Akemi era perseguida por la organización durante todo el día. La tenían vigilada a todas horas. Además, le ponían más trabajo en la organización para tenerla más ocupada. Aquello le agobiaba mucho. A parte de su trabajo en la oficina, tenía que hacer todos los informes y tenía que asistir a todas las reuniones de la organización. Era repugnante. Con tanto trabajo, a duras penas descansaba y sólo paraba por casa para dormir. Shiho estaba preocupada por ella; no se explicaba cómo podía salir adelante con todo.

- Tranquila, soy fuerte. ¡Mala hierba nunca muere! – decía siempre con una sonrisa.

Pero aquello a Shiho no le bastaba. Sabía que su hermana lo estaba pasando realmente mal: a parte de todo el trabajo, tenía que intentar superar lo del espía del FBI. Y aquello era mucho más difícil que todo el trabajo del mundo. Akemi se preguntaba: "¿cómo estará?", "¿estará en Nueva York?", "¿me habrá olvidado ya…?", y pensaba todo el día en él, desde que se levantaba hasta que se acostaba. Por mucho trabajo que tuviera, siempre había un rato en el día para recordarlo. Y era muy duro. Mucho más de lo que cualquiera pudiera imaginar. Y dentro de 6 meses nacería su hijo y él ni siquiera tendría la oportunidad de saberlo. ¿Cómo podría olvidar a su gran amor si cada vez que mirara la carita del niño se acordaría de todo lo feliz que había sido con él? Era, simplemente, imposible.


Había llegado el verano y hacía un calor insoportable. Akemi se había engordado considerablemente (ya estaba en su cuarto mes de embarazo) y notaba el calor doblemente. Se cansaba con mucha facilidad, pero el médico no le había dado importancia. En sus pocas tardes libres se encargaba de hacer las compras de la casa. Aquella tarde había llegado a casa más agotada de lo normal e incluso se sentía mareada por el calor extremo que hacía, así que decidió acostarse y dormir un poco. Si el malestar no se le pasaba, iría al médico. Poco después de coger el sueño, un fuerte dolor la despertó. Se quedó en la cama retorciéndose de dolor, durante algunos minutos, pero al ver que el dolor no desaparecía, salió de la cama. No podía mantenerse en pie y fue hasta el salón arrastrándose por el suelo. Quería coger el teléfono y llamar a una ambulancia, pero perdió el conocimiento antes de llegar. Horas después, su hermana llegó a casa y se le encontró todavía inconsciente. Tenía su falda manchada de sangre y Shiho llamó rápidamente a la ambulancia.

Akemi abrió los ojos y se dio cuenta de que estaba en un hospital.

- ¿Qué me ha pasado? – preguntó a Shiho, que estaba a su lado. Akemi observó que ya se había hecho de noche.

- Te desmayaste en casa ¿no lo recuerdas? – contestó su hermana.

- Ah, sí… ¿Cómo está mi bebé? – Akemi hizo la pregunta con toda la inocencia, sin la menor sospecha de lo que realmente le había pasado.

- Akemi… el bebé no estaba bien… - la chica se incorporó en la cama, asustada. Sus ojos reflejaban miedo.

- ¿Cómo que no? – empezó a temblar – Pero, pero si… Si todo salía bien en las ecografías, nos lo dijo el médico… ¿He perdido a mi bebé? – Akemi interpretó el silencio de Shiho como una respuesta afirmativa. – No, no puede ser… Si el niño estaba sano, estaba sanísimo… No… ¡NOOOO! ¡MI HIJO, MI HIJO! – entró en un ataque de histeria y Shiho llamó rápidamente al médico. Cuando llegó, Akemi se había quitado todos los cables que tenía conectados a sus brazos y sus manos, y toda la sábana de tiñó de sangre. – Mi hijo… mi hijo… - el doctor le inyectó tranquilizantes y Akemi se durmió entre lágrimas.

Shiho estuvo toda la noche mirándola, llorando también. ¿Por qué aquella desgracia? El médico ni tan sólo les había explicado por qué Akemi había tenido un aborto. Shiho no entendía demasiado de embarazos, pero los tres primeros meses, de más riesgo, ya habían pasado. Y el médico, en las revisiones, siempre había dicho que el embarazo iba viento en popa y que el feto estaba sano. Pero Akemi había sufrido un aborto inexplicable.

- Shiho… - Akemi despertó y se puso a llorar en seguida. - ¿Por qué? ¿Por qué ha tenido que pasar esto? Si yo quería a mi bebé, yo lo deseaba, era mi razón de vivir… ¿Qué he hecho mal?

- Akemi, yo estoy a tu lado. Siempre estaré contigo.

- Yo… yo ya no tengo ganas de vivir. La vida se empeña en quitarme las cosas que más quiero: a Dai, a nuestro hijo… Me quiero morir, para no sufrir más. Nunca más…

- No digas eso, hermana. – Shiho también lloraba con fuerza. – Te prometo que te recuperarás. Buscaré a un psicólogo, al mejor de la ciudad si hace falta.

