Compartir baño con tu compañero de piso es un auténtico dolor en el culo, especialmente por las mañanas, cuando sientes que tu vejiga va a reventar y al otro le parece el momento oportuno para gastar todo el agua caliente. Llevamos dos días con su baño roto, compitiendo por ver quién madruga antes para utilizar el único que queda disponible.

Siempre gana.

Aporreo la puerta de malos modos, al menos ya no se escucha la ducha de fondo.

—Joder, Erwin, ¿aún no has terminado?

Escucho el sonido de unos botes retumbando sobre el lavamanos y ruedo los ojos, solo espero que no esté usando mis cosas.

—Casi estoy.

—Dijiste eso hace media hora. ¿Te estás depilando los huevos? Necesito entrar ya.

Escucho más ruido de fondo y a los dos minutos libero un gruñido cuando por fin acciona el pestillo y abre la puerta. Aparece con una ligera cortina de vaho revoloteando a sus espaldas, como si se tratara de un personaje de Marvel que realiza su entrada triunfal a la batalla. Da un par de pasos aprovechando el efecto, creyéndose gracioso.

Lo aparto de un empujón y ni me molesto en cerrar la puerta. Dejo escapar un sonido ronco, aliviado y dolorido. Erwin se gira con expresión burlona, empieza a preocuparme esa manía que tienen todos de mirarme mientras hago pis.

—Me iba a estallar la vejiga.

—Exagerado, hoy me he dado prisa en arreglarme.

Lo miro incrédulo, ¿prisa? Lleva una puta hora en el baño.

—Y yo no me depilo nada —añade con el ceño fruncido—. Al contrario que otros.

Me apresuro a colocarme de nuevo mis boxers, avanzo hasta él y apago con brusquedad el fluorescente del baño.

—Bájale un poco a la metrosexualidad, ¿quieres? Juro que a día de hoy solo te he visto una vez con barba de dos días. Además, ¿qué sentido tiene depilarse el cuerpo? Nadie te ve desnudo.

Me detengo para fulminarlo con la mirada, ese ha sido un golpe muy bajo.

—Para mí es más higiénico —refunfuño mientras me dirijo de nuevo a mi habitación.

Me pongo una sudadera y ni me molesto en buscar un pantalón. Voy a la cocina y comienzo a hervir agua para prepararme un té. Erwin aparece a los pocos minutos, totalmente vestido y con un par de libros que parecen enciclopedias. Los deja sobre la mesa y enciende la cafetera, yo arrugo la nariz cuando ese insufrible olor comienza a extenderse por la cocina.

En lugar de freír los huevos decido cocerlos para variar un poco. Escucho a Erwin mientras murmura con desaprobación ante alguna noticia y cuando termino de cocinar me uno a él en la mesa. Doy un sorbo de mi té favorito entrecerrando los ojos, dejándome llevar por ese delicioso sabor. Lo paladeo con gusto y me dispongo a dar buena cuenta de unas tiras de bacon cuando veo que deja su lectura para hablarme.

—Dudo mucho que Eren se depile.

Me detengo con el tenedor a medio camino de mi boca.

—¿Por qué mierda mencionas eso mientras estoy desayunando?

—Solo era un apunte. No le veo el punto a los tipos depilados.

Se encoge de hombros y cierra la tapa del estuche donde guarda la tablet con un único gesto de su mano. Lo miro atónito mientras se inclina para dar un sorbo de su café.

—No sé, es raro. Armin no se depila –añade.

—Podía vivir sin saberlo —contesto con una mueca.

—Sigo sin comprender.

—¿Qué necesitas comprender?

En ese momento suena el timbre y Erwin se levanta. Miro hacia mi elaborado desayuno, sintiéndolo menos apetecible que hace unos minutos. Armin entra a la cocina saludando con energía, a veces viene temprano cuando ha tenido que realizar alguna gestión en las oficinas bancarias del centro. Erwin le ofrece un café pero lo rechaza con una sonrisa y se sienta en la silla que hay libre entre nosotros.

