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Capítulo 10: Sombras y Niebla

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El valle se extendía como un gran manto de árboles y hierba, oculto entre las irregulares colinas rocosas que dominaban aquella parte del paisaje. A lo lejos, a pesar de la cada vez más tenue luz del ocaso, el pueblo de Magellan podía divisarse claramente contra el horizonte. Más allá se encontraba el Santuario, trepando como un ordenado conjunto de estructuras sobre la más elevada de las colinas. Era hacia allí, hacia el milenario refugio de Selene, donde el grupo de soldados oscuros arrojaba miradas nerviosas de tanto en tanto. Se trataba de un grupo considerablemente numeroso, más de cincuenta guerreros de armaduras negras, algunos armados con lanzas y espadas de metal oscuro.

—Ya ha pasado demasiado tiempo…—murmuró uno de ellos, volviendo a observar de reojo hacia el horizonte—Deberíamos regresar…

—El señor Cratos nos ordenó que esperáramos aquí—replicó enfurecido otro de los soldados—Él nos dará la señal de avanzar hacia el Santuario cuando haya derrotado a las senshis…

— ¡Ya han pasado tres malditos días!

—Él dejó en claro que podría llevarle cierto tiempo…

—Esto es ridículo…—el primer hombre se levantó de la gran roca sobre la cual estaba sentado—Debemos reunirnos cuanto antes con la otra parte de nuestra legión y volver al castillo. Debemos informar que el señor Cratos…—tragó saliva, inseguro—…ha sido derrotado.

Los miembros de la Segunda Legión Caótica, aquella comandada por Cratos, la personificación de la fuerza y el poder, se observaron entre sí durante un segundo. La inseguridad se vio claramente reflejada en sus rostros durante un largo instante. Era la confianza ciega en su líder, la devoción que le profesaban, lo que los había mantenido esperando allí durante espacio de tres días. La idea de que el general Cratos hubiera sido derrotado era algo inconcebible para ellos. Eso fue lo que pensaron en un primer momento, sintiendo nada más que admiración por el líder que decidía marchar solo hacia el campo de batalla, tanto para protegerlos a ellos, su subordinados, como para acaparar para sí mismo toda la gloria.

Sin embargo, tres días habían pasado desde entonces…y su líder aún no regresaba. Hacía tiempo que habían dejado de percibir su poderosa energía, así como cualquier indicio inequívoco de batalla. Todo parecía indicar lo que ninguno se animaba a aceptar… Pero debían hacerlo. Su lealtad inquebrantable estaba con Cratos, si, pero por encima de ello aún eran soldados de Chaos, el Dios de la Destrucción. Debían regresar al Castillo Negro e informar lo que había sucedido.

Seguido atentamente por la mirada de sus compañeros, el primer hombre en hablar se encaminó hacia los árboles que rodeaban el valle, alejándose del grupo. Alguien necesitaba poner el ejemplo. Poco a poco, casi de uno en uno, el resto comenzó a incorporarse de sus improvisados asientos sobre las rocas, sumidos en un silencio sepulcral. La hora de marcharse había llegado, y sin duda eso fue lo que habrían hecho de no haber visto como el primero en alejarse se desplomaba de pronto contra el suelo, dejando escapar un grueso borbotón de sangre entre sus labios.

Los soldados se detuvieron como si se hubieran tropezado contra un muro de piedra, observando atónitos el cuerpo inerte de su compañero. La armadura negra estaba intacta, sin ningún signo visible de daño. Los ojos enormemente abiertos y la boca llena de sangre constituían el único indicio de que había sido atacado de alguna manera…

¿Pero cómo?

No estaban solos en el valle.

La esbelta silueta se asomó a paso lento entre los árboles, clavando sus opacos ojos violetas en ellos. El espléndido rostro no reveló absolutamente nada a los guerreros de Chaos, los cuales contemplaron en silencio su armadura. Brillante como el sol, hermosa como el astro que representaba, la vestimenta escarlata de Marte parecía un tanto apocada ante la increíble belleza de su portadora.

—Una senshi…—murmuró uno de los soldados, colocándose cautelosamente en guardia.

Sus compañeros hicieron exactamente lo mismo, desbandándose como un enjambre alrededor de la recién llegada, cercándola desde todas las direcciones. Su señor Cratos les había advertido del gran poder de las doce senshis, y para ellos su palabra era ley. A pesar de que habían estado ocultándose a la perfección, de algún modo aquella guerrera se había percatado de su presencia, y estaba allí para matarlos. Pero ellos eran más…muchos más. No debían ser tomados a la ligera. Ni siquiera una senshi podía permitirse algo como eso.

— ¿Quién demonios eres?—insistió el guerrero negro— ¿Qué sucedió con el señor Cratos?

Nada.

La mujer frente a ellos ni siquiera dio señales de haberlos escuchado. Su expresión continuó tan imperturbable como una máscara de piedra, observándolo fijamente de arriba a abajo. En medio de semejante inexpresividad, la ceja azabache que alzó casi pareció extraña en su movimiento.

— ¿Cratos?—preguntó la mujer, con una voz tan fría y clara como la nieve— ¿Ustedes son hombres al servicio de Cratos?

— ¡Así es!—exclamó enfurecido el soldado— ¡Y si algo le sucedió a nuestro señor nosotros nos encargaremos de vengarlo!

El guerrero se lanzó disparado como una flecha hacia la senshi, haciendo arder una energía agresiva y poderosa. Sin embargo, era Reí de Marte quien se encontraba ante él, alguien con quien no convenía sobrepasarse…

Con un movimiento que casi pareció despreocupado, Rei alzó su mano derecha, deteniendo el feroz puñetazo sin ningún esfuerzo aparente. Lo que sucedió a continuación fue demasiado rápido y brutal como para entenderlo en un primer momento. En menos de un segundo, la senshi cerró su mano en torno a la muñeca del soldado, tirando hacia un costado con una fuerza bestial. El brazo fue arrancado de cuajo a la altura del hombro, haciendo crujir los huesos y la armadura en forma escalofriante, todo en menos del tiempo que lleva pestañear.

El guerrero de Chaos cayó de espaldas al suelo en una explosión de sangre, gritando enloquecido. Recién entonces sus compañeros entendieron lo que había pasado, enfurecidos y aterrados por igual. Movidos por el odio ante lo que acababan de presenciar, por la ira que les provocaba la idea de su líder derrotado, los más de cincuenta guerreros se arrojaron hacia la senshi en forma simultánea, cerrando el círculo como una tenaza de acero. Ya no estaban interesados en volver al Castillo Negro; matarían a aquella maldita y luego partirían hacia el Santuario, asesinando a toda la gente de los pueblos que se toparan en su camino. Eso fue lo que debieron haber hecho desde un principio, cuando el Señor Cratos se marchó ordenándoles que aguardaran su señal…. ¡Y lo harían comenzando con una sagrada senshi!

Reí los observó de soslayo a través de los mechones negros que le caían sobre el rostro, arrojando a un lado el brazo desgarrado de su anterior oponente. Todos los guerreros se habían lanzado sobre ella a la vez en un ataque de furia, rodeándola desde todas direcciones. No tenía hacia donde escapar. Sonrió ante ese pensamiento, describiendo un semicírculo en el aire con un veloz movimiento de su mano.

— ¡Fuego Sagrado!

Llamas, cientos de ellas, brotaron como una tormenta en torno a la senshi de Marte, saliendo disparados en todas direcciones a una velocidad descomunal. Antes de que los soldados terminaran de entender lo que había hecho, las innumerables llamas atravesaron sus armaduras y sus cuerpos con una facilidad pasmosa. Aquellas eran las llamas sagradas, un ataque omnidireccional de fuego, las cuales destrozaban todo a su paso con la voracidad de una bestia hambrienta. En menos de un segundo, el medio centenar de guerreros cayó sobre la hierba con un quejido sordo, empapándola con el rojo de la sangre.

Reí observó inexpresiva lo que acababa de hacer. Cerca de cincuenta enemigos yacían inmóviles sobre la tierra, con sus armaduras y sus cuerpos incinerados. El ataque había sido demasiado veloz, demasiado letal como para que algo pudiera sobrevivir. Mejor. Eso era lo que había pretendido desde un primer momento.

Se había estado preguntando por qué la centinela llamada Zell había acudido al Santuario acompañada por su legión de guerreros, mientras que Cratos, el asesino de Sakura, se había presentado completamente solo. ¿Se habían quedado sus hombres fuera del Santuario por alguna razón? Allí, regada en pedazos por el suelo, estaba su respuesta.

Reí dio la espalda a los cuerpos, encaminándose hacia el Santuario a paso lento, cansino. Su larga capa blanca ondeó levemente tras ella, cubierta de grotescos salpicones de sangre.

Sakura estaba muerta, y también los súbditos de su asesino. Ella acababa de asegurarse de eso. Nada de aquello equilibraba las cosas, por supuesto, pero quizás pudiera contribuir en algo a su conciencia… Si en verdad tenía algo semejante.

—Tal vez estemos un poco más a mano ahora, Sakura…—susurró.

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—Maldición…sí que hace frío…—masculló Endimión, arropándose entre los gruesos pliegues de su capa de viaje.

La nieve caía en forma intermitente desde un cielo que parecía hecho de plomo, enfriando tanto el aire que casi dolía respirar. Durante los últimos días, aquella nieve helada y la bruma habían sido la única constante en la inacabable extensión de montañas que se abría ante ellos. El camino hacía rato que había pasado de ser difícil a prácticamente imposible, transformándose en un traicionero amontonamiento de rocas y precipicios. La densa niebla, por si fuera poco, apenas les permitía ver donde ponían los pies, volviendo cada centímetro de camino una maldita tortura.

—El frío es el menor de los problemas…—murmuró Dasha, deteniéndose unos instantes con ambas manos apoyadas sobre las rodillas. Al igual que Endimión, iba cubierta del cuello a los pies por una gruesa capa de viaje de color marrón, pero aún así la profunda fatiga que la aquejaba era más que evidente— ¿Cómo diablos es que puedes ir por ahí como si nada, Minako?

La senshi de Venus soltó un fingido suspiro de resignación, llevándose ambas manos detrás de la cabeza. También lucía una abrigada capa color naranja.

—Estos niños de hoy…—murmuró.

Dasha resopló ofuscada. El frío era el peor que jamás había experimentado, pero aquello no era nada comparado con el malestar que la increíble altura de las montañas provocaba en sus cuerpos. El aire se tornaba imposible de respirar, como si los pulmones fueran incapaces de capturar y procesar el oxígeno; el cuerpo se volvía torpe y pesado, haciendo cada movimiento una hazaña; incluso dormir era una tarea terriblemente difícil. En pocas palabras, les estaba costando horrores acostumbrarse al cambio tan brusco que suponían esos miles de metros sobre el nivel del mar.

Sin embargo, y a diferencia de ella y sus compañeros, la altura extrema no parecía afectar en lo más mínimo a la joven senshi de Venus. Minako abría la marcha tranquilamente, trepando y saltando sobre las enormes rocas con la agilidad de una cabra, sin evidenciar ni la más leve muestra de cansancio. Incluso se permitía silbar una alegre melodía sacando aire de vaya a saber dónde.

—Creí que me había acostumbrado a la altura luego de mi entrenamiento—acotó Zander, echándose la capucha de su capa sobre la cabeza–Pero veo que estaba equivocado…

El joven general parecía estar sobrellevando un poco mejor que sus compañeros el camino, pero aún así el cansancio pesaba en él como una enorme roca.

—Eso les sucede porque se dejan gobernar demasiado por sus cinco sentidos básicos—comentó Minako a la pasada, como si tal cosa.

