Los personajes de Candy Candy no me pertenecen, pero los amo. Son creación de Kyoko Mizuki y Yumiko Igarashi, y sólo pretendo entretener con ellos nuestras imaginativas mentes… ¡un abrazo!

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CAPITULO 10: LIMPIANDO EL CAMINO HACIA TI.

"Pobre George, odié esconderme de él detrás de las escaleras, siempre no ha hecho más que protegernos" dijo Candy haciendo un pequeño puchero.

"Sí, eso estuvo realmente cerca Pequeña, pero no podíamos arriesgarnos a que nos viese cualquiera mientras le hablábamos tan cerca del pasillo, ahora avancemos hacia alguna parte interior del jardín, allá nos sentaremos hasta que alguien casualmente se nos una", indicó Albert tomándola por la cintura y guiñándole un ojo.

En un rasgo muy propio de su carácter, George abrió la puerta del cuarto de Candy después de varios minutos de espera prudente. Entró silencioso, sonriendo cabizbajo mientras miraba en perspectiva la habitación. A lo lejos, cual si fuese un expectante halcón, captó un objeto brillante, acercándose recogió del suelo un pequeño arete exclamando con voz casi imperceptible "Podrás domar fierecillas William, pero yo soy un viejo zorro, y cuando vas yo ya he vuelto dos veces, jajaja".

En el jardín, para desgracia de la pareja, quien se acercó a la banca no fue alguien gustoso de verlos juntos: "Oh Will querido, llevo horas buscándote, ¿no te lo dijo tu empleado? Qué falta de recato Candice, robarte así al anfitrión de la fiesta, por horas"

"Buenas noches Kathy" siseó el primer aludido. "Si buscabas al anfitrión deberías haberte dirigido a la Sra. Elroy, ella junto con Archibald Cornwell fueron los precursores de este festejo. Yo de hecho, no soy asiduo a este tipo de celebraciones masivas, y le he pedido a Candy que me acompañe acá en el jardín".

"Oh bueno Will, ¿qué te parece si buscamos entonces un lugar más solitario para darte mi regalo de cumpleaños? Hace bastante rato te indiqué que sólo podía entregártelo en privado" señaló la inglesa en tono sugerente, tomándole la mano para que se parase del asiento.

"¡Suficiente!" alzó la voz Candy, mientras se ponía de pie y empujaba con ambas manos a la mujer, haciéndola tastabillar. "No voy a permitir que te entrometas en una conversación privada, ni que te lleves a Albert quien sabe dónde, ¡tendrá que ser sobre mi cadáver!". Esto último lo dijo tan cerca de la cara de Kathy, que la fémina pensó verdaderamente que dicha afirmación no era retórica.

"Si sigues con tu patético intento de seducción barata te juro que el pisotón que te daré será tan fuerte que tendrán que entablillarte el pie, ¡ya verás! ¡pruébame!" bufó Candy con ambas manos en sus caderas, con ojos flameantes.

"¿Qué te has imaginado marginal? ¡A mí no me hablas así!" y agarrando el pequeño Clutch que traía consigo, la extranjera le propinó a Candy un golpe en la cabeza, mientras ésta se cubría con ambas manos.

"Señoritas, por favor. Ambas son mujeres inteligentes y con modales, les pido un mínimo de control y que dejemos este incidente aquí. Esto ya se ha salido de proporciones". Dijo Albert cubriendo a Candy y sujetando el brazo que Kathy pretendía usar nuevamente para golpearla.

"Señorita Royce, usted ya no es bienvenida en esta casa, se ha propasado violentamente con un miembro de mi familia y no puedo permitirlo. Le pido por favor que se retire, creo que ya no tenemos nada más de qué hablar", increpó él fríamente.

"¡Te equivocas Andrew! Queda mucho por decir, ¡sabrás muy pronto de mí!, esto no quedará impune ¿me oyes?, ¡me encargaré de que se sepa en cada periódico de este país la afrenta que acabo de sufrir!" y diciendo esto último dio media vuelta y salió raudamente por la galería del jardín que llevaba al salón, sus movimientos se aceleraron a medida que se alejaba del par que la había sacado de quicio.

