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Disclaimer:Los personajes no me pertenecen. Son de propiedad de Stephenie Meyer.

Capítulo 9: Vacía

Las punzadas de dolor impedían cualquier movimiento de mi cuerpo inerte. Los recuerdos del encuentro invadían mi mente e intenté controlar los temblores que amenazaban con aparecer. Tenía miedo que el desconocido aún siguiera en la habitación. Con pesadez, abrí los ojos. Me dolían, probablemente estarían rojos e hinchados. Advertí que todo aún estaba en penumbras. Agudicé el oído para saber si el extraño aún estaba cerca, pero lo único que escuché fue un absoluto silencio. Se había ido. Había cumplido su parte del trato y exigido su retribución. Suspiré profundamente. Estaba aliviada, a pesar de las consecuencias que mi cuerpo resentía. No lo vería nunca más, aunque vería no era la palabra adecuada precisamente.

Me levanté con dificultad y me cubrí con la sábana. Estaba desnuda. Esa era la evidencia clara que lo vivido había sido realidad y no producto de mi imaginación. Encendí la lámpara que se encontraba en la mesita de noche y la habitación se iluminó de golpe. Pestañé un par de veces para acostumbrarme a la luz y mis ojos vagaron por la pieza. Las paredes estaban cubiertas de un tapiz antiguo color crema y el piso era de madera maciza adornado con elegantes alfombras. Habían tres puertas. Supuse que una sería la que conduce al pasillo, otra la del baño y la última la del walking closet. En la esquina opuesta se encontraban un sofá terracota y dos sitiales del mismo tono, rodeando una pequeña mesa de centro negra. El cuarto era espacioso y contaba con una enorme cama en el centro. Las sábanas estaban enredadas y el cobertor en el suelo. A sus costados, dos mesitas de noche de color café adornaban el lecho.

En una de ellas reposaba un sobre blanco idéntico al que me habían entregado en recepción. Lo tomé con cautela y lo abrí. A simple vista parecía contener la suma acordada. Tampoco me molesté en contar este dinero. Cuando tuviese tiempo y ganas, lo haría.

Caminé un par de pasos, me detuve frente a la ventana y abrí la cortina. El amanecer aún no hacía acto de presencia en el cielo. La noche cubría la ciudad de un lúgubre negro, pero en el firmamento se apreciaban algunas estrellas que brillaban intensamente. Traté de apartar los flashbacks de mi mente, pero fue inevitable que mi cuerpo se sacudiera en un profundo sollozo y lágrimas bañaran mi rostro. Aún podía ver sus manos acariciar mi piel, oír sus fuertes gemidos en mi oído, advertir su erección golpear mi estómago, sentir el dolor cuando entró en mí sin consideración alguna… Todo eso sólo me provocaba asco. Me sentía sucia e indigna. Necesitaba sacarme todo rastro que me hiciera recordar esa pesadilla.

Entreabrí una de las puertas y di de inmediato con un gran cuarto de baño. Había un gran jacuzzi blanco y una ducha transparente. Giré la llave y esperé a que saliera ardiendo. Necesitaba relajar mis músculos para que el dolor disminuyera. Con un solo movimiento, la sábana cayó el suelo y me observé en el enorme espejo que estaba sobre el lavabo de mármol. Mi rostro se veía cansado. Mis ojos estaban rojos e hinchados a raíz del inevitable llanto. Mis mejillas estaban bañadas en lágrimas. Mi cuello tenía unas pequeñas manchas rojas. Mis pezones estaban irritados y ardían intensamente. Mis uñas estaban marcadas en mis palmas. Mi entrepierna palpitaba a causa del dolor. La cara interna de mis muslos estaba cubierta por lo que parecía ser sangre seca.

Reprimí otra oleada de llanto descontrolado y me dirigí a la ducha. Dejé que el agua caliente mojara todo mi cuerpo, relajando algunos músculos. Tomé la esponja y la froté con frenesí por todo mi cuerpo, sin obviar ningún rincón, dejando mi piel notablemente enrojecida. Quería eliminar todo rastro físico de lo ocurrido, a pesar que los recuerdos serían más difíciles de borrar. Éstos, sin duda, permanecerían por algún tiempo.

