Capítulo 10
—No puedo creerlo, Mikasa— dice Eren, indignado, mientras mueve una caja hacia la pequeña mesa que se encuentra en el centro de la habitación. —¿Por qué el Comandante te traería a este lugar? — menea su cabeza, en señal de disconformidad. —¿Estás de acuerdo con esto? — le pregunta, mirándola con el ceño fruncido.
—Eso no importa, ya estoy aquí— le responde, cansada por tener que dar nuevamente explicaciones del asunto.
—¿Y qué diría el Capitán Levi al respecto? — le observa, con su rostro cubierto con un pañuelo blanco, indudablemente recordándole al enano.
—Ya, Eren. No quiero hablar de eso— le dice.
Gira su rostro para observar detenidamente la pequeña casa. Realmente no le molesta el lugar. Es bastante bonita y la ubicación no está nada mal, aunque su primera reacción al escuchar la propuesta del Comandante fuera similar a la de Eren en ese momento.
Pero siempre se consideró una persona pensante. Y poder vivir pacíficamente en una pequeña cabaña ubicada estratégicamente en el pueblo, a poca distancia de una partera le pareció una buena idea. Al menos hasta que nazca su hijo. Luego todo puede volver a la normalidad.
Observa a Eren moviéndose por el cuarto, ahora en silencio, pero sin dejar de fruncir su ceño. Sabe lo terco que puede llegar a ser, por eso siquiera intenta convencerlo que el pasar unos meses en ese lugar es lo mejor para ella. Aunque tenga que estar alejada de los demás. "Solo son unos meses" piensa.
Suspira, mirando su vientre por unos instantes. Ya no hay manera que pueda ocultarlo. Dar en adopción a su hijo no es una idea que la convenza demasiado, pero ya no puede dar marcha atrás. Si bien la insistencia de Levi por que su hijo viva logró hacerla cambiar de opinión, las dudas constantemente invaden su mente.
Al parecer el Comandante ya tiene todo arreglado. Conoce una pareja, de buen pasar económico, que no puede tener hijos. No teme por el bienestar de su pequeño y confía en Erwin. Pero de todas maneras, pensar en el futuro, en el momento en que tenga que entregar a su hijo, le genera sensaciones muy dolorosas.
Empieza a encariñarse. Eso era justo lo que no quería que ocurriera. Pero dio su palabra que entregaría al pequeño y no puede arrepentirse ahora. Pues bien, solo le queda hacerse a la idea. Por más hermosa que sea la vida, sabe que tiene su lado cruel. Y bien que se encarga de demostrárselo día a día.
—¿Dónde quieres que ponga esto? — pregunta Eren, que en sus manos lleva demasiadas cosas, que al parecer no sabe qué hacer con ellas. —Mikasa— la llama, dejando su carga sobre la mesa, para luego ir hacia ella. —Cuando me pediste ayuda creí que a eso venía, no a verte sentada mirando al piso mientras hago todo el trabajo— dice, frunciendo el ceño nuevamente.
Genial. Si hay un mal momento para que Eren demuestre su poca paciencia, es ese. —No tienes que ayudarme, nadie te obliga— responde molesta, aunque sin variar la expresión en su rostro. No se siente de ánimo para tener que lidiar con él. Ni con nadie.
Suspira. Se da cuenta que últimamente está bastante intolerante. Todo le molesta. Pero tampoco quiere estar sola, aunque haya aceptado hacerlo. Menuda sorpresa le trajo la vida. De pequeña imaginaba su futuro muy diferente. Aunque nunca fantaseó con una vida perfecta, siempre pensó que, al menos, sería normal.
Quizás una pequeña cabaña, muy similar a la que habitara con su familia. Esperar a su esposo con la comida caliente, recibirlo cuando volviera de cazar, con sus pequeños hijos mirándola, con enormes sonrisas en sus rostros, aguardando en la mesa por sus padres.
