Disclaimer: Los personajes de la serie de Inuyasha solo le pertenecen a la honorable Rumiko Takahashi, a quien agradezco por haber creado tan magnífico anime. La historia por el contrario me pertenece a mí.

Consecuencias.

Capitulo 10: "Sin Lucidez"

El aroma tan peculiar de Kagome lo mantenía sedado, anclado en un letargo de tranquilidad pura, donde era casi imposible liberarse.

La joven chica lo había atado, no sabía con certeza que parte de él quedo cautiva y tampoco importaba averiguarlo, solo tenía consciencia de que le sería trágico separarse en algún futuro de esa mujer y sin embargo se estaba arriesgando a correr semejante peligro.

No, no eran sentimientos; Inuyasha era demasiado hábil como para no confundir lo que estaba pasando, al menos eso era lo que él creía.

Movió con ligereza una rodilla y Kagome se quejó al ser golpeada levemente, pero se quedó quieta y se relajó entre sus piernas nuevamente.

Ambos semidesnudos, ella con la camisa de él puesta sobre su frágil cuerpo e Inuyasha con los pantalones de vestir y el torso desnudo.

Un momento sin lugar a dudas demasiado íntimo.

¿Cómo habían llegado a un momento así?

Ni él tenía la ínfima idea, después de haber sucumbido al placer se hallaban concentrados en cada detalle de la otra persona; la mayoría de las noches que culminaban se dedicaban a dormir, sin embargo podría ser la incomodidad de la oficina o el hecho de que solo querían apreciarse en silencio lo que los había llevado a esa posición.

El suelo alfombrado de la habitación era suficiente para ellos, un Inuyasha recargando su espalda contra el sofá y sentado en el elegante tapiz, con una hermosa Kagome entre sus piernas y la cabeza apoyada en su pecho.

Sus dedos descendieron hasta el vientre plano de la azabache y crearon formas indefinidas sobre este, acariciando sobre la tela su piel; suspiró fuertemente y poco después llevo su nariz hasta el cuello de la fémina.

Aspiró otra vez ese aroma tan propio de ella e inundo su ser de la deliciosa fragancia, paseando por toda la piel expuesta de Kagome, tomando cada resquicio e impregnándolo en su ser, había una extraña necesidad de sentir el olor de la chica sobre su cuerpo y respectivamente deseaba que Kagome hiciera la esencia de él parte de ella.

Ella soltó una risita fugaz a causa del cosquilleo que le creó Inuyasha, sintió los labios de él besar parte de sus hombros y luego sentir mordidas ligeras, tiernas y suaves; como si el joven quisiera solo consentirla en este momento, saboreando su piel con delicadeza.

No había atisbo de pasión en su sangre, pretendía únicamente sentir parte del alma gentil de Kagome, demostrarle que a pesar de ser un miserable chantajista, podía ser sincero en algunas ocasiones.

Kagome subió una mano por la mejilla masculina e introdujo sus dedos en la espesa y larga cabellera, cerró sus ojos y disfruto del tacto, los mimos y el momento que le permitía estar con ese hombre.

Recargó su cabeza por completo en el hombro masculino y suspiró efímeramente mientras su piel era acariciada con fineza.

Inuyasha finalizó la caricia y giró el rostro pasivo de la chica para tomar posesión de sus labios.

Kagome volteó todo su cuerpo y colocó ambas manos a lado del rostro varonil, presionando profundamente sus labios; introduciendo su lengua con pereza y lamiendo el borde de la boca masculina, sus dedillos pasearon desde la mandíbula de Inuyasha y contornearon el lugar preciso donde nace la barba.

Las fuertes manos de Inuyasha se posaron demandantes sobre la cintura de ella, mientras se dejaba hacer.

Al finalizar el dulce tacto, Inuyasha sorprendió a la mujer paseando su lengua desde su mentón hasta su nariz y rió cuando ella frunció las cejas.

Deseó reírse con ganas por la forma en que ella se molesto y luego pasó el dorso de su blanca mano para limpiar el rastro de saliva que dejó marcado.

De nada de le sirvió.

Esta vez procuró lamer desde la mejilla hasta la ceja de Kagome, recibiendo como regalo una mirada más que furiosa y unos labios apretados, conteniéndose de gritarle.

No pudo detenerse, las carcajadas inundaron el lugar e instintivamente llevó sus manos hacia su estomago para detener el dolor de la risa que estalló.

Los ojos caoba de Kagome lo miraron enojada, poco después sus cejas comenzaron a relajarse y su semblante cambio, cediendo también a la risa y mostrándole a Inuyasha la elegante voz de su buen humor.

