AN: Muchas gracias Mary. ¡Espero que este capítulo también te guste! :)
Capítulo 10: Día de padres e hijos
Cuando llegamos al castillo mis seis hermanos estaban en el segundo piso del módulo central. Habían subido la mesa de ping–pong, la habían puesto en la sala grande contigua a la donde habían puesto el futbolito, y estaban jugando. La habían pintado y, como no habían esperado que se secara totalmente para comenzar a jugar, la superficie de las pelotas estaba llena de manchitas de pintura. Pero la pintura de la mesa no parecía haber sido dañada por las pelotas. La habían pintado de cuatro colores, delimitando las áreas con las dos diagonales. Me recordó a las cuatro casas del tablero de ludo.
Esme y Carlisle los saludaron animados, y los tres nos unimos al torneo. Como yo no tenía pareja hice equipo con ellos dos, y nos fuimos turnando. No fui un gran aporte, ya que pronto quedó claro que era la más lenta de los nueve.
Nadie comentó nada sobre el cumpleaños al que habíamos ido, aunque noté que Alice y Edward parecían preocupados. Supuse, amargada, que Alice habría visto problemas en el futuro. Y, probablemente, Edward había visto sus visiones y conocía también qué pensaban sus padres. Eso me amargó un poco, pero como no podía hacer nada por resolverlo decidí apartarlo de mi mente.
–.–
Pasaron algunos días tranquilos. El domingo, en forma excepcional, me habían traído más sangre. A mí ya se me había pasado la sed, pero bebí obedientemente.
En clases, seguí avanzando unidades en la serie de libros que me habían regalado para mi cumpleaños. Odiaba ese nuevo idioma y, de los cuatro que ya conocía, era de lejos el que sonaba peor. Pero no quería pelear con Esme, de modo que trabajé resignada.
Hacer el juego de malabarismo en cambio fue muy entretenido. Esme no me dejó usar el torno, pero pude lijar, pintar y barnizarlo yo. Incluso se contagiaron cuatro de mis hermanos, haciendo sus propios juegos. Sólo Edward y Bella no demostraron interés. En poco más de dos días los cinco estábamos haciendo malabarismo. Ellos eran mucho más ágiles que yo, pero de todas formas yo no lo hacía tan mal. Incluso practicamos irnos lanzando objetos entre nosotros mientras jugábamos, y nos salía bastante bien. Supongo que podríamos haber hecho un buen espectáculo, pero a nadie le interesaba eso y sólo lo hacíamos por diversión. Yo estaba feliz de haber aprendido a hacer algo en tan pocos días.
El jueves por la tarde Carlisle llegó amargado. Fue como un déjà–vu del viernes anterior, y Edward me dirigió la vista brevemente. Gruñí internamente. ¿Y ahora qué?
–Hola amor –le dijo a Esme como siempre, besándola. Ella levantó la vista del mantel que bordaba y le sonrió con calidez.
–Hola amor –le contestó, luego del beso–. ¿Todo bien?
–Sí –afirmó, aunque supuse que mentía y que nadie le creería.
Carlisle nos besó a los cinco que estábamos en la sala, y luego se fue al cuarto del fondo a saludar a Rosalie y Emmett que estaban jugando en el sistema de realidad virtual. Volvieron los tres, antes de que pasara ni un minuto.
–¡Soy el rey de Deep Sea! –Afirmó Emmett levantando los brazos como un campeón–. Arrasé con 100 tiburones y establecí un nuevo record. ¡A ver si logran superar eso mis patéticos hermanitos!
Le llegaron tres cojines a la cara, en forma casi simultánea, lanzados por Alice, Jasper y Edward. Emmett se rio, pero en vez de lanzárselos de vuelta los esponjó y los volvió a poner en el sofá. Luego le dirigió a Esme una mirada muy patera.
–No disgustéis a mamá, enanitos –les dijo burlón. Esme le lanzó el cojín que había junto a ella, y también consiguió darle en la cara. Él se lo lanzó de vuelta, aunque despacio.
Carlisle se acercó a mí y me quitó con suavidad el lápiz con el que dibujaba de la mano.
–Vamos a nadar –me dijo, tomándome en brazos sin preguntar.
–¿Es un secuestro? –Pregunté riendo.
–Oh, sí –respondió, fingiendo seriedad.
–Yo también quiero ir a nadar –dijo Alice de pronto, parándose del sillón. Jasper no dijo nada, pero se paró con ella. Me quedé mirando a Esme, esperando que ella también viniera a nadar, pero se quedó dónde estaba, bordando.
–¿Pasa algo? –Le pregunté a Carlisle, mientras bajábamos la escalera, ya que sospechaba que había gato encerrado en ese "secuestro".
–La verdad es que sí, hija –respondió Carlisle–. Mañana es el día "Padres e Hijos" en el trabajo y mi jefe me extorsionó para que te llevara.
–Perfecto –le dije–. ¿Iremos todos?
–Eso sería interesante –dijo Alice–. Pero no. Nosotros no iremos.
–¿Por qué? –Pregunté.
–No sé –dijo Alice–. Yo sólo me veo a mí y a los otros cinco en casa mañana.
Parecía preocupada, y me inquieté.
–¿Ves algo malo, Alice? –Pregunté.
–No… –Respondió insegura–. Pero no logro ver qué pasará y eso me preocupa un poco.
