Capitulo 9

Darien se centró y luego, lenta y deliberadamente, bajó su cuerpo desde la posición de parado sobre los hombros hasta la de arado. Sin interrumpir ni una vez el ritmo fluido del yoga se apoyó sobre el abdomen y arqueó el cuerpo para adoptar la postura de cobra. Sus músculos se ponían en tensión y se relajaban, obedeciendo cada una de las órdenes de Darien. La energía bombeaba en sus recordaba cuándo había sido la última vez que se había sentido tan bien.

Si bien siempre supo que gozaba de una excelente salud, esa mañana en particular tenia plena conciencia del bienestar que lo caracterizaba. Los ejercicios de yoga que religiosamente cumplía todos los días le resultaban sorprendentemente sencillos de completar esa mañana. Iba de una postura difícil a la otra prácticamente sin era suya, pensaba con profunda satisfacción, al tiempo que extendía su cuerpo en la postura langosta. La noche anterior se había convertido en su esposa, en el completo sentido de la palabra. Le había respondido como si hubiera sido hecha a medida para él.

Darien había tenido que ejercer su autocontrol al limite durante las largas horas que pasó en la cama con Serena. La había deseado mucho más de lo que había deseado a cualquier otra mujer en su vida. Sin embargo, sabia que su dominio sobre ella estaba prendido con alfileres. Para Serena, el matrimonio entre ellos todavía era un asunto objetivo de Darien era el de llevarla, lenta pero seguramente, a unirse a él lo más plenamente posible. La fuerte atracción física existente era una herramienta de valor un objetivo tan crucial en mente, Darien había podido negarse sus propias necesidades. Se había esmerado lo suficiente para que Serena, en su primera experiencia con él, olvidara todas las relaciones que hubiera mantenido en el pasado con otros hombres. Y eso que no habían sido muchos, pensó él,complacido.

Lo sabía porque, ante la reacción de Serena en su primer orgasmo, era evidente que su experiencia había sido extremadamente limitada.Y no era para sorprenderse, pensó Darien, mientras se sentaba y, lentamente, colocaba su pie izquierdo sobre la rodilla derecha. Cuando Serena se entregaba, lo hacía plenamente. Esa era una de las cosas que había aprendido de ella la noche anterior. Presentía que Serena no correría ese riesgo porque sí y el hecho de que hubiera decidido correrlo con él era una prueba del creciente compromiso que la unía a él.

Giró para adoptar una nueva postura y sintió la elongación muscular, desde los hombros hasta los satisfecho por haber alcanzado su fin la noche anterior. Una y otra vez, había conducido a Serena al punto del clímax para liberarla luego con el máximo placer. Era un bello instrumento y él lo había ejecutado a la perfección. Ella le había hablado de lo mucho que gozaba, en cientos de plañidos y murmullos. Darien estaba seguro de que la había dejado terminó de estirar sus músculos, ejecutó una de las posturas de equilibrio. Frunció el entrecejo, consciente de que no estaba prestando total atención a los movimientos. Los había practicado durante tantos años, que podía realizarlos con los ojos cerrados. Pero no era ésa la finalidad del ejercicio físico, sino la de concentrar el cuerpo y la mente en una rutina disciplinada que fortaleciera su sentido del autocontrol. Darien sabia qué distraía su concentración esa mañana. Su cuerpo seguía ejecutando cada movimiento, pero en su mente no dejaban de repetirse las acaloradas imágenes de la noche anterior. Y como resultado, iba a terminar sus ejercicios de yoga tan excitado como se había despertado hacia un rato.

Miró hacia atrás, en dirección a la cama. Serena estaba profundamente dormida, con su agotado cuerpo extendido. Si bien no podía verle el rostro, porque se había vuelto hacia el otro lado, las sorprendentes curvas de los hombros y caderas se delineaban claramente por debajo del edredón negro y dorado. Con las primeras luces del amanecer, su cabello parecía un halo ondulante sobre la , Serena recordaría siempre la noche anterior. Y él también.

El deseo lo envolvió, tan ardiente y renovado como lo había sido la noche anterior. No deseaba otra cosa más que volver a la cama y atraer ese cuerpo suave y cálido hacia el suyo. Esa necesidad por sentirla una vez más era casi irresistible.

