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Nekomatosos

Disclaimer: personajes no son míos

X. Entre padres e hijos


Mi nombre es Kozume Kenma, tengo quince años. No pretendía continuar mis estudios, pero padre me dejó claro que, sin ellos, la única alternativa para mí era comenzar un trabajo. Mi primer pensamiento fue morir, pero lograrlo iba a ser tan trabajoso como seguir vivo, y frente a aquel panorama, terminé matriculándome en la preparatoria de metropolitana de Nekoma, en la cual, entre otras cosas, se podían arrendar videojuegos en la biblioteca. Hasta la fecha solo he podido arrendar un videojuego, y no me gustó.

Tampoco tenía pensado inscribirme en ningún club, mucho menos de repetir el error de la secundaria y seguir una rama deportiva, pero padre dijo que, si iba a tener las tardes libres, que entonces las dedicara al estudio, no al holgazaneo. Al final terminé siguiendo nuevamente a Kuroo y volví a terminar de cabeza en el club de voley. Desde entonces estoy obligado a cargar todos los días —domingos incluidos—, un bolso de deportes que me duplica en tamaño, y si no fuera poco, soportar los comentarios de los senpai que disfrutan siendo odiosos, y que tienen una insana manía de compararme con la tormenta de Tora, el atómico de primer año que los tiene a todos fascinados. Es un infierno.

Bien sea, al menos me quedan mis videojuegos, ese había sido siempre mi consuelo. Sin embargo, aunque haya decidido seguir mis estudios e inscribirme en un club de deportes, padre se empecina en decir que soy un perezoso, y me ha hecho firmar un compromiso de rendimiento, en el cual se estipula que, si mis notas superan cierto rango pactado, podré conservar aquellas «distracciones al deber», como lo son el computador y la consola.

Yo que no tengo una personalidad rebelde, pensaba obedecer el acuerdo a rajatabla para ahorrarme los disgustos. Pero a veces es difícil. Es difícil si se te sienta adelante tuyo una asiática con cabello de africana, tan frondoso que puedes meterle lápices entre los bucles sin que se entere, desafiando todas la leyes físicas que conoces —y aceptémoslo: conoces bastante—; es más difícil aún si el atómico de Tora se empecina en que seas su confidente en el amor y, con su cara de matagatos, te babosea insensatez tras otra sobre la asiática de la permanente quien ha resultado ser su amor platónico; y es especialmente difícil si aparece en la ecuación un fans de los Sims Medieval, juego que tú pensabas —tras leer tantos comentarios negativos en foros de discusión— que a nadie más que a ti le gustaban, pero ese tipo, que literalmente tiene cara de nada, ni quiere hablar contigo, ni te hace la vida fácil. Porque ocurre que, además de que ese Cara-de-Nada tiene un buen nivel de vóley sin ser miembro del equipo y Kuroo se ha empeñado en reclutarlo, es la hipotenusa de un triángulo amoroso que de alguna forma te involucra a ti y lo convierte todo en un cuadrado.

Yo trato de estudiar y ser buen alumno. Trato de esforzarme en vóley. Y trato de entender a Tora y a Cara-de-Nada. Pero la vida no valora mi esfuerzo y tengo que seguir sufriendo.

Resulta que m mi tutor me ha citado a una reunión junto con mis padres para conversar acerca de mi «mala conducta». Yo pienso: ¿es una broma?

Llegué tan temprano a la escuela que tenía que pasar el rato de alguna manera, y por pasar el rato, terminé saltándome las clases y todos se creyeron que soy un adolescente descarriado. De alguna forma, debido a un efecto de bola de nieve, el adolescente descarriado logró meterse en más líos aquel día, y al llegar a casa, con una permanente y las uñas con manicura —sin su consentimiento—, a padre ya no le quedaban más argumentos para meterme en un internado cristiano, allá en Irlanda.

Varias veces me he llegado a preguntar: ¿le tengo miedo a padre? ¿Por qué le obedezco de la manera en que lo hago? ¿Por qué no puedo decirle lo que pienso?

Sus ojos que son iguales a los míos, se han detenido en la manicura y en los tirabuzones perfectos que me adornan el rostro, y, con una voz carente de expresión, me ha preguntado:

¿Eres un homo?

