Disclaimer: nada de esto me pertenece, solo es una interpretación de FF VII sin ningún ánimo de lucro.


UN PEQUEÑO REGALO DE WUTAI

—¿Y ya está?

Excepto Tifa, pálida y turbada a partes iguales, todos contenían la respiración, expectantes.

—Sí —dijo con resquemor—. Ya está.

—¿Qué? —Barret arqueó las cejas—. ¿Me estás diciendo que os quedasteis cara a cara como paletos y que al final Sephiroth decidió dejarte marchar?

—No. Sólo es que no recuerdo qué pasó después. —Cloud miró por la ventana y soltó un suspiro resignado—. Debió derrotarme. Sus habilidades van mucho más allá de lo que podéis imaginar… No entiendo por qué me dejó vivo.

—¿Y tú? —le preguntó Red XIII a Tifa.

—A mí… me sacó de allí el maestro Zangan. —Se llevó una mano al pecho—. Me dijo que Shotgun le había pedido que nos fuéramos antes de que llegara Shin-Ra. Dijo que iban a poner en cuarentena el pueblo. Tardé mucho en recuperarme y para cuando pude volver a moverme… no quise regresar a Nibelheim. —Apretó la mandíbula—. No me quedaba nada allí.

La muchacha enmudeció, con los ojos brillantes.

Cloud se sentía incómodo. Desde que Tifa y él se reencontraron no habían hablado de Nibelheim. La alegría y sorpresa del reencuentro se vieron eclipsados por los recuerdos. Y, de mutuo acuerdo silencioso, no tocaron el tema.

—Me acuerdo que leí en el periódico que Sephiroth había muerto… —comentó Aerith con toda la delicadeza posible.

—Shin-Ra controla los medios de comunicación. —Cloud descartó la idea—. E informaron de muchas muertes de SOLDADO que no eran reales.

Tifa crispó los puños, frustrada.

—Quiero saber qué pasó. ¿Por qué Sephiroth no está muerto? ¿Cómo dejaron que escapara? ¿Qué ha estado haciendo hasta ahora?

—También yo quiero saber muchas cosas —la apoyó Cloud—. Entre otras, por qué me dejó vivir.

–—Y no sólo eso —musitó Aerith—. ¿Qué pasó con esa tal Jenova? Porque estaba en el edificio de Shin-Ra, ¿verdad?

—Supongo que se la llevarían de Nibelheim para… seguir experimentando con ella —aventuró Cloud, con la garganta seca—. Por algún motivo, Sephiroth no pudo llevársela consigo. Al menos… —Pensó en el cuerpo—, al menos no entera.

Barret, Tifa y Aerith se estremecieron. Red XIII soltó un prolongado gruñido de disgusto.

—¿Y ahora qué hacemos?

—Que eso lo decida el líder, ¿no? —dijo Barret con retintín, arrancándole una sonrisa a Aerith.

Cloud calló. Según las noticias, Shin-Ra había cargado a Avalancha la culpa del derrumbe del Sector 7, así como de la masacre ocurrida en sede de la empresa. No solo eso sino que había desplegado órdenes de busca y captura… Por todo el mundo. De momento no habían subido fotos a la red. Pero, aun así, no tenían ningún sitio al que ir. A menos que se aislaran en alguna región campestre.

¿Quería eso? ¿Alejarse del mundo? ¿Intentar… vivir como una persona normal?

No. No tenía la menor intención de hacerlo.

Sephiroth había quemado su pueblo, matado a su madre, destrozado su futuro y… su sueño. Sabía perfectamente que no podría cerrar esa etapa de su vida hasta que se enfrentara a la verdad. Hasta que supiera por qué continuaba vivo cuando debería haber muerto en aquel Reactor olvidado.

Sintió que su sangre hervía. No. La idea de olvidar todo, por propia voluntad, era impensable.

—Sephiroth se está dirigiendo al este —dijo.

—¿Cómo lo sabes? —gruñó Barret.

—Lo estaban buscando por esta ciudad soldados de Shin-Ra —le explicó Aerith.

—Si salió de Midgar y ha pasado por aquí, se está dirigiendo al este. No sé qué puede estar buscando, pero yo voy a ir tras él.

—Yo también —Tifa dio un paso adelante—. Tengo los mismos motivos que tú para querer ir.

Cloud asintió. No tenía derecho a negarle nada. Aerith entrelazó los dedos, meditabunda. Barret se levantó de un salto, apretando su gran puño.

—Jamás permitiré que Sephiroth o Shin-Ra se hagan con la Tierra Prometida, sea un campo de Mako o un lugar imaginario. En cualquier caso, los unos quieren cargarse el Planeta, el otro la humanidad. Si llegasen a ella, estaríamos perdidos. ¡Eso no lo puedo permitir!

Tifa y Aerith sonrieron hacia su antiguo jefe. Después todos se volvieron hacia Red XIII, que había permanecido en silencio todo aquel rato.

—Mi hogar es el Cañón Cosmo…

—¿Eso… no está en el otro continente…? —se sorprendió Tifa, haciendo un esfuerzo por aclarar sus escasos conocimientos de geografía.

—Si hay alguna posibilidad de que nos acerquemos a mi hogar… hasta entonces, me gustaría acompañaros por un tiempo. Después de todo, sin vosotros jamás habría conseguido salir de ese laboratorio.

Red buscó los ojos de Cloud.

—No puedo prometerte que vayamos allí —dijo el joven—, pero encontraremos alguna manera de acercarte.

—Gracias —respondió Red XIII con solemnidad.

Sólo quedaba Aerith. Ella se percató de que esperaban su respuesta y soltó un suspiro.

