Todo habría ido de maravilla si las cosas fueran como ella se las imaginaba.
Intentaba no pensar en él demasiado, pero fue imposible. Algunas veces fracasaba estrepitosamente; otras, como la de esa misma noche del martes, eran agentes externos los que la ponían de mal humor y con una desazón difícil de ignorar.
Karin servía un Hurricane a tres turistas jóvenes que no dejaban de decir guarradas a sus espaldas. Que estuviera acostumbrada a eso no significaba que le gustase. De hecho, cada vez le parecía más penoso el modo de ligar de los hombres.
¿Es que no tenían educación? ¿No tenían clase?
No. No era eso. Lo cierto era que, comparados con Suigetsu, todos esos parecían salidos de una guardería de niñatos inseguros y descerebrados. En un intento por ignorarlos, mientras Tracey recogía las bebidas de la mesa cinco, Karin se dispuso a recoger la barra y a limpiarla con un trapo amarillo.
Eran las once de la noche, y en la tele de plasma del bar se emitía la Fox 8 TV, un canal de Nueva Orleans, que a esas horas de la noche tenía en antena un programa sobre celebridades y chismorreos de la gente popular.
Nunca le prestaba atención, no así Tracey, que se los bebía enteritos como si sentaran cátedra en su cabeza.
Tracey silbó acercándose a la barra, meneando las caderas a un lado y al otro, provocando al personal. Karin frunció el ceño y alzó la mirada:
—¿Por qué silbas? ¿Quieres que te miren más de lo que lo hacen?
—Bueno, una de las dos tiene que ser la simpática, ¿no crees? —rió con soberbia—. Además, no lo hago para llamar la atención. ¿Has visto eso? —señaló la televisión.
—¿Si he visto el qué?
—Lo de la tele —chasqueó los dedos para hacerla despertar.
—Tracey, no me importa la farándula. Me da igual esa gente.
La camarera dejó la bandeja sobre la barra y después apoyó la espalda en la estructura, para observar la tele con atención.
—Míralos. Todos escupen dinero. Una fiesta en Nueva York para gente que ingrese anualmente entre siete y ocho cifras al año. ¿No te parece escandaloso? —enredó uno de sus rizos castaños en su dedo índice—. Es injusto que unos tengan tanto y otros tan poco.
Solo por mencionar Nueva York, a Karin ya le llamó la atención. Exactamente, no sabía qué esperaba encontrar al atender a las imágenes, pero desde luego no imaginaba ver eso.
Las limusinas iban y venían; los de seguridad abrían las puertas, y los invitados a la fiesta vestían de manera sexy, a la par que elegante; sonrientes mostrando el poder y el dinero del que hacían gala.
—Uno de esos vestidos vale más de lo que gano al año —comentó Tracey con asombro.
Podría haberse fijado en todos esos detalles superficiales que su compañera mencionaba. Podría haberse fijado en las joyas que llevaban, en los flashes, en los coches que aparcaban, y en las personalidades reconocidas que asistían a aquel local de la élite de Nueva York.
Pero su mente y su atención focalizaron en una única imagen que la dejó de piedra, y sobre la que la reportera hacía hincapié.
«El hijo pequeño de los Hozuki, dueños de los casinos de Lusiana, que se están expandiendo por el Sur de Estados Unidos, fue muy bien acompañado por una beldad mulata. ¿Será su nueva novia?».
Se le fundieron los plomos. Tal cual. Antes, cuando escuchaba de oídas los celos enfermizos de algunas mujeres, solo se podía reír de ellos. Porque nunca había experimentado celos por nada ni por nadie. Si alguien quería ponerle los cuernos a otro, se los ponía tuvieran miedo o no. Así que de nada servía encolerizarse por eso.
Pero aquella agria sensación la abofeteó por primera vez cuando la imagen de Suigetsu, cogido de la mano de otra mujer, se le grabó a fuego en la retina.
¿Qué hacía él con otra chica? ¿Qué...?
