Hola a todos. Espero que estéis genial.

Yo estoy algo susceptible, esperando un nuevo destino en el trabajo, que sea mínimamente lo que me han prometido, que no acaba de llegar. Por eso me siento algo nerviosilla, y por eso voy a publicar este capítulo antes de lo que me había propuesto. Quería aguantar un poco más, por si de pronto me asignan ese destino y después no puedo actualizar con tanta frecuencia, pero la verdad es que deseo publicarlo, me hace falta para tranquilizarme, dentro de todo el caos que ha sido esta semana.

Lo dedico a todos los que me habéis dejado reviews últimamente. Estos días tengo la cabeza en mil sitios a la vez. No recuerdo a quién le he respondido su review y a quién no, se me mezclan las ideas... ¡Realmente esto ha sido un caos! Y lo peor es que no suelo poder responder a los reviews cuando los recibo, porque normalmente los dejáis cuando estoy durmiendo por las noches, así que los leo de correderas cuando me lavanto a la mañana siguiente, me voy a trabajar, y luego ya no recuerdo qué había hecho, si había respondido alguno o no. Me consta que a alguien le he respondido dos veces (espero no haberme contradicho a mí misma con la segunda respuesta, jeje) Si me he dejado algún review por contestar, lo siento, de todo corazón. Os juro que los he leído todos. ¡Y mil veces! Espero que este capítulo os guste, o al menos que no os decepcione. Os cuento un secreto: ¡A mí me encanta! =)

Ya estoy preparando el próximo capítulo. ¡Esto marcha viento en popa!

Besos a todos y buen fin de semana.


Capítulo 10: Sospechas.

Pasados veinte minutos, George salió de la cocina con un cuenco humeante en las manos, seguido por las dos chicas. Inmediatamente, todos arrugaron la nariz, ya que el mejunje verduzco y espeso que había dentro del recipiente, expandió un olor nauseabundo por toda la sala. El chico lo depositó en la mesa, con cuidado, y Hermione hizo que Harry se sentase en una de las sillas, frente a él. La castaña tomó un poco de la pasta e hizo ademán de extenderla por una pequeña zona de la herida.

- ¿Tenemos bezoares en casa? – preguntó a Molly, inquieta.

La mujer negó tristemente con la cabeza.

- En cuanto te lo unte, si has sido expuesto a veneno, la mezcla se volverá de un rojo brillante. Y si no lo has sido, nada sucederá – le explicó a su mejor amigo, con mirada de preocupación – Sólo detecta veneno, no el peligro del mismo. Así que, si nos indica que has sido envenenado, lo mejor es que, inmediatamente después, te traslades a San Mungo para que los sanadores te traten con urgencia.

Él asintió para hacerle entender que la había comprendiendo, y respiró hondo. Ginny permaneció a su lado, mordiéndose los labios de temor e impaciencia.

- Hazlo – le ordenó, resuelto. Y la chica no se hizo esperar más.

Harry reprimió un espasmo de dolor cuando la poción entró en contacto con la herida, mientras el resto de la familia se agolpaba a su alrededor para conocer el resultado de primera mano. Pasados unos segundos, el brebaje siguió mostrando el mismo color pantanoso que al principio. Hermione sonrió abiertamente, suspirando, aliviada. George se abrazó a Angelina, sin poder frenar otro suspiro de alivio, coreado por el de Ron, quien no se molestó en ocultar el miedo que había pasado, mientras los señores Weasley se abrazaron también, ya más tranquilos.

- Bueno, esta vez no han intentado acabar conmigo – el moreno sonrió, triunfante, sin dar importancia a lo sucedido.

Ron lo traspasó con una mirada asesina, y Ginny rompió a llorar, viniéndose abajo tras los nervios y el miedo que habían atenazado todos los músculos de su cuerpo.

- ¡Vamos, Ginny! ¡No ha pasado nada! – Harry intentó consolarla, torpemente - ¡No llores por esta tontería!

- ¿Y cuántas veces, según tú, he de creer que estoy apunto de perderte, para poder permitirme el lujo de llorar? – le reprochó, con los nervios a flor de piel - ¿Quieres a tu lado a una mujer que sea fuerte, pase lo que pase? ¡Pues te has equivocado conmigo, Potter! ¡Yo también soy humana! ¡Aunque no lo parezca!

Harry sintió que el corazón se le rompía al escucharla. Se levantó de la silla, decidido, para que sus ojos se encontrasen a la misma altura.