–¿Qué ves, hija? –Preguntó Carlisle, inquieto.
–Te veo mostrándole tu oficina. Y la veo con otros niños en una visita guiada. Pero luego no tengo una imagen concreta.
–Pero, ¿ves algo malo, amor? –Insistió Jasper.
–No –respondió ella, nuevamente.
–Bueno, procuraré que nada malo pase –les prometí a los tres–. Aunque me hubiera gustado que fuéramos los siete.
–Suelen ir los hijos menores –explicó Carlisle–. Y creo que aunque nadie les impediría ir a tus hermanos, mis colegas podrían estresarse un poco si siete vampiros menores pasaran el día con sus hijos.
–Ah. Entiendo –murmuré con frialdad.
Salimos afuera, y atravesamos el parque rumbo al agua.
–¿Mañana estaré todo el día en tu trabajo contigo? –pregunté.
–Sí, ésa es la idea –respondió–. Hubiera preferido que no fuera un viernes, justo antes de que bebieras sangre, pero yo no escojo la fecha.
–No te preocupes, no me comeré a nadie –prometí riendo.
Carlisle me dio una palmada, aunque no muy fuerte.
–Te he dicho que no digas eso ni en broma, Daniela –explicó un poco mosqueado.
–Perdón –murmuré, mosqueada también.
Nos metimos al agua, y nadamos sin que nadie dijera nada por un rato. Fue relajante, y pronto se me pasó la rabia. No estuve segura si Jasper había intervenido o no con su don.
–.–
El día de padres e hijos en las instalaciones militares gubernamentales comenzó bien (no me hicieron vestirme de tarada, lo que agradecí profundamente), pero terminó siendo un desastre que cambió mi vida por casi dos años. De haber sabido cómo acabaría todo, me habría escondido en mi cuarto y ni todos los vampiros del mundo me hubieran convencido de salir. Pero, como no lo sabía, inicié el día con cierto nivel de entusiasmo.
Al amanecer, Carlisle me subió con él al vehículo militar que lo venía a buscar a diario. El tipo que conducía y el que venía de copiloto nos saludaron con cordialidad. Me dio la sensación de que mi padre les caía bien. Carlisle me los presentó, y el que conducía se llamaba Pierre y el otro se llamaba Otto. Ambos eran jóvenes, aunque se veían algo mayores que Carlisle.
–¿Por qué tú no usas uniforme como ellos? –Le pregunté a mi padre con curiosidad.
–Tiene santos en la corte –me aseguró el que venía de copiloto, cerrándome un ojo por el espejo retrovisor. Carlisle se rio, pero no corrigió la información de modo que asumí que debía haber algo de verdad en la afirmación.
–¿Y ustedes tienen hijos? –Pregunté, extrañada de ser la única niña en el vehículo.
–Oh, sí –dijo Pierre–. Yo ya tengo dos: Carole y Nicolás, de cuatro y dos años. Pero no vienen todavía al día de padres e hijos porque son muy pequeños.
–Yo tengo dos también –agregó Otto, el copiloto (me reí internamente por la rima en español)–: Bart y Oscar, ambos de dos añitos. Mi esposa espera el tercero, que también será un niño.
–¿Y cómo le llamarán? –Le pregunté, para hacer conversación.
–Eso todavía está en discusión –respondió Otto, riendo–. Sólo sé que mi esposa jamás me dejará llamarlo Otto como yo.
Los tres, incluido Carlisle, se rieron. Me quedé pensando en el entusiasmo que parecían manifestar el par de tipos al hablar de sus hijos, y me pregunté si Carlisle hablaría con el mismo entusiasmo de mis hermanos y de mí en su trabajo.
–¿Y ustedes hacen todos los días el viaje a Berna con mi papá? –Les pregunté.
–Sí, política de ahorro –explicó Pierre–. El gobierno provee coche y combustible, pero debemos compartirlo. Otto y yo vivimos en la ciudad más cercana al castillo, por lo que nos toca compartir con tu papá.
–Pero nunca lo dejamos conducir a él –agregó Otto–, salvo que estemos excepcionalmente atrasados, ya que conduce como un demente.
–No me dejes mal frente a mi hija –se quejó Carlisle, en broma.
–Conduce como un vampiro –me burlé–. Mis hermanos conducían aún más rápido cuando todavía podían –les aseguré.
Me di cuenta de que había dicho algo políticamente incorrecto al captar el silencio que se produjo luego de mi comentario. Miré inquieta a Carlisle.
–Pero es mejor que no conduzcan, supongo –agregué incómoda–. Menos accidentes…
No me contestaron, y me sentí peor. Me acerqué a Carlisle, asustada, y él me pasó una mano por los hombros y me frotó el brazo. Decidí guardar silencio el resto del viaje.
–¿Y? ¿Qué tal la vida en el castillo? –Me preguntó Otto luego de algunos minutos, sonriéndome por el retrovisor.
Imaginé cómo querrían Esme y Carlisle que contestara, y supuse que debía decir que estaba todo perfecto.
–Es agradable –respondí sonriendo–. Yo nunca había vivido en un castillo, y me gusta. Mi cuarto es muy grande, y el parque que lo rodea es precioso.
–¿Extrañas América? –Me preguntó Pierre.
–No, para nada –mentí–. Me gusta como es la vida ahora –agregué–, lo prefiero mil veces. Antes todo era un caos. Espero que siga todo así por los siglos de los siglos.
