necesitaba desahogarse, y aquel lugar era el indicado.

Se arrastró por la pared hasta caer al suelo, y hundió su cabeza entre las piernas. Lloró con todas las fuerzas que pudo, tratando de expulsar aquel dolor punzante que se expandía por todo su cuerpo.

-Ya envié a un grupo de Aurores a investigar –Dijo Harry con la voz levemente monótona. La chica, impresionada, levantó la cabeza, y se quitó el cabello pegado de la cara.-No deberías estar llorando en este pasillo. Van a echarte.

-No puedo llorar abajo. –Dijo levantándose con cuidado del suelo.

-Pero tampoco este es el mejor lugar para hacerlo. –Dijo el chico sin mirarla, y con una voz extrañamente amable. Ella no contestó, y él por primera vez, después de mucho tiempo, la miró a los ojos.- ¿Crees que llorando vas a solucionar algo?

-No tienes idea por lo que estoy pasando. –Dijo ella con la voz gruesa.

-Y tampoco tienes idea por lo que tu amigo está pasando. –Le dijo Harry levantando una ceja-. El Sanador me contó que los Floy eran casi como sus hermanos. Es difícil aceptar que gente tan cercana a ti esté a punto de morir. Créeme, lo sé por experiencia propia.

-Lo siento. –Se disculpó ella tratando de aguantar el nudo de su garganta para no largarse a llorar de nuevo-. Pero… es difícil ¿Sabes? Ellos me protegieron…y… tengo la sensación de que lo que les sucedió…

-… ¿Fue por tu culpa? –Completó Harry. Ginny bajó la cabeza avergonzada, pero el chico no hizo ningún comentario desagradable-. Sé como se siente, ya te lo dije., he pasado por esto antes, y lo sabes.

-¿Y qué piensas al respecto? –Preguntó ella con timidez. Era extraño estar hablando con Harry tan normalmente.

-Creo… que deberías entrar y hablar con ellos –Dijo volviendo a su pergamino- Tal vez, les haga bien escuchar a alguien cercano.

Ginny inclinó la cabeza con suavidad, observándolo. Se veía tan lindo cuando se hacia el interesante.
Justó en ese momento la puerta de la habitación se abrió, y salieron de ella el señor Weasley y el sanador. Harry y Ginny se voltearon a verlos.

-¡Ha!, chicos…-Dijo el hombre sonriéndoles con pesadumbre-. ¿Quieres entrar hija?

-¿Puedo?

-Sólo unos minutos.- Dijo el sanador- Las visitas pueden alterar el comportamiento de la esfera magnética.

La chica le sonrió a su padre y se giró para agradecerle con la misma sonrisa a Harry, pero este se veía sumergido nuevamente en su pergamino.

Se apresuró a la puerta y la abrió con cuidado. Nuevamente se encontraba al interior de esa horrible habitación, con el espeluznante objeto flotando sobre las camas. Maggie se encontraba durmiendo placidamente, ya no tenía aquellos espasmos, y la burbuja parecía flotar con tranquilidad siguiendo la respiración de la morena.

Vincent por otro lado, estaba durmiendo tan placidamente como Maggie, y Ginny se sorprendió de que estuviera tan sereno en aquella situación, como si solamente estuviera descansando.

Se acercó con cautela y se sentó en una silla, justo debajo de la burbuja. Contempló por largo rato a los mellizos. Trataba de hacerse la idea de que estaban ahí por equivocación, y no por haber sido víctimas de un horrible maleficio. Suspiró hondo, y comenzó a hablar bajito.

-No puedo creer que estén en estás condiciones...-Murmuró-… ¿Cómo fue que les sucedió esto?

Como sabía que no iba a haber respuesta, volvió a suspirar, pero más fuerte, creyendo que así, tal vez, haría el ruido suficiente para que pudieran despertar.

Unos golpes en la puerta llamaron su atención, y la tenue voz de su padre se escuchó desde el otro lado.

-Ginny, hija, creo que debes salir, deben reposar debido a la poción.

Ginny asintió con la cabeza apesadumbrada y se levantó con cuidado del asiento. Con sigilo, se acercó hacia Vincent y en un acto de despedida le rozó suavemente la mano, lo mismo hizo con Maggie, que estaba a pocos palmos de distancia.

-Espero que se recuperen pronto, no saben cuanto los necesitamos…

Fue tan rápido como un abrir y cerrar de ojos. La burbuja repentinamente comenzó a temblar, y los tentáculos que se pegaban a los cuerpos de los chicos se despegaron con tal fuerza, que se azotaron entre ellos hasta terminar balanceándose en el aire.

Ginny se alejó asustada, viendo con horror como los mellizos comenzaban a agitarse sobre las camas, produciendo fuertes espasmos. Retrocedió tanto, que quedó de espaldas a la pared. No sabía que estaba ocurriendo, ni tampoco sabía porqué no corría a pedir ayuda. Cerró los ojos con fuerza, sintiéndose aún más culpable que antes, hasta que los ruidos y los espasmos cesaron.

Abrió los ojos con suavidad, de ellos brotaron cientos de lágrimas, y entonces, su corazón dejó de latir. O al menos, eso sintió.

Vincent y Maggie yacían sobre las camas con los ojos abiertos y mirándose entre ellos. La burbuja flotaba sobre las cabezas totalmente transparente y brillante. Ginny no pudo emitir ruido alguno, sin embargo, los que sí podían hacerlo, eran los mellizos.

-¿Qué hago aquí? –Se quejó Maggie sentándose sobre la cama y afirmándose la cabeza- ¡Guau! Siento como si me hubiera azotado la cabeza contra una pared.

-¿Qué ha ocurrido? –Preguntó Vincent totalmente perplejo observando a Ginny, quien aún se mantenía estática y pegada a la pared.

Ginny no sabía que había sucedido, pero sí estaba segura de algo, y era que la euforia que se estaba aglomerando en su pecho, clamaba por salir a gritos. Se demoró pocos segundos en reaccionar y salir corriendo al pasillo. El señor Weasley, el sanador, y Harry, la quedaron mirando curiosos y asustados.

-¡HAN DESPERTADO! ¡MAGGIE Y VINCENT HAN DESPERTADO!

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-¡Muertos! ¡Los quería muertos! ¡Idiotas! –Bramó Candeviere, paseando de un lado a otro mientras sostenía elevados en el aire y de cabeza a Callum y Atharias.

-Le juro señor que los vimos muertos, ¡estaban muertos! –Gritó Atharias totalmente atónito.

-No quedó rastro alguno de vida señor, ¡de verdad! –Suplicó Callum tratando de afirmarse el largo y apolillado vestido rojo, para que no se le fuera a la cabeza y se le vieran las bragas.

-¿Y me pueden explicar entonces por qué los mellizos terminaron en San Mungo?- Inquirió apuntándolos con el dedo.

-¿Sa…? ¿San Mungo? –Preguntó el hombre colgando del techo.

-¡Si! ¡San Mungo! ¡Imbécil! –Espetó Candeviere moviéndose de un lado a otro bajo las cabezas de los sujetos.- ¡Los mellizos están en San Mungo!

-¡Imposible! –Gritó Callum fingiendo sorpresa, ciertamente, recordaba que algo no había salido bien en un hechizo.

-Claro, están con riesgo vital…-Meditó un momento mientras se detenía bajo las cabezas- Sin embargo… ¡Aún están vivos!

Ambos, Callum y Atharias, saltaron asustados, produciendo un gracioso movimiento debido a su postura. Candeviere se agarró la cabeza con desesperación y luego bajo sus manos refregándose la cara.

-¿Señor…? –Comenzó a decir Atharias, pero Candeviere lo detuvo haciendo un ademán con la mano.

-¡Calla! –Dijo furioso- Estoy pensando.

La pareja se quedó colgando de cabeza durante un largo instante mientras el hombre pensaba. Se paseaba de un lado a otro con la mano en la boca, se detenía y reanudaba la marcha. Atharias y Callum tenían la cara roja debido a la presión que producía la sangre, y la mujer con suerte lograba mantener su vestido sujetado.

-¡Lo tengo! –Gritó repentinamente después de un largo silencio, produciendo que Callum con Atharias se asustaran y chocaran sus cabezas como péndulos.- ¡MORGAN!

Se escuchó un "Crac" por toda la casa, y en medio de la sala apareció un chico muy diferente al Morgan que su propio padre conocía. El chico estaba tan elegante como cuando había ido a contratar a los asesinos. Su melena negra la llevaba amarrada en una firme cola bajo su nuca, y llevaba un traje que complementaba pantalón, camisa y una capa negra de viaje.

-¿Llamaste? – Preguntó con seriedad. Su padre lo quedó observando unos instantes antes de responder.

-Si…-Dijo con lentitud, como si aquel cambio en su hijo fuese digno de estudio.

-¿Qué deseas?

-¿Recuerdas aquel trabajillo que te ordené que me hicieras? –Le preguntó mientras se colocaba unos guantes negros. Parecía que había olvidado por completo a los dos seres flotantes sobre su cabeza. Morgan repentinamente se sonrojo, pero trató de evitar el contacto con el hombre para que no lo notase.

-Si…-Dijo carraspeando- ¿Por qué? ¿Quieres que haga algo más?

-No… -Contestó su padre observándolo con atención- Veo que te has estado preparando… Me gusta…-Dijo sonriéndole con malicia y apretándole el hombro-. Me agrada que te estés poniendo en marcha con el plan, hijo.

-Sabes que es mi deber…-Contestó con monotonía levantando los hombros-. Pero bien, ¿qué quieres que haga?

-Quiero que comiences con el trabajo ahora mismo…

-¿Qué? ¿Ahora? –Preguntó sobresaltado-. Pero…pero…

-Pero nada hijo. –Lo chistó con un extraño tono paternal en la voz- Necesito que comiences ahora mismo, debido a que un par de pelafustanes no han podido realizar bien ni el más mínimo encargo.

-¿Qué sucedió? –Morgan por primera vez, se fijó en los cuerpos que flotaban cabeza abajo. Callum y Atharias con suerte podían aguantar la presión en la cabeza- Oh… No los mataron... ¿cierto?

-¿Qué crees tú? –Contestó su padre cruzándose de brazos y levantando la cabeza. Luego de mirar a la pareja por un instante, con una clara expresión de "pobres idiotas", bajó la mirada y se enfocó en su hijo.- Debemos irnos, te explicaré todo en el camino.

El hombre volvió a colocar la mano en el hombro del chico, un extraño gesto si se sabía de por sí, que Candeviere no era un buen padre. Le sonrió con una mueca extraña, la que Morgan catalogó como "un intento de ternura", y ambos se alejaron hacia la puerta de la entrada.

Cuando la puerta se cerró, Atharias y Callum se miraron asustados. Observaron a su alrededor, todo estaba a oscuras, y ellos, estaban solos.

-¿Se… señor? –Musitó el calvo.

-¡AYUDA! –Gritaron ambos. Pero nadie acudió a auxiliarlos.

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Ginny, Oswald y toda su familia, a excepción de quienes estaban en el piso del AMUT, se encontraban esperando fuera de un nuevo pasillo, el de recuperaciones.

Los ventanales eran amplios y por ellos entraba la fresca brisa de la mañana, además de abundante luz. Los pasillos eran amplios y luminosos, y los magos iban de un lado a otro con ramos de flores y regalos.

Ginny ya había repetido una buena cantidad de veces su versión sobre lo acontecido en el cuarto de los mellizos, y aún no dejaba de causar conmoción su relato.

-¿Pero cómo? –Decía George impresionado- ¿Cómo pudo pasar?

-¡No lo sé! –Repitió Ginny exhausta, pero feliz, casi por enésima vez.- Ya les dije, sólo los toque.

-Se está manifestando…- Dijo entonces Oswald, quien por mucho rato se había mantenido en silencio, aunque no por eso dejaba de sonreír. Ginny se giró para verlo, puesto que en ese momento discutía con George, y parpadeó incrédula.

-¿De qué hablas?

-Se está manifestando…-Repitió Oswald con una débil sonrisa-…Tu poder.

Ginny, los gemelos y la señora Weasley, que estaban ahí en ese momento, lo miraron impresionados.

-¿Cómo que se está manifestando? –Preguntó la chica nerviosa. Oswald aún mantenía aquella sonrisa que, en lugar de tranquilizarla, le producía una extraña sensación de pánico. Ginny parpadeó un par de veces al ver que el chico no contestaba, e insistió:- ¡Oswald! ¿Qué quieres decir con "Manifestando"?

-Lo sabes chiquita...-Contestó relajando su expresión y mirándola con ternura-… Sabes que tú poder deberá manifestarse en algún momento. Vincent te lo dijo. Antes de nacer, comenzarán a suceder cosas a tu alrededor, cosas que tienen referencia con la magia que se alberga en ti. Claramente, el que les hayas salvado la vida a los chicos, es una prueba concreta de que el poder está comenzando a gestarse.

Ginny sintió un extraño ardor en su espalda, como si alguien le hubiera arrojado agua caliente en la cabeza y todo el líquido hubiera chorreado por su columna. Automáticamente se llevó las manos al vientre, creyendo la extraña idea de que estaba embarazada de algo inocuo e incoloro. En un fragmento de segundo, por su cabeza pasaron cientos de imágenes, y vio a su estomago transformado en una gran esfera brillante y mágica.

Una lejana voz, pero a la vez cercana, la sacó de sus pensamientos.