La pareja se encontraba de pie ante el altercado recién vivido, e inmediatamente después, Albert abrazó a Candy protectoramente. Luego de revisar su cabeza un par de segundos para comprobar que no hubiese ninguna lesión, apoyó su frente sobre sus rizos. "No sabía que eras una peleadora profesional, y posesivamente celosa, jajaja. Mi amor por favor, debes tener cuidado, no quiero que nadie te hiera en ninguna forma, ¿me entiendes?"

"De qué hablas Bert? Tú provocaste este lío porque aunque no quieras asumirlo eres un coqueto incorregible, tú le diste esperanzas a esa oxigenada, tú no la paraste en seco ni le explicaste que no estabas disponible, ¡te vi en varias ocasiones!" devolvió Candy mirándolo con rabia, nuevamente con los ojos como brasas.

"Sabes que vivo y muero por ti, pero ciertamente antes traté de sacarte de mi alma. Buscaba parecer esquivo o distante, quería que hicieras tu vida, yo sólo vivía de suposiciones, que involucraban que no me querías cerca, y por eso no fui tan claro como debí haberlo sido con Kathy y probablemente con otras. Tienes mucha razón, después de todo, esto ha sido culpa mía". Albert bajó la vista y se volvió hacia Candy, mirándola ahora con un semblante mucho más serio:

"No podremos perder más tiempo, esto se ha tornado muy peligroso, no quiero que nada te turbe ni usen algo en tu perjuicio, yo ya estoy curtido en estas lides, pero tú eres lo que más me importa en el mundo. No podría permitir que nada malo te abrume, necesito que legalmente seas mía y yo tuyo", dijo el magnate tomándola del mentón y perdiéndose en sus verdes ojos.

Candy no alcanzó a pronunciar palabra alguna, apenas alcanzaba a asimilar en su cabeza las palabras que Albert estaba intentando esbozar. ¿Acaso se lo estaba proponiendo? se encontraba en tales cavilaciones, cuando de improviso, entre los arbustos emergió una negra silueta, que con la escasa luz exterior parecía aún más lúgubre. Era la Tía Elroy, que enérgicamente puso su bastón en medio de ambos, y le habló duramente a Albert.

"¡Ni se te ocurra William! No dejaré que termines de hilar una frase tan vergonzosa para nuestra familia. ¡Quiero que sepas que sobre mi cadáver te unirás con ella!, una cosa es protegerla, ayudarla, otra muy distinta es emparentarte con alguien de naturaleza inferior ¿me oyes? He aguantado pacientemente que esta tontería adolescente se terminase, francamente esperé que mantuvieses un grado mínimo de cordura, una cuota de respeto por la dignidad de tu linaje". La anciana tenía la vista oscurecida por el odio, y la mitad de sus facciones se confundían en la penumbra del jardín, dándole un semblante sombrío, casi sin expresión.

"Por favor Tía Elroy no te entrometas. Lo nuestro no te incumbe, es entre Candy y yo. Estamos enamorados, y si ella me acepta nos casaremos mañana mismo ¿me oyes? Ni ella ni yo tenemos que rendirte cuentas, es más, apenas pueda firmaremos los papeles de emancipación respectivos y Candy será por fin libre para que comencemos nuestra vida juntos" dijo Albert, en un tono firme, sin dejar de abrazar al amor de su vida.

"Candy, veo que no has sido sincera del todo con tu pariente" increpó Elroy, remarcando especialmente las últimas palabras, mirándola maliciosamente.

"¿Eh? ¿Cómo? Tú no firmaste el papel Candy, yo estuve ahí, me lo devolviste…" dijo Albert confundido. "Dime mi vida que no hay nada más por favor, dime que no firmaste otra cosa", él se encontraba visiblemente consternado.

"Candice, por el bien de todos, te pido por favor que te vayas a primera hora de la mañana. Tú sabes bien lo que ambas firmamos, y este matrimonio no tiene asidero, ni menos aún un futuro. Ella no puede casarse contigo, porque firmó un acuerdo mediante el cual, en un par de días hábiles más, pasa definitivamente a ser una Andrew, no tu protegida, sino pariente directo de todo el linaje Andrew. Tu sobrina William".

Albert estaba estupefacto, no podía cerrar la boca y sintió que un hielo se clavaba en lo más profundo de su pecho. Candy percibió en seguida el cambio en su semblante, y cómo de improviso dejó de abrazarla para mirarla directamente, como si de su respuesta dependiese su vida entera. "Qué has hecho Candy, ¿por qué?, ¿Cuándo?"