No fui capaz de negar nada. La verdad era tan estúpida que no se la iba a creer nunca. Padre ya había formado sus propias teorías. Nada de lo que yo pudiera decirle le haría cambiar sus pensamientos, y ese era que yo era un ejemplo típico de caso perdido, tan típico como que mi rostro aparecía en una enciclopedia de psicología adolescente.

Un sermón ahora no —le pedí—. Ha sido mi peor día.

Los tirabuzones se fueron con el agua de la ducha, pero la manicura se ha pegado como cemento a la uña y ni la acetona la removió. Al regresar a mi habitación, la encontré iluminada y ordenada. Sobre la cama me habían dejado un cuaderno con llave y candado, y en un post-it pegado en la primera página, reconocí los trazos de mi madre en las palabras:

«Nunca nos cuentas nada hijo, pero no te hace bien guardarte tus secretos. Si no nos lo quieres decir, al menos escríbelo para ti»

No tengo secretos guardados realmente, ni nada que decir. No se suponía que escribiera nada por aquí. Pero tras apagar la luz y acostarme con el cabello mojado, las palabras que padre le decía a madre, al otro lado del muro, han llegado a mis oídos y, ¿cómo decirlo?

Qué hicimos mal —pregunta padre y yo no logro detectar ni rabia ni decepción en sus palabras. Luego añade—: Por qué no quiere confiar en nosotros.

Querido diario: ¿es posible que haya interpretado todo mal sobre mi propia familia?

Soy un estúpido adolescente, un típico caso ilustrado en una enciclopedia, que se va a enfermar por dormirse con el pelo húmedo, y ojalá así sea. Me quiero enfermar. No quiero volver a ir a la escuela nunca más. No quiero enfrentarme a mis padres nunca más. Pero especialmente, no quiero volver a enfrentarme conmigo mismo, mucho menos con mi propia estupidez. Me he decepcionado.

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Kenma no amaneció enfermo al día siguiente. Sin sus tirabuzones, pero con las uñas bien rosadas, Kenma optó por los guantes. Su padre y su madre le esperaban en el auto.

—No es necesario que vayan ambos —dijo Kenma.

—Ese colegio todavía no sabe con quién se mete —masculló su padre. Kenma tragó pesado y miró a su madre en busca de ayuda.

—Lo que tu padre quiere decir es que estaremos allí para apoyarte en lo que sea.

A Kenma le golpeó la vergüenza ajena. Iba a haber pelea, no se diga más. Mamá estaba allí solo para evitar que su padre aventara mesas por las ventanas. ¿De verdad todos eran libra en su familia? No podía haber tanta diferencia de personalidades. Era su culpa por creer en Tora y sus horóscopos.

Por la ventanilla del auto, Kenma vio a Kuroo que se dirigía al metro, y Kuroo también le vio a él. Le puso esa cara que ponía él. Esa cara que solo quería decir «¿khé?». Como si hiciera falta, el mensaje de texto no tardó en llegar.

Kuro: KHÉ
Kuro: ¿te vas a Irlanda o algo así?
Kenma: algo así
Kuro: asumo que tampoco vendrás a la práctica matutina de hoy
Kenma: no
Kuro: ¿renunciaste al vóley?
Kenma: no
Kuro: ¿pero estás en problemas?
Kenma: sí
Kuro: ¿qué fue lo que pasó ayer?
Kenma: nada que puedas creer.
Kuro: ¿te hiciste la manicura?
Kenma: no me di cuenta

Kenma apagó el teléfono cuando Kuroo seguía escribiendo. Era una conversación estúpida.

Al apearse del vehículo, la madre acomodó la corbata de Kenma y pasó una mano por su cabello para peinarle la partidura. Su padre tenía una mueca de asco pegada en la nariz, lo que indicaba que se encontraba en plena forma. ¿Sería muy tarde para hacerse religioso? Kenma necesitaba que una deidad lo salvara.

Al terminar la reunión, descubrió al menos había sobrevivido.

No se puede decir que fue bien, aunque sería exagerado decir que fue mal. Era la primera vez que citaban a Kenma a una reunión junto a sus padres por un motivo conductual, así que no tenía mucho margen de comparación, pero suponía que, dentro de todo, pudo ser más absurdo de lo que fue.