Pero esa urgencia tan prepotente fue razón suficiente como para resistirse. Darien no era hombre que estuviera a merced de sus pasiones. En consecuencia, reprimió sus deseos de volver a la cama y adoptó, en cambio, otra postura compleja.

—¿No te duele eso?

Sorprendido al oír la voz de Serena, Darien miró por encima del hombro hacia la cama. Ella había girado la cabeza sobre la almohada y lo observaba intencionadamente. Tenia el rostro suave y colorado,después de las horas de sueño. También tenia ojeras.

—No —dijo él—. No me duele.

—Parece. —Serena abrió más los ojos al ver lo erecto que estaba su miembro que presionaba la tela de sus pantalones cortos.—No estoy muy segura de que debieras hacer algo así en tu... eh... condición. —Se ruborizó, furiosa.—Me refiero a que podrías lastimarte. —Hasta el momento, no he tenido accidentes muy serios. —Darien deslizó su cuerpo para estirar otro grupo muscular, decidido a aplacar sus exigentes hormonas hasta el punto de sumisión total.

—A propósito, ¿qué hora es?

—Las seis.

—Parece más temprano —murmuró ella.

—No tienes que levantarte conmigo. Después de que haya terminado con esto, pasaré un rato en el invernadero.

—Está bien. Por lo general me levanto a las seis. —Serena apartó las mantas y deslizó sus piernas desnudas hacia el borde de la cama.

Darien advirtió que aún tenia su camisa puesta, la que cerró apretadamente sobre su cuerpo mientras se levantaba. Parecía estar avergonzada.

—Creo que me daré una ducha —dijo ella finalmente—. Usaré el baño de mi cuarto.

—Está bien —comentó él, tragándose la nueva ola de deseo que lo invadió. Serena era su esposa—.Desayunaré contigo dentro de una hora.

A pesar de que había tomado la determinación de controlar sus pasiones, su mirada no podía desprenderse de la curvatura de los muslos de la joven. Recordó lo suaves que eran las caras internas de sus piernas. Rápidamente, prosiguió con la siguiente elongación mientras ella se apresuraba a salir de la alcoba.

Darien mantuvo la rigurosa postura hasta que el último de sus músculos le ardió de dolor por el és se enderezó lentamente y, por fin, se permitió caminar hacia la cama. El aroma del acto de amor que habían creado la noche anterior aún flotaba en el aire. Por un momento, se quedó parado ahí,recordando el ardor, la pasión y la satisfacció mala gana, se metió en el cuarto de baño y abrió la ducha de hora después, vestido con unos pantalones vaqueros y una camisa limpia, subió las escaleras que lo conducían al invernadero. Todavía experimentaba esa sensación de regocijo. Verificó todos los selectores y mandos del panel de control ambiental y después abrió la puerta del bosque tropical privado lo esperaba Cogió un rociador y una toalla y fue a examinando una bandeja con unos nuevos y diminutos híbridos cuando sintió que se abría la puerta. Alzó la vista y vio a Serena que entraba.

Traía dos tazones humeantes. —Pensé que tal vez querrías un poco de té. —Le ofreció uno de los tazones.

Darien sonrió, complacido por ese gesto tan característico en una esposa. —Gracias. —Caminó por el pasillo orlado de helechos hasta donde Serena estaba y tomó uno de los tazones de su mano. Darien la estudió por encima del borde del tazón. Se complació al verla con el rostro recién lavado y la cabellera muy brillante.

Serena lo examinó con la misma intensidad. —Darien, ¿estás enfadado?

El frunció el entrecejo, sorprendido. —¿Enojado?

—Molesto. O irritado. ¿Herido, tal vez?

—Por supuesto que no. ¿Pero por qué lo preguntas?

—Bueno, esta mañana actuaste un poco... Estabas raro.

—¿Más raro que de costumbre, dirías tú?— preguntó.

Un color rosado abrigó las mejillas de Serena. —En realidad, no quise decir que actuaras realmente como una persona extraña o algo así.

—Es un alivio.

Ella protestó. —No le veo la gracia. Reconozco que nunca antes estuve casada, pero por lo que sé,la mayoría de los flamantes maridos no se van de la cama en tu estado para empezar a hacer yoga.

—¿En mi estado?

Se ruborizó más todavía. —Ya sabes de qué estoy hablando. Era obvio que estabas bastante,bueno... bastante excitado. Pero no parecías tener interés en el sexo. Y luego viniste aquí arriba a toda prisa, para dedicarte a tus helechos. Por eso me preguntaba si tal vez estabas enojado o herido por algo.

