Una vez recorridos varios kilómetros en la carretera principal, y estando cerca de los pueblos de Muikaichi y Kakinoki (muchos años más tarde se fusionarían para formar Yoshika), en la Prefectura de Shimane, Kaoru anunció animadamente:
-¡Hemos dejando oficialmente Hagi!
-Es mi primera vez fuera de Hagi. – observó Tomoe temerosa.
-No es mi primera vez fuera de Hagi, pero sí yendo a Hiroshima. – dijo Outa entusiasmado.
-Estuve en Hiroshima antes con mi padre, pero era muy pequeña, así que poco recuerdo. – agregó Megumi pensativa.
Mientras los cuatro jóvenes reían ante la aventura de un viaje de ese calibre, en otro carruaje que los seguía a una distancia prudencial, el ambiente estaba tenso.
-¡No pierdas de vista ese carruaje, infeliz, o te las verás conmigo! – le advirtió Shura entre dientes a Kaede, quien manejaba a los caballos.
-Es un viaje de todo un día a Hiroshima y dos semanas a Kioto, así que Madame puede ahorrarse algunos insultos. – replicó Kaede molesta.
-¡¿Es que acaso no comprendes la gravedad de la situación, Kaede?!
-Ay, Madame…
-¡Tenemos que impedir que Kaoru vea a Ken-san! – se desesperó Shura - ¡Esa joven parece poseer el canto de las sirenas! ¡Él parece hipnotizado cuando está cerca de ella, y eso no lo puedo permitir! ¡Ese baúl de oro tiene que ser mío!
-Nuestro, Madame. – le corrigió Kaede mirándola de reojo.
Llegaron a Hiroshima ya muy avanzada la tarde y atravesaron la ciudad con sumo cuidado de no encontrarse con algún conocido de Hagi, o peor, con el mismísimo Kogoro Katsura. Outa se quedaría con ellas hasta que embarcaran, y luego pasaría la noche en una hospedería para volver a Hagi a primera hora. Recibió la paga por sus servicios e instrucciones de Megumi ante la sarta de preguntas del que Barón seguramente le haría víctima.
Aliviados, llegaron al puerto, pero decidieron comprar boletos y esperar por abordar el barco a Osaka que salía durante la noche. En ese momento estaba por salir uno rumbo a Kobe, pero las jóvenes prefirieron quedarse un poco más para comer y estirar las piernas un rato por tierra firme.
Lamentablemente, Shura y Kaede llegaron pisándoles los talones, y al ver el barco que estaba a punto de zarpar a Kobe, compraron boletos para embarcarse inmediatamente (todo esto lo hacían con el mayor de los cuidados, para no ser descubiertas por esos cuatro). Momentos después y con aire triunfante, Shura Myoujin contemplaba la ciudad de Hiroshima alejarse mientras su embarcación iba rumbo a través de la bahía hacia su destino.
Kenshin soñaba con Kaoru. Era un sueño muy parecido al que había tenido con ella en el castillo de Kahoku, sólo que esta vez ya se estaban aventurando por los bosques que circundaban la propiedad. Estaban jugando a las escondidas, pero ni él buscaba a Kaoru, ni Kaoru a él; ambos buscaban a alguien más. Alguien a quien Kenshin, con su dominio del ki, logró percibir, pero quería dejarle a Kaoru la dicha de encontrar a ese tercer jugador. De repente, la joven dio un grito de júbilo, anunciando su descubrimiento. Él fue hacia ella con una sonrisa, mientras que desde un tocón cercano surgió la pequeña figura de un niño pelirrojo, que entre risas se unía a ellos.
El sueño cambió de rumbo. Estaba nuevamente en el enorme jardín de su castillo, pero ya no estaba con Kaoru. Frente a él, desafiante, se encontraba un hombre casi tan alto como su padre Hiko, pero no tan colosal como el marqués. Lo que más sorprendía a Kenshin era que el hombre era idéntico a él: el mismo pelo rojo, la misma nariz, las mismas orejas, el mismo tono de piel y la misma manera de moverse; salvo los ojos, que eran de un azul tan intenso que se podían vislumbrar desde una distancia considerable. El hombre poseía una mirada tan dulce y pacífica que Kenshin, sonrojado, pensó que podría mirarlo por siempre. El desconocido le sonrió, y el ingeniero, extasiado, le devolvió la sonrisa.
Hasta que el leve sonido del rasguido de un papel lo despertó.
Al abrir los ojos y enfocar la vista, vio a un hombre del sentado del otro lado de la cama mirándolo fijamente con expresión de terror en el rostro. Era un hombre de largos cabellos negros y vestido a la usanza japonesa tradicional; además, llevaba en las manos lápiz y papel. Se lo veía muy apenado por haberlo despertado.
