Dieron unos cuantos golpes a la puerta. Spy, que se encontraba deambulando por la sala de fumar con un cigarrillo en la mano, contestó sin detenerse:
– Largo.
– Spy, soy yo. Scout.
– ...Entra.
Scout abrió la puerta y tuvo la consideración de cerrarla al entrar. Los dos mercenarios se quedaron durante un rato en silencio, evitando mirarse a la cara. Scout se aclaró la garganta y consiguió por fin encontrar las palabras con las que iniciar aquella conversación tan incómoda pero necesaria.
– ¿Todo...bien?
– Sí. ¿Y tú? ¿Cómo te encuentras?
– Bueno, me pica todo el cuerpo. Pero estoy bien, seh. Es agradable volver a tener manos y poder hablar.
Spy asintió ante aquella respuesta.
– La verdad es que...me cuesta reconocerlo, pero es gracias a ti.
– ¿A mí?
– Sí.
– Yo...Hm...
– Me protegiste. De no ser por ti, estaría fiambre.
– Ah. Sí. No...hay de qué.
– Tranquilo, en cinco minutos los dos olvidaremos completamente que hemos tenido esta conversación. Yo solo quería decírtelo para...no parecer desagradecido y tal.
– Es un detalle por tu parte.
De nuevo el silencio, ¿por qué les resultaba tan complicado mantener una conversación?
– Dime una cosa, Spy–el tono de Scout se volvió más serio, su fina sonrisa se desvaneció–. Si no lo hubiera conseguido...Si no hubiera vuelto a casa nunca...¿Qué habrías hecho?
Spy se obligó a sí mismo a mirar al chico a los ojos.
– Supongo que lamentar haberte echado a patadas durante el resto de mi vida–admitió.
– ¿Te habrías encargado de mi madre?
– ...
– Bueno, eso ya da igual, supongo...
– Sí.
– En fin, te dejo tranquilo, con tus...lo que quiera que hagas aquí.
Scout estuvo a punto de irse cuando Spy lo detuvo agarrándolo de la muñeca. Scout se dio la vuelta y Spy levantó un poco una mano. Fuera lo que fuera lo que pensaba hacer con ella, cambió de idea, porque cerró la mano y la volvió a bajar.
– Estoy muy orgulloso de cómo has afrontado esta situación.
– Spy...Espera. Creo que...tienes fiebre–Scout extendió una mano hacia su frente–. Estás...estás delirando.
– Siento que no te lo creas, pero te hablo con absoluta sinceridad. Lo has hecho muy bien, petit lapin.
– No sé qué has dicho, pero espero que no tenga nada que ver con conejos.
Spy sonrió con malicia.
– Pues te esperan por lo menos veintitrés años de referencias a conejos.
– Vete un rato a la mierda, Spy.
Scout salió de la sala. No dio un solo paso. Se giró de nuevo hacia la puerta, sintiendo la tentación de entrar de nuevo.
¿Qué hacía Spy en su habitación mientras él estaba durmiendo?
Él tenía que haber visto qué ocurrió. No se creía que el maleficio hubiera desaparecido por sí mismo. Spy sabía algo. Tenía que saberlo.
Reflexionó durante unos instantes. Luego, sacudió la cabeza y echó a andar hacia la cocina.
Quizás algún día Spy se lo contaría. Ese día sería muy largo, porque ese condenado hombre callaba muchas, pero que muchas cosas.
– Merasmus. Soy Spy. He venido solo y mis intenciones son pacíficas.
El brujo parecía no fiarse, Spy lo dedujo por el tiempo que le llevó abrir la puerta. La verdad es que no le culpaba, después de todo lo que había pasado. Finalmente, Merasmus se asomó por la mirilla primero y luego abrió la puerta. Aún tenía marcas del delicado trato que había recibido de sus compañeros. No le extrañaba que no quisiera abrirle. Por supuesto, no se fiaba de él, al ser el espía, pero supuso que no tenía más remedio que abrirle.
– Habéis ganado esta vez, mortales, pero pronto resurgiré y recibiréis...
– Sí, sí, por supuesto. Tengo una pregunta que hacerte.
Merasmus se recostó en su butaca. Spy estaba sentado frente a él, en una similar. Resultaba extraño sentarse en algo tan sofisticado y antiguo cuando se encontraban dentro de un trastero. De nuevo, se trataba de objetos de su castillo que había conseguido salvar, esta vez de las garras y los dientes de los mapaches. Ya le parecía a Spy que estaban bastante ajados y que olían raro.
– No comprendo qué ha pasado.
– Muy bien, veamos–Merasmus se detuvo y lo miró–. ¿Qué has hecho, exactamente?
– Le he dado un beso.
– ¿Un beso?
– Sí, en la cabeza. Uno pequeño. Nada más. No he dicho palabras mágicas ni nada por el estilo.
Spy frunció el ceño cuando vio a Merasmus alzar las cejas y murmurar "ooooooooh..." antes de mirarlo divertido.
– ¿Qué?
– Pues resulta que la vieja Deedee tenía razón...
– Habla claro.
– Era ciertamente un hechizo "príncipe-sapo". Eso tengo que anotarlo. Parece que el hechizo que siempre he usado es una versión más moderna, pero los fundamentos son los mismos. Interesante...
– Entonces, ¿la solución era un simple beso?
– No. Un simple beso no. ¿No has leído nunca cuentos de hadas?–Spy se guardó para sí mismo su respuesta, así que Merasmus continuó–. El beso de amor rompe el hechizo.
– ¿Beso de amor?
– Sí.
Spy desvió la mirada, y Merasmus lo miró de tal forma que Spy se volvió hacia él.
– Merasmus no se mete en la vida de nadie. La próxima vez, espía, enseñad al cachorro a controlarse.
– Necesitaría mucha magia para conseguir algo así.
Spy sonrió para sus adentros. No. Ni siquiera la magia podría bajarle los humos a Scout.
No estaba seguro de si para bien o para mal.
FIN
