Ginevra Weasley no sólo era la prometida del elegido, es más, su confianza y olfato para los negocios habían hecho de ella una buena comerciante, digna hermana de los gemelos Weasley.

Su tienda de artículos de quidditch era la más frecuentada del callejón, vendía cualquier tipo de escoba, ágil, rápida o resistente. También estaban las que sorteaban las bluggers y las que olían el rastro invisible de una snitch. En otros estantes reposaban los fieros y duros bates de los golpeadores, preparados para tener cinco veces más potencia que los originales y ser capaces de enviar la pelota al otro lado del campo de un solo golpe. Luego había guantes, cascos e infinidad de equipamientos, de todos los colores posibles o de las cuatro casas de Hogwarts.

Sin duda alguna Ginny sabía dirigir su negocio, el cual abría todos los días y en el que solía estar trabajando, como vendedora, reponedora o incluso cajera. El lugar no importaba, ella trabajaba como una más a pesar de que el local estaba firmado a su nombre.

Aquella mañana era soleada, el cielo estaba totalmente despejado y el sol brillaba, orgulloso, dando a conocer su verdadero poder.

Ginny había abierto a primera hora, sin embargo aún era demasiado pronto cómo para que hubiera mucha clientela. Sólo había un par de curiosos observando los nuevos modelos de Nimbus.

—¿Ginny?

Ella alzó sus ojos oscuros, encontrándose de pronto con una chica que tanto conocía. Reconocería ese pelo rubio y esos ojos soñadores.

—¿Luna? —preguntó, confusa, deslizándose por las estanterías hasta llegar a su lado. La aludida sonrió, bajando un poco la mirada — ¡Por Merlín eres tú de verdad! —exclamó, abalanzándose contra la chica con alegría. Ambas se fundieron en un abrazo amistoso y dulce. Pues habían pasado muchos años juntas y Ginny nunca había dejado de extrañarla, porque aunque al principio no se hablaron mucho, después de la Orden del Fénix todo había cambiado y una se había refugiado en la otra, acompañándose en los ratos de soledad.

Ginny sonrió, observando a su amiga de arriba abajo.

—¡Pero mírate! ¿Y esa barriga? —la miró con reproche pero sin perder la alegría —. Parece ser que tienes mucho que contarme.

Se hizo a un lado, señalándole una zona de sillones dónde podrían conversar.

—No te lo puedes ni imaginar… —susurró Luna, dejándose guiar y consciente de que Ginny podría dejar de sonreír una vez que le contara todo.

ooOOoo

—¿A dónde vas?

Hermione se paró en seco, con la mano a milímetros del picaporte. Sintió una rápida ascensión de sus palpitaciones, olvidando por completo la razón por la que se hallaba allí. Despacio, bajó la mano, preparada para volverse y encararlo.

Draco lucía tranquilo, como siempre. Sujetaba una taza de humeante café en su mano izquierda, mientras una de sus rubias cejas se arqueaba más y más ante la falta de respuesta.

—¿No me has oído, Granger? — volvió a preguntar, notando como ella levantaba la mirada al fin, al oír de nuevo su apellido. Algo había en sus ojos, ¿Desilusión?

Pero la mirada de Hermione pronto cambió, volviendo a su estado normal de imperiosa y fría seriedad.

—¿Acaso debo de tenerte informado de todos mis movimientos? Creía que la que te estaba protegiendo era yo a ti… Y no al revés.

Draco no contestó, sino que acercó la taza a sus labios, tomando un sorbo mientras sus ojos seguían clavados en ella. Tardó unos segundos en alejar la taza de nuevo, esgrimiendo esa sonrisa impasible.

—Supongo que es así, pero no creía que te fuera a importunar mi pregunta…

—No lo hace — aseguró ella rápidamente.

Draco aumentó aún más su sonrisa.

—Bien, entonces no te detendré más de… Lo que quiera que estés haciendo —aportó con calma, dándose la vuelta para tomar asiento en una de las butacas, volviéndose a llevar la taza a los labios.

Hermione lo observó por unos instantes, antes de murmurar una sarta de "bellos atributos" sobre su persona y acercarse de nuevo a la puerta. Colocó la llave en la cerradura y la hizo girar tres veces hacia la izquierda. La puerta chasqueó con potencia y se abrió, dejando ver el pasillo que daba a los ascensores.

—Una cosa más, Granger… — Ella esperó, manteniendo la puerta entreabierta —. No hace falta que me encierres no voy a irme, así que por una vez deja de hacer caso a tus instintos posesivos.