–Puedes contar con ello –dijo Otto, contento–. Yo perdí a mis padres en una explosión terrorista, y a mi hermana en un asalto. Por eso me enlisté –explicó orgulloso–. Me prometí a mí mismo que haría lo que estuviera en mi poder por ayudar a salvar al mundo.
Me dieron ganas de levantarle una ceja, a pesar de que entendía su forma de ver las cosas. Supuse que, para alguien que perdió seres queridos por culpa del caos, el orden debía parecerle el paraíso.
–Siento que haya perdido a su familia –le dije con franqueza.
No me contestó, pero me sonrió por el retrovisor. Se produjo luego un prolongado silencio.
Las instalaciones militares en las que Carlisle trabajaba quedaban en las afueras de la ciudad. Eran muy amplias, y adentro se veían varias construcciones, y un edificio muy alto.
–¿Ves la torre central? –Me preguntó Carlisle, indicándome el edificio más alto. Cuando hube asentido agregó–: ahí está mi oficina.
–En el olimpo –dijo Pierre, riendo.
Carlisle y Otto se rieron.
–¿Quieres ir a conocer mi oficina? –Me preguntó, entusiasta.
–Obviamente –le dije.
Cuando estacionaron, en un lugar donde había muchos vehículos iguales y con patentes correlativas, Pierre y Otto partieron en direcciones diferentes, tras desearme que tuviera un buen día. Carlisle me tomó la mano y me condujo hacia la torre central.
Las personas que nos íbamos cruzando lo saludaban en forma cordial, y bastante informal me pareció. Yo había pensado que por ser militares serían todos un poco tiesos. Un tipo mayor también iba acompañado de una niña, que me miró con curiosidad y frunció el ceño al ver mi ropa. Ella llevaba un vestidito floreado y un chaleco calado. Yo me había puesto los únicos pantalones que me quedaban, una blusa, y un sweater.
En el hall de entrada al edificio había un militar muy joven detrás de un mesón. Tuve la desagradable sensación de que miraba a Carlisle con ojos de carnero degollado, y me pregunté si no sería gay.
Cuando esperábamos el ascensor se acercó a nosotros un tipo, y me sobresalté. Olía a sangre, y rápidamente detecté que al afeitarse se había hecho una herida en la mandíbula.
–Buenos días Jason –lo saludó Carlisle con cordialidad.
–Buenos días Carlisle –lo saludó él–. ¿Y esta pequeña es una de tus hijas?
–Sí, es Daniela, la menor –me presentó.
–Mucho gusto –le dije, tendiéndole la mano. Me la dio, sonriendo. Tragué, ya que el olor de su sangre me llenó la boca de veneno. Lamenté que fuera viernes. Ni se notaba que el viernes anterior había bebido el doble, y que había bebido más el domingo.
El tipo no lo notó, por suerte, pero Carlisle sí.
–Creo que te mereces una subida a caballito, hija –me dijo entusiasta–. ¿Qué te parece?
Me extrañó el ofrecimiento, ya que en los más de dos siglos que conocía a Carlisle jamás me había llevado a caballito. Pero era una excusa tan buena como cualquier otra para escapar del tipo mal afeitado.
–Sí –le respondí, sonriendo.
En vez de subirme sobre su espalda, Carlisle me puso sobre sus hombros. Se despidió de Jason y me llevó por un pasillo lateral hasta una puerta. Tuve que bajar la cabeza y él tuvo que agacharse un poco para que pudiéramos pasar por el marco de la puerta, y eso nos hizo reír a ambos. Al atravesarla nos encontramos en una escalera de emergencia que estaba abierta al exterior. Respiré aliviada.
–Gracias Carlisle –murmuré.
–¿Estás muy sedienta? –Me preguntó bajito, subiendo la escalera a velocidad humana.
–Nada grave –lo tranquilicé–. No te preocupes, estoy completamente bajo control.
–Lo sé –me dijo, apesadumbrado–. Pero no quiero que lo pases mal.
–Si tengo algún problema dejaré de respirar –prometí–. Y ya sé dónde está la escalera de emergencia –agregué sonriendo–. Si la cosa se pone fea ya sé hacia dónde arrancar para tomar aire.
–Me parece una buena idea –me dijo, contento–. Si algo pasa, nos encontraremos aquí en la escalera.
–Eso –le dije.
Nos quedamos en silencio unos segundos. Se sentía bien estar siendo llevada así por Carlisle. Recordé a mi papá Jorge, que lo hacía cuando yo era pequeña. Había dejado de hacerlo cuando Gaby estuvo en edad de ser cargada ella a hombros. Ahí yo había pasado a ser la hermana mayor que caminaba junto a sus padres y mi hermanita había tenido el privilegio de cabalgar sobre sus hombros.
–¿En qué piensas? –Me preguntó Carlisle.
–Estaba recordando a mi papá –le dije con franqueza–. Antes de que naciera mi hermanita él solía llevarme sobre sus hombros, así, cuando salíamos. Hace mucho que no pensaba en él. Pero aquí, sobre tus hombros, no pude evitarlo.
–¿Prefieres caminar? –Me preguntó, empático.
–No –respondí–. Es agradable.
–Prometo hacerlo con más frecuencia entonces –me dijo, apretándome la mano–. No se me había ocurrido antes –se disculpó.
–No hay problema. No era algo que extrañara –expliqué.