Ambos rieron complacidos y de pronto Kagome se puso seria, como si estuviera dispuesta a castigar a ese impertinente hombre e Inuyasha tuvo miedo por esa perversa mirada, acallando por completo sus carcajadas y causando un tic nervioso en su rostro.

Kagome esbozó una sonrisa y tomó entre sus palmas el rostro del joven, saco su lengua húmeda y la paseó por el mentón de Inuyasha, boca, nariz, cejas, frente y ojos, para finalizar con un suave beso en los labios varoniles y riéndose por la expresión infantil de su amante.

Y él también la acompaño en la risa.

Empujó con fuerza a Kagome hasta que quedó sobre ella, rodaron un rato en el suelo, como si pelearan por algún juguete, siendo adultos y simulando ser niños.

Si, Kagome liberó algo en él que hacía perdido; un algo que amaba que despertara, sintió libertad y pureza; por primera vez en su vida se olvido del dolor del pasado y de tantas cosas que había sufrido, permitió liberar su ser como nunca y adoro dejar de temer.

Sus labios acudieron a envolver los de la azabache y se perdió en el contacto.

No dejaría ir a Kagome, nunca, ni aunque eso atrajera consecuencias irreversibles…

Kagome mantuvo el rostro sereno, mientras observaba por la ventanilla del auto el panorama de las calles vacías.

La melodía que Inuyasha había encontrado en la radio era relajante, amenizaba el ambiente entre ambos, causando que ninguno de los dos se sintiera incomodo con el silencio.

Era la segunda vez que se subía al elegante auto de Inuyasha, aunque siendo sincera no recordaba la primera ocasión. Observándolo ahora detalladamente, se daba cuenta de lo caro que era y de lo cómodos asientos de piel.

No encontró alguna mancha o rayón sobre el acabado de tan precioso carro, Inuyasha debía amarlo demasiado.

-No- se sobre salto al escucharlo y solo atino a mirarlo un poco sonrojada por la sensualidad de su voz.

-¿Disculpa?- tembló en su asiento cuando Inuyasha sonrió y enfoco sus dorados ojos sobre ella.

-No amo este coche, es solo un objeto material… aunque te sorprenda.

Inuyasha esbozó una última sonrisa seductora y giró la cabeza para prestar atención al camino; convirtiendo a Kagome en una chica embobada y confundida.

-¿Cómo… lo has sabido?- cuestionó la azabache cuando logró encontrar su voz.

-¿El qué? ¿Cómo supe lo que estabas pensando?- Kagome asintió esperando su respuesta –No tengo la menor idea.

Lo poco que duró el trayecto, Inuyasha no volvió a mirarla y ella quedó anonada con esa "respuesta". ¿No tenía idea? Ese tipo de palabras causaban escalofríos en su persona.

Inuyasha se percató de lo incomoda que se encontraba después de decirle aquello, sin embargo fue sincero, la verdad es que solo vio en sus ojos las palabras exactas de sus pensamientos y por inercia contestó.

Entre ellos se formó un lazo invisible que creaba una conexión peligrosa, nunca nadie había causado tantos estragos en él y mucho menos una mujer. Tenía en cuenta que también a ella le estaba pasando y eso resultaba tenebroso.

Llegaron al modesto edificio en el que ella rentaba y se sintió mal, era complicado ver a un joven atractivo en un auto lujoso, aparcando frente a esa pocilga; donde por mala fortuna no existía un estacionamiento.

Kagome esperó a que Inuyasha abriera la puerta del vehículo y en cuanto puso un pie fuera, deseo escapar. Sus vecinos se darían cuenta de lo que estaba pasando y varios comenzarían a formar rumores de lo que estaba haciendo.

El tan solo pensarlo le aterraba.

Pero no había manera de evitarlo, cuando se había dispuesto a tomar un taxi para llegar, Inuyasha la había jalado de su brazo y sin poder negarse, ya se encontraba dentro del auto.

Sus mejillas se sonrojaron de vergüenza, mordió su labio inferior de desesperación, esto era bochornoso.

-¡Oh! No hagas eso- los ojos ambarinos de Inuyasha se entrecerraron y un brillo lujurioso se asomo de ellos –Estoy cansado, ¿Sabes? Y aun así puedo cargarte entre mis brazos y subir a tu departamento para hacerte gemir todo lo que resta de la noche.

Ella enrojeció por completo.

-¿Pero… qué… qué cosas dices?- llevo ambas manos a sus mejillas y meneó su cabeza.