- Nena, nena, mi vida… - le suplicó, intentando acariciarle la mejilla, pero fue ella quien le acarició a él su mejilla herida, y se abrazó a su cuerpo con ímpetu – perdóname. Por favor… Perdóname…- Ginny se pegó aún más a él, con todas sus fuerzas – Amor, vas a mancharte. Deja que antes me quite de encima toda esta sangre…

- Me da igual si me mancho. Cállate de una vez, y abrázame.

El chico la abrazó, desesperado.

- Ginny, es sólo que, en todos estos años, te he visto llorar en tan pocos momentos, aún teniendo tantos motivos para hacerlo… Y en apenas dos semanas ya has llorado tres veces. Me sorprende, nada más – buscó su rostro, para mirarla con ternura.

- Será que tú eres mi punto débil – afirmó la pelirroja con una sonrisa, aún enfadada.

Él, dolido, giró el rostro hacia otro lado.

- Tú eres toda mi fuerza – le aseguró ella, tomándole por la barbilla con dulzura para hacer que volviera a mirarla – pero también eres mi mayor debilidad. Harry, sabes perfectamente lo que estoy intentando decirte.

- Lo sé. Si tú… si te perdiese, no sé qué sería de mí.

Angelina se separó de George, para ir a la cocina a limpiar el tinglado que habían montado durante el repentino proceso de fabricación de la poción. Pero antes de marcharse, miró a sus cuñados con incredulidad.

- No entendía cómo habéis podido pasar todo un año separados – afirmó – pero ahora, lo hago aún menos.

- Porque son una pareja de idiotas – le respondió George, divertido, quien había decidido acompañarla.

La chica dio a su novio una colleja cariñosa, y él rió.

- Bueno. Ya podemos estar tranquilos. Hijo, será cuestión de que te cures ese rasguño – sugirió Arthur amablemente.

- Eso es cosa mía – dijo Ginny, tajante. Y tomando al chico de la mano, lo arrastró tras ella hacia el cuarto de aseo.

- Es maravilloso. Maravilloso – afirmó Molly, enternecida – Verlos así…

- Lo es – su marido le dio la razón, abrazándola por los hombros – Su vida ha dado un vuelco en tan sólo dos semanas. Yo creía que jamás volveríamos a verlos juntos, y mira ahora…

- Ellos nunca debieron separarse – afirmó Ron.

- Quizá sí – objetó su padre – Si ahora están más unidos que nunca, quizá sea porque son perfectamente conscientes de qué han estado apunto de perder.

Hermione se abrazó a Ron, envuelta en un mutismo emocionado, mientras él correspondía a su abrazo, sin dejar de mirar a su padre, pensativo.

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La rubia caminó rápidamente, aunque cautelosa, por el estrecho y mugriento callejón que la conduciría a su destino. No es que temiese que alguien la descubriera, pues tenía bien claro lo que pretendía hacer, y nada ni nadie conseguiría interponerse en su camino para conseguirlo. Pero que la vieran con él, (o entrando a aquella cochambrosa casa, casi en ruinas, de donde ella se había marchado sin mirar atrás, y que se había esforzado tanto por ocultar, al igual que su origen humilde), daría al traste con la imagen de opulencia que, tanto sus padres como ella, mantenían con tesón. Tan sólo la oveja negra de la familia, aquel muchacho bohemio y demente que le había tocado como hermano - ella sentía en lo más profundo de su ser que por desgracia - se empeñaba en alardear de su paupérrimos orígenes.

En cualquier otro momento, Beatrice Blacksoul se habría mantenido bien lejos de aquel absoluto perdedor, pero en ese caso lo necesitaba; y cómo. Qué ironía, pensó.

Apresuró el paso, y pronto llegó a la puerta de la casa, que se caía en pedazos; tanto, que por un momento dudó si golpear la aldaba, no fuese que la puerta - o la casa entera - fuese a caer sobre su cabeza. Desechó aquel pensamiento con un ademán de su mano y golpeó con firmeza. Supo que, inmediatamente, alguien la estaba espiando desde el otro lado, por los pasos, firmes y pesados, que escuchó cada vez más cerca de sí. Pero la puerta tardó en abrirse, todo el tiempo que ella mantuvo su postura firme y orgullosa.

Momentos después, un hombre joven y bien parecido – su varonil belleza apenas distinguible a través de un largo y lacio pelo que cubría la mayor parte de su rostro, del mismo color que el de la chica, y una barba de dos semanas pulcra pero desaliñada – le indicó que entrase en la casa, con un ademán exageradamente refinado. Se notaba que estaba disfrutando enormemente con aquella situación.