-¡Oh, mi niña! –Gritó Molly Weasley sollozando y mirándola con tristeza y… ¿orgullo?, A la vez.

-¿Qué te sucede? –Le preguntó atónita, puesto que no entendía la reacción de su madre. Aquello le debía afectar a ella, no a la mujer.

-¡Me harás abuela! –Sollozó con una sonrisa, y Ginny dibujó una graciosa mueca en su rostro. Nunca había oído nada más extraño que darle un nieto a su madre con la forma de algo que no era humano, ni mucho menos palpable.

-¿De qué rayos estás hablando mamá? –Dijo totalmente roja, ya que muchas personas se habían detenido en el vestíbulo para observar como la noble mujer lloraba por la "gran" noticia.

-Mi niña, no sabes lo feliz que me harás al verte con…

-¡No digas disparates! –Gritó más roja que su propio cabello, y tratando de evitar por todos los sentidos que le llegaran las burlas de sus hermanos y de Oswald.

Por suerte, justo en ese momento, la puerta de la habitación se abrió, y de ella salieron el sanador, el señor Weasley, Percy y Harry. Los cuatro hombres se veían sonrientes, aunque los dos más jóvenes no dejaban de hacer variadas anotaciones en unos pliegos de pergamino, lo que evitaba que se les viera la sonrisa.

-¿Cómo están? –Gritó Ginny, aprovechando la oportunidad para olvidarse del tema de su "extraño" embarazo.

-¡Oh! –Fue lo único que pudo decir el sanador la verla, ya que aún no entendía como una chica tan joven, había salvado a dos enfermos terminales, cuando los más expertos brujos no pudieron hacer nada.

-Ellos están bien hija, felices y alegres, sobre todo esa chica…Maggie…

-¡Es terrible! –Gimió Percy molesto, con la misma expresión que ponía cuando se enfadaba con los gemelos por su falta de madurez.

Ginny no esperó a que le dieran más detalles y fue la primera en entrar a la habitación. Maggie estaba sentada en su cama comiéndose las uñas mientras hacía un crucigrama, en tanto Vincent, solamente se dedicaba a leer un pequeño libro. Ambos levantaron las miradas cuando la chica entró a la habitación, y no evitaron sonreír y dejar de hacer lo que estaban haciendo para poder atenderla.

-¡Mira Maggie, nuestra sanadora favorita! –Dijo Vincent sentándose en la cama.

-¿Cómo estás amiga? –Sonrió Maggie totalmente radiante al verla.

Ginny no pudo evitar sentir como su corazón colapsaba de emoción, y lo primero que atinó a hacer fue largarse a llorar y arrojarse sobre la cama del moreno, la cual estaba más cerca.

-¡Perdónenme! ¡Perdónenme! –Suplicó angustiada. Ambos hermanos se miraron confundidos, mientras la chica seguía llorando lastimosa- ¡Siento mucho lo que les sucedió! ¡Les prometo que haré lo que sea para detener a ese miserable! ¡No dejaré que les vuelva a poner un dedo encima!

Ambos chicos relajaron su expresión y sonrieron con ternura. Habían comprendido que el dolor de la chica se debía a una culpabilidad no existente, y Vincent no tardó en hacerle entender que no era así.

-Ginny…-Dijo haciéndole cariño en la cabeza.

-¡No seas tonta! –Gritó Maggie impresionada. Vincent la asesinó fulminante con los ojos, mientras la pelirroja levantaba la cabeza envuelta en una mata de pelo pegado a su cara. La morena al ver que había captado la atención de ambos, prosiguió- ¿Crees que lo que nos pasó fue por tu culpa? ¡No seas tonta! Ese imbécil de Can... delabro… –Murmuró cuando su hermano la chistó con fuerza-... debe haber descubierto que viviste en nuestra casa. Lo más probable es que haya ido por ti y al no encontrarte se desquitó con nosotros.

-Aún así, es extraño…-Comentó Vincent pensativo- No envió a sus esbirros típicos, sino, a dos asesinos, que si mal no recuerdo, en una época trabajaron para los mortifagos, pero no así para Voldemort.- Explicó el chico al ver la expresión de incredulidad en Ginny.

-¿Cómo que trabajaban para los mortifagos pero no para Voldemort? –Preguntó Ginny secándose las lágrimas, Maggie le prestaba la misma atención a su hermano.

-Eran como los mortifagos de los mortifagos… Me explico… Cuando Voldemort les pedía un trabajo, ellos no trabajaban solos, les pedían ayuda a una secta de mafiosos que habitaba…o habita, no estoy seguro, en uno de los suburbios de Brixton, pero es un condado mágico deshabitado llamado Slawttown. Si eso aún existe, lo más probable es que Él, haya acudido a los servicios de los últimos asesinos a sueldos que quedan en el mundo mágico.

Ginny se imaginaba a Candeviere caminando por aquellos oscuros callejones mientras buscaba a esos asesinos que habían atacado a sus amigos. Como ella conocía bien las calles y las callejuelas de Brixton, no le encontraba sentido ver a un hombre tan elegante como él, caminando por ahí.

Se escuchó un chasquido y la puerta se abrió. Por ella entraron Oswald y la señora Weasley, la cual le sonrió con cariño a los mellizos.

-Oh... –Sonrió Ginny levantándose y arreglándose el cabello- Chicos, ella es mi madre, Molly Weasley.

-Encantada de conocerla…- Dijo Vincent con su acostumbrada caballerosidad. A pesar de que estaba acostado, Ginny habría jurado que si hubiera estado de pie, le habría besado la mano a su madre.

-Un gusto…-Sonrió Maggie desde la cama con torpeza. La señora Weasley les devolvió la sonrisa con su típico estilo maternal que la caracterizaba, y Ginny extrañamente se sintió mucho más feliz.

-El placer es todo mío niños... –Les dijo la mujer-… Espero que estén mejor. No saben el susto que se llevaron mi hija y Oswald cuando supieron que estaban internados aquí.

Oswald, quien estaba tras la señora Weasley, observaba toda la escena en silencio y con una expresión totalmente diferente a la habitual. Era como si no viera a sus amigos, sino, que a su familia. Como si hubiera estado a punto de perder a sus hermanos.

-¡Hola viejo! –Saludo Vincent alegremente desde su cama.

-¿Cómo están chicos? –Dijo adelantando a la mujer y colocándose frente a ellos. Ginny lo miraba por el rabillo del ojo, y podía notar que estaba nervioso y asustado. Un leve escalofrío recorrió su espalda, cuando por un momento, percibió la extraña idea de que tal vez, él la encontraba mínimamente culpable.

-Tengo las piernas entumecidas –Se quejó Maggie con su típico humor sardónico. Su hermano, y las demás personas que estaban en la habitación le sonrieron con gracia.- La verdad, no hallo la hora de salir.

-El sanador nos dijo que solamente necesitaban unas horas para corroborar los exámenes –Explicó la señora Weasley- Luego podrían marcharse.

-¡Genial! –Gritó Maggie sacudiendo sus piernas bajo la sábana. Todos la miraron sorprendidos y ella se sonrojó al instante-. Podrían entenderme ¿no? No soporto estar quieta tanto tiempo.

-A todo esto… señora Weasley… -Interrumpió Vincent- ¿El sanador dijo que nos podíamos marchar hoy si los exámenes salían bien?

-Eso es lo que dijo…-Se adelantó Oswald con la misma expresión. Parecía cansado y triste.

-Bien, creo que será un largo día hermanita…-Le comentó Vincent a la chica que se hallaba contigua a él, quien trataba de desenredarse de la maraña de sábanas sobre sus piernas.

-¿Por qué lo dices? –Preguntó ella sin prestarle mucha atención.

-Pues… -Vincent se dirigió a Oswald con el semblante preocupado, y ambos parecieron entenderse. Ginny intuía que podía ser y no evitaba sentir un nudo en el estomago.- No tenemos casa donde vivir…- Dijo entre avergonzado y triste.

Ginny no pudo evitar sentir como el nudo le apretaba cada vez más las entrañas hasta llegar a sus pulmones y desplazarse hacia su pecho. El dolor que le habían producido esas palabras no era mejor que el que había sentido cuando supo que estaban en peligro de muerte.

Su madre estaba agarrándose los brazos en señal de preocupación y compasión. Oswald mantenía sus manos firmes sobre los barrotes de la camilla, mientras que los mellizos se miraban mutuamente tratando de buscar una solución. Entonces, el dolor que Ginny estaba sintiendo en el pecho desapareció, transformándose en regocijo y en entusiasmo. Un entusiasmo que bailó por todo su cuerpo hasta llegar a su cabeza, y transformarse en idea.

-¡Lo tengo! –Gritó entusiasmada,

Todos se voltearon a verla impresionados después de un largo rato de silencio. El grito de la chica los sacó a todos de sus pensamientos, y la señora Weasley pegó un leve salto cuando escuchó a su hija gritar tan cerca de ella.

-¿Qué tienes? –Preguntó Oswald divertido.

Ginny los miró sonrientes, y luego se dirigió a su madre, quien tenía su mano sobre su corazón.

-¿Puedo hablar contigo afuera?

Con curiosidad, la mujer salió tras su hija hacia el pasillo. Una vez afuera, la fuerte luz del sol que en ese momento penetraba por los grandes ventanales, le dio a Ginny la sensación de vigor y optimismo que necesitaba.

El pasillo terminaba en un pequeño vestíbulo, donde había un mesón con la sanadora correspondiente, y frente a él, su padre, Percy, Harry y otro sujeto que estaba de espaldas, hablaban con un par de sanadores más viejos.

Ginny dejó de mirarlos, puesto que no despertaban su curiosidad, y se dirigió a su madre, que, al igual que ella, observaba a los hombres.

-¿Qué me querías decir? –Preguntó Molly cuando se volvió para ver a su hija. Parecía inquieta, y de vez en cuando, lanzaba mirabas furtivas al grupo que hablaba con los sanadores.

-Es que… no sé si sonará extraño, pero… se me ha ocurrido una idea…-Dijo Ginny tanteando el terreno, puesto que su madre había cambiado tanto, que ya no sabía que convenía pedirle y que no.

-¿Qué cosa hija? –La mujer seguía inquieta y no dejaba de mover la cabeza hacia su marido.

-Verás… lo que sucede… -Ginny también se estaba comenzando a poner nerviosa, su idea podía sonar descabellada, pero valía la pena tratar. Al fin y al cabo, era por una buena causa.-… Oh mamá… Tú sabes como me siento por Vincent y Maggie…yo… yo sé que esto que les pasó fue por mi culpa. Oswald lo sabe y por eso actúa así conmigo… Mamá… por favor… ¿podemos alojar a Maggie y a Vincent en La Madriguera? Por un tiempo, hasta que puedan reconstruir la casa.

Molly parpadeó unos segundos, hasta que por fin pudo procesar bien lo que le pedía su hija. Volvió a girar la cabeza para ver a los hombres, pero estos ya no estaban, en su lugar, había una anciana con un niño en brazos.

Cuando se integró nuevamente para ponerle atención a la chica, esta estaba con los ojos levemente llorosos, y la mujer no pudo evitar sonreír con ternura.

-Hija… no lo sé…-Dijo pensativa- Deberíamos hablarlo con tú padre…

-Mamá… Por favor…-Suplicó Ginny juntando sus manos-. No tienen a donde ir, y hoy los sacaran de aquí.

-¿Y no pueden quedarse donde Oswald?

-Los padres de Oswald están viviendo en Irlanda, y la casa de aquí la han alquilado para otras personas… Vamos mamá, Oswald y Harry viven con nosotros…

-Si, pero hija…

-Por favor…-Rogó Ginny con la voz quebrada y lagrimeando levemente-. Necesito disculparme por lo que hice.

-¡Por Merlín Ginny! –Le gritó la mujer- ¡Tú no has hecho nada! ¡Deja de culparte!

-¡Es verdad! –Gritó Ginny llorando con los dientes apretados- ¡El asesino seguramente envió a matar a quienes me han protegido! ¡Todos quienes me quieren corren peligro! ¡Como Harry con Voldemort!

-Pero hija, no debes culparte por eso…-Dijo la mujer abrazándola- A Harry le dije lo mismo en aquella época, y ahora te diré lo mismo a ti… -Le tomó la cara y la miró con fuerza y ternura a los ojos- Nada de lo que sucede es tu culpa.. Cielo… ¡Por Merlín! Todos quienes te quieren velan por tu protección sin importar los riesgos. Estos chicos te cuidaron y protegieron, es lo mínimo que les debe…

Se quedó callada un instante, mientras que Ginny trataba de interpretar aquella pausa. Fue tan sólo un segundo, y cuando lo comprendió, abrazó a la mujer con fuerza.

-¡Gracias mamá! Les avisaré ahora mismo…

-Pero… ¿dónde los alojaremos?

-Que Maggie duerma en mi pieza, y que Vincent comparta la habitación de Charlie con Oswald. – Dijo Ginny totalmente resuelta, como si aquello lo hubiese tenido planeado. Su madre le sonrió y asintió con la cabeza, dándole a entender su permiso para avisarle a los mellizos.- ¡Ah por cierto! –Dijo antes de abrir la puerta- Había olvidado que Hermione llega está noche de Roma… ¿podrá quedarse con nosotras en la misma habitación? ¡Es amplia!

Molly exhaló un suspiro exasperado pero no pudo evitar sonreír, y volvió a asentir con la cabeza. Ginny se secó las lágrimas, pegó un leve grito de júbilo, y entró a la habitación de los mellizos radiante de alegría.

