Derechos reservados a la autora del Libro: Nieves Hidalgo.

Disclaimer: los personajes no me pertenecen derechos reservados a JK Rowling.

Adaptación sin fines lucro.

Capítulo X

El día amaneció algo nublado, pero la temperatura era excelente. Molly sacó un traje de amazona del mismo color que sus ojos y un coqueto sombrero tocado con una pluma verde que realzaba más, si cabía, la luminosidad de su cabello.
Al mirarse se le escapó una mueca de disconformidad.

— El peinado.

— ¿Qué pasa con el peinado? — preguntó Molly, disimulando un bostezo.

Mione se observó críticamente. El cabello recogido en la nuca le sentaba bien, pero no era cómodo. A ella le gustaba cabalgar sin ataduras.

Dejó el sombrero sobre la cómoda, se quitó las horquillas y se pasó los dedos por el pelo.

— ¿No pensarás salir así?

— No me regañes, mujer. No me gusta llevarlo recogido.

—Así no pareces una duquesa.

— ¿Y cómo son las duquesas? Hasta ahora sólo he sido la hija de Remus Granger, Molly. No veo qué ha cambiado.

— Ha cambiado que te has desposado con el duque de Gryffindor. Así de simple. Deberás ir olvidando tus costumbres salvajes y amoldarte al presente, niña.

Mione movió el cuello de un lado a otro.

—Pues no tengo la más mínima intención.

— Además, deberías cuidar tu vocabulario —recriminó su aya—. ¿Crees que nadie te oyó cuando tropezaste? Te oí yo y también lo hizo el duque, y su cara lo dijo todo.

— Mamá decía que lo mejor para mantener a un hombre pegado a tus faldas es no dejar de asombrarle.

— ¡Ea, ea, ea! ¡Cuántas tonterías a hora tan temprana! Por cierto, ¿por qué no os citasteis más tarde? Ni las gallinas se han despertado aún.

Mione le dio un beso en la mejilla y le pellizcó un carrillo.

—Él dijo que se levantaba a las siete.

— No conozco a ningún aristócrata que se levante antes de las doce.

— Mi esposo no parece dado a trasnochar.

— ¿No se dice que el Diablo y las brujas actúan siempre a medianoche?

— ¡Molly!

Molly reparó en Astoria, que ya abría los postigos de las ventanas, se dio cuenta de su desliz y se atusó el pelo.

—Discúlpame.

—Estás molesta por haber tenido que dejar Escocia.

—Estoy molesta porque no ha actuado como un caballero. No al menos como los caballeros que yo conozco. — Se volvió hacia Astoria que, varada en la puerta y cargando con las toallas usadas, la miraba con los ojos muy abiertos—. ¿Qué miras, chica? Puedes ir a cotillear a tu señor lo que pienso de él, me da igual. —Astoria agachó la cabeza y se marchó y Molly volvió a la carga—. Debería haberte cortejado y solicitado tu mano corno Dios manda. Y celebrar una boda en condiciones, en lugar de enviar a un intermediario —zanjó. Estoy molesta, sí, porque sé que tu mayor ilusión era enamorarte y casarte en una bonita ceremonia con invitados y flores.

—Así podría haber sido, no le faltaba razón, pero ya no cabía más que pasar página.

— Puede que sea el pago a mis fechorías. Si no hubiese hecho enfadar tanto a papá...

— Y ¿cómo vas a afrontar el momento en que milord decida que es hora de cumplir con tus deberes conyugales? Porque llegarás a ese punto.

— Creo que sé lo necesario de ese asunto — repuso Mione, muy tiesa—. Y no creo que ahora debamos hablar de esas cosas.

—Lo necesario, lo necesario... — rumió su aya— . Hasta hace unos días ni siquiera tenías pensamiento de casarte.

Mione no deseaba ahondar en un tema que ciertamente la ponía muy nerviosa. Cuando llegase la hora, cumpliría con su deber y punto. Molly le había dicho en más de una ocasión que era el marido quien tomaba la iniciativa, no la mujer. Era lo que se esperaba de una dama. Y aunque se le ponía la piel de gallina sólo de pensarlo, tampoco debía resultar tan difícil actuar de forma pasiva y dejar que su esposo se desfogase. Todo lo más, unos minutos y el mal trago habría terminado.

Pero imaginar a Harry Potter en su cama la alteró más de lo que creía, de modo que rechazó pensar más en ello. Ya habría tiempo para enfrentarse al problema. Al fin y al cabo, duque o no, él era un hombre como los demás.

Sin embargo, ya en el comedor y encontrándose de nuevo ante él, su imaginación se disparó.