- ¡Qué grata sorpresa! ¡Beatrice! ¡En persona! – escandalizó, girando alrededor de ella para observarla con aparente interés y detenimiento - ¿Qué tripa se ha roto, y a quién, para que tú te dignes regresar a nuestra humilde morada?

- Esta es tu casa, no mía – respondió ella con frialdad, mirando a su alrededor llena de asco.

- Pasa a la sala de visitas, por favor, y ponte cómoda. ¿Quieres un té? ¿Pastas, quizá? – le ofreció, burlesco, disfrutando sin parar de las muecas de la chica.

- No pienso entretenerme aquí más tiempo del necesario, que es bien poco. Quiero que se lo hagas a ella: a Ginny Weasley. Sabes perfectamente de quién te hablo – le pidió sin rodeos, altiva.

- Que le haga, ¿el qué? – preguntó su hermano, suspicaz, aparentando no comprenderla.

- ¡Venga, Benjamin! ¡Sé que eres tú quien está violando a todas esas chicas! – le gritó, acusadora, perdiendo la paciencia – No me importan tus motivos, aunque los conozco de sobra, ni vengo a juzgarte. Lo que hagas con tu vida, me da igual. Sólo quiero que ella sufra, y que él la repudie después – concluyó, decidida a todo para conseguirlo.

- ¿Él? ¿Quién? – expresó una ignorancia genuina al preguntarlo.

- Harry Potter, por supuesto – le aclaró, alzando los brazos, exasperada, como si aquella duda estuviese totalmente fuera de lugar. – Esa mosquita muerta ha irrumpido de nuevo en la vida de Harry, y le tiene absorbido el cerebro, estoy segura que con alguna poción amorosa. Y él es sólo mío. ¡Mío! ¡Yo estaba apunto de conseguirlo!

Benjamin la observó enarcando una ceja, totalmente sorprendido y muy interesado.

- ¿Weasley vuelve a ser la novia de Potter? – apoyó la mano en su barbilla, pensativo - ¿Cómo es que esta imbécil no me lo ha contado?

- ¿Quién?

- Eso no te importa, hermanita. ¿Y qué gano yo con todo esto?

- ¿Qué te parece: que no te delate? Hace mucho que sé que tú estás detrás de las agresiones a todas esas chicas vinculadas al Departamento de Seguridad Mágica por parentesco. ¿Quién más está al corriente de que la muerta te dejó por él? – le preguntó, desafiante - Tuve mucha suerte al enterarme: tú llorando, ante papá, en busca de consuelo… Qué tierno…

Al notar cómo todos los dedos de las manos de su hermano se crispaban, al igual que su rostro, en un rictus de ira, por un momento creyó que él la sometería al mismo trato que a todas aquellas infelices a las que había violado. Pero el hombre se limitó a fulminarla con los ojos, en absoluto silencio, disfrutando al mantenerla en vilo durante unos interminables segundos. Finalmente sonrió con condescendencia.

- Voy a complacerte: haré pasar a Weasley un rato que jamás podrá olvidar. Sólo porque beneficia a mis propósitos de un modo en que tú ni siquiera eres capaz de imaginar. Por fin voy a conseguir mi venganza. ¡Esto es providencial! – se entusiasmó.

- Estás como una cabra – afirmó, sin poder ocultarle su desprecio.

- No hace falta que me recuerdes cuánto me quieres, adorada hermana – respondió él, con sarcasmo – Y no me importa en absoluto. Pero en este caso, acabas de hacerme un favor maravilloso. ¡Gracias! – la abrazó de forma impetuosa, radiante.

-¡Déjame! – la chica se zafó de su presión con malos modos, mientras él reía a carcajadas; y abandonó la casa sin despedirse siquiera.

El joven continuó riendo, y riendo, hasta caer rendido en un viejo y ajado sofá.