—Según el nuevo presidente, Sephiroth también es un Cetra… Así que me mintieron, yo no soy la última. No acabo de entender qué consecuencias tiene todo esto con respecto a mi futuro pero… Si no soy la última, quiero saber. Sephiroth parece tener más respuestas que yo, desde luego —Se mordió el labio inferior—. Quiero… ir con vosotros.

—¡Está decidido! Vamos a por ese tipejo, no hay tiempo que perder.

Fue de las pocas veces que Cloud estuvo de acuerdo con el antiguo líder de Avalancha.


Aparte de peines, las chicas habían comprado cepillos, mochilas para todos, un mapa de la región y cantimploras. Se hicieron con comida en lata y compraron nuevos móviles de usar y tirar. Cloud desapareció durante dos horas y después les metió prisa para abandonar Kalm sin explicarles qué había hecho.

Siguieron la carretera, a una buena distancia para que Red XIII pudiera esconderse entre matorrales o arbustos en caso de que se les acercara alguien.

Cloud les explicó entonces que, ya que ahora tenía que tomar responsabilidad sobre el resto de miembros del grupo, no iba a permitir que estuvieran en tanta desventaja con respecto a Shin-Ra y les mostró dos materias nuevas.

—¿De dónde las has sacado? —se sorprendió Red.

Cloud guardó un silencio elocuente. El animal soltó un quedo «oh». Luego, para sorpresa general, anunció que sabía cómo utilizar una materia y tendió una pata sin dudar. Cloud le entregó una de rayo y la de fuego a Aerith. Mientras caminaban, Cloud le explicaba lo básico del uso de la magia y ella asentía, entusiasmada, bajo la mirada de Tifa, que se mordía el labio inferior.

Aprovecharon un alto para hacer las primeras prácticas. Aerith sorprendió a todos con una inmensa llamarada que quemó una enorme extensión de tierra. Ella cayó de culo, con los pelos del flequillo de punta y las puntas calcinadas, riéndose entre hipidos de la sorpresa.

—¿Es normal que pueda hacer algo así? —tartamudeó Tifa en voz baja.

—No…—contestó Cloud, abandonando su expresión neutral para contemplar los restos del fuego con la boca entreabierta.

Al cabo de dos días era capaz de medir la longitud del ataque, de decidir su intensidad e incluso de detenerlo —más o menos— a mitad de camino. Cloud estaba desconcertado. A cualquier soldado normal le costaba meses de entrenamiento llegar a ese dominio de la materia.

Red apenas sí practicó, pues era perfectamente capaz de emplear su magia para defenderse. Prefería observar las lecciones en silencio, meneando la cola y soltando de tanto en tanto algún gran bostezo. Barret, por el contrario, frustrado por sus lentos avances, acababa despotricando contra todos.

Tifa tuvo muchas ocasiones para practicar, pero se sentía intimidada por la habilidad de Aerith, que desbordaba energía por todos los poros y cada día mejoraba un poco más.

En cuanto podía, como antes de comer o de cenar, Cloud y Tifa le enseñaban defensa personal a Aerith. Manejaba bastante bien su vara, pero en cuanto alguien se metía dentro de su espacio, quedaba indefensa. Esperar que se volviera tan hábil como Tifa era desear demasiado, así que se limitaron a perfeccionar cosas simples: dirigir los golpes a la nariz con el dorso de la mano; el codo al estómago; empujar la cabeza del agresor hacia abajo para asestar un rodillazo. Métodos tan poco sutiles pero igualmente útiles como meter los dedos en los ojos o retorcer los dedos ya los tenía plenamente asumidos y demostró que estaba habituada a hacer uso de ellos.

Tifa, haciendo un gran acopio de valor, se animó a pedirle a Cloud que se enfrentara a ella y, de esa manera, encontraron un entretenimiento común en la lucha cuerpo a cuerpo. Tifa tenía una potencia impresionante en los puños y una patada suya en el cuello podía ser mortal. Sus reflejos eran rapidísimos —Cloud reconoció que podría ser una excelente SOLDADO de tercera clase— y, como jamás se tomaban verdaderamente en serio la pelea, esta podía extenderse mucho rato.

Barret, por su parte, sólo aceptaba luchar contra Cloud.

—No puedo arriesgarme a que Tifa me deje sin cabeza, ni tampoco a dar sin querer a Aerith.

Después de cuatro victorias seguidas, Cloud cedió a las bruscas peticiones de su compañero y le enseñó algunas técnicas. Estaba convencido de que, si Barret hubiera conservado las dos manos, tendría que haberse dedicado al boxeo en vez de a las peleas a las que Cloud estaba acostumbrado, mortales y rápidas. Aun así, intentó adaptarse a su estilo más robusto y directo.

Pero no tenían demasiado tiempo para esos momentos. Cloud les impuso un ritmo bastante estricto y siempre acababa él solo con Red XIII a varios centenares de metros por delante del grupo. Más de una vez tuvieron que dormir a ras del cielo.

Siempre que pasaban cerca de un pueblo buscaban información de Sephiroth. Desde Kalm, nadie parecía haberlo visto. A Cloud no le extrañó: Sephiroth no era estúpido, si no quería ser encontrado, nadie podría dar con él. Lo que llevó a preguntarse por qué se había dejado ver en Kalm…

Al aproximarse al mar, averiguaron que en una villa había sido visto un hombre que coincidía con su descripción, dirigiéndose al sur. Viraron rápidamente de dirección. No hacía ni tres días desde que fue avistado, lo que significaba que tampoco les llevaba demasiada ventaja.

Preguntando allí donde descubrían una vivienda o un pueblo, supieron que un campesino había visto a un individuo como el que buscaban atravesando las praderas hacia el oeste.

—Lo que es una locura —añadió la tendera que les contaba la historia.

—¿Por qué? —le sorprendió Aerith.