Endimión alzó una ceja.

— ¿A qué te refieres exactamente con eso?

—A que ven la nieve y la bruma y se desaminan—le respondió encogiéndose de hombros—A que sienten el frío en su piel y la fatiga en sus músculos e inconscientemente se condicionan a la resignación y el cansancio.

—Si a lo que te refieres es al aura, la estamos utilizando para potenciarnos desde que nos subimos a esta maldita montaña…—se quejó Dasha—Una persona normal ya habría muerto luego de tantos días ininterrumpidos de marcha a esta altura.

—Oh, pero no me refería a algo tan sencillo como el aura—la corrigió Minako, acomodándose su pequeño listo rojo—Vayan un paso más allá. Utilicen el sentido supremo que se extiende sobre todos los demás para llevar sus cuerpos por encima de lo imaginable.

Endimión, Dasha y Zander se miraron confundidos entre sí. ¿De verdad no se estaba refiriendo al aura? Lo que Minako acababa de describir, un sentido superior que permitía obrar milagros al cuerpo humano, era lo que ellos entendían lisa y llanamente como aura-energía. ¿Había algo aún más allá de eso? Un tanto alejado del grupo, Dante, clavó el gris de sus ojos en Minako. A diferencia de sus compañeros y de la propia senshi de Venus, no llevaba ninguna capa encima para protegerse del frío. Vestía las sencillas ropas de entrenamiento del Santuario, más una simple chaqueta de piel, casi como si se sintiera a gusto entre las heladas temperaturas de la montaña. Continuó observando a Minako de un modo extraño, y durante un instante pareció que iba a decir algo, pero terminó por apartar la mirada, soltando un fuerte resoplido.

— ¿Qué tan lejos nos encontramos de la Torre de Pallas?—inquirió en tono cortante, indiferente al viento helado que golpeaba contra la piel pálida de su rostro.

Minako lo observó de reojo con una sonrisa, acomodándose un mechón de sus lacios cabellos rubios.

—Oh, Dante, me alegra ver que aún recuerdas como hablar—Guiñándole un ojo.

El general hizo caso omiso de la burla, observando de reojo hacia los lados. La niebla era tan densa y espesa que fácilmente podría untarse en una rebanada de pan con un cuchillo.

—Hace unos días atrás dijiste que ya habíamos ingresado a la región de Pallas—insistió con el mismo tono helado de voz— ¿A cuánto tiempo estamos de la torre de la alquimista?

Los otros tres generales centraron su atención en Minako. Dante estaba en lo cierto; hacía varios días ya que, supuestamente, habían entrado en los antiquísimos territorios de Pallas. El refugio de la restauradora de armaduras no podía estar muy lejos…

Minako volvió a suspirar cansinamente, sacudiendo la cabeza.

—Por eso es que digo que tienen que mirar con algo más que los ojos…—se encogió de hombros, señalando hacia adelante—De todos modos ya estamos a una distancia adecuada ahora. Presten mucha atención a la bruma.

Los jóvenes observaron con curiosidad hacia donde Minako les indicaba. ¿Qué era lo que tenían que ver exactamente? Hasta donde la vista alcanzaba, no podían distinguir nada aparte del denso muro de niebla blanca. Aunque… Endimión abrió grandemente los ojos, avanzando unos cuantos pasos.

—Si…—susurró esbozando una sonrisa—Ahí está… ¡puedo verlo!

Los otros volvieron a mirar, distinguiendo por fin aquello que Minako les señalaba. Un difuso contorno de piedra podía vislumbrarse a una distancia de unos cien metros, surgiendo lentamente sus formas entre la bruma. Se trataba de una gran torre de varios pisos de altura, con un diseño de un vago estilo oriental. La legendaria Torre de Pallas, el lugar donde las armaduras renacían. Endimión amplió su sonrisa, volviéndose hacia sus compañeros.

— ¡Por fin hemos llegado!—exclamó con alegría— ¡En marcha!

Sin esperar respuesta, el joven echó a correr rumbo a la lejana silueta de la torre, aventurándose apresurado entre la niebla. Sin embargo, no pudo alejarse demasiado. La veloz mano de Minako lo sujeto firmemente por el cuello de su capa, trayéndolo de vuelta con un fuerte tirón. Endimión cayó sentado sobre el suelo rocoso, confundido y enfadado a la vez.

— ¡Minako! ¿Qué demonios crees que haces?

La senshi de Venus señaló nuevamente hacia adelante, esta vez con una expresión mucho más seria en su rostro.

—Debes ver con algo más que tus ojos, Endimión…

Recién entonces lo notaron. La niebla se había vuelto un poco más transparente, obsequiando unos cuantos metros más de visión. El duro sendero de roca que habían estado recorriendo concluía bruscamente, dando lugar a una caída de varias decenas de metros. En el fondo del abismo podían divisar la difusa silueta de innumerables estacas de roca, las cuales se erguían como una horrible promesa de muerte. El precipicio se extendía de lado a lado en una increíble extensión de varios cientos de metros, atravesado únicamente por un angosto puente de roca que nacía del sendero, uniéndolo a duras penas con la torre. Endimión había estado a punto de hacer pie en el lugar equivocado. De no haber sido por su compañera, en ese mismo instante estaría empalado en el fondo del abismo…

—Maldición, no me di cuenta…—susurró asombrado—Muchas gracias Minako…

—En fin…—contestó la senshi de Venus sacudiéndose las manos—Ya estamos aquí, así que en marcha. Y estén atentos adónde pisan; no serían los primeros que mueren atravesados por las rocas aquí…

Aquellas palabras no eran las mejores para levantar el ánimo de nadie, pero los jóvenes de no se dejaron intimidar, internándose en el puente uno detrás de otro. El grosor de la piedra apenas era suficiente para permitir el paso de dos personas a la vez, lo cual, sumado a la nieve resbaladiza y al fuerte viento, convertía el avance en un verdadero suplicio…aunque nuevamente no para Minako. La senshi de Venus realizó todo el trayecto con ambas manos detrás de la cabeza, silbando una alegre melodía. Su irritante sentido del humor solía salir a la superficie en situaciones como aquella…

Luego de unos cuantos minutos, aunque para los generales pareció mucho más, todos se encontraban de pie ante la gran Torre de Pallas. La torre en si era una alta estructura de cinco pisos, los cuales disminuían progresivamente en diámetro desde la base hasta la cima. Cada piso poseía un extraño balcón que rodeaba toda la torre, como si una especie de anillo octogonal la rodeara en la división de cada planta. Zander la observó con curiosidad, ajustándose la capucha sobre su larga cabellera negra.

—Es extraño—reflexionó—Veo ventanas en los pisos superiores pero…no parece haber una entrada.

—Tienes razón—observó Dasha, acercándose a la base de la estructura— ¿Vamos a tener que trepar para entrar o qué?

Minako soltó una fuerte carcajada, echándose hacia atrás su amplio sombrero chino.

— ¡Tristán!—gritó haciendo bocina con ambas manos— ¿Acaso es de cortesía hacer esperar a cansados viajeros como nosotros?

Los generales se miraron entre sí, confundidos, y luego se volvieron hacia la enorme estructura. Evidentemente Minako estaba llamando a alguien, aunque no parecía haber nadie dentro de la torre. Luego de unos cuantos segundos de silencio, el fuerte soplar del viento fue la única respuesta que obtuvieron. Endimión se volvió hacia su compañera, quien seguía observando sonriente hacia uno de los pisos superiores.

—Hey, ¿a quién estás…?

— ¡MINAKO!

El grito les llegó sorprendentemente fuerte desde lo alto de la torre. Endimión volteó sorprendido, topándose con la particular imagen de un joven asomado en uno de los muchos balcones de la estructura. El chico saludaba efusivamente con una mano, asomándose tanto que por un segundo dio la impresión de que iba a caerse. Aquella sensación se disparó cuando de pronto tomó impulso para dar un veloz salto hacia abajo, arrancando una exclamación de preocupación y temor por parte de Endimión y los demás. Sin embargo, el joven cayó sobre sus dos pies con la agilidad propia de un gato, sin dañarse en absoluto. Todo lo contrario, ni bien sus pies tocaron el suelo, echó a correr hacia la senshi de Venus a toda velocidad, casi derribándola con un fuerte abrazo.

— ¡Minako!—exclamó encantado— ¡Hacía meses que no te veía!

Minako le devolvió el abrazo riendo a carcajadas, mientras él la levantaba del suelo con ambas manos. Endimión y los demás observaron incrédulos la escena, percatándose de que el joven era bastante mayor de lo que parecía a simple vista. Si bien tenía un cuerpo delgado y lo hacía parecer menor, debía estar cerca de los dieciocho o diecinueve años. Tenía un rostro ovalado y de rasgos infantiles, aunque de una belleza notable, con un par de grandes ojos de un hermoso color celeste muy claro. La corta cabellera era azul oscuro, desparramándose los mechones sobre la cara, vestía una túnica azul, llena de cintas y correas.

—Tristán, me alegra mucho verte de nuevo—sonrió Minako—Cada vez te encuentro más y más guapo. ¿Cómo puede ser posible?

El joven llamado Tristán soltó una risita nerviosa, sonrojándose notablemente.

—Supongo que los chicos del Santuario deben escuchar lo mismo todos los días, ¿verdad Minako?

—No me confundas con Makoto, Tristán, ninguno de los guerreros del Santuario es tan lindo como tú.

El chico volvió a reír nerviosamente, rompiendo a hablar en un torrente de palabras con la senshi de Venus. A un costado, Dasha se acercó levemente a Zander, susurrándole incrédula.

— ¿Es solo mi impresión o esos dos están coqueteando descaradamente?

Zander se encogió de hombros, observando igual de aturdido la escena.

—Desafortunadamente hemos venido aquí por negocios, no por placer—bromeó Minako, señalando con un pulgar hacia sus amigos—Necesitaremos de tus incomparables servicios. También de los del Alquimista.

Tristán miró hacia donde le señalaba, como si recién entonces se percatara de las otras cuatro personas allí presentes. Alzó alegremente una mano, sonriendo encantado.

— ¡Generales de Selene! Sean bienvenidos. Veo que han traído con ustedes sus armaduras. Será todo un honor repararlas.

Dante dio un paso al frente, con una expresión que delataba que no estaba para nada a gusto con la empalagosa escena.

— ¿Tú eres el alquimista de Pallas?—bufó.

—Oh no, tú te refieres a Amy—contestó Tristán, ignorando totalmente la arisca actitud del muchacho—Sin embargo ella no se encuentra aquí ahora.

— ¿No?—preguntó desilusionado Endimión— ¿Dónde se ha ido? Hemos hecho un largo viaje…

—No se preocupen—los tranquilizó Tristán—Mi hermana ha ido a buscar un poco de polvo de Luna, no tardará en regres…

Tristán calló repentinamente sus palabras, abriendo enormemente los ojos. Los generales tardaron un segundo más en notarlo…pero lo notaron. Todos se volvieron bruscamente hacia el angosto puente que acababan de cruzar, clavando sus ojos en la niebla. Sombras, decenas de ellas, se movieron silenciosamente entre la bruma, como si se desprendieran poco a poco de ella. Atravesaron el puente y la niebla en solo unos instantes, deteniéndose a unos cuantos metros de la torre. Endimión se colocó al frente del grupo con gesto imperturbable.

—Soldados de Chaos…—murmuró—Nos han seguido hasta aquí.