Darien sonrió y sorbió su té. Serena parecía más atractiva que nunca por la mañana, pensó. —¿Porqué tendría que estar enojado?

Ella lo observó de cerca. —Por la discusión de anoche. Pensé que te habrías irritado, o que te habrías sentido herido, porque te dije que las cosas cambiarían un poco de ahora en adelante. Que no toleraría que mandaras a que me espiaran. Que te hacia falta que alguien se enfrentara a ti.

Darien tuvo que resistirse al impulso de soltar una carcajada. Algo le indicaba que a Serena no le caería nada bien una nota humorística en ese momento. En cambio, dejó su tazón de té. Sin decir ni una palabra, tomó el de Serena y también lo dejó junto al de él. Luego la estrechó entre sus brazos y la besó. No levantó la cabeza hasta que ella estuvo completamente aferrada a él, con la boca abierta por debajo de la suya. —¿Te tranquilizarías si supieras que he olvidado totalmente todas esas cosas que dijiste anoche? —le preguntó por fin.

Ella echó la cabeza hacia atrás. Parecía insegura. —No exactamente. Simplemente, no quería que estuvieras tan ofendido.

Aquella expresión determinada de Serena le encantó. Se preguntaba si todos los esposos se sentirían así de indulgentes por las mañanas. —No te preocupes, Serena. No estoy para nada ofendido.

—Me alegro. —Buscó su rostro ansiosamente.—Pero no querrás decir que olvidaste todo lo que te dije anoche, ¿verdad?

—No. Sólo quise decir que la conversación que tuvimos no me molestó en lo más mínimo. No te preocupes. Recordaré cada una de las palabras que me dijiste. —Le rozó, la punta de la nariz con los labios. —A propósito, ¿quién es Seiya Kou?

—¿Seiya? —Se quedó pasmada.—Oh, Seiya.

—Taiki dijo que recibiste un regalo de bodas de él.

Serena frunció la nariz. —¿Cómo se enteró Taiki del regalo de Seiya?

—Aparentemente, lo dejaste apoyado en alguna parte, en el vestíbulo de entrada. Había una tarjeta en el paquete.

—Cierto. Iba a contártelo, pero lo olvidé —dijo Serena con toda espontaneidad—. Seiya es un viejo amigo. Se fue de Seattle hace un par de años para unirse a una orquesta sinfónica en el medio Oriente. Es un violoncelista estupendo.

—¿Cómo se enteró de nuestra boda?

—Alguien se lo debió de haber mencionado por teléfono. No es exactamente un secreto. Seiya y yo tenemos muchos amigos en común aquí en Seattle.

—¿Cuán amigos erais tú y Kou?

—Ya te lo dije. Éramos amigos. Seiya era contable aquí en Seattle cuando lo conocí. Además,tocaba el violoncelo. Pero nada más conocerlo, me di cuenta de que detestaba la contabilidad. Lo que realmente quería era ser un violoncelista profesional.

—¿Y por qué no lo hacía?

—Su padre no estaba de acuerdo —le explicó Serena con tristeza—. El señor Kou insistía en que su hijo debía permanecer en lo que él llamaba un trabajo de verdad, en lugar de perder su tiempo tratando de probar suerte en el mundo de la música. Yo le decía a Seiya que debía intentarlo con la música y, que sino funcionaba, entonces podía volver a la contabilidad.

Darien frunció el entrecejo cuando se le apareció la imagen de aquella realidad ante sus ojos. —¿De modo que lo convenciste para que desafiara a su padre y siguiera su estrella? —No exactamente. El problema era que Seiya y su padre no se comunicaban muy bien. Cada vez que el señor Kou dictaba una ley, Seiya la obedecía como lo hacia cuando era niño. Yo le decía que debía tratarlo como todo adulto trata a su padre. Y dio resultado. El señor Kou finalmente aceptó la decisión de Seiya y le deseó éxito.

—De modo que lo que tú hiciste fue ayudar a Seiya a cortar el cordón umbilical y lo primero que él hizo fue partir para el medio Oriente, ¿verdad?

—La primera propuesta que recibió fue una sinfónica en el medio Oriente —aclaró Serena cuidadosamente.