–—Porque al oeste está el pantano de Zolon. —La mujer se inclinó hacia ellos, bajando la voz—. Es un lugar de mal agüero. Vive una monstruosa serpiente tan grande como cuatro casas y cualquiera que invada su territorio, es devorado.

—¿Qué hay más allá?

—Una cadena montañosa que va hasta la costa del sur. Hay un paso. En coche tardaríais dos días.

—En coche —repitió Cloud, frunciendo el ceño—. ¿Y andando?

La mujer soltó una carcajada, sacudiendo una mano.

—Sí, andando, ¿qué más? —Cuando vio que ninguno se reía con ella y carraspeó—. Ah, veo que no tenéis transporte. Entonces, podríais ir a la granja de Chocobos de Billy. Seguramente podáis alquilar algunos.


La granja estaba conformada por dos edificios; uno era un establo, el otro, una casa. Dentro de una amplia cerca, diez chocobos picoteaban entre la hierba. Algunos levantaron las cabezas y los miraron con simpatía. Aerith y Tifa se asomaron y la primera extendió la mano para acariciar el gran pico naranja de uno. El animal soltó unos graciosos gorjeos.

—¿Puedo yo también? —se ilusionó Tifa—. Nunca había visto un chocobo tan de cerca…

—Claro, parece muy manso —Aerith le dejó sitio.

—Qué monos son…

El chocobo cerraba los redondos ojos negros, erizando las plumas.

—Parece que les habéis gustado —comentó Barret, sonriendo.

—Sí, eso parece.

Cloud ya se había dado cuenta de la presencia del hombre para cuando este abrió la boca. Al ver sus armas, su sonrisa estuvo a punto de desaparecer. Tenía los brazos curtidos y llevaba un chaleco de cuero viejo, pero de buena calidad, además de unas gruesas botas y pantalones manchados por el trabajo de la granja.

—Bienvenidos, soy Billy, el dueño —tras un titubeo, les tendió la mano—. Imagino que venís a alquilar o comprar mis chocobos.

—Sí, tenemos prisa —confirmó Cloud, estrechándosela con rapidez.

—Ya veo. Pero… ¿va a pagarme en metálico o Shin-Ra se ocupará de los gastos? —no fue capaz de ocultar cierto sarcasmo.

—¿Son muy caros? —Aerith se mordió el labio inferior.

—Siento decir que bastante —dijo Billy—. Los cuidamos desde que son crías, les dedicamos años de atención y, para que entendáis el porqué del precio, muchos de ellos acaban en las carreras de Gold Saucer…

—¿Y alquilarlos? —preguntó Tifa.

—Eso ya es más barato —dijo Billy, dando una palmada—. Y podemos negociarlo. Sois cuatro, ¿no? ¿Por qué tipo de terreno necesitáis ir?

—La verdad… —Tifa pidió permiso a Cloud con la mirada antes de seguir hablando—, estamos buscando a una persona y creemos que quiere ir al otro lado de las montañas…

—Ya veo, ¿necesitáis ir al sur? Con mis chocobos podéis llegar en un dia y medio si vais muy rápido. Pero lo normal es que tardéis algo más… En cualquier caso, es un terreno fácil para ellos, bastante llano.

—¿No hay algún otro sitio por donde pasar? —preguntó Cloud.

Billy se rascó la barba.

—Si siguierais hacia el oeste daríais con las minas de mirtrilo, que cruzan las montañas, pero antes está el pantano de Zolon. ¿Habéis oído lo de…?

—¿La serpiente? Sí.

—Entonces os voy a hacer una seria advertencia. —Levantó un dedo con las pobladas cejas fruncidas—: Es mejor tardar un poco más a perder la vida.

En otras circunstancias, Cloud habría seguido su sentido común y obedecido. Pero si perdían la pista de Sephiroth era muy probable que no pudieran recuperarla. Y los golpes de suerte no solían repetirse.

—¿No hay una manera segura de atravesar el pantano?

Billy resopló.

—Me da igual que seas un SOLDADO, chico, hablo en serio. Os vais a matar.

Cloud meneó la cabeza.

—Insisto.

—Los jóvenes no escucháis a los mayores. A ver. —Se frotó el puente de la nariz—. Quizás, y sólo quizás, si hicierais que los chocobos corrieran lo más rápido posible, lo que es mucho, creedme, podrías cruzar hasta las minas.

—¿De verdad? —dudó Barret.

—Sí, pero para eso necesitaríais unos chocobos muy buenos.

Cloud maldijo en su interior. Para que les saliera más barato, había planeado sólo coger dos y que compartieran monturas, o como máximo tres porque Barret era muy pesado, pero si necesitaban ir tan rápido ya se podía ir olvidando de ahorrar dinero.

Billy los observó fijamente. No parecía que Shin-Ra pretendiera pagar los gastos, no. Estuvo a punto de dar carpetazo al asunto, para acostarse contento consigo mismo al saber que había salvado la vida de aquellos imprudentes. Pero uno de sus chocobos gorgojeó y una idea se encendió en su mente. Echó un vistazo al SOLDADO. No, no quería meterse en líos con Shin-Ra.

Y se decía que las habilidades de los SOLDADO eran prodigiosas.

Se volvió a rascar la barba y farfulló:

—Aunque, también…


Red XIII estaba agazapado entre las altas hierbas, inmóvil. Había seguido el olor y no cabía duda de que aquella zona era perfecta. Sólo le quedaba , casi dos horas después, su agudizado oído captó unos pasos acercarse, aplastando la hierba, sacudiendo las plumas de su cuerpo, Red XIII se puso en guardia. Alzó muy, muy poco, la cabeza.

Allí estaba el chocobo salvaje. Tenía un aspecto saludable y robusto.

Se aseguró de que no estaba acompañado. Los chocobos no solían ir en manadas, pero a veces se daba el caso de que fueran una pareja o más.