Enrollé una toalla en mi cuerpo y otra en mi cabello. Abrí la puerta y observé antes de salir. Él no tenía nada que lo hiciera volver, pero tenía temor de enfrentarme con él. La evidencia de lo acontecido estaba por todas partes. Mi vestido yacía sobre la alfombra junto a la puerta de entrada. Mis zapatos habían sido lanzados a un lado de la cama. Mi ropa interior estaba en el suelo. Con dedos temblorosos, recogí una a una las prendas y me vestí con premura. No quería estar más tiempo en ese lugar, necesitaba urgentemente salir de ahí y respirar un poco de aire fresco. ¿A quién quería engañar? La respuesta era obvia: a mí misma. Quería ilusamente creer que huyendo de aquel sitio iba a poder olvidar lo ocurrido.

Tomé el sobre y lo guardé junto con el otro en mi bolso. El reloj marcaba las 4 de la madrugada. Suspiré profundamente y me dirigí a la salida. Sin pensarlo, me giré para observar por última vez este lugar que había creado un agujero en mi pecho y en mi conciencia imposible de cerrar. Recorrí fugazmente la habitación con la mirada, pero mi vista se centró en unos papeles blancos esparcidos en el suelo. Los cogí y también los guardé. Ni siquiera se había molestado en verificar mi virginidad. ¿Tanta prisa tenía? Perfectamente podría haberle mentido y aún así él hubiese pagado. Claro, para él esto sólo fue un trámite para cerrar con éxito el negocio más repulsivo que se puede celebrar.

Además, no entendía por qué un hombre que podía obtener sexo acudiendo a un bar, pagaba 400 mil dólares para acostarse con una mujer virgen. Sólo necesitaría ir y coquetear un poco. Sus razones realmente no me importaban, pero sentía curiosidad. Ambos habíamos ganado, aunque la única que había perdido algo había sido yo. Sin embargo, no podía ser injusta. Él no tenía la culpa, sólo había aprovechado la oportunidad que se le presentó. Yo había iniciado todo. Yo misma me había ofrecido, debía responsabilizarme de mis actos y aceptar con entereza las consecuencias.

Cerré la puerta y tomé el elevador. Al pasar por el vestíbulo, bajé mi cabeza y me cubrí con mi cabello. Estaba avergonzada, pero una pequeña parte de mí sentía alivio. Ya no tenía que preocuparme por el dinero para el trasplante de Renée. Había cumplido mi propósito, sin importar el costo que tuviese que pagar. Lo aceptaría con resignación con tal de que mi madre viviera.

El frío aire golpeó mi rostro cuando salí del hotel. Las calles estaban desiertas y poco iluminadas. Caminé con destino a la estación de trenes. Ahí esperaría hasta que el primero saliera rumbo a Forks. Quedaban pocas cuadras cuando sentí unos pasos a mis espaldas. El miedo inundó todo mi ser. Mis manos comenzaron a sudar y mi cuerpo temblaba. Aferré mi bolso con fuerza, tratando de recordar algunas lecciones de defensa personal que Charlie había insistido en enseñarme sin éxito. Continué caminando con inseguridad y prisa. No quise voltear para confirmar mis sospechas, pero los pasos no cesaban. Sabía que si corría, lo más probable es que me cayera. Unas lágrimas amenazaban por salir, pero traté de contenerlas. Bajé mi nublada vista para mirar mis pies y así no tropezar. Aceleré el paso. Sentí que alguien se acercaba por atrás con decisión. De repente, mi cuerpo chocó con algo. Era duro y cálido. Alcé la vista con temor y me encontré con unos intensos ojos verdes.

Su perfección me deslumbró. Era el hombre más atractivo que había visto en mi vida. Tenía el cabello desordenado de un extraño color bronce, la piel más pálida de lo normal, la nariz recta y una firme mandíbula. Era alto y su cuerpo estaba tonificado. Él tenía sus manos en mi cintura y las mías sobre su pecho. Se zafé de su agarre con lentitud y puse mis manos a mis costados. Sentí un hormigueo en la zona que antes había tocado. Sus orbes color esmeralda me examinaban con confusión.