La oficina de Carlisle estaba en el piso justo antes del penúltimo. No era el olimpo, pero quedaba cerca. Los pasillos eran luminosos, y los decoraban muchas plantas verdes. Había una secretaria muy guapa en un impecable escritorio cerca del ascensor, que saludó a Carlisle casi tan lascivamente como el tipo del vestíbulo.
–Buenos días Carlisle –le dijo–. ¿Y esta princesa es tu hija?
–Sí, lo es –dijo Carlisle poniéndome en el suelo–. Ella es Daniela, la menor de mis hijas. Daniela, ella es Alice, y sin ella todo este piso sería un caos –explicó riendo.
–Buenos días Alice –le dije, sin darle la mano–. Tengo una hermana que se llama como usted –agregué.
–¿Ah sí? –Me preguntó, mostrándome su sonrisa radiante de hermosos dientes. No me intimidó, aunque parecía estar haciendo un comercial de dentífrico.
–Sí –le dije mostrándole mis propios dientes. Noté con agrado que el latido de su corazón mostraba miedo. Carlisle me apretó la mano muy fuerte, y supuse que sería un aviso, por lo que dejé de mostrar mis dientes y agregué en forma más amable–: Tengo tres hermanas: Rosalie, Bella y Alice.
–Ah, mira tú que bien –me dijo, algo más tranquila, aunque se notaba incómoda.
–¿Tienes una credencial de visita por favor, Alice? –Le pidió Carlisle, cambiando de tema.
Alice sacó de un cajón una identificación plástica de ésas que se enganchan en la solapa y se la pasó con su sonrisa radiante. Decía "Visita" y Carlisle me la enganchó en el sweater.
–No creo que la necesite, en todo caso –dijo Alice–. Esto estará lleno de niños todo el día.
–Las reglas son las reglas –dijo Carlisle–. Gracias Alice. Vamos Daniela.
Me agarró la mano y tiró de mí. Me llevó por uno de los dos pasillos que había, hacia la oficina que había más al fondo, en una esquina. En la puerta de madera con ventanita había una placa que decía Dr. Carlisle Cullen.
Cuando entramos, me extrañó que la oficina sólo pareciera una oficina. Como la placa decía "Dr." había supuesto que habría cosas más propias de la consulta de un médico.
El escritorio era amplio, y estaba muy despejado y ordenado. También había plantas, junto a las ventanas que daban al este y al norte de las instalaciones. Me acerqué a mirar, y vi que todo se veía muy pequeño abajo.
–De verdad que tu oficina queda bien arriba –comenté–. ¿Cuántos pisos tiene este edificio?
–Tiene 76 más una azotea –explicó–. Estamos en el piso 74, y arriba de nosotros está el verdadero olimpo –agregó bajito en tono confidencial.
–Guau… ¿Y en qué consiste tu trabajo? –Pregunté con curiosidad.
–Soy una especie de guardia de seguridad –dijo con algo de burla–. Veo grabaciones de muchos lugares del mundo para buscar indicios de actividad vampírica ilegal. Y, a veces, también me toca prestar apoyo a las fuerzas de paz, o tratarlos cuando tienen algún problema.
–Son vampiros, no se enferman –le dije en tono práctico–. ¿Para qué te necesitarían?
–Es muy infrecuente –me aseguró–. Pero los accidentes a veces ocurren. Y también soy el torturador oficial, ya que me encargo de cambiarles las baterías a todos –agregó riendo.
Arrugué la cara.
–¿Me vas a decir que le metes la mano en el –no dije la palabra, pero hice signo de comillas– a toda la fuerza de paz?
–No siempre, pero con cierta regularidad debo hacerlo –confesó–. Y también tengo que asistir a reuniones, y hacer trabajo de oficina, escribir informes… En fin, siempre hay algo que hacer.
–¿Pero ya no trabajas de médico humano, no? –Pregunté con pesar.
–No oficialmente –contestó–. Pero la gente por aquí sigue consultándome en forma informal. A veces incluso voy a sus casas.
–¿Lo extrañas? –Pregunté muy bajito, para que ningún humano pudiera escuchar, mirando alrededor con desconfianza.
–Es novedoso –contestó contento, a un volumen que cualquiera pudiera oír–. Soy feliz, si eso es lo que te inquieta.
–¿Te puedo hacer una pregunta morbosa, Carlisle? –Le dije, bajito, con algo de burla. Me dirigió una mirada de advertencia, pero asintió.
–¿Quién te cambia la pila a ti? –Le pregunté. La verdad, desde el inicio había tenido la curiosidad, pero por pudor y miedo a que mis hermanos se burlaran de mí nunca me había atrevido a preguntar.
Carlisle se cagó de la risa, y negó con la cabeza.
–El general de la unidad de paz más cercana –me contestó, cuando se le pasó la carcajada–. Cuando vivíamos en Norteamérica, el dudoso honor le correspondía a mi querido amigo, el general Sharp. El chip para las puertas fue el último. Y, ahora que vivimos aquí, tendré que pedirle el favor a mi nuevo mejor amigo, el general Conti.
–Ah. Sorry por preguntar –me disculpé–. Es que hace años que tenía la duda y temía que mis hermanos se burlaran de mí por preguntar.
–Bueno, aparte de Esme eres la primera que pregunta –me dijo–. Es de esas cosas que las personas prefieren no saber.