Hermione cruzó el umbral, se dio la vuelta y lo miró con profundo odio.

—¡Bien! —gritó, haciendo que Draco pegara un pequeño respingo —. ¡Por mí como si viene tu maldita zorra e intenta matarte!

Acto seguido cerró la puerta de un portazo, avanzando a grandes zancadas hacia al ascensor con el corazón en un puño, sin saber que, había dejado a un estupefacto Draco al otro lado de la puerta.

ooOOoo

—Espera, espera… —pidió la pelirroja, dándose un tiempo para procesar toda esa información —.¿Es qué tú…? ¿Pero él…? ¿Y no sabe qué…? —calló, consciente de que no era capaz de encontrar las palabras.

—Ginny, yo… —susurró Luna.

—¡No, no ,no ,no! —la cortó ella, poniendo un dedo en sus labios —.¡Un momento por favor! ¡Sólo necesito pensarlo un segundo!

Luna asintió, pendiente de los pasos nerviosos que su amiga realizaba, andando de un sitio para otro sin dejar de mirarla de soslayo. Al final se paró, justo en frente suya y se acercó de nuevo a Luna, arrodillándose para quedar a la misma altura. Ginny cogió sus manos y sonrió con timidez.

—Yo…

—¡Espera! —la cortó esta vez la rubia —. Antes de que digas nada debes saber qué no me ha hecho daño, tampoco me ha hechizado y ni mucho menos me ha amenazado —la chica cogió aire y sonrió con dulzura —. Le amo, esa es la única razón.

Ginny observó a su amiga. Porque aunque su aspecto era de cansancio y su estado podría mejorar, había algo en esos ojos azules que nunca antes había visto. El brillo de la verdadera felicidad.

Apretó sus manos con más fuerza.

—Yo soy feliz, si mi amiga es feliz.

ooOOoo

Hermione caminó con seriedad, pateando el suelo con verdadero odio, como si éste le hubiera realizado una ofensa grave. Pero no era el suelo, sino un estúpido, engreído, manipulador, pedante y orgulloso rubio.

Sin duda podría pasarse todo el día nombrando y numerando todas las razones por las que era insufrible, asombrosamente insufrible. Pero no estaba dispuesta a malgastar ni un segundo de su tiempo en él, ni mucho menos.

Con el ánimo más tranquilo se acercó a la parada de bus, la cual ya estaba llena de hombres, mujeres y alguna anciana. Suspiró y sacó un libro de su bolso, dispuesta a alejar su mente de todo aquello durante los minutos restantes que faltaran para la llegada del autobús.

ooOOoo

La campanilla con forma de snitch tintineó ante la acción de la castaña, quien abrió del todo la puerta y se internó en la tienda. Miró a sus lados, había bastante gente murmurando y señalando productos, mientras un niño de pelo azulado y sonrisa irresistible, saludaba a las clientas, produciendo suspiros enternecedores y frecuentes piropos.

—Se supone que venden artículos de quidditch, no corazones rotos, querido Teddy —dijo con cariño, arrodillándose para quedar a la altura del pequeño, quien a pesar de su corta edad, se desenvolvía con bastante agilidad.

—¡Tita Hedmione! —chilló él, corriendo a sus brazos.

Ella lo abrazó con fuerza, elevándolo en los aires mientras Teddy reía.

—Dime, pequeño embaucador, ¿de quién has aprendido esa sonrisa tan irresistible?

Él se encogió de hombros sin dejar de sonreír, agarrándose con sus pequeñas manitas a los hombros de Hermione. Reposó su cabeza en el hombro de ella, mostrando su carita más dulce.

—¡No tienes remedio! —suspiró y besó al pequeño, haciendo que éste chillara y riera.

—¡Me haced codquillads!

—¿Sí? ¿Cosquillas?

Hermione sonrió con malicia antes de comenzar a pellizcar su estómago con dulzura, provocando que Teddy se revolviera entre carcajadas.

—¡Socoddo! ¡Ed la buja de las codquillas!

—¡Ya lo creo! ¡Y esta bruja va a comerte a besos! —antes de que se diera cuenta, ella besó su barriguita, haciendo ruidosas pedorretas.

La verdad es que Hermione siempre había adorado a los niños y de niña soñaba con tener al menos tres. Pero el destino le había jugado una mala pasada y ya no se veía con nada, ni niños ni amor. Nada. Tal vez ése fuera su verdadero futuro.