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La larga alfombra plateada amortiguó el sonido metálico de los pasos a medida que se acercaba. La senshi avanzó tranquilamente a través de la inmensidad de la habitación, deteniéndose frente al gran trono del patriarca. Esbozó una elegante reverencia, doblando una rodilla sobre la suave tela de la alfombra. Era un mujer esbelta como una lanza, con una larga cabellera negra que le llegaba hasta casi la cintura. Los lacios mechones se desordenaban en múltiples ondas, las cuales le caían como una cortina sobre las hombreras y sobre la regia capa blanca. Sonrió tenuemente, clavando sus ojos dispares en el patriarca.

—Hotaru, senshi de Saturno a sus órdenes, gran patriarca. ¿A qué debo el honor de su llamado?

Magno, el sumo pontífice, entrelazó ambas manos detrás de su larga túnica negra, escrutando atentamente a la mujer arrodillada ante el trono. Era como si incluso él, el líder del Santuario, se sintiera incómodo ante aquella mirada. Los ojos que lo observaban eran heterocromos, de distintas tonalidades, y tan afilados como cuchillos. El derecho era de un violeta muy claro, y el izquierdo de un rojizo que casi parecía sangre.

—Hotaru… Te he convocado para informarte sobre algo sumamente importante.

—Lo que usted ordene, excelencia.

Magno guardó silencio unos instantes, observando fijamente a la senshi de Saturno. Conocía a la perfección a cada una de sus senshis. Después de todo el prácticamente las había criado, convirtiéndose en casi un padre para ellas. Las conocía a tal punto que podía leerlos como un libro con tan solo mirarlas. Sin embargo, Hotaru era como…como…

Como observar un libro en blanco.

—Como ya sabes, dentro de muy poco partiremos hacia Elysion, rumbo al castillo del Señor de la Destrucción—prosiguió el patriarca—El grueso de nuestras fuerzas, senshis, generales y soldados de plata, participarán de esta ofensiva.

—Estoy al tanto de ello, su excelencia.

—Supongo que también sabrás, entonces, que he decidido que la señorita Selene permanezca en el Santuario durante el ataque, ¿verdad?

Hotaru no contestó de inmediato. Guardó silencio unos segundos, observando fijamente al gran patriarca.

—Es una sabia decisión de su parte—declaró—La princesa Selene aún no ha despertado del todo el poder oculto en su interior; sería…imprudente llevarla con nosotros en semejante travesía.

—Lo sé. Por eso es que he decidido que serás tú quien se quede aquí a protegerla.

Hotaru abrió grandemente los ojos durante un segundo, recuperando al instante su fría expresión.

—Su excelencia…—murmuró— ¿No cree que mis habilidades serían de más ayuda en el campo de batalla? No debe olvidar que estos Centinelas han conseguido derrotar a dos de las nuestras, debemos concentrar al máximo nuestras fuerzas en el ataque.

—Lo sé muy bien, Hotaru, y ya he repasado mil veces nuestra estrategia. Esta es mi decisión final.

La expresión de la senshi de Saturno, fría e indiferente, parecía esculpida en piedra; sin embargo, durante un segundo dio la impresión de que comenzaba a alterarse.

—Gran patriarca, Makoto ya se encuentra casi recuperada, tal vez ella debería…

—Makoto también se quedará en el Santuario—la interrumpió Magno—Ustedes dos y un grupo selecto de soldados de plata se quedarán aquí a defender nuestro territorio. Por otro lado, el aura de la señorita Selene formará una gran barrera alrededor del Santuario y los pueblos más próximos. Con todas esas medidas bastará para garantizar su seguridad.

Hotaru levantó la mirada bruscamente, con sus ojos dispares encendidos como brasas.

—Usted no lo entiende, su excelencia… Yo…no puedo quedarme sola aquí…

— ¿Y por qué sería eso, senshi?

Ella bajó nuevamente la vista, incómoda.

—Yo…deseo combatir junto a mis hermanas en el campo de batalla. Deseo medir mis fuerzas contra el enemigo. No olvido lo que los soldados de Chaos nos han hecho.

Magno la observó severamente, como si intentara leer a través de ella. No había modo. Los leves y vagos gestos faciales de la senshi eran lo único que se vislumbraba de sus pensamientos. Era como intentar ver a través de un grueso témpano de hielo.

—Entiendo lo que tu instinto de guerrera te dicta, pero la seguridad de la señorita Selene es la máxima prioridad de toda senshi, y tú has sido escogida para preservarla. No aceptaré más cuestionamientos. Puedes retirarte.

Hotaru lo atravesó con la mirada durante un instante, incorporándose muy lentamente. Esbozó una pronunciada reverencia, dando media vuelta para alejarse a través del pasillo.

De espaldas a ella, Magno no pudo ver el brillo intenso que iluminó de improviso el ojo izquierdo de la senshi de Saturno. No pudo ver la oscura sonrisa que deformó su expresión de oreja a oreja, como si todas las sombras de la habitación se hubieran adherido a su rostro.

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Magno observó en silencio como la senshi de Saturno abandonaba la habitación. Su larguísima cabellera negra ondeó junto a su capa cuando cerró la gran puerta doble, dejando al patriarca a solas con sus pensamientos. Hotaru se había mostrado reacia a permanecer en el Santuario, y por alguna razón la idea parecía incomodarla. Magno no se imaginaba por qué. Incluso con senshis tan frías y solitarias como Pandora y Reí había llegado a establecer algún tipo de relación, había llegado a conocerlas. Pero Hotaru era una verdadera incógnita. Nadie en el Santuario la conocía en realidad, a pesar de que había nacido y crecido en el interior de sus muros. ¿Quién era la silenciosa y solitaria guardiana de Saturno?

La realidad era que, más allá de los motivos que pudiera tener, Magno necesitaba que Hotaru se quedara a proteger a la señorita Selene. Salir a campo abierto con el grueso de sus fuerzas era una jugada necesaria pero peligrosa. Era muy probable que las huestes de Chaos estuvieran esperando una ofensiva a gran escala como la que había planeado, pero Magno confiaba en que no abandonarían el castillo, pues era el lugar donde el sello de Chaos descansaba. No podían dejar desprotegido el recipiente que contenía el alma de su amo y señor. Sin embargo, eso no implicaba que, aprovechando la falta de fuerzas en el Santuario cuando emprendieran el ataque, el enemigo no fuera a enviar a un grupo de asesinos para encargarse de la señorita Selene. Los generales del Dios de la Destrucción habían demostrado ser poseedores de una fuerza asombrosa, la suficiente para igualar a las senshis. Necesitaba de una mujer como Hotaru para defender el Santuario en su ausencia…

—Creo que ha cometido un error al elegir a Hotaru para semejante tarea, su excelencia.

La voz sonó suave como la seda a sus espaldas, sin reflejar en lo más mínimo el reproche en sus palabras. Magno se volvió, observando por encima del hombro.

—Setsuna…

La senshi de Plutón le sostuvo afablemente la mirada, de pie a un costado del trono. Sus grandes ojos eran del color de los rubíes, y poseían el brillo de tranquilidad y sabiduría tan propio en los ancianos. Sin embargo era una mujer joven, muy joven, de piel bronceada como la porcelana y largos cabellos verde oscuro.

— ¿Por qué cuestionas mi decisión?—prosiguió con interés el patriarca.

Quería escuchar lo que Setsuna tenía para decir, pues la senshi de Plutón era poseedora de una comprensión inusual de las cosas. No en vano se encontraba allí en ese momento.

—Hotaru es una mujer sumamente poderosa—explicó Setsuna—Pero también muy…inestable.

— ¿Dices eso por alguna razón en particular?

Setsuna guardó silencio unos instantes, como si buscara las palabras adecuadas.

—No hay hechos concretos que respalden mis palabras, su excelencia. Pero con el paso de los años he aprendido a ver a través del corazón de los hombres, a distinguir el bien del mal.

Magno alzó una ceja. Eso era precisamente lo que no conseguía con Hotaru.

—Ya veo. ¿Y qué puedes decirme sobre ella?

Setsuna lo observó fijamente.

—Todas las personas albergan sombras y luz en sus almas, esa es la naturaleza humana. La mayoría logra establecer un equilibrio en sus emociones, en los impulsos de odio y bondad que rigen nuestro accionar. Sin embargo, puedo ver algo distinto en el corazón de Hotaru… La luz y la oscuridad se encuentran en una batalla eterna y terrible en su interior, una lucha sin tregua ni cuartel que va mucho más allá del simple establecimiento de un equilibrio. Nadie, ni siquiera una senshi, es capaz de soportar indefinidamente semejante contienda. Incluso las voluntades más férreas terminan por quebrarse, más tarde o más temprano…

Magno asintió lentamente, descendiendo los pequeños escalones que conectaban la alfombra con el trono. De alguna manera, eso era lo que siempre había sospechado…

—Gran patriarca, le ruego que reconsidere su decisión—continuó Setsuna—Permítale a Hotaru marchar hacia el campo de batalla como es su deseo…permita que sea yo, no ella, quien se quede aquí a proteger a la señorita Selene.

Magno permaneció de espaldas, silencioso como una estatua. Durante un momento pareció que estuviera considerando la propuesta, pero de pronto se volvió hacia ella, negando lentamente con la cabeza.

—No puedo hacer eso, Setsuna. Comprendo tu inquietud, pero es necesario que las cosas se den de este modo. El poder de Hotaru…nunca vi nada semejante. Ella sola es capaz de destruir a cualquiera que ose poner un pie en el Santuario, lo sabes tan bien como yo. Con el resto de las senshis participando del ataque, ella debe quedarse aquí—Magno sonrió, clavando sus ojos marrones en ella—Tú también debes participar en la ofensiva, Setsuna. Si tú te quedaras en el Santuario y Hotaru viniera en tu lugar, entonces no podríamos entrar al castillo de Chaos.

La senshi de Plutón guardó silencio. Muy a su pesar, el gran patriarca no había tomado a la ligera aquella decisión.

—Makoto nos habló de la barrera de energía que rodea la fortaleza de Chaos, un escudo que no permite el paso a nada ni nadie—continuó Magno—Esa barrera no fue levantada por los centinelas, hombres mortales renacidos en esta era como sus fieles soldados. Ese escudo fue formado por el poder divino de Skotos y Nox, las Tinieblas y la Noche personificados. Sin duda, Hotaru es una de las senshis más poderosas que jamás he conocido, pero…—el patriarca la señaló con un dedo, esbozando una media sonrisa—…necesitaré del poder de la guardiana del tiempo y el espacio para deshacerme de esa barrera.

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—Soldados oscuros…—murmuró Endimión, tensando su cuerpo en una inconsciente pose defensiva— ¿Cuándo fue que empezaron a seguirnos?

Zander se ubicó rápidamente a su lado, de cara al cada vez más numeroso grupo de guerreros. Eran muchos, demasiados, todos envueltos en capas y armaduras negras; justo como aquellos que invadieron el pueblo de Magellan. No obstante, había algo diferente... Los soldados de Zell eran hombres imponentes y agresivos, con cuerpos musculosos cubiertos por gruesas armaduras de color negro. Los que tenían ante ellos, en cambio, eran macilentos y delgados como un cadáver. Se movían en forma silenciosa, veloz, desplazándose sobre las rocas como sombras. Cruzaron el angosto puente de piedra en menos de un parpadeo, formando un semicírculo en torno a la torre. Sus vestimentas también los hacían lucir diferentes. Las largas capas negras los cubrían casi por completo, dejando entrever solo el brillo metálico de las armaduras debajo. Las amplias capuchas, echadas sobre sus cabezas, envolvían sus rostros en sombras, como si cada uno de sus gestos estuviera hecho de pura oscuridad.