-¿Qué es esto? – preguntó Kenshin terminando de desperezarse.
El joven ante él se puso de pie y se inclinó sumamente avergonzado.
-Le pido perdón. – dijo.
-¿Quién es usted? – quiso saber el pelirrojo.
-Tsunan Tsukioka, artista de alma y profesión. – se presentó el muchacho, volviendo a inclinarse.
Kenshin abrió los ojos desmesuradamente.
-¡¿Tsunan Tsukioka?! ¿El gran artista Nishiki-e y principal colaborador de los mejores periódicos de Tokio sobre la temática (como el Tokyo Nichinichi y el Yubin Hochi)? – el aludido asintió ante la perorata sorprendida de Kenshin - ¿Pero qué hace exactamente en mi cuarto? – se extrañó el pelirrojo.
-Se trata de un proyecto personal: pienso que cuando estamos durmiendo o con la guardia baja mostramos a nuestro verdadero yo, y cuando eso es transmitido al papel, es digno de un cuadro. – explicó Tsunan amablemente.
-¿Y el hospital sabe de su proyecto?
-Claro, ellos creen que eso ayuda a los pacientes a distraerse y animarse.
-No soy lo que se puede decir una persona animable. – se disculpó Kenshin.
Tsunan repitió la inclinación una vez más.
-Disculpe, generalmente pido permiso a los pacientes, pero cuando entré aquí y vi al señor durmiendo tan plácidamente, no pude evitar tomar el papel y la carbonilla y empezar a dibujar. – le extendió el papel tímidamente - ¿Quiere ver?
Kenshin tomó el papel y se maravilló de ver el boceto. Era un retrato suyo, en el que estaba durmiendo plácidamente, con una sonrisa boba en el rostro.
-¡Vaya, dibuja muy bien! – se admiró - ¿Pero acaso dormía con esa sonrisa en el rostro?
Tsunan Tsukioka le sonrió.
-Como dicen muchos, esas sonrisas sólo pueden aparecer en sueños de amor.
Kenshin se ruborizó al pensar en Kaoru.
-¿Puedo quedarme con el dibujo? – pidió, algo avergonzado - Es decir, ¿puedo pagar por quedármelo?
-Puede, pero quédeselo como un presente mío. – respondió Tsunan cortésmente.
-Será un placer. – Kenshin le extendió la mano y se presentó - Kenshin Himura.
Tsunan Tsukioka respondió al apretón de manos y ambos hombres percibieron el comienzo de una gran amistad.
A la mañana siguiente, Chizuru se encaminó a Hagi para dar un paseo matinal (y de paso para curiosear en las tiendas). De repente, Enishi la abordó y tapando su boca con una mano, la llevó hasta un callejón cercano.
Cuando la aterrada Chizuru fue liberada y vio a su captor (un sonriente Enishi), el susto se transformó en ira.
Ninguno sospechaba que a lo lejos, alguien prestaba atención a sus movimientos.
-¡Déjame en paz! – le espetó - ¡Tú, que escogiste a Tokio-chan por encima de mí, que soy más linda y más inteligente!
Enishi agitaba las manos en señal de paz.
-¡Mi ángel, entendiste todo mal! – se explicó desesperado - ¡Las amo a las dos! Si escogí a Tokio es porque…es mayor y necesita de un enamorado; tú, en cambio, eres joven y no necesitas seguir las reglas de la sociedad. – y propuso aún más contento - Por lo tanto, te propongo que tengamos una relación.
Chizuru lo miró como si el joven se hubiese transformado en un sapo.
-¿Mientras sigues de novio con Tokio-chan?
-Claro. – respondió el otro, resuelto - Ustedes son hermanas: comparten ropas, perfumes…¿por qué no un hombre?
Chizuru titubeó.
-No sé… ¿Tokio-chan aceptó eso?
Enishi la apretó contra la pared y le dijo en un tono medio dulce, medio amenazante:
-No sabe y no lo puede saber. Ella no es moderna como tú, mi ángel. No entendería nuestro amor, porque a diferencia de ti, ella es algo egoísta, y no aceptaría el hecho de que también sea novio tuyo.
Chizuru no se sentía para nada intimidada con el poeta; todo lo contrario, estaba cada vez más embelesada con él.
-¡Sí, Enishi-kun! – y se arrojó a sus brazos para estamparle un beso.
Luego de despedirse calurosamente, entre besos y promesas de amor, cada uno fue por su lado. Enishi Yukishiro caminaba feliz retomando su camino hacia alguna confitería, cuando fue abordado por el Coronel Hajime Saito.