- ¿Estás bien? - preguntó con voz aterciopelada

Mi corazón comenzó a latir con más fuerza y no pude evitar que el calor llegara a mis mejillas. Su voz era maravillosa.

- Yo…lo…siento - tartamudeé

Su mirada fue aún más profunda. Quizás trataba de descifrar qué me ocurría. Como si fuera posible, mis mejillas se sonrojaron más.

- ¿Estás bien? - repitió con notable preocupación

Sus ojos me hipnotizaban. Bajé la cabeza y asentí. Uno de sus pálidos dedos atrapó mi mentón y lo alzó, obligándome a sostener su mirada. Con su pulgar acarició mi mejilla, secando las lágrimas que no pude contener. Me sentía un poco mareada… Perdí el equilibrio, pero él me sostuvo con decisión. Nuevamente sentí sus manos rodear mi cintura. Las imágenes inundaron nuevamente mi mente y me alejé de él.

- Gracias - susurré mirando sus preciosos ojos.

Con toda mi fuerza de voluntad, comencé a andar de nuevo, ordenándole a mi cuerpo que no volteara. Sólo una vez miré sobre mi hombro y lo vi ahí de pie mirando en mi dirección.

Me senté en una de las tantas bancas desocupadas en la estación y esperé pacientemente el tren que me llevaría de regreso. Alice probablemente estaría histérica por mi repentina ausencia. Tendría que afrontar sus regaños y seguir con la farsa del generoso tío Eleazar. Al menos tenía el consuelo de que Emmett volvería hoy. Mi hermano oso era, por decirlo de alguna manera, especial y me hacía sentir especial a mí también.

Abordé el tren poco antes de las 6 de la mañana. Si mis cálculos no fallaban, estaría en Forks a las 8 aproximadamente. Apoyé mi cabeza en la ventana y traté de conciliar el sueño. No había dormido prácticamente nada y estaba agotada tanto física como emocionalmente. Pese a mis esfuerzos, no pude descansar y, cuando llegué a mi destino, lo primero que hice fue comprar un café tamaño gigante. Recobré un poco la energía y fui al Hospital. Quería ver a mi madre antes de llegar a la casa de los Cullen.

No quise despertarla. La enfermera me informó que se había desvelado y que había conciliado el sueño hace un par de horas. Me quedé observándola unos minutos. Reflejaba tranquilidad y eso me reconfortó. Su semblante no se veía tan demacrado como antes. Saldría adelante, venceríamos el cáncer y recuperaría a mi madre. Pedí hablar con el doctor Smith, pero no estaba disponible. Volvería mañana para ver qué avances había en la lista de donantes y comentarle que ya contaba con el dinero.

Entré sigilosamente a la casa con la esperanza de no tener que dar explicaciones, pero mi mala suerte hizo acto de presencia.

- ¡Isabella Marie Swan! – chilló una familiar voz a mis espaldas

Me sobresalté por su aparición y me giré. Las pequeñas manos de Alice se aferraban a sus caderas y tenía el ceño fruncido.

- Buenos días, Alice – la saludé

- ¿En qué diablos estabas pensando? – me increpó

- Yo…

- ¿Cómo se te ocurre salir sola? ¿Estás loca? ¿Por qué no confiaste en mí? ¿Por qué no me dijiste que te reunirías con Eleazar? Si me hubieses avisado, Rose o yo podríamos haberte acompañado - expuso con enojo sin tomarse la molestia de respirar

Quise defenderme y gritarle que tenía edad suficiente para cuidarme sola y que eso no implicaba ser demente, pero me abstuve que hacer aquel comentario. Sabía que Alice estaba pendiente de mí y se preocupaba por lo que me pasara, especialmente desde el diagnóstico de Renée.

- Claro que confío en ti – aclaré, tratando de calmarla

- ¿Entonces? - inquirió

- Fue inesperado - mentí

Alice alzó una ceja en señal de disconformidad.