Oswald, Vincent y Maggie dejaron lo que hacían para mirar a la chica quien dibujaba una alegre sonrisa, y aquello llamó su atención de sobremanera, más aún, si hace unos instantes lloraba sin poder contenerse.

-¿Pasó algo?- Le preguntó Oswald curioso, los hermanos colocaron la misma mirada de extrañeza.

-Les tengo una noticia, una gran noticia –Contestó sin dejar de sonreír. Era gracioso, puesto que aquella expresión de la chica parecía ser contagiosa, y al poco rato todos sonreían tal como ella.

-Bien… ¿Qué sucede? –Preguntó Vincent.

-Les he consigo donde quedarse –Al escuchar aquellas palabras, los tres chicos parecieron iluminarse debido al entusiasmo, y antes de que pudieran decir algo, Ginny les confesó la verdad:- Se quedarán a vivir en La Madriguera, en mi casa.

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Tiare acababa de llegar a la mansión. Había colgado su capa de viaje sobre una vieja percha de bronce, y cerrado la gran puerta de madera. Por suerte, aquel día, estaban todos los ventanales sin cortinas, y en la mansión se respiraba luz y calor. La habitación de las reuniones estaba abierta, y no cerrada como la última vez, y parecía que había más de un habitante en el interior.

Tiare aguzó el oído y lo primero que detectó fue un grito de alegría, como de alguien quien hubiera ganado algún juego o algo similar.

Su rostro dibujó una mueca, entre incredulidad y risa, y comenzó a subir la larga escalera en forma de caracol que llevaba hacia las habitaciones.

Una de las puertas estaba abierta, y sus ojos dibujaron la mayor de las sorpresas, al encontrar en su interior, a un chico de melena pelirroja y sentado sobre un sofá jugando con una consola de video juegos.

-¡Emir! –Gritó contenta.

-¡Tiare! –Gritó el chico dejando la consola de lado y corriendo a abrazarla.

-¿Qué haces aquí? Te hacía en Oriente.

-No. Meng tenía otros planes y prefirió encargarse él del asunto.

-¿Y los otros?

-Andan recorriendo los diferentes ministerios, ya sabes como son… -Dijo sentándose nuevamente en el sofá y volviendo a jugar con la consola.

-Oye Emir… -Dijo la chica suspicaz sentándose en el sofá- ¿Qué han descubierto sobre las portadoras?

-¿Te refieres a las brujas apocalípticas? No lo sé- Contestó el chico dando saltos sobre el sofá mientras jugaba a ganar una carrera.

-¡No les digas así! –La chica se levantó y quitó los cables de la consola.

-¡Oye! –Se quejó él quedándose con los brazos abiertos- ¡Esa carrera era mía!

-¡No me estás escuchando Emir! –Se quejó Tiare colocándose frente a él- ¡Sabes que Meng nos encargó un trabajo! Tenemos que encontrar a las portadoras antes que el ministro lo haga.

-¡Y yo que sé! –Gritó el chico tratando de alcanzar los cables para conectar la consola, pero la chica era un obstáculo difícil de pasar.

-¡Escúchame! –Le gritó ella agarrándolo por los hombros- ¡Debemos interceptar a las demás portadoras! Ya encontré a una, está en nueva Zelanda, al norte. Vive con su abuela, pero no le queda mucho tiempo si Candeviere tiene en sus manos el Henotiometro.

-¿Y qué quieres que haga yo? –Protestó el muchacho una vez más- ¡Ese trabajo le corresponde al concilio de Oriente, no a nosotros! ¡Ahora apártate, que quiero jugar!

-¡Nosotros somos el concilio internacional! ¡Por Dios Emir! ¡Reacciona! ¡Eres parte de una de las congregaciones más importantes que hay en el mundo mágico y a ti no te importa!

-¡No exageres mujer! –Contestó Emir tratando de agarrar los cables desconectados, pero no recordaba cual era el que se conectaba.

-¿Qué no exagere? –Tiare lo tomó por un brazo y con una fuerza inimaginable lo levantó del suelo- ¡Escucha! ¡Vas a venir conmigo, ahora ya! Calfulaf me dijo lo que estaba sucediendo con la tierra, y que acontecerá si no encontramos a las brujas antes que Candeviere lo haga. Si él las encuentra antes que nosotros estaremos todos perdidos. ¿Acaso eso quieres? ¿Ah?

-¿Y qué quieres que haga yo? –Protestó el chico aterrado ante la fuerte reacción de Tiare.

-¡Me impresionas! –Gritó ella soltándolo exasperada. El chico cayó al suelo agarrándose el brazo como un cachorro al que acaban de golpear- ¡Me acompañarás ahora mismo a Inglaterra!

-¿Inglaterra? ¿Qué estás loca? ¡Pero si acabo de llegar!

-¡Me importa un cuerno si acabas de llegar! ¡Vamos a partir inmediatamente a Inglaterra! Debemos infiltrarnos al interior del ministerio. Tenemos que averiguar que se trae Candeviere entre manos.

-Tiare… la verdad es que estás loca… -Murmuró Emir mirándola con cuidado- No podemos inmiscuirnos ahí. Ese lugar debe estar repleto de soldados que trabajan para él. ¡Nos descubrirían!

-En eso te equivocas…- Contestó la chica con seriedad- Se nota que no pones atención cuando Meng hace las reuniones. –Ante el desconcierto del chico, ella prosiguió a explicar, pero con un leve dejo de exasperación- Candeviere trabaja solo… Bueno, no tan solo. La verdad, es que tiene gente a su disposición, pero son mínimos. Y no Emir, no trabajan en el ministerio. Tal vez del único que habría que cuidarse es de su hijo, Morgan. Pero por lo demás, descuida, que no hay gente que trabaje para él en el interior, sería demasiado sospechoso, y Candeviere no es como Voldemort. A él, le gusta ir con cuidado. No quiere que nadie sepa que es él, el asesino.

-Es lo más extraño que me han dicho…- Confesó Emir con absoluta sinceridad reflejada en su pecoso rostro.

-Pero bien. No necesito pedirte que me acompañes puesto que te obligaré a ir conmigo. No pienso ir sola. –El chico iba a protestar pero ella lo acalló con un gesto de su mano- Vamos a disfrazarnos. He averiguado algunos datos de miembros que andan fuera del país, simplemente nos haremos pasar por ellos y diremos que volvimos antes por razones personales. –Tiare sacó de debajo de su cinturón, un grueso frasco de vidrio con un liquido semi transparente, y lo balanceó ante sus ojos- Yo trabajaré en el departamento de aurores y tú, en el de cooperación mágica internacional. Candeviere está en el quinto piso, tengo sus horarios de salida y de llegada. A penas él no esté y el ministerio este vacío, nos infiltraremos a su oficina, buscaremos la información de las portadoras e iremos a buscarlas. ¿Alguna pregunta?

-Sí. ¿Por qué tengo qué ir yo?

Tiare rodó los ojos, lo tomó por un brazo y antes de que el chico pudiera protestar, ella había girado sobre sus talones desapareciendo al instante.

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Morgan caminaba de un lado a otro, casi produciendo un agujero en la sala de la casa. Su padre hablaba por teléfono en japonés, un idioma que el chico detestaba, sobretodo, por el tétrico sonido rítmico que producía en la boca del hombre.

Tenía los nervios de punta, y durante todo ese instante, había tratado de mantener la compostura. Algo no andaba bien, lo presentía. Su padre acababa de usar aquel extraño instrumento, ese que le había arrebatado a la condesa de Escocia, Clotilde La Vaguard. Por suerte, la mujer estaba tan borracha aquella noche, que un simple hechizo desmemorizante había servido para hacerle olvidar que habían estado en su casa el día de la fiesta.

El hombre colgó el teléfono con un fuerte estrépito, y Morgan dio un leve saltó. Su padre se dirigió a él, mirándolo desde arriba, como si fuera la causa de su enojo, y siguió de largo hasta sentarse en un gran sofá rojo, que estaba mirando en dirección a un gigantesco ventanal, el cual mostraba una espectacular vista de todo Londres.

Morgan sabía que cuando su padre se sentaba en aquel sofá, era para pensar, por lo que decidió apartarse e irse a su habitación y esperar indicaciones. Sin embargo, la voz del hombre se escuchó antes.

-Mira hijo… -Murmuró. Morgan se acercó por atrás del sofá y observó el maravilloso espectáculo que otorgaba el ventanal. El Big Ben, relucía desde lo lejos, y la luz del sol hacía brillar el radiante cristal que cubría el reloj. Las montañas y el horizonte estaban pintados con los finos dedos del más prolijo y destacado artista. Las nubes se expandían a lo lejos en pequeñas motas de algodón de diversos colores, unas más grises que otras, señal de que el otoño estaba en su fin y que el invierno comenzaba a acercarse.

Morgan no pudo evitar mirar más allá, más lejos, donde se erguían unas colinas asimétricas. Sabía que tras aquellos parajes se encontraba Carminabell, y no podía evitar que a su mente acudiera el recuerdo de aquel entonces, cuando conoció a Camille, quien en verdad era Ginny, la chica que su padre deseaba tener en sus manos más que a nadie.

-¿Lo ves? –Dijo nuevamente su padre- ¿No es hermoso? Y ahora piensa hijo… Cada país, cada lugar, presenta un espectáculo similar… Y ahora imagina, piensa, que todo eso te pertenece, es tuyo… y eres el amo y señor de todo aquello que te rodea…

Morgan abrió los ojos asustado, ¿de qué rayos estaba hablando su padre? Sabía que no debía contradecirle, así que trató de mantener la calma y esperar a que continuara.

-Hablé con Yoshimatsu…- Continuó- Omanshai anda nuevamente en Indonesia, visitando la tumba de su padre. ¡Maldito contrato! –Masculló- ¡A mala hora me dejé llevar por la compasión, y acepté que el convenio permitiera al chico visitar la tumba de aquel imbécil una vez al mes! ¡Justo ahora que lo necesito!

-¿De qué hablas? –Preguntó Morgan después de un largo silencio- ¿Por qué lo necesitas?

Candeviere dejó que el silencio se mantuviera a flote por un momento, era como si analizara la situación. Miró a su hijo nuevamente, quien, extrañamente, había cambiado desde el momento que supo que tenía que conquistar a Ginny. Volvió a mirar por el ventanal y se levantó lentamente del sofá, quedando de pie frente a él, y dándole la espalda a su hijo.

-¿Recuerdas el Henotiometro que le robamos a la gorda esa? –Preguntó con un dejo de petulancia e ironía en la voz.

-Claro que sí…- recordó Morgan con una sonrisa- Fui yo quien tuvo que cargarla.

-Bueno, ahora que sé utilizarlo… después de aquel percance en la fiesta…- Candeviere hizo un sutil sonido al querer destacar las palabras "fiesta" y "percance", con el fin de hacer sentir mal a su hijo, lo que consiguió gradualmente al causar que este se tocará la mejilla con suavidad.-… Sé como encontrar a las otras portadoras. Lamentablemente si no tengo sus fichas me es más difícil localizarlas, pero hay una que la tengo casi controlada.

-¿Y quien es? –Preguntó Morgan con rapidez, para hacer desparecer el tenso ambiente que se había formado ante el recuerdo.

-Es una mujer, un poco mayor… Se encuentra muy al sur… debo decir… me atrevería a decir que mucho más al oeste…

¿Y? ¿Quién es? –Insistió Morgan. Su padre se volteó con una sonrisa pensativa y apretó los labios.

-Se llama Nora Duval, y vive en Brasil. Aunque es una inmigrante, ya que su familia actualmente reside en Portugal. –Candeviere se volvió para mirar nuevamente a través del ventanal y prosiguió- Creo que podríamos hacer algunos arreglos para volver a traerla aquí, junto con su familia. Aunque lamentablemente será la última vez que la vean.

El hombre rió con suavidad, pero de un modo horriblemente siniestro, y Morgan no pudo evitar que se le crisparan los vellos de todo el cuerpo. Inmediatamente hubo callado, prosiguió.

-Por eso necesito a Omanshai… Necesito encantarla… Necesito traerla aquí.

-¿Por qué no puedes ir a Brasil? Lo has hecho con todas las víctimas. Vas a su lugar de residencia. –Puntualizó Morgan tratando de apaciguar sus nervios.

-Es que…-El hombre pareció pensar un instante, y luego de un largo silencio, dijo:- No puedo salir de aquí hijo. No puedo salir de Europa.

Morgan parpadeó un par de veces antes de percatarse de que su padre parecía avergonzado. Candeviere se sentó en el sofá cruzando las piernas, apoyó los brazos en ellas y luego con las manos se sobó la sien.

-¿De que rayos hablas? –Preguntó Morgan totalmente impactado por aquella sincera confesión.

-No es algo que te competa, hijo.-Murmuró cansado. Morgan iba a hablar nuevamente, pero el hombre lo interrumpió- Creo que es hora de que comiences con tu trabajo. Tráeme el Henotiometro.

El chico hizo caso inmediatamente, pero camino a la habitación, donde estaba guardado el aparato, no pudo evitar pensar que su padre actuaba extraño.

Cuando volvió con el objeto, Candeviere lo tomó con rapidez y lo abrió. Era un instrumento extraño, el cual tenía muchas flechas de colores, y los contornos poseían números y letras en alfabeto griego. El hombre apuntó con él hacía la ventana y pronunció algo de manera inaudible, que el chico no logró entender.