El ave empezó a husmear entre la hierba. Entonces Red tomó impulso y, silencioso como una sombra, se arrojó sobre él.


—¡Fantástico!—Billy dio un puñetazo al aire.

Barret tiraba de una cuerda firmemente atada en torno al cuello del chocobo. Este tironeaba de tanto en tanto, sin ganas, pero hacía un rato había presentado tanta pelea que casi se les había escapado.

Con ese, ya eran seis los chocobos que Red XIII había capturado. Billy no cabía en sí de gozo, y ametrallaba a Cloud a preguntas sobre lo rápido que podía moverse, pues los chocobos eran endiabladamente veloces y había que dedicar días a la caza de un grupo grande. De muy buen humor, accedió a alquilarles cuatro chocobos por la mitad del precio original.

—¿Cómo le devolveremos a los chocobos? —preguntó Tifa, apoyada contra la valla que la separaba de los animales.

—Volverán solos, están entrenados para eso.

—Pero… ¿no pueden intentar robárselos? —se extrañó ella.

—Señorita, si alguien intentara robarme un solo chocobo se encontraría con un buen montón de mercenarios de Gold Saucer encima. Tienen microchips que nos permiten localizarlos en cualquier lugar del mundo, así que no hay forma de esconderse de nosotros. No intentéis robármelos, ¿eh? —le guiñó un ojo, y Tifa soltó una risa cortés.

—¿Y si el monstruo…? —Aerith cerró la boca ante la mirada de advertencia de sus compañeros.

Billy rió.

—He oído que Zolon es muy rápido, pero los chocobos son los animales más veloces del mundo. Y si tienen miedo… —Soltó una carcajada—. ¡Se podría decir que vuelan!

—Pero no vuelan —quiso asegurarse Barret, que se había puesto pálido.

—No, sus alas son demasiado pequeñas para un cuerpo tan grande. En fin, manos a la obra chicos, tenéis que aprender a montarlos.


Billy no cesó hasta que aceptaron quedarse a cenar con él y su hijo, que se lanzaron a contarles con todo lujo de detalles las anécdotas que les sucedían cada vez que recibían unn encargo, las discusiones con los compradores o los problemas que tenían para mantener un número alto de chocobos en la granja, pues se los quitaban de las manos. Orgullosos, les mostraron las fotos de los chocobos que habían resultado ganadores en los juegos de Gold Saucer. Entre tanto, Aerith escondió disimuladamente parte de su comida y la sacó para Red XIII, que descansaba tras el almacén.

No consiguieron irse a la cama hasta bien entrada la noche, cuando Cloud fulminó con la mirada a padre e hijo y dijo con sequedad que tenían que madrugar.

Al día siguiente, de madrugada, colocaron las sillas sobre el lomo de los chocobos, que cambiaban el peso de una pata a otra, inquietos.

Cloud subió y se acomodó mientras ponía los pies en los estribos. Puso la espada de manera que no molestara al animal. Billy le cogió las riendas y lo sacó del establo. Al ver que uno de sus compañeros se iba, las demás aves se apresuraron a seguirle hasta el exterior. Billy montó, dispuesto a acompañarles durante parte del camino para evitar que se perdieran.

Cloud presionó con suavidad los estribos contra los costados del animal y este empezó a correr a buen paso. Apenas se notaba el trote y, aunque no se podía decir que fuera lo más cómodo del mundo, sólo era cuestión de acostumbrarse a mantener la espalda recta y adaptar la cadera a los movimierntos del chocobo. Pero cuando corrían, lo hacían con el cuello inclinado hacia delante y casi había que tumbarse sobre ellos.

El sol ya estaba bastante alto cuando Billy los abandonó, no sin antes entregarles un mapa con la ruta que debían seguir.

—¡Hacedme el favor de no moriros!

—Eso dependerá de tus chocobos —respondió Barret, socarrón.

—En ese caso no me preocuparé.

—Muchas gracias por todo—dijo Aerith.

—Gracias a vosotros. ¡Suerte!

Pasaron del trote al galope. Al cabo de un rato, el chocobo de Cloud soltó un gemido de pavor. Cloud buscó a su alrededor, alarmado. Vio una figura roja acercándose hacia ellos a la velocidad de un rayo.

—¡Hola Red! —saludó Aerith, con la voz temblorosa por culpa de las zancadas de su montura.

—Buenos días —contestó éste, alzando la voz.

—¡Apártate o este bicho se va a volver loco! —gritó Barret, tironeando de las riendas de su aterrorizado chocobo.

—Me adelantaré para inspeccionar el terreno.

Sobre las cuatro de la tarde alcanzaron el pantano. El paisaje era de cuento de terror. Los pocos árboles que había estaban podridos y se retorcían en posturas agónicas. El olor era insoportable y en algunos sitios el barro borboteaba. No había ningún atisbo de vida, a excepción de los mosquitos, que acudieron en masa a recibirlos.

Avanzar se volvió más trabajoso. La tierra fue perdiendo consistencia hasta volverse cenagosa. El chocobo de Tifa fue el primero en perder pie y se hundió casi hasta las rodillas de la chica, que soltó un grito de la impresión. El animal chapoteó hacia delante hasta que encontró una zona más firme y salió sin problemas, aunque prácticamente de color negro. Pero no hubo más incidentes. Los chocobo que saltaban de un montículo a otro, salvando grandes distancias gracias a sus poderosas patas.

Red se quedó atrás, soltando prolongados gruñidos de sufrimiento por el mal olor. Los demás, por su parte, permanecían pendientes de la serpiente gigante. Miles de formas sinuosas les ponía en guardia y sufrían continuos sobresaltos.