—¿Por qué no te llevó con él?

Ella se encogió de hombros. —Como has dicho tú, estaba siguiendo su estrella.

—¿Lo echas de menos? —preguntó Darien, con más aspereza de la que había deseado emplear en su tono.

—En realidad, no. —Serena sonrió, reminiscente.—Sin embargo, probablemente siempre me sentiré orgullosa de él. Es muy dulce. E interpreta el violoncelo con brillantez. ¿No fue muy amable de su parte haber enviado el disco compacto?

—Muy considerado. —Darien trataba de controlar los celos que empezaban a carcomerle las entrañas. Obviamente, ya no había motivos para preocuparse por el tal Seiya Kou. Serena no había dado indicios de estar enamorada del violoncelista.

—Este invernadero es absolutamente sorprendente —dijo Serena, feliz. Miró a su alrededor con interés—. No tuve oportunidad de verlo todo la otra vez que me trajiste aquí. ¿Por qué no me lo enseñas ahora?

Los pensamientos de Darien cambiaron de rumbo al instante. —¿Realmente, estás tan interesada en verlo?

—Es fascinante. —Serena miró las bandejas cubiertas con cristal.—¿Los helechos son distintos de las plantas con flores, no?

—Muy diferentes. —Darien se le acercó.—Las plantas con flores nacen de semillas, pero los helechos tienen un ciclo de vida mucho más complejo.

—¿Cómo los reproduces?

Darien notó que el interés de Serena era auténtico. Se sentía ridículamente complacido. —Cuando están listos, recojo las esporas que están por debajo de las hojas maduras. Los siembro extrayéndolos de una hoja de papel y colocándolos en un medio de crecimiento, dentro de unas cubetas de cristal.

Serena miró con más cuidado el interior de las cubetas. —¿Simplemente pones las esporas allí adentro?

—No, es un poco más complicado. Para empezar, todo el proceso debe llevarse a cabo en condiciones relativamente estériles. Cuando estoy sembrando esporas no permito la entrada a ninguna persona al invernadero. —Claro que nadie tendría interés en hacerlo tampoco, pensó.

—¿Cómo son?

—¿Las esporas?

—Si

—Muy pequeñas. Te las mostraré. —Destapó un pequeño paquete de papel que contenía lo que parecía polvo marrón rojizo. Lo vació sobre una hoja de papel.—Estos son de la especie Woodwardia fimbriata, conocida como helecho cadena gigante.

—¿Qué pasa después que los siembras en las cubetas de cristal? —preguntó Serena.

—Cuando las esporas germinan, forman lo que se denomina prótalos.

—¿Helechos bebés?

—No exactamente. —Darien tomó una de las cubetas de cristal y le mostró los diminutos organismos verdes que estaban en el interior.—Esos son prótalos y han de mantenerse húmedos para que el esperma pueda fertilizar las células del huevo. El resultado de eso, finalmente, producirá helechos jóvenes.

Darien se desplazó a otro de los travesaños que contenía los helechos para mostrarle la bandeja con híbridos que estaba cultivando. Serena siguió con sus de los dos pensó en el desayuno durante casi una hora.

La mañana siguiente, a las once, Darien se quitó las gafas que usaba para leer y las colocó sobre el escritorio de Andrew, junto a un informe que había estado estudiando. Extendió el brazo y presionó un botón del interfono. —Señorita Aino, por favor, pida al señor Jedite Cork que pase.

—Sí, señor.

Darien se puso de pie y caminó hacia la ventana, frotándose ausente la nuca. Aparentemente, tendría que visitar personalmente a uno de los principales abastecedores de Andrew. Eso significaba que tendría que viajar a la ciudad.

A Darien no le gustaba en absoluto esa idea, pues para ello tendría que pasar una noche sin Serena. Una propuesta muy poco ó el panorama desde la ventana. La sede principal de Milenio de Plata ocupaba dos edificios industriales de dos pisos, en el sur de Seattle.

La empresa había crecido tal rápidamente que a Andrew le había resultado muy difícil encontrar el espacio físico allí, Darien alcanzaba a ver la curva del Kingdome. Detrás de éste, se hallaba el barrio de Pioneer Square, donde sin duda Serena estaría trabajando arduamente. Su suave, dulce y exquisita apasionada Serena.

Darien sonrió para sí. Alguien llamó a la puerta, interrumpiendo sus pensamiento. Darien volvió la cabeza. —Adelante.

