Título: Willing

Autor: DebsTheSlytherinSnapefan

Traducción: Traducciones. A ver qué sale

Enlace a la historia original: s/9508339/1/Willing

Resumen:DomSeverus/SubHarry. Harry lleva desaparecido desde los nueve años, el mundo mágico ha estado buscándole durante siete años en vano. Tiene diecisiete cuando le encuentran, pero les aguarda una sorpresa si piensan que va a hacer lo que ellos quieren. Resulta que Harry es un metamorfomago y conoce a Severus desde hace años. Las maquinaciones de Dumbledore son descubiertas y una conmoción les sacude a todos.


Desde aquí, el equipo de Traducciones. A ver qué sale. Nos gustaría agradecer a DebsTheSlytherinSnapefan el habernos permitido traducir esta historia.


Capítulo 10

Visitando las tiendas y Figg



Severus se despertó a las seis en punto, apagando la alarma de su reloj con un toque de su varita. Harry se revolvía; apartando sus brazos abrió el cajón junto a su cama y encontró lo que estaba buscando. Descorchando la poción, reposicionó su brazo y la puso en los labios del chico—. Bebe —, le dijo de forma tranquilizadora; incluso en su estado adormilado, Harry obedeció a Severus, provocando que una oleada de calidez fluyese a través de él. Si le hubiese pedido a cualquiera en el mundo que hiciese eso, se habría negado. No confiaban en él, había que admitir que por buenos motivos, ya que era un irritable bastardo con todo el mundo. No obstante, lo mismo podría decirse de él allí algunas veces, pero a Harry nunca le había importado. La poción era un potente analgésico, con un relajante muscular añadido; sin duda le dejaría fuera de combate por unas cuantas horas más. Casi no quería marcharse, prefiriendo en vez de ello sentarse y simplemente mirar a Harry. El muchacho era totalmente espectacular, a pesar de su delgadez. Cuando finalmente cogiese algo de peso, sería aún más impresionante.

Con gran dificultad logró finalmente dejar la cama, y a su somnoliento sumiso. Podía recordar lo difícil que había sido volver a Hogwarts después de las vacaciones, cuando todo lo que quería era estar con él. Aquello había sido cuando se había dado cuenta por primera vez de que hacía algo más que preocuparse por Harry. No le gustaba decir la palabra 'amor'; en su opinión, si lo pensaba, algo malo ocurriría. Poniéndose su indumentaria habitual, sus labios se crisparon al recordar el comentario de Harry acerca de que todos los magos llevasen "vestidos". Meneando la cabeza para librarse de esos pensamientos, su rostro se volvió imposible mientras entraba en la sala de estar.

—¿Grace? —llamó Severus enérgicamente, pero no en voz alta, no queriendo despertar a Harry.

—¿Sí, señor? —preguntó la elfa doméstica, apareciendo frente a su Amo.

—Vigila a Harry; si se levanta antes de que yo regrese, dile que quiero que permanezca en la cama. Haz algo de desayunar para nosotros; volveré en una hora si todo va bien. ¿Entendido? —ordenó Severus, sin preocupase por comer nada aún; ya lo haría cuando Harry despertase.

—Sí, señor —, dijo Grace, haciéndole una reverencia.

—Bien —, dijo Severus, cogiendo su bolsa de dinero antes de salir rápidamente de sus aposentos. Cerrando la puerta tras él, pudo sentir las protecciones alzándose mientras se alejaba. Últimamente había sido capaz de sentir las barreras con mucha más fuerza. No lo comprendía; siempre había sido sensible a la magia, pero nunca hasta ese extremo. De hecho… los cambios habían ocurrido justo después de que Harry y él se vinculasen. ¿Significaba eso que Harry podía sentir la magia en ese mismo grado o más aún? Curiosamente, no había sido consciente de que podían compartir magia; nada en los libros indicaba eso. Necesitaba uno que ahondase más profundamente en la conexión que Harry y él compartían. Debía saberlo todo o si no, ¿cómo sería capaz de protegerle?

Los pasillos estaban desiertos, como cabía esperar; era demasiado pronto para que incluso los estudiosos Ravenclaw estuviesen levantados. A pesar de ello, aun sin público, Severus caminó a través de las estancias sombríamente. Algunos de los retratos se despertaron al pasar junto a ellos, provocando que gruñesen y le maldijesen por haberles desvelado. Severus nunca les había prestado atención. Si por él fuese, los retiraría todos, los llevaría a las entrañas más profundas de Hogwarts y los olvidaría allí. Eran demasiado irritantes para su gusto, y fisgones; le contaban a Dumbledore absolutamente todo. Por eso probablemente el viejo tonto era el único que les prestaba alguna atención. Eran como niños, buscando aprobación, principalmente porque querían ser trasladados a zonas diferentes del colegio.

Agitando su varita hacia las puertas principales, invocó uno de los carruajes e inmediatamente se subió a él. Ninguno de los estudiantes sabía cómo hacerlo; de otra forma los utilizarían constantemente en vez de caminar. La única vez en la que los carruajes eran usados por ellos era cuando llegaban o se marchaban al principio y final del año escolar. No se les permitía emplearlos durante los fines de semana en Hogsmeade, tenían que caminar en vez de ello. Cuando era el turno de Hagrid de vigilarles, siempre tomaba un carruaje. Él, por el contrario, siempre había caminado; mantenía el ojo avizor en todos los estudiantes durante esos viajes. Especialmente con el Señor Oscuro de vuelta; Dumbledore todavía no les había prohibido ir, sólo había reforzado las protecciones y había aumentado el número de acompañantes que les llevaban hasta el pueblo. Como si no tuviesen ya bastante que hacer sin tener que vigilar a los estudiantes atiborrarse de dulces.