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Todo el día del jueves el Cuartel General de Aurores hirvió de bullicio: hombres y mujeres entrando y saliendo sin parar, infinidad de pergaminos revoloteando alrededor de sus cabezas, nerviosismo, frustración…

Ginny decidió no interferir en su trabajo solicitándoles entrevistas, dándose cuenta de que aquel no era el momento oportuno para hacerlo. Así que se enfrascó en crearse una idea histórica general del Departamento de Seguridad Mágica, consultando los archivos, algo que a E.J. sumió en un mayor mutismo, que no había abandonado desde que Harry pusiera las cosas en su sitio dos días antes. La periodista había hablado con ella, le había hecho entender de forma disimulada que el Jefe no estaba enfadado, que ella tan sólo debía actuar de un modo correcto para que él le diese la oportunidad que tanto ansiaba. Pero la chica se consumía por la vergüenza, creía haberlo decepcionado, y no era capaz de ponerse delante de él ni siquiera para disculparse. Toda la seguridad en sí misma que la caracterizaba, toda su arrogancia, yacían ahora en el fondo de un pozo de culpa. Por ello, Ginny se dio cuenta de que Eugeene no era tan madura, ni tan arrolladora, como ella misma pretendía hacer creer; sino que necesitaba todavía un guía, alguien que le sirviese de apoyo donde ella aún fallaba. Y entendió a Harry a la perfección. No quiso meter el dedo en la llaga, y permitió que la otra la ayudase a localizar pergaminos o volúmenes encuadernados, con la información que necesitaba, casi en absoluto silencio.

También ella tenía cosas en qué pensar; por ejemplo, en que aquella misma tarde había quedado con Harry para que ambos fuesen al Callejón Diagon a comprar sus trajes de boda y las prendas de juramento. Se sentía nerviosa, completamente excitada, y radiante de felicidad, a pesar del ambiente desolado que reinaba en el Cuartel, algo que, en cierto modo, la hacía sentir culpable. Vio a Harry salir de su despacho un par de veces; parecía que cargase sobre sus hombros con toda la preocupación del mundo; su semblante duro, resuelto… dando ánimo a sus compañeros con una sonrisa amable, o una amistosa palmada en la espalda… cuando llegaban a él con noticias frustrantes, a juzgar por las caras que ella podía ver. Y aquel día, todas lo habían sido, a su parecer. Ron no apareció por allí hasta bien entrada la tarde; ni siquiera se había reunido con ellos a la hora de comer y, cuando lo hizo, fue para volver a encerrarse con Harry a cal y canto, en su despacho. Los demás lo observaron desaparecer tras la puerta, con la esperanza que ellos mismos no habían podido conseguir mediante sus propias indagaciones.

- Nada, Harry. No he podido conseguir nada concluyente que demuestre la relación entre Benjamin Black y Lilith – negó el pelirrojo – Sólo tenemos las vagas palabras que ella pronunció antes de que… - calló, sin atreverse a continuar.

Por un momento, el moreno desvió su vista, enfocándola en el vacío. Pero se centró de nuevo en el problema que les ocupaba.

- ¿Y si tú y yo nos hubiésemos equivocado en nuestra corazonada? – concluyó; comenzaba a perder la seguridad con que aquella mañana había comenzado sus pesquisas.

- Recuerdo perfectamente sus palabras. Ella habló de alguien: de un joven normal, como tú y como yo; pero proveniente de una familia venida a más, que al parecer lo había repudiado por no renegar de sus orígenes – explicó Harry, demasiado serio, navegando a tientas por el pasado – Es ese origen familiar lo que me hace pensar que el joven pudo ser él: Blacksoul. De todos es conocido el rechazo de su familia hacia él, debido a su empeño por alardear de su origen humilde, que ellos se han empeñado en ocultar; empezando por Beatrice. Y su actitud violenta, excéntrica y oscura, es algo más que un rumor – Ron asintió, conforme - Ya lo hemos investigado otras veces por diversos altercados, donde su contrincante ha salido siempre mal parado. Si se ha librado hasta ahora, es porque es muy astuto, y siempre encuentra el modo de hacer recaer la culpa sobre los demás.

- Ya, yo también recuerdo aquellas palabras. Lilith parecía tan contenta… Y luego todo cambió de forma tan radical y repentina… Y estoy de acuerdo con lo que dices sobre él. Pero sólo tenemos eso: las escasas y vagas palabras de Lilith, y la más que dudosa honorabilidad de él.

- No. No sólo tenemos eso – replicó Harry, decidido – tenemos un motivo para las violaciones: sufrimiento y despecho; y un móvil: venganza contra el Departamento de Seguridad Mágica y contra mí, en particular. Si Blacksoul es el violador, todo encaja.

- Te repito una vez más, que tú no tuviste ninguna culpa de lo que pasó.

- Lo sé. ¿Pero crees que saber eso me hace sentir mejor?

Ron negó levemente con la cabeza, lamentando comprobar que su amigo continuaba siendo el que siempre había sido, en cuestión de proteger a los demás.