Endimión apartó la mirada un instante, echando un rápido vistazo por encima del hombro. Detrás de ellos, Dasha observaba la escena en la misma tensa postura, a diferencia de Dante, quien estaba de espaldas al muro más bajo de la torre, escrutando fríamente al grupo de enemigos. Minako, para variar, sonreía con ambos brazos cruzados sobre el pecho, tan descarada como siempre. En cuanto a Tristán… Endimión parpadeó varias veces. ¿Dónde diablos estaba el?

—Mensajeros de la guerra y la muerte… ¡No son bienvenidos aquí, márchense ahora mismo!

Endimión se volvió hacia adelante, topándose con la inesperada imagen del muchacho de pie ante la hueste. ¿Cuándo demonios se había movido? Confuso, notó como la expresión angelical del joven era reemplazada por una mirada tan fría y cortante como el hielo. Los soldados, no obstante, no le prestaron ni la más mínima atención. Dieron un lento y silencioso paso hacia adelante, estrechando aún más el semicírculo en sobre la torre.

Entonces el aura de Tristán estalló.

Endimión y Zander abrieron grandemente los ojos, perplejos. La energía de aquella joven creció de un modo increíblemente grande en menos de un segundo, tanto, que los guerreros negros se vieron obligados a detenerse, escrutándolo con suma cautela. Sin salir aún del todo de su asombro, Endimión intentó medir el poder que Tristán dejaba entrever a modo de advertencia. Su poder superaba con creces el de un soldado de plata, situándose incluso por encima del de un general, todo ello sin siquiera estar vistiendo una armadura. Concluyó que, como mínimo, aquel chico de aspecto inocente era tan fuerte como él y Dante, tal vez incluso más.

—No volveré a advertirles—exclamó Tristán, envuelto en violentos destellos de energía plateada—Lárguense de aquí o sufran las cons…

El chico se atragantó cuando la mano de Minako se posó de repente sobre su hombro, apretando suavemente. De pie detrás de el, con la mano derecha posada sobre su amplio hombro, la senshi de Venus lo miró sonriendo de oreja a oreja.

—No hace falta que te molestes, Tristán—dijo con aire despreocupado—Ve a buscar a Amy cuanto antes, nosotros nos encargaremos de estos inútiles, ¿verdad muchachos?

Endimión y los demás no pudieron menos que asentir con la cabeza, aún algo sorprendidos por lo que estaba ocurriendo. Tristan los miró durante un segundo, dubitativo, y luego clavó sus ojos en Minako, notando la mano en su hombro y la radiante sonrisa. Tristan se sonrojó furiosamente, calmando por fin su poderosa aura.

—De acuerdo…—murmuró, intentando disimular el rojo intenso de sus mejillas—Pero tengan cuidado…

—No te preocupes. No habrá ningún inconveniente.

Tristan asintió con la cabeza, echando a correr apresurado en dirección contraria a la torre, perdiéndose rápidamente entre la bruma. Para sorpresa de todos, en cuanto el chico desapareció tras la niebla, Minako dio un largo y exagerado bostezo, tumbándose boca arriba en una enorme roca a un costado de la torre.

—Encárguense, muchachos—ordenó calmadamente, cruzando ambas manos detrás de la nuca.

Los generales de plata la observaron incrédulos.

— ¿Pero qué acaso no piensas ayud…?

En ese momento el círculo se cerró sobre ellos. Los soldados se movieron del mismo modo veloz y silencioso que antes, cayendo sobre Endimión y Zander en menos de un segundo. Endimión dio un apresurado salto hacia atrás, eludiendo justo a tiempo el ataque simultáneo de tres de los guerreros. Sus puños se estrellaron violentamente contra el suelo rocoso, generando una extraña explosión de energía oscura que abrió la tierra con escalofriante facilidad. Aún en pleno aire, lejos del estallido, Endimión se quitó la capa de un fuerte tirón, arrojándola hacia un costado. La armadura de plata obedeció al instante su orden silenciosa, como un torrente de luz blanca que lo cubrió de pies a cabeza. Endimión cayó ágilmente sobre sus pies, adoptando su clásica postura defensiva, con los brazos alzados y listos para luchar. La armadura se encontraba severamente dañada, pero aún así le proporcionaría la protección y la amplificación de aura suficiente para acabar con aquellos sujetos.

Zander no tardó en colocarse a su lado, vistiendo también su coraza. Si bien la túnica había perdido prácticamente toda la protección del brazo derecho, se encontraba en bastante mejor estado que la de Endimión. Ambos escrutaron con atención a sus oponentes, afirmando sus posturas. El grupo de soldados se había dividido en círculos más pequeños. Cerca de veinte se encontraban en torno a ellos en ese momento, oscuros y silenciosos. Endimión notó que incluso sus energías se sentían frías y oscuras, como si todo en ellos despidiera un miasma sombrío. Observó de reojo a Zander, sin perder de vista al numeroso grupo de enemigos.

—Tú hazlos volar por los aires—susurró—Yo los remato.

Zander asintió, dibujando una media sonrisa en sus labios. Justo en el instante en que los soldados volvieron a arrojarse sobre ellos, encendiendo sus oscuras energías, el joven se agachó apoyando una mano sobre el suelo.

— ¡Torrente Ascendente!

Una intensa llamarada se extendió como una mancha sobre la tierra, cubriendo casi todo el campo de batalla a una velocidad increíble. El movimiento fue muy veloz, tanto que los guerreros negros no entendieron que estaban parados sobre una trampa mortal hasta que ya fue demasiado tarde. El ataque estalló de repente con un estruendo ensordecedor, formando numerosos géiseres de fuego que brotaron hacia arriba arrasando con todo a su paso. Los soldados salieron violentamente despedidos por los aires, golpeados por cientos de llamas ardientes a la vez. Parado en el punto de origen del ataque, junto a Zander, Endimión no dejó pasar la oportunidad. Aprovechando el poderoso efecto de la técnica de su amigo, tomó impulso para dar un gran salto hacia arriba, atravesando la tormenta de llamas con una agilidad increíble.

— ¡Cometa Lunar!

Aún en pleno aire, Endimión golpeó hacia adelante con todas sus fuerzas. Cientos de esferas azuladas brotaron desde su puño, formando un ineludible entramado de luz que golpeó de lleno a los soldados. Los guerreros negros fueron alcanzados en dos tiempos con una violencia y una sincronización increíbles. El ataque de Zander los arrancó del suelo con una tremenda explosión de fuego, para luego ser alcanzados en pleno aire por el cometa.

Endimión cayó dando un ágil giro al ras del suelo, bordeando el área de combate. Cuando se incorporó, se encontró a sí mismo rodeado nuevamente de enemigos. Algunos de los que habían sido alcanzados por el doble ataque se habían vuelto a poner forzosamente en pie, dispuestos a continuar con la batalla. El joven se colocó espalda contra espalda con Zander, observando seriamente de un lado a otro.

—Estos tipos son duros…—murmuró.

.

Diez, quince, veinte, quizás treinta. Minako observó perezosamente a los hombres que se acercaban con cautela hacia ella. Los soldados parecían asomarse desde todas direcciones, formando un círculo de capas y armaduras negras alrededor de su roca.

La senshi de Venus estaba recostada boca arriba sobre una inmensa piedra, con las manos detrás de la cabeza y algunos mechones rubios cubriéndole el rostro. Frunció el ceño al ver como el grupo de soldados incrementaba aún más su número en torno a ella. ¿Cuántos eran que no se cansaban de venir? Al menos, no eran tan idiotas como para acercarse en un número reducido a ella…

Se sentó lentamente sobre la roca, echándose hacia atrás el cabello. Los soldados detuvieron bruscamente su avance en cuanto la vieron moverse, aún a pesar de que no había hecho más que sentarse con las piernas cruzadas, apoyando un codo sobre una de sus rodillas. Minako sonrió.

—Pensé que demostraban algo de inteligencia al optar por atacarme de a varios a la vez—exclamó alegremente, apoyando el mentón contra la palma de su mano—Pero en realidad me equivoco al suponer semejante cosa… Sin duda son unos perfectos estúpidos por el simple hecho de atreverse a acercarse a mí.

Aquellos sujetos eran fríos y silenciosos como un muerto, pero aún así fue obvio que las despectivas palabras de la joven no les resultaron para nada graciosas. Sin decir una sola palabra, pero moviéndose con la velocidad y el ímpetu que solo la ira puede provocar, el medio centenar de guerreros alzó un brazo hacia Minako, concentrando una oscura estela de energía. El aura brotó de sus puños en múltiples rayos de luz negra, los cuales se fundieron en un solo y enorme meteoro que abrió y destruyó la tierra en su avance. Minako amplió aún más su sonrisa, sin siquiera hacer ademán de moverse de su cómoda posición en la roca.

—Qué inocentes…

Con un movimiento que fue como un relámpago, Minako alzó su mano derecha. La masa de energía oscura impactó de lleno, con todo su poder, en la piel desnuda de su palma. Minako ni se inmutó. El tremendo impacto ni siquiera la hizo temblar sobre su improvisado asiento. Casi con desdén, la joven senshi desvió su mano hacia un lado, sacándose de encima la increíble acumulación de aura. Los soldados observaron en silencio, inmóviles como estatuas, como su ataque coordinado era rechazado con una facilidad asombrosa, saliendo disparado hacia el abismo que se extendía más allá de la torre. Ilesa sobre la roca, aún con la mano extendida hacia ellos, Minako les sonrió descaradamente, guiñando uno de sus claros ojos turquesas.

Los guerreros negros ni siquiera parecieron pensarlo. Enfurecidos por aquella arrogante muestra de desdén, todos se arrojaron en forma simultánea sobre la senshi de Libra, cerrando el cerco sobre ella. Minako suspiró cansadamente.

—Tal y como decía… Idiotas.

Sin darles tiempo a que terminaran de acercarse, Minako agitó vagamente su mano derecha en dirección hacia ellos. Al instante, como si obedecieran una orden invisible, todas las corazas estallaron en miles de pedazos oscuros. Los cuerpos debajo cayeron pesadamente al suelo, más fríos y silenciosos que nunca. Aún cómodamente sentada sobre su roca, la senshi de Venus observó de reojo hacia los lados, contemplando el círculo de cuerpos inertes que la rodeaba. Entonces bostezó, estirando los brazos hacia arriba.

—Espero que los demás entiendan la indirecta—murmuró, volviendo a recostarse.

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Dasha se afirmó sobre sus pies, desafiando con la mirada a los hombres frente a ella. Se había quitado la larga capa de viaje, ideal para abrigarse del frío, luciendo la bella armadura de plata. Con pequeñas hombreras en forma de garra y una sencilla diadema a modo de casco, la coraza mostraba daños superficiales en casi toda su superficie, aunque, aún así, lo suficientemente graves como para que no pudieran comenzar a sanar por sí solos. Dasha estiró ligeramente el brazo derecho hacia un lado, como si quisiera resguardar a la persona detrás de ella.

"Las heridas de Dante apenas comienzan a sanar" se dijo a sí misma "No puedo permitir que entre en combate en ese estado"

Dante se encontraba unos metros por detrás de ella, muy cerca del muro más bajo de la torre. A diferencia de sus tres compañeros, el joven de cabellos rubios no vestía su armadura. El joven escrutó atentamente a los soldados que se cernían cada vez más y más sobre Dasha, paseando sus fríos ojos grises de uno a otro.

—Avancen un paso más y lo lamentarán—advirtió la muchacha, colocándose en una perfecta pose defensiva con las manos tensadas como garras.

