*Espero que con este nuevo capítulo podáis comprender un poco mejor a nuestra protagonista, Melinda, a través de su pasado, el cual la marcó de por vida. Podréis conocer un poco mejor a su familia, aspecto muy importante para ella.

¡Gracias por estar un capítulo más!*

10

Sin familia SÍ se puede vivir

Tras unos días sin verse por la cantidad de trabajo que tenían, Melinda pensó que sería buena idea pasarse por el bufete en su día libre y ver cómo marchaban las cosas. Desde que Cary le contase que iba a construir su propia casa y que Chumhum se mudaría con él y los asociados de cuarto año, tenía un nudo en la garganta cada vez que pensaba simplemente en darse una vuelta por la planta 28. Quedaban muchas cosas que preparar antes de la salida, como conseguir unas oficinas donde instalarse o intentar "robar" algún que otro cliente, pero siempre opinaba que era mejor largarse cuanto antes e independizarse de aquel lugar, decirle adiós y dar las gracias por la oportunidad, aunque esta no hubiese resultado todo lo satisfactoria que se quería.

Sobre las once y diez de la mañana, Melinda salía del ascensor y se dirigía al mostrador de recepción preguntando por Cary. La recepcionista le contestó que vendría en unos segundos y esperó pacientemente de pie, preparada para cuando él llegase. Sin embargo, no se esperaba a aquel hombre en traje que no se parecía en nada a su novio. Un poco más bajo y con el pelo oscuro, el tipo trajeado vino hacia ella.

- ¿Ha preguntado por Carey? – notó que la expresión de Melinda era de sorpresa y ya se estaba imaginando la respuesta.

- Agos, Cary Agos. ¿Está aquí? – le parecía una broma de muy mal gusto, aparte de que la recepcionista le pareció una inepta ya que llevaba semanas preguntando siempre por el mismo Cary. ¿Desde cuándo había otro tío con el mismo nombre?

- ¡Oh, sí! Ven conmigo, que te acompaño a su despacho – ella sabía perfectamente dónde estaba, pero prefería que fuese a buscarla a la recepción por si acaso estaba ocupado y no quería molestarle –. Tú eres Melinda, ¿verdad? – le preguntó mientras iban de camino.

- Sí, esa soy yo – le respondió con una sonrisa encantadora, ocultando lo que realmente estaba pensando.

- Cary habla mucho de ti. Nos has hecho ganar unos cuantos casos, ¿eh? – ya habían llegado a la puerta del despacho. Cary estaba terminando una llamada –. Por cierto, soy Carey Zepps – le tendió la mano y ella se la estrechó –. Bienvenida al barco – le guiñó un ojo. El comentario no le gustó en absoluto, alguien podría haberle oído y haber fastidiado todo el plan.

Zepps se escabulló entre la actividad del bufete y Melinda decidió tomar asiento mientras Cary se despedía de su interlocutor. Seguía sintiendo mariposas en el estómago pero no de la forma alocada del principio. Su relación se estaba normalizando, por lo que aquellas invisibles criaturas también habían hecho lo propio, lo cual agradecía enormemente ya que necesitaba no comportarse como una adolescente cada vez que le veía.

- ¿Desde cuándo hay otro tío que se llama como tú? – le preguntó cuando colgó el teléfono. Cary sonrió.

- Desde siempre. ¿No lo sabías? – ella negó con la cabeza – ¿Qué te trae por aquí? – se reclinó en su dirección para besarla y ella aceptó sus cálidos labios. Desde que se hiciera oficial ya no trataban de esconderse, así que les importaban bien poco los chismorreos de la gente. En ese momento se acordó de sus enfermeras.

Desde el día en que llegó Cary al hospital, los comentarios sobre su llegada sólo comenzaron pero, cuando siguió volviendo durante semanas, estos no pudieron parar. Debido a la buena relación entre estas y Melinda, sus compañeras no dudaron en lanzarle algunos dardos para nada maliciosos, sólo divertidos.

- Venga, Mel, cuéntanos quién es el trajeado y qué hace por aquí. ¿Te está tirando los tejos? – Ellie no tenía problemas en ponerse maliciosa de vez en cuando, dándole un poco de chispa a los días monótonos.

- ¡Eso, cuéntanoslo! – soltó Francine, otra de las enfermeras. Se estaba formando un corro a su alrededor para que todas la pudiesen escuchar.

- Es sólo un profesional que busca la ayuda de otra profesional pero de la medicina, señoritas. ¡No se me alteren! – se reía ante la estampa que estaba viviendo.