- Está claro tu razonamiento, pero…

-¿Qué has podido averiguar sobre él durante la época en que la muerte de Lilith sucedió?

- Apenas nada. Al parecer, pocos días después de este suceso, mantuvo una fuerte pelea con su padre en la puerta de la nueva mansión familiar, y en presencia de su hermana – comenzó a relatar el otro – Varios vecinos me lo han confirmado. Es curioso, pero recuerdan bien esas fechas debido a le expectación creada por las finales de la copa de quidditch: nadie esperaba que las Holyhead Harpies arrasaran en la liga como lo hicieron y se alzasen con la copa. Aquel hecho marcó todo un hito en la historia de los magos.

Harry sonrió con amargura al recordarlo, porque él se sintió el hombre más solo y miserable del mundo en aquellos días.

- ¿Has podido enterarte sobre qué discutieron?

- No exactamente. Al parecer, él fue a casa de sus padres en busca de dinero. Por lo que los vecinos pudieron escuchar debido a los gritos que ambos hombres profirieron, había de por medio un lío de faldas. Pero nadie ha sabido decirme de qué tipo. Es cierto que antes, en la zona donde vive, se le había visto de la mano de una joven que responde bastante bien a la descripción de Lilith, y que después de aquel suceso nadie volvió a verlo con ella, pero nadie es capaz de afirmar si era o no esta chica quien le acompañaba. El caso es que su padre lo tiró a cajas destempladas, ante la risa burlona de su hermana. Y desde entonces, ningún vecino ha vuelto a verlo por allí. No tenemos nada más.

El Jefe meditó durante unos momentos lo que acababa de escuchar.

- ¿Has hablado con su padre sobre ello? – preguntó al fin.

- No. Lo he creído demasiado arriesgado. Si Blacksoul es realmente el violador y se entera de que estamos siguiéndole la pista, cambiará sus pautas de conducta. Y eso lo convertirá en más escurridizo todavía – mantuvo la mirada de su amigo, con firmeza – Lo peor es que casi no puedo disponer de aurores que puedan llevar a cabo esta investigación. Si no somos capaces de desenmascarar al topo que le pone al día de nuestros movimientos, prácticamente tengo las manos atadas – se lamentó, frustrado.

- Ron, no podemos quedarnos a la expectativa, sin hacer nada. Hasta el momento, él es él único sospechoso que tenemos. Hablad con su padre, acorraladlo si es necesario, para que os cuente con pelos y señales sobre qué demonios discutió con su hijo aquel día – le ordenó sin dudar – Si nuestras sospechas se confirman, nada importará que Blacksoul se entere de que vamos tras él: lo acorralaremos y atraparemos como la alimaña que es; sea como sea y pase lo que pase. Y si resulta ser inocente, creo que poco va a importarle lo que hagamos; quizá venga y nos pregunte por ello, curioso, pero poco más. De un modo u otro, sabremos a qué atenernos y dejaremos de dar palos de ciego. La vida de nuestras compañeras, hermanas, novias y esposas depende de ello.

- ¡Por Merlín, que tienes razón! – aceptó el pelirrojo, con el ánimo inflamado - ¡Ahora mismo nos pondremos a ello!

- Ahora no – negó el otro, sonriendo - ¿Tú sabes qué hora es? – su cuñado miró su reloj, sorprendido – Es casi de noche. Hermione debe estar ya en casa, esperándote. Y Ginny va a matarme; ella y yo habíamos quedado para hacer algo importante.

- ¿El qué? – preguntó Ron, curioso.

- Algo importante – repitió Harry, sonriendo de forma enigmática – Descansa, amigo. Y mañana cumple con tu deber. Por hoy ya has hecho suficiente.

- Pero esta noche, ese maldito podría…

- Hagas lo que hagas, esta noche ya no vas a poder impedir que pase lo que tenga que pasar. Si queremos apresar al violador, debemos tenderle una buena trampa; no podemos ir y arrestarlo argumentando únicamente en su contra las palabras de un padre herido y rencoroso – Ron rebulló en la silla, frustrado – Todos los miembros de este Departamento tienen órdenes tajantes sobre cómo actuar con respecto a las mujeres que, de algún modo, están relacionadas con ellos; incluso sobre ellos mismos, en caso de serlo. Quien no las acate a rajatabla, ya sabe a qué está exponiendo a sus seres queridos. Me duele tanto como a ti pero, por ahora, no podemos hacer más.