–Bueno, supongo que Edward tiene razón y soy una morbosa –admití–. ¿Vas a mostrarme cómo haces tu trabajo, o vas a sacar la vuelta todo el día con el pretexto de que me tienes a mí de visita?
–Se supone que hoy es un día especial, de modo que se me perdona que abandone un poco mis funciones –explicó–. Pero, en algún momento, vendrán a secuestrarte para llevarte a una visita guiada con los demás niños, y se supone que yo también te puedo llevar a conocer las instalaciones. ¿Quieres ir a echar una mirada?
–Carlota mencionó que el año pasado los dejaron volar en helipack –le dije entusiasta–. Siempre he querido probarlos. ¿Crees que podré cumplir ese sueño?
–No lo sé –me respondió con franqueza–. Eso no está en mis manos. Yo personalmente lo encuentro una irresponsabilidad. Pero, si es que los dejaran, te ruego que tengas cuidado.
–Soy un vampiro, papá –le dije, poniendo los ojos en blanco–. Aunque fallara el helipack, y me desplomara en el pavimento, no moriría.
–No. Pero no eres irrompible Daniela –me dijo, serio–. He visto caer amigos y, aunque han sobrevivido, te aseguro que las quebraduras les han dolido bastante.
En ese momento no supe cuán proféticas serían sus palabras, y sólo me produjeron un cierto malestar al imaginar el dolor que esos vampiros debieron haber sentido. Pero, como no tenía una bola de cristal, y Alice no había previsto ninguna tragedia, no disminuyó mi interés por volar.
–Tal vez debiste invitar a Edward –le dije–. A él le gustaría volar.
Carlisle suspiró.
–Se supone que el día padres e hijos es para niños hasta los dieciséis años –explicó–. Y, de todas formas, creo que estoy más tranquilo con sólo uno de mis vampiritos en los alrededores.
–Como yo no envejezco me podrás invitar todos los años –le dije, riendo.
–Sí, supongo –comentó–. No lo había pensado. ¿Y? ¿Quieres ir a dar una vuelta?
–No todavía –le dije–. Quiero ver como haces tu trabajo.
–Ok –me dijo, se sentó en su escritorio, y me sentó sobre él. Apretó un botón, se corrió una especie de tapa en el escritorio, y me dijo "no mires". Cerré los ojos, y lo oí digitar algo. "Ya puedes abrirlos" me dijo, y al obedecer vi que del escritorio salía una pantalla muy moderna.
–Guau, que futurista –me reí–. Se ve como en las películas.
–No es ni la mitad de lo emocionante que te estás imaginando –me aseguró–. Tengo que ver videos como un vulgar guardia de seguridad.
En la pantalla apareció una larga lista que no paraba de desplegarse, y él la miró con expresión lacónica.
–¿Qué es esa lista? –Le pregunté.
–Es la lista de los videos sospechosos que me han enviado desde anoche, para que yo revise y diga si hay o no algo que investigar –me explicó.
–A ver –le dije, entusiasta–, pon uno.
Carlisle abrió el primero de la larga lista. Venía con un mensaje adjunto que decía "No sé qué puede ser la sombra del minuto 39". Lo avanzó y luego lo puso en cámara rápida. Vi en un momento dado que había una oscuridad que avanzaba por un pasillo. Carlisle lo detuvo, y puso el instante en cuestión en cámara lenta. Fruncí el ceño. Era como una sombra con forma vagamente humana.
–¿Qué es eso? –Le pregunté con curiosidad.
–No es un vampiro, y con eso me basta a mí –explicó–. Abrió su correo y digitó velozmente un corto mensaje que decía que no se trataba ni de humanos vivos ni de vampiros.
–¿Pero qué es? –Insistí.
Carlisle suspiró otra vez, y me miró.
–¿Crees en los fantasmas, hija? –Me preguntó. Le levanté una ceja, sin contestar–. Hay fenómenos para los que simplemente no tengo explicación –continuó–. No soy un experto en fenómenos paranormales, y no voy a perder el tiempo especulando. Mi trabajo sólo es revisar que no queden vampiros no registrados dando vuelta por el planeta.
–¿Cuántos quedamos? –Pregunté. En casa, cuando estábamos en guerra, Esme nunca nos dejaba hablar de esas cosas. Y, aunque sabía que mis hermanos hablaban igual entre ellos, a escondidas de nuestros padres, a mí nunca me querían incluir en sus conversaciones.
–Aparte de los 77 de la fuerza de paz, somos sólo treinta –me dijo, algo tenso. Nosotros nueve, el clan de Eleazar, que con Garrett son 6, nuestros amigos Peter y Charlotte, y otros 13 vampiros que no conoces.
–¿Y tienes que revisar videos para estar seguro de que no haya más por ahí? –Le pregunté.
–Sí. Aunque las fuerzas de paz también patrullan sus áreas continuamente revisando que no haya olores de vampiros no registrados.
–Ah. ¿Y han encontrado a vampiros no registrados? –Pregunté.
–No desde que nos mudamos. Pero es imprescindible que siempre estemos revisando, por si acaso se nos hubiera pasado alguno –explicó.
–¿Y qué pasaría si vieras a uno en un video? –Pregunté, algo inquieta, ya que me daba un poco de pena lo que le pudiera pasar a un vampiro "ilegal".
Carlisle inspiró, y soltó el aire con lentitud.