- Mel, dinos que te estás acostando con él por lo menos. Lleva semanas viniendo, incluso se queda algunas noches, que Mary me lo ha dicho – Ellie volvía a atacar otro día y quería saberlo todo con pelos y señales.

- Estamos trabajando juntos, charlamos de vez en cuando. Nos estamos conociendo, nada más. ¡No empieces a inventar chismes, que nos conocemos! – le intentó decir seria pero no pudo fingirlo por mucho más tiempo y se rio. ¿De verdad que las enfermeras estaban enganchadas a esta pequeña historia que se estaban montando? ¿Las telenovelas que veían en la sala de descanso no eran suficientes para ellas?

Pero como buenas cotillas, el grupo se hizo eco del cambio de actitud de Melinda, de cómo su cara resplandecía bajo la luz de los halógenos más de lo normal, de que se encontraba más feliz.

- Pues sí, estamos saliendo. Ya es oficial – sabía que no podía ocultarlo y que, por otra parte, tampoco le apetecía. Quería hacer partícipe a todo el mundo del momento tan feliz que estaba viviendo aunque sólo fuese el comienzo.

Las enfermeras lo celebraron con suspiros, sonrisas y muchas "enhorabuenas" de por medio, y Melinda no pudo más que sentirse querida y respaldada por aquellas mujeres con las que tanto había pasado así que, ¿por qué no esto también?

Sin que se diesen cuenta, un hombre había entrado en el despacho.

- Oye, Cary, ¿tienes los papeles que te pedí esta mañana? Oh, ¿y quién es esta señorita…? – se acababa de dar cuenta de su presencia en el despacho y ella de quién era.

- Sí, David. Te presento a Melinda Cavanaugh, nos ha ayudado con los casos médicos últimamente. Este es David Lee, nuestro abogado de Familia – ambos se dieron la mano.

- ¿Cavanaugh? Me suena de algo.

- ¿Richard y Gloria Cavanaugh? Llevó su divorcio hace unos años. Son mis padres – dijo de inmediato Melinda intentando refrescar la memoria. Ella sí que recordaba la cantidad de dinero que le había sajado a su padre y su reacción de felicidad ante aquello.

Por lo que había conocido de David Lee anteriormente, siempre le había parecido un manipulador con pintas, un tipo al que tratar con mucho cuidado, un estratega traicionero del cual no había que fiarse mucho porque vendería a su propia madre.

- ¡Ah, sí! Lo siento mucho.

- No se preocupe, no hay nada que lamentar – y era cierto. Ella había sido quien había abierto la caja de los truenos.

- ¿Cómo se encuentran? – se notaba la falsa preocupación desde leguas.

- Bien, separados pero contentos.

- Y yo por ellos – volvió su atención a Cary –. ¿Los tienes? – Cary le dio una carpeta y David salió del despacho con un "encantado de conocerte" de por medio.

La familia de Melinda siempre había sido muy pequeña y esparcida en dos continentes: América y Europa. Aunque había nacido en Nueva York, la jungla de cemento, el lugar de las mil y una naciones, un sitio intercultural con grandes rascacielos, se crio gran parte de su vida en Madrid, la capital de España. Su madre era de allí y había conseguido un buenísimo puesto de trabajo así que, al ver que a su padre no le importaba el enorme cambio de aires, decidieron todos trasladarse allí por casi dos décadas. Sus padres, uno neoyorkino y la otra española, se habían conocido en un viaje de negocios de él a la capital de aquel país. Este se quedaría prendado de ella y se la llevó con él de vuelta, presentándole a la familia y dejando a la suya al otro lado del charco. A Gloria no le importó mucho ya que estaba hastiada de estar en un lugar que no sentía como suyo, del que no se enorgullecía, por lo que recibió de buena gana la nacionalidad estadounidense cuando le dio el "sí, quiero" hace un poco más de treinta años. La familia de Richard se componía de su madre y su hermana menor, habiendo su padre fallecido antes de que su hermana Elia naciese. Richard se había sentido poco querido por su progenitora al posicionarse más por parte de la niña de sus ojos que de él, sentimiento que había arrastrado hasta la actualidad; una especie de espina clavada que llevaría consigo hasta el final de sus días. Por su parte, Gloria todavía tenía a sus padres y un hermano mayor, militar, que se encontraba destinado en una base naval del sur de España. Este estaba casado y tenía dos hijas.