Durante cinco minutos permanecemos en silencio. Intento recuperar el apetito, al menos el digestivo, porque la visión de un Eren desnudo ha despertado apetitos mañaneros menos convenientes en mí.

Armin nos mira a uno y a otro antes de carraspear.

—¿He interrumpido alguna conversación interesante?

—Vital.

Parpadea ante la brusquedad de mi tono.

—Déjalo, siempre amanece con ese carácter de mierda hasta que come esos huevos que se prepara —explica Erwin mientras retiro la cáscara de uno de ellos.

Sostengo el huevo entre mis manos y le lanzo una mirada de advertencia. Armin se revuelve incómodo en su silla.

—Por cierto, me ha dicho Eren que esta tarde vais a visitar un estudio de tatuajes.

Mi compañero enarca una ceja en mi dirección.

—Ah, sí —contesto con tono casual.

—¿Te vas a tatuar otra vez? —pregunta Erwin con interés.

Asiento en su dirección.

—Ya tengo el diseño, solo quiero que Pixis le eche un vistazo.

—Me sorprende que Eren quiera tatuarse.

Armin ríe por lo bajo.

—Dice que siempre le han llamado la atención, pero no pensé que querría hacerse uno, menos aún con la fobia que le tiene a las agujas —explica.

—¿Le tiene fobia a las agujas? —pregunta Erwin aún más sorprendido.

—Sí, al parecer de pequeño le pusieron una vacuna que le hizo reacción, de ahí viene su trauma. Por eso siempre se pone de mal humor con las analíticas.

—¿Y pretende hacerse un tatuaje?

Observo su intercambio de palabras mientras apuro lo que queda de mi desayuno, después, decido intervenir a favor del castaño.

—Oye, no tiene nada que ver.

Armin asiente en mi dirección.

—A mí no me gustan, no te ofendas Levi. Es cierto que Eren lleva tiempo dándole vueltas, supongo que las ganas pueden con la fobia en este caso. Ya sabes cómo es cuando se entusiasma con algo.

—No me ofendo.

—De hecho, creo que empezó a planteárselo desde que vio los tuyos.

Casi me atraganto con el té.

—Ah.

—Qué cosas —murmura Erwin sabiendo que lo voy a escuchar.

Una vez más cruzamos miradas. Empiezo a sospechar que ha pedido refuerzos en su labor de celestino, el comentario de Armin me resulta demasiado gratuito.

O quizás soy yo que estoy paranoico.

Ambos se levantan cuando Erwin se dirige a fregar su taza. Desvío la mirada cuando se dan un beso en mitad de la cocina. No son de esas parejas pegajosas, cosa que agradezco, pero de vez en cuando presencio alguno de esos roces cariñosos. No me molesta, pero me recuerda la situación de mierda en la que me encuentro a nivel sentimental.

Me siento absurdo dándole tanta importancia.

—Levi. —La voz de mi amigo me saca de mi ensimismamiento—. Nosotros nos marchamos ya, ¿te acerco a la facultad?

La idea se me antoja tentadora. El trayecto en autobús apretujado entre cuerpos sudorosos y el consiguiente recorrido a pie en estos días lluviosos no es algo que me apetezca en absoluto. No obstante, aún estoy a medio vestir y no quiero hacerles esperar.

—No hace falta.

Mi compañero se encoge de hombros y entrelaza sus dedos con los de Armin antes de salir de la cocina. A los pocos segundos escucho la puerta de la entrada y me relajo contra el respaldo de la silla mientras libero un profundo suspiro.

Me levanto para fregar mi plato y todo lo que he empleado para cocinar. Me quito la sudadera en el pasillo y cuando entro al baño echo una ojeada al espejo. Nunca he sido una persona con mucho vello corporal, no obstante, el poco que tengo lo mantengo a raya por preferencia personal, sobre todo la barba.

Detesto las barbas.

Agarro la espuma de afeitar que guardo junto al resto de productos en el armario del espejo y frunzo el ceño al ser consciente de que Erwin ha removido algunas de mis cosas. Mientras la aplico sobre mi rostro, ruedo los ojos al recordar su comentario acerca de mi metrosexualidad. ¿Qué problema tiene con eso? Ya que no destaco por una belleza natural como la suya o la de Eren, al menos intento ofrecer mi mejor versión.