Puedo explicarlo Bert, fue hace mucho tiempo, yo no sé tanto de estos aspectos legales, creí que esto tú ya lo sabías. Yo estaba perdida, ciega, Steven me pretendía y yo…yo creí que esto te alegraría, siempre me negué, lo sabes, pero la Tía Elroy me convenció de que de esta forma dejaría de pedir favores, tendría libertad y acceso a ayudar directamente al Hogar y la Clínica Pony de por vida. Compliqué todo, lo sé, pero éste no es el fin". Lo tomó de ambos hombros y enérgicamente continuó:

"Escúchame mi vida. Esta mañana cuando me ausenté con Archie no sólo solucionamos sus asuntos previos a la fiesta, también fui a ver a George. Firmé el documento que intentaste entregarme fuera de la Clínica Pony, él me explicó que las actuaciones legales no son retroactivas, por lo que el último trámite suscrito es el válido. En realidad, desde hace varias horas ya no soy una Andrew". Dijo esto último sonrojándose a tal extremo que debió soltarlo para cubrir sus mejillas con ambas manos "No me importa el dinero ni la posición social, no podía seguir ligada a ti desde que supe explícitamente lo que albergaba mi corazón".

"Candy, mi vida, eres maravillosa. Estoy sorprendido…"

"Ya no soy una niña Albert lucharé por ti, te am…"

"¡Basta! ¡Qué se han imaginado inmorales, indecentes! En el nombre de la familia me opongo y no daré mi autorización para que ustedes contraigan ningún tipo de vínculo ¿me han oído? ¡Esto es repugnante!", chistó Elroy golpeando el bastón contra la baldosa del jardín.

Albert se acercó imponente hasta la anciana, bajando la nuca hasta quedar mirándola de frente. Sus ojos cobalto parecían inescrutables, pero el fondo de sus pupilas dejaba entrever una fiereza latente, a punto de estallar. Le habló en un tono tan bajo y oscuro que la mujer apenas alcanzó a percibir cada palabra, pero de todos modos hizo que se le congelase cada vértebra: "Escuche usted muy bien tía, si no desea que en este mismo instante haga un escándalo en el salón principal que la acompañará por todo lo que le resta de vida, y repudie yo mismo mi apellido, le pido, haciendo uso de toda la compostura que me queda, que nos deje en paz. No sólo me casaré con Candy, sino que además, pretendo darle la mejor de las fiestas de compromiso que se haya visto en Chicago, y una cantidad de nietos tal, que necesitarán hacer más cuartos en esta mansión para contenerlos. ¿Me ha oído bien?"

"Ppperfectamente William." La anciana bajó los ojos inspirando profundamente, y luego, como si nada de lo anterior hubiese pasado, prosiguió con voz temblorosa: "por favor, les pido que vayamos al salón, creo que ya debe ser el momento de partir el pastel de cumpleaños", y devolviéndose sobre sus talones, avanzó hacia la casa sin esperar respuesta.

...

Mientras tanto, en el salón principal todo era alegría. Archie había solicitado que la banda especialmente contratada para la celebración dejara de tocar el último Swing de moda, pidiendo el micrófono para entregar un importante anuncio:

"Queridos colegas, amigos y familiares que nos acompañan en esta noche tan especial, antes de que prosigamos con la celebración de nuestro festejado el Sr. William Albert Andrew, quisiera aprovechar que nuestros seres queridos están reunidos para compartir un anuncio muy importante. Esta noche le he pedido formalmente a mi prometida Annie Britter, que alivie por fin mi sufrimiento y se case conmigo", diciendo esto extendió su mano y la animó a subir a la tarima donde se encontraba. La muchacha, sumamente cohibida, no cabía en sí de felicidad, mientras el resto de los asistentes comenzaban a aplaudir enérgicamente, ovacionándolos.

"¡Enhorabuena Archibald! ¡Muchas felicidades!" gritaba entusiasmado el Sr. Britter, mientras que su esposa le pegaba un codazo disimuladamente para que moderara su comportamiento.

Annie mostraba tímidamente el dedo anular, mientras su mano izquierda era levantada orgullosamente por su prometido, luego de lo cual, ambos se abrazaron emocionados, sintiendo que flotaban sobre nubes.