Su esposo, de negro para no variar, lucía un traje que parecía haber sido confeccionado directamente sobre su maciza figura. Por alguna razón se le cruzó su propia visión acariciando sus hombros y los poderosos músculos que se adivinaban bajo su levita.

Harry le dio los buenos días, retiró su silla y sirvió él mismo. Desayunaron a solas y sin apenas conversar. La fruta se amalgamaba en la garganta de Mione, atenta como estaba a cada movimiento de sus elegantes manos.

— ¿Café?

—Sí, por favor.

—Lamento lo poco despierto que estoy a esta hora, señora.

—Todo está perfecto.

Mione procuró no levantar la vista del borde de la taza. Cada vez que alzaba la mirada, le descubría observándola. Se sentía fuera de lugar, perturbada. La hora del desayuno solía ser un ritual de los mejores del día en Ness Tower. Un interludio para bromear con sus hermanos, hacer planes para el día y leer las invitaciones que les llegaban. Pero ahora, el silencio que les rodeaba la intranquilizaba. Agradeció dar por finalizado el desayuno y salir al aire fresco.

Las caballerizas de Hogwarts House eran impresionantes. Numerosos pesebres — calculó unos treinta— estaban ocupados. Algunos cuidadores trajinaban ya limpiando y distribuyendo agua y alimento para los animales.

Hermione entendía de caballos. Eran la pasión de su hermano Draco y ella había recibido una buena educación en ese campo. De hecho, había aprendido a montar antes que a caminar.

—Magníficos ejemplares, milord — alabó, acercándose a un bayo.

—Intento rodearme de lo mejor, señora... Sea lo que sea.

La espalda de Lea se puso rígida y su mano se detuvo en el aire. ¿Se estaba refiriendo a los caballos o a ella?

Se les acercó un muchacho muy joven que parecía un diablillo de los bosques. Sus ojos, de un intenso color marron, tenían de visera un cabello oscuro, corto y ensortijado.

— Buenos días, milord. Milady

—Colin ¿Qué demonios haces levantado? Te dije que descansaras hasta que te hubieras recuperado.

—No sé holgazanear, excelencia, ya lo sabe. Tengo que estar con ellos— señaló a los potros— son mis compañeros. Mi abuelo decía que llevo sangre de caballo en las venas.

Potter le revolvió el cabello, gesto de camaradería que Mione no pasó por alto en una personalidad tan huraña como la de su marido.

—Colin, ella es mi esposa.

— Estoy a su servicio, milady. — Ejecutó con gracia una reverencia—. ¿Puedo decir que es usted la duquesa más bonita que he conocido, mi señora?

Harry carraspeó sin disimular una sonrisa satisfecha y Mione se dijo una vez más que resultaba un seductor cuando suavizaba sus rasgos severos.

— Es la única duquesa que conoces — apuntilló Potter.

— Pero estoy seguro que es la más hermosa, milord.

—Sí, ¿verdad? —Y sus largos dedos se posaron en el talle femenino, como al descuido.

El ligero contacto provocó una reacción inmediata en Hermione. Aquella mano grande y elegante pareció quemarla incluso a través de la ropa. Sobre todo porque, aunque aparentaba ser una caricia, conllevaba un gesto de posesión que la irritó.

—Acabarán por abochornarme entre los dos — murmuró, disimulando su contrariedad.

— Trae los caballos, Colin. Ensilla Ensueño para la señora. Un nombre muy apropiado para vos. ¿No os parece, rnilady? — Lo preguntó tan cerca de ella que su aliento hormigueó en su piel.

Hermione agradeció mentalmente a Colin que les proporcionara las monturas en un abrir y cerrar de ojos. Necesitaba alejarse de su esposo si quería guardar la compostura. A medida que pasaba el tiempo con él se encontraba más insegura.

Adivinó de inmediato cuál era Ensueño. El caballo de Potter era como su amo: oscuro, de mirada penetrante, de inmejorable estampa. No era fácil imaginarlo a lomos de un equino con menor prestancia. Pero el otro, el que montaría ella, la enamoró al primer golpe de vista. De un precioso color canela, sus ojos traviesos hacían juego con un cuello esbelto y unas crines rebeldes. Se acercó, acarició su frente y el caballo le devolvió el saludo con un pequeño relincho y apoyando el morro en su hombro.

— ¡Es una preciosidad!

— Comprado especialmente para vos, señora. Colin lo ha domado y ha hecho un excelente trabajo, aunque aún deben de dolerle las costillas.