El tutor comenzó por explicar por qué estaban reunidos allí. Kenma se sorprendió mucho. El profesor no solo se remitió al episodio de Kenma saltándose clases, sino que habló de lo mal que se comportaba en clase, distrayendo a todos sus compañeros mientras le llenaba la cabeza de papeles a la chica que se sentaba delante suyo.

—¿Cómo? —preguntó Kenma—. ¿Usted sabía?

—Al parecer todos saben. Tus profesores lo saben. Tus compañeros lo saben. La chica también lo sabe. De hecho, ha pedido una transferencia.

Aquello fue un golpe anímico y moral para Kenma.

—¿Una transferencia? ¿Está seguro?

—Tendré una reunión con ella junto a su familia después de esta reunión. Quizá sea uno de los factores, pero no puedo decirte nada.

—Sí, eso está muy bien —cortó el padre—, pero eso no explica lo de los ricitos, ni lo de las uñas rosas con las que llegó ayer mi hijo.

—Yo también quiero saber sobre eso —pidió la madre—. Quedé impresionada, ¿sabe? Una muy buena manicura, si se me permite decirlo. Me di cuenta esta mañana que Kenma ni con acetona pudo quitarse la pintura. Realmente una buena manicura.

—¿Perdón? —el profesor estaba enterado de las situaciones de Kenma, pero no estaba al día con todos los acontecimientos.

Kenma intentó explicarlo y lo hizo pésimo:

—Es que esta semana, al parecer, los libras tenemos que aprovechar para dedicarnos un tiempo e ir a un salón de belleza. Y los padres de un amigo son dueños de un salón de belleza.

¡Ya está! Había dicho amigo. ¿Es que realmente consideraba a Tora de aquella manera?

«Sí, lo hago» le respondió una voz interior «Acéptalo, Kenma. El tipo es desquiciante, pero te cae bien. Siempre te caen bien gente así, y por eso es que terminas involucrado en situaciones como las que estás viviendo ahora».

—Claro, debieron usar rayos UV —continuó la madre—. Para secar la manicura son lo mejor. Pero luego hay que volver para que te quiten el esmalte, a menos que tengas el valor suficiente para esperar que se te renueve la uña. Es lo que se llama un negocio redondo, ¿no?

—Olvida eso —volvió a interrumpir el padre y se volvió a su hijo—. ¿Cuándo fue esto? ¿Te fugaste de más clases ayer? —y luego al profesor—, ¡Qué clase de seguridad tienen en este establecimiento! ¿Los alumnos salen y entran como les da la gana?

—Las clases ya habían terminado —aclaró Kenma—. Bueno, sí me salté las prácticas de vóley. Pero no fue a propósito. Tora no me dejó otra alternativa.

—¡Quién es Tora! —gritó el padre consternado de la aparición de un nuevo elemento.

—Es mi amigo.

—¿Te amenazó? ¿Te tiene amenazado?

—¿Qué? ¡No! Solo me cargó en brazos hasta la peluquería.

—O sea te secuestró —el padre volvió a dirigirse al tutor—. Y usted permite esas cosas, ¿cierto? ¿Permite que alumnos se roben a otros alumnos?, ¿permite que alumnos llenen la cabeza de papeles a otros alumnos? ¿En qué momento van a empezar a impedir que ocurran estas situaciones y empezar a enseñar como corresponde? Me ha descrito lo indisciplinado que es mi hijo, y es algo con lo que he luchado desde siempre-

—Gracias —murmuró Kenma despacito.

—De nada. Pero, ¿acaso ha hecho usted algo al respecto? ¿O sus colegas maestros? Porque lo de los papelitos en la cabeza de esa chica es algo que yo y mi esposa recién nos venimos enterando. Sin embargo, usted ya lo sabía de hace un tiempo. ¿Y qué ha hecho? En cambio, se lava las manos de educador barato y tiene la desfachatez no solo de enumerarme problema tras problema que en ningún caso ha siquiera tratado de resolver, sino que, además, insinuar que una chica ha pedido una transferencia por el acoso de mi hijo.

—Yo no he dicho eso.

—¡HE DICHO INSINUAR!

—Mi marido es quisquilloso respecto a las palabras —clarificó la señora Kozume, tirando de su mirado quien de pronto se había levantado de su asiento.