Ginny y Luna no tardaron en llegar y las tres amigas se sumergieron en una estrecha conversación. No imaginaban lo mucho que añoraban eso, una charla entre amigas, sin presencias masculinas y con una cierta "libertad" para ser sincera.

Teddy acabó de dormirse en los brazos de Hermione, mientras ésta acariciaba su pelo con cariño, sin dejar de prestar atención a la conversación.

—¿Siempre traes a Teddy? —preguntó Luna.

—No, no siempre, pero hay veces que lo veo demasiado aburrido en casa de Andrómeda y también es justo que ella descanse, así que lo traigo conmigo. Él se divierte probando las pequeñas escobas teledirigidas o persiguiendo las snitchs infantiles — contestó Ginny, mirando a Teddy con dulzura.

—¿Y tenéis pensado tener niños?

Ginny sonrió algo sonrojada, mientras Hermione y Luna reían.

—Bueno… Supongo que sí, la verdad es que no tenemos ninguna prisa.

—Yo sin embargo estoy deseando que mi niña salga, porque si tarda mucho más, no podrá ver los bellos almendros en flor de nuestro jardín —susurró Luna con tranquilidad.

—Seguro que los verá, Luna —contestó Hermione.

—Sí, claro que…

—¡Disculpe señorita! —le cortó una mujer regordeta, de cabellos oscuros y rostro cansado —.Me vendría bien un poco de ayuda…

Ginny asintió, disculpándose con ambas amigas para atender a la mujer.

—¿Y tú? ¿Qué tal estás?

Hermione se removió inquieta por la pregunta, aunque respondió con calma y luciendo una discreta sonrisa.

—Bien —aseguró y se dispuso a encontrar otro tema de conversación antes de que la rubia indagara más de lo necesario —.¿Conoces a esa mujer? —preguntó refiriéndose a la clienta con la que Ginny estaba iniciando un pequeño debate sobre cuál debería ser el mejor casco para algún familiar suyo.

—No me suena, pero claro, tampoco puedes fiarte de alguien que ha estado tanto tiempo fuera —respondió Luna.

Hermione asintió sin hacer mucho caso, con la mirada fija en ambas, mientras Ginny parecía probarse uno de los cascos, ante la atenta mirada de la mujer y sus comentarios.

—Esta tienda está llena de Blibberings Humdingers… —aportó su amiga con voz risueña, mirando a su alrededor.

—¿Cómo dices? —preguntó Hermione, mirándola con curiosidad.

—Se supone que dan buena suerte en los negocios ¿Sabes? Aunque mi padre asegura que muchos juntos pueden causar dolor de oído —aseguró ella con seriedad, mientras seguía observando algo que nadie más podía ver.

Hermione la miró con dulzura, porque en cierto modo echaba de menos a la antigua y risueña Luna y no le replicó la inexistencia de aquellas criaturas, pues la experiencia le había hecho comprender que ni una ni otra iban a cambiar de opinión.

ooOOoo

Ginny volvió al cabo de unos minutos, con el gesto algo cansado y malhumorado.

—¡No me lo puedo creer! —exclamó, sentándose en el sofá con furia —.¡Me ha hecho probarme todos los puñeteros cascos de la tienda para no comprar nada!

—¿Ninguno? —Ginny negó —.Déjala, deber ser una mujer aburrida, que no tiene otra cosa con la que entretenerse —aseguró Hermione, calmando el enfado de su amiga.

Ginny acabó dándole la razón y su gesto cambió en unos segundos, volviendo a lucir esa sonrisa tranquila y verdadera, riendo de los comentarios de Luna y regañando a Hermione por su "cara larga"

—Por cierto, Harry me ha dicho algo esta mañana, por lo visto alguien ha entrado en su despacho.

Hermione la miró con mucha atención, instándola a continuar.

—¿Recuerdas el cuadro de Dumbledore de su despacho? —Hermione asintió —. Bien, pues colocó uno igual en la madriguera, para que Dumbledore le sirviera como mensajero en caso de peligro. Parece ser que alguien entró en su despacho anoche, pero petrificó y después oscureció el cuadro.

—¿Pudo ver quién era?

—Dijo que se parecía a una chica del departamento de Mensajería del Ministerio, aunque esa chica ya estaba en casa a esa hora, según dice.

—¿Y han cogido algo?

—Pues no, pero….

Entonces algo pasó, Luna dejó resbalar la taza de porcelana blanca que Ginny le había servido hace unos minutos, la cual se estrelló contra el suelo, formando un montón de trocitos.