Jedite Cork entró a la oficina, con una expresión ligera y ansiosa en su rostro. Darien estaba acostumbrado a esa expresión mayoría de la gente que trabajaba con él la tenia. —¿Me llamó, señor Chiba? —Buey asumió una postura respetuosa.

Darien volvió a mirar hacia la ventana. —¿Cuál es el problema con Featly y Moss?

Jedite carraspeó. —Como ya expliqué en mi informe, no desean mantener a Milenio de Plata como un cliente prioritario ahora que Drew no esta en escena. He tratado de hablar con ellos. De hecho, estaba en eso cuando usted y Serena se casaron. Según dijeron los demás clientes están presionándolos bastante.

—Y como creen que Milenio no saldrá a flote nos tienen cabeza de la lista negra, ¿cierto?

—Bueno, sí. Supongo que de eso se trata. —Jedite vaciló—No se ofenda, señor Chiba, pero Featly y Moss están en California. Bueno, eh... es ...que en esa región del Sur, ellos no conocen tanto su reputación como los abastecedores de aquí, del Noroeste.

Darien afirmó con la cabeza. —En otras palabras, esto significa que no tienen razón para creer todavía que Milenio sobrevivirá a la ausencia de Andrew.

—Me temo que es así, para explicarlo en pocas palabras.

—Necesitamos las mercancías de estas personas y también que nos las vendan bajo términos confiables. Aparentemente, tendré que hacer un viaje al Sur y hablar con ellos personalmente. —Darien se volvió, borrando deliberadamente toda expresión en su rostro.—Consígame todos los datos que tenga sobre Featly y Moss.

Jedite frunció el entrecejo, confundido. —¿Se refiere a su empresa?

—No, Cork —contestó Darien con una paciencia que no sentía—. Quiero datos de los dos hombres que la poseen.

—¿Se refiere a información personal sobre ellos?

—Exactamente. Quiero saber a qué escuela fueron, para quiénes trabajaron antes, si deben, si les gustan los juegos de azar. Lo de costumbre.

—Ya veo. —Jedite se acomodó el nudo de la corbata y carraspeó.—Sucede que, me parece, que,no sabemos mucho sobre estos tipos que son dueños de la empresa. Yo tuve oportunidad de conocerlos a los dos. Me cayeron bien.

Darien lo miró fríamente. —¿Andrew no tenía archivos personales de la gente con quien operaba?

—Archivos personales, no. —Jedite parecía descolocado.—¿Para qué? Naturalmente, tenemos un informe financiero bastante amplio de ellos, pero nada que se refiera a lo personal. Creo que Featly está casado, si eso le sirve de algo.

—No de mucho. —Darien estaba irritado. Andrew había trabajado con él durante el tiempo necesario como para aprender que era imprescindible saber detalles de la gente con quien trataba comercialmente.

—No sé qué más ofrecerle. —Jedite se subió las gafas.—Creo que podría intentar hacer algunas llamadas telefónicas.

—No importa. Yo me haré cargo. —Darien volvió al escritorio y tomó asiento.—Contacte con Featly y Moss. Dígales que esta semana tomaré un vuelo para reunirme con ellos. Digamos ... el jueves. Pida a la señorita Aino que haga todos los preparativos del viaje.

—Correcto. —Jedite retrocedió hacia la puerta.—¿Algo más, señor Chiba?

—No. —Darien recogió el informe que había estado estudiando. Esperó a que la puerta se cerrara para volver a dejarlo sobre el escritorio y tomar el teléfono. Marcó el número particular de su casa.

—Residencia Chiba —dijo Taiki, con esa voz de robot que le caracterizaba.

—Taiki quiero que rastree lo que pueda sobre un par de proveedores de Milenio. Unos tales Featly y Moss. En un momento, le enviaré por fax lo que ya tengo. No es mucho. Sólo unos pocos datos financieros y contables. Por alguna razón, Andrew no llevaba archivos personales de esta gente.

—Sí, señor.

—No hay mucho tiempo. Yo debo viajar a California pasado mañana para encontrarme con estos dos individuos. Sólo tráigame lo que consiga desde ahora hasta el momento en que me vaya. Podrá informarme mientras me lleve en el auto hasta el aeropuerto.

—Sí, señor.