-¿En qué puedo servirle, Coronel? – saludó el poeta ceremoniosamente.
Saito lo fulminó con la mirada.
-Me gustaría saber qué tipo de relación tiene con Tokio Kamiya. – le dijo sin rodeos.
Enishi lo miró con malicia.
-No es de su incumbencia, pero Tokio-chan es mi enamorada. – le explicó victorioso.
-¿Y qué tipo de relación tiene con la hermana de ella, Chizuru?
-No sé de qué está hablando.
Saito entrecerró los ojos peligrosamente.
-Del beso que el dio hace un rato, y de esa conversación seductora llena de desfachatez con la que manipuló a la joven. – masculló - No puedo quedarme de brazos cruzados cuando se trata de personas queridas.
Enishi también entrecerró los ojos, pero de manera provocativa.
-¿Queridas o querida, Coronel? – inquirió, tomando por sorpresa al hombre - Sea franco, usted está enamorado de Tokio-chan, y quiere salvarla de mí, ¿no? – y agregó - No importa lo que diga o haga, Tokio-chan nunca se fijará en un viejo obsesionado con la guerra como usted.
-Mida sus propias palabras, o no respondo de mí.
El poeta ensanchó aún más su sonrisa.
-No creo que usted deshonre su rango y uniforme golpeando a un joven civil e indefenso. – le dijo.
-Creo que usted es un cobarde. – sentenció Saito con desprecio.
-¿Y sabe lo que yo creo? – replicó Enishi con ojos malévolos - Que usted me tiene envidia, envidia de que tengo a las dos comiendo de mi mano. – se despidió y siguió su camino - Con permiso.
Desde que había vuelto a Kioto, Aoshi tuvo oportunidad de acercarse cada vez más a Sayo Amakusa. Ella también se encontraba en la ciudad: su hermano Shogo, preocupado, quiso que volviera a Shimabara para que el aire del lugar le hiciera bien, pero ella se había negado, harta de estar enclaustrada en un lugar donde nadie le hablaba y se sentía sola. Prefería volver a su casa de Kioto, donde al menos sociabilizaría y tendría médicos cerca de llegar a sucederle algo.
Casualmente, en los primeros días, se cruzó con Aoshi Shinomori.
Ambos empezaron a entablar una bonita amistad. Tenían muchos temas en común y podían conversar por horas. Sayo notaba al abogado algo deprimido, pero sin querer entrometerse, decidió que lo frecuentaría más, dada la soledad del hombre. Y durante esos encuentros amistosos, Sayo Amakusa empezó a enamorarse de Aoshi Shinomori.
No sólo teniendo en cuenta lo guapo, alto y fuerte que era. Su intelecto, comprensión y conversación, a pesar de su parquedad, le habían atraído de tal manera que cuando se dio cuenta ya era demasiado tarde: estaba enamorada. Pero había tres variables: primero, su hermano Shogo. Sabía que Shogo sentía antipatía por el Coronel Saito, antipatía que se extendía a Aoshi por ser amigo del Lobo de Mibu. Temía que su hermano hiciera una escena y no permitiera que la relación avanzase de darse las cosas.
La otra variable era el mismo Aoshi. A pesar de que ella lo apreciaba mucho, su sequedad y frialdad hacían que no lo comprendiese y tuviese que adivinar qué pensaba el abogado. No sabía si él sentía algo más allá de la amistad hacia ella (aunque Megumi se lo recalcó varias veces cuando creía que amaba a otra mujer), si albergaba sentimientos hacia otra persona o si no sentía nada hacia nadie. Aunque a veces sospechaba que él se movía favorablemente hacia ella.
En el fondo, se ilusionaba pensando que las visitas y paseos que hacían eran parte de un cortejo, y realmente la situación parecía la citada. Se ilusionaba pensando que pediría su mano y viviría una vida feliz y tranquila. La vida que le quedaba.
Y ahí entraba la tercera variable.
Si quería que llegaran a algo más, tenía que confesarle, como amiga, su secreto.
Y aprovechó un paseo que daban por el parque un día.
-Aoshi-san, mucha gente me pregunta por qué sigo soltera. – empezó.
Aoshi la interrumpió.
-Sayo-san, no es necesario que oiga lo que dicen los demás.
-Pero quiero contárselo. – insistió ella ruborizada.
El abogado la encaró tomándola de las manos. Sayo, sonrojada, empezó a hiperventilar.
-No está obligada a hacerlo. – insistió también él, suavizando la mirada y manteniendo el agarre - Si seguimos solteros y el destino nos juntó, es por algo, y debemos aprovecharlo.
