La historia es una adaptación del libro The Wall of Winnipeg and Me de Mariana Zapata y los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. Si tienes la oportunidad te recomiendo que leas el libro original.


No llamé a Emmett y él no me llamó.

No podía culpar la falta de comunicación por su parte al no tener mi número de teléfono; se lo había dado antes de salir de su casa el día que había aceptado hacer lo que íbamos a hacer.

Pasó una semana, y cuando no se molestó en ponerse en contacto conmigo, no pensé mucho en ello. Los Three Hundreds estaban en medio de los juegos de pretemporada de acuerdo a las noticias. Sabía lo ocupada que era para él esta época del año.

Además, había la pequeña posibilidad de que tal vez había cambiado de opinión. Tal vez.

Bueno, no sabía por qué más no llamaría, pero me obligué a no pensar en ello más de lo que necesitaba, lo que me di cuenta que no era mucho, y seguro como el infierno que no iba a estresarme por ello.

La realidad de que había una posibilidad de que hubiera encontrado alguna otra manera de conseguir presentar su petición de residencia no era tan agobiante como me hubiera imaginado, considerando que había más de cien mil dólares en juego en nuestro trato. Ni siquiera diría que estaba decepcionada, pero…

Bueno, tal vez para el quinto día de la semana podría haber aceptado que estaba un poco, un poquito decepcionada. Tener mis préstamos pagados habría sido… bien, cuanto más pensaba acerca de tener esa cantidad de dinero sobre mis hombros, más me daba cuenta de cuán opresivo era. Sería una cosa si debía tanto dinero en una casa, ¿pero en malditos préstamos estudiantiles?

Si la Isabella de veintiséis años pudiera hablar con la Isabella de dieciocho, no estaba segura de que hubiese ido a una escuela tan cara. Probablemente habría ido a la universidad comunitaria para mis estudios básicos y, luego, me hubiera transferido a una universidad estatal. Mi hermano pequeño nunca me había hecho sentir culpable por irme; había sido el que me dijo que me fuera. De vez en cuando, sin embargo, me arrepentía de la decisión que había tomado. Pero era una terca idiota imbécil que quería lo que quería contra viento y marea, y había hecho lo que quería hacer a un costo increíblemente alto.

Para el séptimo día de nuestra fiesta de no comunicación, me encontraba a más de la mitad de aceptar el hecho de que estaría en deuda por los próximos veinte años de mi vida y que ya había asumido que sería el caso en el instante en que había conseguido ese primer estado de cuenta en el correo después de la graduación.

Entonces ¿por qué llorar sobre eso?

Le había dicho la verdad. No lo necesitaba o a su dinero.

Pero lo habría tomado porque era una idiota, pero no era tan idiota.

Estaba en mitad de cargar un archivo de una portada de Facebook a DropBox para un cliente, cuando sonó mi teléfono. Le eché un vistazo, colocado en la mesa de café detrás de mi mesa de trabajo, no pude evitar sorprenderme un poco por el nombre que apareció en la pantalla.

Miranda P.

Probablemente debería cambiar la información de contacto ya que él técnicamente no era más mi versión de Miranda.

—¿Hola?

—¿Estás en casa? —preguntó la voz profunda.

—Sí. —Apenas había terminado de pronunciar la "i" cuando un ahora familiar golpe fuerte sonó en mi puerta. No tuve que revisar mi teléfono para saber que él había colgado. Un momento después, la mirilla confirmó quien pensé que sería.

Y, sí, era Emmett.

Se apresuró a entrar en el instante en que el cerrojo fue quitado y cerró de golpe la puerta detrás de él, bloqueándola sin un segundo vistazo. Esos ojos oscuros me traspasaron con una mirada que me hizo fruncir el ceño y congelarme al mismo tiempo.

—¿Qué pasa?

¿Qué demonios estabas pensando al mudarte aquí? —gruñó prácticamente en un tono de disgusto que me puso inmediatamente a la defensiva.

Claro, yo sabía que mi complejo de apartamentos era un poco escalofriante, pero no necesitaba hacerlo parecer como que vivía en un barrio pobre.

—Es barato.

—Estás bromeando —murmuró.

¿De dónde demonios salió esta boca rápida?

—Algunos de mis vecinos son agradables —afirmé.

La expresión de su rostro era dudosa cuando dijo:

—Alguien atacó justo al lado de la puerta cuando estacioné.