- Explícate – exigió más tranquila

- Sí, inesperado – insistí – Ayer por la tarde hablé con Eleazar y me pidió que me reuniera con él a cenar para entregarme el dinero.

- Podrías haberme llamado para avisarme – me regañó – Me preocupé mucho por ti.

- Lo siento – me disculpé – No fue mi intención angustiarte. Sólo aproveche la oportunidad.

Mi amiga me examinó de pies a cabeza.

A este ritmo me convertiría en la mejor actriz de mundo. Estaba mintiendo con una facilidad inusual y lo más extraño de todo es que, al parecer, era creíble porque Alice estaba confiando en mi versión.

- Nunca vuelvas a hacerlo – me advirtió, apuntándome con un dedo y relajando su postura.

Su frase tenía otro sentido para mí. Jamás repetiría lo de anoche. Había sido demasiado duro vivirlo y no lo soportaría otra vez.

- Te lo prometo – alcé mi mano para cerrar mi juramento

Alice se acercó a mí y me rodeó los hombros con un brazo.

- Te perdono – sonrió - ¿Eleazar te prestó el dinero? Si no lo hizo, sabes que nosotros encantados te ayudaremos

- Ya tengo el dinero, Alice – afirmé, golpeando ligeramente mi bolso

- Todo estará bien – me aseguró

- Eso espero – suspiré

Mi amiga me miró con detenimiento.

- Será mejor que descanses – aconsejó – Por tu aspecto, pareciera que te torturaron.

Si tan sólo supiera lo ciertas que eran sus palabras.

- Me recostaré un momento y luego bajaré a ayudar a Esme - avisé, subiendo las escaleras

- ¡Iré a hacer algunas compras y cuando regrese te arreglaré! – gritó desde la planta baja

Sin darme el tiempo para replicar, cerró la puerta. Resoplé. Este sería un día muy largo.

Me tumbé sobre la cama y cerré los ojos, pero fue imposible conciliar el sueño. La cabeza me daba vueltas y sentía molestias en todo mi cuerpo. Me cambié de ropa y fui hasta la cocina.

- Buenos días, Rose – la saludé

Sólo se limitó a hacer un movimiento con su cabeza en señal de respuesta. Estaba enojada conmigo por haber desaparecido sin previo aviso, pero no sería tan fácil obtener el perdón de Rosalie. Ella era más orgullosa que Alice.

Me acerqué a ella, pero ignoró mi presencia.

- Rosalie – la llamé

Alzó su rostro y me lanzó una mirada profunda.

- Discúlpame – le pedí – Siento mucho no haberles avisado. Todo sucedió de prisa.

Abrió la boca para decir algo, pero en ese preciso instante Esme irrumpió en la cocina.

- Buenos días queridas – sonrió Esme

Rosalie se acercó a ella, le dio un beso en la mejilla y desapareció.

- ¿Sucede algo? - preguntó

- Nada de qué preocuparse – negué con la cabeza - ¿Cuál será el menú de hoy?

- Lasaña y tiramisú – anunció solemnemente – Edward adora la comida italiana.

Al menos el tal Edward y yo teníamos algo en común. Dispuso todos los ingredientes en la encimera.

- Si no te molesta, me encargaré del postre - ofrecí

- Por supuesto – sonrió – Haces el mejor.

Sonreí y comencé a mezclar el queso mascarpone con las yemas de huevo, mientras Esme tarareaba una melodía desconocida. El ambiente era, sin duda, agradable. Ella era una segunda madre para mí. Jamás me había sentido una extraña en esa casa. Desde el primer momento me habían acogido como si fuera una Cullen más. Me habían apoyado siempre, sobretodo en las etapas más duras.

- ¿Estás bien? – interrogó Esme

Su suave voz me sacó de mi ensimismamiento.

- Sólo estaba pensando en lo mucho que han hecho ustedes por mí – dije sinceramente – No sé cómo agradecérselos.

- No tienes nada que agradecer – sonrió, acercándose a mí – Eres parte de nuestra familia y nosotros nos cuidamos unos a otros.