La pobre joven no comprendía lo que el objeto de su amor le decía, hasta que lo vio inclinarse hacia ella, buscando besarla. Pero antes de que Aoshi pudiera siquiera tocar sus labios con los suyos, la chica se desmayó en brazos del abogado.
El imperturbable rostro de Aoshi ahora expresaba el más puro terror ante lo acontecido.
-¡Sayo! – trataba de animarla desesperado - ¡Sayo, reacciona!
Por suerte, la mansión del joven estaba muy cerca del parque, por lo que fue corriendo con la chica en brazos hasta su carruaje. Una vez allí y luego de reanimarla con ayuda de sus sirvientes, Sayo volvió en sí.
-Disculpa, Aoshi-san… - balbuceó al ver las molestias que había provocado.
Aoshi la miraba ceñudo. Había algo más que un simple desmayo detrás de todo eso, y mucho desconfiaba que tuviera que ver con lo que ella quería contarle. Esta vez la dejaría hablar.
-Cuéntame qué te sucede, sabes que puedes confiar en mí. – le dijo volviendo a tomar sus manos.
-Es que cuando estoy contigo…y te miro a los ojos, siento que puedo creer en todo lo que me dices… - empezó a farfullar Sayo con cautela y tristeza - Y que puedo confiarte mis más profundos secretos: los médicos…los médicos me descubrieron una enfermedad muy rara…y me estoy debilitando cada vez más…y debo tener cuidado con las emociones fuertes…
-¿Pero realmente no saben qué es? – preguntó el abogado frunciendo el ceño.
Fue allí que Sayo se quebró y rompió en llanto.
-Ellos saben lo suficiente como para afirmar que me queda poco tiempo de vida. – respondió entre lágrimas.
Atónito, Aoshi sintió que algo se rompía dentro suyo. ¿Sayo, enferma mortalmente? Sabía que la joven tenía una salud frágil, pero de allí a que tuviera poco tiempo de vida…¡y estando ella consciente de ello! El joven admiró la fuerza de voluntad y el buen talante de la joven a pesar de sus circunstancias; hasta comprendía un poco a su hermano Shogo: su mal carácter y la manera en que llevaba su vida eran sólo una vía de escape para no aceptar la realidad de su hermana.
En ese momento, y estando casi al borde de las lágrimas, Aoshi Shinomori encerró a Sayo Amakusa en un protector abrazo y así permanecieron los dos por varios minutos.
-Yo…no imaginaba eso… - le dijo Aoshi a la joven - Pero quiero que sepas que eso no cambia nada el afecto que siento por ti…
Por primera vez en su vida, Sayo pensó que no habría muerte a la que temer en brazos de ese hombre.
Con la noche cerniéndose sobre Hagi, la sombra del Coronel Hajime Saito se movía con sigilo en la oscuridad, rumbo al improvisado establo que se encontraba al fondo de su casa, en las afueras del pueblo, donde moraba su querida Arashi. Luego de alistarla, se dispuso a hacerlo él: debajo del piso de madera había una especie de puerta trampa de donde el Lobo de Mibu sacó unas prendas guardadas con mucho celo.
Puede ser que en el día a día sea un hombre normal, pero en las noches, protegido por el anonimato y sin ser reconocido, puedo hacer lo que quiera.
Transcurrieron unos minutos y el Coronel estaba listo. Capa, camisa, pantalón, guantes, sombrero y bufanda, todo era de negro, sólo dejando a la vista sus peligrosos ojos dorados.
-Hajime Saito es un hombre de honra. – se dijo a sí mismo mirándose en un espejo - Pero el Jinete Negro no necesita serlo.
Salió del lugar con Arashi, a quien le dijo al oído de manera divertida.
-Creo que el señor Enishi Yukishiro va a recibir una visita especial esta noche.
Después de beber sake en el bar local, Enishi Yukishiro volvía por las calles solitarias y oscuras de Hagi rumbo a la posada donde se hospedaba. No había llegado ni a la esquina de su calle cuando un caballo pasó a todo galope a su lado y posteriormente le bloqueó el paso. Su jinete, un hombre muy alto e imponente a su parecer, bajó del animal para estrellar al asustado poeta de frente contra la pared de un callejón mientras le torcía un brazo por la espalda.
-¡Suélteme! – gemía Enishi.
-Soy el Jinete Negro. – siseó el Jinete impostando la voz detrás de la bufanda que le cubría medio rostro - Hagi está bajo mi protección y ninguna injusticia quedará impune.
-¡¿Qué injusticia?!
El Jinete Negro lo aplastó aún más contra la pared; Enishi gemía de dolor.
