~ ¡Sálvese quien pueda! ~

Aclaraciones y advertencias (en este capítulo): el caganer es una figurita que aparece en el Belén y es… un hombre defecando. Haciendo popó.


Capítulo diez: Mea culpa


Había familias en las que el concepto de privacidad no existía. Una de ellas era la familia Vargas. Esto era evidente cuando el teléfono móvil de Lovino sonaba y Feliciano, a la velocidad del rayo, iba a responder y a charlar de paso con quienquiera que llamase a su hermano. Pero en aquel momento Feliciano estaba encerrado en el cuarto de baño y el único que podía violar la intimidad de Lovino era Heracles, su primo. Pero no podía permitir que aquel gandul respondiese la llamada, sobre todo cuando quien telefoneaba era Antonio. Así, se disputó una batalla de proporciones épicas entre Lovino y Escroto, el sustituto de Heracles.

Escroto tiró el móvil al suelo de un zarpazo y Lovino, flexible como era, se contorsionó tirado en la alfombra y recogió el teléfono. Se autoproclamó vencedor.

Deseaba que nadie entrara en el salón y lo viera hacer el imbécil. Sería humillante.

—¿Diga? —preguntó nada más incorporarse.

¡Hola, Lovino! —exclamó alegremente la voz de Antonio al otro lado de la línea. Lovino suspiró, aliviado— ¿Recuerdas lo que te dije del trabajo que ofrece mi jefe? Hablé con él y dice que está deseando hablar contigo in situ. Al parecer le da igual que no tengas experiencia, que es fácil empezar desde cero.

—Eso es bueno —comentó incluso con un aire optimista, aun si no tenía del todo claro de qué iba a trabajar.

¿Verdad? —Antonio se rió— Gov está abajo esperándote para llevarte. Me dijo que tiene prisa, así que tienes que apurar un poco.

—Espera, ¿ya? —abrió los ojos como platos, atónito— ¡Pero…!

¡Siento no haberte avisado antes! En fin, ¡buena suerte, Lovino! Ya te iré a visitar a tu puesto.

—¿Puesto…? —Lovino preguntó, pero Antonio ya le había colgado.

Se sentía tan perturbado como feliz. La inquietud provenía del hecho de que no sabía qué tipo de trabajo estaba solicitando y por el tono jocoso que a veces permanecía impregnado en el tono de Antonio, tenía que tratarse de alguno muy estúpido. Sin embargo, la alegría que le suponía que Antonio estuviera haciendo tanto por ayudarle aliviaba todo tipo de sentimientos negativos. Era increíble que, a pesar de haberle tratado como si fuera una boñiga, Antonio se moviera de aquí para allá para facilitarle el empleo. Quizás, después de todo, sí que había cambiado para bien.

Lovino miró a Escroto y asintió con la cabeza, como si aquel fuera un gesto de despedida. Se puso la chaqueta con torpeza y se marchó de casa. Antonio le había dicho que Govert le había ido a buscar, ¿pero tenía coche? Los ojos de Lovino comenzaron a hacer chiribitas cuando desde el portal vio a Govert vestido de negro y fumando apoyado en una limusina negra. ¡Govert era chófer!

Casi eufórico por estar a punto de montar en una limusina, tardó en percatarse de que la limusina en realidad no era una limusina.

Era un coche negro y alargado, sí.

Con unas coronas fúnebres detrás.

Básicamente porque era un puto coche fúnebre.

Se quedó quieto. La sangre se le había helado y le era imposible moverse, ni siquiera se veía capaz de articular palabra. Govert, aún fumando, lo miró impasible, como si aquella escena fuera normal en su vida cotidiana.

—No tengo todo el día —dijo Govert con el ceño fruncido. Tiró la colilla a la papelera más cercana y se acercó a Lovino para arrastrarlo consigo hasta el coche—. Te estoy haciendo un favor, renacuajo.

—¡No me quiero montar en eso! —gritó Lovino, presa del peor de los terrores. No era el miedo que tenía cuando Ludwig fruncía el ceño ni el que sentía cuando veía películas de payasos, sino uno mucho más intenso. Era como si la muerte estuviera ante él y le susurrara que tenía que llevárselo al infierno— ¡Suéltame!

Ya no hay ningún ataúd —aclaró Govert, empujando a Lovino para que se metiese en el coche y abrochándole el cinturón de seguridad como si fuera un niño caprichoso e irascible. En el fondo lo era.

—¡Pero lo hubo! —Lovino abrió la ventanilla. Quería que entrase el aire fresco.

—Tranquilízate —ordenó Govert, ya sentado al lado de Lovino.

Por mucho que Govert se lo pidiese, Lovino ya había sacado la cruz colgante y se había dispuesto a rezar el Ave María mientras temblaba más que un flan.