Me afeito con cuidado y me ducho en pocos minutos para después aplicarme desodorante, Aftershave y una crema hidratante corporal. Sin molestarme en ponerme algo de ropa, me dirijo a mi habitación para seleccionar lo que voy a llevar a la facultad y después regreso al baño para colocarlo todo y echarme colonia.

Miro una vez más mi reflejo y me aseguro de que mi pelo queda como a mí me gusta.

—Metrosexual —resoplo burlón—. Dudo que se siga usando esa palabra.

Convencido de que es absurdo darle una connotación negativa al hecho de ir arreglado, regreso una última vez a mi habitación para preparar la mochila. Miro hacia la jaula de mi mascota y la dejo salir a su zona de ejercicio durante unos minutos, premiándola con alguna que otra golosina.

La observo y abro uno de los cajones donde guardo el folleto del gimnasio donde estaba apuntado. Dejé de pagar la mensualidad cuando incrementaron los precios, y con tanta mierda emocional noto que no me estoy cuidando en ese aspecto. Tantas horas frente a un ordenador me están pasando factura y siento que mi cuerpo pide una compensación, quizás va siendo hora de buscar otro sitio donde pueda realizar alguna actividad.

Cuando considero que Ratatouille ha jugado suficiente, la agarro con delicadeza y la guardo de nuevo en su sitio. Protesta cuando cierro la portezuela y me agacho para contemplarla mejor.

—Hoy no puedes venir.

Me observa con esos ojos rojizos a través de los barrotes, digiriendo mis palabras. A veces creo que la humanizo demasiado, pero no puedo ignorar la inteligencia de esa mirada. De no haber hecho planes para ir a un estudio de tatuajes la llevaría conmigo.

Sonrío al pensar en la cara que pondrá Eren en cuanto pongamos un pie allí, solo espero que no me haga pasar vergüenza delante del viejo.

Cuando me dirijo a la parada de autobús, me doy cuenta de que he olvidado mi paraguas en el apartamento. Una fina llovizna comienza a caer y apenas encuentro hueco debajo de la marquesina para evitar mojarme. Pasan dos vehículos atestados de gente que ni siquiera se molestan en parar y miro con preocupación la hora, convencido de que llegaré demasiado justo de tiempo para mi primera clase.

Después de un trayecto de mierda aguantando los empujones de decenas de personas, salgo corriendo en dirección a la facultad con la capucha echada sobre la cabeza. Derrapo justo antes de entrar y subo los escalones de dos en dos hasta encontrar el aula que me corresponde. Consigo entrar segundos antes que el profesor y busco a Nanaba con la mirada para sentarme junto a ella.

Apenas intercambiamos palabras aquella mañana, concentrados en las últimas clases que preceden a la época de exámenes y proyectos. Aprovecho para tomar apuntes y tener en cuenta aquellas áreas en las que inciden los profesores, a partir de ahora las sesiones de estudio serán aún más exigentes. Aclaro algunas dudas con ella cuando el último profesor abandona el aula y la acompaño hasta su coche para después dirigirme a la zona residencial.

Eren me hace esperar veinte minutos apoyado contra un árbol. Cuando se digna a aparecer por la puerta, lo primero que hace es lanzarme esa mirada de cachorro abandonado, lo interrumpo antes de que empiece con las atropelladas disculpas.

—No te molestes, siempre me haces lo mismo.

Avanzamos juntos hasta la parada y cuando nos sentamos a esperar lo intenta de nuevo.

—Estaba con mi madre al teléfono, mira que le advertí que tenía prisa. Siento haberte hecho esperar.

Asiento de forma distraída y me incorporo cuando llega el vehículo que nos corresponde. Los días lluviosos colapsan el transporte público y apenas podemos respirar en medio de tanta gente. Consigo agarrarme a duras penas a la barra antes de que el conductor arranque de forma precipitada, pero Eren no reacciona con tanta rapidez y acaba chocando contra mi espalda.