- Yo no quiero un psicólogo… yo quiero a mi hijo… Quiero que me lo devuelvan…

- Akemi, podrás tener más hijos en el futuro. No tienes que perder la esperanza.

- Yo no quiero tener más hijos. Yo sólo quería a ese niño, a ese bebé, porque era de Dai. Yo jamás voy a tener un hijo de Dai, porque ya no estamos juntos. Me separaron de él y me han quitado a mi hijo… Él no tenía la culpa de nada… - en ese momento entró el médico.

- Señorita Akemi – dijo - ¿Cómo se encuentra? – Akemi no contestó.

- ¿Por qué ha pasado esto, doctor? Nos dijeron que el bebé era sano, todo salía perfecto en las ecografías. – intervino Shiho.

- Efectivamente, el bebé era sano. El desarrollo del feto era absolutamente normal, ninguna anomalía. Pensamos que el aborto se produjo por el estrés de la madre, la mala alimentación o la falta de descanso. Un feto de cuatro meses nota mucho todos estos factores y sale perjudicado, porque depende completamente de cada acción de la madre. Lo siento mucho, señorita Akemi. Ahora mismo voy a buscar a la psicóloga, para que la atienda en lo que necesite… - el doctor se marchó.

- Ha sido todo culpa mía… Si me hubiera cuidado mejor, mi bebé no estaría muerto… - sollozó entre lágrimas Akemi.

Un hombre con gafas negras miraba desde la calle la habitación de Akemi. Entró en una cabina de teléfono.

- Ya lo sé todo, jefe. – dijo – Ahora ella está en el hospital. La enfermera me ha dicho que estaba preñada y que ha tenido un aborto.

- ¿Preñada del traidor? – preguntó Gin.

- Pues… no lo sé.

- Bueno, qué más da ya. Ahora ya no hay crío. ¿No has visto a nadie sospechoso por allí? ¿Alguien que te haya llamado la atención?

- Pues creo que no ¿por qué lo pregunta, jefe?

- Porque es probable que ni tan sólo el traidor supiera lo de su propio hijo. Pobre Masami – Gin rió – Lástima que el traidor no esté allí, nos habría sido de utilidad que hubiera sabido lo del mocoso y el aborto, para atraparle. ¿Sherry está con ella?

- En todo momento, señor. No se separa por nada del mundo. ¿Puedo preguntarle qué va a hacer de ahora en adelante con Masami Hirota?

- Bah, pues nada. Sólo quiero que la tengáis permanente vigilada, por si el traidor aparece para estar con su querida en estos momentos tan duros – esbozó una sonrisa. – Sobre todo quiero que no hagáis nada que moleste a Sherry.

- ¿Por qué tanta atención en Sherry, jefe?

- Ella y yo tenemos una serie de tratos que, por mi conveniencia, prefiero no violar. – sonrió malévolamente.


TRES MESES DESPUÉS

Un mes después de su aborto, Akemi volvió a su vida normal. Era lo que quería para pensar lo menos posible en todo lo que le había ocurrido y seguía las recomendaciones de su psicóloga. Shiho también lo iba superando poco a poco, pero no había vuelto a ver a Akemi sonreír sinceramente desde que pasó todo. Cuando salió del hospital, Akemi tuvo que enfrentarse a algo muy duro: dar toda la ropita que había comprado para su bebé, para cuando naciera. Ella y Shiho habían salido un par de tardes juntas para comprar las primeras cositas al niño. No había gran cantidad de ropa, pero era muy duro sacarla del armario y recordar todos los sueños rotos que ya jamás podrían cumplirse. Akemi decidió dar la ropa de recién nacido a una entidad caritativa que ayudaba a las madres con pocos recursos económicos. Aquello fue admirable para Shiho. Akemi era admirable, en todos los sentidos. Después de unas semanas después del aborto, dejó de llorar día y noche para intentar salir adelante. Shiho no habría podido hacer eso, pero Akemi tenía tanto coraje que quería mirar hacia el futuro. Soñar con la posibilidad de encontrarse con Dai algún día…


Shiho había llegado al aeropuerto de Nueva York desde Tokio. Se celebraba allí una gran conferencia científica y, por sus investigaciones, no podía faltar. Le costó mucho convencer a Gin de que necesitaba ir hasta Nueva York para progresar con sus investigaciones, pero al final lo consiguió y la organización corrió con todos los gastos del viaje. Pero a parte de la conferencia, tenía otro objetivo. Llamó al timbre del apartamento 13, en el barrio Marble Hill. Alguien abrió la puerta.

- Nos encontramos de nuevo, Dai Moroboshi

- Shiho… - Shuichi Akai quedó sorprendido. Acababa de recibir una visita en la que hacía mucho tiempo había dejado de creer. Por fin alguien podría dar respuestas a todas sus preguntas.