Oh. Le hice un gesto para cambiar de tema. No necesitaba saber que pasaba de forma semanal. Había llamado a la policía un par de veces, pero una vez que me di cuenta de que en realidad nunca aparecía, dejé de molestar.

—¿Necesitas algo?

Caminando delante de mí hacia la sala de estar, respondió por encima de su hombro:

—He estado esperando a que me informaras de cuándo te mudas.

Esa había sido una de las primeras cosas en las que dejé de pensar cuando empecé a considerar que él podría haber cambiado de opinión. Así que escucharlo de nuevo era como una ducha fría. Casi. No me molesté en decirle que había pensado que ya no íbamos a seguir más con esto.

—¿Estabas… tú…? —Tosí—. ¿Se suponía que lo hiciera pronto?

Dándose la vuelta para mirarme, inclinó la barbilla hacia abajo antes de cruzar sus bíceps gigantes sobre su pecho.

—La temporada está a punto de comenzar, necesitamos hacerlo antes de esa fecha.

No recordaba oír acerca de que eso fuera parte del plan. Quiero decir, pensé que más pronto que tarde, pero…

Iba a pagar mis préstamos estudiantiles si yo hacía esto. Debería haberme mudado el día después de llegar a una decisión, si eso era lo que él quería.

—¿Cuándo crees que debería hacerlo? —cuestioné.

Por supuesto que tenía una fecha en mente.

—Viernes o sábado.

Casi escupí un pulmón.

—¿Este viernes o el sábado? —Eso estaba a solo cinco días de distancia.

Esa gran cabeza se ladeó.

—Estamos en el momento cumbre.

—Oh. —Tragué—. Mi contrato de arrendamiento cumple en dos meses.

A veces se me olvidaba que Emmett no creía en los obstáculos.

—Sáldalo. Te voy a dar el efectivo.

Esto estaba pasando. Esto realmente estaba sucediendo. Me iba a mudar. Con él.

Lo miré, los músculos anchos de sus hombros, el vello oscuro salpicando su mandíbula, esos malditos ojos que parecían fulminar a todo y a todos. Iba a vivir con este tipo.

Mis préstamos. Mis préstamos, mis préstamos, mis préstamos.

—¿Qué día es mejor para ti? ¿Viernes o sábado? —me obligué a preguntar.

—Viernes.

El viernes sería. Miré mis pertenencias por primera vez, y sentí una punzada de tristeza.

Justo cuando pensé en mis cosas, Emmett pareció estar haciendo lo mismo, mirando alrededor de la pequeña sala de estar. Pensé que podría haber levantado un pie para patear mi sofá.

—¿Necesitas ayuda para empacar… o algo así? —inquirió con voz insegura, como si fuera la primera vez que le preguntaba a alguien si necesitaba ayuda.

No estaría sorprendida si lo fuera.

—Eehh… —Justo después de que había llegado a casa desde la suya, había decidido lo que conservaría y lo que donaría o regalaría. En conclusión, asumí que tendría que ser la mayor parte de mis cosas.

Imaginé que iba a ocupar el dormitorio de invitados, ya que era la única habitación que no era utilizada a tiempo completo. Las otras tres habitaciones además de la principal eran la de Jasper, el estudio y el enorme gimnasio casero.

—Las únicas cosas que quiero conservar son mi estantería para los libros, mi televisor y mi escritorio. —No me perdí el ojo crítico con el que miró el pequeño escritorio negro de sesenta dólares detrás de mí—. El resto se lo voy a dar a mis vecinos. No hay ninguna razón para mantener algo de esto en almacenamiento durante —casi me ahogué con las palabras—, cinco años.

Asintió, incluso mientras se fijaba en mi televisión.

—Todo puede caber en un par de viajes.

Asentí, la tristeza obstruía mi garganta ante la idea de dejar mi apartamento. Seguro que no era lujoso ni nada, pero lo había logrado por mi cuenta. Por otro lado, un apartamento en el que no había planeado permanecer para siempre de todos modos, no iba a ser la diferencia entre vivir endeudada y no.

Podría llorar en casa de Emmett más tarde si lo necesitaba… y ese pensamiento casi me hizo reírme en voz alta. ¿A qué había llegado mi vida? ¿Y por qué demonios me quejaba tanto? Iba a mudarme a una casa más agradable, iba a deshacerme de mis préstamos y tener una casa, todo a cambio de "casarme" con un hombre. Y qué si no podía salir con nadie si quería. Viva. La última cita a la que había ido hace dos semanas no me había dejado exactamente entusiasmada como para repetir. Era un intercambio justo, más que un intercambio justo si no calculaba el riesgo de lo que sucedería si alguien descubría que nuestro "matrimonio" era un fraude. Por otra parte, no conseguías nada en la vida a menos que te arriesgaras.