- ¡Mierda! ¿Por qué esto tiene que ir tan despacio? – se lamentó el auror.

- Te entiendo – afirmó Harry con tristeza – Anda, márchate a casa, que mañana va resultar un día largo.

- ¿No os vais a pasar esta noche por La Madriguera?

- No. Voy a ver cómo soluciono esto…

Ron decidió no preguntar; hizo caso a su jefe y mejor amigo, y se marchó.

- Nosotros tampoco. Hasta mañana, pues.

Al quedarse solo, Harry cerró los ojos y masajeó los párpados suavemente, cansado; ordenó su escritorio con un movimiento de su varita, y salió en busca de Ginny, que le esperaba sentada, sola y paciente, en la silla de uno de los escritorios. Al verlo, ella se puso en pie, y el chico la besó suavemente, cariñoso.

- No creo que disculparme haga remitir tu enfado – comenzó a hablarle con cansancio – porque sabes que me he retrasado conscientemente. Este asunto nos trae de cabeza, Ginny, esta situación es excepcional, y requiere todo el tiempo que podamos dedicarle.

- Lo sé, no te preocupes – ella asintió.

Aunque Harry pudo ver cómo el brillo de emoción que aquella mañana se había apoderado de sus bellos ojos, yacía ahora apagado. Ginny se había conformado, algo que él no podía consentir, porque sentía que ella merecía toda su atención, y mucho más. Así que, aunque sentía que su cuerpo iba a derrumbarse de cansancio en cualquier momento, la tomó de la mano y tiró de ella con energía, sonriente.

- Conozco una tienda pequeñita, pero coqueta, donde nos recibirán sea a la hora que sea. Tienen unos vestidos preciosos – afirmó, ilusionado – Sé que te encantarán.

- ¿De veras? – Ginny buscó sus ojos con alegría, de nuevo emocionada, y él asintió.

- El sábado lucirás el vestido de novia más hermoso del mundo, mi vida. Eso te lo puedo jurar.

Ella, que caminaba cogida de su brazo, lo apretó con amor, y apresuró el paso, encantada, mientras él lo hacía también, sintiendo que todo en la vida valía la pena por contemplar su felicidad.

Harry y Ginny caminaron abrazados por el casi desierto Callejón Diagon. La noche se había cerrado nada más llegar ellos, sobre el normalmente concurrido recinto, así que, los pocos magos y brujas que aún quedaban en él, se afanaban en concluir con rapidez sus últimas compras del día, para marcharse al calor de las confortables chimeneas de sus casas. Aunque hacía poco que la primavera se había adueñado de Londres, las noches aún resultaban demasiado frías como para ir paseando alegremente a la intemperie.

El chico, sintiendo leves escalofríos de su novia junto a su cuerpo, la atrajo aún más hacia sí.

- Tranquila, es aquí – le aseguró con una sonrisa, deteniéndose ante lo que ella habría jurado que era un domicilio particular, y no una tienda.

"Madame Orts", rezaba un pequeño cartel, casi oculto tras el magnífico y resplandeciente cartelón del "Emporio de las lechuzas". Él hizo sonar levemente la vetusta aldaba en forma de dragón que colgaba de la puerta; mientras, un mago rezagado que se cruzó con ellos, corriendo hacia su casa, lo reconoció y le saludó con una respetuosa inclinación de cabeza, a la que él correspondió del mismo modo.

- ¿Qué es este lugar? No lo conozco – preguntó Ginny, extrañada.

- Realmente poca gente lo conoce, porque Madame Orts es muy selecta con su clientela. Ella es hermana de Madame Malkin, la dueña de la tienda de túnicas. Es una mujer algo excéntrica, aunque bondadosa. No acepta a sus clientes por la cantidad de dinero que estos poseen, sino por la impresión que se lleva de ellos en su primera cita, concertada siempre a través de su hermana – ella le miró, suspicaz - Ya verás, te gustará – le aseguró, ilusionado – y sé que tú le gustarás también.

- ¿Cómo puedes estar tan seguro?

- Porque te conoce a través de mí – respondió él, de forma enigmática.

La chica no tuvo tiempo de seguir preguntando, ya que la puerta se entreabrió repentinamente, y un viejo y ajado rostro se perfiló a través de la estrecha rendija, por la que se coló una tenue y cálida luz.

- Harry… - la cara de la mujer se iluminó con la misma calidez que destilaba su vetusta tienda – Y ella… - al ver a Ginny, mostró tanta sorpresa como sintió la chica al darse cuenta de que la había reconocido y le sorprendía verla allí.