—Es guapo el diablo, ¿eh? —dijo Tracey en voz alta, ignorando la relación que tenían Karin y él—. Apuesto a que el vestido dorado y ajustado que lleva la modelo mulata se lo ha comprado él. Me suena esa chica —apuntó cavilante—. Se parece a una de esas hermanas Otsutsuki que viven por aquí cerca... —dijo meditabunda, tocándose la barbilla con el dedo índice—. Se parece. Pero creo que no es.
Qué mal lo encajó todo.
Cuando el fuego arrasó sus venas y la rabia fundió su sentido común, Karin reaccionó y lanzó el trapo con fuerza contra la barra.
Tenía un pronto malísimo.
Se dio la vuelta, secándose las palmas húmedas de las manos en los pantalones y se agachó para coger el bolso que dejaban siempre debajo de la mesa, en un armario dispuesto para ello. Tomó el móvil con la furia de los incomprensivos, y marcó corriendo el teléfono de Suigetsu.
Lo tenía. No quería hacerse la pesada. Ni él la había llamado ni ella a él. Evitaba por todos los medios escribirle o llamarle porque no quería dar una imagen de desesperación.
Pero esa situación bien lo requería.
Suigetsu le había dicho que se iba a una reunión de amigos de BDSM en Nueva York.
¿Era esa la reunión? ¿Y qué implicaba la reunión?
¿Sería capaz de hacer de Amo con otras? Bien era cierto que no habían estipulado ni normas ni límites en su relación, y más después de haber rechazado su propuesta tan abiertamente, pero... ¿qué demonios hacía él con otra, cogido de la mano, delante de todo y de todos?
No era justo.
Rechinando los dientes esperó a que él cogiera el teléfono, pero ¿por qué iba a hacerlo si a lo mejor se lo estaba pasando bien con esa mujer?
Pensarlo la hería de muerte. La cortaba de arriba abajo. No quería que Suigetsu tocara a nadie que no fuera ella.
Se suponía que ambos se poseían, ¿no? ¿Cómo se atrevía a ir con otras a esos eventos? ¿Y qué harían ahí adentro por el amor de Dios? ¿Y tenía ella derecho a sentirse así por pasar la noche más maravillosa de su vida a su lado? ¿Eso le otorgaba potestades? ¿Cuáles?
Suigetsu no descolgó en ningún momento.
—No me quiero imaginar cómo acabarán la noche estos... —dijo Tracey añadiendo inconscientemente más leña al fuego.
—Eh, chicas... ¿qué nos cobraríais por un beso? —dijo uno del trío de amigos, con medio cuerpo asomando sobre la barra.
Le empezó a doler la cabeza y el pecho se le encogió. Ella habría estado ahí de haber podido. Pero como tenía que trabajar, Suigetsu la había sustituido con la rapidez con la que un clavo quitaba a otro clavo. ¿Quién era ella?
—Tan guapos, con tanto poder... —murmuraba Tracey ignorando a los clientes—. ¿Crees que se montarán orgías de algún tipo? Huelen a sexo desde aquí —alzó la nariz.
—Solo un beso —pidió uno de los del trío—. O si queréis, después podemos montarnos nuestra fiesta privada. Pagamos muy bien —movió las caderas obscenamente.
—Desde luego que la mujer que acompaña Hozuki tiene cara de haberlo gozado en el coche. Ese tío seguro que sabe cómo mover ese cuerpazo...
Karin estalló y ya no lo aguantó más.
—¡Cállate, Tracey! —gritó con las mejillas enrojecidas y su ojos claros rasgados teñidos de ira—. ¡Y vosotros! —señaló al trío—. ¡Largo de este local! ¡Ahora! ¡Ni Tracey ni yo somos putas! ¡Y de serlo ni por dinero me acostaba contigo! —miró al bocazas y lo humilló delante de todos.
—¡Me la vas a comer después! —espetó el tipo con aspecto de militar de la marina, el más gallo de todos—. ¡Ya lo verás!