-La verdad… Kagome…

Inuyasha inclinó medio cuerpo y besó aquellos deliciosos labios, la acerco hasta presionarla contra su torso y jadeó de puro placer al sentir como era correspondido.

-Inuyasha…- ella abrió sus ojos y no dudó en apresarlo más, se estaba haciendo adicta de ese hombre, de su aroma, su piel, su calor y sus besos… aquellos deliciosos labios varoniles.

-Subamos… anda, aquí está empezando a hacer frío, ah…- soltó un gemido al sentir la boca de ella en su cuello, era mentira, en ese lugar hacía todo menos frío; él se estaba consumiendo de calor y conocía la forma de calmarse.

Comenzó a absorber aire con grandes bocanadas; ¡estaban en un lugar público! Pero deseaba, anhelaba, nuevamente introducirse en sus piernas y jadear por el hervir de la pasión.

-Vamos- la instó a caminar y ambos entraron al edificio, se le complicaba mantenerla a su lado sin desear un contacto más íntimo, pero por mucho que la quisiera debía mantener la compostura.

La vergüenza de Kagome aumento cuando subían las escaleras, era un caso terriblemente ofensivo para aquél caballero gallardo, quien de seguro estaba acostumbrado a los refinados elevadores y en ese miserable lugar ni a escaleras eléctricas llegaban.

Exhalo aire con frustración.

-¿Quieres pasar?- preguntó dudosa la chica, jugueteando con sus dedos después de abrir la puerta.

-Esa es una mala idea, si entro no saldré hasta quedar satisfecho- fijó su mirada en la puerta abierta detrás de Kagome, tratando de no caer bajo el hechizo involuntario que la mujer brindaba.

-¿Eh?- emitió ella, más en un dulce gemido; ya que Inuyasha poseía la forma adecuada para hacerla sonrojar cada que quisiera con sus palabras –Entonces, hasta… hasta mañana.

Se levantó de puntitas y depositó un beso casto en sus labios.

-¡Maldición, Kagome!- Inuyasha la apresó de la esbelta cintura y unió su boca con la de ella, introdujo su lengua y acarició con lentitud el níveo cuello.

La camisa del hombre fue tironeada con todo su cuerpo hacia dentro del departamento. Sintió como golpeaba su espalda contra la madera de la puerta cerrada por un portazo y posteriormente la frialdad en su pecho, su camisa estaba abierta hasta la mitad y Kagome se esforzaba en desabrocharla por completo.

-Vaya que eres el pecado en vida- gimió el contra su hombro, tratando de recuperarse de aquél intenso beso. Aunque Kagome no tenía planeado parar, sus ojos mantenían la unión con los suyos, pero sus manos se paseaban por el borde de su pantalón, incitándolo a quitárselo.

-Eres el único que libera el deseo en mi- Kagome ronroneó cerca de sus labios y luego los mordió ligeramente, obligando a Inuyasha a sobrepasar el límite.

-Basta… aunque quisiera, debo… necesito ir… irme- su mente se debatía entre la cordura y la locura que experimentaba con esa mujer.

-Entiendo- la joven azabache lo soltó de su agarre y retrocedió algunos pasos, le sonrió inocentemente –Hasta mañana, Inuyasha…- si, ella también podía jugar a seducir y siendo la ganadora.

Su orgullo de mujer se alzaba cuando veía a un Inuyasha sucumbiendo ante sus encantos, cuando él era el que siempre iniciaba con el juego; lamentaba usar sus armas contra él, pero adoraba verlo a sus pies, tratando inútilmente de negarse al deseo, como ahora.

Inuyasha aspiró todo el aire que pudo y se acomodó la camisa, giró hacia la entrada y abrió la puerta, siendo acompañado a sus espaldas por Kagome.

En el marco de la puerta el caballero se inclinó a la altura de la chica para despedirse, sin embargo no recibió un beso ardiente como esperaba.

Kagome le dio un beso sonoro en su mejilla izquierda para posteriormente darse la vuelta y cerrar la puerta en la cara del joven anonado.

No quiso volver a tocar la puerta, sabía que era lo mejor, aquél beso casto era lo que necesitaba para bajar la excitación. Sonrió feliz por esta noche y se dirigió a su casa, no preocuparía a la anciana más de lo debido.

Kagome se recargó sobre la madera fría de su puerta y suspiró, cerró los ojos rememorando en su cabeza los hermosos ojos dorados de Inuyasha y la forma en que la miraban.

Sonrió infantilmente, mientras caminaba hacia su recamara; le hacía falta un baño después de la apasionada noche.

