Capítulo 10
Querida Candy:
Te prometí que esta noche sería especial y voy a cumplirlo… sólo que un poco más tarde de lo previsto. Se presentó un inconveniente y no podré pasar por ti. Sin embargo, he hecho los arreglos para que te lleven directamente al lugar donde nos encontraremos. El chofer sabe qué hacer. Yo llegaré unos diez minutos tarde. Sí, sí… es horrible, lo sé, pero te aseguro que te compensaré por cada segundo de espera.
Te amo.
T.G.
¿Qué más podía hacer? ¿Sacarse el vestido, deshacer el peinado y limpiarse el maquillaje? Eran las siete y veinte minutos y el hombre que le había entregado la nota de Terry la miraba esperando una respuesta. Candy suspiró. No, eso no estaba bien. Pero ya estaba lista para salir y la idea de quedarse sola en su habitación esperando que llegara sólo para tener una nueva pelea no se le antojaba interesante.
- Supongo que no tengo más remedio que ir con usted, ¿cierto?
- Así parece, señorita –dijo el chofer con una sonrisa amable.
- ¿Y puedo saber a dónde vamos?
- El señor me pidió que no se lo comentara hasta que llegáramos.
- Comprendo.
Qué fastidio. Una vez más tendría que llegar sola. Tanto esfuerzo para nada. Pero no, no, no. No iba a ser negativa como siempre. Terry había arreglado todo para que la velada funcionara a pesar del imprevisto. Debía estar agradecida y cooperar.
- ¿Está lista, señorita?
- Sí, vamos por favor. Yo lo sigo.
La jornada había sido realmente maratónica. Los Ángeles era una ciudad fabulosa, llena de vida y de verdad valía la pena invertir en ella. Pero también en las cercanías. Había excelentes terrenos para el cultivo de viñedos. El puerto permitía un ágil intercambio mercantil. Las posibilidades parecían infinitas y el gusanillo de las inversiones comenzaba a bailar en su estómago. Cada vez que eso pasaba, sabía que sólo tenía que seguir sus instintos. Lo llevaba en la sangre. Lo suyo eran los negocios.
Pero estaba agotado, así que había declinado la cena de rigor de aquella noche para tener algunas horas para pensar y recorrer por sí mismo la ciudad. La pasión del trotamundos jamás sería acallada por los ímpetus del empresario. Revisó algunos folletos de turismo que había en el lobby del hotel hasta que encontró un panorama entretenido. "Supongo que después de todo no soy más que un romántico empedernido", pensó con una sonrisa para sus adentros mientras se dirigía a la recepción.
- ¿Cree usted que podrían conseguirme un boleto para…?
- No lo creo posible, señor – lo interrumpió el recepcionista sin siquiera mirarlo – Las entradas están agotadas hace semanas.
- ¿En serio? ¿Y no se podrá hacer algo al respecto? El señor Smith me dijo que… –comentó distraídamente Albert.
- ¿El señor Smith? – el recepcionista miró a Albert– ¡Señor Andrew! Por favor, perdóneme, pensé que era…
- Descuide, descuide. Somos muchos huéspedes en el hotel, no hay problema. Bueno, lamento que no sea posible conseguir un boleto porque de verdad tenía tantas ganas de ver…
- ¡No se preocupe, señor Andrew! En veinte minutos le llevaremos un boleto a su habitación.
- ¿En serio? No quisiera molestarlo…
- Déjelo todo por mi cuenta.
- Muchas gracias. Si consigue ese boleto, le aseguro que agradeceré personalmente al señor Smith por la excelente atención del recepcionista de su principal hotel – comentó Albert guiñándole un ojo– Subiré entonces a cambiarme. Ya queda poco para la función.
Candy no pudo ocultar su sorpresa cuando el chofer se detuvo frente al teatro. ¡Sueño de una noche de verano! Una de sus favoritas. ¡Terry siempre pensaba en todo! Ya moría de ganas por que llegara y se sentara a su lado para que disfrutaran juntos de esa pieza de arte. Agradeció al chofer y subió rápidamente los escalones de la entrada. Terry había reservado un palco excelente, así que se puso cómoda, esperando que comenzara la obra. Su novio seguro llegaría en cualquier minuto y su corazón latía emocionado.
La obra comenzó. El escenario era espléndido y los actores eran excelentes. Terminó el primer acto. Terry no llegó. Segundo, tercer acto. Intermedio. Candy bajó al lobby del teatro, segura de que allí lo encontraría. Pero no lo encontró.
La obra continuó.
La obra terminó.
El público aplaudió a rabiar.
Terry no llegó.
Sola, bajó al lobby esperando encontrarlo y dispuesta a decirle unas cuantas verdades en cuanto lo viera. Pero Terry no apareció. Poco a poco, el lugar empezó a quedar vacío y sólo entonces Candy se dio cuenta de que no sabía dónde estaba, ni cómo había llegado, ni cómo volver al hotel. ¡Peor aún! No recordaba el nombre del hotel; contrariada por la nota de Terry, ni siquiera pensó en memorizar la dirección o el teléfono del lugar. Estaba sola en un lugar que no conocía, sin dinero, con un hermoso vestido de color verde y zapatos de tacón.
- ¡Me las vas a pagar! ¡Juro que me las vas a pagar!– gritó Candy dando una fuerte patada con sus finos zapatos a un inocente sillón – ¡Ay! – se quejó amargamente.
Sin querer dejó caer algunas lágrimas en una rara mezcla de dolor físico y del corazón. Otra vez Terry la había dejado plantada. ¡Pero esta vez en una ciudad que no conocía! ¿Qué iba a hacer ahora?
La extraña escena llamó la atención de una de las pocas personas que aún quedaban en el teatro.
- ¿Puedo ayudarla, señorita?
- ¡No! – gritó molesta Candy sin siquiera volverse a mirarlo.
- ¿Está usted segura? Me da la impresión de que…
- ¡Déjeme en paz y métase en sus propios asuntos! –contestó groseramente girándose a increpar al entrometido– Ya le dije que no necesito nada de…
- Vaya… – respondió decepcionado el agredido –, te recordaba con mejores modales, Candy.
Tres años habían pasado. Tres años desde que ella se colgó a su cuello para despedirse antes de su largo viaje por Sudamérica. Ambos habían cambiado.
Jamás pensó que ella cambiaría tanto.
Continuará…