—Tú sí te vas a comer mi puño, gilipollas —Pietro, el encargado de la seguridad del Laffite's no tuvo que hacer nada más que aparecer por sorpresa tras ellos, para que los tres incordios abandonaran el pub con el rabo entre las piernas.
Los sacó a trompicones. Sus dos metros de altura y su cola larga a lo Steven Seagal inspiraban gran respeto. Daba la impresión de que, si te amenazaba de muerte, cumplía con sus amenazas.
Al margen de su fiera apariencia, aquel era su trabajo. Sacar a la basura del local.
Y era un buen tipo.
Tracey miró con los ojos abiertos como platos a una irascible Karin, que lanzaba rayos contra el televisor y los tres individuos folloneros.
—Pero, ¿a ti qué te pasa? —le preguntó.
La pelirroja se negó a contestar, y se dio la vuelta para meterse en el baño privado y desahogarse a placer.
¿Cómo iba a decirle a Tracey que Suigetsu y ella tenían una relación y que se habían enamorado de una manera apabullante hasta el punto de que él le había pedido que se fueran a vivir juntos?
Era un Hozuki, para su desgracia. Un tipo que formaba parte de la flor y nata Orleanniana. ¿Y ella? No era nadie. Así de fácil.
¿Cómo iban a estar juntos?
La angustia por sus palpables diferencias la dejaron amedrentada, sentada sobre la taza del sanitario, atormentándose con imágenes de la mulata y él en el coche.
¿Y si sólo había sido una noche loca para él? ¿Y si sólo era una más? ¿Y por qué la sola idea de que aquello hubiera sido un espejismo, una patraña masculina para llevarla a la cama, la hacían sentirse tan vulnerable?
Ella era una mujer muy fuerte. No podía sentirse como si estuviera a punto de quebrarse.
Sin embargo, así se sentía. Como si Suigetsu la hubiera embaucado. No podía abrirle un mundo tan maravilloso para, después, con frialdad, cerrarle la puerta en las narices.
Era como tocar el cielo con los dedos, y acabar en el purgatorio.
El jueves no fue mejor que el miércoles.
Karin lucía unas ojeras de escándalo, pues llevaba dos noches sin pegar ojo.
Cuando se levantó y se miró en el espejo, se sentía muy poca cosa.
Su aspecto no era bueno: el pelo rojo desmadejado, el tirante blanco de la blusa del pijama que se resbalaba por un hombro y, para colmo, la crema desmaquillante le había hecho un círculo en un ojo, con lo que parecía un oso panda.
—Karin, en serio... —se dijo a sí misma, apoyándose en el lavamanos— das pena.
¿Cómo un hombre, en tan poco tiempo, podía haberle hecho tanta mella? No verle, no recibir noticias de él, no escribirle, era tan inquietante y desesperante que la sumían en un estado de nervios que no era normal.
Y lo peor era que no recordaba la increíble experiencia de su mazmorra. No rememoraba el placer doloroso en sus brazos. Pero sí el dolor de verlo con otra.
Su mente masoquista solo le mostraba las imágenes que habían salido en la tele de Nueva Orleans, acompañado de aquella mujer tan hermosa y que tanto llamaba la atención.
¿Y ella? Ella muerta de la rabia y de los celos, contando ovejas en la cama.
Intentando no pensar en nada de lo que decía Tracey.
Para colmo, si la mujer que lo acompañaba era de Nueva Orleans, significaba que habían hecho el viaje juntos.
Ergo, Suigetsu ya tenía pensado viajar con ella. Su invitación seguro que era una farsa porque sabía que ella no podía faltar al trabajo así como así.
Cerró los ojos con tedio, harta de fustigarse con lo mismo. De ser tan débil. De sentirse tan mal y perdida.
No hablaba mucho con su abuela sobre Suigetsu.