-La que usted está cometiendo; y si eso continúa, créame que volveré y deseará no haber nacido. – le advirtió para luego soltarlo bruscamente, montar su caballo y alejarse a todo galope hacia la oscuridad.
Al otro lado del pueblo, en la hacienda de los Amakusa, el dueño, Shogo, planeaba sus próximos movimientos con sus más leales empleados.
-Por lo pronto, tenemos lo suficiente para quemar las tierras de dos o tres haciendas de los alrededores. – le dijo su capataz.
Shogo Amakusa esbozó una sonrisa maligna.
-Muy bien. – dijo alegremente - Necesito comprar más tierras antes de que esa Reina del Arroz empiece a acaparar todo. – y agregó - Y con los precios rebajados de las haciendas de arroz con tierras quemadas, todo será mío.
Varios días transcurrieron, y Kenshin Himura fue dado de alta del hospital después de que los análisis dieran resultados favorables y tranquilizadores para todos, pero ante la insistencia de los Kiyosato, el pelirrojo permaneció como huésped en su mansión hasta asegurarse de que ya no tendría recaídas.
Una mañana, el ingeniero leía plácidamente un libro cerca de la chimenea de la casa (los Kiyosato habían salido), cuando Shura abrió la puerta y entró atropelladamente junto a Kaede, sorprendiendo a Kenshin y de paso sorprendiéndose ella de verlo allí (su plan era dejar sus cosas en la mansión y partir inmediatamente al hospital).
-¡Himura-san! – gritó ante su inesperado encuentro.
-¡Shura-dono! – exclamó Kenshin levantando las cejas - ¿Qué hace aquí?
Shura recuperó el aliento pesadamente y lo miró con dulzura.
-Me quedé muy preocupada por usted y quise venir a visitarlo. – se explicó.
-No necesitaba hacer eso, hubiera escrito a Ikumatsu-dono.
Con una sonrisa, Shura se acercó al pelirrojo seductoramente.
-Tiene razón, Himura-san, soy una boba. – dijo mientras acariciaba la solapa de su traje - Pero es que cuando alguien a quien quiero mucho está en peligro, es natural que me ponga algo tonta.
-Pues agradezco su visita. – respondió Kenshin fríamente, alejándose de ella.
Pero ella no se iba a rendir.
-Himura-san, no dejaré que nada ni nadie se aproveche de usted estando tan desprotegido como lo está. – insistió.
A eso le siguió un silencio incómodo que el ingeniero rompió para cambiar de tema.
-Me imagino que usted le dejó mi recado a Kaoru-dono.
En el fondo, Shura hervía de celos de pensar que su Ken-san seguía teniendo cabeza para esa mujer aún en la distancia. Distancia que se estaba volviendo corta, por lo tanto, era hora de jugar sus fichas.
-Lo hice, pero no me prestó mucha atención, Himura-san. – le explicó inocentemente - Estaba muy ocupada con ese muchacho…¿cómo se llamaba?...Sanosuke. Esa gente cuando se junta ya no se separa.
Herido, Kenshin abrió los ojos sin poder creerlo. Shura frunció los labios para reprimir una sonrisa, ignorando a Kaede quien, desesperada, le hacía señales.
-No es posible… - murmuró el joven.
-No se ponga así, querido. – volvió a atacar Shura con un dejo de ternura - No piense en eso ahora, por favor: estoy aquí, para usted, para reconfortarlo.
Justo en ese momento, Ikumatsu y Akira Kiyosato hicieron acto de presencia, al regresar de una reunión de negocios (era eso lo que Kaede quería decirle a Shura).
-¿Qué estás haciendo aquí, Shura? – preguntó Ikumatsu, visiblemente enojada.
Más tarde, en la noche, tres jóvenes llegaron a la estación de tren de Kioto (llegaron a Osaka e inmediatamente tomaron uno) cansadas, con sus cuerpos agarrotados pero felices.
-¡No me creo que realmente estamos en Kioto! – exclamó contenta Kaoru contemplando a su alrededor.
-¡Cuánta gente! – observó Tomoe temerosa.
-¡Pues ya quiero un baño caliente y una buena cama! – resopló Megumi con la lengua para afuera.
Tomaron un carruaje de alquiler y se dirigieron a la mansión de Aoshi Shinomori. Megumi quería darle una sorpresa al abogado, moría por verle la cara que pondría.
-Algo me dice que éste es mi lugar. – dijo Kaoru, maravillada con la ciudad y la gente.
-Mmmm, claro, con Himura-san. – bromeó Tomoe, más relajada.
-Aún más con Kenshin Himura. – admitió su hermana con una sonrisa.