Los soldados no le hicieron ni el más mínimo caso. Sus capas negras ondearon como si flotaran cuando se abalanzaron sobre ella, moviéndose a una velocidad sobrenatural. Dasha entrecerró los ojos, preparando cada músculo de su cuerpo para el combate. Haciendo gala de una agilidad felina, la joven brincó suavemente hacia un lado, girando sobre sí misma para conectar una feroz patada en la nuca del primer atacante. El soldado cayó pesadamente al suelo, levantando una nube de polvo y roca. En cuanto logró enderezarse, Dasha volvió a encontrarse rodeada de sombras. Aquellos tipos no iban a hacérselo nada fácil…

Inclinando el cuerpo hacia adelante, con los puños alzados a ambos lados del rostro, la chica se escabulló con una agilidad increíble entre golpes que provenían de todas direcciones, moviéndose entre sus rivales como si interpretara una perfecta coreografía. Detuvo un brutal puñetazo desviándolo hacia un lado con el dorso de la mano, contraatacando al instante siguiente con una patada directo a las costillas. Se agachó justo a tiempo para evitar un zarpazo que podría haberla partido en dos mitades, barriendo las piernas de su oponente con un veloz movimiento hacia atrás. No sin cierto esfuerzo, bloqueó con las manos y los antebrazos una lluvia de golpes de tres adversarios al mismo tiempo, saltando en línea recta hacia arriba para derribarlos con tres patadas en forma casi simultánea. Aún así, se vio obligada a retroceder girando al ras del suelo cuando el número de oponentes se volvió insostenible, poniendo la mayor distancia posible entre ella y las sombras.

Dasha encendió enormemente su aura, consciente de que debía acabar lo más pronto posible con todos ellos. No podía permitir que el combate se prolongara mucho más… Sin otra idea en mente, cruzó ambos brazos por delante del cuerpo, focalizando toda su energía en la punta de sus dedos. Si aquello no los detenía, entonces nada lo haría…

— ¡Impulso de Luz!

La joven extendió su brazo derecho hacia adelante, con los dedos fuertemente tensados. Cientos de líneas de luz blanca salieron disparadas al instante en todas direcciones, entrelazándose unas con otras en una caótica telaraña de energía. Los soldados se movieron velozmente entre los rayos de luz, intentando escabullirse a través de ellos… Pero no había modo alguno de lograrlo. Dasha incrementó aún más su energía, multiplicando en una ráfaga el número y la velocidad de los hilos plateados que brotaban de sus dedos. Aquello fue todo. Las armaduras negras estallaron cortadas en pedazos, al igual que los cuerpos que se ocultaban debajo. En menos de un segundo, la decena de guerreros que se había lanzado sobre ella cayó inerte contra el suelo, tiñendo las rocas y la tierra con el rojo de la sangre.

Pero aún no terminaba…

Dasha retrocedió sobre sus pies, observando consternada como un grupo aún más numeroso que el anterior se aproximaba lentamente hacia ella, al asecho. ¿De dónde rayos habían salido? Notó por el rabillo del ojo que tanto Endimión como Zander continuaban luchando a unos cuantos metros de su posición, afanándose por no ceder ante el número cada vez mayor de enemigos. No importaba que los derribaran uno tras otro, o que utilizaran sus técnicas más poderosas, simplemente seguían apareciendo como si brotaran de la misma tierra… Volvió a concentrarse en los guerreros frente a ella. Sus oscuras auras crecieron en forma amenazadora, resquebrajando el suelo bajo sus pies. Calculó que debían ser, por lo menos, unos quince los que intentaban rodearla; todos listos y preparados para entrar en combate.

—No saben cuando darse por vencidos, ¿verdad…?—murmuró, volviendo a tensar sus manos en la misma postura de ataque—Los obligaré entonces…

Dasha alzó el brazo derecho, concentrando fuertemente su aura. El Impulso de Luz era una técnica veloz y poderosa que le permitía encargarse de varios enemigos a la vez. Sin embargo, ejecutar una técnica de esas características suponía un gran consumo de energía para ella, sin contar que quedaba totalmente expuesta durante el breve segundo que le tomaba hacerla estallar entre sus dedos. Debía asegurarse de que el siguiente ataque fuera el último o lo lamentaría…

— ¡Impulso de…!

Dasha se detuvo bruscamente, observando con los ojos muy abiertos. A paso lento, casi indiferente, una silueta se colocó tranquilamente entre ella y los guerreros negros. Dasha observó incrédula como Dante, sin siquiera llevar puesta su armadura, alzaba lentamente un brazo hacia adelante

—Danza Gélida.

Fue hermoso. Pequeñísimas partículas de luz blanca, miles de ellas, se formaron de repente en el aire gélido de la mañana, danzando lentamente alrededor del grupo de soldados. Los guerreros negros observaron confusos como esas diminutas chispas de luz bailoteaban alrededor de sus cuerpos, perdiéndose entre los pliegues de sus capas y armaduras. Era como si un inmenso enjambre de luciérnagas se hubiera materializado de la nada en torno a ellos, danzando con elegancia en el aire… Entonces, tan bruscamente como habían aparecido, las miles de partículas brillaron con intensidad, pegándose a las ropas y las armaduras en menos del tiempo que lleva pestañear.

Los soldados gritaron; gritaron cuando las partículas se encendieron con más intensidad que nunca en un enceguecedor estallido de luz blanca. Dasha alzó ambos brazos, sorprendida, intentando protegerse del intenso resplandor. Cuando fue capaz de volver a enfocar la mirada, se topó con un bello y escalofriante espectáculo. Los casi veinte guerreros habían sido reemplazados por un conjunto de brillantes estatuas de hielo azul, las cuales tenían las bocas abiertas en una mueca de asombro, observándose las manos como si intentaran comprender que era lo que les había sucedido. Pero nada de aquello duró. Dante cerró bruscamente su mano extendida en un puño, y entonces las estatuas estallaron. Cientos de trozos de hielo humeante salieron despedidos en todas direcciones, desintegrándose en partículas rojas de sangre al chocar contra la tierra.

Dante se tambaleó, cayendo de rodillas al suelo. Una pequeña mancha escarlata comenzó a dibujarse a un costado de su abdomen, justo a la altura de las costillas. Aquel ataque había supuesto un esfuerzo considerable para su delicado estado…

— ¡Dante!

Dasha se acercó apresurada, arrodillándose a su lado, pero él alzó bruscamente una mano indicándole que se detuviera.

—Pero Dante…—murmuró preocupada—Tus heridas…

El joven no le prestó atención. Observó atentamente de un lado a otro del campo de batalla. Zander y Endimión continuaban midiéndose contra un grupo cada vez mayor de enemigos, y nuevos soldados comenzaban a acercarse lentamente hacia ellos. Maldijo por lo bajo. Era como si los malditos salieron del mismísimo abismo que bordeaba la torre; inmensas e innumerables hormigas oscuras trepando por las paredes de piedra. Volvió a apartar la mirada, esta vez centrándola a un costado del campo de batalla; en la relajada figura recostada boca arriba sobre la enorme roca. Minako descansaba tranquilamente al margen de todo, con las manos cruzadas detrás de la cabeza y el cabello rubio cubriéndole el rostro, como si intentara hacerse sombra para echar una siesta.

—Podrías levantarte de ahí y hacer algo… ¿no lo crees?—masculló Dante, enfurecido.

A pesar de la distancia, y del clamor de la incesante batalla, Minako lo escuchó perfectamente. La senshi de Venus movió con el dedo índice algunos mechones , descubriéndose el rostro. Sin demostrar demasiado interés, se incorporó a medias de su relajada posición, sentándose con las piernas cruzadas sobre la roca. Echó un vistazo alrededor con el ceño fruncido, como si intentara decidir si debía enfadarse o no por la molestia. Finalmente se encogió de hombros, levantándose de un salto.

—Pues bien—dijo en tono aburrido—Si quieres algo bien hecho entonces hazlo tú misma.

Minako se encaminó tranquilamente hacia el centro del campo de batalla, silbando la misma irritante melodía que había estado entonando durante todo el largo viaje. A pesar de su despreocupada actitud, fue como si el aire se hubiera enfriado de improviso. Los soldados que enfrentaban a Endimión y Zander se detuvieron, volviéndose cautelosamente hacia ella, y lo mismo hicieron los que habían comenzado a rodear a Dasha y Dante. Minako sonrió macabramente, tronándose los nudilllos.

—Vaya, vaya…—comentó en tono divertido—Al menos puedo elogiarles algo. Ustedes sí que saben reconocer el peligro cuando lo tienen adelante.

Minako empuñó su mano derecha llevándola lentamente hacia atrás, a la altura de la cadera. Aquel simple movimiento bastó para que todos los soldados retrocedieran bruscamente un paso en forma simultánea, a pesar de que la senshi de Venus se acercaba hacia ellos sin ninguna protección. Minako amplió su sonrisa. Sus lacios cabellos dorados se agitaron cuando encendió de repente su incomparable energía, apenas una mera fracción de su verdadero poder.

— ¡Prepárense para enfrentar la furia de Venus!—exclamó— ¡Rayo Creci…!

Lo que sucedió a continuación fue algo muy similar a la técnica de Dante. Tanto Minako como todos los presentes parpadearon confundidos, observando los diminutos puntos de luz celeste que empezaban a formarse de improviso en el aire. Se volvieron hacia Dante, creyéndolo el responsable, pero había algo diferente… Las partículas comenzaron a moverse velozmente en forma sincronizada, como si obedecieran algún tipo de fuerza invisible, ubicándose alrededor de los centinelas en menos de un segundo. Minako y los jóvenes generales observaron asombrados como aquella nube de polvo helado los ignoraba por completo, confluyendo hacia los guerreros negros como atraída por un imán.

— ¡Extinción Glaciar!

La exclamación sonó levemente en algún punto a sus espaldas, pero ni Endimión ni los demás tuvieron tiempo para voltear. Antes de que nadie pudiera siquiera reaccionar, los puntos luminosos estallaron en una increíble columna de luz Celeste. La explosión fue tan poderosa que la onda expansiva los arrojó de espaldas al suelo. Endimión observó atónito como un inmenso pilar de energía se extendía majestuosamente hacia los cielos, abriendo un hoyo en las lejanas nubes sobre sus cabezas. La posición que los soldados habían ocupado fue arrasada por completo en un abrir y cerrar de ojos. No solo se trataba de la increíble explosión, sino también de la onda de choque generada, la cual se extendió como un anillo invisible destrozando todo a su paso.

— ¿Pero qué diablos fue eso?—exclamó Dasha aún con los brazos alzados, observando atónita el resultado de aquel indescriptible ataque.

Las decenas de enemigos que hasta hacía unos instantes los habían enfrentado habían desaparecido por completo, como si nunca hubieran estado allí. Sin embargo, los pocos restos de armadura repartidos aquí y allá, en el inmenso cráter en el que se había transformado el campo de batalla, delataron la escalofriante verdad oculta tras el humo y las rocas: el ataque prácticamente los había congelado y vaporizado… Los guerreros negros habían sido reducidos a polvo perdido en el aire.

¿Qué demonios había pasado allí?

Al cabo de unos segundos de inalterable silencio, Minako se adelantó unos cuantos pasos con gesto disgustado, llevándose ambas manos a la cintura.

— ¡Hey!—exclamó indignada— ¿Justo cuando estoy a punto de irrumpir gloriosamente en escena tienes que aparecerte con semejante entrada?

Los jóvenes no habrían sabido a quien le estaba hablando de no haber escuchado los repentinos pasos a sus espaldas, acercándose con toda la tranquilidad del mundo hacia ellos. Voltearon bruscamente, topándose con… ¿Tristán?

El chico les sonrió de oreja a oreja, alzando una mano con los dedos índice y mayor extendidos en forma de V.

— ¡Aquí llegó la caballería, muchachos!—exclamó divertido.