- Buenas noches, Eliadora… ¿Podemos pasar? ¿No le interrumpimos? – pidió Harry educadamente.

- Por supuesto que no, muchacho. Vosotros jamás me interrumpís – afirmó la mujer, con un ademán amable. Ginny no salía de su asombro, sintiéndose como si fuese lo más normal para la mujer que ella estuviese allí - Intuyo a qué habéis venido – dijo tranquilamente, una vez todos estuvieron dentro de la tienda, a salvo del frío primaveral.

La decoración de la entrada parecía tan antigua y clásica como su propietaria, sino más. Nada hacía prever que aquel lugar era realmente un comercio. Más bien parecía el acogedor hogar de una vieja y amable octogenaria.

Harry sonrió, radiante.

- Perdone que hayamos venido a estas horas, pero ya sabe cómo es mi trabajo – se disculpó, mientras la mujer le callaba levantando una mano, haciendo ver que no le importaba en absoluto la intempestiva hora de su visita.

- Acomódate, muchacho – ordenó al chico, señalándole una amplia y cómoda butaca de madera, con su asiento cubierto por un mullido cojín, color granate – Y tú, jovencita, acompáñame. Tenemos mucho trabajo por delante.

Eliadora cogió a Ginny de la mano y la arrastró tras ella, a lo que parecía su taller de trabajo. Al entrar en una nueva estancia, Ginny se maravilló de lo que vio: hermosos vestidos colgaban de perchas, mágicamente suspendidas en el aire; algunos de diario, otros de fiesta, y unos pocos de boda. Pausadamente, la dueña de la tienda paseó a la chica ante los preciosos vestidos de boda, todos ellos únicos y confeccionados a mano.

- Echa un vistazo, jovencita, y dime si alguno de ellos se parece a la idea que tú llevas en mente – extendió su mano ante ella.

- Yo no sé… - la pelirroja no pudo terminar la frase, cada vestido que veía era más hermoso que el anterior. Estaba fascinada. Y aún más lo estaba porque la mujer supiese exactamente para qué habían ido a visitarla.

Caminó entre magníficos vestidos de novia, como si lo hiciese entre algodones, sin dar crédito a sus ojos, y sin ser capaz de decidirse por ninguno de ellos, por ninguno. Mas de pronto, su vista se topó con uno que no se hallaba entre la colección, sino que absorbía todos sus sentidos, atrayéndola, hipnotizándola, desde una discreta esquina del cuarto.

- ¿Y este? – preguntó Ginny, curiosa, acercándose rápidamente al hermosísimo vestido que, cubriendo a un maniquí, resplandecía desde su coqueto rincón de la pequeña sala. La chica tocó con reverencia, impresionada, la suave y blanquísima tela, que parecía iluminada con brillo propio.

- Este tiene dueña – afirmó la rechoncha mujer, con una cálida sonrisa de satisfacción.

Ginny soltó la tela, decepcionada.

- ¿Quieres probártelo? – le ofreció, con un ademán de la mano.

- ¿Puedo? – se asombró la pelirroja, ilusionada.

- Por supuesto. Es tuyo.

- ¿Co-cómo? – Ginny creyó no haber escuchado bien, y fijó su mirada en la de la sonriente mujer, esperando una aclaración.

- Él cree que yo me deshice de este vestido, pero no pude. No, cuando algo tan bello ha sido creado con tanto amor – dijo sin más.

- ¿Él? ¿Quién? – la confusión de la chica estaba alcanzando cotas insospechadas.

- Tu prometido, por supuesto. ¿Quién, si no? Hace poco más de un año, el joven Potter me encargó la confección de este vestido. Él mismo me lo describió, basándose en la imagen que tenía en su mente, del día de vuestra boda.

- ¡Oh! – se llevó las manos a los labios, intentando acallar un grito de sorpresa.

- Quería sorprenderte… Pero me temo que los acontecimientos se desarrollaron de un modo muy diferente a como él los esperaba.

Ginny intentó ocultar su rostro, para que la amable señora no se diese cuenta de que estaba apunto de llorar. Pasados unos escasos segundos, se recompuso como mejor pudo, y volvió a centrarse en la contemplación de aquel vestido subyugador.