—Está bien —murmuré de la nada, más para mí que para Emmett.

Entonces, simplemente nos miramos el uno al otro, dejando que el mismo incómodo silencio que había estado entre nosotros como jefe y empleada surgiera.

Me aclaré la garganta.

Luego él se aclaró la garganta.

—Hablé con Jasper.

—¿Lo hiciste?

—Sí.

—¿Y?

Emmett se encogió de hombros despreocupadamente.

—Dijo que lo entendía.

En ese caso, necesitaba llamarlo; no quería ser una completa cobarde y simplemente mudarme sin hablar con él al respecto.

Emmett bajó la barbilla una vez antes de girar su cuerpo para hacer frente a la puerta.

—Necesito irme. Te veré el viernes —dijo mientras se acercaba a ésta.

Y luego se había ido.

No me dijo que lo llamara si necesitaba ayuda con cualquier cosa y no dijo adiós. Simplemente se fue.

Esto era para lo que me había inscrito.

Estos eran los próximos cinco años de mi vida. Podría ser peor, ¿no?

.

.

.

Eran las siete y media de la mañana y estaba en mi mesa de comedor por última vez cuando ese ahora familiar golpe de tres toques hizo temblar mi puerta. Acababa de salir de la cama hacía veinte minutos y estaba sentada esperando a que la plancha de waffles se calentara. Caray, aún tenía mi pijama puesto, no había lavado mi rostro, o siquiera lavado mis dientes todavía. Mi cabello estaba recogido en algo que parecía una piña bebé.

—¿Emmett? —llamé mientras iba hacia la puerta arrastrando los pies.

Efectivamente, su vello facial oscuro me saludó a través de la mirilla antes de que lo dejara entrar con un bostezo y un pequeño ceño fruncido.

El hombre que al parecer iba a ser mi nuevo compañero de cuarto, entre otras cosas, entró sin murmurar un buenos días ni nada. En cambio, esperó hasta que aseguré la puerta antes de darme una mirada perezosa.

—¿No estás vestida todavía?

Tuve que reprimir otro bostezo, tapándome la boca con la mano.

—Son las siete y media. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Ayudándote a mudarte —dijo, como si acabara de hacer una pregunta tonta.

—Oh. —¿Lo estaba haciendo? Había dicho algo respecto a que solo habría que hacer un par de viajes para mover mis cosas, pero había asumido que yo tendría que hacer un par de viajes. Eh—. Bueno. Estaba a punto de hacer waffles… ¿Quieres algunos?

Emmett me miró por un momento antes de darse la vuelta y continuar hacia la cocina. Volvió la cabeza de izquierda a derecha en lo que supuse que era él, ya sea asegurándose de que realmente había conseguido terminar de empacar algo, o haciendo un inventario de lo que había dejado. Había envuelto en plástico de burbuja toda mi obra hace dos días. Mis ropas estaban todas en cajas que la gente de la tienda de comestibles fue lo suficientemente amable para darme. Mis libros y chucherías estaban empacados. Mi televisión y ordenador de escritorio eran los únicos artículos que no habían sido preparados, pero tenía casi todas las mantas y edredones que poseía en la sala de estar, esperando para ponerlas a buen uso.

—¿Qué receta? —Tuvo el valor de preguntar.

—La de canela. —Antes de que pudiera preguntar, agregué—: No uso huevos.

Asintió y tomó asiento en la mesa, todavía no exactamente sutil en su escrutinio. Todos mis platos, utensilios y ollas ya estaban fuera y apiladas en los mostradores, esperando que sus nuevos propietarios vinieran y se los llevaran. Los tenía desde la universidad, e imaginé que habían pasado por encima y más allá del llamado del deber.

Hice más masa y luego la vacié en el molde caliente para waffles, manteniendo un ojo sobre Emmett mientras seguía tomando nota de mis pertenencias.

—¿Qué vas a hacer con el resto de tus muebles?

—Mi vecina de arriba se queda con el colchón, la mesa de comedor y los platos. —Era una madre soltera con cinco hijos. Había visto su colchón durante las pocas ocasiones en que había hecho de niñera, y mis cosas eran definitivamente una mejora. La mesa del comedor era también una buena adición al espacio vacío que tenía donde uno normalmente se habría sentado, a pesar de que no había suficientes sillas para ella y todos los niños—. Mi vecino de al lado se queda con el sofá, el armazón de la cama, un armario y la mesa de café para su hija.