Me dio un tierno beso en la frente e inmediatamente una sonrisa apareció en mi rostro. Adoraba a todos y cada uno de los Cullen.

La mañana transcurrió rápidamente. No volví a ver a Rosalie. Guardé el postre en el refrigerador y subí a tomar una breve ducha. Traté de ignorar las desagradables sensaciones que mi mente se empeñaba en recordar. Al salir del cuarto de baño vi a Alice que me sonreía maliciosamente.

- ¿Qué estás tramando? – pregunté con temor

- ¿Yo? – se indicó con fingida inocencia

- Sí, tú – dije apuntándola – Te conozco demasiado bien y ese brillo en tus ojos no anticipa nada bueno

- Me ofendes – respondió, simulando enojo

Tomó mi mano y me arrastró hacia su habitación. Sabía lo que venía a continuación y quería evitarlo a toda costa.

- Deberías decorar la mesa – aconsejé cuando cerró la puerta

- Ya lo hice – anunció, sentándome frente al gran espejo del tocador

- Puedo arreglarme sola - dije

- Pero no lo harás – negó – Lo prometiste

Suspiré. Alice tomó eso como una invitación y me giró para que no pudiera verme. Comenzó a hacer algo con mi cabello, pero de pronto se detuvo.

- ¿Qué te pasó? – dijo señalando mi cuello

Se refería a las manchas rojas. Podía decirle que me había golpeado, pero eso sería poco convincente.

- Alergia – dije simplemente

Continuó con mi cabello y luego se dedicó a maquillarme. No sé cuánto tiempo había pasado, pero me estaba impacientando.

- ¿Falta mucho? – pregunté desesperada

- Sólo unos toques más – me avisó – No te muevas

Aplicó un poco de brillo labial y se alejó para observarme.

- ¡Listo! - gritó

Quise voltear para verme, pero Alice puso sus manos sobre mis hombros para impedirlo.

- Antes ponte el vestido – ordenó, señalando su cama

Me acerqué y quedé impresionada. Era un vestido blanco strapless con una cinta negra atada al lado izquierdo que abrazaba la cintura. Simplemente perfecto.

- Es hermoso – exclamé acariciando la tela

- Es tuyo – aclaró Alice – Y los zapatos también

No me había dado cuenta que, junto al vestido, habían unos zapatos bajos negros. Nunca antes los había visto. Seguramente esto fue lo que compró en la mañana.

- No – dije tajantemente mirándola – No puedo aceptarlos

- Por favor – suplicó

Alice estaba utilizando su recurso más bajo: el mohín. Su labio inferior sobresalía, su mirada inspiraba tristeza y sus manos estaban entrelazadas como si estuviese orando.

- ¡No es justo! – chillé frustrada, entrecerrando los ojos

Una sonrisa adornó el rostro de Alice. Sabía que había ganado.

- Apresúrate – me urgió

Me desprendí de la bata me puse los regalos de Alice. Me miré al espejo y no podía creer la imagen que me devolvió. La mujer que estaba ahí era hermosa. Su cabello estaba suelto y caía en ondas hasta la mitad de su espalda. Su rostro estaba maquillado naturalmente en sutiles tonos rosas. El vestido le llegaba a las rodillas y se apegaba a sus invisibles curvas, realzándolas. Ése fuera mi reflejo. Era yo.

- Increíble – fue lo único que logré articular

- No te ves a ti misma con claridad – me regañó Alice

- Gracias por todo – dije abrazándola

Alice se arregló en tiempo récord y se veía hermosa. Se puso un vestido verde que combinaba a la perfección con sus ojos y su maquillaje. Terminó su atuendo con unos zapatos altos color plata. Ella estaba acostumbrada a usar tacones y no sufría de torpeza como yo.

- Iré a buscar a Rose – dijo Alice

Asentí y comencé a bajar las escaleras. En ese momento, el timbre sonó. No me apresuré, esperando que Esme o Carlisle abrieran. No era mi casa y no podía tomarme esa libertad. Miré en todas las direcciones, pero no había nadie.