–Tendría que informarlo. La fuerza de paz más cercana viajaría al lugar, seguirían su rastro, y el vampiro tendría que demostrar que no se alimenta de humanos y registrarse.
–¿Y si se alimenta de humanos? –Pregunté, a pesar de sospechar la respuesta.
–Sería eliminado, hija –murmuró, y me dirigió una mirada de cautela para que no hiciera comentarios.
–¿Y no le darían la opción de adaptarse a nuestra dieta? –Pregunté de todos modos.
–No. Si tuviera los ojos rojos sería considerado un asesino y eso le da la autoridad a la fuerza de paz para eliminarlo sin un juicio. Bastaría con la evidencia visual de sus ojos y los testimonios de los miembros de la fuerza de paz que lo vieron.
Me quedé callada.
–Pero es muy improbable que eso llegue a ocurrir –me tranquilizó–. Ha pasado demasiado tiempo, y todos los que mataban humanos ya no están.
–Lo sé –le dije.
Carlisle me dio un besito en la cabeza y siguió mirando videos y enviando informes. Vimos principalmente sombras que se movían, luces raras, y hasta un par de ovnis. Me di cuenta de que a Carlisle le enviaban cualquier cosa rara "por si acaso". Incluso le enviaron el video de un tipo haciéndole un cara–pálida a la cámara, y Carlisle resopló divertido y envió un informe que decía "Ah! Ah! Ah! Very funny…".
–Te envían de todo ¿no? –Me burlé.
Carlisle se encogió de hombros, contento.
–La gente necesita reír, Daniela. Es normal que las personas hagan bromas de vez en cuando.
–¿Y te pasas todo el día haciendo esto? –Le pregunté, aburrida, haciendo un gesto con la mano hacia la pantalla. Él suspiró. Andaba muy suspirón esa mañana, noté.
–Mira –me dijo, y volvió a desplegar la lista que había abierto en un principio. ¡Se había alargado mucho en sólo el rato que llevábamos ahí!
–Guau… –Me asombré–. ¿Y no puedes saltarte algunos y ya?
–No, ya que nunca se sabe en cuál vendrá algo realmente relevante –me dijo serio–. La única manera de estar seguros es revisándolos todos. Y, dada la excelente vista de vampiro que yo tengo, y mi experiencia, soy el indicado para la tarea.
–¿Y los otros miembros de la fuerza de paz?
–Ellos patrullan –explicó–. Su trabajo es principalmente de terreno. Tienen que estar constantemente peinando sus áreas para que todo esté en orden y las personas vivan seguras.
–Ah. ¿Ellos no miran videos entonces? –Pregunté.
–A veces lo hacen, pero no forma parte de sus funciones –explicó–. Ellos reciben las denuncias y me las transfieren sin revisarlas la mayor parte del tiempo. Aunque, a veces, también me envían bromitas como las que viste.
–¿Y haces algo más interesante aparte de revisar videos de fantasmas? –Pregunté apestada.
–Bueno, tengo que hacer informes estadísticos de lo que me llega –dijo–. Y asistir a reuniones periódicas en las que cada departamento da cuenta de sus avances y hallazgos. Y, en ocasiones, debo reunirme con alguna de las unidades de la fuerza de paz. A veces vampiros civiles me piden ayuda con sus dispositivos, aunque por lo general se las arreglan ellos mismos luego de solicitar la nueva batería a la unidad más cercana.
–Ah… –Dije aburrida. Supuse que sería un largo día, y no envidié a Carlisle su trabajo para nada.
–¿Quieres ir a dar una vuelta? –Ofreció nuevamente.
–¿Y no se te va a alargar mucho la lista si pierdes el tiempo conmigo? –Le pregunté, inquieta.
–Lo puedo hacer más tarde –me tranquilizó–. Tengo un plazo de dos jornadas hábiles para responder a cada alerta.
–No tengo muchas ganas de interactuar con los humanos –confesé bajito–. Así que, a menos que haya algo interesante que mostrarme aparte de oficinas, prefiero quedarme aquí contigo viendo videos.
–Está bien, tesoro –me dijo–. Espero que la visita guiada te divierta más.
–¿A qué hora es? –Le pregunté, mirando el reloj de pared. Iban a ser las nueve veinte de la mañana.
–Pasadas las diez, creo –me dijo–. Tengo entendido que los reunirán, les mostrarán una película, les darán un almuerzo con muchas golosinas, y luego les mostrarán cosas que supongo te resultarán más interesantes que pasar el día con tu papá viendo su aburrido trabajo.
–No es tan aburrido –mentí.
–Mentirosa –me dijo, riendo–. La cara te delata.
–Bueno, supongo que cuando salvabas vidas te divertías más –confesé. Carlisle se puso tenso.
–Esto también puede salvar vidas –me aseguró en forma cordial, aunque me miró fijo a los ojos y entendí el mensaje "no critiques al sistema". Pestañeé una vez para que comprendiera que había captado el mensaje.
–Sí, es importante que veas que todos los humanos estén seguros –respondí, como una idiota.
–Exacto. Sigamos viendo –me dijo, y supuse que lo había hecho para evitar que yo siguiera hablando.
Varios fantasmas, apariciones y luces raras más tarde oímos ruido de niños salir del ascensor. Detecté las voces de Franco, de Carlota y Charles mezcladas con otras. Gruñimos ambos casi imperceptiblemente, al mismo tiempo, y eso nos hizo reír.