Pero no había sido él quien había desatado aquella terrible y precisa destrucción…los generales de plata lo supieron de inmediato. La responsable era la silenciosa mujer detrás de el; una mujer que observaba con una inexpresividad mortal lo que quedaba del campo de batalla. Minako se acercó a ella con una sonrisa que estaba a medio camino entre lo divertido y lo cómplice.

—Sabes cómo robar el protagonismo cuando te lo propones, eh Amy—exclamó risueña, apoyando sonoramente una mano en el hombro de la recién llegada.

La mujer llamada Amy la observó durante un segundo con una frialdad que habría congelado el mismísimo infierno. Era una mujer alta y delgada, vestida con una larga túnica blanca y una capa de un gris azulado, la cual daba varias vueltas alrededor de su cuello y sus hombros a modo de bufanda. Al igual que Tristán, tenía los ojos de color celeste y el cabello corto y azul. De improviso, sus labios blancos y hostiles se estiraron esbozando una media sonrisa, la cual se vio algo extraña en su expresión de piedra.

—Tu ridículo Rayo Luciente, o lo que sea, solo habría alcanzado a unos cuantos de ellos—explicó clavando su mirada en la senshi de Venus—Yo simplemente aceleré un poco las cosas.

Minako se echó a reír, dándole una fuerte palmada en el hombro.

— ¡Que me parta un rayo! ¡Tienes sentido del humor!

—Y tú sigues siendo una mocosa inexperta si en verdad no notaste que los hombres de Chaos los estaban siguiendo.

Minako se encogió de hombros.

—Sí que me di cuenta, pero no pensé que valiera la pena perder el tiempo con semejantes basuras.

— ¿Tú eres el alquimista de Pallas?—preguntó Dante bruscamente. Su expresión y su tono de voz indicaban que no estaba para nada a gusto con que los ignoraran de esa manera.

Amy lo miró como si recién se hubiera dado cuenta de que estaban allí, sonriendo en forma despectiva.

—En efecto, yo soy a quien buscan, pero…—miró de reojo hacia el delgado puente de piedra que llevaba hacia la torre—…ahora no puedo ocuparme de ustedes, generales.

Antes de que Dante pudiera protestar, Amy se volvió hacia la senshi de Venus con gesto serio.

—Te percataste de que los soldados te seguían pero… ¿Acaso no lo notaste a el?

Minako se dio cuenta un segundo antes de voltear y mirar hacia donde Amy le señalaba. Fue el cielo. A pesar de que ni siquiera era mediodía aún, de repente todo pareció oscurecerse, como si la noche acabara de caer desafiando las reglas de la naturaleza. Luego lo vio. Todos lo vieron: Una fina silueta avanzando lentamente a través del angosto puente de piedra, cubierta de la cabeza a los pies por una larga capa con capucha. Con cada paso que daba, la oscuridad se extendía bajo sus pies como si fueran una inmensa mancha negra, trepando por las rocas y la tierra del suelo. Se detuvo a solo unos cuantos metros de ellos, con el rostro cubierto por las sombras que proyectaba la capucha. La gracia y la delicadeza en sus movimientos, contrastaban con la musculatura bajo la tela negra.

—Es hombre…el…—murmuró Zander, atónito.

Sus compañeros entendieron perfectamente a que se refería. A pesar de que el recién llegado no había hecho más que caminar hacia ellos, proyectando aquellas escalofriantes sombras a su alrededor, todos pudieron sentir con claridad el inmenso poder oculto en la penumbra. Minako sonrió como una fiera, entrecerrando sus ojos turquesa.

—Oh…—susurró en tono casual—No lo había notado… Pero puedo darme cuenta de que el sí será todo un desafío…

Amy guardó silencio, observando al hombre con el ceño ligeramente fruncido. Movió los labios, como si quisiera decir algo, pero su expresión se congeló de repente en su rostro, transformándose en una mueca de asombro total cuando el hombre alzó lentamente las manos, quitándose la capucha. El rostro era blanco como el mármol, y poseedor de una belleza indescriptible. La fina nariz, los contornos ovalados del mentó y las mejillas, los labios delgados, todo parecía esculpido con la destreza divina de un dios. Los grandes ojos negros, tan oscuros como sus cabellos, se clavaron en ellos con una expresión de melancolía y tristeza infinitas. Amy retrocedió involuntariamente un paso, observándolo perplejo.

— ¿Tú…?

. . .

—Su excelencia…—Haruka, la senshi de Urano, se arrodilló solemnemente ante el trono del patriarca— ¿A qué debo el honor de su llamado?

De pie ante el gran trono que coronaba la habitación, Magno la observó en silencio durante varios segundos, con ambas manos entrelazadas detrás de la cintura. El patriarca era un hombre alto y fornido para su edad, con un par de grandes y brillantes ojos marrones que provocaban una sensación extraña en aquellos que lo contemplaban… La sensación de estar ante un hombre que lo ha visto todo.

—Por favor ponte de pie, Haruka—ordenó en tono afable, haciéndole un gesto con la mano para que se levantara.

La senshi obedeció, incorporándose en forma pausada y fluida. La larga capa blanca se agitó levemente sobre las hombreras azul oscuro de su armadura, haciéndola ver aún más imponente y elegante. Haruka era una muchacha de aspecto serio, de astutos ojos azules y corta cabellera dorada, a pesar de su joven apariencia llevaba la nobleza y la elegancia impresa en cada uno de sus movimientos.

—Me encuentro a sus órdenes, excelencia…

Magno asintió levemente con la cabeza, descendiendo los pequeños peldaños que llevaban hacia el trono.

—He tomado una decisión Haruka, una muy importante—informó—Y es necesario que la escuches y medites sus consecuencias.

La joven inclinó levemente la cabeza, esbozando una media sonrisa.

—Lo escucho.

Magno guardó silencio unos instantes, mirándola fijamente a los ojos. Entonces él también sonrió.

—He decidido que serás tú, Haruka guardiana de Urano, quien me suceda como Líder del Santuario.

Haruka, aquella muchacha de aspecto serio, abrió inmensamente sus ojos azules, intentando asimilar lo que acababa de oír.

— ¿Cómo…cómo ha dicho?

—He dicho que tú serás mi sucesora.

Haruka desvió la mirada hacia el plata de la alfombra, incrédula. No podía creer lo que estaba escuchando. Magno, de pie a solo unos pasos de ella, la contempló con suma atención.

— ¿Qué sucede? ¿Acaso no aceptas el gran honor que te ofrezco?

—No…no es eso—murmuró la senshi de Urano, alzando nuevamente la mirada—Pero… ¿qué hay de Setsuna, de Hotaru, de Pandora…? Ellas son las más poderosas entre nosotras. ¿No deberían ser ellas, no yo, las merecedoras de este honor?

Magno se echó a reír.

—En primer lugar creo que te subestimas, Haruka. Tú puedes ser tan poderosa como cualquiera de ellas.

Haruka torció su expresión ligeramente.

—Aún siendo así…

—En segundo lugar—la interrumpió Magno—Cometes un gran error si crees que el poder de una senshi es lo único que la califica para convertirse en la mayor guardiana de este Santuario—Magno abrió ambos brazos—Sé a qué te refieres y entiendo tus inquietudes. Setsuna posee una energía que ni yo ni nadie podría igualar jamás; no por nada es conocida como la guardiana del Tiempo y el Espacio. Aún así, Setsuna es por naturaleza una observadora espiritual del universo. Ella está en este mundo para contemplar el devenir de la historia y de los seres vivos, para escuchar y aprender. Eso la convierte en alguien asombrosamente sabia y en una gran consejera, pero no en una líder. Setsuna no podría liderar el Santuario porque simplemente no le interesa hacerlo.

Haruka volvió a bajar la mirada.

—No lo había pensado de ese modo…

—Hotaru es un caso totalmente diferente—continuó Magno—Haces bien en verla como alguien increíblemente poderosa porque lo es; sin duda lo es… Pero Hotaru no existe del mundo hacia afuera, no quiere existir. Es fría y solitaria y no busca ni aprecia el contacto con los demás, ella jamás podría cargar sobre sus hombros la responsabilidad por todas las vidas del Santuario; jamás podría convertirse en su líder. Algo similar ocurre con Pandora, pero incluso peor. Pandora es una mujer con un corazón lleno de odio y dolor, alguien que ha sufrido tanto que se ha vuelto incapaz de relacionarse con nadie. Una personalidad negativa como ella no puede gobernar, no debe gobernar…

— ¿Y qué hay de Asteria?

Magno hizo un gesto ambiguo con la mano.

—Mi hija es una mujer justa y sabia, eso es algo que nadie pone en duda. Pero por otro lado, nadie la conoce ni la conocerá tan bien como yo. Sé que a pesar de toda su gran bondad y sabiduría, su carácter continúa poseyendo una pequeña dosis de orgullo y rebeldía que un líder no puede permitirse. Esa es razón más que suficiente para nombrar a alguien más.

Haruka pareció dudar un instante.

— ¿Entonces…por qué yo?

Magno amplió su sonrisa.

—Eres una guerrera que posee un gran poder, Haruka, justo como Setsuna, Hotaru y Pandora; pero es por tu sentido del honor y la justicia, por la lealtad incorruptible que profesas hacia tus pares, y por la bondad innata en tu corazón que te he escogido.

El anciano sacerdote hizo una pausa para que su oyente pudiera asimilar lo que acababa de decir. No obstante, Haruka continuó con sus grandes ojos azules clavados en el suelo.

—Sus palabras me halagan, su ilustrísima—murmuró, sacudiendo levemente la cabeza—Pero muchas de mis compañeras en armas también comparten esas cualidades, no veo por qué yo…

Magno posó ambas manos sobre los hombros de la muchacha, mirándola fijamente.

—Tú conociste la muerte y el dolor cuando aún eras solo un niña—susurró—Lo que tú sufriste aquel día es algo que habría quebrado el corazón y el espíritu del más duro de los hombres. Mira lo que sucedió con Pandora… Ella jamás fue capaz de sobreponerse a la muerte de su familia, y ha cargado con ese terrible peso desde entonces; ha sido consumida lentamente por él. Sin embargo tú…tú has podido superarlo. Tú aún eres capaz de sonreír y de mirar hacia adelante, de luchar por un futuro para ti y para tu pequeño hermano, a quien protegerías aún a costa de tu propia vida. Ese deseo de seguir adelante, esa lealtad hacia los demás, esa nobleza, es lo que me ha hecho escogerte.

Ambos permanecieron en absoluto silencio. Durante unos segundos, las palabras de Magno y todo lo que conllevaban quedaron flotando en el aire, resonando en la mente de una joven que sabía que debía tomar una decisión.

—Yo…—susurró Haruka—Yo necesito tiempo para pensarlo.

—Oh, sí, tiempo…—reflexionó el patriarca, encaminándose nuevamente hacia el gran trono de ébano—Todos necesitamos tiempo. Y lo tendrás. Dentro de una semana a partir de ahora me gustaría conocer tu respuesta—sonrió—Y espero que sea la correcta.

Una semana. En ese momento había sido una semana, lo cual era un plazo razonable. Después de todo, no había manera de que ella, ni Magno, ni nadie, pudiera haber siquiera sospechado lo que ocurriría al otro día. Al día siguiente, al anochecer, Delta, centinela de la Tercera Legión Caótica, arribó al Santuario; marcando el nefasto devenir de los sucesos actuales. No había vuelto a hablar con Magno desde entonces, y no podía evitar preguntarse qué pasaría por la mente del anciano pontífice. Cuando todo aquello terminara, si ganaban la guerra, si sobrevivían… ¿Seguiría aún sobre sus hombros la responsabilidad de semejante elección?