-La chica está aquí, en Londres –Dijo incorporándose sobre el sofá con una voz llena de regocijo- Cerca de la Estancia, a unas dos cuadras de Cottery… ¡Está en San Mungo!

Morgan dio un leve respingo cuando el hombre saltó del sillón, apuntando como un lunático el aparato hacia la ventana.

-¡Ve, deprisa! –Le gritó Candeviere mientras giraba el Henotiometro en sus manos- ¡No está lejos de aquí! ¡Ve, intercéptala!

-Pero… ¿Cómo?... ¿Y qué hago?

El hombre se giró con violencia y ametralló a su hijo con aquellos ojos negros tan escalofriantes. El chico retrocedió asustado y se topó con el carro de los licores, el cual sonó vibrante cuando lo rozó.

-¿Qué hago? ¡¿Qué hago?!- Repitió Candeviere colérico- ¡Haz lo que planeamos idiota! ¡Ve y engáñala! ¡Gánate su confianza!... Y tráemela… la quiero viva cuando la tenga entre mis manos.

Morgan jamás creyó ver a su padre con aquella expresión. Siempre lo acompañaba cuando debían encontrar a las brujas, y además, presenciaba los asesinatos. Aún así, el hombre mantenía la calma y la tibieza de su piel, como si fuera algo de todos los días. A excepción de sus ojos, que se crispaban como dos rejas, al igual que los gatos. Sin embargo, como ahora, nunca lo había visto. Sus ojos echaban chispas y sus labios se crispaban dibujando una diabólica mueca.

-Claro… entiendo… -Fue lo único que atinó a decir. Era presa del pánico.

-¡VETE! –Gritó el hombre escupiendo odio hacia todos lados.

El chico salió a tropezones y zancadillas de la casa, chocando con todo lo que se hallaba a su paso. Cuando se hubo alejado, Candeviere lo observó desde el segundo piso, aún mirando por el ventanal y con la brújula en la mano.

-Pronto… muy pronto… -Murmuró con la mirada fija en el horizonte, y cargada de odio.- Ahora, a seguir con la lista…

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Los Weasley habían pasado casi todo el día en San Mungo, más, para que los mellizos testificaran ante los aurores, que para cuidarlos.

Para cuando estaban por abandonar del edificio, eran casi las seis de la tarde. Habían tenido que almorzar en la cafetería y usar los baños para enfermos. O al menos eso hicieron los gemelos, después de atestarse con casi todos los pasteles de la vitrina.

Ginny, por su parte, lo había disfrutado, el día se le había pasado veloz, y agradecía por sobretodo estar allí con sus amigos sanos y salvos.

Oswald, por otro lado, se había relajado, y era el mismo de siempre, aunque la chica seguía creyendo que el le echaba la culpa por el incidente.

Ante el ajetreo del día, había olvidado por completo que Hermione llegaba esa misma noche, y al recordarlo, corrió veloz para avisarle a Oswald, quien mantenía una conversación muy discreta con Vincent.

Los mellizos ya estaban en pie, y cuando ella llegó para hablar con el rubio, Vincent solamente se sujetaba de una muleta que el sanador le había dado en caso de emergencia.

-¿Pasa algo? –Le preguntó Oswald a penas la vio llegar a su lado tan agitada.

-¡Hermione!

-¿Qué pasa con ella? –Preguntó asustado, esperaba que no fuese otra mala noticia.

-¡Llega hoy!

-¿De verdad? –Inquirió Vincent con curiosidad- ¿Llega de dónde?

-De Roma, se fue por dos semanas… ¡Oswald! Debemos ir al Aeropuerto a buscarla.

-¿Te avisó a que hora llegaba?

Ginny se quedó muda unos instantes, Hermione no le había dicho la hora de llegada, sólo que sería durante la noche, y aquello abarcaba una larga gama de opciones.

-La verdad, es que no.

-Entonces hay que esperar a que avise. –Dijo Oswald. Ginny aún presentía que algo sucedía con él, ya que no estaba actuando como siempre, sino, que un poco más lejano.

-Pero…

-Escucha, Vincent y Maggie tienen cosas que atender aún con los aurores. Deben seguir atestiguando, además de ir a ver la casa. Yo los acompañaré, luego de eso, si alcanzo, te llevo al aeropuerto.

-¿Si alcanzas? –Preguntó Ginny totalmente atónita y con una expresión entre enfado e incredulidad.

-Sí. Los chicos necesitan más ayuda… lo sabes.

Oswald se volteó para seguir hablando con Vincent, mientras este miraba a Ginny con un claro semblante de extrañeza, lo que indicaba que estaba tan pasmado como ella por la actitud de su amigo.

-Bien… entonces… veré como lo hago para ir a buscar a Mi amiga…- Dijo con un aire desinteresado y recalcando el "mi", con el fin de llamar la atención de Oswald, pero este ni siquiera se giró para verla.

Ya estaba cansada, y prácticamente aburrida de aquel horrible nudo que últimamente se le formaba muy seguido en su estomago. Aquello no auguraba nada bueno, ya que significaba que la chica no estaba pasando por los mejores estados de ánimo. Recientemente había llorado más de lo que había reído, y aquel dolor constante en sus entrañas y pecho era algo totalmente cansador y molesto.

Tratando de aguantar las ganas de llorar, se encaminó por el pasillo hacia el vestíbulo, bajó las escaleras, llegó hasta el primer piso y salió a la calle.

Ningún muggle se había percatado que la chica había salido de un edificio en ruinas, sobretodo porque las calles estaban demasiado transitadas como para que alguien se fijara en algo tan ínfimo como eso.

Corrió por una esquina, quería tomar un taxi. No andaba con suficiente dinero muggle, pero ya se las arreglaría para llegar al aeropuerto. De todos modos quedaba la posibilidad de que los señores Granger fuesen a buscarla, aunque aún así, si Hermione le había escrito la carta a ella, era por algo.

Siguió corriendo con prisa, girando la cabeza a cada instante para ver que taxi iba desocupado, pero ninguno pasaba solo.

Con sólo aquella idea en su cabeza, no se percató que iba en bajada por una empinada pendiente, donde los muggles evitaban pasar con coches de bebé o carritos de supermercados, justamente para no resbalar.

En su prisa, tropezó con la gravedad que provocaba la bajada, y trató de agarrarse a un poste de luz, pero no tuvo éxito. A su cabeza acudió el recuerdo de cuando iba escapando de los hombres que la perseguían hacía seis años, y un leve deja vú se le hizo presente.

Ya sabía que caería al suelo, y que, probablemente, se rompería algo. Así que cruzó los brazos sobre su cabeza y cerró los ojos hasta sentir el impacto, sin embargo, no cayó sobre el suelo, sino, sobre algo tibio y blando, y de hecho más alto que ella.

Con un torpe tropezón, la chica se agarró del individuo que tenía delante para evitar la caída, y él la ayudó a que ambos mantuvieran el equilibrio. La chica sintió que su corazón latía con fuerza, ¡que torpe había sido!

Avergonzada, se trató de enderezar para pedirle disculpas a la persona con la cual había chocado, no obstante, en lugar de pedir disculpas, de su boca escapó un gritó de terror.

-¡Morgan! –Gritó aterrada, retrocediendo con torpeza.

-¿Estás bien? –Preguntó el chico sonrojado. Jamás creyó que la encontraría tan rápido.

-¡Déjame! –Dijo ella con brusquedad, alejándose temblorosa. La verdad era, que frente a él, no tenía mucha ventaja. Era más alto, y seguramente andaba con su varita, lo que en ese caso no le habrían servido de ayuda ni las patadas ni los arañazos.

-Espera… -Murmuró el chico con amabilidad- ¿te hiciste daño?

Ginny parpadeó confusa y miró a Morgan a los ojos. Por suerte, no tenía ningún parecido con su padre, aquello habría sido terrorífico. Sin embargo, seguía siendo el hijo del hombre que quería matarla.

-Veo que estás bien… Me alegro –Sonrió él con ternura, y Ginny notó un leve parecido con la sonrisa de Oswald.

¿Qué quieres? –Le espetó ella desafiante, lista para correr si era necesario- ¿Tú padre te ha mandado verdad?

Morgan bajó la cabeza con pesadumbre. El plan era hacerle creer que él estaba en contra de su padre, aunque la verdad no era tan lejana.

-Ese hombre no merece siquiera que hablemos de él…

Ginny parpadeó confusa, ¿Qué tramaba aquel chico?
Como si hubiera sido hechizado, había cambiado su expresión de amabilidad y preocupación, por una de asco y odio inconfundibles.

-¿Estás bien? –Ahora fue ella quien preguntó, valiéndose de la precaución y sus piernas, en caso de que fuera necesario escapar.

-No. –Dijo él apretando los labios, y Ginny notó que unos huesos crujían al cerrar los puños con fuerza.- La verdad… sí.

Ginny arqueó una ceja confusa, ¿qué estaba ocurriendo? No sabía si salir corriendo, o despedirse amablemente de él, lo que fuese necesario para escapar de ahí. Sin embargo, algo había en el chico que no le inspiraba el temor que le había causado en la fiesta. Estaba diferente, vestido con elegancia y el cabello amarrado. Por fin podía ver sus ojos negros, los que siempre estaban cubiertos bajo una capa de cabello largo. La nariz, no era tan encorvada como ella había creído ver, sino, que era sutilmente recta, con uno que otro alargamiento en la punta redondeada.

A pesar de todo, y de aquel drástico cambio con el cual parecía todo un caballero, el chico dejaba notar su dolor y temor a través de sus ojos. Aunque Ginny no lo sabía, Morgan tenía claro que su plan era poder llevársela a su padre, pero la verdad era, que no quería hacerlo. Tenerla ahí, frente a él, era como revivir aquel maravilloso encuentro en Carminabell.

Se quedaron observando unos instantes. La chica comprendió finalmente que no le haría daño. No sabía porqué, pero algo en él le inspiraba una cierta confianza, aunque temor al mismo tiempo, y no tenía nada que ver con el padre del chico. Un aire de reconocimiento existía en su rostro, y ella no sabía discernir que podía ser.

-¿Qué es lo que quieres? –Preguntó finalmente entre atemorizada y amable.

-Yo… nada…- Mintió nervioso- Sólo… iba… iba pasando por aquí cuando vi que te ibas a caer… no sabía que eras tú… hasta que levantaste la cabeza.

-¿El hijo del hombre que me quiere matar anda vagando como si nada? –Preguntó irónica, aunque algo asustada por su propia franqueza. Morgan palideció al instante, y ella detectó miedo en su mirada.

-No lo menciones… ¿si? –Dijo él frunciendo el ceño, con una expresión totalmente seria- No quiero ni recordarlo.

-Es difícil ¿Sabes? Después de que me quisiste entregar a él en la fiesta…

-¡No te quería entregar! –Gritó él. Tenía una voz fuerte y profunda, que ella jamás había oído, puesto que normalmente hablaba con timidez.

-¿Entonces por qué me atacaste a mí y a Oswald? – Gritó estupefacta. Los transeúntes que circulaban por la ladera los miraban curiosos, la chica bajó la voz- ¿Lo conocías verdad?

-¡No fue mi culpa! –Se defendió azorado- Había tomado ponche demás…y bueno… en ese entonces no sabía que eras tú… - Se rascó la nuca nervioso, y Ginny arqueño ambas cejas sin entender- Quiero decir que no sabía que eras Ginebra… creí que eras… bueno, ya sabes…

-Oh…- Asintió ella sonrojada- Creías que era Camille.

-Sí…-Dijo más sonrojado que antes- Y bueno… Camille me gustaba…

Ginny emitió un leve grito de impresión casi inaudible, y también ella se sonrojo, pero Morgan se reivindicó al instante.

-¡No, no! ¡No me mal interpretes! Quiero decir… quiero decir… Me gustaba Camille, no tú…

-¡Pero yo era Camille!

-¡Pero ya no me gustas! –Dijo él agitando las manos como si espantara moscas- ¡La que me gustaba era ella no tú!

-¡Basta ya! Aún así, no explicas el porqué nos atacaste con Oswald. –Insistió ella cruzándose de brazos para parecer tranquila.

Morgan se llevó las manos a la cabeza y se las pasó por el pelo de modo exasperado. Ginny rió levemente, y ante su mirada escrutadora, el chico, sintiéndose atacado, le dijo totalmente rojo:

-¡Bueno, creí que tenías algo con Mcclay! ¡Me puse celoso! ¡Es normal! ¿No? ¿Acaso tú no estabas igual cuando viste a Potter bajar con Elisa por la escalera?

El rostro de Ginny se ensombreció al instante. Recordar aquella escena, era memorar el nuevo comportamiento de Harry, lo cual detestaba con toda su alma. Morgan detectó aquella oscura mirada en los ojos de la chica, e inmediatamente cambió el tema. De todos modos, le convenía dejar las cosas sobre "gustos", de lado por un rato.

-Dime… ¿Tenías prisa? –Preguntó cauteloso.

-¿Lo preguntas por la caída? –Dijo ella volviendo a la realidad, el rió con suavidad.

-No. Lo preguntaba porque te ví correr desde arriba, pero ahora que lo dices, lo de la caída es un buen ejemplo de prisa desmesurada.

Ginny se sonrojo con una sonrisa, algo había en Morgan que le causaba una cierta incomodidad. A ratos, se sentía gustosa de hablar con él, pero había gestos y gesticulaciones que le provocaban un leve temor. No sabía explicar aquella extraña sensación, podría haber sido por la relación que tenía con el asesino, o… algo más. ¿Qué era? ¿Qué le recordaba aquel chico?