En cuanto el vehículo se detuvo, Severus bajó. Había pensado en Aparecerse inmediatamente, pero cuando vio Honeydukes cambió de opinión y entró. La última vez que había puesto un pie allí, estaba lleno a rebosar. Jamás se había vuelto a acercar a la tienda en Navidad. Había ido para conseguir algunos dulces para Minerva, sabiendo que tenía predilección por las plumas de azúcar que vendían. Esta vez estaba inquietantemente tranquila, y la mujer del mostrador estaba rellenando tarros y demás.

—¿Puedo ayudarle?— dijo la Señora Flume sonriéndole curiosa.

—No, gracias —, dijo Severus de forma seca, pero a pesar de todo cogió una cesta y comenzó a echar un vistazo, maldiciéndose internamente por ser tan blando. Si alguno de sus estudiantes le viese allí también lo descubriría. Qué cosas hacía por Harry, pensó Severus para sí mismo mientras colocaba píldoras ácidas en la cesta y miraba alrededor un poco más. Lo siguiente fueron Pirulíes con sabor a sangre, Grageas Bertie Bott de todos los sabores, algunos Pasteles de Caldero, Choco Bolas, Calderos de Chocolate, Ranas de Chocolate, Esqueletos de Chocolate, Varitas de Chocolate, Varitas de Regaliz, la Mejor Goma de Mascar de Drooble, Bombones Explosivos, Meigas Fritas, Moscas de Café con Leche, Ratones de Azúcar Chillones, Ratones de Helado, Caramelos de Café con Leche, Diablillos de Pimienta, Pixie Puffs, sólo una Empanada de Calabaza ya que no le había gustado el sabor del zumo, Tofes de Agua Salada, Plumas de Azúcar, Alas de Mariposa Azucaradas, Tofes, Dulces de Melaza, y dos tabletas de cada del chocolate especial de Honeydukes, blanco, negro y con leche. Tenía debilidad por un buen trozo de chocolate, y tres de las seis tabletas, aunque no lo reconocería ante nadie, eran para él.

Cuando llevó la cesta al mostrador, la dependienta no pudo evitar exclamar— ¡Alguien va a recibir muchos dulces! —sonriéndole mientras sumaba el total y parloteaba excitada—. ¿Puedo ayudarle con algo más, señor? —le preguntó entonces, en cuanto hubo reunido todo y lo hubo colocado en una caja para que Severus se lo llevase. El Profesor de Pociones simplemente la contempló con extrañeza sin siquiera atreverse a responder a la (en su opinión) obvia pregunta.

—¡Así serán dos galeones y dos sickles, señor! —, exclamó ella, sin molestarse por su impasible actitud.

Severus le entregó la cantidad correcta, cogió su compra e inmediatamente dejó la tienda exasperado. Ese era el motivo por el que no le gustaba ir de tiendas, ¡la incesante charla y las preguntas obvias! Cuando estuvo al fin fuera de ese lugar, encogió la caja, la colocó en un bolsillo de su túnica y se Apareció. No era Hogsmeade lo que él buscaba, sino el Callejón Diagon, y por un único motivo.

Severus reapareció en medio del Callejón Diagon, ni a medio metro de la entrada del Callejón Knockturn. Normalmente lo habitual era que se Apareciese junto al Boticario, pero esa no era la tienda que necesitaba visitar hoy. Pasó junto a Túnicas Para Todas las Ocasiones de Madam Malkin y entró en la librería, Flourish y Blotts. Sin siquiera mirar en dirección al mostrador, inmediatamente comenzó a echar un vistazo en busca de lo que necesitaba. Era muy conocido en aquella tienda, principalmente a través del Pedido Por Lechuza; él solicitaba en especial todos los libros nuevos sobre Pociones, así como cualquier libro de Defensa que se publicase. Excepto por supuesto cualquiera de los libros de Gilderoy Lockhart. Se mofó ante el mero pensamiento de verlos decorando sus estanterías; oh no, no iba a ayudar a ese idiota buscador de fama a ganar más dinero, menos aún el suyo. Hablando de Lockhart, había dejado Hogwarts en cuanto las cosas se pusieron difíciles; no se había vuelto a oír hablar de él desde entonces.

Se pasó los siguientes quince minutos buscando; toda la tienda estaba llena de arriba a abajo con libros de todo tipo. No era de extrañar que no pudiese encontrar inmediatamente lo que estaba buscando. Finalmente tuvo éxito en hallar exactamente lo que necesitaba, y quitó los libros de la pila con rapidez. Siete libros más tarde fue hasta la caja e hizo que sumasen el precio total. Por suerte este viejo mago no parecía interesado en hablar, y por ello tenía la gratitud de Severus. Diez galeones menos después, abandonó la tienda, encogiendo los libros y colocándolos con su otra compra del día.