Las montañas estaban cada vez más cerca, pero ninguno se atrevía a considerarse a salvo. Quizás la velocidad de los chocobos realmente fuera demasiado para la serpiente. O a lo mejor habían tenido suerte y el monstruo se encontraba en el otro extremo del pantano. Pero a medida que pasaba el tiempo y no se atisbaba por ninguna parte a la serpiente, empezaron a preguntarse si no sería más que una leyenda. También podría ser que hubiera existido hacía muchos años y que hubiera fallecido hacía décadas, incluso más. Aun así, continuaron dirigiendo nerviosas miradas a su alrededor entre manotazo y manotazo a los mosquitos.

El terreno se volvió más transitable, aparecieron rocas y unos pocos árboles cerca de la falda de las montañas.

—Sois unos fenómenos—felicitó Aerith a los chocobos, rascándole el cuello al suyo. El animal gorjeó.

Redujeron considerablemente la marcha y dejaron que los chocobos se sacudieran el barro de las patas. Red XIII se restregó el cuerpo entero contra las hierbas, gimiendo de disgusto.

—Las minas deben estar cerca —dijo Barret, mientras sus ojos recorrían la ladera.

Doblaron un recodo y la comitiva se detuvo en seco.

—¡Por Gaia! —Aerith se tapó la boca con una mano.

El rey del pantano, la leyenda que había aterrorizado a los pueblos cercanos, estaba delante de ellos. Su sombra se elevaba más de siete metros en el aire en torno a un descarnado árbol que empezaba a ceder bajo su peso. Su sangre bañaba el tronco y una sustancia negra, probablemente veneno, goteaba de sus colmillos. La parte superior del árbol, como un gigantesco cuchillo, atravesaba parte de su cuerpo. La serpiente era de una tonalidad verdosa en las escamas superiores, pero en la parte inferior, su vientre, se volvía amarillo. A ambos lados de su cabeza, igual que las cobras, tenía una especie de membrana, y los enormes ojos rojizos se habían cubierto por una capa blanca y se clavaban en la nada, ciegos.

—¿Cómo han podido vencer a… algo así? —susurró Tifa.

—La sangre es reciente… —informó Red XIII, después de acercarse a inspeccionar.

—Entonces… ¿ha sido Sephiroth?

Aerith se estremeció y se detuvo al borde del charco de sangre que regaba la escasa hierba grisácea.

—¿Los Cetra… somos así de poderosos?

Cloud apretó los labios. No quería, ni podía, llegar a imaginar a Aerith exhibiendo una fuerza tan bestial.

—Vayámonos —dijo en voz baja.

Desmontó de su chocobo, que tenía las plumas erizadas y cambiaba el peso de una pierna a otra. Le acarició el pico para tranquilizarlo. Billy les había dicho que cuando no los necesitaran más, los orientaran hacia atrás y les dieran una palmada en el costado para que echaran a correr. Por un momento pensó en quedárselos. Al fin y al cabo, eran muy útiles y sería mucho más seguro tener un medio de transporte… Pero recordó la advertencia que les había hecho Billy. Como si no tuvieran suficiente con ser perseguidos con Shin-Ra, si los robaran tendrían tras sus talones a Gold Saucer.

No solo eso, sino que alimentarlos estaba lejos de sus posibilidades.

—Venga, volved a casa —suspiró al final.

Cuando las fuertes patas de los animales resonaron contra el suelo y salieron despedidos hacia delante, Cloud volvió a pensar que era una pena no poder quedárselos. Les habrían hecho el camino mucho más ameno.


Las minas de mirtilo habían sido completamente abandonadas. Los distintos caminos excavados en la piedra estaban cubiertos por raíces, musgo o se habían vuelto intransitables por algún corrimiento.

Con todo, los Turks tenían recursos y se habían hecho con el mapa más detallado posible de las rutas que una vez conformaron la mina. Tseng examinó una última vez la pantalla de su móvil; aquel era un callejón sin salida. Tenía que admitirlo, si Sephiroth había pasado por ahí ya no quedaba ni rastro. Lo habían perdido.

Dio media vuelta y se encaminó al punto de encuentro. Estaba cansado. Rufus jamás había estado de acuerdo con la administración de la empresa y estaba dando comienzo a una fuerte purga en la que los Turks se ocupaban de recopilar información acerca de fraudes. Era un trabajo pesado, repetitivo y agotador. Sobre todo después de que Reno hubiera tenido que ser hospitalizado tras la pelea contra los terroristas. Aunque le cerraron las heridas más graves con una materia de curación, se le había permitido un corto período de baja. Debido a que andaban escasos de manos, habían aceptado a un nuevo miembro que no estaba nada familiarizado con los métodos que usaban los Turks, pero que llevaba un tiempo intentando acceder a la organización.

Los terroristas… La antigua, la verdadera Avalancha fue fundada hacía más de cinco años y tuvo unas dimensiones impresionantes. En su momento, Avalancha se volvió tan peligrosa que eliminarla se convirtió en el principal objetivo de los Turks. Y, aunque le doliera admitirlo, se merecían un cierto reconocimiento. Tuvieron que invertir millones en ocultar sus atentados. Que hubieran sido sustituidos por unos pocos terroristas de pacotilla, de los cuales dos eran casi unos adolescentes le revolvía por dentro.

Y hablando de adolescentes, cuando los detuvieron en la sede de Shin-Ra, algo se activó en su memoria. Ya había visto antes a aquel chico que iba vestido como un Primera Clase, pero no recordaba ni dónde ni cuándo. Había querido investigarlo, pero desde entonces no había tenido ni un solo minuto libre.

«Cuando se acabe el viaje del presidente, buscaré en los archivos de SOLDADO», se prometió.

Llegó a un saliente donde se cruzaban dos caminos, casi sumidos en la oscuridad. Puntuales como un reloj, Rude y Elena habían llegado antes que él.