—Para ya —Govert frunció el ceño—. Me estás distrayendo.

Benedicta tu in mulieribus —seguía murmurando Lovino con los ojos cerrados con fuerza— et benedictus fructus ventris tui, Iesus.

—Joder…

Una vez hubo rematado de recitar la oración en latín, la comenzó en italiano, ya más sosegado. Govert, en cambio, luchaba contra sí mismo para no arrojar a Lovino por la ventanilla. Ya tenía demasiados motivos convincentes por los que arrebatarle la vida a aquella pequeña sabandija.

—O te callas o sigues andando —Govert aprovechó que se tuvo que parar en el semáforo para mirar fijamente a Lovino con sus ojos amedrentadores. Su víctima tembló un poco, a pesar de intentar mantener un semblante impertérrito—. No sé cómo Antonio te está ayudando tanto, con lo idiota que eres… —masculló casi para sí mismo. Su voz estaba tan cargada de desprecio que Lovino llegó a pensarse que aquello era personal.

Lovino abrió la boca para replicar, pero todas las palabras permanecían pegadas a su lengua y, cobardes, se negaban a salir. El semáforo se puso en verde y Govert continuó hacia el puerto.

Nada más llegar a su destino, Lovino bajó del coche con olor a muerte —¡por fin!— y se despidió descortésmente de Govert, quien tampoco fue muy cariñoso a la hora de decir adiós. Tal y como le indicó, había un hombre vestido con una gabardina marrón y un sombrero negro de mafioso bajo una farola. Lovino se acercó a él despacio, un poco nervioso por estar a punto de hablar con su posible futuro jefe.

—Lovino Vargas, ¿verdad? —se apresuró a decir el hombre con una sonrisa ladina. Lovino asintió, asombrado— Tonio me ha hablado mucho de ti. Dice que eres trabajador, responsable y dócil. ¿Está en lo cierto?

—Por supuesto—mintió descaradamente.

—También me ha comentado que eres católico —añadió con un aire misterioso—. Eres perfecto para este trabajo, ¿sabes?

—¿Pero en qué consiste el trabajo? —arrugó un poco el ceño, extrañado por tanto misterion en torno a aquel empleo.

El hombre volvió a plasmar una sonrisa traviesa. Podía entreverse un colmillo demasiado afilado y prominente.


A Lovino siempre le habían tachado de egoísta, ¿pero era justo afirmar que lo era? Tenía que estar haciendo sacrificios constantemente para que su hermano pequeño pudiera estudiar en la universidad, además, ayudó siempre a su primo Heracles cuando tenía apuros económicos, por no mencionar siquiera que ayudó a Emma en todo lo que pudo. Quizás su forma de mostrar su amabilidad no era evidente, pero sabía que al menos sus amigos podían apreciarla de un modo u otro.

Más les valía apreciar también el hecho de que hubiera aceptado aquel trabajo de pacotilla, porque de lo contrario rodarían cabezas. Necesitaba el dinero con urgencia y sólo por eso se había humillado a sí mismo y puesto aquella túnica malva de lentejuelas, una capa magenta de terciopelo y un sombrero amarillo con motivos estelares.

Adivino. Un gran trabajo.

—Tú recuerda: los clientes no saben que tú no sabes nada. Habla como si estuvieras convencido de lo que dices y dale muchas vueltas al asunto —aconsejó Nicolei, su nuevo jefe, con una sonrisa amable que contrastaba con el contenido de su mensaje.

Le dio una palmadita en la espalda a Lovino y regresó a la pizzería, alegando que un tal Boris era demasiado torpe y no lo podía dejar solo en la cocina.

Lovino estaba confundido. De repente portaba unos atuendos ridículos y estaba «trabajando» con un contrato de boquilla en algo que parecía una tienda de campaña mal decorada, por no mencionar siquiera que su jefe era un fulero que estaba metido en todo tipo de trapicheos con la mafia rusa.

Los clientes no tardaron mucho en aparecer y, al contrario de lo que había dicho Nicolei, se percataban de su falta de experiencia. Un par de horas después, Lovino ya estaba agotado de decir tantas tonterías incoherentes. Él no creía en el horóscopo y todo lo relacionado con la astronomía le parecía absurdo. ¡¿Cómo osaba el maldito Nicolei comparar aquello con el Cristianismo? ¡Era ofensivo! Dejó de maldecir mentalmente a su jefe cuando la cortina se corrió y apareció un nuevo cliente.

Era Antonio, sonriente. Se sentó en el taburete barato y medio roído por las ratas y saludó al adivino con la mano.

—¿Qué tal tu primer día?

—Mal —bufó—. Este trabajo es una mierda.