Melinda siempre había considerado que su infancia fue feliz, jugando y compartiendo el centro de atención de sus familiares con su hermana. Era la pequeña de la casa, por lo que siempre se llevaba más miradas que Elia, a quien parecía no importarle en absoluto. Los problemas llegarían años más tarde con la adolescencia. Melinda atravesaba la fase a matacaballo entre ser niña y mujer, una etapa difícil donde se dan cambios drásticos tanto físicos como mentales. Estaba formando su propia personalidad, sus propios pensamientos, pero no fue lo que pensaron su tía y su abuela paternas. Se produjo una gran discusión entre estas y su madre, donde su padre no hizo nada para defender a la que era su mujer y, cuando quiso hacerlo, todo era demasiado tarde. Gloria no sabía qué decirle a sus hijas quienes, seguramente pronto, se darían cuenta de que el ambiente había cambiado por completo y para siempre. Finalmente accedió a contárselo todo para que ellas, que formaban parte de esta familia, supiesen la verdad y fuesen las autoras de su propia opinión y posición al respecto. Melinda empezó a no tragar a esos dos seres que la comenzaron, junto con su hermana, a ignorar en las reuniones familiares, las mismas a las que tanto le costaba ir por una combinación de pereza, no querer ir y la rabia que le daba verles la jeta a aquellas dos brujas. Las discusiones continuaron de forma telefónica de vez en cuando, alegando la actitud poco cariñosa de ambas jóvenes, la cual se justificaba con que sus padres eran los que la dictaminaban, quienes les decían si mostrarse más o menos afectuosas con aquella parte de la familia. Melinda se mostraba frustrada al ver que las seguían tratando como si fuesen niñas pequeñas y no como casi adultas que eran; no podía creer que sabiendo que eran adolescentes, estas pensasen que había adultos manipulándolas, dos jóvenes con personalidades definidas desde pequeñas, con carácter fuerte y decisiones inamovibles, como aquella misma.

Cuando tuvo edad suficiente, no recordaba si ya tenía la mayoría de edad o no, Melinda decidió cortar por lo sano con aquella parte de la familia, esa que tantos malos momentos le había dado tanto a ella como a sus padres, a los cuales había hecho llorar y ella lo había presenciado desde la distancia, con miedo a meterse y que el llanto fuese a más, cohibida. Aunque su padre seguía en un tira y afloja eterno con ambas, Melinda era feliz sabiendo poco o nada de ellas, de sus problemas o tonterías varias que soltaban por la boca. Nunca se había arrepentido de la decisión que había tomado; no las echaba de menos, no lloraba por las noches al recordar los buenos momentos del pasado. No, tenía muy claro que no necesitaba a aquella parte del árbol genealógico y menos a sus mentiras, manipulaciones y estupideces.

Por otra parte, su relación con la familia de su madre era mucho más cariñosa y normal que por parte de la paternal. Se llevaba de maravilla con sus abuelos, aunque su relación con su tío era distante y respetuosa, como él siempre se había mostrado ante ella. Nunca sabía muy bien cómo tratarle, pero le parecía mejor así que no tener relación. Con sus primas, mayores que ella, de la misma edad de Elia, también se llevaba genial aunque se notaba que la distancia había hecho cierta mella. Con el paso del tiempo se dio cuenta de que tenían estilos muy distintos, formas diversas de ver la vida, al igual que sus formas de diversión. Mientras que ellas eran más fiesteras, Melinda siempre había sido una persona con tendencia a quedarse en casa tranquila, ver una serie o leer un buen libro. Eran el día y la noche, y ella lo aceptaba.