Laurent recorrió con la mirada la terraza, desde donde se podían apreciar a la perfección las hermosas edificaciones de París; pero no había nada más divino para él que la bella dama que estaba sentada sobre una silla de metal con una revista entre sus manos.

-Kikyo- acaricio el nombre de la mujer con delicadeza y ternura.

Ella giró inmediatamente su cabeza y enfocó sus hermosos ojos en los de él, brindándole una elegante sonrisa.

-Tardaste demasiado- indicó ella, centrándose de nuevo en su revista.

Una joven de cabellos rizados salió donde ellos se encontraban y sirvió un poco de té en una taza de porcelana para Kikyo.

Él no le tomó la menor importancia, su mirada azul se encontraba agudizada en la joven que amaba.

-Perdóname, no deseaba dejarte sola- se acercó hasta posicionarse tras su espalda y con una mano indicó a la muchacha de servicio que se retirara, una vez solos, enredo sus brazos en el delgado cuerpo de la modelo y acarició con sus húmedos labios, la piel de su cuello.

-Planeó regresar mañana a Japón- informó ella en francés, para que Laurent pudiera entenderla.

Su postura se endureció al instante y sus brazos abandonaron el calor femenino, para volverse fríos e inanimados a su costado. Su adorada Kikyo se iba… otra vez de su lado…

-¿Pero… por qué tan pronto?- no quería que se fuera, no aguantaría saber que ella regresaría a los brazos de su marido, que se entregaría con él en cuerpo y alma porque lo amaba, eso no lo toleraría… sería incapaz de vivir sin ella.

-¿Pronto?- ella arqueó una ceja y cerró su revista, apretó los labios por capricho –No cariño, ya tarde mucho; Inuyasha no puede sospechar que estoy contigo, es un hombre inteligente y puesto que tiene una mujerzuela que le lava la cabeza, pueden arrebatármelo- se levantó de su lugar sin probar la bebida preparada por la sirvienta y se dispuso a salir de ahí para comenzar a empacar sus cosas.

-Que importa Kikyo, me tienes a mí, no necesitas un hombre que te es infiel- sus voz de repente sonó desesperada –por favor… no te vayas…

Ella suspiró cansada de la conversación.

-Ya hemos tratado este tema y siempre llegamos a lo mismo- dio ligeros golpes al piso con su pies un tanto exasperada –Tú solo eres mi amante e Inuyasha mi marido, no puedo dejarlo tan simple, yo lo amo… ¿Entiendes?

Laurent no permitió que ella se moviera, alcanzó a enroscar sus fuertes brazos en su esbelta cintura y la alzó, llevándola a su habitación.

Ante las palabras hirientes que ella le gritoneaba mientras llegaban, la recostó en la enorme cama de dosel y se posicionó entre sus piernas.

-Tengo en claro mi situación y sabes que te amo a pesar de que ames a tu marido, pero…- comenzó a besar el cuello de la joven y descendió hasta el nacimiento de sus senos –no puedo dejarte ir aún, eres mía Kikyo, más mía que de cualquiera y me importa un bledo si tú amado Inuyasha se revuelca con la mujer más vulgar… sólo… dejame amarte cuanto pueda, por favor… mi amada Kikyo…

Kikyo ya no luchó más, era imposible resistirse a los besos de Etienne, ella adoraba ser tocada y besada por ese caballero.

Las manos febriles del hombre se colaron por debajo de su vestido veraniego, recorriendo sus muslos y parte de la lencería que traía.

La boca de Laurent se impactó sobre la de ella y su audaz lengua entro en su cavidad húmeda, extasiándola de su dulce sabor. Fue liberada de la tortura en la que estaba envuelta con la tela, su cuerpo quedó desnudo ante él, suave y perfecto para el apuesto hombre.

Él lamió cada seno como si fuera un manjar, acarició su entrepierna e incrustó sus dedos dentro de su intimidad, creando en la hermosa mujer una sensación de placer indescriptible.

Ella jadeó cuando sintió no solo los dedos del joven, sino su boca; la lengua de él, trataba de penetrarla con excitación. Su mente fue nublada por la humedad que recorría su sexo, casi convulsiona cuando Laurent succionó sus labios vaginales y paseó sin descaro aquella intrépida boca por su abdomen, para regresar al punto de inicio.

La giró de espaldas a él, posicionando el torso de la chica sobre la suave cama con las caderas servidas ante él y su miembro erecto.

Kikyo gimió al ver erguido la virilidad del joven, dispuesto a tomarla en este momento.

Sus suaves y redondas nalgas fueron alzadas y de una estocada suave, directa y caliente, entró en ella.