–No se te ocurra darle en el gusto a Franco –me previno–, recuerda que es ilegal hacer nuevos vampiros.
–Lo sé –le dije poniendo los ojos en blanco–. ¿De verdad me crees capaz de hacer una estupidez como esa?
–No. Pero ese pequeño me parece muy decidido a obtener lo que quiere –dijo inquieto. Me miró a los ojos, y frunció un poco el ceño, preocupado–. Estás un poco sedienta, ¿te sientes capaz de controlarte en el peor de los casos?
–Sí –contesté rápido, asustada ante la perspectiva de que me dejara encerrada en su oficina el resto del día–. Si es necesario dejo de respirar y me alejo de la escena del crimen.
El resopló, divertido, pero luego se puso serio.
–Confío en ti. Y ya sabes dónde encontrarme.
–Sí. Todo estará bien –le prometí.
En ese momento de verdad lo creía. Ingenua de mí. En fin.
La puerta de la oficina se abrió, y apareció Charles seguido de una horda de niños entre los que estaban Carlota y Franco. Reconocí a otros nueve niños del cumpleaños, seis niñas y tres niños, sobrinos de ella. Flora no venía, pero estaba Lilie. Me sentí incómoda al ver que todas las niñas llevaban vestido y que se quedaban mirando mi ropa con sus ceños fruncidos, al igual que la niñita que se había cruzado con nosotros en la mañana. Pero ninguna dijo nada, y Carlota me sonrió.
–¡Hola Daniela! ¡Buenos días tío Carlisle! –dijo, acercándose.
Al verla junto a nosotros, esperando como para que le hiciéramos espacio, Carlisle me levantó y me sentó sobre sólo una de sus piernas. Cuando Carlota se sentó en forma descarada sobre la otra sentí deseos de empujarla, pero me contuve.
–Buenos días Carlota –le dijo Carlisle en forma cordial–. Hola a todos –saludó a los otros niños, que le dijeron "hola" casi a coro. Todos nos observaban a Carlisle y a mí con mudo asombro. Supuse que, para ellos, estar en esa oficina debía ser como entrar a la jaula de los tigres en el zoológico.
–¿Y? –Dijo Charles, parándose detrás de Carlisle y mirando su pantalla–. ¿Cuántos fantasmas tenemos hoy?
–Oh, los de siempre –dijo Carlisle.
–¿Viste de nuevo al chupacabras? –Preguntó Carlota haciendo correr la lista de videos con su mano en forma descarada y revisando. Me dio mucha rabia notar que ella ya había estado antes en la oficina de mi padre viéndolo trabajar.
–No, no ha vuelto a aparecer –le dijo Carlisle–. Y no era el chupacabras, Carlota. Sólo era un perro deforme que sabía caminar a ratos sobre sus patas traseras.
Charles se rio, y me puso una mano en el hombro. Me puse tensa.
–¿Qué tal Daniela? –Me preguntó con amabilidad–. ¿Te gustó venir a ver a tu papá a su trabajo?
–Sí. Ha sido interesante –respondí diplomáticamente. Él sonrió y asintió.
–Veníamos a buscarte para bajar al auditorio –me dijo–. ¿Quieres venir?
–¡Claro! –Dije, parándome.
–Estaré aquí por si quieres subir –me dijo Carlisle. Entendí el mensaje, y asentí.
Franco se me pegó y me tomó la mano. Lo miré inquieta, y me sonrió con todos sus dientecitos de tiburón. Eso me recordó a Gabriela, y me dio un poco de pena. Pero Carlota me distrajo caminando a mi otro lado.
–Es una lástima que tus hermanos no hayan venido –me dijo–. Tenía muchas ganas de conocerlos.
–Eran muy mayores –expliqué.
–Carlota quiere que la invites al castillo –me dijo Franco, y ella le dio un coscacho en la nuca. El otro se quejó y se sobó la cabeza. Charles lo notó, se acercó a nosotros, y sin decir agua va le dio una palmada delante de todo el mundo a su hija.
–No golpees a tu sobrinito –la retó.
–Si papá –dijo ella de inmediato, colorada como un tomate–. Perdóname Franco –le dijo.
–No hay problema –le respondió él.
Me sentí incómoda. Encontraba muy estúpido que el tipo le dijera "no golpees" a su hija luego de haberla golpeado él mismo. Una de las tantas contradicciones del nuevo orden… Pero, por supuesto, no comenté nada.
Pasada la impresión, me quedé pensando en lo que se le había salido a Franco. ¿De verdad Carlota esperaba ser invitada a la guarida de los vampiros? Y, si fuera verdad, ¿lo permitirían sus padres? ¿Estarían de acuerdo Esme y Carlisle?
Bajamos por los ascensores, en forma algo caótica, en varios grupos ruidosos, al vestíbulo. Abajo había más niños, yo calculaba que más de cincuenta, y se nos fueron uniendo más que bajaban de otros pisos. Por la mampara de vidrio se veían más niños afuera.
Los demás me observaban con curiosidad, y cuchicheaban entre ellos. La mayoría se dio cuenta de que era un vampiro, y por lo que oí todos notaban en particular mi color de ojos característico. También fruncían sus ceños al mirarme la ropa.
Cuando salimos afuera había sol, y todos me quedaron mirando.