—¡Tsk! — se queja en voz alta, obteniendo una confundida mirada de parte de Eren. "Que ingenua", piensa. Pero no puede culparse. La vida nunca es fácil, y por más que se esfuerce, no puede hacer nada para cambiar el futuro. No sabe lo que viene, y se siente agradecida de lo que tiene. Pero la soledad es algo que no sabe como sobrellevar.
—Terminé— dice Eren, sentándose en una de las banquetas. Los muebles de la casita son escasos, pero suficientes para ella y su momentáneo acompañante. El chico deberá marcharse prontamente, pero no quiere pensar en eso. —¿Hay algo para comer? Todo este trabajo me dio hambre— dice, secándose el sudor de la frente.
—Claro. ¿Qué quieres que te prepare? Déjame buscar en la alacena a ver qué encuentro— le dice ella, sarcásticamente. Es obvio que no hay nada, si solo hace unas pocas horas llegaron al lugar.
—Ha ha, siempre tan graciosa— le contesta, mirándola fijamente. —El del mal humor debería ser yo— reclama, quitándose el pañuelo blanco. —Luego que me haces trabajar como un esclavo, me tratas mal y no me das de comer— sigue quejándose, pero sabe que solo lo hace para molestarla, no con mala intención.
—Si quieres podemos ir a comprar algo. También tengo hambre— habla ella, ahora en un tono suave. Se siente agradecida con el chico. Después de todo, no tiene ninguna obligación de estar ahí.
—Claro que tienes hambre, tienes que comer por dos— le dice, poniéndose de pie y acercándose a ella. —Tuve que aguantarte todos estos años tratándome como un niño pequeño, ahora es mi turno de vengarme— le dice, pero ella no comprende a que se refiere. —Vamos, busquemos algo para comer— la toma por el brazo, tirando de ella para ayudarla a pararse.
—Puedo pararme sola— le reprocha, frunciendo su ceño.
—Lo sé. Es para que te apures— dice, tocándose su panza. —Realmente muero de hambre—
Se siente pesado. Sus labios están resecos y siente una fuerte opresión en el pecho. Le cuesta un poco respirar, y su cabeza no parece trabajar correctamente. No sabe dónde está, y no tiene fuerzas para abrir sus ojos.
Su corazón comienza a latir fuertemente, y se desespera al no entender que es lo que ocurre. Su instinto de supervivencia le indica que se encuentra en peligro, causando que su paranoia se dispare a niveles impensados. Su mente se niega a reaccionar, pero de un momento a otro, su cuerpo logra moverse, seguramente debido a la adrenalina que fluye por su sistema.
Se levanta repentinamente, cerrando fuertemente los ojos y tapándose los oídos, en un intento de protegerlos de los gritos de la enfermera que acaba de asustar con su inesperado movimiento.
Un momento está completamente quieto, respirando tranquilamente, mientras su cuerpo se recupera del daño recibido, y al otro está sentado en la cama de la enfermería de la milicia, intentando entender de donde provienen los aturdidores gritos.
No pasa mucho tiempo que llegan unos soldados, sorprendidos por los gritos, seguidos de varios doctores que se asombran de verle consiente.
—Aghh— se queja suavemente. Su cabeza comienza a doler, y se siente mareado. Al menos el insoportable griterío se acabó.
—No es nada, solo me asustó la manera en que se levantó— dice la enfermera, seguramente respondiendo a las preguntas de parte de los soldados o los doctores que no logra escuchar. Siente las manos de uno de ellos empujarlo suavemente por los hombros, para que se recueste nuevamente.
—¿Cómo se siente, Capitán? — le preguntan. Está mareado, pero comienza a recuperar el sentido. Al menos logra reconocer donde se encuentra, mientras su mente de a poco va recordando las circunstancias que lo llevaron a terminar allí.
—Como un pedazo de mierda— responde, con la voz un poco reprimida. Agua. Eso es lo que necesita. —Ahh— se queja, tosiendo, llevando su mano a su garganta. Un tirón en su costado le recuerda la herida que tiene ahí.