De hecho, no quería hacerlo porque Margaret era una fiel seguidora de esos programas de cotilleos, y con toda probabilidad, habría visto las mismas imágenes que ella. Daba gracias por su discreción, y porque no era de esas mujeres que recordaba los errores con un frío y condescendiente: «te lo dije». No obstante, sabía a la perfección que la nona Margaret conocía los detalles de su mal humor.
Así que conversaban sobre hechos sin demasiada importancia. Y sobre una nueva receta médica que le habían dado para la tensión.
Al menos, una buena noticia. Por fin, después de muchos años, estaba bien regulada.
O eso, o como decía su abuela: «estoy tan vieja ya, que me han dejado como imposible y ya no me quieren ver por ahí».
Para no pensar, aquel mediodía invitó a comer a su nona al Galatoire's, un restaurante francés de la calle Bourbon. Y después, se la llevó a una horchatería que siempre lucía concurrida de gente. Su abuela adoraba el dulce, y sabía que le encantaba la horchata.
Le daría ese capricho.
Una vez en la caja, Margaret saludó efusivamente a una mujer de grandísimos ojos verdes y pelo rubio, que acababa de entrar detrás de la barra. No llevaba delantal corporativo, como sí lo hacían las dependientas.
—¿Quién es? —preguntó Karin entre dientes, con interés.
Nunca se había interesado por los demás. Su vida era su vida. Su gente eran aquellos que la rodeaban, fueran pocos o muchos. Su familia era su abuela, la única que tenía. Pero en momentos como ese, se daba cuenta de que no sabía nada de nadie que la rodease. Que vivía desconectada. Solo centrada en su día a día y en seguir adelante.
—Es Mebuki. La propietaria de esta horchatería —le explicó agarrándose a su brazo.
—¡Margaret! ¡¿Cuántos años?! ¿Cómo estás? —Mebuki salió de detrás de la caja y la besó en la mejilla.
Karin pudo comprobar que el aprecio que se tenían era auténtico.
—Estoy bien, querida. Más vieja, pero bien.
Mebuki negó en desacuerdo. Vestía con tejanos, unas manoletinas blancas, y un jersey de cachemira azul claro, arremangado sobre los codos. Era muy atractiva y rondaría los cincuenta y tantos.
—Yo te veo genial —miró a Karin y le sonrió.
—Esta es mi nieta, Karin —la presentó con educación—. Me está malcriando unpoco.
—Hola, Karin. Encantada. Vaya... —le dio la mano—. Eres preciosa —admiró con sinceridad.
—Gracias —contestó la pelirroja—. Usted también.
Mebuki sonrió abiertamente.
—Ya me caes bien. ¿Sabes que mi granizado es tan rico gracias a tu abuela? —le explicó en petit comité.
—No, no lo sabía. ¿Por qué? —preguntó con interés.
—Porque ella me dio la receta criolla más auténtica, y me dijo cómo tenía que hacerlo.
Margaret rió recordando otros tiempos.
—Fue durante el Katrina. Todos ayudábamos en lo que podíamos. Tú aún no habías venido a vivir conmigo —le aclaró—. Mebuki traía bebidas y granizados para los que nos habíamos quedado sin techo —dijo Margaret—. Su marido Kizashi es un héroe en Nueva Orleans, ¿sabes, Karin?
—¿Ah, sí?
—Salvó a muchos ciudadanos de las aguas. Se colgaba desde un helicóptero — explicó Margaret con admiración— y los rescataba.
Mebuki asentía totalmente de acuerdo con ella.
—Vaya... —susurró Karin asombrada.
—Cuando estuve refugiada en los pabellones, recibí uno de sus granizados de sus propias manos —explicó Margaret—. Ella ya los hacía riquísimos.
—Pero —Mebuki alzó el dedo índice—, me faltaba el ingrediente mágico. Así que cuando tu abuela lo probó, primero me dio las gracias, y después me lo dijo.
—¿Y cuál era ese ingrediente? —Karin estaba asombrada por el trato de las dos mujeres tan diferentes la una de la otra.