En vez de estarle mirando a los ojos, Antonio sólo se fijaba en los ropajes de Lovino. Estaba conteniendo la risa, pero al final no pudo evitar soltar una carcajada que casi ensordeció al adivino.

—Tú ríete, pero que sepas que aún tengo el spray antivioladores conmigo y no dudaré en usarlo —lo amenazó seriamente.

—¡Perdóname la vida! —exclamó jocoso mientras se secaba las lágrimas provocadas por la risa. Lovino lo fulminó con la mirada— Vamos, Lovino, no seas así. ¡Tu ropa es muy graciosa!

—¿Crees que me lo paso bien cuando un cliente entra y se ríe en mi cara? —cruzó los brazos.

—Bueno, no estás aquí para pasarlo bien, sino para trabajar —Antonio se encogió de hombros—. ¡Pero míralo por el lado positivo! Ya tienes un sueldo asegurado para llegar a fin de mes.

—¿Has venido para decir obviedades y molestar? —se quitó el sombrero y lo tiró al suelo— Para eso puedes marcharte —hizo un gesto con la mano para que se fuera de allí.

La cara sonriente de Antonio se tornó un poco molesta, pero rápidamente se volvió a iluminar tras coger el sombrero y colocárselo de nuevo a Lovino.

—En realidad he venido para que Putón Cósmico me lea el futuro —Antonio parecía estar disfrutando de aquel momento tan humillante para Lovino. ¡Se estaba regocijando con la desgracia ajena!

—¡Es Plutón Kôsmyko! ¡Plutón! —vociferó furioso. Contó hasta tres y se relajó un poco— Y no sé leer el futuro, así que ya que sabes la verdad, paso de tener que perder mi tiempo de una forma tan estúpida.

Antonio lo miró fijamente durante unos segundos con una expresión indescifrable.

—Vale, me rindo… Trae la mano p'acá —Lovino suspiró. Tenía muy pocas ganas de hacer el tonto con Antonio, pero parecía que no tenía otra opción. Tomó la mano despacio, cauteloso.

Los ojos de Lovino no se despegaban de las líneas de la mano de su cliente. No sabía interpretarlas, al igual que tampoco podía entender del todo la mirada burlona de Antonio acompañada de una sonrisa amable. Maldito cínico.

Y qué cálida era la mano de Antonio. Parecía suave. Seguramente el muy marica se echaba alguna crema para mantenerla así de espléndida. Lovino en ocasiones también compraba todo tipo de lociones y potingues para acentuar su atractivo —aunque él no lo necesitaba; era un bombón—, pero era simplemente porque era coqueto. Antonio era marica. Eran dos conceptos muy, muy distintos.

—Tendrás una vida larga —eso era lo que todo el mundo deseaba escuchar—. En cuanto al dinero… no serás rico, ni mucho menos, pero parece que podrás vivir bien.

—¿Y el amor? —preguntó Antonio fingiendo sorpresa.

—Pues… —vaciló sobre qué responder— irás de flor en flor al principio, pero luego te enamorarás de algún fulano y viviréis felices —al notar la sonrisa de Antonio quemándole la frente, decidió añadir algo negativo—. Pero la gripe porcina os matará cuando cumplas treinta años.

—¿Lo de la gripe porcina también lo pone en la mano? —Antonio carcajeó y a Lovino le entraron ganas de lanzarle la bola de cristal, la cual en realidad era de plástico, por eso no podía permitir bajo ningún concepto que algún cliente indiscreto la tocara.

—Evidentemente, Antonio, evidentemente.

—¿Y me la puedes soltar ya? —inquirió algo incómodo, pero con una sonrisa de memo en su faz— Me está empezando a doler el brazo.

—Pues vale —soltó la mano bruscamente—. Son dos euros.

—¿Qué? —abrió los ojos como platos, esta vez sorprendido de verdad— ¿Me vas a cobrar?

—¡Pues claro, hombre de Dios!

—¡Estás trabajando gracias a mí! —sus cejas formaron un arco— Al menos podrías hacerme un descuento…

—Y estoy trabajando para ganar dinero —se mostró firme en su decisión—. Si te hago descuento, no gano dinero.

Antonio chasqueó la lengua y alzó la vista al techo, como si quisiera indicar lo estúpido y desagradecido que era el adivino. Lovino ignoró aquel gesto y lo miró aburrido.


¿Había algo que fuera peor que una persona ingrata? Para Antonio Fernández Carriedo no, desde luego. Le gustaba dar las gracias y que se las dieran a él. Era una norma moral básica, imprescindible para que la sociedad no decayera aún más. Hasta Govert y Ludwig, hombres fríos y opuestos a él, le daban las gracias cuando hacía algo de su agrado.