Sin embargo, a pesar de que la familia fuese ya de por sí pequeña, más tarde se haría más pequeña todavía. Melinda había sospechado desde el principio de la nueva amiguita de su padre, de que siempre se estaban hablando ya fuese por Internet o todas las tardes a una hora precisa. Le extrañaba que se tuviesen tanto que contar porque, aunque hacía años que no se hablaban y podían tener material para rato, en una semana o un poco más como mucho era fácil ponerse al día, por lo que no era necesario hablar a todas horas. Finalmente un día, por casualidad, ella leyó un mensaje de su padre a aquella mujer que él mismo le había presentado hace un par de semanas atrás. El mensaje parecía escrito por un adolescente con las hormonas hasta las cejas, lleno de cursiladas y frases calenturientas que hasta a la persona más saludable le hubiese hecho vomitar. Sus sospechas se habían hecho realidad: su padre le estaba siendo infiel a su madre. Cada vez que ella se quedaba en casa y podía leer los mensajes que la mandaba, no dudaba en seguir descubriendo detalles sobre aquella relación amorosa. Notaba cómo cada vez que seguía leyendo aquellas conversaciones la sangre le hervía, se ponía enferma; a veces no podía ni mirar a su padre a los ojos de la rabia que tenía por dentro. Pensaba en su madre y en la injusticia que se estaba cometiendo con ella, en cómo siempre había apoyado a su marido y lo poco recompensada que se estaba viendo con cosas como esa. Melinda cambió su actitud con su padre, siendo mucho más fría y distante con él, algo que este no sabía por qué. Ella intentó dejarlo pasar, disfrutar esta parte de su vida que había comenzado en Estados Unidos, donde había empezado a estudiar en Harvard tras mucho trabajo en su vida estudiantil, pero continuó indagando y supo que un día no habría vuelta a atrás. Harta de la situación, de los cariños falsos que su padre le hacía a su madre, de algunos comentarios fuera de lugar y de tono, Melinda se enfrentó a él delante de su progenitora y soltó todo el odio contenido hacia él, quedándose estos dos totalmente en shock. Richard intentó razonar con su hija, justificarse ante dos de las mujeres más importantes de su vida, o eso quería creer ella, pero todo fue en vano. Su hija menor, esa que había sentido el desprecio de su familia y el que pronto sentiría por parte de su padre al no seguir sus pasos, la que había callado durante un año aquel gran secreto, no pudo aguantar más y se mostró tal como era, sin retazos de aquella niña que adoraba a su padre, sin ningún recuerdo de amor hacia él. Melinda había cambiado el respeto y el cariño que se le tiene a un padre por rencor y un sentimiento cercano al odio. Había demasiado dolor en ella como para dar segundas y terceras oportunidades, algo que hizo más adelante ingenua de sí, pensando que él cambiaría o se esforzaría en su relación, pero no.

Así, Melinda abrió la caja de los truenos y su casa se convirtió en un hervidero de sentimientos y pensamientos a veces contradictorios. Gloria seguía queriendo a Richard pero se fue dando cuenta de que el sentimiento no era mutuo por lo que, tras hablar con sus hijas, decidió terminar el matrimonio y hacer su vida de forma independiente, feliz y sin la sombra de un marido famoso en la profesión. Ella volvería a ejercer como psicóloga y abriría su propia consulta en aquella jungla donde la actividad nunca cesa, sintiéndose dueña de su vida por primera vez desde hacía muchos años. Richard, en cambio, vería cómo su aventura no acabaría en ninguna parte, dándose cuenta de que se había quedado mucho más solo que antes, con el odio de Melinda y las miradas llenas de furia de Elia formando parte de su existencia. Ella había estado de parte de su madre todo el tiempo, junto con Elia, apoyándola durante el divorcio y forzándola a pedir lo que por tantos años le había correspondido. David Lee fue el abogado elegido por ellas, formando un equipo de lo más competitivo que no se quedaría atrás ante ninguna táctica defensiva por parte de su padre. Consiguieron lo que querían, una compensación económica de lo más abultada, la soledad de su padre y una mancha en él que le seguiría a cualquier evento al que asistiese. Así fue como nació esta asociación entre padre e hija, como un rayo de esperanza para Melinda ante un posible cambio de situación, aunque todo terminaría siendo una decepción. Para él, sería una forma de limpiar su nombre exhibiendo a su hija, vendiendo la idea de que todo estaba arreglado. Richard no iba a cambiar ni cambiaría en absoluto, seguiría siendo un ser despreciable, ambicioso y oportunista que se arrimaría al sol que más calentase en el momento adecuado siendo muchas veces su propio trasero.

Por eso, tras todo lo vivido, Melinda no podía soportar cómo la gente externa a su familia, aquellos estudiantes de Derecho que se morían por conocerle, los clientes que ahorraban su dinero para costearse su servicio, le veneraban y él se jactaba de ello, dándose un baño de multitudes cada vez que iba a dar alguna charla a alguna universidad. Llegaba a ser repugnante la impresión que le daba como si Dios hubiese bajado de los cielos y se mostrase ante aquel gentío. Que ella viese lo que otros no podían o querían ver le frustraba, le hacía que quisiese zarandear a la gente por los hombros y mostrarle la verdadera cara de aquel hombre que, en vez de ser un dios, era un terrible monstruo.