—¿Van a venir a buscarlos hoy?

—Sí, pero mi vecina de arriba es madre soltera y quiero ayudarla.

—¿Pagaste el resto de tu contrato de arrendamiento ya?

Lo miré desde el otro lado de la cocina.

—Aún no. Iba a ir a la oficina de administración antes de irme.

—¿Cuánto debes?

Podría haber murmurado la cantidad.

Hubo una pausa embarazosa antes de que Emmett preguntara:

—¿Por un mes?

Tosí.

—No, dos meses.

¿Estaba él respirando más fuerte de lo normal?

—¿Realmente te pagaba tan poco?

Otra vez con un comentario acerca de mi casa.

—No. —Luché contra el impulso de fruncir el ceño. Tenía otras cosas en las que gastar mi dinero. No necesitaba explicarme a él.

¿Puso los ojos en blanco?

—Traje suficiente dinero en efectivo.

¿Se suponía que dijera "¿No, no te preocupes por ello, lo tengo?" o estaba bien que lo aceptara? En el mejor de los casos, ya estaba haciendo más que suficiente por mí para los próximos cinco años, cuando realmente yo no tenía que hacer mucho más que firmar unos papeles y asegurarme de no enamorarme de alguien…

Está bien, eso era culpa llenando mi estómago y sabía lo que significaba.

—No te preocupes por eso. Puedo pagarlo. —No quería tomar ventaja de su bondad, o como pudiera llamarse.

Emmett solo se encogió de hombros.

Unos minutos más tarde, los waffles estaban listos y desayunamos en silencio en la mesa, ambos comiendo de manera eficiente y rápida. Lavé nuestros platos y los sequé, dejándolos en la pila con los otros.

—Vamos a sacar las cosas que tus vecinos se van a quedar primero, luego empacamos lo que va en los autos —sugirió Emmett, sus dedos hundiéndose en el frente de su camisa para tirar del medallón colgando de su cuello. Lo movió de modo que se apoyaba contra la parte posterior de su cuello, la cadena estaba apretada alrededor de la parte delantera de su garganta. Siempre me había preguntado dónde lo había conseguido, sobre todo porque, por lo que sabía, no era una persona religiosa, pero era otra de esas cosas que nunca se había molestado en compartir.

—Suena como un plan —dije, mirando el destello de oro una vez más. Oh, bien.

Una vez en el piso por encima del mío, la madre soltera abrió la puerta al segundo toque, aceptando la caja de vasos que había subido por las escaleras.

—¿Ya te vas? —preguntó en español.

—Sí. ¿Quieres enviar a algunos de los niños para ayudar a llevar algunas cosas?

La señora Huerta asintió y llamó a sus tres hijos mayores para ayudar. Los chicos de once, nueve y ocho años abrazaron mis caderas y luego corrieron por las escaleras delante de mí, plenamente conscientes ya de lo que se iban a quedar. Los tres irrumpieron y se dirigieron directamente hacia la cocina, frenándose cuando vieron al hombre grande llevando cajas de mi habitación hacia el pasillo.

Uno por uno, tomaron vasos, ollas, sartenes o utensilios y se dirigieron de nuevo afuera. Me hice con dos sillas de la mesa del comedor y me dirigí hacia las escaleras, disparándole a Emmett una sonrisa tensa cuando nuestros ojos se encontraron en el camino de salida. Acababa de depositarlas en la sala de estar de mi vecina cuando una sombra apareció en la puerta, llevando las otras dos sillas debajo de los brazos sin esfuerzo.

Dios santo. ¿Es tu novio? —inquirió en español la mujer un poco mayor desde su lugar en el sofá.

¿Novio? Sentí que mis ojos sobresalían, pero asentí, quizás un poco de manera robótica.

. —¿De qué otra manera iba a llamarlo? Probablemente era afortunada porque no tuviera tiempo de ver el fútbol y no supiera quién era.

Miró en dirección a Emmett una vez más, equilibrando a su hijo de tres años de edad sobre su regazo, y asintió lentamente, impresionada.

Es guapo —dijo en español—. Y esos músculos. —La señora Huerta añadió una sonrisa al final de su comentario que me hizo sonreír tímidamente.