Pero con Lovino era otra historia. Le acababa de encontrar un empleo y no obtuvo absolutamente nada, ni siquiera una sonrisa por su parte. ¿Cómo tendría que sentirse Antonio ante tamaña falta de consideración? Sólo podía indignarse. Por muy amable que fuera con Lovino, él siempre le iba a responder con insultos. Antonio se consolaba a sí mismo con el hecho de que al menos Emma, aquella chica tan dulce que había conocido unas cuantas semanas atrás, compensaba con sonrisas y halagos todo el mal humor de Lovino.

En aquel momento estaba en casa de Emma, concretamente en la cocina, preparando buñuelos. No supo ni por qué había accedido a cocinar con ella, pero no se arrepentía ni lo más mínimo: se lo estaba pasando de lujo. El único problema era que Lovino regresaría de un momento a otro de su nuevo trabajo —ya llevaba una semana y todavía no parecía estar acostumbrado— y a Antonio no le apetecía nada tener que lidiar con él y sus preguntas coléricas. Por algún motivo que desconocía, Lovino estaba empeñado en acusar a Antonio de querer «robarle» a Emma.

—No te tomes a mal lo que te diga Lov —dijo Emma de repente, como si ya supiera en qué estaba pensando su amigo—. Es muy buen chico, te lo aseguro. Además, a veces habla de ti. Eso es que le caes bien.

—¿Y qué dice? —preguntó con curiosidad.

Emma pareció pensárselo dos veces antes de responder.

—No es lo que dice, sino cómo lo dice —contestó algo indecisa y con una sonrisilla nerviosa.

—Me insulta con cariño, ¿no? —odiaba sacar su lado sarcástico, pero siempre era preferible eso y no enfadarse de veras.

Hablando del rey de Roma, Lovino apareció por la puerta farfullando incoherencias en su lengua natal. Antonio rezó para que no entrase en la cocina.

Dios no pareció estar escuchándole.

—¿Se puede saber qué haces tú en mi casa? —preguntó Lovino mientras se sacaba el chaquetón. Al comprobar que la vena de la frente de Antonio se estaba empezando a hinchar, Emma decidió apresurarse y responder.

—Le he invitado yo —sonrió—. Estamos preparando buñuelos, ¿quieres unirte?

—Ni hablar —se rascó la barbilla—. Prefiero hacer algo más productivo. ¿Dónde están Heracles y Feliciano?

—Se han ido al parque con Ludwig y el chico japonés —aclaró Emma mirando a Lovino, aunque los ojos de este estaban clavados en Antonio.

—Qué bien, ya marginándome de nuevo —bufó y se encerró en su cuarto, dando un portazo.

Antonio quiso evitar preocuparse por Lovino, pero fracasó estrepitosamente. Por mucho que Emma le tranquilizase y le contase que aquello era muy normal en Lovino, Antonio seguía pensando que estaba realmente molesto con algo.

Tras mucho dudar, se lavó las manos y llamó a la puerta del cuarto de Lovino, pero él le gritó que no quería verle. Mantuvieron una breve discusión de la que el propio Lovino salió vencedor, por lo que Antonio tuvo que regresar a la cocina con el rabo entre las piernas. Estaba triste y a la vez enfadado por la tozudez y grosería de Lovino. ¡Encima que había intentado ser amable!

—Ya que a mí no me hace caso, ¿no podrías ir tú a hablar con él? —suplicó Antonio— Por favor…

Puso su carita de cachorrillo abandonado. Emma, amante de las cosas lindas, no pudo reprimir un sonrojo y acabó cediendo. Llamó a la puerta de Lovino, tal y como había hecho Antonio minutos antes, con la diferencia de que a ella sí le dejó pasar.

Lovino estaba echado en la cama leyendo un cómic. Emma se sentó a su vera y le sonrió.

—No sé qué te habrá dicho ese, pero estoy bien —dijo Lovino con total tranquilidad.

—Lo sé —se arregló el flequillo con la mano—. Pero Antonio me dijo que no se callaría hasta que viniera a comprobar si estabas mal o no.

—Pesado… — suspiró.

—A mí me parece muy tierno —soltó una risita. Lovino apartó la vista del cómic y frunció el ceño—. Se queja de ti, pero luego es el primero en preocuparse.

—¡¿Se queja de mí? —preguntó ofendido e incluso ultrajado. ¿Cómo era posible que el malparido de Antonio, precisamente, tuviera algo que decir en contra de Lovino?

Emma se dio cuenta de que habló de más y se tapó la boca, consciente de su metedura de pata.

—No es que se queje, pero… —se mordió el labio— pero da a entender que le gustaría que fueras más amable con él.