Chasqueo la lengua por el impacto y luego me tenso cuando siento su cuerpo completamente pegado al mío por detrás. Intento disimular mi expresión cuando su brazo se alarga para alcanzar la barra superior, su aliento remueve mi pelo.

El traqueteo y los baches no colaboran para nada. Su cuerpo choca contra el mío repetidas veces y ni siquiera me atrevo a voltear mi cabeza para ver si está tan avergonzado como yo. Cualquier otro se alegraría de disponer de más material para sus fantasías, pero me estoy agobiando, no quiero calentarme en un lugar así, rodeados de gente y de forma tan evidente.

Intento desviar mis pensamiento hacia otra parte.

«Dudo mucho que Eren se depile.»

Mierda de memoria selectiva.

Ni siquiera cruzo palabras con él cuando nos bajamos, simplemente me limito a andar en dirección al estudio de tatuajes. Eren camina a mi lado en completo silencio y solo reduzco el paso cuando paso al lado de un local que llama mi atención. Eren me mira extrañado cuando me detengo a observar el cartel promocional de un estudio de yoga.

—Buen precio.

—¿Yoga?

Asiento despacio.

—No te pega nada —afirma.

Frunzo el ceño y me giro para encararlo.

—Podrías apuntarte a mi gimnasio, o a artes marciales, tienes cara de querer patear a alguien —añade—. Yoga es… estiramientos.

—No tienes ni idea de lo que es el yoga, ¿verdad?

Se encoge de hombros.

—Saludos al sol y esas cosas, no sé, lo hacen las señoras. No pensé que te gustaba eso.

—Me crié con una hippie, he hecho yoga desde niño. —Me cruzo de brazos—. Kenny ya se encargó de las artes marciales.

—Ya, pero…

—Hay muchos tipos de yoga, Eren —digo mientras me concentro de nuevo en el cartel—. Mmm grupos reducidos, Ashtanga Vinyasa.

—Si tú lo dices… No veo nada en esas fotos que no pueda hacer yo.

Resoplo y saco mi móvil del bolsillo para buscar una imagen de hace dos veranos. Eren está bastante en forma y tiene una musculatura bien formada ganada a base de pesas, pero sé que le da respeto incluso hacer el pino contra una pared.

Le extiendo la foto y compruebo con satisfacción su expresión de sorpresa. Mi madre no suele entenderse bien con la tecnología, pero tengo que reconocer que la foto es buena. La sacó a escondidas mientras hacía la Asana del escorpión.

—¿Cómo? —pregunta sin despegar los ojos de la pantalla—. Ni de coña.

—Concentración.

Me mira escéptico.

—Y flexibilidad.

—Sí, soy muy flexible —suelto sin pensar.

No sé por qué se me está haciendo rara esta conversación, sobre todo teniendo en cuenta que aún sigue mirando la foto y solo llevo puesto un bañador. Le arrebato el móvil de las manos y le golpeo el brazo para indicarle el cartel del estudio de Pixis, sin embargo, antes de avanzar aprovecho para apuntar el número del local de yoga, quizás unas clases dirigidas me ayudarían a recuperar nivel, hace tiempo que dejé de practicar.

Observo mi media sonrisa en el reflejo del escaparate, complacido al haber acaparado la atención de Eren con esa fotografía.

Aunque solo fuera por incredulidad.

Lo alcanzo antes de que abra la puerta del estudio y ya puedo adivinar un atisbo de preocupación en su mirada.

—Entra, hoy no te van a hacer nada —digo mientras señalo el interior con un cabeceo.

Traga saliva de forma evidente y tengo que hacer un esfuerzo por no reírme. Joder, si esto es el día de la consulta de precios no me quiero imaginar cuando nos den hora para entintarnos, empiezo a pensar que voy a tener que traerlo con correa.

El Heavy metal nos envuelve nada más pisar la recepción y veo que Eren medio sonríe reconociendo la canción. Menea la cabeza de vez en cuando mientras recorre con la mirada las paredes grises repletas de cuadros con ilustraciones y algunos premios enmarcados que se ha ganado el viejo en el mundo de los tatuajes. Las baldosas negras del suelo relucen impolutas, hasta el punto de que soy capaz de verme reflejado en ellas.