Ya sé —dije en un murmullo antes de salir rápidamente de la habitación y dirigirme escaleras abajo. ¿Lo sabía? Bueno, era la verdad. Sabía que tenía músculos. Y un pecho. Y ese culo. Podría haberlo hecho peor. Tal vez tenía poco deseo por tener habilidades sociales y quizá en realidad no le importaba nadie más que sí mismo, pero podría ser peor. Supongo que podría ser un psicópata que les hacía cosas malas a los animales.

Encontré a Emmett en mi apartamento con la mesa volteada, desenroscando la parte superior de las patas con una herramienta de bolsillo multipropósito que no estaba segura de dónde había sacado. Levantó la mirada cuando me notó.

—¿Qué más se van a llevar?

—El colchón.

Murmuró y asintió.

Cuarenta minutos más tarde, el sudor caía por mi rostro, pero Emmett y yo habíamos logrado subir el colchón por las escaleras. Sabía que él podría haberlo llevado solo, sin una rabieta o resoplido, pero al parecer, era demasiado grande para ser llevado solo y mis músculos endebles habían batallado. Acomodamos el viejo colchón donde la cama de mi vecina había estado la última vez que había venido. Le había ofrecido el marco de mi cama, pero entendía por qué no lo había querido, dos colchones apenas entrarían en el pequeño dormitorio que tal vez estaba construido para dos ocupantes, pero no seis.

Afortunadamente, para el tiempo que terminamos, los hijos de mi vecino de al lado esperaban fuera de mi puerta para ayudar a mover el resto de los muebles a su casa. Emmett y yo nos sentamos uno frente al otro en el dormitorio, desarmando la cama para que pudiera ser más fácil de mover. Lo encontré mirando hacia las múltiples luces de noche que no había tenido la oportunidad de embalar. No me preguntó acerca de ellas, y estuve muy agradecida.

Noté que los dos hijos del vecino miraban a Emmett más que un poco cuando se asomaron en mi habitación, y entonces los oí murmurándose el uno al otro, pero ninguno de ellos nos dijo una palabra antes de sacar las primeras cosas hacia la sala de estar.

Acababa de tomar un descanso para hacer pis cuando abrí la puerta y escuché charla procedente del pasillo.

—Claro. —Ese era Emmett.

Tomé dos de las cajas que quedaban en mi dormitorio y las dejé en la sala de estar. De pie en el pasillo estaba Emmett, un antebrazo contra la pared mientras su mano izquierda estaba arriba, garabateando en algo con uno de los marcadores permanentes que había dejado por todo el apartamento, así podía escribir en las cajas. Junto a él estaban los hijos de mi vecino, con sus ojos pegados a Emmett.

Sí, no se necesitaba ser un genio para darse cuenta que sabían quién era y lo que Emmett hacía.

—Gracias —dijo uno de ellos cuando le entregó el trozo de papel que había firmado.

El grandote asintió, su atención volviéndose hacia mí.

—No hay problema. En realidad, realmente deberíamos terminar de empacar. Tenemos que irnos.

Los chicos dudaron.

—Podríamos ayudar.

Emmett se limitó a negar.

—Lo tenemos.

—Aunque gracias —dije cuando el idiota grosero no lo hizo.

Asintieron y uno de ellos comentó:

—Hombre, Isabella, no tenía ni idea de que estaban juntos. Papá va a enloquecer. Es un gran fan.

Ya sabía eso, y solo me hizo sentir culpable. Mi vecino tenía un felpudo de los Three Hundreds fuera de su puerta. Durante los días de fiesta, colgaba una corona con adornos del equipo en ella.

—Sí... —Fui perdiendo la voz. Quiero decir, ¿qué otra cosa se suponía que dijera?

Por suerte, rápidamente agradecieron a Emmett y se fueron, cerrando la puerta detrás de él.

—Está bien. —Respiré—. Terminemos con el resto.

Entre los dos, llevamos mi televisión hacia el Range Rover de Emmett, mientras mis brazos temblaban de agotamiento. Le siguió mi ordenador. El hecho de que pudiera haberlo llevado por su cuenta no se me escapaba en absoluto, pero no iba a quejarme, así que mantuve mi boca cerrada. En la parte de atrás de mi Explorer, pusimos mi estantería, escritorio y silla. El resto de las cajas las dividimos entre ambos vehículos.