Mientras las chicas bajaban del coche al llegar a su destino, estaban tan ocupadas bajando sus baúles y pagando al chofer, que no vieron a otra persona llegando apresuradamente a la puerta de Aoshi.
El abogado se sorprendió de ver a una llorosa Sayo Amakusa en la entrada. La hizo pasar, dejando la puerta entreabierta sin darse cuenta.
-Sayo, qué bueno que viniste. – saludó Aoshi, preocupado.
Pero ella no aguantaba más. Había estado pensando en el asunto por varios días y era hora de tomar una decisión que la lastimara lo menos posible. Había pasado momentos maravillosos en compañía del joven, pero no quería comprometerlo ni que se acercara a ella por lástima.
-Aoshi…vine a decirte que no es necesario que me busques más si no quieres. – le dijo entre lágrimas - No necesitas acercarte a mí por lástima, te libero de cualquier obligación.
Aoshi levantó la mano para callarla y tomar él la palabra. Ya era hora: lo había estado considerando desde hacía tiempo y tenía que decírselo. Estaba decidido.
-Nada de lástima, Sayo…estoy cansado de estar solo… - dijo nervioso para posteriormente tomar sus manos - Sayo…¿aceptas casarte conmigo?
En ese momento y detrás de la puerta entreabierta, Megumi, Tomoe y Kaoru escuchaban la conversación estupefactas. Las hermanas Kamiya observaban con tristeza a su amiga, a quien no se le movía ni un pelo de lo inmóvil que estaba.
-¿Casarme contigo? – se sorprendió Sayo, aunque no podía negar que se sentía feliz - ¿Después de todo lo que te conté?
-Sí, aún después de todo lo que me contaste. – le dijo Aoshi con una sonrisa, como nunca se la vio Megumi. Cosa que la susodicha notó con dolor.
-Acepto, Aoshi. – respondió entonces Sayo, esta vez con lágrimas de felicidad.
Fue allí que Megumi decidió que ya no estarían ocultas espiando, así que irrumpió en la casa dando aplausos y sonriendo por el acontecimiento. Kaoru podía notar cómo contenía las lágrimas.
-¡Qué momento lindo! – festejó la nieta del Barón de Hagi.
Aoshi se quedó de una pieza.
-¡Megumi! – exclamó - ¿Qué estás haciendo aquí?
Al principio parecía que Megumi no sabía qué responder, pero rápidamente retomó su teatro.
-¡El destino! – respondió con una sonrisa forzada - El destino me trajo hasta aquí para ser la primera en bendecirlos. – y agregó - Al fin y al cabo, fui yo quien planeó la aproximación entre ustedes dos en Hagi.
De repente y tomando desprevenida a Megumi, Sayo fue a abrazarla.
-¡Megumi! Tú eres la gran responsable de esta alegría. – le dijo sinceramente - Te estoy eternamente agradecida.
Aunque descolocada, la joven se repuso y llamó a sus amigas.
-¡Chicas, vamos a celebrar!
Kaoru y Tomoe entraron con la cabeza gacha y sin saber bien cómo actuar.
-¡Felicidades! – fue lo único que pudo atinar en decir Kaoru ante la incómoda situación - Aoshi-san, disculpa por esta llegada tan brusca y sin avisar. – se disculpó - Megumi nos garantizó que por ti estaría bien.
Aoshi levantó las cejas.
-Son todas bienvenidas aquí. – le dijo - ¿Pero está todo bien?
-¡Sí! – exclamó Tomoe, asintiendo nerviosamente.
-Tomoe vino para hacerle una visita a Akira Kiyosato, y Megumi y yo quisimos acompañarla. – explicó Kaoru, y agregó más animada - Siempre fue mi sueño conocer Kioto.
-Bueno, tenemos una noche de celebraciones. – intervino Megumi en voz alta. Kaoru frunció el ceño: su amiga no estaba bien, la conocía - Pero primero necesito lavarme, estoy sucia de tanto viaje.
Después de que Aoshi le indicara dónde quedaba el baño, Megumi corrió y se encerró en el lugar, dejando que las lágrimas de desesperación y dolor corrieran libremente por su rostro. Lloró como nunca antes lo había hecho en su vida, hipando y cubriendo su rostro con las manos.
Momentos después, Kaoru tocó la puerta.
-Megumi soy yo, déjame entrar. – la aludida fue inmediatamente hasta el lavabo para lavar su rostro, en un intento de no lucir tan lamentable. Abrió la puerta con una sonrisa.
-Disculpa…es que… - balbuceó.
-Megumi, conmigo no tienes que fingir. – le dijo su amiga severamente mientras entraba y cerraba la puerta.