Elena guardaba un tremendo parecido con su hermana mayor, Gun e incluso llevaba su mismo corte de pelo. Sin embargo, sus gestos eran mucho menos seguros que los de la antigua Turk y sus ojos castaños viajaban nerviosamente desde él hacia el suelo, del suelo a Rude, de Rude a las paredes, y de las paredes a Tseng de nuevo.

—Nada —informó Rude.

—Era de suponer —musitó Tseng, comprobando que no había cobertura—. Tenemos que asegurar la protección del presidente.

—Sí, señor —exclamó Elena, cuadrando los hombros. Con una expresión dubitativa, preguntó—: ¿Es cierto que Sephiroth se dirige a Junon?

—Eso creemos.

Tseng no podía afirmar nada. Habían pasado cuatro años creyendo que Sephiroth estaba muerto para que, de pronto, asesinara al antiguo presidente. No sólo eso, sino que había robado el espécimen de Cetra y asesinado a casi la mitad del personal del edificio. No quería pensar qué habría pasado si todos los empleados hubiesen estado en su puesto de trabajo.

—Id adelantándoos a la salida y preparad el helicóptero.

—A la orden —respondió Elena.

Rude se limitó a asentir con la cabeza.

Tseng los siguió a un paso lento. ¿Por qué Sephiroth estaba siguiendo una ruta tan extraña? Si, como suponían, se dirigía al oeste, hacia el océano, significaba que quería ir al otro continente. Pero había sido un rodeo estúpido, una pérdida de tiempo. Desde Midgar había carreteras que llevaban directamente a los puertos principales… Puede que pretendiera despistarles tomando rutas desconocidas o prácticamente intransitables. Habría tenido sentido si muchos aldeanos no le hubieran visto claramente, marcando un camino a seguir.

Sephiroth no tenía por qué ser encontrado si no lo deseaba. Entonces, ¿estaba buscando que Shin-Ra lo persiguiera? No tenía sentido.

Tseng perdió de vista a sus dos subordinados y se detuvo. Había visto un resplandor por el túnel de su derecha. Con sigilo, sacó la pistola del bolsillo interior de la chaqueta.

El filo de la enorme hoja se detuvo a unos centímetros de su rostro.

—Suelta la pistola.

—No tenemos órdenes de capturaros —respondió, mientras obedecía.

Strife emergió de las sombras. Tras él, el gigantesco hombretón lo apuntaba con su ametralladora. Captó de nuevo el resplandor y, por el rabillo del ojo, descubrió que era la cola del espécimen de Hojo. Atrás del todo estaban la muchacha de cabello largo y… Aerith.

—Me alegro de que estés bien —confesó.

El joven entrecerró los ojos, presionando el filo de su arma contra su nuez. Aerith se adelantó y le cogió por el hombro.

—Déjalo, Cloud.

—Si no me doy prisa, Rude y Elena vendrán a ver qué me ha pasado —dijo Tseng.

—Pues entonces acabamos con los tres y un problema menos para el mundo —amenazó Wallace, dibujando una salvaje sonrisa en su rostro—. No sabes qué ganas tengo de haceros puré.

A Tseng no le cupo duda alguna de que era perfectamente capaz de hacerlo. Si consiguiera despistarles o, al menos, alejar la espada de Strife de su garganta, podría recuperar su arma. Pero el animal estaba muy cerca y había flexionado las patas. Lo derribaría en cuanto moviera un músculo.

—¿Sephiroth se dirige a Junon? —preguntó Strife, con los brillantes ojos azules entrecerrados.

Tseng sopesó los pros y los contras y decidió que, en esa situación, lo mejor era ser sincero.

—Eso pensamos.

—¿Por qué ahí?

—Sólo son hipótesis, pero el presidente va a estar allí.

—Claro —musitó Lockhart—. Si mató al anterior, ¿por qué no al actual?

—Podría ser —confirmó Tseng—, pero no hay nada seguro. Sólo estamos tomando medidas de seguridad.

—Bien —Strife tensó el brazo.

—¡Cloud! —exclamó Aerith.

—Nos delatará.

—¡Tseng es un amigo mío! —Se puso delante de él extendiendo los brazos—. ¡Si Shin-Ra no me ha atrapado hasta ahora ha sido gracias a él! Siempre se ocupó de que no me localizaran —continuó con vehemencia—. Por favor…

El muchacho vaciló y compuso un gesto atribulado. Tseng se sorprendió. No era más que un niño.

Pero un niño muy fuerte, había que añadir. La espada no había temblado ni un milímetro desde que la sostuvo en el aire y debía pesar una barbaridad.

Sólo había conocido a dos personas además de él que…

Tseng contuvo una exclamación al reconocer el arma. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? ¿Cómo había estado tan ciego como para no percatarse de que era esa arma en concreto? En sus esporádicos encuentros, había prestado más atención al hecho de que se estuviera enfrentando a un SOLDADO renegado que al arma que llevaba, pero ahora parecía tan claro que no entendía cómo lo había pasado por alto.


Cuando Tseng salió al exterior y las aspas del helicóptero le ensordecieron, había recuperado su pistola, pero no la serenidad que normalmente le permitía mantener sus sentimientos bajo control.

Ya recordaba dónde había visto antes al chico.


De no haber sido por Barret, definitivamente se habrían perdido. Fue él quien se orientó en los interminables pasadizos de la mina y consiguió encontrar una salida distinta a la que se habían dirigido en un principio. Después de tantas horas respirando aire viciado y forzando los ojos, el atardecer y el cielo púrpura fueron un regalo para la vista y el alma.

—¿A cuánto está Junon? —preguntó Tifa, estirando los brazos.

Cloud comprobó desde su móvil la distancia.