—Adelante nuestro. Otra vez…

La voz irritada de Michiru la trajo de vuelta a la realidad. Haruka alzó la vista, notando al enorme contingente de soldados al final de la calle. Asintió seriamente con la cabeza, adelantándose unos cuantos pasos.

—Yo me hago cargo.

Aquel no era el momento de estar pensando en semejantes cosas. Ella era una senshi al servicio de Selene, y tenía una importante misión que cumplir. Tal vez, en el futuro, si era la voluntad de los Dioses, podría permitirse pensar en ello. El presente, en cambio, era mucho más apremiante.

—Yo me hago cargo…—repitió, como si quisiera convencerse a sí misma de que ese era su lugar, en el campo de batalla.

Detrás de ella, Michiru, la senshi de los Mares, se encogió ligeramente de hombros, apoyándose de brazos cruzados contra el muro de una de las casas de piedra y madera. Esta era la cuarta ciudad que visitaban. Siguiendo las órdenes del patriarca, habían seguido la pista a las extrañas muertes que habían estado produciéndose en las poblaciones cercanas a la fortaleza de Chaos. Las tres primeras ciudades se habían convertido en pueblos fantasmas. No se habían topado con absolutamente nadie en ellas…al menos no con nadie que estuviera vivo.

Haruka sintió un escalofrío trepando por su espalda al recordar los cuerpos tendidos en la calle. Era tal y como Magno les había advertido. Aquella gente yacía en el suelo y en el interior de las casas como si se hubieran quedado dormidos de repente. No había temor en sus expresiones, ni daños visibles en sus cuerpos. En verdad parecían dormidos. Pero no lo estaban. Estaban muertos… Tres ciudades enteras, incluyendo a sus guarniciones militares, completamente muertas.

Haruka no se explicaba que demonios podía haber sucedido. Michiru, para su tremenda irritación, tampoco. Sin embargo, las cosas resultaron diferentes en la cuarta ciudad. Era, en realidad, más un pueblo grande que una ciudad; un gran conjunto de calles adoquinadas y edificaciones bajas de piedra, con bellas torres y plazas repartidas aquí y allá. En esa ciudad la gente no estaba muerta. Estaba dormida. Haruka y Michiru los encontraron tirados en la calles, durmiendo un sueño del cual era imposible sacarlos. Lo habían intentado todo, pero no despertaban. Era como si sus almas, no sus cuerpos, hubieran caído rendidas ante Morfeo. Haruka no podía evitar pensar que aquello era lo que le había sucedido a la gente de las otras ciudades. Primero se habían sumergido en ese extraño sueño, el cual, poco a poco, con cada respiro, les iba consumiendo la vida. Esa gente iba a morir si no la despertaban.

Michiru había meditado durante largo rato que era lo que podían hacer para traerlos de vuelta, antes de que fuera demasiado tarde. La senshi de Neptuno suponía que debía haber un responsable; alguien que, de algún modo, estaba matando a toda aquella gente. Algún tipo de energía debía inducirlos en ese sueño mortal. Si encontraban la fuente de esa energía, y la anulaban, tal vez todos despertaran…

Era una teoría interesante, pero la repentina aparición de los guerreros negros les impidió ahondar más en ella. Habían aparecido de la nada, surgiendo de los espacios entre las casas como si se hubieran despegado de las paredes. No se habían topado ni con el más mínimo rastro de soldados en las tres anteriores ciudades. Ésta, sin embargo, parecía invadida por una legión completa, y la gente estaba dormida, no muerta. Eso solo podía significar una cosa. Quien quiera que fuera el responsable se encontraba allí en esos momentos…

Haruka avanzó a paso lento a través de la calle. A pesar de la creciente oscuridad de la noche, la enorme luna llena sobre sus cabezas le permitía ver a la perfección al grupo de soldados. Debían ser cerca de cien, todos cubiertos con armaduras y capas de color negro. Exactamente iguales a los que habían invadido Magellan. Detrás de ella, con los brazos cruzados y la corta cabellera aguamarina cayéndole sobre las hombreras, Michiru los contempló atentamente.

—Encárgate de ellos—ordenó con voz helada—Pero deja alguno con vida. Hay cosas que debemos averiguar.

Haruka asintió justo en el momento en que el centenar de soldados la atacaba en forma simultánea. Todos echaron el brazo hacia atrás al mismo tiempo, encendiendo una poderosa energía tan roja como la sangre. Haruka alzó una de sus cejas al sentir esas potentes auras, pero no detuvo en lo más mínimo su avance. Tampoco se detuvo cuando cientos de rayos escarlata salieron disparados hacia ella como una ineludible tormenta de sangre, una lluvia de meteoros caída desde el cielo. La senshi de Urano alzó su brazo derecho, colocando la mano en forma de lanza. Y entonces la agitó. La sincronizada ofensiva enemiga, la roja tormenta de aura, se disolvió bruscamente en el aire. Una presión invisible la atravesó de lado a lado como una espada, avanzando a una velocidad imposible hacia los soldados. Éstos nunca supieron que fue lo que sucedió. La presión dorada rompió sus filas en una fracción de segundo, atravesándolos horizontalmente de lado a lado. Una abundante línea de sangre salpicó la calle, pero ni siquiera al verla, roja y brillante sobre los adoquines, se dieron cuenta de lo que había pasado. Todo sucedió demasiado rápido. Muchísimo más de lo que siquiera podían llegar a imaginar.

Haruka bajó lentamente el brazo, observando con una seriedad mortal a sus adversarios. Ni siquiera parpadeó cuando, de repente, absolutamente todos los cuerpos cayeron al unísono contra el suelo, partidos por la mitad a la altura de la cintura. Michiru se acercó lentamente hacia ella, observando la macabra escena con una ceja alzada.

—Que forma tan poco elegante de hacerlo—protestó.

A diferencia de los soldados, ella si había visto lo que había sucedido. Los guerreros negros habían atacado a Haruka al mismo tiempo, proyectando sus auras sobre ella. La senshi de Urano, no obstante, ni siquiera se había molestado en eludir el ataque. Con un solo movimiento de su brazo, demasiado rápido para verlo, la senshi generó una presión horizontal que atravesó por completo el ataque enemigo, neutralizándolo y continuando su mortal avance. Como si fuera una inmensa espada, la presión creada por Haruka atravesó de lado a lado, a la altura de la cintura, a absolutamente todos los soldados. Un solo movimiento. Así de sencillo. Rápido, limpio y veloz. Así era Haruka. Sus brazos y piernas eran afiladas espadas que podían cortar hasta los mismísimos dioses.

Michiru avanzó tranquilamente hacia el amasijo de cuerpos mutilados sobre la calle. De la misma forma despreocupada se inclinó para levantar por el cuello a uno de los soldados, uno que, no por casualidad, no había sido partido por la mitad como los demás. De todos modos, la terrible herida horizontal que abría su armadura no le dejaba mucho tiempo de vida.

—Habla—ordenó fríamente— ¿Quién está haciendo todo esto?

El soldado, pálido como la cera, apretó los ojos y los dientes por terrible el dolor. Sin embargo, se las arregló para sonreír.

—Van…van a morir esta noche, senshis de Selene…—murmuró con voz gorgojeante, observando de reojo hacia un costado. Hacia arriba—Nuestro señor se encargará…

Michiru miró en la misma dirección, entrecerrando sus ojos turquesas. Allí, en lo alto de una de las casas, tranquilamente sentada al borde del tejado, alguien las observaba. Michiru soltó bruscamente al soldado, poniéndose de pie. Haruka no tardó en colocarse a su lado, observando en la misma dirección.

— ¿Quién diablos eres tú?

Se trataba de una muchacha. Tal vez no tuviera ni siquiera veinte años. Estaba sentada con las piernas cruzadas sobre el techo de una de las casas, cubierta del cuello a los pies por una hermosa armadura negra con grabados en plata. De pequeñas hombreras redondeadas, la armadura se ceñía perfectamente a cada contorno de su cuerpo, dotándola de una apariencia esbelta y delgada. Una larga capa blanca, con bordados en hilo de oro, le cubría las espaldas. Tenía la mano derecha levemente alzada, con sus finos dedos blancos extendidos hacia arriba.

La joven se puso de pie lentamente, sin dejar de sonreírles. Tenía un rostro fino y hermoso, de grandes ojos verdes y rasgos un tanto infantiles. Una delgada vincha de oro, con un pequeño zafiro en su centro, le rodeaba la frente abriéndose camino entre unos rizos cortos y castaños. Aún mantenía la mano alzada. Y entonces lo notaron. Pequeñísimos puntos de luz plateada, apenas visibles, brotaban de la punta de sus dedos extendidos. Perplejas, Michiru y Haruka se dieron cuenta de que aquellas diminutas partículas se extendían como una niebla invisible por casi toda la ciudad; y aunque no tenía un efecto directo sobre ellas, supieron al instante que era lo que sucedía, lo que había estado sucediendo desde un principio.

Las partículas de luz no se disolvían en el aire, no desaparecían arrastradas por la brisa. Eran absorbidas por la piel al entrar en contacto con ella, se filtraban directo hacia los pulmones al respirarlas. Era esa hermosa niebla de luz, apenas perceptible en el aire, la que mantenía dormida a la gente; esa bruma era el veneno que lentamente absorbía la vida de miles de personas a la vez, sin causar ningún daño a simple vista. Ella era el responsable de todas aquellas muertes.

— ¡Maldita!—exclamó Haruka, enfurecida e indignada— ¡Has sido tú! ¡Has sido tú quien asesinó a toda esa gente inocente!

La jovencita amplió aún más su sonrisa, entrecerrando sus hermosos ojos verdes. Sin decir una sola palabra, se dio vuelta, alejándose a paso lento. Haruka y Michiru vieron como la soberbia silueta de la muchacha desaparecía tras el tejado.

—Vamos…—murmuró la senshi de Neptuno.

. . .

Amy clavó sus ojos celestes en el hombre de negro, incapaz de apartar la mirada de él. La misma forma de moverse, la misma oscuridad brotando desde lo más profundo de su alma, el mismo rostro blanco y melancólico… Era el. No importaba cuanto tiempo pasara, nunca, jamás, podría olvidar ese rostro.

Sin decir una sola palabra, el hombre empezó a caminar lentamente hacia ellos, haciendo bailar los pliegues de su túnica negra. Por debajo, durante un segundo, Amy pudo ver el inconfundible brillo metálico de una armadura. La oscuridad se extendía en torno a sus pies como una mancha negra, expandiéndose y dilatándose sobre sí misma con cada paso. Entonces, de un modo casi imperceptible, sus ojos resplandecieron.

— ¡Cuidado!—gritó Amy.

La oscuridad se extendió al ras del suelo como si fuera un ser vivo, como un inmenso charco de alquitrán movido por voluntad propia. Todo sucedió en un milisegundo. Antes de terminar de parpadear, Amy y los demás se encontraron a sí mismos parados sobre aquella mancha de oscuridad, incapaces de mover un solo músculo. Lo intentaron, sacudiéndose furiosamente, pero era como si sus pies estuvieran pegados a la roca del suelo, como si cada uno de sus brazos pesara una tonelada. Sus auras tampoco respondían. Estaban completamente a su merced.

El hombre, con la misma expresión de congoja en su rostro, alzó un brazo hacia ellos, abriendo sus delgados dedos blancos. Amy observó por encima del hombro, hacia su hermano, y entonces apretó los dientes, reaccionando como solo una senshi podría hacerlo.

— ¡Muro de Niebla de Mercurio!