-¿Fingir qué? – preguntó la otra distraídamente.
-Fingir que no te afecta el pedido de casamiento de Aoshi a Sayo Amakusa.
Pero en vez de volver a quebrarse por el dolor, la máscara de Megumi se quebró de furia. Miró a Kaoru con el rostro deformado.
-¿Quieres saber algo? – la acusó con voz sombría - Todo es tu culpa.
-¡¿Mía?!
-Fuiste tú quien me dijo que escuchara a mi corazón, y mira adónde eso me llevó.
Kaoru sabía que le decía aquello por no querer asumir sus sentimientos y liberarse de la culpa al verse en ridículo persiguiendo a su amor por medio país. Pero era hora de que la joven madurara.
-¿Acaso hubieras querido estar sola en tu castillo? – inquirió la kendoka.
-Por lo menos no estaría fantaseando con tonterías. – le contestó Megumi - Yo tenía razón al evitar esas cuestiones de amor, pero tú decías que huía de mi destino.
-Por lo menos asume que sí huiste de esos asuntos. – repuso Kaoru - ¿Entonces cuál es tu destino?
-Casar a los demás y cuidar de mi padre y de mi abuelo. – respondió su amiga con aire resuelto.
-O sea, promover alegría en los otros y olvidar la tuya.
Al escuchar esas palabras, Megumi finalmente se dejó vencer por el dolor.
-¡Soy feliz haciendo eso, Kaoru! – exclamó mientras lloraba - O por lo menos lo era, hasta venir aquí y… - cerró los ojos pensativa, y los abrió mirando a su amiga - Disculpa…la culpa no es tuya…es mía…debí haber sabido cuál era mi lugar. – le dijo más calmada.
Kaoru la abrazó con todas sus fuerzas.
-Tu lugar es donde tú quieras ir. – dijo.
-No. – negó Megumi rotundamente y a continuación se secó las lágrimas - Pero no hablemos más de eso: tenemos una cena de compromiso y mañana hemos de buscar a Akira y a Kenshin.
Kaoru no pudo evitar seguir preocupándose por ella.
En la mansión Kiyosato y aprovechando que al fin estaban a solas, Ikumatsu regañaba a Shura en el estudio de la empresaria.
-Shura, te di instrucciones para que te quedaras en Hagi y compraras las tierras del Barón. – le espetó.
-Lo sé, y otras tierras también. – dijo Shura nerviosa - Ya le di un plazo al viejo, y quise venir aquí para una misión más importante: salvar a Akira-kun de las campesinas cazafortunas, Ikumatsu.
Ikumatsu la miró algo confundida.
-Eso es cosa del pasado. – dijo sin darle importancia.
-Pues no es lo que parece, amiga mía. – replicó Shura - Esas interesadas inventaron una invitación de Akira-kun y vinieron a Kioto.
La expresión indiferente de Ikumatsu Kiyosato se tornó en una de terror e ira.
-¡Eso jamás! – siseó furiosa - ¡Sobre mi cadáver!
Ninguna de las dos pudo ver la figura oculta de Akira escuchando la conversación.
Ya muy entrada la noche, Kaoru y Tomoe observaban preocupadas a una durmiente Megumi, quien a pesar del traumático episodio y de la cena en la que repartió cumplidos forzados y sonrisas falsas, había quedado prácticamente inconsciente debido al agotamiento.
-Está durmiendo profundamente… - observó Kaoru en un murmullo.
-¿No crees que fue extraña su reacción? – preguntó Tomoe apenada - Megumi vino aquí pensando que Aoshi-san sentía algo por ella, y dio a entender que ella sentía lo mismo.
-Pues prefirió aparentar que todo estaba bien. – respondió Kaoru, y agregó desafiante - Pero yo no me quedaré en el "quién sabe". – y antes de que su hermana pudiera detenerla, salió del cuarto en camisón y se dirigió al de Aoshi.
Aoshi terminaba de escribir en su diario cuando escuchó que tocaban su puerta. Se sorprendió al ver a Kaoru con cara de pocos amigos.
-Aoshi-san, disculpa por entrar en tu cuarto a esta hora, pero necesito hacerte una pregunta. – lo abordó la joven directamente - ¿Por qué decidiste casarte con Sayo-san justo ahora?
Aoshi estaba cada vez más confundido. Primero la llegada inesperada de las jóvenes y ahora esta conversación sorpresiva.
-Kaoru-san, disculpa, pero no entiendo tu pregunta.
-Pregunté que por qué decidiste casarte con Sayo-san justo ahora. – repitió Kaoru - Aoshi-san, todos sabemos a quién van dirigidos tus afectos, y que eres correspondido. – y agregó enfáticamente - Y no estamos hablando de Sayo-san.