Emmett estaba en su camioneta cuando cerré la puerta de mi apartamento por última vez, la nostalgia me golpeó en el centro de mi pecho. Siempre pensaba en seguir adelante con mi vida y dar el siguiente paso hacia cualquier meta que tuviera. Al igual que cuando dejé a Emmett, una parte de mí lo extrañaba o a alguna extraña variación cuando estás tan acostumbrada a hacer las cosas de cierta manera durante mucho tiempo y de repente ya no, pero había sabido que iba a seguir adelante. Estaba haciendo algo mejor para mí y haciendo esto por él, sin importar lo que dijera mi conciencia, era un paso inteligente. Uno extraño, pero inteligente.

Era un salto gigante para mi futuro e iba a aferrarme a ese recordatorio con las dos manos.

.

.

.

Dejé un cheque por los últimos dos meses de mi contrato de arrendamiento, firmé algunos papeles con el gerente de la oficina y salí de allí.

Tomó una hora llegar a casa de Emmett desde mi apartamento gracias a un choque de diez autos en la carretera. Entre estar un poco abrumada por la mudanza, sobre todo porque no me sentía exactamente emocionada por tener que vivir con otra persona —esa persona siendo mi ex jefe de entre todas las personas— y hacer mi mejor esfuerzo para convencerme de que no iba a ir a la cárcel, si o cuando los funcionarios se enteraran de la verdad, estaba intentando no volverme paranoica.

Le sonreí al guardia de seguridad cuando llegamos a la puerta comunal e ignoré la curiosa expresión en su rostro cuando vio mi auto cargado. Emmett retrocedió hacia el garaje y estacioné en la entrada por primera vez en la historia.

Cuando salí y lo vi metiendo cajas, agarré lo más que podía llevar por mi cuenta de mi Explorer. Fui tras de él, nerviosa, ansiosa y un poco asustada.

Todo lucía familiar, pero se sentía extraño al mismo tiempo. Ascendí por las escaleras que había subido un millar de veces y seguí adelante, cuando todo lo que quería hacer era dar la vuelta y regresar a mi apartamento.

Me estaba mudando con Emmett y Jasper, firmando unos papeles que nos unirían en un matrimonio teórico y ésta sería mi realidad durante los próximos cinco años. Cuando pensaba en ello por separado... sí, no servía de nada. Todavía parecía un enorme elefante blanco que no podía ignorar.

La puerta de la vacía habitación de huéspedes estaba abierta cuando me acerqué a ella y pude escuchar a Emmett en el interior acomodando las cosas. Había estado allí muchas, muchas otras veces en el pasado para sacudir o lavar las sábanas. Estaba bastante familiarizada con la distribución.

Pero no era igual a como había sido la última vez que la había visto.

Emmett no tenía un montón de basura por toda la casa. Todas las habitaciones excepto el gimnasio eran bastantes austeras y utilitarias. No tenía cuadros o adornos.

Ni siquiera se había molestado en pintar alguna de las habitaciones. No había ni un solo trofeo o camiseta colgados alrededor. Las cajas con ese tipo de cosas estaban escondidas en su armario, algo que no podía entender por completo. Si tuviera el tipo de trofeos que él tenía, estarían donde todos pudieran verlos.

En su dormitorio, tenía una cama y dos vestidores. Ni siquiera tenía un espejo aquí, mucho menos una sola fotografía de algo o alguien. La habitación de huéspedes había estado aún más desierta con solo una cama y una mesita de noche en una habitación de tamaño relativamente grande, era dos veces el tamaño de la habitación de mi apartamento.

Pero cuando entré en el dormitorio que ahora sería mío, no solo encontré una cama. Había una gran cómoda a juego con un gran espejo de tocador montado en ella y una nueva y pequeña estantería que también parecía coincidir con el resto del mobiliario contemporáneo color marrón oscuro. No me di cuenta hasta mucho después que todo era el mismo mobiliario exacto que había tenido en la habitación de mi apartamento... solo que más agradable y a juego.

—Tu estantería de casa se vería mejor en la oficina —sugirió Emmett casualmente cuando acababa de detenerme y quedarme en la entrada, demasiado ocupada asimilando el nuevo mobiliario.

Traté de mantener mi sorpresa al mínimo, pero no estaba segura si lo logré o no, así que todo lo que pude dar como respuesta fue un asentimiento. Aunque él tenía razón; mi estantería quedaría mejor allí.

—Tu escritorio puede ir allí. —Vagamente señaló la sección vacía de la pared justo entre las dos ventanas de la habitación—. Compré el colchón justo antes de que empezaras a trabajar para mí. Solo han dormido en él... ¿Qué opinas? ¿Tres veces? Pero si quieres uno nuevo, pídelo. Sabes qué tarjeta usar.