Lovino no supo qué contestar. ¿Qué debería decir en una situación así? ¿Que le resultaba imposible comportarse ante una persona que le provocaba tantos sentimientos contradictorios? ¿Que tenía miedo de descubrir —o que los demás descubrieran—algo que no quería reconocer? No. Para eso mejor era estar callado.

—Voy a ir a comprar más huevos para preparar más buñuelos —Emma se levantó de la cama y dio la espalda a Lovino—. Espero que hables con Antonio.

Y se marchó. No tardó en escuchar la puerta de la casa cerrarse. Lovino se estremeció y clavó la vista en el techo, vacilando seriamente. Ya que no estaba Emma en casa, Lovino podría aprovechar y hablar tranquilamente con Antonio sobre… lo que fuera. Tras mucho devanarse los sesos, decidió levantarse para ir al baño. Daba la casualidad de que la cocina y el baño estaban muy próximos, por lo que aprovechó la ocasión para pasarse por allí y robar una manzana.

Antonio estaba batiendo los últimos huevos que quedaban con una expresión estoica. Lovino se preguntó si antes de que él entrase en a la cocina estuvo sonriente.

—¿Aún sigues aquí? —preguntó Lovino, despreciativo.

—Sí, Emma me dijo que me quedara aquí —contestó, concentrado en batir los huevos a toda velocidad—. ¿Te molesto?

—Bastante —Lovino se dio cuenta de que aquella no era la forma adecuada de caerle bien a alguien—. Oye… —se rascó la nuca. ¿Por qué se estaba poniendo nervioso?— Me dijo Emma que estabas preocupado por mí.

Como si aquellas palabras hubiesen activado algún mecanismo en su cuerpo, Antonio dejó el bol con la yema de huevo en la encimera y se volteó para mirar a Lovino. Había un brillo especial en su mirada que le hizo pensar que tenía esperanza e ilusión por algo.

—Es que me dio la impresión de que estabas triste o decepcionado cuando Emma comentó que Heracles y tu hermano se habían ido —dibujó una sonrisa pequeña, tierna y tímida—. ¿De veras estás bien?

—Pues claro —dio un mordisco a la manzana. Antonio lo observó quedamente—. No me importa adónde vayan esos dos.

Como si alguien lo hubiese invitado, Escroto hizo su aparición en la cocina. Antonio le sonrió y le hizo carantoñas, a lo que el gato respondió con ronroneos.

—¡Qué mono es Prepucio! —se empezó a reír— Qué pena que tenga que tener las manos limpias para cocinar, que si no lo iba a estar acariciando toda la tarde.

—Es un gato horrible —Lovino cruzó los brazos y le echó la lengua al minino, que ladeó la cabeza, ajeno a todo—. Siempre está acosando a Emma y a Heracles —miró a Antonio con desprecio—. Justo como tú.

La sonrisa inicial de Antonio se convirtió en una mueca de hastío. Ya estaba más que harto de que Lovino le echase en cara tantas estupideces cada vez que se veían. ¡Cualquiera diría que estaba celoso!

—¿Cuántas veces tengo que decirte que Emma es sólo mi amiga para que te lo creas? —Antonio suspiró y cogió el bol con la yema de nuevo.

—¿Y qué hay de Heracles? —Lovino alzó la voz. Antonio abrió los ojos como platos durante unos instantes y dejó de batir, completamente inmóvil. Recuperó la compostura con rapidez y prosiguió como si nada hubiera sucedido— He leído un mensaje que le has mandado al móvil —chasqueó la lengua—. No te cortas ni un pelo.

Antonio intentó tranquilizarse. Tenía un tenedor en la mano para batir la yema y no quería usarlo para clavarlo en la cabeza hueca de cierto italiano tocapelotas. Pero aquello cada vez le parecía más complicado. ¿Cómo iba a tener paciencia con una persona así de pesada?

—Son mensajes que le envío a él, Lovino —contestó fingiendo estar sosegado—. Privados, ¿entiendes?

Deseaba que Dios no le dejase caer en la tentación de darle una paliza allí mismo a Lovino. Hacía muchísimo tiempo que no le invadía la sensación de querer solucionar un problema mediante la violencia —cosa que la dentadura de Gilbert Beilschmidt agradecía—, pero aquel hombrecito era desquiciante. ¿Cómo era posible que un chico tan tierno se convirtiese en aquel ser insufrible?

—¡Tú eres el que se metió en mi privacidad sin avisar! Apareces de la nada un día y… —Lovino frunció el labio— ¡Y me quitas a mi mejor amiga y te quieres acostar con mi primo! ¡Joder, ¿te crees que me gusta que vengáis tú y tu pérdida de aceite a mi casa?