La mejilla de ella descansaba en la almohada, mientras la parte inferior de su cuerpo era arrastrado en un vaivén sin descanso. Gimió y gimió, una y otra vez; estaba tan caliente y excitada por la forma inesperada en la que estaba siendo poseída.

Obligó a la modelo a apoyarse sobre sus rodillas y las palmas de sus manos, dejándola en cuatro.

Paseó una de sus manos hasta llegar a tomar posesión de su seno y apretarlo entre sus dedos, jugando con el pezón rosado que coronaba semejante manjar. Mordió y lamió parte del hombro femenino, su arrebato de pasión estaba rebasando los límites.

Pero es que la amaba y deseaba tanto, que esa era la única forma que conocía para evitar que se marchara.

-¡Oh mi dulce, dulce Kikyo!

Cambió de posición con ella sobre él, incitándola con las caderas a que correspondiera con el mismo ímpetu que la caracterizaba.

Sus manos se aferraron a las caderas perfectas de ella, mientras se movía en incesantes cabalgadas encima de su palpitante miembro.

No lograba entender como una mujer tan preciosa como Kikyo fuera rechazada por un hombre, era simplemente perfecta, una diosa para ser idolatrada hasta por el hombre más apuesto del mundo.

Ella merecía todo en este mundo.

Kikyo era simplemente su dueña, de su alma, su corazón, su vida y su miserable cuerpo; sin ella, Laurent estaba seguro que no sobreviviría.

Con Kikyo ahora debajo, colocó las delicadas piernas de ella sobre sus anchos hombros y la penetró con pasión, dejando que lo arrastrará al placer insaciable de la carne, más allá del amor y los sentimientos, lejos de todo y cualquier ente existente… solo ellos dos como único destino.

Kikyo gritó ante el orgasmo descomunal que experimentó y se cuestionó a sí misma, si Inuyasha estaría sintiendo algo así con aquella mujer; ella respondió a su pregunta, obvio que no, nadie le daría un placer tan completo y único como el que ella recibía por parte de Laurent.

Posesivamente aferro sus brazos al cuello del joven y lo jaló para que correspondiera a su beso ansioso.

Devorando su boca con la suya, pensando que realmente debería quedarse un poco más de tiempo con su adorado y fogoso amante.

Pues sabía que nunca le fallaría, ya que desde el primer momento en que le prometió ser suyo, nunca rompió su promesa. El joven francés la amaba y estaría ahí para cuidarla de todos.

Y porque no, hasta del mismo Inuyasha.

Kagome aferró su bolso en su pecho y mordió su labio inferior, intentando tomar una decisión.

No tenía claro que hacer, ante ella aun permanecía la palma abierta de la mano de Inuyasha, invitándola a seguirlo; pero ella no podía, esperaba a Miroku y aunque le agradó encontrar unos ojos dorados en lugar de unos azules esa mañana, no se sentía tranquila.

Si aceptaba la oferta de irse en el auto de Inuyasha, todos se sorprenderían del motivo por el cual ahora viajaba con el presidente de la empresa y por obvias razones dirían que es la amante del Señor Taisho.

Ella no quería eso, ya bastante daño le causaba su conciencia por atreverse a aceptar semejante oferta.

-Vamos Kagome, se hace tarde- insistió Inuyasha, llevaba cerca de quince minutos tratando vagamente de que aceptará ser llevada por él; pero la muy necia repetía que no era adecuado y que lo mejor sería esperar a Miroku.

Si, ella ya sabía que era muy tarde y se preguntaba el porqué aun no aparecía el desgraciado de Miroku.

-Lamento declinar la invitación, pero esperaré a Miroku- volvió a informar ella, rezando a todos los dioses para que pudieran escucharla.

Inuyasha soltó un suspiro resignado.

-Miroku no vendrá, le informé que yo pasaría por ti; anda vamos, prometo no comerte… aun- susurró con sensualidad el hombre.

Kagome entonces aceptó sonrojada, si desde un principio le hubiera dicho que Miroku no vendría, ya estaría en un taxi rumbo a la empresa, pero no, ese hombre tenía que manipularla siempre.


N/A: Vuelvo a decir como en mi otro fic que ya no me disculpare, es inútil, lo hago y sigo fallándoles, por eso mejor solo disfruten la lectura, gracias por sus reviews.

Por cierto muy bonito soneto de Garcilaso de la Vega que publicaste Ranka Hime, me gusto mucho y es algo parecido en cierta forma al fic, aunque falta mucho por contar; gracias por su apoyo.

¡Saben que las quiero!

¡Sayonara!

Layla Ryu.