-¿Y acaso esa persona te dijo con todas la letras que me ama? – inquirió el abogado seriamente.
-No, no me lo dijo. – contestó la joven, derrotada.
-Y aunque te lo hubiera dicho, no tiene valor porque no me lo dice a mí. – sentenció Aoshi con cierta tristeza.
-Disculpa, Aoshi-san. – dijo Kaoru sintiéndose culpable - Sólo quise ayudar.
-Demoré mucho en dar ese paso tan serio que es el matrimonio. – explicó el joven - Uno tiene que seguir lo que su corazón le dicta.
-¿Entonces amas a Sayo-san?
Aoshi no respondió y no estuvo dispuesto a seguir hablando del asunto, así que Kaoru, en medio de disculpas, se retiró a su habitación. Aunque el abogado pasó toda la noche pensando en sus palabras.
A la mañana siguiente, las hermanas Kamiya despertaron entusiasmadas ante la expectativa de buscar a sus amores, y también de explorar la ciudad, que se veía más encantadora de día. Ya totalmente vestidas, despertaron a Megumi, quien seguía dormida. La bajaron en camisón para que desayunara con ellas (Aoshi había salido temprano), y después de hacerlo como una sonámbula, la joven volvió a su habitación para seguir durmiendo. Ambas hermanas se miraron confundidas y decidieron salir solas a recorrer las calles de Kioto.
Después de hacer unas compras y distraerse con espectáculos callejeros, empezaron a transitar por una zona muy elegante de la ciudad. Hasta las personas cambiaban: en vez de ver comerciantes y vecinos por todos lados, ahora veían gente elegante y en carruajes ante edificios de iguales características.
Pasaron frente a una confitería muy lujosa, y mientras admiraban los dulces típicos y extranjeros, Tomoe divisó desde la vidriera a Ikumatsu Kiyosato y Shura Myoujin sentadas en una mesa, tomando un desayuno francés. Pálida, la joven tiró de la manga del kimono de Kaoru, quien se relamía contemplando los dulces y le señaló el lugar donde estaban las mujeres.
Sorprendida al inicio, pero sin pensarlo dos veces, Kaoru arrastró a su hermana dentro del local. Burlaron a los guardias y mozos y a pesar de las miradas de curiosidad (pues iban con unos kimonos muy simplones y viejos, y en el lugar imperaban los trajes y vestidos occidentales de estilo victoriano), llegaron ante ellas. Ikumatsu y Shura las miraron con fingida sorpresa, pues sabían que tarde o temprano se toparían con ellas y estaban preparadas.
-Ikumatsu-san, Shura-san. – saludaron las hermanas Kamiya con una inclinación.
-¿Qué hacen aquí? – preguntó Ikumatsu secamente.
Tomoe tomó aire y empezó a hablar.
-Primero me gustaría pedir disculpas por todo lo que sucedió en la cena que dio usted en Hagi. – pidió humildemente - Fue muy vergonzosa la manera que mi familia se…
-Disculpas aceptadas. – interrumpió la mujer con brusquedad - ¿Qué más?
Mientras tanto, Kaoru se preguntaba el porqué de la hostilidad y qué diablos hacía Shura ahí en vez de estar en Hagi.
-También quería preguntar si existe alguna manera de recomenzar la relación…
-Tomoe-san, querida, seré clara, así ya no perdemos el tiempo: creo que eres una joven buena y te deseo toda la felicidad del mundo, pero no eres la mujer adecuada para mi hijo Akira. – le dijo Ikumatsu con desprecio disfrazado de dulzura - Una relación entre ustedes es cosa prohibida.
Kaoru frunció el ceño e intervino.
-¿Qué cosa está diciendo? – preguntó - ¿Acaso hay una mujer para él?
Shura rodó los ojos con burla y procedió a explicarle a la muy ignorante lo que su amiga quiso decir.
-Lo que Ikumatsu quiere decir es que Akira-kun fue criado en cuna de oro, y merece un futuro mejor que el que tu hermana pueda proporcionarle. – le dijo con malicia - Y es bueno que entiendan la realidad, es eso.
Tomoe estaba a punto de romper en llanto, pero Kaoru estaba cada vez más enojada y empezó a discutir.
-¿Y quién le dio… - empezó a cuestionar.
-…el derecho de hablar por mí? – terminó de preguntar por ella Akira Kiyosato, quien había llegado en compañía de Kenshin Himura. Ambos miraban ceñudos y desafiantes a Shura e Ikumatsu, quienes se quedaron boquiabiertas al verlos con tales expresiones.