Mirando con curiosidad hacia Tintas Siempre Cambiantes de Scribbulus, se preguntó si tendrían una selección de herramientas de escritura muggle. De algún modo lo dudaba, pero si le ahorraba un viaje al mundo muggle más tarde, bien, estaría encantado. La gente estaba empezando a aparecer, intentando llegar a las tiendas mientras todavía fuesen capaces de caminar dentro de ellas. Los establecimientos eran demasiado pequeños para el gentío que componía la población mágica británica. Tomando su decisión, entró en la siguiente puerta y comenzó a mirar alrededor. Esta tienda, a diferencia de las otras, no estaba llena hasta los topes de objetos. Estaba, sin embargo, igual de desordenada que todo lo del callejón. Aun así, encontró algo de lo que estaba buscando, lápices, pero no bolígrafos. Los lápices servirían hasta que pudiese enseñar a Harry cómo usar una pluma. Cogió un paquete de ellos; los diez lápices que venían en él seguramente le bastarían. Snape cogió algunas plumas para sí mismo y tres cajas de tinta roja adicionales, la cual usaba para calificar los trabajos de los estudiantes, y una caja de tinta negra. Una vez más entregó el dinero y encogió sus compras. Sólo una tienda más y habría acabado. Como había predicho, había pasado casi una hora, y las lechuzas estaban empezado a chillar sobre él, llevando el correo matutino a los dueños de las tiendas y sin duda volando hacia Hogsmeade y Hogwarts. No llegarían allí al menos hasta dentro de una hora, era un largo viaje desde Escocia hasta aquí. Sin duda estarían a punto de ponerse a trabajar en el edificio del Profeta, mientras intentaban conseguir su siguiente gran historia.

Finalmente Snape descendió hacia el Callejón Knockturn. Era diferente en ese lugar; mucha gente ya estaba allí entre las sombras, y comprando en las tiendas pocos respetables situadas a lo largo de las mugrientas esquinas y recovecos de aquella calle. Severus mantuvo su varita cerca, estaba bien al tanto de que allí era donde a los mortífagos les gustaba congregarse. También estarían demasiado deseosos de intentar "capturar al traidor"… es decir, si es que tenían agallas. La mayoría de ellos, de hecho, eran cobardes bajo la jactancia que demostraban; torturar y matar muggles era lo mejor que podían hacer. La mayor parte de los mortífagos actuales sabían de lo que él era capaz, y no intentarían nada. Los Lestrange y algunos otros que podía nombrar estarían lo bastante locos como para atreverse.

Pasó Borgin y Burkes, y otras tiendas sin nombre, que vendían una amplia variedad de objetos en los que él no tenía interés: cabezas reducidas, velas venenosas, uñas de aspecto humano y otros productos que sólo funcionarían por un corto espacio de tiempo. O que harían lo opuesto para lo que los habías comprado. Todo el mundo asumía que la zona entera era así, pero se equivocaban. La mayoría de la gente sólo echaba un vistazo a las tiendas más cercanas a la entrada del Callejón Knockturn y se daban la vuelta directamente. Eso o eran los personajes a los que les gustaba merodear cerca de Borgin y Burkes los que asustaban a la mayor parte. Él personalmente encontraba de mal gusto que la gente dijese a todos que ese callejón era solamente para aquellos a los que les gustaban las "Artes Oscuras". Limitaba el número de clientes que aquellos que trabajaban en el otro extremo recibían.

Entrando en la última tienda al final del callejón, sus ojos negros brillaron. Fue directamente hasta el armario de cristal y comenzó a revisarlo. Snape estaba buscando un tipo de objeto en particular, y con suerte encontraría uno que le gustase. Los precios eran altos, pero no le sorprendía. El precio tenía poca importancia para él; normalmente nunca gastaría tanto pero podía permitírselo fácilmente, tenía suficiente dinero hasta el fin de sus días. Eso sin contar la cantidad que había amasado durante sus años como Profesor de Pociones o de los preparados que realizaba por su cuenta, los cuales tenía que admitir que había dejado de hacer hacía tres años tras tomar a Harry como su sumiso. ¿Quién en su sano juicio prepararía pociones con el que había pensado que era un sumiso muggle en casa? Nadie.

—¿Encuentra algo que le guste? —preguntó el dueño de la tienda como si sintiese la pérdida de una venta inminente.

—No —, dijo Severus, sonando de hecho tan decepcionado como se sentía.

—Si lo desea, hacemos trabajos a medida para adaptarnos a las necesidades del cliente —le ofreció el dueño.

—Quizá —, dijo Severus con aire pensativo.

—Aquí tiene un folleto con todos los materiales que tenemos —, dijo—, tan solo hágamelo saber si todavía está interesado —, tendiéndoselo antes de alejarse, de vuelta a su tarea previa.

En ese momento la puerta tintineó, anunciando a otro cliente.

—Ah, Jason, ¿contento con tu compra? —, preguntó el dueño de la tienda.

—Sí, mucho; gracias, Edward —, dijo Jason, reconociendo a su interlocutor—. Estoy aquí para recoger mi segundo objeto, si ya está listo.

—Por supuesto —, respondió Edward, caminando inmediatamente a través de la zona de ventas hasta la parte trasera; tenía una cortina sobre la entrada para que nadie pudiese ver el interior. Era simplemente donde Edward trabajaba y guardaba sus pedidos especiales, si sus clientes no deseaban que sus compras fuesen enviadas por lechuza. Lo cual, allí abajo, ocurría con suma frecuencia. La gente era demasiado desconfiada, sobre todo con una guerra en marcha; no recibías lechuzas de desconocidos ni las dejabas entrar a través de tus protecciones.

Severus ignoró su conversación mientras revisaba el folleto, marcando lo que quería y escribiendo sus datos en una pequeña tarjeta de pedido vía lechuza. Aquello era algo que definitivamente no habría hecho si las lechuzas de los profesores fuesen registradas. En cuanto el otro cliente se fue, Severus puso el folleto y el formulario de pedido frente a Edward.