—Una pizquita justa de menta triturada —recordó Mebuki poniendo la voz de Margaret.
Aquello las hizo reír a las tres.
—Mi granizado es rico en parte gracias a ella —admitió mirando con aprecio a Margaret.
—No es verdad —Margaret no le daba importancia—. Tú tienes muy buena mano. En fin... ¿Tu marido y tus hijas están bien?
—Sí, como siempre. Kizashi cada vez con más canas, y Saku e Ino, pues con sus cosas...
—Cómo pasa el tiempo, ¿verdad?
Resopló y puso los ojos en blanco.
—¡Y que lo digas! En fin, me voy que tengo prisa —se disculpó—. Me alegra verte tan bien acompañada. ¿Habéis pagado ya?
—No. Ahora íbamos a hacerlo.
—Pues no lo hagáis —les pidió Mebuki—. A este os invito yo.
—No hace falta —iba a decirle Karin, pero Mebuki se lo impidió.
—Por supuesto que sí. Este va a mi cuenta. Soy la dueña, de algo tiene que servir—les guiñó un ojo, y se despidió de ellas, sirviéndoles un granizado talla XL a cada una.
Cuando salieron de la horchatería, Karin observó que los labios de su abuela se estiraban en una sonrisa melancólica.
Solo por eso, esa tal Mebuki ya le caía bien.
Jueves por la noche
Después de trabajar, tenía pensado volver a su casa, como siempre. Quitarse los tacones, desmaquillarse, ponerse el pijama y meterse en la cama para descansar. Las noches de trabajo eran muy pesadas y, aunque estaba acostumbrada a los tacones altos que tanto le gustaban, no acababa de acostumbrarse al dolor de pies que conllevaban.
Por eso, agradecía tanto quitárselos nada más entrar en el coche.
Siempre lo hacía. Era todo muy robótico y la mayoría de cosas las ejecutaba ya sin pensar. Era lo que sucedía cuando todos los días se realizaba lo mismo.
Sin embago, sus pies no la obedecieron. Sin saber muy bien cómo, cogió su Mustang y se plantó delante de la casa de Suigetsu.
Ni siquiera recordaba el trayecto, porque tenía la cabeza embotada de todas las cosas que quería decirle. Eran las dos de la madrugada.
Esos días sin él fueron una pesadilla de temores y remordimientos para ella. Solo dos días, y por poco había enloquecido. ¡Maldito el momento en el que se vieron! ¡Ella no necesitaba eso!
Suigetsu estaba al caer. Lo sabía porque, por primera vez, le había escrito desde que partió a Nueva York para avisarle de la hora de su llegada, no a Nueva Orleans, sino a su casa. A las dos y media se suponía que llegaba a su domicilio.
En el mensaje se disculpaba diciéndole que era muy tarde para verse. Que mañana se verían. Y que esperaba que tuviera tantas ganas de estar con él, como él tenía ganas de estar con ella.
Era un falso. Un mentiroso. Le escribía ahora para tenerla en Nueva Orleans, cuando en Nueva York no se había acordado de ella y había estado con otra. Quería un puerto al que amarrarse, pero Karin no pensaba ser la mujer sumisa que él deseaba.
No iba a ser su amante de Nueva Orleans. Ni hablar.
«Mentiroso», pensaba cada vez más ofendida.
Le iba a dejar unos puntos muy claros, y a acabar lo que fuera que habían empezado, porque si ahora le dolía, no quería ni imaginar lo que pasaría si alargase más la agonía.
Le quedaban tres manzanas para llegar a su casa.
Estaba cansado. La experiencia en Nueva York había sido interesante y fructífera.
Por fin habían asentado las bases del funcionamiento del Foro Rol de Dragones y Mazmorras DS, donde él sería parte activa.
Un foro donde Amos y sumisos respetados y versados, jugarían una liga interna y seleccionarían a los mejores Dómines del BDSM para un torneo anual. Domines remunerados y una liga financiada por gente de mucho dinero, como los que habían asistido al local Dulce de Nueva York. Todos ellos tenían vicios secretos, tendencias que preferían reconocer a oscuras, o clandestinamente.