—Voy a avisarle al Comandante. Dijo que lo llamáramos cuando el Capitán despertara— dice uno de los soldados, marchándose del lugar.
—Tch— reniega. —Agua— pide bruscamente. La enfermera que asustara previamente se acerca con un vaso en su mano, alcanzándoselo con una expresión de enojo en su cara. Pues le importa un carajo. No se ganó su fama de malhumorado por nada. No piensa cuidar su comportamiento, mucho menos con el insufrible dolor que siente de momento.
—Desagradecido— la escucha murmurar. Pues bien, que hable. Que diga lo que quiera. Está acostumbrado a escuchar que hablan mal de él. Los soldados restantes, al ver que todo está en orden, se marchan a cumplir con sus tareas, mientras que uno de los médicos le revisa la herida, quitando las vendas que lo cubren.
Puede ver que tuvieron que suturarlo. No recuerda nada del viaje de vuelta, por lo que asume que estuvo inconsciente todo el camino.
—¡Oi! — se queja nuevamente. —Tus manos están frías— realmente no es necesario que se comporte como un desgraciado, pero no puede evitarlo.
—Ahora que despertó, si todo sigue bien, dentro de poco podrá marcharse— le dice el doctor, sin dirigirle la mirada. —Puede volver a torturar a esos pobres niños. Insufrible ser— tal parece que logró molestar también al médico.
—Levi— escucha la grave voz de Erwin que le llama desde la puerta. —¿Debo pedirte que te disculpes con el doctor? — le reprocha. Lo que le faltaba. Erwin tratándolo como a un niño.
—No dije nada malo— se defiende, recibiendo una mirada fría de parte del profesional.
—No se preocupe Comandante— dice el médico, poniéndose de pie. —Todo se ve bien. Los dejo para que tengan una amena conversación— dice, para luego de tomar unos medicamentos de un gabinete, marcharse.
—Levi— le reprocha nuevamente el Comandante, pero esta vez puede ver en su rostro que comienza a formarse una pequeña sonrisa. Es una de las personas que más le conoce, y sabe muy bien de su abrasiva personalidad.
—No le dije nada malo— se defiende, sin demostrar ninguna expresión en su rostro.
—¿Tampoco a la enfermera que iba quejándose por el pasillo? — pregunta el rubio, ahora riéndose abiertamente. La mirada que recibe como respuesta le dice todo lo que necesita. —Es la manera en que lo dices. Deberías ser más cuidadoso— le dice, colocando una silla al lado de su cama, sentándose en ella.
—No me importa lo que piensen— sabe que está a la defensiva, pero no está de ánimo para discutir. —Mierda— se toca su costado. El inútil estaba tan ansioso por marcharse que olvidó ponerle una venda sobre su herida. —Pásame las vendas— dice, con la intención de colocárselas él mismo.
—Déjame ayudarte— le dice Erwin, tomando las vendas y comenzando a rodear su cuerpo con ellas. Por un momento permanecen en silencio, sumidos en sus propios pensamientos. La confianza que hay entre ellos no es algo que necesiten decir con palabras. Ambos lo saben, ambos lo agradecen.
—¿Mikasa? — pregunta, suavemente. Desde que el Comandante entró en la enfermería quiere preguntarle por la chica, pero no lo hizo hasta ese momento. Tal vez sea por su maldito orgullo, pero ya no aguanta más. Quiere saber de ella. Tal vez… le hubiera gustado que estuviera ahí con él al despertar.
—No está aquí— le responde, misterioso.
—Puedo notarlo— dice, sarcástico.
—No me refiero a la enfermería— dice, mirándolo de manera extraña, cautelosa. —No está en la base— dice finalmente, sin dejar de observarlo.
—¿Y donde mierda está entonces? — pregunta, perdiendo la paciencia, aunque no lo demuestre en su expresión.