—Eso costará ochenta galeones —, dijo Edward; estaba bastante impresionado. Nadie había pedido antes una combinación de ese tipo. Sería un gran placer asegurarse de que era exactamente lo que aquel hombre deseaba. Era un desafío del que se ocuparía inmediatamente.

Severus le pasó su llave de Gringotts sin decir una palabra; Edward la tomó y rápidamente tuvo el dinero transferido de la cuenta de Prince a su bóveda del trabajo. No tenía su tienda unida a su cuenta personal, en los negocios aquel era un movimiento estúpido. El dependiente sacó sin más la factura y la prueba de pago y firmó el pergamino con un trazo floreado. Entregándoselo, Edward dijo—, me pondré con ello inmediatamente; puede esperar tenerlo esta noche, para la hora de la cena.

—Las cuatro en punto —, le contestó Severus, no estaría en Hogwarts a la hora de la cena—. Por supuesto será compensado por las molestias —, le dijo, sacando tres galeones adicionales de su bolsa y balanceándolos delante del hombre de forma tentadora.

—A las cuatro en punto exactamente —, accedió Edward, cogiendo gustosamente los galeones y colocándolos en su bolsillo. Todas las propinas eran para él; no tenía ningún ayudante, al menos ninguno que durase más que unos pocos días. Tan solo echaban a perder cualquier cosa que tratase de enseñarles. Inútiles, sin importar la educación que tuviesen.

—Por supuesto —, dijo Severus; asintiendo de forma lacónica, se dio la vuelta y caminó fuera de la tienda. No se dirigió de regreso al Callejón Diagon, se Apareció desde donde estaba, en la puerta, encontrándose en la hermosa, y llena de rústicas casas, localidad que llamaban Hogsmeade. Lo único que la hacía parecer ridícula era de hecho la Casa de los Gritos y, en su opinión, la tienda de artículos de broma. Hizo una mueca tan solo con verla; después de todas las bromas que le habían gastado, nadie podría culparle realmente.

Invocando otro carruaje en la puerta principal, estuvo de regreso en Hogwarts quince minutos después. Esta vez el colegio estaba despierto; eran las siete y los estudiantes comenzaban a aparecer como un goteo en busca de su desayuno. No les prestó atención, mientras hacía el recorrido de vuelta a sus aposentos queriendo sentarse durante unos minutos antes de dirigirse al Gran Comedor. Tenía que asistir a todas las comidas, ya que era el Jefe de la casa Slytherin.

En cuanto estuvo en la seguridad de su habitación protegida, devolvió sus compras a su tamaño original. Se dio cuenta de que necesitaba un escritorio en la sala de estar para Harry, para que pudiese tener su propio espacio—. ¿Grace? —llamó Severus, preguntándose dónde se alojaba la elfa exactamente, pero sin ahondar en ello.

—¿Sí, señor? —preguntó Grace, apareciendo frente a él.

—¿Puedes buscar un escritorio? Uno con cajones y soportes adecuados para la tinta, y demás —, especificó Severus.

—¿De la Mansión Prince, señor, o Hogwarts? —preguntó Grace, sabiendo exactamente dónde conseguir uno en cada uno de esos lugares.

—Hogwarts —, dijo Severus, no quería nada de su propiedad allí. Llegado el caso, lo pondría en su casa de Londres, pero en ningún otro sitio. Colocó los paquetes en la silla mientras miraba alrededor.

—Enseguida, señor —asintió Grace antes de marcharse. Severus agitó su varita y apartó todos los objetos que obstruían el lugar donde quería que se colocase el escritorio, que era justo al lado de la chimenea, el punto más cálido. A Harry le gustaría allí, estaba seguro. Guardando su varita de nuevo en su funda, fue al dormitorio a ver cómo estaba el chico. Todavía dormía. Sonriendo dulcemente, una visión que habría hecho desmayarse del shock a todos y cada uno de sus estudiantes, se sentó al borde de la cama. Sus dedos recorrieron la cara de Harry; siempre estaba tan caliente, tan suave, y la manera en la que se enternecía era reconfortante, incluso para un hombre como él. Había visto a parejas haciéndolo y en el pasado había hecho una mueca ante tal muestra de afecto, pero ahora… no podía evitarlo; Harry le había cambiado. El chico debía ser lo mejor que le había pasado; pensar que si él no le hubiese llevado el desayuno… quizá no se habrían conocido. Dudaba de que si se hubiesen conocido en público Harry hubiese hecho lo que hizo. Era fuerte y testarudo, tal y como a él le gustaba en sus sumisos, y aun así había estado deseando entregarse a él. Aquello le hacía aún más deseable, aunque sabía en su fuero interno que la parte más fuerte en una relación de ese tipo era el sumiso. Hacía falta una gran cantidad de coraje para adoptar a alguien, pero mucho más para inclinarse ante alguien, para poner tu vida en sus manos.

—Sev'us —, murmuró Harry, sus ojos verdes parpadeando y abriéndose, capaz de sentir que su Dominante estaba cerca.

Los labios de Severus se curvaron, le gustaba cuando Harry le llamaba Severus; demasiado "Señor" le recordaba a los idiotas que enseñaba. Era por eso que sólo lo pedía cuando estaban en sus roles, y no cuando sólo estaban hablando. Se había sentido enfermo la primera vez que Harry le había llamado Amo y le había dicho que nunca volviese a dirigirse a él de esa forma. Le recordaba de forma demasiado vívida a Voldemort y el papel que había interpretado durante dos años. El dolor y el daño que le había causado todavía le atormentaba, aunque no tanto últimamente.