Ambas la miraron sin entender, hasta que un líquido traslúcido bajó sus piernas, mojando el sillón y el suelo.

—Oh dios mío —balbuceó Ginny —.Has roto aguas… ¡Luna! ¡Has roto aguas!

Luna se quedó petrificada, notando el dolor punzante que surgía de la zona baja de su estómago, el cual cada vez volvía con más y más fuerza.

—¡Ginny, llévatela al hospital! ¡Yo llevaré al niño con Andrómeda y me reuniré con vosotras! —intervino Hermione ante la parálisis de ambas, cogió al niño, el cual ya estaba semi—despierto por el alboroto y se desapareció. Dejando a una Ginny nerviosa que intentaba cargar con una Luna aún más nerviosa.

ooOOoo

Luna sentía el mundo girar con más fuerza. Los colores y las formas se distorsionaban a su alrededor mientras era llevada por los pasillos blancos de San Mungo. A su lado corría Ginny, quien la miraba con la tensión reflejada en su rostro y sujetaba su mano, fuertemente aferrada.

Ella se dejó llevar por los enfermeros. Casi no sintió dolor al notar el pequeño tubo unido a su vena, ni tampoco cuando el líquido transparente se interpuso en su organismo, durmiendo sus nervios y apagando un poco los focos dolorosos de las contracciones.

—No hay tiempo para empujar, señorita Lovegood. No está lo suficientemente dilatada, tendremos que hacerle una cesárea.

—Señora Nott —aclaró Ginny con firmeza —.Su apellido es Nott.

El doctor asintió con gesto indiferente. Pero Ginny sintió el apretón de agradecimiento que Luna le concedió antes de caer en los abrazos de la morfina. Pues aunque ambos no estaban casados, Luna había decidió renunciar a su apellido, porque lo amaba y quería recordárselo siempre.

ooOOoo

Hermione decidió pasarse por su apartamento antes de ir al hospital, sabía que Draco tenía derecho de saberlo y no iba a negárselo. Por muy capullo que hubiera sido.

—¡¿Qué?!

Fueron sus únicas palabras, antes de correr hacia el despacho de Hermione como alma que llevaba el diablo. Al minuto apareció, con una hoja enrollada y sujetada por una anilla.

—Tenemos que avisar a Blaise —afirmó con seriedad, cediéndole el pergamino.

—En el hospital hay servicio de mensajería, podrás enviárselo allí —aportó ella, cerrando el bolso con todo lo indispensable y dirigiéndose hacia la puerta.

Miró hacia atrás, donde Draco se había quedado algo paralizado. Al instante un sentimiento de compasión inundó el corazón de Hermione.

—Está bien —le aseguró con calma —.Seguro que la pequeña Pansy nacerá tan sana y bella como su tocaya.

Draco no dijo nada, no sonrió ni hizo el más mínimo gesto. Sino que se acercó a Hermione y abrió la puerta del todo.

—Démonos prisa.

ooOOoo

El parto con cesárea no se hizo esperar y la pequeña niña nació sana y gritona, haciendo resonar las paredes de la habitación con sus altos chillidos que hicieron sonreír a más de una y uno.

Luna acarició a su pequeña niña de cabellos castaños, que mantenía sus pequeñas manitas cerradas y los ojos grises y claros, herencia materna, fijos en ella.

—Es preciosa —susurró Hermione.

Ginny asintió, corroborando el comentario, y secándose las lágrimas en un pequeño pañuelo.

Al otro lado de la cama estaban Draco y Blaise. Ambos muy callados y tensos observando la imagen con respeto. El moreno no pudo evitar una sonrisa de alegría cuando los ojos de Pansy se fijaron en él.

—Ambos decidimos que tú serías el padrino Blaise —dijo Luna, acercándole al bebé. Blaise esgrimió una mueca de terror al tener a la pequeña en brazos, pues temía que con cualquier movimiento pudiera caerse. Pero en cuanto ella agarró su camisa con fuerza, se relajó. Acariciando su mejilla con la mano libre, sin dejar de sonreír.

—Y tú la madrina, Ginny.

La aludida chilló de alegría, lanzándose a abrazar a su amiga, olvidando por un momento su estado.

Hermione observó a Draco, permanecía quieto pero calmado, observando a la niña y creyó ver cómo sus finos labios formaban una tenue sonrisa, que sólo ella notó, pero que le ahondó en lo más profundo de su ser.