- Cuando rompisteis, un día él vino a mi tienda y, en vez de llevárselo para regalártelo, como había sido su primera intención, me pidió que lo destruyese, que acabase con todo vestigio de su existencia. Me lo pagó, por supuesto, y generosamente, he de decir. Pero no quiso ni verlo. Sólo se marchó, con un dolor en la mirada que jamás olvidaré. Por eso, al veros entrar en mi tienda a ambos hoy, juntos, he creído que el corazón iba a salírseme del pecho. Siempre he deseado que un día él volviese, siendo feliz. Yo no había vuelto a verle hasta hoy. Al menos, no como cliente. De vez en cuando, él viene a saludarme. Es un joven muy atento.

- Señora Orts, yo…

- No deseo saber lo que pasó, jovencita, sólo quiero que lo hagas feliz. En mi vida hubo una vez un hombre como ese, pero el maldito Señor Oscuro lo arrancó de mi lado. Si él aún viviese, te aseguro que ahora yo no sería una viuda melancólica y soñadora, que se consuela dando largos paseos por el campo con su hermana solterona y con un perro asmático – le aseguró amablemente - El vestido es tuyo, está pagado. Pruébatelo, pero te aseguro que te viene como un guante. No en vano está hecho para ti.

- No puedo creerlo… - volvió a acariciarlo, emocionada – Es… es perfecto.

- Eso demuestra que él te conoce como nadie llegará a hacerlo jamás – susurró la mujer, satisfecha – y que mi trabajo ha valido lo que recibí por él. Si realmente deseas sorprenderle, luce este vestido el día de vuestra boda. Tranquila, yo te lo haré llegar donde me digas, de forma discreta, para que él no se entere de nada hasta ese día.

- ¿Lo hará? – su ojos se iluminaron con un brillo radiante, mientras tomaba el vestido delicadamente y se lo colocaba, ayudada por la otra.

- Por supuesto. ¿Cuándo es la boda?

- Este sábado, en Hogwarts – de pronto miró a la mujer, alarmada – Por favor, no revele a nadie lo que acabo de contarle. Nadie lo sabe, excepto la profesora Mc Gonagall y pocos más – le rogó.

- ¿Este sábado? ¡Por Merlín! ¡Harry sí que confía realmente en mí, como para creer que yo sería capaz de diseñar y confeccionar un vestido completamente nuevo en tan sólo dos días! – se asombró la mujer - Mc Gonagall… ¿eh? Perfecto, perfecto… Le haré llegar el vestido mañana mismo. Sólo tienes que ponerte de acuerdo con ella, y ya está. Y tranquila, que no voy a revelar a nadie vuestro pequeño secreto. Pero voy a pedirte un favor.

- ¿Cuál? – la chica preguntó, escrutando el semblante de la otra y temiendo lo peor.

- Que me permitáis presenciar la boda. Desde que le conocí, tengo un cariño especial a ese jovencito que te está esperando ahí fuera, enamorado. ¿Crees que podría?

- ¡Por supuesto que sí! – se echó al cuello de la mujer, para abrazarla.

- Estás, divina… - se maravilló Madame Orts, girando alrededor de Ginny, que también se observaba, incrédula, frente a un espejo de cuerpo entero.

El vestido era ajustado, aunque elegante, sin ocultar ninguna de las perfectas curvas del cuerpo de su dueña. Un escote de barca dejaba al descubierto el blanco, terso y pecoso cuerpo de la novia, bajo los hombros, que una coqueta aunque escasa manga corta no llegaba a cubrir. Aunque todo de una pieza, la parte del corpiño se hallaba completamente cubierta de un elaboradísimo drapeado, con formas y motivos intrincados, que no hacían sino realzar los sensuales pechos de la joven, insinuantes bajo él. En cambio, unas ajustadas caderas daban paso a una explosión de pliegues, que se mecían hasta el suelo, grácilmente, con cada movimiento de la chica. Una bella y larguísima cola, majestuosa, completaba tan bella estampa.

- Gracias – susurró ella, llena de emoción.

- Dáselas a él: es así tal como te imaginó.

- Amo a este hombre. Merlín, cómo lo amo…

- Estarías loca si no lo hicieras – rió la mujer, comprensiva – Anda, quítatelo y déjamelo todo a mí.

Ginny se desvistió con cuidado, para volverse a vestir con la ropa de calle que había traído. Tras ello, ambas mujeres regresaron a la sala de espera, sonrientes. Y al llegar contemplaron, enternecidas, a un Harry completamente dormido, con la cabeza apoyada en el respaldo de la silla y ligeramente inclinada hacia un lado. Había sido vencido por el cansancio. Ginny caminó hacia él, e inclinándose con cuidado, besó sus labios suavemente.