Noto que me recorre un escalofrío de satisfacción.

Continuamos avanzando hasta el mostrador, un mueble victoriano que recibió una segunda vida y en cuya superficie encajaron un cristal para poder observar las bandejas de terciopelo rojo donde guardan piercings de acero de diversas formas y grosores. Una lámpara adquirida en una tienda de antigüedades tiñe parcialmente con una luz anaranjada gran parte de la habitación. Dos subwoofer vibran incansables anclados en columnas opuestas y un tercer altavoz que llega hasta mi cintura reproduce los agudos de los solos de guitarra con la calidad de un estudio profesional. Cuando llego al mostrador no estoy seguro de si quiero pedir cita o un cubata.

Eren se coloca a mí lado y juguetea con el cordón de una pulsera de cuero que lleva en la muñeca izquierda, ni siquiera ha sido capaz de relajarse con la música infernal que tanto le gusta.

Una cortina oscura divide la sala de otra con tres cubículos donde se realizan las perforaciones y los tatuajes. A pesar del ruido de fondo, puedo distinguir el zumbido de la máquina de tatuar. A los cinco minutos, un brazoentintado la desplaza hacia un lado y miro de soslayo a Eren para comprobar la expresión de su rostro.

Pixis es todo un personaje, con su camiseta de Metallica, unos vaqueros rotos, tatuajes hasta en su reluciente calva y un espeso bigote que a veces peina con las puntas hacia arriba. Un adolescente bien entrado en los cincuenta.

—¡Levi! —exclama mientras abre sus brazos de par en par—. ¡Cuánto tiempo! Pensé que te habías ido de la ciudad.

Se acerca y palmea con fuerza mi espalda. Después, se gira hacia Eren con una sonrisa.

—¿Y tú quién eres?

—Eren Jaeger.

Pixis le estrecha el brazo de forma enérgica y lo acerca de un tirón para palmearle con fuerza un hombro. Eren trastabilla sorprendido y yo sonrío al comprobar que el viejo Pixis no ha cambiado en absoluto.

—¿Has visto los cambios en el estudio Levi? Me tocó la lotería —exclama con su afonía habitual—. Se llama Carol, nuevo fichaje.

Me guiña un ojo divertido y yo pongo los ojos en blanco, la última vez que vine se estaba divorciando de su cuarta mujer.

—Te traigo a una nueva víctima —explico señalando con un gesto a Eren—. Es su estreno.

Pixis libera un silbido y sacude su cuerpo de un lado a otro como si acabara de sacudirlo una corriente eléctrica.

—¿Tu primera vez? —dice mientras rodea el mostrador para sacar unos folios en blanco—. Explícame qué quieres.

—Yo también me tatuaré, a ver si nos puedes dar para el mismo día —intervengo.

—Los dos. ¡Fantástico! —contesta frotándose las manos—. Espera, espera. No serán vuestros nombres o algo así, ya sabes que yo no tatúo esas cosas. No me malinterpretes —dice girándose hacia Eren—. Hacéis buena pareja y seguro que os queréis mucho pero luego detesto cuando vienen llorando pidiéndome un cover.

Eren se queda perplejo, incapaz de articular palabra. Yo no estoy en mejor posición.

Pixis suelta una sonora carcajada, doblándose sobre sí mismo y palmeando de nuevo el hombro de Eren.

—¡Era broma, chaval! —dice meneando la cabeza—. Tatúo lo que me pidan, aunque no es de mis cosas favoritas. Oye Levi, menudo novio más tímido te has echado.

Compongo una expresión neutra mientras trato de recuperar mi voz.

—Pixis... Eren es solo un amigo —explico antes de que continúe.

El viejo me lanza una larga mirada y después dirige otra similar a Eren, como si nos evaluara.

—Oh, disculpa. Os vi entrar juntos y di por sentado que era tu pareja —dice encogiéndose de hombros—. Ya puedes relajarte chico, te aseguro que no muerdo.