Aún no terminaba este mágico momento, cuando se produjo un pequeño silencio. Desde el fondo de la sala apareció la figura del festejado de la noche, que con su despampanante porte habitual, sacaba suspiros femeninos a medida que avanzaba hacia donde se encontraban los recientemente anunciados novios. Fue el primero en subir a la plataforma para felicitarlos personalmente, pero lo que comenzó a convertirse secretamente en comidillo instantáneo de los chismes, fue que caminó todo ese trayecto de la mano de Candy, quien sólo se quedó abajo unos breves instantes, para luego acompañar los abrazos sobre el escenario.

"Señoras y señores, les pedimos por favor que nos acompañen al centro de la sala, para cantarle cumpleaños feliz al tío más estiloso que un sobrino podría pedir" dijo Archie riendo, mientras, cerca del oído de Candy susurraba pícaramente "y, ¿qué tal? ¿volveremos pronto a ser parientes, futura tía?". Candy sintió que las mejillas le ardían, y utilizó una edición especial de pellizcón en el brazo del joven, aprendida en sus años mozos por parte de su amigo Tom. El elegante no pudo contener un pequeño gritito, nada de masculino, que pasó desapercibido para la mayoría de los asistentes, excepto para Candy, que le devolvió maliciosamente la broma "qué pasó ex primo, ¿es que al parecer dejaste tus feromonas en el invernadero?" y diciendo esto último le cerró un ojo levantándole también una de sus cejas.

"Tú no cambias gatita, pero el que ríe último ríe mejor, por ahora contentémonos con que ambos podemos esta noche reír hasta hartarnos, ¿no es verdad?"

La canción Cumpleaños Feliz comenzó a sonar, y los entrañables amigos aproximaron rápidamente la mesa con ruedas con el enorme pastel hacia el festejado, que ya se encontraba en el centro del salón, junto con Annie y la mayoría de los asistentes. Albert no dejó en ningún momento de mirar a Candy, especialmente cuando apagó las velas, pidiendo fervientemente en su corazón poder volver a tenerla por siempre en sus brazos, como hace sólo algunas horas atrás se habían entregado el uno al otro. La noche terminó jubilosamente, entre las felicitaciones al cumpleañero y los abrazos a la formalizada pareja, siendo nuevamente un éxito social, cuyas anécdotas serían sin duda los chismes principales de los tabloides de Chicago durante los próximos meses.

Había sido una larga jornada, Candy se tumbó de bruces sobre su cama y aspiró el aroma donde aún podía sentirlo. No creía ser capaz de conciliar el sueño, menos aún donde la atmósfera sólo emanaba su esencia. Y luego, ¿qué había sido lo sucedido en el jardín? ¿De verdad se lo había propuesto? ¿En qué minuto se suponía que debería de haber dado una respuesta? Tenía tantas interrogantes dando vueltas que lo mejor era tomar un baño e intentar dormir.

Tanto la relajante sensación del agua caliente bajo su espalda, como el vapor que penetraba abriendo cada uno de sus poros, la hicieron adormecerse echando el cuello hacia atrás. No pasaron unos minutos, cuando sintió algo húmedo en su nariz, cuál sería su sorpresa al ver el rostro de Albert tan cerca de ella que casi la hace brincar de la tina.

"¡Albert por Dios! ¿Qué haces aquí? ¡Casi me matas del susto!"

"Perdóname Pequeña, no aguanté las ganas de lamer la punta de tu nariz, te veías tan apetitosamente adorable dormitando así, que fue lo menos lascivo que pude atreverme a degustar". Sus palabras intentaban no sonar ardientes, pero sus ojos se habían tornado tan oscuros que Candy pensó que en cualquier momento le saltaría encima, y tampoco ella sentía la fuerza de voluntad para hacer algún esfuerzo de negársele, cuando en realidad sólo lo quería dentro del agua.

"Mi vida, debo salir de aquí, por favor ponte una bata o mejor aún, una sábana. Te esperaré afuera, en la habitación, necesito que hablemos", señaló él.

Albert apretaba ambas manos mientras se paseaba de un lado a otro de la recámara. No sabía si había sido buena idea ir a su cuarto, pues el sólo hecho de mirar la cama le hacía revivir cada uno de los rincones del cuerpo de Candy que horas antes había explorado, aquello sencillamente no estaba ayudando a relajar el ambiente. Tras breves minutos que a él le parecieron interminables, finalmente su diosa apareció en la habitación, cubierta con la misma bata que sólo hacía un par de meses le había visto ponerse al encontrarla en su baño por equivocación.