—Buenos días, Harry, ¿hambriento? —preguntó Severus, sus dedos recorriendo todavía el rostro del chico de arriba a abajo de forma inconsciente.

El estómago de Harry retumbó antes de que respondiese, provocando una risita por parte de Severus—. Sí, Señor.

—¿Cómo te sientes hoy? —, preguntó el hombre, aún sin moverse.

—Muy bien, no hay dolor —, dijo Harry, con tono asombrado a causa de ello, aunque no debería.

—Bien —, dijo Severus, levantándose de la cama—. ¡Arriba! —, ordenó, revolviendo entre sus cajones en busca de algo apropiado y cálido para que su sumiso llevase. Cuanto antes pudiese conseguir Harry su propio vestuario, mejor… no es que no le gustase verle con sus ropas. Parecía que al chico tampoco le importaba. Tendría que comprarle un par de sus botas, había sentido lo feliz que Harry había estado de llevarlas. Colocó todo lo que había elegido en la cama, observándole desnudarse sin vergüenza. Ciertamente no tenía nada de que estar avergonzado, de eso estaba seguro. Era más impresionante en su verdadera forma de lo que jamás había sido en su forma transformada. Las cicatrices, se fijó Severus, se habían desvanecido más aún, y los moratones habían desaparecido. Unos pocos baños más en la poción y también las cicatrices se irían. Sin embargo dudaba de que la que tenía forma de rayo se borrase alguna vez, pero esa no le importaba. Se preguntó qué pensaba su sumiso acerca de que los Dursley estuviesen en prisión pero no le dijo nada. Tendría que hacer que Harry hablase de ello, sin embargo; de otra forma continuaría comiéndole vivo.

Severus salió de sus pensamientos, para ver a Harry mirándole fijamente con descaro, con el ansia brillando a través de sus ojos verdes—.Ven, es hora de comer —, dijo Severus, ignorando su gesto y echándole del dormitorio. Por mucho que le hubiese gustado reclamar a su sumiso y mostrarle a quién pertenecía, había demasiado que hacer.

Severus sentó a Harry firmemente en una silla y tomó una él mismo, y menos de dos segundos después Grace colocó mágicamente la comida de la cocina sobre la mesa. Como era habitual, ninguno de los dos habló demasiado mientras comían el desayuno y bebían su café agradecidos.

—¿Siempre hace eso cuando da sus clases? —preguntó Harry; momentáneamente distraído por la elfa doméstica que recogía los platos vacíos. Sus ojos verdes se entrecerraron y su cuerpo se tensó al verla. Ciertamente no volvería a estar desprevenido ante ellos. Era una lástima no tener sus cuchillos con él; desde luego le habrían sido de utilidad. Los había dejado atrás cuando fue a la tienda, por si algo hacía saltar las alarmas en la puerta.

—¿Hacer qué? —pregunto Severus, pero tuvo la divertida impresión de saber a dónde iba a conducir aquello.

—Hablar de esa forma —, dijo Harry, él tenía la misma curiosidad.

—Sí —, dijo Severus inmediatamente—, Pociones es una materia peligrosa, muy peligrosa si no prestan atención a lo que están haciendo. Demasiado de un ingrediente puede tener resultados catastróficos. Si no les guiase con puño de hierro, esos idiotas se habrían matado a sí mismos a estas alturas.

—¿Es así como me enseñarás? —, preguntó Harry, sus ojos clavándose en los negros de Severus.

Severus le devolvió la mirada; a eso se refería con ser fuerte: lo bastante fuerte como para plantarle cara, pero sabiendo cuándo retroceder. No había nada excitante en un sumiso que nunca hablaba, nunca te miraba a los ojos y jamás te desafiaba.

—¿Estás interesado? —, preguntó Severus; confiaba en que a Harry estuviese empezándole a gustar la magia de verdad. Si estaba interesado en las pociones, mucho mejor, ya que a él le encantaría enseñarle a su sumiso todo acerca de esa materia.

—Quizá —, respondió Harry, aunque no le gustaba ser llamado zoquete todo el tiempo. Fuera cual fuese su significado, no era bueno y lo decía con mucha burla. Por eso estaba preguntando antes siquiera de pensar más en el asunto—. ¿Me hablaría así?

—No, Harry, no lo haría. En un aula tengo que vigilar diecinueve calderos, y asegurarme de que todos los estudiantes están haciendo exactamente lo que les he dicho. Si sólo es una persona, no sería tan estresante, y sería capaz de prestarle mejor atención. Impedirle que haga explotar cualquier poción antes de que ponga el ingrediente en ella —, dijo Severus, consciente de por qué estaba preguntando Harry. Parecía que no era el único Slytherin en la habitación; Dumbledore se quedaría estupefacto si Harry llegaba a pasar por el Sombrero Seleccionador.

—Pociones suena divertido, como cocinar pero con instrucciones más precisas —, dijo Harry finalmente.

—¿Quizá en unas pocas semanas te gustaría descubrirlo por ti mismo? —sugirió Severus.

—¿Unas pocas semanas? —preguntó Harry con gesto molesto.