Lovino quería continuar, pero el sonido del bol golpeándose contra la encimera le perturbó. Antonio le estaba mirando furioso, con unos ojos coléricos que jamás había visto en él. Lovino casi estaba convencido de que Antonio le iba a dar un puñetazo, a juzgar por los puños apretados y la vena del cuello hinchada.

—Dios, Lovino, ¡¿por qué no te callas? —Lovino iba a replicar, tembloroso, pero el miedo le paralizó.

Antonio le estaba hablando a un volumen alto, pero no se podía decir que le estuviera gritando. Y aun así Lovino estaba aterrorizado, casi sin creerse que en cierto modo hubiera despertado a «Toro» Carriedo. No conservaba la mirada de sádico ni el tono amenazante, pero el respeto que infundía era el mismo.

La respiración agitada de Antonio se fue calmado paulatinamente, así como su vena cada vez fue pasando más inadvertida. Sus ojos verdes, otrora brillantes y risueños, habían adquirido un toque triste y vulnerable. Parecía que quería disculparse por haber perdido el control, pero Lovino no estaba dispuesto a perdonar.

—¿Y si no qué? —Lovino preguntó, tragándose su cobardía y mostrando un porte orgulloso— ¿Me vas a pegar, Carriedo?

Sabía que Antonio no le pegaría. Si no le había puesto ni un dedo encima cuando era un delincuente, ahora, que era un hombre maduro y relativamente normal, no osaría atacarle, ¿verdad…?

—Me voy —dijo Antonio tras mucho pensar. Sabía que iban a acabar mal como siguiera con aquel chalado—. Ya llamaré luego a Emma.

Antonio salió de la cocina sin encontrarse con la mirada confusa de Lovino.

—Espera, ¡¿adónde vas? —Lovino lo siguió, enfadado. No le gustaba que le dejaran con la palabra en la boca— ¡No te puedes ir!

—¡Sí que me puedo ir, Lovino! —se volvió y se acercó un par de pasos hacia Lovino, quien retrocedió instintivamente— ¡No tengo por qué estar soportando tus chistes homofóbicos ni tus locuras! —suspiró, agotado, y se dio la vuelta— En mala hora le dije a Govert que quería verte de nuevo… —murmuró mientras cogía su chaqueta y se la colocaba con rapidez.

—¡¿Pues sabes qué te digo? ¡Mejor para mí! —Lovino ya estaba cegado por el dolor. ¿Cómo era posible que estuviese tan dolido por algo que dijo Antonio? Preso de la ira y la frustración, regresó a la cocina, cogió el bol y fue corriendo tras el imbécil y le lanzó un poco de la yema asquerosa que había estado preparando— ¡Y llévate contigo esta mierda!

En cuestión de segundos la yema de huevo ya había dado de lleno a Antonio en toda la cara. Permaneció clavado en el sitio, estático, sin creerse lo que acababa de suceder. Al fin y al cabo, no todos los días un loco de atar le arrojaba yema de huevo a la cara. Se limpió con la manga de la chaqueta y agarró lo que más tenía a mano —un ratón de goma repleto de babas de gato— y lo lanzó a su objetivo.

Lovino gritó, asqueado, ante el contacto de las babas de Escroto con su mejilla. Maldijo en italiano durante varios segundos y repitió el «ataque yemoso». Antonio logró esquivarlo a duras penas y se acercó a él y le empujó para arrebatarle el bol y verter todo el contenido sobre su cabezota italiana.

—¡Serás capullo! —gritó Lovino, con los ojos cerrados y abriendo la boca como si fuera un bebé al que le obligaban comer una papilla repugnante. Dado que sus manos estaban sucias de la yema que se acababa de retirar de los ojos, las agitó para manchar la ropa de Antonio— ¡Chúpate esa!

Continuaron con su batalla hasta que la yema de huevo, la cual en principio estaba en el bol para convertirse en un futuro próximo en deliciosos buñuelos, estaba desperdigada por sus rostros y vestimentas. Se miraron durante unos segundos, jadeantes y ceñudos, como si ninguno quisiera aceptar que la lucha ya había acabado y que ninguno de los dos se había proclamado ganador.

Justo cuando Lovino iba a soltar un improperio, vio cómo las cejas y los labios de Antonio empezaban a temblar. Lovino abrió los ojos como platos, expectante ante lo que fuera a suceder a continuación. ¿Resultado? Antonio comenzó a reírse con fuerza, tal y como si acabase de escuchar el mejor chiste del mundo.

Lovino no se lo podía creer. ¿Qué tipo de idiota podía reírse en una situación así?

—¡Ay, pero qué tonto eres, Lovino! —comentó entre risas.

—¡Pues anda que tú! —Lovino se quejó, pero por muy enfadado que pretendiese sonar, su tono era jocoso. No podía mantenerse enfurruñado durante mucho tiempo cuando ante él estaba un hombre cubierto de yema de huevo.