–Sí –dijo una señora en voz alta–. Ella es Daniela Cullen, hija del Doctor Carlisle Cullen, y es un vampiro.
Me sentí muy observada. Franco y Carlota, en mis flancos, parecían muy orgullosos de ser "cercanos" al único vampiro del grupo.
Nos condujeron a una construcción muy elegante y grande, a la que se llegaba por una escalera de piedra. Adentro estaba todo alfombrado, había mucho bronce muy pulido y varias lámparas aparatosas. Noté que había fotógrafos, y todos los niños parecían felices de dejarse retratar. Yo me escabullí.
Nos hicieron pasar a un auditorio en pendiente, con butacas elegantes, y todos los niños entraron contentos y se sentaron donde quisieron. Aunque eran ruidosos y alegres, noté que eran bastante educados y nadie ponía los zapatos en los asientos ni se comportaba como un salvaje.
Nos pusieron una película que me dio vergüenza ajena. Era, globalmente, una apología del nuevo orden. Mostraba escenas caóticas de violencia de antes de la guerra, y lo contrastaban con imágenes más actuales de familias felices, campos verdes con flores, gente sonriente y bonita trabajando. Cuando pasó una escena de un vampiro atacando a un humano muchos se volvieron hacia mí y me dieron ganas de que me tragara la tierra.
–Ella no es de ésos –dijo Carlota en voz alta a los mirones.
Varias voces la hicieron callar, pero yo sentí una extraña calidez dentro. Carlota me había defendido.
–Gracias –le dije muy bajito.
–De nada –me contestó bajito, sonriendo.
Tres cuartos de hora más tarde, cuando ya quería vomitar nuevo orden, por fin acabó la tortura y prendieron las luces. Me sorprendió que los demás niños parecieran perfectamente felices y que no estuvieran tan aburridos como yo. Para mí, eso había sido peor que los sermones de la iglesia a la que iba cuando era humana.
Nos condujeron afuera, y luego a otra construcción mucho más moderna que no quedaba muy lejos. Era casi puro vidrio y estaba rodeada de prado con arbolitos podados, enredaderas y arbustos floridos. Adentro me dieron ganas de vomitar, ya que apestaba a comida humana. Había muchas mesas largas, y un gran buffet con mucha comida de ésa que se puede picar con las manos además de la normal, y golosinas de distintos tipos. Había hotdogs, sándwiches de muchos tipos, ensaladas, fruta, papas fritas, pasteles y refrescos varios. Me sorprendió que los niños hicieran fila y tomaran bandejas en forma ordenada. Eran, verdaderamente, unos corderitos. También me asombró que no se abalanzaran sobre las frituras, y que todos pusieran fruta y ensalada en sus bandejas sin que los obligaran.
Hice fila, para no llamar la atención, pero mantuve mi bandeja vacía. Nada de lo que había allí me apetecía, obviamente. Me senté con Carlota, Franco, y los otros niños de su familia que los acompañaban.
Como no podía comer, me dediqué a observar. Y noté que incluso los niños más pequeños como Franco comían con buenos modales. Y todos se comían todo lo que habían puesto en sus bandejas. Fruncí el ceño. Eran demasiado perfectos. Resultaba desconcertante, y hasta un poco espeluznante. Una mano caliente intentando mover la mía me sacó de mi observación.
–¿Cuándo estás de cumpleaños? –Preguntó Carlota. Me dio la sensación de que llevaba un rato intentando llamar mi atención.
–El 16 de junio –le dije–. Ya pasó.
–Ah –me dijo, decepcionada–. Me hubiera gustado ir.
–No me lo celebraron –mentí, porque no quería explicar que había estado bajo arresto domiciliario–. Pero el próximo año te invitaré –le prometí. Eso la hizo sonreír de oreja a oreja.
–¿Y a mí? –Rogó Franco, poniendo carita de súplica.
–Está bien, pediré a mis padres que me dejen invitarte también –le prometí.
Vi que los otros ocho sobrinos de Carlota me quedaban mirando, inclusive Lilie, pero no extendí la invitación. Tampoco quería que mi siguiente cumpleaños se transformara en un desfile de humanos. Ya con esos dos sería lo suficientemente raro.
Cuando por fin acabaron de comer y todos fueron ordenadamente a dejar sus bandejas a un mesón sentí alivio. Quería respirar aire limpio. Noté que Franco escondía algo en el bolsillo de sus pantalones, y asumí que sería algún dulce para comer más tarde.
Nos hicieron un tour, y nos mostraron varias instalaciones. Lo más destacable fue que nos dejaron subir a un avión que estaba en una pista, y a un tren antiguo que estaba de adorno. También nos mostraron un museo en el que se exponían armas y uniformes. Una lata tremenda.
Cuando nos llevaron a la azotea del edificio donde trabajaba Carlisle me animé. Probablemente la vista sería todavía más espectacular que desde el piso 74, y vería para todos lados. Dijeron que había una vista panorámica de muchos hitos de la ciudad. Me pregunté si sería prudente llevar a tantos niños juntos a una azotea, pero asumí que habrían tenido eso en cuenta. Además, eran todos tan ordenaditos y bien portados que supuse que obedecerían cualquier norma de seguridad que nos dieran.
Ni en sueños hubiera adivinado que la idiota que caería al vacío sería yo…
–.–
AN: ¡Ya poh! En serio me hacen muy feliz los reviews. ¿No me quieren hacer feliz como una lombriz?