-¿Y bien? –Preguntó Morgan nuevamente, devolviéndola a la realidad y sacándola de sus pensamientos.

-¿Y bien… qué? –Preguntó ella parpadeando confusa.

-¿Tienes prisa?

-¿Por qué lo preguntas?

-¿Quieres tomar un café? Yo invito –Dijo con un tono muy amistoso, que Ginny percibió al instante como una excusa para hablar más con ella.

Lo estudió por unos segundos, pero fueron prácticamente eternos. El chico la miraba sonriendo de una manera tan agradable y sincera que le era imposible negarse a la invitación, aunque quedasen sólo unas horas para que Hermione llegara de su viaje. Pero, por otro lado, estaba la incertidumbre de su actitud, además que no podía confiarse del hijo del asesino. ¿Qué iba a hacer? ¿Y si era una trampa?

El chico no dejaba de mirarla, claramente se esperanzaba en una respuesta positiva, y ella no dejaba de cuestionarse que debía hacer.

Se sintió como una niña pequeña, a la cual engañaban con un dulce para llevarla al peligro. Lo había oído muchas veces por la televisión muggle, y aunque Morgan no era uno de esos sicópatas, igualmente temía por su vida. No quería caer en las manos de aquel chico, menos aún si le estaba tendiendo una trampa. Pero… esa sonrisa, sus ojos, ¡era totalmente sincero!..Sabía que no le haría daño, no sabía porqué, pero lo era. Trató de desligar todo terrible pensamiento de su cabeza, y sin dejar que su mente volviera a divagar en aquellas ideas, aceptó.

-Está bien…- Dijo insegura- Pero sólo un momento, debo ir a recoger a una amiga al aeropuerto.

-¿Puedes aparecerte? –Preguntó él, curvando la boca en una picaresca sonrisa. ¡Había aceptado! No lo podía creer, su corazón latía con tanta fuerza que esperaba que no se escucharan los pálpitos.

-¡Claro! Sólo que… -Ella se quedó muda un instante, no sabía porqué razón, pero le avergonzaba admitir lo que no podía hacer- … Sólo que no puedo usar magia.

-Oh…-Murmuró Morgan pensativo, y con una expresión de debilitamiento en su mirada- Te pueden detectar… No te preocupes, si quieres te llevo en mi auto. No me demoro nada en traerlo aquí.

Entonces Ginny sonrió, pero de verdad. Tal vez, ser amiga de Morgan no era tan malo. A pesar de las advertencias de todos sus amigos, ser amiga del hijo de Candeviere podría darle ventaja de saber todo lo que el hombre hacía o podía hacer. ¡Era perfecto! Claro, que nunca se atrevería usar a Morgan para ello, sólo se limitaría a ser totalmente sincera con él, para recibir toda la información posible.

-¿En serio? –Le preguntó ella feliz- ¡genial! No sabes cuanto me agradecerá Hermione que llegue a buscarla la hora.

-¿Y bien? –Reiteró él ofreciendo su brazo. Su corazón no podía latir con más fuerza- El café nos espera… ¿vienes?

Ella asintió con delicadeza, y se enganchó del brazo del chico. Ambos no lo sabían, la verdad, era que ninguno lo sospechaba siquiera, pero Ginny Weasley y Morgan Candeviere, se habían hecho amigos. ¿Qué diría el ministro si se enterara de semejante traición?

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Ginny se había bajado del auto de Morgan justo cuando el avión de Hermione acababa de arribar. Nunca había estado en el aeropuerto, así que el chico la acompaño a las puertas de desembarque para ubicarla, y enseñarle lo que no sabía de aquel modo vehicular de los muggles.

Como Morgan era un chico de mundo, y puesto que su padre se codeaba tanto con los muggles como con los magos, no era difícil saber todas esas cosas. Inmediatamente, Ginny se mezcló entre un grupo de gente, que esperaba frente a un largo ventanal para recibir a sus amigos y parientes. Con dificultad, logró hacerse el espacio suficiente para quedar instalada entre un guardia de seguridad y una chica que al parecer esperaba a su novio, llevaba un cartel con un gran corazón que decía "Michael te amo".

Morgan le sonrió desde atrás de todo ese grupo de personas, y ella le agradeció con un gesto de su brazo. El chico esperaría afuera hasta que saliera con Hermione. Lo que no sabía, era como le iba a explicar a su amiga la noticia de su nuevo amigo.

Pasó un largo rato, hasta que por fin se abrieron las compuertas por donde dejaban pasar a los recién llegados del vuelo Trescientos seis, proveniente de Roma. Ginny se tuvo que poner de puntillas, ya que la gente se había comenzado a amontonar entorno a ella, y eso le dificultaba para poder ver bien a los pasajeros.

No transcurrió mucho tiempo, cuando entre las cabezas que venían saliendo, notó una ondulada y enmarañada mata de cabello castaño, la cual cargaba un carrito con dos maletas bastante amplias. Ginny gritó emocionada y se hizo espacio entre la gente a empujones, para correr a la puerta por donde salían los pasajeros.

-¡Hermione! –Gritó agitando los brazos- ¡Hermione!

La chica se dio vuelta y su rostro dibujó una alegre sonrisa cuando vio a la pelirroja correr hacia a ella.

-¡Ginny! –Gritó.

Ambas amigas se abrazaron. Hermione estaba levemente más tostada de lo normal, y vestía de una manera que jamás imaginó ver. Estaba ataviada con un traje de pantalón y camisa sin mangas, y la pretina del pantalón la adornaba con un cinturón de cadena y piedras. Sin dudas que era otra Hermione, y no la misma chica ordenada que había conocido en Hogwarts.

-¡Vaya! ¡Que linda estás! –Le dijo Ginny admirándola.

-¿Tu crees? Es la última moda en Italia –Dijo ruborizada y con un dejo de modestia absoluto.

-Pues, ¡Te ves genial!

Ambas amigas se abrazaron nuevamente y se encaminaron hacia la salida, donde un chico de cabello negro amarrado y vestido con elegancia las esperaba apoyado en un auto gris. Hermione se detuvo en seco cuando descubrió que Ginny se dirigía hacia él.

-Ginny…- Dijo exclamando un grito agudo- ¿A dónde vas?

-Es una larga historia… -Contestó la chica con calma- Luego te explico, sólo… confía en mí.

Hermione vaciló un momento antes de acercarse al chico. Ginny le sonrió a Morgan y él le contestó de igual manera, abriéndole la puerta del auto a ambas chicas.

-¡Vamos, entra! –Le dijo Ginny a Hermione, quien aún discernía si entraba o no al vehículo.

-Las maletas…- Dijo ella señalando el carrito- Creo… creo que mejor tomo un taxi… no te molestes.

-No es molestia…- Contestó Morgan amablemente- Deja que las meta en el maletero.

El chico tomó las maletas con cautela, y sin usar magia las metió en el maletero del auto. Corrió el carrito dejando espacio para salir del estacionamiento, e invitó a Hermione a subirse. La chica entró insegura al asiento trasero, a un lado de Ginny, y cuando Morgan cerró la puerta, mientras rodeaba el auto por delante para subirse al lado del piloto, murmuró:

-Más te vale que me expliques esta locura.

Ginny rió divertida ante el espantó de Hermione, su amiga estaba mucho más aterrada a cuando ella se había encontrado con él.

-¿A dónde Gin? –Preguntó el chico con simpatía una vez que se instaló frente al manubrio, y Hermione exhaló un gritito.

-Déjanos en Ottery Saint Catchpole –Dijo ella resueltamente y Hermione volvió a emitir un grito.

Cuando el auto se puso en marcha, Hermione aprovechó el ruido del motor para enfrentar a su amiga.

-¿Que estás loca? –Le espetó con los dientes apretados- ¿Qué es eso de "Gin"? ¿Le diste tu dirección? ¡Ginny! Es el hijo de Candeviere…-Murmuró Aterrada para que no la escuchara el chico. Ginny simplemente pudo parpadear un par de veces.

-Te lo explico cuando lleguemos a la Madriguera… ¡Oh! –Dijo repentinamente como si recordara algo que había olvidado- ¡Cuánto lo siento! ¿Prefieres que te vayamos a dejar a tu casa?

-No… -Murmuró la morena con el semblante serio- Mis padres no están en Londres, tenían un seminario de destintas en Dublín, no volverán hasta dentro de unas semanas. Tal vez se queden por más tiempo, están de aniversario a medidos de mes.

Ginny sonrió ampliamente y Morgan la observó por el espejo retrovisor. Asintió levemente con la cabeza y dobló en una desviación de la carretera, donde un cartel azul rezaba "Ottery Saint Catchpole - veinte Km".

-Entonces te quedaras a alojar en mi casa hasta que tus padres lleguen –Dijo Ginny radiante de felicidad. Pero Hermione parecía más nerviosa de lo normal.- Vamos Hermione… -Le murmuró- Morgan no es un mal chico…

-No es él el que me preocupa ahora Ginny…-Confesó- la verdad… es que quedarme en tu casa… no lo sé… No me parece…

-¡Oh, no digas imbecilidades! –Le espetó Ginny agitando una mano. Morgan acababa de doblar por una calzada que llevaba a un pueblo cercano- ¿Crees que mamá no querrá te quedes?

-Pero Ginny…

-¡Pero nada! Haz ido a la madriguera antes, y haz ido mientras yo no estuve, ¡será genial! Además, ahora Maggie y Vincent se quedaran con nosotros y…

-¿Vincent y Maggie? –Preguntó curiosa- ¿Por qué están en tu casa?

Ginny se entristeció, y aquel instante de euforia que la había embargado se esfumó. Con todo detalle, le contó a Hermione lo del ataque y lo sucedido en San Mungo. La chica escuchaba atentamente, casi se había olvidado que estaba en el auto de Morgan Candeviere.

Para cuando Ginny terminó de contarle lo sucedido, hasta la parte donde se fue con Morgan a tomar el café y lo del viaje al aeropuerto, Hermione dibujaba en su rostro una expresión de total incertidumbre. Ginny logró comprender, por medio de aquella mirada, que su amiga por primera vez, no entendía lo que se le contaba.

-No puedo creerlo…-Dijo finalmente- … ¿Pero ya están bien?

-Deberían estar en mi casa en este momento…-Comentó la pelirroja observando el reloj digital del auto, el cual marcaba las veintiuna horas.

-Espero no molestar…-Murmuró Hermione nerviosa, y Ginny no pudo dejar de rodar los ojos.

-¡No vas a molestar! –Le insistió- Mis padres te adoran, mi familia entera te quiere… ¡Claro que estarán encantados de tenerte viviendo con nosotros! Como los viejos tiempos.

-Pero en los viejos tiempos… estaba Ron…

Ginny sintió que su corazón se apretaba, ¡Diablos! Tendría que trabajar en eso, ya no soportaba sentir más presiones depresivas. Así que, con un gran esfuerzo, el cual le costó la mitad de su energía, trató de sonreírle a Hermione de la manera más positiva posible.

-Yo creo que Ron está estupendamente, sé que algún día volverá a casa…Ya sé, ya sé, yo me tardé seis años, pero tenía mis razones –Explicó al ver la mirada acusadora de su amiga-, sabes que fue por no querer ver a mis padres, pero a la larga, uno igual siente necesidad de verlos. Además, Ron no puede vivir sin los arrumacos de mamá… ¡pero no se lo digas a nadie!-Apresuró a decir cuando notó que Hermione abría los ojos para comenzar a reírse.

-Lo sé Ginny, pero ya ha pasado mucho tiempo y… ¡cielos Ginny! No lo sé, no sé si tu madre me aceptará de regreso en tu casa.

-Pues, a mi no me dijo nada cuando le conté que te quedarías. De hecho, he hablado de ti durante estas dos semanas, y nadie ha hecho comentarios al respecto. ¡Vamos amiga! ¡Anímate! Te recibirán con los brazos abiertos.

Hermione sonrió con timidez, justo cuando Morgan detenía el auto en aquel camino de tierra, por donde cruzaron Oswald y Ginny, a un lado de la verdulería.

-Hemos llegado –Dijo el chico con amabilidad- ¿Quieres que te ayude con las maletas? –Le preguntó a Hermione.

La chica tenía sendas emociones encontradas, no sabía si quería bajarse o quedarse en el auto con aquel chico. No sabía que responderle, ni tampoco si debía confiar en él como Ginny lo hacía. Y mucho menos sabía, si le convenía o no, quedarse en la casa de la familia Weasley.

-¿Y bien? –Insistió Morgan con una sonrisa amable.

-No, no te preocupes, las llevo con magia.

-Como quieras.- Contestó él sin dejar de sonreír, luego se dirigió a Ginny- ¿Quieres que te deje aquí Gin, o te acompaño hasta tu casa?

Ginny sintió como la mano de Hermione se enganchaba a su brazo como una garra, y comprendió inmediatamente lo que quería decirle. Contestándole la sonrisa, la chica le dijo:

-Gracias Morgan, pero caminaremos ahora.

-¿Segura? Está algo oscuro.

-No te preocupes, mi casa no queda muy lejos de aquí.

-Está bien. –Dijo el chico con una voz insegura- Cualquier cosa puedes gritar.

Ginny rió ante el comentario, pero no así Hermione, quien no dejaba de verlo recelosa. El chico abrió el maletero del auto, y se bajó de él para sacar las maletas.