Kenma se hundió en su asiento. El profesor intentó añadir algo, pero al señor Kozume no se le podía parar.

—¿Ustedes qué se supone que están enseñando en este colegio? ¿Por qué tienen que venir personas como yo a decirle a decirle a personas como usted cómo hacer su puto trabajo? Esto es ridículo. ¡Es el colmo! O sea que debo pedir un permiso en mi trabajo para explicarle a usted lo mal que se desempeña en su trabajo. Y luego, usted tiene vacaciones todo el verano mientras que yo solo tengo descanso por dos semanas ¡y menos! Porque me he tenido que pedir un día para venirle a darle clases a quien se supone un experto.

—Creo que está sacando las cosas de contexto. Si me permite seguir explican-

—¿Qué me va a explicar usted a mí? ¿Qué soy un pésimo padre?, ¿que he criado a un hijo rebelde, que se deja influenciar por la astrología y que no tiene la fuerza de enfrentarse a un secuestro? ¡Qué me vas a decir tú a mí!

Kenma tragó pesado. Cuando su padre dejaba los formalismos para empezar a tutear directamente, no se podían esperar otra cosa que agravios.

—Solo he convocado esta reunión para tratar el tema conductual de su hijo, y entre todos-

—¡Hey, hey! ¿Tema conductual? Tú no vienes a hablar mal de mi hijo en mi cara. No, es más, ¿sabes qué te digo? ¡Vete a la puta calle!

Pero se fue él, muy indignado.

—Mi padre es un temperamental —intentó excusarlo Kenma—. Por favor, no le haga caso. Es que es un trabajólico y no le sienta bien tomarse días libres.

—Tiene usted un muy lindo despacho —añadió la señora Kozume recogiendo su abrigo y el de su marido del perchero—. Yo siempre he pensado para el salón un papel mural en ese color que llaman cerulean blue, pero mi marido no lo ve. Quizá sea daltónico. Yo le digo que se haga pruebas, pero a él no le interesa. Kenmita tiene razón, no le sienta bien tomarse días libres.

Kenma acompañó a su madre hasta la salida. Antes de despedirse, tuvo que dejarle la dirección del salón de belleza de los Yamamoto. Su madre a veces no salía de su planeta.

—En realidad, no es una mala familia —se excusó Kenma con su tutor cuando se quedaron solos en el despacho—. En realidad, creo que me gustan así. Y usted es un buen maestro, dentro de todo. Lamento mucho los inconvenientes causados. Yo… intentaré modificar mi conducta.

Kenma se despidió con una profunda reverencia. Acababa de experimentar una situación un tanto ridícula. Sentía un poco de pena por su profesor. Era un profesor joven todavía, quizá no llevase muchos años enseñando, y acababa de enfrentarse a unos padres desastrosos. Al final que el maestro no pudo decir nada sobre el tema que los convocaban porque su padre decidió llevar la conversación a lo que él le interesaba. Y para Kenma quedó claro que a su padre no le interesaba oír como otra gente lo juzgaba a él o a su familia. Y luego su madre hablando del empapelado. Y se suponía que todos los Kozume eran libra. Pero lo habían apoyado, a la manera de ellos, y Kenma se quedaba con eso.

Cuando regresaba a su salón, se cruzó con Rizos y sus padres, que iban de camino a la sala de maestros. Ella solo miraba al piso. Se veía abatida, y sus padres, preocupados.

¿Realmente había solicitado una transferencia debido a él?

La chica ingresó al despacho antes que Kenma pudiese hacer o decir algo. Y se dio cuenta que no era el único. Al otro lado del pasillo, Cara de Nada dejó entrever una pequeña mueca. Entonces, por un breve momento, ya no tuvo más cara de nada y Kenma recordó que su nombre era Fukunaga Shouhei, del salón dos.

Entonces lo decidió: se iba a comunicar con él. Encendió nuevamente su teléfono y, sin leer los mensajes de Kuroo, le escribió uno nuevo.

Kenma: te necesito como traductor
Kenma: cuanto antes


Consejo random de autor: si llueve y hace viento, desiste de llevar paraguas.

Me demoré en actualizar. Pero… espero que les haya gustado :D todavía queda fic, aunque cada vez menos. Gracias por leer, por sus rw, favs & follows. Hasta otra, queridos y queridas.