—Solo pinchas —añado con suspicacia.

—Pero con amor. Mira Levi, ha vuelto a por más —suelta otra carcajada mientras le saca punta a un lápiz—. Empezaremos con él. Cuéntame, ¿qué tenías pensado?

Pixis realiza un boceto en unos minutos que lo deja boquiabierto, incluso lo ayuda a decidir el lugar donde mejor le quedaría ese tatuaje, en el omóplato.

Cuando llega mi turno, le enseño el diseño de Farlan y le explico cómo lo quiero. El viejo silba con asombro, preguntándome por la autoría de la ilustración. Vacilo unos segundos antes de decírselo, Pixis recuerda que mi ex detestaba los tatuajes. Menea la cabeza divertido y guarda la imagen junto con el boceto que le ha hecho a Eren.

—Bueno, pareja —murmura jocoso—. ¿Qué tal dentro de diez días?


Una vez en la parada de autobús, me apoyo de pie contra la marquesina y le lanzo alguna que otra mirada de preocupación a Eren. Está sentado con la mirada perdida y la tarjeta con la fecha de la cita entre las manos. Desde que abandonamos el estudio tiene esa expresión misteriosa en el rostro que no sé descifrar.

Decido romper la atmósfera tan densa que se ha instalado entre nosotros, supongo que ahora le estarán surgiendo las típicas dudas.

—Oye, sé que el tipo no genera confianza en la primera impresión, también es más caro que otros sitios, pero te aseguro que usa material de calidad, es muy bueno y tiene mucha higiene.

Veo que sonríe un poco y alza la mirada en mi dirección.

—Eso terminó de conquistarte, ¿no?

Pongo los ojos en blanco.

—Hace falta más que eso para conquistarme, pero es importante.

Eren se echa a reír y patea un adoquín que está medio suelto.

—Tienes pinta de hacerte el difícil.

Desvío la mirada en dirección a la carretera.

—Sí, tienes pinta de eso —insiste—. Cualquiera no puede ganarse el corazón de Levi Ackerman.

Utiliza un tono de voz como si quisiera imprimir un aire solemne a esas últimas palabras. Resoplo molesto y él sonríe con malicia y se inclina hacia adelante.

—Alguien que limpie, que cocine bien, que haga...¿yoga?

—No seas ridículo. Y eso es un espejo —contesto cruzándome de brazos.

Ríe de nuevo.

—La verdad es que no tengo ni idea de cuál es tu tipo.

—Lo de los tipos es una tontería.

Se queda unos segundos pensativo.

—Todos tenemos nuestras debilidades.

—¿Rubias?

Tuerce el gesto.

—Sí, mi historial. Aunque luego uno no elige de quién se enamora.

¿Dónde he oído eso antes? ¿Erwin?

Miro de nuevo hacia la carretera, dando por zanjada esta trivial conversación.

—Oh, vamos, ¿ni un detalle?

Lo miro confuso.

—¿Qué dices?

—Pues que nunca consigo sonsacarte nada en ese tema. Nunca te he visto chequear a un tipo por la calle o algo así, es raro.

—No tanto, se llama educación.

Entrecierro los ojos al divisar un autobús en la distancia, parece que es el nuestro.

—Qué hermético eres —protesta con fastidio antes de incorporarse.

Lo miro de reojo un poco extrañado. En todo momento sé que ha intentado incomodarme, sabiendo que no suelo hablar de ese tipo de asuntos. Eren es mucho más abierto, no tiene filtro y creo que a veces confunde mi actitud reservada con falta de confianza.

Aún no olvido la manera en la que bajé la guardia la última vez, ese momento en el que casi me rindo ante esos dichosos ojos verdes. Creo que de forma inconsciente lo estoy haciendo más a menudo, aferrado a una remota esperanza.

Chasqueo la lengua ante su expresión ausente y antes de que el autobús abra las compuertas, murmuro mi respuesta en voz baja.

—¿Qué?

—Altos —repito mirándolo fijamente por encima de mi hombro—. Me gustan altos.