— No fue culpa del caballo, milady — se apresuró a explicar el jovenzuelo anticipándose a Mione—. Todo se debió a mi propia estupidez, que no supe desmontar a tiempo. Ensueño no os dará problemas, excelencia.

A Mione se le despertó el instinto maternal ante la turbación del chico y, como siempre, exteriorizó sus sentimientos tal corno le llegaron, besándole en la mejilla.

— Gracias, Colin.

El muchacho enrojeció y bajó la cabeza. Balbució algo que ninguno de los dos llegó a entender y salió de las caballerizas a toda prisa.

— ¿Le he ofendido? — preguntó, desorientada.

— No. Le habéis asombrado. No está acostumbrado a esas muestras de cariño, aún menos a un beso. Es poco más que un crío.

Ella creyó percibir un matiz de experiencia en tales lances y se puso inmediatamente en guardia.

— ¿vos sí lo estáis, milord?

Tan pronto lo dijo se arrepintió. Lamentó de inmediato haber hecho uso de una retórica mal entendida. ¡Por descontado que debía estar acostumbrado a recibir favores de las mujeres! ¡Valiente tontería acababa de cometer! Tan sólo obtuvo un seco:

— Es posible.

Potter la ayudó a montar y después lo hizo él, azuzó al caballo y dejaron las caballerizas. Ella lo siguió controlando al inquieto Ensueño. Trotando tras él, se le hizo complicado dejar de fijarse en el porte orgulloso de su flamante esposo. Pero seguía sin tener ni idea de lo que él pensaba de ella. En realidad, no le importaba demasiado, pero no deseaba recibir amonestación alguna por parte de su padre si él le trasmitía quejas. De todos modos, ya había quedado muy claro que Potter no era alguien predispuesto a la charla, al contrario que ella, así que no tendría más remedio que esperar a saber su opinión.

Fuera ya de las murallas, Potter se dirigió hacia el cercano bosque de coníferas sin preocuparse demasiado de si ella lo seguía o no. A Mione no le gustaba ir de comparsa, pero la mañana se presentaba espléndida, el paisaje era de un verde espectacular y no iba a permitir que su tosco marido le amargara el día. Los colores le recordaban a su amada Escocia y, a lo lejos, haces de luz multicolor rasgaban las nubes proyectándose sobre las copas de los árboles. Más allá, a su derecha, un serpenteante riachuelo ponía el contrapunto plateado. Era una estampa bucólica, casi una pintura y, aunque echaba de menos sus tierras, Mione presintió que ésta acabaría por abrirse camino hasta su corazón.

—En medio del bosque hay un pequeño claro donde podremos descansar —oyó que decía él—. Hay allí una laguna que se nutre de una cascada que baja desde la montaña.

Ella no le contestó. Empezaba a enojarla de verdad que él mantuviera a su caballo varios metros por delante, como si se hiciera acompañar por un criado. También le fastidió que no se dignara volverse cuando hablaba. No hizo nada por ponerse a su paso. Si él deseaba mostrarse corno un señor feudal, ella no pensaba rebajarse. Nunca lo había hecho, salvo delante de su padre y en contadas ocasiones. Desde luego, no tenía intenciones de hacerlo ante un mulo engreído.

Al no obtener respuesta, Harry afianzó la mano en la silla y se volvió ligeramente hacia atrás, justo en el instante en que ella desviada sus ojos hacia las copas más altas. Altanera y soberbia, pensó, viéndola cabalgar muy tiesa, como una soberana. Le dio de nuevo la espalda y refrenó el trote de su caballo hasta que a ella no le quedó más remedio que ponérsele a la par.

—Si os agrada el lugar, milady... ¿debo esperar un pago similar al que hicisteis a Colin?

Mione no pudo remediar un acceso de tos. Él, caballerosamente, aplicó un par de palmaditas a su espalda, como si le preocupara, pero por dentro se estaba divirtiendo con su apuro. No esperaba una respuesta afirmativa pero advertir en sus ojos hechiceros un atisbo de miedo activó aún más su humor.

Sólo había tratado de bromear para romper el hielo pero, en realidad, le estaba gustando porque le recorrió un cosquilleo de anticipación y se imaginó besando aquella boca, ahora fruncida. Entrecerró los ojos, clavándolos en sus labios.

Mione, por el contrario, era víctima de un estremecimiento. Si hasta entonces no había podido mirar al Diablo a la cara, ahora lo estaba haciendo.

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Nuevo Capítulo!

Lo siento por no haber actualizado, cargo una depresión horrible y no se si seguir adaptando esta historia.

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Espero que lo disfruten.

RUITHE: 03/06/2018. 1:04 AM.