Severus sonrió burlonamente. Harry era tan impaciente, siempre lo había sido; era agradable ver que eso no había cambiado—. Para entonces tu habilidad lectora debería haber mejorado mucho. Deberías ser capaz de preparar las pociones sin ayuda —, dijo Severus. Era un incentivo añadido para que él estudiase adecuadamente.

—Sí, Señor —, asintió Harry apropiadamente.

—¿Prefieres quedarte aquí o estudiar en mi despacho? —preguntó Severus; mientras Grace estuviese con él, tampoco le importaba. Tenía que mantener a su sumiso a salvo y lo lograría. Dumbledore no iba a poner de nuevo sus dedos manchados de caramelo de limón en lo que era suyo.

—El despacho por favor, Señor —, solicitó Harry.

—Muy bien, volveré aquí en media hora —, dijo Severus antes de tener que marcharse, lamentablemente. Tenía tres minutos para estar en el Gran Comedor, lo cual tomando los atajos lograría.

—Muy bien —, dijo Harry, observando irse a su Dominante. En cuanto lo hubo hecho, Harry flexionó su brazo y pensó que era muy extraño. Hasta ese día no se había dado cuenta de que los dolores que había arrastrado durante años se habían ido. Pomfrey había dicho la verdad, su brazo habría continuado molestándole. ¡Había sido una sensación tan extraña, sin embargo! Que le retirasen los huesos parecía un poco peligroso también; ¿qué iba a impedir que alguien eliminase los huesos de tu pierna y brazo antes de matarte? Nada. La magia era asombrosa, y tan peligrosa al mismo tiempo; era por eso que sentía que necesitaba saberlo todo. Severus había dicho que era su elección si deseaba que Dumbledore lo supiese o no. No sabía cómo sentirse acerca de eso; por una parte era agradable ser capaz de decidir, por la otra, ese era el motivo por el que deseaba ser un sumiso, para no tener que preocuparse o decidir ese tipo de cosas. Sabía que no podía permanecer oculto para siempre, por mucho que le gustase la idea. Tenía que aprender todo lo que pudiese para proteger a su Dominante de Voldemort. No podía perderle, no cuando acababa de recuperarle. Cuando le había dicho a Severus que lo haría por él iba en serio. Su Dominante le estaba protegiendo ahora mismo, era lo menos que él podía hacer a cambio.

No había nada que pudiese hacer allí, ni limpiar ni cocinar a menos que se pusiese a ello antes que los… ¿cómo los había llamado su Dominante? Oh sí, elfos domésticos. No estaba acostumbrado a aquello, siempre había sido él quien había cocinado y limpiado, parte de sus obligaciones de cuidar de su Dominante. Severus podía cocinar, de hecho era muy bueno en ello, pero nunca había querido hacerlo realmente. Preparando pociones todo el tiempo, no era de extrañar que no desease acercase a los fogones. Había sido tan gruñón enseñando, dejaba en evidencia su estado de ánimo. Sólo deseaba poder ver sus caras, sobre todo ahora que sabía que él nunca estaría en el lado receptor de la ira de Severus.

Su Dominante era un cascarrabias, pero nunca había hablado a Harry de esa forma, y si lo hubiese hecho, se habría marchado. En casa de los Dursley ya le habían dicho bastante lo inútil y estúpido que era, y cómo debería haber muerto con sus padres, durante nueve años. Se alegraba de habérselo contado a Severus. Pensar en que le hubiesen obligado a ir a clase y ser tratado de esa forma… le habría matado.

Los Dursley estaban en prisión; todo el tiempo pasado en las calles por miedo a ser enviado de vuelta con ellos había sido para nada. No, no para nada, habría sido ubicado en otra parte. Se estremeció ante ese pensamiento; no confiaba en nadie, no quería tener que hacer lo que cualquier guardián, o figura paterna, o incluso padrino le dijese que tenía que hacer. Probablemente le habrían colocado con un mago o una bruja. Le entraron nauseas ante la posibilidad de acabar con aquella bruja… la mujer que había hablado acerca de su "Ronnie". Ella no le había dicho su nombre, de hecho sólo unos pocos de ellos lo habían hecho, más pronto o más tarde. Él tenía un nombre menos deseable elegido para todos ellos. ¿Qué podía decir? Había estado en aquella habitación sin nada que hacer durante tres semanas.

—Ven —, le llamó Severus, apareciendo a través de la puerta secreta. Harry se puso en pie de un salto y se unió a él. ¿Realmente había estado allí perdido en sus pensamientos durante media hora? Se preguntó qué libro tendría que escuchar hoy.


Los ojos negros de Severus estaban llenos de disgusto mientras miraba alrededor del Gran Comedor. El nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras no había aprendido a mantener su boca cerrada, así que Severus estaba perdiendo rápidamente la paciencia, y sus dientes estaban pagando el precio. Los rechinaba tan ruidosamente que incluso Minerva, que se encontraba en el otro extremo, no pudo evitar hacer una mueca de dolor por simpatía.

—¿Severus, sigue en pie el plan de irnos? —preguntó Minerva, apartando su plato a un lado. Apenas había probado bocado desde su conversación con Severus, pero a pesar de ello no había sido capaz de comer demasiado. O de mirar a Dumbledore; la idea de que él supiese lo que le había pasado a Harry la había dejado helada y herida. Esa noche lo sabría con certeza.

—Por supuesto —, confirmó Severus poniéndose en pie inmediatamente, su rostro impasible, aunque Minerva pudo ver que se sentía aliviado.