—Tú y yo, Lovino —paró de reír poco a poco, secándose las lágrimas provocadas por las carcajadas—. Qué tontos somos los dos.

Antonio le volvió a mirar, esta vez con un semblante amable y alegre. Lovino ya no pudo reprimir más su propia carcajada.

—¡Qué pinta tienes, so memo! —exclamó Lovino, con un brazo sobre el estómago para asegurarse de que no se partiera por la mitad.

—¿Recuerdas aquella vez en la clase de religión, cuando teníamos que hacer un Belén de plastilina para Navidad? —Antonio preguntó entre risas, mientras Lovino lo observaba atentamente con una sonrisilla de media luna dibujada en el rostro— Empezamos a discutir sobre si deberíamos hacer un caganer o no. ¡Entonces nos empezamos a lanzar las figuritas! —soltó otra carcajada, aunque esta vez Lovino le acompañaba.

—Aún me duele la vaca que me lanzaste al brazo —añadió Lovino con el ceño fruncido, pero la sonrisilla presente.

—Lo mejor de todo fue cuando el profesor volvió y todo estaba hecho un caos —cerró los ojos y amplió su sonrisa—. Nos preguntó qué había pasado para que la clase estuviera así y tú dijiste: «¡ha sido una ardilla!» —imitó la voz y el gesto de Lovino—. Yo no pude aguantar la risa.

—¡Traidor!

Los dos volvieron a reír, demasiado borrachos de felicidad como para preocuparse por cualquier otra cosa. Cuando Lovino dejó de carcajear, notó los ojos verdes de Antonio, cariñosos y dulces, clavados en los suyos.

—Supongo que hay cosas que nunca cambian, ¿verdad? —Antonio se encogió de hombros, sin apartar su mirada de la de Lovino.

—Supongo —giró la cara, consciente de que sus mejillas estaban empezando a arder sin ningún motivo aparente.

Antonio no se podía creer lo que estaba viendo: ¡Lovino se estaba sonrojando! Volvió a experimentar aquella sensación de ternura que le invadía cada vez que veía a Lovino con aquella expresión tan adorable. Se acercó a él despacio y le abrazó con cuidado.

—¡¿Qué haces? —Lovino preguntó extrañado y nervioso.

—Me debes un abrazo. Por nuestro reencuentro y eso —se rió y apoyó el mentón en el hombro pegajoso de Lovino—. Te he echado mucho de menos.

—Solías pedirme permiso antes de abrazarme —sonó molesto, pero no movió ni un dedo para apartar a Antonio de él. De hecho, correspondió lentamente al abrazo.

—Pero ahora soy sabio y sé que pedir permiso para abrazar, besar o robar comida es absurdo —Antonio soltó a Lovino, quien arqueó los labios hacia abajo al dejar de notar el calor corporal del otro hombre—. Venga, deberíamos limpiarnos, ¿no crees? —sonrió una vez más— Estamos hechos un asco.

—Y Emma nos va a matar cuando llegue —Lovino ya se estaba imaginando la furia de su amiga.

En realidad ya no había mucho que imaginar, puesto que en aquel instante Emma llegó a casa y vio varios objetos desperdigados por todo el suelo. Contempló estupefacta a Antonio y Lovino, que tenían cara de no haber roto un plato en su vida.

—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó calmada, aunque notaba cómo la ira se iba acumulando lentamente dentro de ella.

Ellos intercambiaron una mirada cómplice y sonrieron.

—¡Ha sido una ardilla! —exclamaron al unísono.

Emma sabía que lo lógico sería regañarles por ser tan críos, pero la sonrisa sincera que le estaba dedicando Lovino a Antonio le arrebató todos los sermones de la mente. Lástima que Antonio estuviese mirando en otra dirección y se perdiese tamaño tesoro.


Mientras Emma recogía aquel desorden, Lovino y Antonio se encerraron en el cuarto de baño para lavarse el pelo. Antonio estaba arrodillado ante la bañera y Lovino le limpiaba los cabellos con la alcachofa. Luego repitieron la operación a la inversa. Lovino sólo protestó cuando sintió que la mano de Antonio se estaba acercando demasiado a su rulito «mágico». Se secaron el uno al otro torpemente con las toallas, uno risueño y el otro haciendo pucheros.

—¿No te he dicho que dejes de reírte?

—Es que pones la misma cara que los perros, Lovino —siguió secándole, soltando risitas de vez en cuando. ¡No lo podía evitar! Lovino cerraba los ojos, se ruborizaba y sonreía como un bobo cuando la toalla le recorría la nuca.