"Amor, qué haces acá, casi me matas del susto. Creí que ya estarías durmiendo". Indicó Candy tratando de mostrarse serena.

"Candy, yo no puedo irme a dormir sin haberte hecho una propuesta de matrimonio como te mereces. Ya sabes que te amo, eres la mujer de mi vida y quiero pasar el resto de mis días amándote e intentando hacerte feliz, pero aún no me has respondido, y yo, no podría hacer tal proposición sin una joya que no fuese digna de ti, mi princesa" diciendo esto último abrió un pequeño cofre de plata, en cuyo interior había un delicado anillo de platino, con un discreto diamante rosado en el centro. Por dentro de la joya había una inscripción, una fecha, escrita en números romanos.

"Perteneció a mi madre, fue su argolla de matrimonio, y luego lo heredó Padua. Mi tía me lo entregó hace algunos años con la esperanza de que algún día lo usase quien se transformase en mi compañera. Es el recuerdo más preciado que tengo de ambas, por favor Candy, con este anillo te suplico me hagas el honor de aceptar ser mi esposa y compartir juntos lo que nos depare el futuro".

Candy esbozó una sonrisa tan radiante, que a Albert le pareció que su corazón entero se llenaba de la calidez que de ella emanaba. "¡Sí mi vida, mil veces sí!" dijo emocionada hasta las lágrimas. Él tomó su dedo anular izquierdo y calzó la reliquia familiar que se amoldó como si hubiese sido diseñada especialmente para su delicada mano. Ambos se miraron con los ojos acuosos, emocionados y compenetrados, besándose tiernamente.

"Tú Albert, siempre has sido tú... en cada etapa de mi vida y yo en cada parte de la tuya. Lo nuestro es imperecedero, porque más allá de la pasión está el profundo amor de dos almas que son una, y que no pueden vivir sin que la otra esté contenta. Mi Príncipe, mi amado príncipe, te quise, te quiero y te querré por siempre, ¿lo sabes ahora?"

Albert ya no estaba pensando, tan sólo atinó a desabrochar la bata de su amante y le dijo al oído sensualmente "más allá de la pasión también hay más que descubrir pequeña, y creo que ciertos nirvanas no podremos dejar de explorarlos antes de que se termine el alba"

"¡Bert! No puedes seguirte aprovechando, ¡aún no estamos casados!" dijo ella casi en un susurro.

"Tranquila, éste fue uno de mis deseos de cumpleaños, y es de muy mala suerte no cumplirle al festejado…" dijo coqueto cerrándole un ojo y llevándola a la cama/

… … … FIN… … …

Queridos miembros del Candy Mundo, espero hayan disfrutado de esta pequeña historia tanto como yo al escribirla. Mi corazón está dividido entre la emoción de haberla concluido, y la pena de haberme encariñado con los personajes y con sus constantes respuestas. Estoy sumamente agradecida de que mi primer fic haya tenido esta gran acogida y de haber conocido personas tan especiales en el camino. Gracias por sus comentarios, por sus ánimos, sus enojos y también por tu inconmensurable paciencia. Amo escribir, pero a veces se me hace muy difícil encontrar el tiempo. A pesar de eso, estoy comprometida a no dejar nada inconcluso, y llenar lo más que pueda sus vidas y las mías con muchísimas fantasías entretenidas de nuestra pareja estrella y de muchas otras cosas que se les ocurran, ok?

Para mí Albert será siempre un macho alfa exquisito lleno de fermononas y Candy una súper mujer excepcional, por eso, ambos siempre darán lo mejor de sí y tendrán carácter o aprenderán a sacarlo. Me cargan las Candys lloronas o los Alberts sumisos, pero bueno, para gustos, hay de todo cierto?

Espero hayan perdonado mis errores de principiante, y me conformo con haberles hecho pasar un rato entretenido, romántico y con un poquitín de picardía y humor.

Si quieren puedo hacerles un Epílogo más adelante, depende de lo que ustedes me indiquen, estoy a sus órdenes. Las quiero y como siempre VIVA EL CANDYMUNDO Y LOS ALBERTIFCS!

Su eterna servidora, Cordovezza.