Cerré mi boca y alejé la sorpresa que había robado mis palabras, parpadeando hacia Emmett al mismo tiempo que vacilaba. ¿Había hecho todo esto? ¿Para mí? Cuando había dejado de trabajar para él, ni siquiera había sabido dónde ordenar su jabón. Ni siquiera utilizaba su propio lavavajillas. ¿Ahora había muebles nuevos?

¿Quién era este hombre? Moví mi cabeza, arrugando mi frente.

—No, todo está genial. Gracias.

Ni siquiera tenía que poner ningún esfuerzo en recordar lo cómodo que había sido cuando había tenido que subirme al colchón para quitar las sábanas o sacudir la cabecera. No demasiado suave, no demasiado firme.

—Es perfecto. —Casi dije no te preocupes de ello, pero de nuevo, estaba segura que no estaba preocupado; solo estaba tratando de ser servicial, y considerando que yo no esperaba mucho, era más que lo que yo había planeado—. Es mejor que a lo que estoy acostumbrada.

Inhalé y lentamente dejé las cosas que sostenía en el suelo.

—Gracias por ayudarme a mudarme, por cierto. —Realmente estoy haciendo esto. Me estoy mudando. Mierda—. Lo aprecio —farfullé. Realmente estaba haciendo esto. Realmente estoy haciendo esto.

Inclinó su cabeza ligeramente hacia abajo y luego me rozó cuando pasó junto a mí mientras salía, bajando las escaleras a juzgar por el sonido de la escalera chirriante. No había manera que fuera a ceder y dejar que él hiciera la mayor parte de la carga, incluso si estaba en mejor forma que yo y tenía cuatro veces mis músculos.

Está bien, no iba a ser una floja de mierda.

En la planta baja, seguí con el resto de la mudanza. Tomó un poco más de media hora para que ambos consiguiéramos llevar las cajas desde los autos hasta el dormitorio. Luego llevamos mi televisión mientras mis brazos convulsionaban por lo cansados que estaban y mis dedos se volvían resbaladizos por el sudor. La maldita cosa parecía haber ganado nueve kilos en el viaje desde mi complejo hasta su casa.

Era realmente pesada y tenía la sensación que iba a dar un tirón en mi espalda baja. Me las arreglé para aplastar mis dedos con el marco de la puerta, silbando: "Hijo de puta", en voz baja.

Nos dirigíamos a tomar la siguiente pieza de mobiliario cuando Emmett dijo por encima de su hombro:

—Deberías pensar en hacer algún tipo de entrenamiento en la parte superior de tu cuerpo.

Hice una mueca detrás de él. Podría haberle incluso mostrado mi lengua mientras sostenía mis pobres dedos mallugados con mi mano buena.

Por suerte, mover la estantería a la oficina de Emmett fue mucho más fácil y no tuvimos ningún problema. Mi nuevo compañero de piso llevó el escritorio arriba por su cuenta y me dejé caer en la silla. Al parecer, o ambos necesitábamos un descanso o Emmett reconoció las señales de agotamiento que estaba segura se mostraban por todo mi rostro, así que tomamos un descanso para almorzar.

Entonces, la incomodidad comenzó de nuevo.

¿Se suponía que yo hiciera el almuerzo o él? ¿O cada quien íbamos a hacernos nuestra comida? Aunque todavía no había ido al supermercado, obviamente, pero Emmett nunca había sido tacaño con sus comestibles o se había quejado cuando tomaba algunos, pero...

—Tengo dos pizzas en el congelador.

—¿Pizzas? —¿Estábamos en la casa correcta? Este era el señor de la dieta todos sus alimentos basados en plantas. Lo más procesado que comía era pasta de quínoa, tofu y el tempeh de vez en cuando.

Murmuró algo entre dientes que sonó como:

—Con queso de soja y espinacas.

Mordí mi mejilla y asentí, mirando y preguntándome qué demonios le había sucedido durante el último mes y medio.

—Está bien.

Con eso, encendí el horno como lo había hecho un millar veces en el pasado. A diferencia de todas las otras veces, "El Muro de Winnipeg" fue al refrigerador y sacó la comida y también la superficie para poner las pizzas de un armario de una manera que me sorprendió un poco. Al menos, cuando yo estaba por aquí, nunca se había metido con cualquiera de los artículos de la cocina, además de los platos y los utensilios.