Cuando ambas chicas estuvieron en tierra, Hermione conjuró un hechizo y ambas maletas se achicaron hasta llegar a su mano.

-¿Por qué no hiciste eso antes? –Le preguntó Ginny curiosa.

-Estábamos en un lugar público Ginny, es bastante difícil hacer este tipo de hechizos sin que alguien te vea.

Ginny levantó los hombros dándole la razón, y Morgan las observó por un instante. Ella captó la mirada del chico y se giró para ver a su amiga.

-Sabes donde queda mi casa, puedes caminar.

-¿Estas demente? –Le espetó la morena- ¡No pienso dejarte sola en esta oscuridad y con Él!

-Hermione, por favor… -Suplicó Ginny, pero al ver que su amiga no cambiaría de opinión, bufó molesta- Está bien… espérame, pero un poco más lejos. Quiero hablar con Morgan.

Hermione frunció el ceño y se alejó, pero sólo unos cuantos metros, de donde podía observar lo suficiente para poder defender a su amiga en caso de que algo ocurriera. Ginny la observó alejarse y notó aquel ojo aguileño con el cual la vigilaba de lejos. Nerviosa, y algo intimidada por aquella conducta de "madre" de su amiga, se acercó a Morgan, quien la esperaba a un lado de la puerta del auto.

-Bueno…-comenzó ésta-… Gracias por tu ayuda. Lamento haberte alejado tanto de tu casa.

-Oh, no te preocupes –Dijo él, levemente sonrojado, aunque no se lo notaba ante la oscuridad de los alrededores- fue un honor haberte podido conocer mejor, aunque a tu amiga parece que no le agradé mucho.

-Debes entenderla… Eres… bueno…

-Lo sé, su hijo… lo sé… Y de verdad lo siento. –Se disculpó Morgan con una voz de resentimiento, como si recordarlo le molestara.

-En fin…-Suspiró la chica cansada-… Gracias por traernos, fuiste muy amable.

-No hay porqué, sólo espero que esto te demuestre que no soy como mi padre…-Morgan sentía que más sincero no podía ser, aunque aún estaba bajo el rastreo de aquel hombre- …De verdad me agradó lo que ocurrió está tarde. Jamás le había contado a alguien todo eso.

-¿En serio? Vaya… -Ginny se sintió totalmente conmovida por aquel chico, algo en él irradiaba una bondad absoluta, y la verdad de su vida solitaria- … Bueno, me siento honrada, en serio… Y de verdad, no creo que seas como tu padre.

El chico sonrío de una manera que Ginny jamás había visto sonreír a nadie. Era de felicidad, pero de una felicidad llena de agradecimiento, y nacida desde el interior del mismo corazón.

-Eso era todo lo que necesitaba escuchar…-Dijo él manteniendo la sonrisa y entrando al auto. Ginny lo quedó viendo con melancolía, y antes que este cerrara la puerta, le dijo:- Ah… y por favor… no le digas a nadie de tu familia que somos amigos, sólo, por precaución.

Ginny asintió extrañada, pero lo aceptó. El chico cerró la puerta, y con un gesto de su mano, se despidió de ella.

Una vez que el vehículo se hubo perdido en medio de la oscuridad, se acercó a Hermione, quien además de estar congelándose, la observaba como si quisiera castigarla.

-¿Y bien? –Preguntó.

-¿Y bien, qué?

-¿Qué te dijo?

-Nada…-Dijo tranquila- Sólo le agradecí el habernos traído.

-Ginny, por favor…

-Lo sé, y sí, tienes razón… Me iré con cuidado, pero aún así no creo que sea un mal chico…

-Sólo espero que sepas lo que haces… ¡Oh, rayos! ¡Eres tan testaruda como Ron!

-Bueno, somos hermanos ¿Qué más esperabas?

Hermione curvó la boca, y ambas chicas riendo se encaminaron en dirección a la Madriguera, justo detrás de los setos que se divisaban un poco más allá.

Morgan iba conduciendo cuando recibió una llamada por su teléfono muggle. Se detuvo en la calzada y contestó nervioso. Al otro lado, la voz de su padre sonaba lenta y ansiosa.

-¿Cómo te fue? –Preguntó, el chico cerró los ojos.

-Bien. –Dijo apretándolos con fuerza- He entablado relación con ella.

-Perfecto… Yo también he hecho lo que debía.-Contestó el hombre con una voz llena de regocijo, y Morgan sintió como una lágrima se deslizaba por su mejilla.

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El recibimiento de Hermione en la Madriguera fue mucho mejor de lo que la chica esperaba. Aunque era bastante tarde, todos los Weasley, incluyendo Oswald, los Floy y Harry, estaban sentados en la sala. Fue una total locura, abrazos, lágrimas y chistes. Los gemelos no tardaron en hacerle recordar que era casi como su "cuñada" y Hermione tampoco pudo evitar mirarlos con la misma cara que solía hacerlo cuando era Prefecta en Hogwarts. Sin embargo, estar ahí nuevamente, le producía una cierta incomodidad, y recordar a Ron precisamente, no era lo más confortable.

No obstante, la prueba de fuego llegó, cuando Hermione se reencontró con Harry, ya que no hablaba con él desde la fiesta.

-Hola Hermione... –Saludó él con la intención de abrazarla, pero ella se mantuvo alejada y sólo le entregó su mano.

-Harry…-Murmuró tranquila-… ¿Cómo estás?

-Bueno, ahora que estás aquí, podría decir que, "como en casa"…- Dijo él con una sonrisa. Ginny sintió que su cuerpo se estremecía, hacía tanto tiempo que no lo veía sonreír así. Parecía… feliz.

-Vaya… que lindo gesto –Dijo Hermione irónica, aunque Harry no notó aquel tono, ya que siguió sonriendo.

-¿Qué más te puedo decir? –Dijo él mirándola de modo agradable- Eres como mi hermana, es casi como estar en Hogwarts.

Ginny sintió que era el momento oportuno para sacarle en cara que con Ron podría estar más completo. Pero su familia estaba tan feliz de tener a Hermione ahí, que no quiso arruinar aquella escena. Ya aparecería la oportunidad para encararlo personalmente.

-Bien… creo que yo iré a dormir-Dijo el señor Weasley aspirando un largo bostezo, que contagió a todos.

-Yo también – Dijo Molly- No se acuesten tarde –Les dijo a todos sus hijos y a los demás chicos.

Fleur se levantó del sillón donde estaba sentada con Alice en brazos. La niña estaba totalmente dormida y Hermione no pudo evitar sonreírle con ternura, tenía tanto que hacer para ponerse al día.

Bill, tomó a la niña en brazos para que Fleur pudiera subir las escaleras, y se despidieron de todos antes de perderse en el segundo piso. Los gemelos y Percy, hicieron lo propio, se despidieron de todos, hicieron su último chiste con Hermione, la cual se vengó propinándole un acertado codazo en la costilla de George, y luego subieron las escaleras.

Vincent se miró con Oswald y Harry. Este último había tenido la suerte de recibir como nuevo dormitorio la habitación de Ron, por lo que no se preocupó de tener que compartir su espacio personal con nadie.

Oswald entendió inmediatamente que su amigo se iría a acostar, y este asintió con la cabeza. Harry se despidió de todos de manera incomoda, se sentía prácticamente una mosca en nido de abejas. A la única a quien le dirigió una sonrisa fue a Hermione, quien tampoco se la recibió con mucho agrado. Sólo por cortesía se despidió de los Floy, quienes no tenían culpa de nada, puesto que ni los conocía, y ambos chicos le contestaron el saludo con una inclinación de cabeza.

Finalmente miró a Oswald y a Ginny, pero a ninguno de los dos les hizo ningún comentario al respecto, además, no tenía porqué hacerlo, según él.

Sin voltear a ver, puesto que sentía que lo observaban, subió las escaleras, y una vez que se perdió en el último escalón, Vincent habló.

-Yo también creo que iré a descansar…- Dijo con timidez, algo que Ginny jamás imaginó ver en él-… Tus padres han sido muy amables Ginny, nos han dejado estar aquí por un tiempo indefinido, de verdad te lo agradecemos.

Ginny agachó la cabeza con tristeza y luego la levantó de manera suplicante.

-Perdónenme… -Murmuró.

Maggie y Vincent se miraron y el chico avanzó con lentitud hasta Ginny, y la abrazó con fuerza. La chica se quedó de una pieza, y cuando el moreno deshizo el abrazo, ambos se quedaron viendo.

-¿Qué debemos perdonarte? Eres como nuestro ángel de la guarda. –Dijo sonriéndole con dulzura, y Maggie se acercó por detrás.

-Además, nos encanta esta aventura que estás viviendo, casi somos parte de tu misión, y eso nos agrada. –Dijo la chica abrazándose con su hermano.

Ginny no quería llorar más, aunque fuera de alegría, así que sólo se limitó a sonreír agradecida. Oswald se mantenía alejado, observando la escena con una sonrisa apretada, y ella sintió que algo no andaba bien. Se acercó a él, y debido a la altura, lo miró desde abajo.

-Que descanses… -Le dijo entre seria y apenada.

-Gracias...-Contestó impresionado. No se esperaba que ella se acercase para despedirse, creyó de hecho, que no lo haría.

Ginny se giró para ver a Hermione y a Maggie. Con una sonrisa cansada, tomó una de las maletas de la chica, que ya había vuelto al tamaño normal, y se dirigió hacia las escaleras.

-Yo voy a acostarme, no se ustedes.

Hermione y Maggie se miraron y levantaron los hombros aceptando la propuesta. Se despidieron de los chicos, y siguieron a Ginny al segundo piso.

Vincent y Oswald se quedaron viendo, el rubio aún mantenía una mirada ida y soñolienta, pero más que eso, parecía irradiar… ¿miedo?

-¿Estás bien? –Le preguntó el moreno, y Oswald parpadeó, como si hubiera estado en trance.

-¿Qué? Oh… sí, bueno… No… ¿Sabes? La verdad es que estoy muy preocupado.

-¿De qué hablas?

-No sé que fue lo que ocurrió en San Mungo, pero haya sido lo que haya sido, me tiene preocupado.

-¿Te preocupa que estemos vivos? –Le preguntó Vincent con un toque de broma y recelo en la voz.

No, que dices…-Sonrió- …Me preocupa lo que Ginny hizo.

-¿Es por eso que no le hablas?

Oswald parpadeó confuso y luego se refregó los ojos, estaba cansado.

-No… la verdad, es que no sé… Me preocupa que el poder esté despertando. –Oswald suspiró hondamente y miró a su amigo con una expresión que lo hacía verse mucho mayor de lo que era- ¡Rayos Vins! ¡Está despertando! ¡Prácticamente los revivió! ¿Cómo quieres que no me preocupe?

-Lo sé, y créeme que más agradecido de ella no puedo estar. Aún así, hay algo más… no me engañas… ¿Qué es lo que te está preocupando?

Oswald lo miró con el semblante ensombrecido, inclinó la cabeza hacía atrás para ver el techo, como si ahí encontrara la respuesta, y luego volvió a ver a Vincent.

-Me está preocupando, que aquel poder que libere Ginny, nos ponga en peligro a todos.

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Keitaro estaba sentado en su típico sillón con aquel temible casco de cables en su cabeza. Omanshai estaba de pie frente a él. El hombre hizo un gesto con la boca, lo cual el chico notó por el movimiento que hizo su bigote al sacudirse con cuidado. El silencio se mantuvo un instante antes que comenzara a hablar.

-Te has demorado, Omanshai.

-Lo siento. Supe noticias del paradero de mi madre y fui a buscarla.

-¿Fuiste a ver a tu madre? –Le preguntó el hombre impresionado y con la rabia aflorando a toda velocidad.

-Sí. -Contestó- Pero no la encontré. Cabe la posibilidad que también esté muerta.

Keitaro, quien se había inclinado levemente del sillón, se acomodó nuevamente de modo relajado. Observaba al chico por medio de aquellos lentes infrarrojos, y vio como su semblante se mantenía tan impávido como siempre, sin mostrar emoción alguna.

-Ya veo… -Musitó Keitaro con suavidad-... No deberías haberlo hecho, sabes que el contrato se limita solamente a visitar la tumba de tu padre.

-Lo sé… Lo siento…- Contestó el chico agachando la cabeza sumiso.

-Bien, vamos al asunto...-Dijo Keitaro con brusquedad cambiando el tema- El amo te necesita, debes partir a Inglaterra cuanto antes.

-¿Otra víctima, señor?

-Eso me temo. Tendrás que hacer un largo viaje Omanshai. Deberás comunicarte con él, te dirá que hacer.

El chico asintió con la cabeza y se dio media vuelta para salir de la habitación oscura, pero la voz de Keitaro lo detuvo antes de que tomara el pomo de la puerta.

-Más te vale que hagas bien tu trabajo Omanshai, y procura no desaparecer tan seguido. Sino, no podrás volver a visitar la tumba de aquel hombre al que llamas Padre.

Omanshai cerró los ojos. Por primera dejaba ver algún tipo de sentimiento que le indicará dolor, pero como estaba de espalda, Keitaro no lo notó. Asintió con la cabeza a la amenaza y salió de la habitación.