Caminé hasta la puerta y la abrí. De inmediato, me congelé. ¿Qué hacía él aquí? Sus ojos también reflejaban confusión y sorpresa. Él tampoco esperaba verme. Me analizó con la mirada de pies a cabeza y me sonrió seductoramente. Mi corazón comenzó a latir desesperadamente y mi respiración se aceleró. Me apoyé en la puerta para no caerme. Imité el gesto y, como la vez anterior, me deslumbró. Vestía un pantalón de tela claro y una camisa azul que dejaba entrever su musculoso pecho. Su cabello estaba desordenado y un mechón caía sobre uno de sus ojos.

Me perdí en sus ojos hasta que sentí que mis pies abandonaron el piso.

-¡Enana! – exclamó Emmett mientras daba vueltas conmigo

- Yo también te extrañé – le susurré, abrazándolo

Me dejó en el suelo y le pedí con la mirada que me explicara la situación.

- Bella, él es…

-¡Edward! – gritó Alice abalanzándose sobre el hombre de ojos verdes

¿Él era el famoso Edward? ¡El mundo no podía ser tan pequeño! La única persona que podía dejarme al descubierto era el primo de Alice y Emmett. Para ellos, yo había estado en Denali. Si Edward abría la boca y decía que me había visto en Seattle, sería mi fin.

- Déjalo respirar – dijo Rosalie

No me di cuenta en qué momento Esme, Carlisle y Rose habían llegado. Todos soltaron una carcajada, menos yo. Estaba demasiado perpleja para reírme.

- ¡Te extrañé tanto! – chilló Alice, ignorando el comentario de Rose

- Yo también – correspondió Edward con una sonrisa arrebatadora – Es un gusto verlos a todos

Luego de abrazar a toda su familia, posó los ojos en mí. Me sonrojé al instante y esquivé su mirada. Alice lo notó e intervino.

- Edward, ella es mi mejor amiga Bella Swan – dijo señalándonos - Bella, es el mi primo Edward Cullen

- Mucho gusto - murmuré

- Un placer – respondió con su aterciopelada voz, extendiendo su mano

Al tocar su piel, sentí una especie de corriente eléctrica correr por mis venas. De inmediato, solté su mano. ¿Había sentido lo mismo él? Tenía el ceño fruncido y miraba con extrañeza la mano que segundos antes había tocado.

Esperamos a Jasper y nos sentamos en la gran mesa de madera, decorada exquisitamente por Rose y Alice. Tenían un gusto impecable. Me acomodé entre Alice y Emmett y, para mi mala suerte, Edward se sentó frente a mí.

No tenía hambre, así que jugué con el trozo de lasaña. Un suspiro involuntario se escapó de mis labios.

- ¿Te pasa algo? – preguntó el oso revolviéndome un poco el cabello

- Sólo estoy cansada – respondí

- Ahora a Bella le gusta fugarse - dijo ácidamente Rosalie.

Emmett miró a Rose y luego a mí. Tenía que tocar ese tema precisamente ahora.

- Bella se reunió con su tío Eleazar – dijo Alice con simpleza

- En Denali – agregué, dirigiéndome a Edward

Edward me miró y alzó una ceja. Le rogué con la mirada que no me delatara. Nadie comentó nada más respecto a mi pequeño escape y lo agradecí enormemente.

- ¿Te quedarás con nosotros? – le preguntó Carlisle a Edward

- Hasta que consiga un departamento, si no es mucha molestia - respondió

- Puedes quedarte todo el tiempo que quieras – intervino Esme – Estás en tu casa

- Muchas gracias- dijo sonriendo

La conversación se centró en el trabajo de Edward y en las ofertas que tenía en Forks. No presté mucha atención, me dolía la cabeza y mi estómago estaba apretado.

- La mejor lasaña que he comido – concluyó Edward

- Espera que pruebes el postre – le dijo Esme, guiñándome un ojo

- A este ritmo, saldré rodando de esta casa – rió

Su risa era una maravillosa melodía. Necesitaba huir de su presencia. Ayudé a Esme a llevar los platos a la cocina.