—En el pueblo, en una cabaña— le dice, calmadamente. —Es lo mejor— sigue hablando. Se queda en silencio por unos segundos, procesando la información que acaba de recibir. Erwin intenta convencerlo, aparentemente, que es la mejor decisión.
—Pendeja de mierda, siempre tomando decisiones precipitadas— habla, molesto. Al menos podría haber esperado a que despertara, para consultarle. Se siente desplazado. —¿Por qué no me dijo nada? — se lamenta. Su orgullo le recrimina el mostrar debilidad delante de Erwin, pero luego de todo lo que vivieron juntos, sabe que no tiene sentido.
—Porque yo se lo ordené— dice Erwin, completamente serio.
—¿Qué mierda? — se enoja, intentando ponerse en pie, pero el dolor en su costado lo detiene.
—Sabía que ibas a enfadarte, pero es lo mejor Levi. No sabemos que pretende ese tipo, Rick. Escuché que anda preguntando demasiado. Tal vez mis órdenes sean un poco extremas, pero— no puede continuar, porque Levi le interrumpe.
—¡Pero no es la vida de tu hijo la que está en juego! — le grita, enfurecido.
—Lo sé, pero eso no significa que me preocupe menos. No solo desconfío de ese tipo, sino de la Policía Militar. Sabes que nos tienen vigilados— intenta convencerlo. Si hay algo que debe reconocer, es la paciencia que le tiene Erwin.
—¿Por qué les interesa tanto Mikasa? — no entiende que tiene de especial. Para él lo es, y mucho, pero no entiende qué pueden pretenden de ella esos tipos. Si, reconoce que es una excelente soldado, pero si esa fuera la única razón, también deberían pretender algo de él, a quien consideran el "mejor soldado de la humanidad".
—¿Nunca escuchaste los rumores? — le pregunta Erwin, alzando una de sus cejas. Se nota sorprendido.
—¿De los Ackerman? Claro, se escuchan demasiadas cosas en el subterráneo— responde, extrañado. La manera en que Erwin lo mira es diferente, como si intentara leer algo de su rostro. —Deja de mirarme así, eres extraño— le dice, mirándolo de reojo.
—Pues sea la razón que sea, no podemos dejarles tenerla— dice, serio. —Sabía que esto ocurriría, pero ambos son tan tercos— se queja el rubio. —Ya deben saber que está embarazada, y no creo que busquen lo mejor para tu hijo— sigue hablando. Su mente debe estar trabajando sin parar, ya que salta de un tema a otro sin aviso.
—¿Y mandarla lejos es tu mejor idea? — le pregunta, incrédulo.
—Es más seguro— dice, convencido. —Aquí, en las barracas, cualquiera puede infiltrarse. Además, los soldados de la Guardia Estacionaria no me inspiran confianza— dice el rubio. Erwin siempre tiene razón, pero…
—¿Está sola? — pregunta, mirando fijamente las sábanas.
—Eren la acompañó, pero no va a quedarse con ella. Así es mejor. No debe llamar la atención— entiende su razonamiento, pero sus sentimientos interfieren con su juicio. No cree que estar sola, con un embarazo que no desea, en un lugar que no conoce y rodeada de gente que no conoce sea lo mejor para ella. —Mikasa es muy capaz— no puede seguir, porque es interrumpido nuevamente.
—Ya lo sé— dice. —Puede cuidarse sola, de momento. ¿Pero cuando su embarazo esté más avanzado? — pregunta. —No lo sé, Erwin— obviamente no duda de ella, pero la situación no le convence.
—Si tanto te preocupa, puedes ir a verla cuando te sientas bien— le dice, sonriendo. Obviamente el rubio nota su preocupación, y no duda en burlarse de él. —¿Debo decirte que tienes que ser cuidadoso? — le pregunta, sin dejar de sonreír.
—No entiendo que te produce tanta gracia— se queja. Por supuesto que planea ir a verla. Debe cerciorarse que todo está bien, que tiene todo lo que necesita, que no corre peligro.