Una vez que la puerta se hubo cerrado, y que Keitaro comprobara que el chico había abandonado de la mansión, se quitó el casco. Miró a la puerta fijamente, y murmuró:

-Maldito Koji…

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Un nuevo día había llegado, y era muy diferente al anterior. El sol no brillaba, sino, que unas grises nubes cubrían su maravilloso resplandor. Los aldeanos se habían agrupado en torno a una mujer que gritaba como loca, rogando piedad y llorando amargamente. Cordelia Richmond desafiaba y gritaba a un muchacho que montaba sobre un caballo blanco. La mujer que lloraba se mantenía arrodillada en el suelo, sujetada de una anciana y de Tristan, el hijo de Cordelia y amigo de Nacet, la niña que se estaban llevando.

-¡Por favor Calahad! –Rogaba con amargura la madre de la niña, llorando desde el suelo y agarrándose a la rienda del caballo-¡No te la lleves!

El chico no podía más que mirarla con lástima, además de tener que tolerar y aguantar los gritos de Cordelia, quien no paraba de insultarlo y sacarle en cara el dolor de su madre cada vez que podía.

Nacet estaba sobre el caballo con los ojitos tristes, no entendía que sucedía y porqué estaba sobre aquel animal.

-No llores mamita…- Le dijo con la voz suave. La mujer elevó los ojos y se levantó del suelo con ayuda de la anciana para abrazar a su hija.

-Mi niña, mi niñita…-Sollozó con amargura- ¡No dejes que te lleve!

-¿A dónde voy? –Preguntó totalmente inocente. La mujer volvió a rugir y a llorar con estrépito, mientras la muchedumbre miraba con odio al chico que montaba el caballo.

-Por favor Selene… entienda… -Suplicó el chico totalmente triste y nervioso. No era su culpa, pero estaba cumpliendo órdenes.

-¡No! ¡Mi hija! ¡No! ¡Por favor Calahad!

-Nacet volverá…-Murmuró.

-¡No quiero esperar siete años más para volver a verla! –Selene se separó de su hija y se giró para ver a Calahad con el semblante totalmente húmedo y rojo producto de las lágrimas, y le murmuró- Ni siquiera sé si estaré con vida para volver a verla.

Calahad cerró los ojos con tristeza. Recordaba que con su madre había pasado algo similar, puesto que después de ser elegido como Druida, al poco tiempo se enteró que ella había muerto en una emboscada.

Le tomó los brazos a la mujer, omitiendo todo grito del exterior, provenientes de Cordelia y de los aldeanos, y la miró a los ojos.

-Selene, Nacet va a ser una druida, una sacerdotisa. Ha sido elegida por los dioses. Ella tiene el poder de la tierra y de los cielos, podrá curar, sanar, incluso hablar con los muertos si fuese necesario. -La mujer se enjugó las lágrimas escuchando al joven con atención, sus bellos ojos azules estaban tantos o más tristes que los de ella misma.- Si confías en el entrenamiento que los sacerdotes le profesaran, no deberás temer. Tal vez aún estés con vida cuando ella regrese, sino, al menos podrá comunicarse contigo. Sabes que para nosotros la muerte es sólo un camino más en la etapa de la vida, algo sin importancia, ya que después de ésta, sólo nos espera una vida más larga al otro lado del mundo.

-Calahad…-Murmuró la mujer suplicando.

-Lo siento Selene… Nacet viene conmigo, los sacerdotes no pueden esperar más.

La niña por fin pareció entender lo que ocurría, y cuando el caballo emprendió la marcha, su madre tratando de evitar que se fuera, cayó al suelo llorando con amargura, siendo sujetada por Cordelia y la anciana. Los aldeanos la miraban con odio, pero comprendía que no era a ella, sino, al apuesto chico que la llevaba en el caballo.

Parecía tranquila, aunque su cabecita trataba de comprender todas las acciones que ocurrían a su alrededor, hasta que vio a Tristan. El niño la miraba con aquellos ojos azules como el cielo, llenos de tristeza. Y por fin comprendió que tal vez no volvería a verlo nunca más. Sus pequeños ojitos, violetas y brillantes, recorrieron de la tez del niño a la escuálida figura de su madre enferma, y entonces, comenzó a llorar.

-¡Mamá! –Gritó- ¡Mamita!

Calahad se giró lentamente, y vio como la niña veía a su madre llorar. Él recordó que nunca había llorado, que se dejó llevar por aquel hombre que fue a buscarlo y se olvidó totalmente de su procedencia. Pero Nacet era una niña, un ser más sutil, más sensible y más armónico que un niño, y comprendió, que no sería fácil entrenarla.

-Calma cariño…- Murmuró tranquilo, como si fuese un padre- volverás a verla.

La niña se giró para verlo con los ojitos llenos de lágrimas.

-¿Y a Tristan?

Repentinamente Calahad sintió una punzada en el corazón, algo ahí no estaba bien. Los niños no sienten emociones hasta entrados a una edad más madura, pero las niñas…

-Por todos los dioses…-Murmuró acongojado para sí mismo- ¿Lo habrán sabido los maestros?

Cuando él fue llevado para instruirse como druida, recordaba que una de las leyes más fervientes era "No enamorarse", puesto que la regla hablaba de amar al espíritu del mundo, un sentimiento que se generaba con la práctica y la meditación. Un sentimiento que se abría más allá de una pasión carnal o del corazón, un amor, que llevaba a los sacerdotes druidas a amar a todos, personas, animales y plantas, como si fueran un solo ser. Un amor que sólo se conseguía con una meditación que duraba nueve años. Entonces, el druida podía volver a su lugar de origen y proteger al pueblo, ya que en él habitaban todos los hechizos que controlaban el universo. (0)

Calahad se giró para ver a la niña, quien, ya pasado una ladera montañosa, no veía ni a su madre ni al niño. Con un suspiro, vio que Nacet estaba con la cabecita gacha y sollozaba en silencio. No sabía como animarla, así que se decidió por entablar una conversación amigable.

-Ese niño, Tristan… Es muy amigo tuyo… ¿verdad?

Nacet levantó la mirada y sus ojitos violetas se encontraron con los relucientes azules de Calahad, quien le sonreía con ternura.

-Sí… Es mi mejor amigo. –Murmuró muy bajito- Es el único que tengo.

-Oh… ¿y qué edad tiene?

La niña miró sus manitos y con ellas contó siete dedos, los cuales se los mostró a Calahad. El joven sonrió ampliamente ante la ternura que inspiraba la pequeña.

-Ya veo… es mayor que tú.

Nacet asintió levemente y Calahad tiró las riendas del caballo para doblar por un camino lleno de árboles.

-Y dime Nacet… ¿Lo quieres mucho?

El joven, por primera vez, vio reflejado en los ojos de Nacet un brillo que no era propio de su edad, y comprendió que había que trabajar arduamente para poder instruirla como Sacerdotisa.

-Es mi mejor amigo…-Repitió-… Lo quiero mucho.

Al menos a esa edad, no sabía discernir entre amor y amistad, por lo que era un buen comienzo para poder instruirla y evitarles un percance a los Maestros.

El chico se alejó con el caballo bajando una cuesta, y a los pocos segundos, desaparecieron tras un gran bosque de árboles.
No se volvió a saber más de Nacet Vangord, hasta después de siete años.

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Ginny despertó esa mañana totalmente nerviosa. Aquel sueño había seguido el curso del último que había tenido, y no había podido evitar sentir amargura por la madre y la niña. Tanto así, que cuando bajó a desayunar, Hermione y Maggie la miraban preocupadas.

-¿Te sucedía algo anoche? –Preguntó Maggie comiendo una tostada. Toda la familia, incluyendo los huéspedes, la miraron incrédulos.

-¿Por qué lo preguntas? –Preguntó la pelirroja nerviosa.

-Es verdad, anoche estabas inquieta –Asintió Hermione, quien jugaba con Alice- ¿soñabas algo?

-Oh, si…bueno…-Masculló entre nerviosa y avergonzada por las miradas que atraía de todo el mundo.-…Algo sin importancia.

-¿Cómo puede ser sin importancia si estuviste quejándote toda la noche? –Insistió Maggie, y Ginny la fulminó con la mirada.

-No fue nada, sólo un sueño… Que se repite todas las noches...-Masculló más como para ella misma que como para el resto, pero Hermione, que estaba a su lado, logró escucharla.

-¿Un sueño que se repite todas las noches? –Le preguntó interesada, olvidándose de Alice.

-Si bueno… -Le dijo Ginny en voz baja para que sólo Hermione y Maggie la pudieran escuchar, incluso a Vincent, quien estaba a un lado de su hermana. No quería llamar la atención de toda su familia.

-¿De qué se trata? –Preguntó Hermione como analizándola- Recuerdo que Harry solía tener sueños relacionados con Voldemort, tal vez es algo similar.

Ginny se atragantó con su vaso de leche y la miró sorprendida. ¡Los sueños que tenía no se acercaban ni en lo más mínimo a lo que era Voldemort!

-¿Y bien? –Insistió Hermione.

-Oh… bueno…- Se resignó la chica, y contó todo lo que había soñado las últimas noches con todo detalle.

Vincent y Maggie la escuchaban con interés, o bueno, más el moreno que su hermana. Sin embargo, la cara de Hermione dibujaba una expresión de total desconcierto.

-¿Nacet Vangord? –Murmuró entre divertida y extrañada- No puede ser.

-¿Por qué lo dices? –Preguntó Ginny, pero Vincent y Maggie también dibujaban la misma sonrisa.

-La historia de Nacet Vangord es una leyenda –Dijo Hermione sorbiendo su café- Una muy famosa por cierto.

-¿Una leyenda? –Preguntó dubitativa- Pero si es una leyenda, entonces ¿por qué sueño con ella?

-Seguramente lo oíste en algún lado y se te quedó grabada en la memoria inconciente. –Explicó Vincent sin darle importancia- Eso suele pasar.

-Pero… ¡Yo jamás escuché una leyenda semejante!

-¡Claro que sí! –Dijo Hermione totalmente segura- Debes de haberla oído en algún momento de tu vida, es una leyenda que se ha transformado hasta en cuento infantil, todos los magos la conocen.

Ginny estaba desconcertada, ella sabía y estaba demasiado segura, que jamás había oído la historia en su vida. Pero era imposible debatir aquellos pensamientos con la bruja más escéptica del mundo mágico.

-Pero… ¿Por qué me incomoda entonces soñar con ella? ¿Por qué es tan repetitivo?

-Ya te lo dije –Insistió Hermione sin darle importancia y agitando la mano- Lo debiste haber oído alguna vez y ahora lo estas memorando. Has pasado por apocas de estrés, normalmente cuando eso sucede, si te relajas, a tu mente acuden antiguos recuerdos. Incluso, cuentos como aquel.

-Pero… ¡Me siento mal al soñar con ella!

-¡Por supuesto! –Se exaltó Hermione llamando la atención de todos en la mesa, y bajó la voz para hablar con su amiga- Ginny, la leyenda de Nacet, es una historia de sufrimiento y amargura, no es un cuento muy bonito, pero deja moralejas que han pasado por generaciones, y enseña a los pequeños magos y brujas a entender la vida y la responsabilidad que conlleva ser mago.

-¿Y cómo dice esa leyenda si sabes tanto? –Preguntó Ginny levemente molesta. Hermione frunció el ceño como si la hubiera ofendido y se miró con Vincent.

-Existen muchas versiones –Explicó con calma mientras sacaba una galletita- La más conocida, cuenta que había una mujer, llamada Nacet Vangord, cuyo destino se había forjado para dirigir a un pueblo hacia la victoria de una guerra contra el rey. La mujer, como ya sabes, era una sacerdotisa druida. Digamos que es mucho más que ser una bruja o mago, puesto que los druidas tienen conocimientos del universo de los cuales desconocemos. En fin, todos saben que los druidas, sean mujeres u hombres, no pueden enamorarse…

-¡¿Qué?! –Exclamó Ginny asombrada, pero entonces, recordó el sueño, y aquel sentimiento que invadía al joven druida. Como si fuera un pensamiento de su propia mente.

-Lo que escuchaste...-Dijo Vincent completando la explicación de Hermione- Los druidas no pueden enamorarse, pero es por una razón muy simple. Ellos, son una aproximación terrenal de los dioses, son quienes reciben todos los mensajes de la naturaleza y el universo. Si ellos se enamoran, estarían violando su tarea espiritual, que consta de amar a todos los seres por igual. Se volverían, digámoslo así… "humanos" y no podrían cumplir con la misión designada por los dioses.

-La cosa es…-Prosiguió Hermione- Que en la leyenda, Nacet tenía un amante, y el chico cayó enfermo por una epidemia. Ella quiso ayudarlo, e invocó a los espíritus de la luz para que le devolvieran la vitalidad, pero algo salió mal en el hechizo, y los que llegaron fueron unos seres oscuros y malignos.

-...Nacet no pudo deshacerse de ellos. Pero uno, sin embargo, le ofreció que salvaría al joven que amaba a cambio que le diera un hijo. –Continuó Vincent sorbiendo café. Ginny escuchaba la historia entre perpleja y aterrorizada, algo no calzaba con su sueño- ...Y así fue.

-Al cabo de un tiempo,- Continuó Hermione- su amante sanó, pero fue enviado a la guerra y murió en la batalla. Nacet tuvo a su hijo, producto del pacto con el ser oscuro. No obstante, el error lo cometió cuando vio en aquel bebe, la prueba fehaciente de la perdida del hombre que amaba. Ya que, como no pudo burlar el destino, aquel niño no hacía más que recordarle el dolor de su perdida.

-Y sin más…-prosiguió Vincent con una expresión sombría-… Rayos, odio está parte de la historia… Bien… Y sin más, no se le ocurrió nada mejor que hacer, que matar al niño, y ella se ahorcó en un grueso roble que estaba en el centro del bosque donde vivía.