—Memo…

Decidieron que lo más decente que podían hacer era ayudar a Emma a limpiar y, ya de paso, preparar los buñuelos los tres juntos. Pasaron la tarde entre conversaciones triviales y risas, sin ningún percance. Emma estaba feliz por tener a dos de sus chicos favoritos tan risueños y jubilosos. ¿Qué habría pasado mientras ella no estaba en casa? Se encogía de hombros cada vez que se formulaba la pregunta.

Una vez terminados los buñuelos, se dispusieron a comerlos en la mesita del salón. Poco después llegó Feliciano, el hermano pequeño de Lovino, a zamparse todo a una velocidad de vértigo.

—¡Qué ricos están! —exclamó Feliciano, lleno.

—Joder, te los has comido casi todos… —Lovino contempló los cinco buñuelos que quedaban. Acto seguido miró de soslayo a Antonio— Oye, tú, si quieres te doy una fiambrera y te llevas lo que queda a casa.

—¿Harías eso por mí? —la alegría de Antonio era evidente. Emma sonrió, complacida por la amabilidad relativa de Lovino.

Lovino asintió como si fuera algo evidente y fue a la cocina a buscar la fiambrera. Antonio sonrió encandilado, siguiendo a Lovino con la mirada. Feliciano y Emma rieron con complicidad.

La hora de marcharse llegó y Antonio se despidió de sus anfitriones con una de sus típicas sonrisas. Justo cuando iba a salir por la puerta, oyó una voz que le llamaba. Se dio la vuelta y, tal y como se había figurado, Lovino estaba ante él con las cejas arqueadas hacia abajo, nervioso.

—Oye… Antonio —se aclaró la garganta. Por muy serio que intentase parecer, un rubor muy extraño se le estaba instalando ya hasta en las orejas—. ¿Mañana quieres…?

Una sombra enorme apareció tras Antonio. Lovino en un principio se pensó que era Govert, pero afortunadamente —o desgraciadamente, en aquel caso— era Heracles. Antonio y él compartieron una de aquellas miradas que tan nervioso ponían a Lovino.

—Hoy a las diez en el Tu Nutria Madre —dijo Heracles a la altura del oído de Antonio.

—Cuenta conmigo —respondió con una sonrisilla confiada.

El estómago de Lovino comenzó a retorcerse, produciéndole una sensación repulsiva. Escroto, al percatarse de que Heracles había llegado a casa, se acercó a él para darle la bienvenida, pero no tuvo más remedio que maullar asustado cuando escuchó el sonido extraño que emitían las tripas de Lovino.

—¡Oh, pero mira quién está aquí! ¡Si es Testículo! —Antonio llegó a la conclusión de que aquel nombre sonaba muy mal— No, espera… ¡Espermatozoide! ¡No, no, Pollencio!

—Escroto —corrigió Heracles.

—¡Eso! —Antonio se rascó la barbilla con una sonrisa torpe— Ah, por cierto, Lovino, ¿qué me estabas diciendo?

—Nada, que ojalá te atragantes con los buñuelos —dio media vuelta y marchó hecho un basilisco, dejando a Antonio estupefacto.

—¿Qué mosca le ha picado ahora? —por mucho que se devanara los sesos, Antonio no entendía por qué Lovino se había enfadado tan de repente.

—Quién sabe —Heracles se encogió de hombros—. Nos vemos.

—Hasta luego —le guiñó un ojo y se despidió tanto de Heracles como del gato de nombre complicado.

La puerta se cerró. Antonio sólo sabía dos cosas: aquella noche iba a pasárselo muy bien con Heracles y que Lovino, tras comportarse como un verdadero ángel caído del cielo, se había vuelto a enfurecer con él. Lo que Antonio ni se imaginaba era que ambos hechos estaban estrechamente relacionados.


Notas: ¡Mención de la ardilla! Volverá a aparecer. Por cierto, ya advertí que Govert no era actor porno, sino que tenía un trabajo mucho más alegre y dinámico.

Y, ¡vaya! ¡Muchas gracias por tantos reviews! Además con felicitación incluida~ (lo cual me da a entender que el review es por motivo de mi cumpleaños y no porque os esté gustando el fic… orz). Tengo que disculparme porque tardaré varios días en responder a vuestros reviews, porque estoy bastante ajetreada. ¡Espero que no me guardéis rencor~! Y sin más dilación, a responder a los reviews sin cuenta:

Iggi: No aparece porque no existe~ En este fic nadie es actor porno D: ¿Cómo que para qué quieren quedar? Pues para jugar a las canicas, por supuesto. ¡Gracias! :D Aunque me siento igual que antes.

Hitsuji: ¡Gracias! :) Pero no hacía falta que te tomaras la molestia, en serio.

¡Hasta la próxima, preciosidades!