—Si vamos a buen paso, podríamos estar en unos dos o tres días —calculó a ojo.

—Haría falta un milagro para llegar a tiempo —comentó Barret.

—¿A tiempo de qué? —preguntó Aerith, que estaba con los brazos abiertos de la caricia del viento.

—¿No es obvio? El cabrón de Rufus va a ir a Junon, si es que no ha llegado ya. —Barret sacudió la mano—. Tenemos que cargárnoslo.

—La idea es llegar después de que él se largue —replicó Cloud, cerrando el mapa—. Porque ahora los Turks saben que vamos hacia allí también. —Cuando los encontraron en medio de la cueva creyeron que les habían seguido a ellos. Pero escuchar su conversación sin precipitarse les había servido para saber a dónde debían dirigirse—. Llegar a la vez que Rufus es una locura y ya les habrán informados de que vamos...

Aerith había bajado la cabeza con culpabilidad, pues de no ser por ella habrían podido llegar a Junon sin ser descubiertos. Cloud ignoró las quejas de Barret sobre que quería arrancarle las entrañas al cabrón de Shin-Ra y se acercó a ella.

—Si no me hubieras detenido, lo habría matado y nos habríamos tenido que enfrentar a los otros dos —le dijo tras un par de titubeos.

Ella sonrió, agradecida.

—Tenemos que pasar la noche en el bosque —comentó Red XIII, que examinaba la región que se abría a sus pies.

—Me da igual dónde, yo sólo quiero cenar cuanto antes. —Tifa soltó un gemido y se masajeó los muslos—. No puedo más.

—Yo tampoco —se rió Aerith.

Buscaron un claro donde poder montar un apañado campamento. Abrieron las últimas latas que les quedaban de comida y descorcharon la cerveza. No hubo demasiada conversación; había sido un día muy largo, con más sustos de los esperados y estaban exhaustos. Uno por uno, fueron cayendo dormidos.


Estaba en la fina línea que separaba el sueño de la consciencia. Escuchaba las hojas de los árboles cada vez que corría una ráfaga de viento, el canto de los grillos, las respiraciones de sus compañeros acompasadas, interrumpidas por algún que otro retumbante ronquido de Barret. En medio de aquella orquesta de sonidos, distinguió los pasos. Su cuerpo se tensó y, a través de las pestañas, inspeccionó su alrededor.

Los demás seguían durmiendo en torno a los restos de la modesta hoguera. Todo parecía tranquilo, en paz. Se preguntó si habría sido cosa de su imaginación, pues Red continuaba descansando y su oído era incluso más fino que el suyo. No había acabado de planteárselo y Cloud volvió a escuchar los pasos, en esa ocasión todavía más cerca.

Una sombra saltó por encima de los arbustos y cayó sin casi hacer ruido a un metro de él.

La figura se mantuvo agachada, en cuclillas, y examinó al grupo. Conservando la calma, aguardó. Oyó una débil risita aguda y el intruso se dirigió hacia él, con mucho cuidado de no despertarlos. Cuando estuvo a unos centímetros y extendió las manos hacia algo que había cerca de su cabeza, Cloud se levantó, atrapó la empuñadura y lanzó la parte roma de la espada contra la figura.

La hoja chocó contra algo duro y hubo un estallido metálico. Cloud se abalanzó adelante, dando un sablazo, todavía con la parte roma, con la suficiente fuerza para romper una o dos costillas a su rival. Sin embargo, este dio un acrobático salto hacia atrás y, una vez fuera de su alcance, arrojó algo.

En un acto reflejo, Cloud se cubrió tras la espada. El golpe restalló en sus oídos, pero no fue nada que la Buster no pudiera rechazar. A sus pies cayó un shuriken gigantesco que podría haberle rebanado la cabeza sin problemas.

—¿Pero qué…? —gruñó Barret, todavía con un pie en el mundo de los sueños.

De un poderoso salto, Red XIII cayó sobre el intruso, que pegó un estridente alarido.

—¡No me comas! —aulló.

Los dientes del animal se detuvieron a unos centímetros de su cuello.

—Es una niña —anunció, sorprendido.

—¡L-la hostia! ¡Pero si habla!

Era una adolescente, de entre unos catorce y dieciséis años. De revolverse bajo las patas de Red, la cinta que llevaba en torno a la frente se le había resbalado hacia abajo, casi cubriéndole los ojos marrones. Para estar en una zona donde normalmente hacía fresco, iba muy ligera de ropa, sólo con unos pantalones cortos, unas botas y jersey verde sin mangas. La corta melena negra se le había llenado de ramitas y hierba.

—¿Qué estabas intentando hacer? —preguntó Cloud con frialdad.

—¡Nada! —exclamó con dificultad—. ¡Quitadme a este bicho de encima, así no se puede hablar!

—Red —pidió Aerith con un tono suave.

El felino bufó en la cara de la muchacha, que soltó un chillido ahogado, y se retiró de espaldas. Ella le siguió con la mirada, pálida como un muerto, y cuando Red mostró los dientes pegó un nuevo gritito.

—Tranquila —dijo Tifa—. No te hará daño.

La chica se llevó una mano al pecho, fulminó a Red XIII con la mirada, y se quejó con voz gutural:

—Tío, no me puedo creer que haya perdido contra un SOLDADO —Se puso de pie de un impulso y se le descompuso el gesto. Cayó de rodillas con un gemido ahogado, apretándose un costado—. ¡Joder!

—¿Estás bien? —se preocupó Tifa.

—¡Claro que lo estoy, no te me acerques, Shin-Ra de mierda!—gritó, haciéndoles un brusco gesto.

Tifa se quedó tan sorprendida que no supo cómo reaccionar, pero luego todas las miradas cayeron sobre el uniforme de Cloud. Aerith se acuclilló al lado de ella y le dijo, calmada:

—Aunque va vestido como si fuera un SOLDADO, dejó la organización hace tiempo.