En el mundo del BDSM había una palabra por encima del Consenso; que era el Respeto y la Discreción. Todo lo que allí pasaba, se quedaba entre los muros. Ya podía estar el Presidente de Estados Unidos, que nadie diría nada.
La idea del foro, de la liga, del torneo... era muy atractivo, y sería, cuanto menos, divertido.
Faltaban definir los roles de los personajes, pero con el tiempo lo conseguirían.
No obstante, debería estar más emocionado al respecto. Lamentablemente, no lo estaba. Porque Suigetsu se moría de ganas de compartir la experiencia con Karin al cien por cien. Pero la joven no quería entregarse a él por completo.
No comprendía por qué tenían que dejar que pasaran los días si ambos sabían que estaban hechos el uno para el otro. ¿Dónde estaba estipulado que debían pasar meses para irse a vivir con alguien? ¿Por qué? Eran adultos.
Seguía de mal humor. Se había ido a Nueva York enfadado con Karin, aunque lo había disimulado, y había vuelto con un calentón de mil narices, porque no había dejado de pensar en ella en los días que había estado fuera. Incluso, se le había pasado por la cabeza el ir a verla directamente a su casa, y colarse por la ventana de su habitación para comprobar si lo echaba de menos.
Esperaba que sí. Porque él ardía en deseos de verla.
Necesitaba convencerla y hacerle ver que, cuando dos personas como ellos se unían, no se les podía separar, y tenían que aceptarlo. Porque incluso esa separación provocaba dolor, tanto físico como emocional.
A él le dolía no verla. ¿Y a ella?
Se sentía extraño, porque siempre llevaba el control de todas las situaciones, pero el flechazo con Karin era irracional y mágico, y no quería que se convirtiera en algo mundano debido al miedo que ella tenía de comprometerse tan rápido.
Temari y Shikamaru fueron pareja desde la primera noche que pasaron juntos. Ellos lo aceptaron porque, sencillamente, no podían gestionar lo que sentían el uno por el otro.
¿Por qué ellos no podían serlo? ¿Por qué no se podían dejar llevar?
Al girar la última esquina de la calle, se dio cuenta de que el parquin de la acera de enfrente de su casa estaba ocupado por aquel coche viejo negro. El mismo que le gustaba a la mujer que le robaba la respiración.
Era toda una declaración de intenciones que decía: «Sí, no me da ningún miedo llevar cosas grandes».
Karin estaba sentada en las escaleras exteriores. La sorpresa fue tan grata que el corazón se le salió del pecho.
Aparcó delante del Mustang, en el hueco que aún quedaba. A través de la ventana la miró a los ojos, y ella hizo lo propio. Pero Suigetsu no encontró lo que esperaba.
No sabía lo que le pasaba, pero fuera lo que fuese, no le gustaba.
Apagó el motor, y salió del coche tanteando el ambiente, que podía cortarse con un cuchillo.
¿Estaba enfadada?
¿Se iba a echar a llorar?
—¿Karin? —preguntó con suavidad.
Ella se levantó de los escalones del porche, donde estaba sentada cogiéndose las rodillas. Lo hizo a cámara lenta, como si tuviera miedo de perder el control.
Su pelo rojo recogido en una cola alta le destapaba sus hermosos rasgos felinos.
El top ajustado dibujaba un escote de vértigo y se pegaba a sus formas. Formas que incluso la falda corta que llevaba dejaba al aire.
Tenía las piernas más espectaculares que nunca había visto. Y unos botines de tacón la ensalzaban todavía más, torneando sus gemelos y sus muslos.
A Suigetsu se le hizo la boca agua. Tragó saliva, esperando a que ella dijera algo, estudiándola como un animal.
Y entonces ella habló, y sus palabras fueron como un azote.
—Hemos terminado. No quiero verte más.