- Casi no probaste bocado – me reprendió

- No tengo apetito – señalé

- Estás muy pálida – dijo acariciando mi mejilla - ¿Segura que te sientes bien?

- Sí, no te preocupes - sonreí

- Puedes confiar en mí – me recordó

- Lo sé – la abracé

Llevé el postre y Esme lo sirvió. Hubo un silencio absoluto hasta que todos comieron su porción.

- No recordaba que hicieras un tiramisú tan delicioso – alabó Edward

- El mérito no es mío – lo corrigió Esme – Bella lo hizo.

- Felicidades Bella – me dijo – Está exquisito

Cuando dijo mi nombre, miles de mariposas revolotearon dentro de mi estómago.

- Gracias - musité

- La enana cocina muy bien – secundó Emmett – Quiero más

- Insaciable – murmuró Rosalie

- Así te gusto – respondió Emmett con picardía

Rose le golpeó el hombro y todos soltamos una carcajada.

Luego de beber café, cada pareja se encerró en su burbuja personal y Edward fue a acomodar sus cosas. No quería encerrarme en la habitación, así que decidí caminar por el jardín y tomar un poco de aire fresco. A pesar de lo sombrío del cielo, el día tenía una luminosidad especial. Mi vida había cambiado irremediablemente en un día. Había concretado el trato y ahora me sentía deshonrada. Mi cuerpo había sido tocado por un hombre que ni siquiera conocía a cambio de dinero. Me había acostado con alguien por una retribución económica. ¿Qué me diferenciaba de una prostituta? La única desigualdad era que yo no lo volvería a hacer, pero había actuado como una. Daría cualquier cosa por borrar la sensación de sus manos sobre mi piel, pero los recuerdos eran frutos de mi decisión y debía aprender a vivir con ellos.

- Un dólar por tus pensamientos – susurró una voz aterciopelada en mi oído

Me sobresalté al percatarme de su presencia y cercanía. Limpié las lágrimas que no había podido contener y me giré. Ahí estaba Edward con una sonrisa deslumbrante.

- No valen tanto - negué

- Apuesto lo contrario – me contradijo

Sonrió y se alborotó aún más el cabello.

- No quiero ser indiscreto, pero algunas dudas - expuso

- Lo sé y, antes que todo, te agradezco que no me hayas desenmascarado delante de todos – dije

- ¿Por qué creen que estabas en Denali? – interrogó

- Es complicado – respondí

- ¿Por qué deambulabas sola por las calles de Seattle en la madrugada? – preguntó

- Es complicado – repetí

- No me dirás la verdad, ¿cierto? – inquirió, alzando una ceja

- Lo siento – me disculpé

Suspiró y me miró profundamente.

- Tampoco me dirás lo que te ocurrió para que estuvieras tan asustada - afirmó

Negué suavemente con la cabeza.

- Ni menos el motivo de tus lágrimas - continuó

Sabía que había estado llorando. Era muy observador. Debía tener cuidado con él. Volví a negar con la cabeza.

- No tengo derecho a pedirte nada, pero te ruego que no le digas nada a nadie – le supliqué.

- Guardaré tu secreto – me prometió

- Gracias, Edward – le sonreí con sinceridad

Caminé rumbo a la casa, pero él no me siguió. Desconozco la razón, pero confiaba en Edward. Sabía que él no le diría nada a nadie, pero tenía la sensación que no se quedaría tranquilo hasta saber la verdad.


Hola! Apareció Edward! Por fin entró en acción nuestro vampiro favorito! jajaja

Muchas me han preguntado si el desconocido es Edward… Lo siento, pero no puedo revelarles ese misterio. La identidad del extraño se sabrá más adelante. También me han pedido Edward POV… Lo haré, pero aún no.

Muchas gracias por sus reviews, alertas y favoritos! También agradezco a todos los que siguen la historia de manera silenciosa, aunque preferiría que se manifestaran para saber qué les parece!

A las nuevas lectoras, bienvenidas!

Cualquier sugerencia, duda, reclamo, comentario o felicitación….ya saben: review!

Besos!

Chemita