Ginny estaba con los ojos abiertos, y su tazón de leche, frío. Nada de lo que ella soñaba tenía relación con lo que acababan de contarle. Si esa era la leyenda más conocida de Nacet, entonces, lo que ella estaba reviviendo cada noche, no era más que un juego de su inconciente, o lo que Vincent había dicho.

-Pero…-Murmuró-… Yo sueño otra cosa.

-¡Vamos Ginny! –Dijo Hermione, tal cual le decía a Ron cuando no entendía lo más simple- ¡Es un sueño! ¿Soñaste con Nacet Vangord? ¿Qué tiene eso de extraño? Es como si yo soñara con Blanca Nieves o algo parecido.

Aquel comentario sacó una que otra risa de los labios de Vincent y Maggie. Ginny se sintió avergonzada, entonces, se percató que mientras estaban hablando, el señor Weasley se había levantado de la mesa y hablaba con alguien en la puerta de la madriguera.

Todos miraban curiosos al hombre de la casa, quien caminaba con el invitado hacia la mesa del comedor.

-Buenos días…-Saludó el invitado.

Ginny reparó en que era un hombre fornido y muy alto, de pelo castaño oscuro y de barba contundente. Vestía con una túnica elegante y en la pechera llevaba un prendedor con el símbolo del ministerio.

-Buenos días Franz…-Saludó Molly Weasley- Que sorpresa tu visita. ¿Deseas tomar algo? ¿Un café? ¿Té, quizás?

-No, gracias Molly. Me temo que mi visita no es para compartir pasteles.

Arthur se sentó en la mesa, estaba más pálido de lo normal, y su pierna se agitaba nerviosa.

-¿Qué… qué sucede? –Preguntó Molly asustada.

-¿Sucedió algo en el ministerio Franz? –Preguntó Harry quien leía el profeta.

-¿No ha dicho nada el profeta esta mañana, Harry?- Preguntó el hombre como si no lo hubiese escuchado, el chico negó con la cabeza y dobló el artículo con cautela sobre la mesa.

-¿Debía salir algo? –Inquirió Percy igual de nervioso que su madre.

-Bueno, está mañana no hemos recibido muy buenas noticias… -Murmuró el hombre con un tono cansado.

Ginny lo miró con mucha detención. Creía haberlo visto en algún lado, pero no recordaba donde, puesto que estaba segura que su cara le era familiar. El hombre estaba serio, y sudaba enormemente, a pesar que el exterior estaba nublado y frío. Entonces, algo sucedió, Ginny no supo discernir que era, pero sintió lo mismo que cuando se enteró que Vincent y Maggie estaban en San Mungo. Algo nada bueno había sucedido, y no tenía relación directamente con ella. Tampoco le gustó cuando el hombre miró a Oswald, quien hasta hacía unos instantes reía con los gemelos sobre un nuevo negocio que los llevaría a la fama. El rubio palideció. Después de la noticia de sus amigos, no estaba preparado para recibir otra peor, ya que el semblante del hombre y el de Arthur decían exactamente lo mismo.

-¿Oswald, verdad? –Preguntó con amabilidad el hombre, y Oswald asintió con lentitud.

Arthur suspiró y se miró con su colega, incluso Harry se había puesto nervioso. Oswald, sin embargo, ya estaba comenzando a temblar.

-Hijo…-Continuó Franz con calma, pero ya el ambiente estaba tan tenso que prácticamente se podía atravesar con cuchillo.

Oswald se había levantado de la mesa tratando de aparentar calma, aunque de verdad estaba frío como un hielo. Vincent también se había levantado junto con Maggie y se habían colocado al lado del chico. Ginny sin embargo, sentía algo en su pecho que jamás había sentido, era como si algo le rajara el corazón con un cuchillo caliente, y se lo cortara en mil pedazos. No. Ahí algo había pasado, algo terrible.

-Hijo…-Repitió el hombre, quien estaba temblando.

-¿Qué… qué ocurrió? –Preguntó por primera vez. Su voz sonaba quebrada y temblorosa, y los mellizos lo abrazaban por ambos brazos.

-Oswald…-Murmuró Arthur, pero el chico ya estaba al borde de las lágrimas.

-¡DIGAN QUE PASÓ DE UNA MALDITA VEZ! –Gritó el chico. Ginny casi se cae de la silla, pero logró mantenerse de pie. A su lado, Hermione, se miraba con Harry de manera nerviosa, y como siempre, Fleur, se había llevado a Alice del lugar.

Ginny jamás lo había visto tan angustiado. El chico de quien siempre conseguía fuerzas, ahora estaba totalmente destrozado. Ella también sintió que sus piernas y sus fuerzas flaqueaban, estaba lista para escuchar algo terrible… algo… terrible.

-Oswald…-Murmuró Arthur sollozando, y su esposa se abrazó a él con los ojos igualmente llorosos. Caminó donde el chico, pero Franz lo detuvo, y lo adelantó hasta quedar frente a él. Oswald trató de contener la angustia, pero le era imposible. Miró hacia arriba, ya que el sujeto era enorme, y éste, lo tomó por los hombros.

-Déjame a mi Arthur, es mi deber…-Murmuró, y enfrentó a Oswald con fuerza, mirándolo con firmeza a los ojos, como un verdadero vikingo- Hijo… Hay lago que debes saber. Está mañana nos llegó una noticia desde Irlanda, no nos habíamos percatado del suceso hasta que llegó una segunda lechuza. Hijo… sé, por conocer a tu padre, que eres un hombre fuerte y valiente, alguien en quien se puede confiar, y por sobre todo, alguien que sabe proteger. Sé que lo sabrás tomar con la debida madurez que destaca a los Mcclay por excelencia. Hijo… hijo mío… -Franz había comenzado a sollozar, pero nunca dejó de mirar a Oswald con fuerza y determinación- … tus padres… Tus padres están muertos, hijo. Tus padres, y tus… tíos, los Verona.

Oswald cerró los ojos con fuerza y grandes hilos de lágrimas comenzaron a surcar por su rostro. Maggie y Vincent lo agarraron con fuerza por los brazos, sabían que en cualquier momento desfallecería. Molly y Hermione habían exhalado un gritó de impresión y angustia, mientras que Arthur, Percy, Bill, los gemelos y Harry, se mantenían en silencio, observando al pobre chico que acababa de perder a los dos seres que más amaba.

Ginny, sin embargo, se había quedado congelada, de una pieza. Su corazón parecía que no reaccionaba, y poco a poco se iba llenando de un odio que necesitaba expulsar, de una angustia que la estaba matando.

Sin controlar sus emociones, salió corriendo de la casa hacia el jardín que la bordeaba. Se agarró al árbol donde hasta hacía poco disfrutaban la sombra mientras jugaban Quiddich, y lanzó el gritó de odio más largo y desgarrador de toda su vida. Sintió como su garganta se trizaba, y sus cuerdas vocales se tensaban de tal manera, que estaban a punto de cortarse. Las lágrimas brotaban de sus ojos como verdadero veneno, cargado de odio puro, y miraba al horizonte como si atacara a un ser invisible, con el cual se podía desquitar con todas sus fuerzas.

-¡¿YA ESTAS SATISFECHO?! ¿QUÉ MAS QUIERES DE MI? ¿MATARME? ¡VEN, VEN ENOTNCES MALDITO BASTARDO, VEN Y MATAME! ¡A VER SI TIENES LAS AGALLAS! ¡NO TE DESHARÁS DE MI TAN FÁCILMENTE! ¡TE ENFRENTARÉ Y ACABARÉ CONTIGO DESGRACIADO! ¡VUELVE A HACERME DAÑO Y TE LAS VERÁS CONMIGO!

Se arrastró por el tronco del árbol hasta quedar totalmente agotada. Entonces, recordó lo que le faltaba, recordó lo único que la ayudaría a pelear. Se secó las lágrimas, y después de sentir que se había sacado un peso de encima, corrió hacia la madriguera y abrió la puerta con un fuerte estruendo.

Oswald estaba sentado en el sillón de la sala, sollozando lentamente ante la compañía de sus dos mejores amigos, y la familia Weasley. Franz había desaparecido, y Hermione preparaba una infusión de hierbas. Nadie parecía haber notado la presencia de la pelirroja, hasta que se hizo presente en medio de la sala.

Caminó decidida y se colocó frente a Oswald. Este levantó la cabeza, y vio como la chica tenía su rostro surcado de lágrimas.

-Debo pedirte algo…-Dijo con una voz afónica debido al grito, pero muy segura de sí misma.

-Ginny, no es el mome…

-¡Deja mamá! Sé lo que hago.

Nadie, nunca, había visto a Ginny con aquella mirada, que irradiaba el más puro odio. Sin embargo, aquello pareció relajar a Oswald, ya que acaparó toda su atención en la chica.

-Quiero... Quiero que me devuelvas mi varita.

Nadie habló. Un silencio absoluto se había apoderado de la casa. Entonces, con las mínimas fuerzas que tenía para conjurar un hechizo, Oswald alzó su varita, y del segundo piso, una caja de plata bajó volando. Ginny recibió la caja en sus manos, y esperó a que Oswald la abriera.

Cuando la caja se abrió, Ginny descubrió el interior aterciopelado de una funda rojiza. La recogió ansiosa, y de ella extrajo su varita, un fino palo de madera algo torcido, pero su varita al fin y al cabo. Cuando la tomó, sintió como su brazo se llenaba de vida, como la magia fluía a través de sus venas.

Dichosa y totalmente llena de una energía desconocida en ella, se giró para ver a su familia y a Oswald, y con una vos cargada de fuerza y determinación, dijo:

-Si él me quiere encontrar... que lo haga… No sabe con quien se está metiendo.

Notas de la Autora:

¡Por fin! Capítulo 10.

Nuevamente, mil disculpas a todos los lectores que esperaron tanto tiempo la actualización de este maldito capítulo. No saben el trabajo que me costó hacerlo. ¡46 Páginas! Nunca creí que fuera tan largo.

Pero bien, ya han conocido en gran medida a todos los personajes, y por suerte, ahora todos viven en el mismo lugar, así que no hay que hacer mucho para reunirlos. Eso espero….

No tengo mucho que decirles, sólo, que por favor mantengan la calma. Creo que finalmente cada actualización va a ser una vez al mes, y por lo que veo en las fechas, serán entre los días 12 a 15 de cada uno.

No quería tardarme tanto, pero deben comprender que entre la Universidad y el trabajo, el tiempo es muy escaso para escribir cada capítulo, más aún si se cuenta con tanto detalle como este fic.

Solamente les puedo pedir disculpas, y bueno, desear que ojalá les haya gustado este capítulo.

Algunos detalles:

1. Como regalo quise colocar una escena entre Harry y Ginny. Quería que hablaran, porque Harry sabe mejor que nadie lo que se siente cuando alguien muere o es herido por causa de uno.

2. Lo otro. Hay una pista al interior de este capítulo que tiene que ver con algo que se dijo unos tres o cuatro capítulos atrás. No recuerdo. Son los capítulos cuando aparecen los integrantes de los concilios. Uno de ellos dice algo, y en este capítulo se entiende la relación. Si tienen buena memoria o comprensión de lectura, sabrán a que me refiero, y descubrirán un gran secreto que será esencial para darle final a esta historia. ¡AHHH! Dije demasiado xD

(0) En oriente, cuando se prepararan los maestros espirituales con el fin de encontrar la Iluminación, es decir, llegar a Dios, sea cual sea la religión, se someten a una prolongada meditación. El fin es, poder ser uno con la tierra. Los iluminados son personas realmente avanzadas espiritualmente, que entienden al universo y la naturaleza, y sí, aman, pero aman a todo el cosmos como un solo ser. Pueden tener esposa, e hijos, pero el amor que engloba el universo es tan grande, que puede que hasta muchos no se casen. Porque el amor por el universo es tanto o más poderoso que amar a cada persona individualmente. Es casi como ser un Dios.

Bien, eso es todo lo que puedo decir respecto a este capítulo, así que, bueno, espero que les haya gustado.

Lo que si espero son comentarios al respecto. Sobre Morgan, Candeviere, lo que le sucedió a Oswald, no lo sé. También sí la espera valió la pena y el capítulo alcanzó sus expectativas. Siempre es bueno saber esas cosas.

Y Reiternado Nuevamente: Por favor visiten el blog www(punto)ethianevals(punto)blogspot(punto)com, si tienen dudas. Cada semana hay una publicación nueva. Así que espero comentarios y visitas :)

Ahora, como siempre, les dejo un adelanto del próximo capítulo:

Noticias desde Rumania:

Si, por fin sabremos de Ron, pero no, no aparecerá. Una carta llega a los Weasley donde Ron pide algunas cosas expresamente, ya que aquel mensaje arriba con una gran noticia.

Oswald tiene una larga conversación con Ginny, y Harry se comporta como un idiota al manifestar algunos celos no asumidos. El sueño de Nacet pasa a un segundo plano, donde Ginny ve más de lo que debería.

Sabremos un poco más de Elisa, y los gemelos Weasley meten la pata a fondo con una broma mal construida.

¡Espérenlo!

Próxima Actualización: 1 al 12 de Junio. (Comprobar Fecha en Blog)

Nota Importante: Recuerden escribir a Anya(punto)naivea(arroba)gmail(punto)com, en caso de comentarios, sugerencias o criticas (constructivas por favor jajaja).

¡Nos vemos!

Anya.