Fui al garaje para tirar el cartón con el resto de los materiales reciclables y me detuve. Recipiente tras recipiente de comida vegetariana congelada para microondas llenaba el cubo.

La más pequeña de las culpas llenó mi estómago mientras iba a la cocina justo cuando Emmett ponía las pizzas en el horno después de unos minutos. Tomé el mismo asiento que había tomado hace casi dos semanas cuando había venido a hablar con él acerca de su oferta. Ese extraño silencio pareció crecer mientras él tomaba su asiento favorito.

—¿Dónde está Jasper? —pregunté, viendo los enormes músculos de sus antebrazos ondular mientras hacía girar su muñeca en un estiramiento.

Un tendón de su grueso cuello pareció estallar y supe que estaba molesto.

—No vino a casa anoche. —Antes de que yo pudiera decir algo, añadió con una voz que reconocí como desaprobación—: Dijo que estaría aquí.

Pero no lo estaba. Que Jasper saliera no era extraño; en realidad, salía bastante a menudo. No volver a casa tampoco era exactamente raro. Había hablado con él un par de días atrás brevemente solo para asegurarme que iba a estar bien mintiéndoles a las autoridades si era interrogado, y que le pareciera bien que me mudaba. Había parecido estar más que bien con ambas cosas.

—De acuerdo —dije, sabiendo muy bien por la forma en que su tendón se tensaba que realmente molestaba a Emmett—. Entonces... ¿cuál es el siguiente paso con la cosa de tu residencia?

Emmett tenía su atención en su brazo.

—Debemos seguir adelante y primero terminar con el papeleo. —Papeleo. Iba a ir con papeleo para describir lo que estábamos haciendo. ¿Tenía náuseas o de repente me dolía el corazón?—. Pronto.

—¿Qué tan pronto? —Mi voz sonó más críptica de lo que realmente era necesario teniendo en cuenta que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Aquellas gruesas cejas se arquearon, su mandíbula torciéndose ligeramente.

—Antes de la temporada. No quiero esperar hasta la semana de descanso —dijo, refiriéndose a la semana de descanso que el equipo tenía durante la temporada.

Seguía sin responder a mi pregunta.

—Está bien…

—Tengo un juego de pretemporada la próxima semana. Hagámoslo entonces. —Me atraganté y me ignoró, explicándose rápidamente—: No podemos presentar la petición hasta que se termine con el papeleo. Debes cambiar la dirección de tu licencia tan pronto como puedas, pero necesitas hacer que tu correo llegue aquí.

¿Qué podía decir? ¿Vamos a esperar? Lo que estaba diciendo tenía sentido. Realmente no tenía más de un día de descanso después de cada partido de pretemporada y, de lo que recordaba, la mayoría eran por la noche. Esa probablemente sería la mejor oportunidad que teníamos de conseguir hacerlo.

Pero todavía hacía que la parte de mi personalidad a la que le gusta planear las cosas de antemano y prepararse mentalmente, se encogiera.

La próxima semana. Lo "haríamos" en una semana.

Era tan fácil. Teníamos que vivir en una casa juntos, firmar unos papeles, tal vez tomar algunas fotos —¿eso era incluso necesario?— y entonces... vivir los próximos cinco años de nuestras vidas.

Casi esperaba que me diera un movimiento de dedos y dijera: "Ta-da".

Así de simple. Era así de simple, al parecer.

Miré al hombre que estaba sentado frente a mí, el hombre más grande que había visto en mi vida, el más reservado, quien era para todos los intentos y propósitos técnicamente mi prometido, y dejé que las náuseas y los nervios rodaran en mi vientre como cachorros.

—Mi abogado dijo que pasarán varios meses entre que presentes una petición para mí y tener mi estatus estable hasta que obtenga una tarjeta de residencia condicional. Vamos a necesitar un montón de papeleo; van a solicitar tus estados de cuenta bancarios. Tendrás que ir conmigo una vez que todo esté autorizado para que alguien en la oficina de inmigración nos entreviste. ¿Eso funcionará? —preguntó, mirándome con recelo, como si no tuviera esperanza de que tomaría bien seguir con su plan.

Tragué mi corazón. Ya había leído todas esas cosas en línea durante los días entre el momento en que apareció en mi casa y cuando llegué a la suya y acepté, así que estaba preparada mentalmente. Mayormente.

—Sí. —Pero la sonrisa en mi rostro era muy malditamente débil.

¿Qué demonios acababa de aceptar hacer?