—Ya, ¿y por qué lleva la ropa? —Había tal odio acumulado en sus ojos que casi quemaba.

—Eso no importa, te aseguro que no forma parte de Shin-Ra. —Hosca, la chica desvió la cara hacia ella —. ¿Te has hecho mucho daño?

Todavía tardó unos segundos en dejar de morderse el labio inferior y asentir, con el ceño fruncido. Después de mucho insistir, Aerith consiguió que dejara a Tifa aplicarle su materia de sanación porque, por mucho que insistiera la chica en que no eran más que unos rasguños, resultó que tenía un moratón impresionante a la altura de las costillas.

—¿Qué intentabas robar?

—¡Como si te lo fuera a decir!

—Qué cosa más rara, ¿esto no es un arma ninja? —farfulló Barret, cogiendo el shuriken que había quedado abandonado en el suelo.

—¡No lo toques, devuélvemelo!

—¿Quieres estarte quieta? —la regañó Aerith—. A ver si a Tifa le va a salir mal la magia y te va a cambiar un órgano de lugar.

Palideció bruscamente al escuchar estas palabras y se quedó tiesa como un palo de escoba. Aerith y Tifa intercambiaron una sonrisa cómplice.

—¿Eres de Wutai? —inquirió Cloud.

—¿Algún problema con eso?

—¿Y tus padres?

—Tengo dieciséis años, ¡no soy una niña a la que tengan que hacer de niñera, ¿sabes?!

—¿Quieres decir… que has venido sola hasta aquí? —

La niña asintió con la cabeza, esbozando una sonrisa de orgullo.

—Entonces te has escapado de casa —juzgó Barret.

—¡Pues no, capullo!

—¿Cómo te llamas?

La muchacha guardó silencio, pero en cuanto Tifa dio por terminada la sesión y le advirtió que tuviera cuidado al moverse, porque imaginaba que todavía quedarían secuelas, se incorporó y exclamó, llevándose una mano al pecho:

—Mi nombre es Yuffie Kisaragi y os agradezco que a pesar de todo me hayáis ayudado.

—¿Nos vas a decir ahora qué querías robarnos? No somos de Shin-Ra, no debes tenernos miedo.

—¿Miedo? —repiti, abriendo los ojos como platos. Soltó una carcajada socarrona—. ¡No os tendría miedo ni en un millón de años! Pero como no sois de Shin-Ra, aunque lo parezca, no tengo nada en vuestra contra.

—Creo que quería nuestras materias, Cloud —dijo entonces Red —. Se dirigió a ti, ¿no? Y es lo único que tenemos de valor… Además, le han brillado los ojos cuando Tifa sacó la de curación.

Yuffie abrió y cerró la boca varias veces, sin saber dónde poner las manos, que al final acabó cruzando.

—¿De qué habla este bicho…?

—Nos has tenido que estar espiando desde que llegamos para saber que las materias las guardaba yo —señaló Cloud con frialdad.

Yuffie farfulló entre dientes. El silencio cayó sobre el grupo como una pesada losa.

—¡Sí! —estalló al final—. ¿Y qué? ¡Como si Shin-Ra no tuviera suficientes! Eso fue lo que pensé.

—Vamos, que querías hacer un negocio vendiéndolas, ¿eh? —se rió Barret.

—Sí —respondió, huraña.

Se reunieron, dejando a Yuffie algo aparte, para discutir qué hacer.

—¿Vamos a dejarla aquí sola? —susurró Tifa.

—¿Y qué quieres que hagamos, llevárnosla? ¿Te recuerdo que nos busca medio planeta? —dijo Barret.

—Bueno, pero no parece muy por la labor de ayudar a nadie a encontrar a enemigos de Shin-Ra. —Aerith la miró pasarse la mano por el dolorido costado.

—Que no te dé pena —le advirtió Barret, frunciendo el ceño—. No me trago que haya venido sola desde Wutai. Seguro que tiene a sus padres cerca y son unos ladrones como ella.

—Barret —Aerith puso los brazos en jarra—, alguien que no está desesperado no ataca a un SOLDADO para robarle unas materias.

—A menos que odie a muerte a los SOLDADO —murmuró Cloud—. Que yo sepa en Wutai no se le guarda demasiado cariño a Shin-Ra después de la guerra.

—Entonces… —Barret entrecerró los ojos—, ¿quieres decir que lo hace por una especie de venganza?

—Eso creo.

Barret se giró y contempló a la chica con nuevos ojos.

Le ofrecieron lo poco que les quedaba de comida, pero Yuffie soltó un bufido burlón al ver las latas y desapareció entre los árboles. Regresó, al cabo de un rato, con un par de conejos muertos.

—Prefiero la comida caliente, muchas gracias. ¿Eh, perrito? Seguro que a ti te encanta… venga, te doy uno entero.

—Me gusta la comida cocinada. Y no soy un perro.

Yuffie soltó una carcajada y se sentó al lado de Red XIII. Al principio algo reticente, le acarició el lomo. Red XIII bufó y se apartó. Yuffie fue detrás de él. Después de apartarse tres intentos, el animal se armó de paciencia y respondió a sus preguntas con monosílabos. Luego, incómodo, apartó la cola de su alcance: Yuffie la estudiaba con un brillo peligroso en los ojos.

Cuando se cansó de Red XIII, Yuffie se plantó junto a Cloud y se lanzó a interrogarle acerca de por qué iba vestido como un SOLDADO si en realidad no lo era. Que Cloud fuera una tumba no la detuvo ni para respirar.

Una hora después, Cloud suspiró y se preguntó si tardarían mucho en salir del bosque para librarse de aquella cotorra.