La oscuridad brotó como un torrente de la mano del muchacho, impactando violentamente contra una perfecta barrera de energía celeste. El choque fue brutal. La luz y la oscuridad se fundieron en una increíble explosión que destruyó la roca del suelo, provocando una lluvia de polvo y escombros que volaron en todas direcciones.

Estaban a salvo.

El muro había aparecido de la nada ante Amy y sus compañeros, separándolos de la creciente penumbra y de lo que habría sido una muerte segura. Parecía hecho de una sustancia similar al cristal, aunque se movía de un modo extraño, como un estanque sobre el que se ha arrojado una piedra. La barrera se extendía en un ancho y alto de varios metros, dividiendo en dos la oscuridad que cubría el suelo. Amy tenía ambos brazos extendidos hacia los lados, y sudaba copiosamente, con la mirada fija en el hombre de negro. Los demás no tardaron en notar que ya podían moverse otra vez.

—Podemos movernos…—murmuró Dasha, abriendo y cerrando las manos.

—Si…—coincidió Zander, mirando hacia abajo—Son las sombras. Han desaparecido…

Los demás miraron con atención hacia sus pies. De su lado de la barrera, la oscuridad había desaparecido por completo. Podían moverse…

—Ha sido mi hermana—sonrió Tristán, lleno de orgullo—Su Muro de Niebla no solo nos ha protegido del ataque, sino que también anuló la oscuridad que nos mantenía paralizados.

— ¿Fue capaz de utilizar su aura con esas sombras apresándonos?—preguntó Endimión, asombrado—Me resultó imposible…

— ¿Acaso esperabas menos de la senshi de Mercurio?—exclamó Minako con una sonrisa.

Endimión abrió grandemente los ojos.

— ¿Ella es una de las doce sagradas senshis?

—Pues claro—confirmó Tristán— ¿Qué no lo sabían?

Ajeno a las palabras de sus compañeros, Dante escrutó atentamente a Amy. A pesar de la poderosa prisión de oscuridad generada por ese extraño hombre, la cual no solo había sellado sus movimientos sino también sus energías, Amy había sido capaz de extender los brazos y formar la increíble barrera que los resguardaba. Y ni siquiera estaba vistiendo su armadura. Su verdadero poder debía ser inconmensurable… De todas maneras, aquello parecía haberla afectado bastante. Amy sudaba y respiraba agitada, observando fijamente al extraño.

Del otro lado de la barrera, el chico frunció ligeramente el ceño, alterando por primera vez la tristeza plasmada en su rostro. Aún tenía el brazo extendido hacia el frente.

—Así que has sido tú…—susurró con voz apenas audible, con sus grandes ojos negros clavados en Amy—Pero ya conozco esa técnica…

El muchacho cerró su mano en un puño, y entonces el muro estalló.

Amy abrió enormemente los ojos, atónita, no solo por la destrucción de su barrera, sino porque, antes de que los fragmentos se disolvieran en el aire en pequeños puntos de luz, aquel hombre ya se encontraba agazapado frente a ella, con las manos tensadas como garras. Amy se apartó bruscamente de un salto, seguido de cerca por el muchacho. En un abrir y cerrar de ojos, ambos se enfrascaron en un brutal y veloz intercambio de golpes. El hombre era rápido, terriblemente rápida. Sus manos cortaban el aire como si estuvieran en todas partes a la vez, formando estelas oscuras que confundían la visión. Aún así, y a pesar de no estar vistiendo su armadura, Amy bloqueó todos los ataques de su adversario, moviendo los brazos a igual velocidad.

A un costado, Tristán y los generales observaron incrédulos el combate. La senshi de Mercurio y el hombre se movían tan rápido que apenas lograban distinguir fugaces manchas interceptándose en el aire a una velocidad pasmosa, una y otra vez, sin tregua ni descanso.

—Es increíble…—murmuró Zander, con los ojos abiertos como platos.

De improviso, las dos siluetas borrosas chocaron brutalmente una contra la otra en pleno aire. Amy salió despedida hacia atrás con la violencia de un balazo, girando sobre sí misma para caer de pie sobre el suelo, aunque con la mano firmemente sujeta en torno a su abdomen. Durante un segundo, la senshi de Mercurio, trastabilló, doblando ligeramente la rodilla. Aquello no pasó desapercibido por su rival. En un abrir y cerrar de ojos, el hombre ya estaba de nuevo sobre ella, con aquellas manos que parecían zarpas.

— ¡Hermana!—gritó Tristán, aterrado.

La mano del chico cortó el aire a una velocidad increíble, directo hacia la garganta de Amy. La senshi se echó bruscamente hacia atrás, intentando alejarse, pero algo ocurrió. Una mano, una mano envuelta en un brazal metalico, interceptó de repente el golpe del muchacho, sujetándolo firmemente por la muñeca.

—No tan rápido…—susurró Minako, cubierta del cuello a los pies por la brillante armadura naranja de Venus.

El hombre la observó de reojo durante un segundo, casi cara a cara, y entonces retrocedió, poniendo una distancia prudente ambos. Minako sonrió ampliamente, colocándose hombro con hombro junto a Amy.

—Sabia decisión la de retroceder—exclamó la senshi de Venus, tronándose sonoramente los nudillos—Creo que te encuentras en una considerable desventaja, muñeco. Son dos senshis las que tienes adelante ahora—Minako lo señaló con un dedo—A pesar de que atacaste a Amy sin que estuviera vistiendo su armadura, a diferencia de ti, nosotros no somos tan cobardes. Si te vas ahora mismo no te haremos ningún daño. Quédate y deberás enfrentarte a dos senshis a la vez. Tú decides.

El hombre no alteró ni en lo más mínimo la máscara de tristeza que era su rostro. Aún así, paseó lentamente sus ojos negros de Minako a Amy, como si considerara sus palabras. Entonces, de repente, las sombras lo envolvieron.

Ante la mirada atónita de los generales, el chico se elevó lentamente en el aire, rodeado de aquella inexplicable penumbra. Era como si estuviera flotando en un abismo negro en el cielo. Minako sonrió.

—Sabia decisión.

El hombre entrecerró los ojos, elevándose aún más, alejándose del campo de batalla.

— ¡Espera!

Amy avanzó dificultosamente unos pasos, alzando un brazo hacia él. Minako frunció el ceño al notar la extraña expresión en el rostro de su amiga.

— ¿Cuál…cuál es tu nombre?—preguntó, observando fijamente a la figura flotando sobre ellas.

El hombre abrió ambos brazos, y la oscuridad se extendió aún más a su alrededor. Durante un segundo el brillo inconfundible de las estrellas pareció dibujarse en la masa oscura que lo rodeaba.

—Mi nombre es Erebo…—susurró, con aquella voz que apenas podía escucharse—Centinela de la Décima Legión del Dios de la Destrucción…

Esas fueron sus últimas palabras antes de desvanecerse en el aire. La oscuridad se contrajo sobre sí misma, retrocediendo hasta disolverse por completo en difusas volutas. De repente, volvía a ser de día otra vez. El cielo nublado del mediodía se extendía sobre sus cabezas como un manto brumoso, y el ya no estaba allí. Amy inclinó la mirada, clavando los ojos en el suelo. Su expresión era una máscara impenetrable.

—Erebo…—susurró.

No prestó atención cuando Minako se puso de pie a su lado, observando seriamente hacia arriba.

— ¿Acaso…era el?

Amy cerró los ojos.

—Si…

. . .

La oscuridad parecía hacerse más y más densa a medida que avanzaban entre los callejones. Sombras fundiéndose entre sombras. A pesar de que la muchacha se había alejado caminando entre los tejados, no podían sentir su presencia por ninguna parte. Era como si se hubiera esfumado en el aire nocturno.

— ¿Dónde diablos se ha metido?—murmuró Michiru, observando de reojo en todas direcciones.

Haruka no contestó. Tenía un muy mal presentimiento. Lo que esa tipa había hecho no era normal. Disolver su aura de esa manera, convirtiéndolo en una especie de niebla invisible… ¿Qué nivel de poder había que tener para extenderlo en un radio tan grande, durante tanto tiempo? La maldita había aniquilado tres ciudades enteras de ese modo. El hecho de que no la hubieran visto hasta que el soldado moribundo delató su posición, solo contribuía a fortalecer esa sensación de inquietud. No solo no la habían visto, no habían sentido su presencia en lo más mínimo. Cuando estuvieron de pie ante ella, fue como si estuvieran mirando una estatua de piedra. O un cadáver. Y además estaba toda aquella gente indefensa…

Haruka volvió a sentir un escalofrío trepar por su espalda como si fuera una mano helada. Habían llegado demasiado tarde para ayudar a los habitantes de las tres anteriores ciudades, pero la gente allí aún estaba viva. Podía verlos dormidos, tumbados sobre las aceras; podía sentirlos en el interior de las casas. Era el aura de esa mujer lo que los mantenía en ese estado de inconsciencia, acercándolos cada vez más y más a la muerte. Tal como había dicho Michiru, estaba segura de que solo acabando con ella, solo eliminando la fuente de su aura, podrían salvarlos.

"Estas personas son inocentes…" se dijo a sí misma "No puedo permitir que mueran de esta manera. Debo salvarlos…"

— ¡Allí!

Michiru señaló hacia arriba, hacia el alto techo de una casa de dos plantas. Durante un segundo, Haruka pudo ver la esbelta silueta de la muchacha contra la luna, su rostro sonriente y amable, sus ojos verdes clavados en ellas.

— ¡Vamos!

Las dos senshis echaron a correr a toda velocidad, viendo como la joven de armadura negra bajaba de un salto hacia la calle, desapareciendo tras una esquina. Haruka se precipitó apresurada en la misma dirección, seguida de cerca por Michiru. Cuando ambas doblaron la esquina, saliendo hacia una calle mucho más amplia, se vieron obligadas a detenerse.

Esa energía…

La joven estaba de pie al final de la calle, observándolas con la misma amable sonrisa en sus labios. Pero el descomunal aura que sentían no provenía de ella…

No.

La muchacha no estaba sola. Haruka observó en silencio al imponente hombre de de pie a su lado, un sujeto cubierto por una increíble armadura de color negro con detalles en violeta oscuro. La armadura poseía dos enormes alas de murciélago, las cuales se extendían majestuosamente a sus espaldas, dándole una apariencia amenazadora. Al igual que aquellas terribles alas, cada una de las piezas restantes tenía un aspecto agudo y afilado, como las escamas de una bestia de pesadilla. Los ojos celestes se clavaron en ellas como un puñal.

—Sean bienvenidas, senshis de Selene—exclamó el extraño. Su voz era dura y directa como un mazazo. La joven de pie a su lado amplió su sonrisa.

— ¿Quién diablos eres tú?—preguntó Michiru, avanzando un paso hacia él.

Se detuvo, sorprendida, cuando el aura de aquel sujeto se elevó en forma explosiva. Haruka abrió enormemente los ojos, incapaz de creer lo que estaba viendo. El terrible aura se elevó tanto que durante un segundo le pareció algo imposible. Las grandes alas de murciélago a sus espaldas se abrieron bruscamente, levantando el polvo del suelo con un fuerte vendaval. Haruka y Michiru se pusieron en guardia, sin salir de su asombro. Nunca antes, jamás, habían sentido una energía tan poderosa… Casi como si se burlara de su sorpresa, la joven al lado de aquel monstruo no dejaba de sonreír.

—Mi nombre es Kunzite—exclamó el extraño, atravesándolas con su mirada de hielo—Y estoy aquí para destruirlas.

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Continuará...

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Muchas gracias por tus comentarios Mary Yuet, si pensé que te gustaría esa escena, aun faltan muchas cosas por venir. De verdad que tus comentarios me hacen seguir.

Aureo-chan