El Profesor de Pociones estaba impaciente, más de lo que ella le había visto nunca. Todos los profesores de Defensa le habían crispado los nervios, pero nunca hasta el extremo de mostrar abiertamente cómo de exasperado estaba. Se preguntó si era por el futuro interrogatorio, o por algún otro motivo. Sí, ella tenía la curiosidad de un gato y no podía evitarlo.

—¿Puedo preguntar dónde vais los dos? —preguntó Albus, observándoles con curiosidad. Había estado buscando a Harry sin descanso durante días, parando sólo durante las horas de la comida para que los estudiantes no sospechasen. Apenas había dormido, o había descansado, y estaba agotado. Harry no estaba en ninguna parte; los demás insistían en que no podía haber subido al tren. Aun así no estaba en el castillo y no estaba en Hogsmeade, así qué ¿dónde estaba? No sabía magia, así que era imposible para él haberse Aparecido. Los elfos domésticos se habían unido a la búsqueda y tampoco habían obtenido resultados. Era como si el chico se hubiese desvanecido de la faz de la Tierra; estaba perplejo. Incluso el conjuro en su Detector Oscuro, sintonizado con la magia de Harry, había estado siniestramente silencioso, indicando ausencia de uso de magia.

—A mi destilería favorita en Escocia —, dijo Minerva inmediatamente—. El Profesor Flitwick por su puesto ha estado de acuerdo en vigilar a los Slytherins y Gryffindors hasta que regresemos.

—¿Durante el curso escolar? —dijo Dumbledore, frunciendo el ceño con desaprobación—. Tenemos cuestiones más importantes que necesitan de nuestra atención, ya lo sabéis —. Necesitaba toda la ayuda que pudiese conseguir para encontrar al maldito muchacho. Ya estaba planeando conseguir una poción que hiciese a Harry más susceptible a sus ideas y sugerencias. No le controlaría per se, lo cual significaba que no era ilegal; no podrían tomar ninguna acción en su contra si lo descubrían. Recibiría un tirón de orejas, en todo caso.

Severus estaba agradecido por la rápida intervención de Minerva; él francamente había sido pillado desprevenido por la pregunta. No había estado preparado para ella; para su vergüenza no se había quedado tan mudo en mucho tiempo. Por lo que parecía, había sido salvado de crear una excusa mediocre por la Subdirectora. También le divirtieron las palabras de Dumbledore; ellos no eran los únicos que abandonaban los terrenos de la escuela durante el curso. El viejo lo hacía casi cada semana.

—No tardaremos mucho —, respondió Minerva despreocupadamente, antes de salir por la entrada de profesores. Severus la siguió, su mano dando golpecitos automáticamente al paquete en su bolsillo. Había llegado justo después de la última clase. Encontró muy difícil contener sus emociones; estaba exultante, eufórico, excitado, pero también extremadamente inquieto acerca de cómo Harry se lo tomaría.

—¿Apareciendo o con Traslador, Severus? —preguntó Minerva mientras tomaban la ruta secreta fuera de Hogwarts, cruzando el puente y llegando hasta el límite de las protecciones. Ningún traslador podía ser usado sin las firmas mágicas de los Jefes de las cuatro casas en él. El director y Minerva eran alertados si alguien lo intentaba.

—Tú tienes la dirección, Minerva —, dijo Severus con aspereza. Todavía no sabía a dónde se dirigían.

—He estado allí una vez, sujétate —, dijo Minerva, decidiendo Aparecer a ambos ya que ella sabía exactamente a dónde iban. Ignoró la mueca en el rostro de Severus mientras la agarraba del brazo. Tras algunos segundos allí de pie, la mujer les envolvió a los dos con su magia y se Apareció.

—¿Dónde estamos? —, preguntó Severus, mirando a su alrededor; cada casa era exactamente igual a las demás. Las puertas, la hierba cortada, los parterres… las únicas cosas que las identificaban individualmente eran los juguetes. Bicicletas, osos de peluche, muñecas, Barbies, juegos de mesa y tiendas estaban colocadas en varios jardines.

Minerva estaba de pie frente a una casa en particular, perdida en sus pensamientos. Severus siguió su mirada, curioso acerca del lapsus en su compostura. Algo la inquietaba, de eso estaba seguro—. ¿Qué es lo que te preocupa, Minerva? —preguntó Severus. Mirando hacia la casa, en su interior había una familia con dos niños y un chico más mayor sentados cenando.

—Ésta es la casa a la que Albus trajo a Harry —, dijo Minerva, tragando el nudo que se estaba formando en su garganta—. Le dije aquella noche que ellos eran de la peor clase de muggles. La había observado a ella durante todo el día; ¡su hijo le dio patadas a lo largo de toda la calle! Nunca en todos mis años había visto tanta falta de respeto. Y le recompensaron por ello; Petunia le dio tres tabletas de chocolate de camino a casa. El niño sólo tenía un año de edad; realmente me dejó atónita. Severus, me siento tan responsable; si sólo hubiese venido aquí y me hubiese asegurado de que estaba bien… habría sabido que algo estaba pasando. Podría haber crecido feliz, deseado, querido, y estaría en Hogwarts ahora terminando su último año. No se hallaría perdido y asustado de un mundo que debería amar.

Severus la escuchó; sabía que si Harry hubiese recibido el don de una vida normal, él nunca le habría encontrado ni habría tenido la misma relación que mantenía con él. No sólo se habría asegurado de que el chico le odiase, sino que jamás habría pensado, ni siquiera cuando el chico dejase Hogwarts, en entablar contacto con él. La idea de mantener una relación con alguien a quien había dado clase desde los once años le revolvió el estómago. No podría cambiar nada ni aunque lo desease. Era horroroso y egoísta, pero no querría alterar nada. Amaba a Harry más de lo que había amado a cualquier otra persona, y no quería imaginar su vida sin él. El corazón de Severus dio un vuelco; sus reflexiones eran demasiado profundas para él, y NO quería pensar en eso.

—Harry parece muy furioso y resentido; hablé con Molly y sus palabras me asombraron. Nunca antes la he visto ser así con un niño, ¿pero no se da cuenta de que él tenía derecho a estar furioso? ¡Ella nunca habría permitido que algo así le pasase a uno de sus propios hijos! —dijo Minerva—. Ahora Harry está desaparecido, durmiendo quién sabe dónde, famélico, y odia nuestro mundo.

—¿Dónde vive Figg? —preguntó Severus, queriendo cambiar de tema; se estaba sintiendo inusualmente culpable acerca del hecho de que Harry estaba a salvo. Minerva realmente se sentía culpable acerca de ello; ninguno de los otros lo hacía, aparte de Lupin, pero dudaba que Harry se llevase bien con el lobo alguna vez.

—En el Paseo Wisteria, es por aquí —, dijo Minerva. Dos calles más abajo, de hecho, no muy lejos.

—¿La has visitado alguna vez en realidad? —preguntó Severus, caminando junto a la Animaga gata.

—No —, dijo Minerva—, como dije antes, no la conozco suficientemente bien.

—Hmm —, fue todo lo que Severus respondió mientras caminaban calle abajo. Afortunadamente ya estaba oscuro, con el invierno llegaban los anocheceres tempranos. Era una buena cosa, porque no se habían cambiado, ni siquiera habían usado glamour en sus ropas. Pronto ambos profesores se encontraron en la calle indicada y Minerva aceleró el paso y encontró la casa que quería. Había dos gatos que escaparon inmediatamente a toda velocidad hacia el interior. Sin duda Figg estaría al tanto de su presencia antes de que tocasen a la puerta.

Severus llamó ruidosamente, golpeando con su pie en el suelo con impaciencia, deseando tener respuestas tanto como deseaba volver a Hogwarts. Grace estaba vigilando a Harry; nada ocurriría pero eso no acabaría con la preocupación. Se preguntó si terminaría si se lo contaba a Dumbledore, o empeoraría.

Figg abrió la puerta, consciente de que dos seres mágicos se aproximaban a su casa. Sus gatos podían entender el habla humana, y ella podía hablar con ellos también. Estaba muy sorprendida; nadie había ido a visitarla en todos sus años allí. Ni siquiera Albus; él le había enviado los billetes de tren y el dinero para llegar allí, pero eso era todo—. ¡Minerva! ¡Entrad! —dijo Figg, haciéndoles una seña para que pasasen. No reconoció al hombre con ella, pero asumió que también sería un miembro de la Orden.

Severus contempló su bata rosa y sus zapatillas de andar por casa a cuadros escoceses, antes de entrar él también en la casa. El sofá lleno de muñecas les hacía señas y Severus casi habría preferido permanecer de pie. Aquella era la casa de una anciana, parecida a cómo imaginaba que sería la casa de una abuela, aunque no es como si él hubiese tenido una. Bueno, la había tenido, pero nunca la había conocido. Sentándose se sintió extremadamente incómodo, manteniendo un concurso de miradas con el millón de gatos que había alrededor mientras Figg iba de un lado a otro por la cocina haciendo café o té para ellos.

Había álbumes de fotos sobre la repisa, pero por lo que Minerva sabía Figg no tenía familia. Esa era en parte la razón por la cual ella le enviaba a la pobre mujer postales de Navidad, para que no se sintiese tan sola. De hecho allí estaban los álbumes que Harry hacía tiempo había sujetado y mirado. Eran fotos de todos y cada uno de los gatos que Arabella había tenido.

—¿Qué os trae a los dos aquí? —, preguntó Figg, sentándose tras entregarles dos tazas; parecía muy feliz de tener algo de compañía. Miró fijamente al mago; daba la impresión de ser tan estricto como Minerva en ocasiones. Definitivamente parecía como si no desease estar allí.

—¿Por qué no ayudó a Harry Potter? —le espetó Severus, incapaz de quedarse callado por más tiempo.

Figg se estremeció intensamente al escuchar ese nombre, su taza repiqueteó en el platillo antes de caer al suelo, partiéndose por la mitad y derramando té por todas partes.

Minerva meneó su cabeza, mitad exasperada y mitad divertida por las travesuras del Profesor de Pociones.


Continuará...

¡Hola!

¿Qué tal? ¿Nos echabais de menos?
Sentimos mucho no haber publicado la semana pasada, pero como os habréis dado cuenta, el capítulo era más largo que los anteriores, así que nos ha llevado un poco más de tiempo tenerlo preparado.

¿Qué creéis que será lo que Severus ha encargado en la tienda? Espero que la autora no nos deje mucho tiempo con la intriga, pero, sobre todo, espero que la reunión con Figg sirva para poder perder de vista a Dumbledore...

¡Muchísimas gracias a: CuquiLuna, Yuki92Fer, valethsnape, Aurora Black, Lunatica Drake Dark, mellitacullen, lavida134, liz .hattu79, Ryogana, Sara y angie palomo, por vuestros comentarios!

Nos vemos en unos días ^^

Un saludo

Traducciones. A ver qué sale.