—Sólo espero tener que pasar una noche fuera. —Darien hizo una pausa.—Trate de no entrar en serias disputas con la señora mientras esté ausente.

—Comprendido, señor. —Si a Taiki le resultó graciosa la petición de su jefe, lo disimuló a la perfección.

Darien colgó el teléfono y se quedó sentado en silencio por un momento contemplando la perspectiva de encontrar a su esposa esperándolo después de su viaje de resultó una imagen agradable. De hecho, algo que esperaría con ansia. En los últimos años,además de haber triunfado en el aspecto financiero, habían existido pocos acontecimientos importantes en su vida que hubiera podido anticipar con genuino placer. Desde que había conocido a Serena, tenía otras cosas que le entusiasmaban, además de cultivar helechos.

Serena estudió el cartel del museo que estaba colgado en la puerta detrás del escritorio de Rei. Representaba la fotografía de una deidad felina salvaje, tallada en una lámina de oro. El título de la próxima exhibición del Museo Eckert estaba impreso en la parte superior del cartel: El jaguar dorado: un panorama sobre el oro precolombino.

—Muy impresionante —dijo Serena, admirando el cartel—. Me agradaría tenerlo en mi tienda.

—Dudo que tus clientes pudieran pagar lo que vale —dijo Rei secamente—. Esta pieza no tiene precio prácticamente.

—El trabajo artesanal es sin duda sofisticado. ¿Cuántos años tiene?

—El jaguar es Chavin —dijo Rei, impaciente—. Data año 800 a.C. Y tienes razón, el trabajo artesanal es muy sofisticado. Mucho mejor que todo lo que se hizo en Europa en esa misma época. Los artesanos precolombinos fueron verdaderos maestros.

—No sabía que hubieran trabajado el oro.

—Por supuesto que sí —dijo Rei—. De hecho, los aztecas decían que el oro era el excremento de los dioses.

—No jodas —murmuró Serena.

Rei la miró con agudeza.

—El jaguar dorado causará sensación en la exhibición —continuó Serena gentilmente. Miró a su alrededor. Había libros y fotografías desparramados en cuanta superficie disponible había. Las fotografías se relacionaban con adornos tallados en oro, cintas, vasijas y estatuillas. Todos combinaban los elementos de lo salvaje y lo sofisticado, que con tanta perfección se habían captado en el jaguar dorado.

—El arte precolombino es mi área de mayor experiencia. —Rei jugueteaba con un lápiz que tenía en la mano.—La exhibición se inaugura dentro de dos semanas. Ahora estoy haciendo la presentación preliminar.

—¿Quiénes logran concurrir a esa presentación preliminar? preguntó Serena de inmediato. —Todos los que hayan dado más de diez mil dólares al Museo Eckert durante todo el año pasado.

—Oh. —Se reclinó sobre el respaldo de la silla.—Creo que por eso me quedo fuera.

—Darien está invitado —dijo Rei de mala gana—. El ha hecho una contribución considerable este año. Y como eres su esposa, también serás bienvenida. Pero no te ilusiones. Darien jamás concurre a esta clase de acontecimientos.

—Ya lo veremos —dijo Serena con ánimo optimista.

Últimamente, Darien estaba mostrándose muy condescendiente

—¿De qué querías hablar conmigo, Rei? Le dije a mi ayudante que sólo estaría fuera una hora.

Rei sostuvo la mirada de Serena por un momento y luego quebró el contacto visual. — Lamento que hayas sido testigo de esa escena entre Darien y yo la otra noche.

—Estas cosas pasan en todas las familias —dijo Serena, comprensivamente—. Yo también tengo un hermano mayor.

Rei la miró con curiosidad. —Darien dice que tú estás convencida de que tu hermano está aún con vida, a pesar de que todos sostienen lo contrario.

—No todos. Su novia, Lita, también cree que todavía está vivo.

La expresión de Rei pareció comprensiva. —Debe de ser una época muy difícil para ti. Me imagino cómo me sentiría si Darien desapareciera. Por arrogante e insoportable que sea, no concibo el mundo sin él.

—Supongo que así son los hermanos. Te acostumbras a tenerlos a tu lado.

—Todos nosotros estamos decididamente acostumbrados a tenerlo a nuestro lado. Siempre estuvo cuando lo necesitamos —dijo Rei—. Aun antes que papá se fugara, siempre recurríamos a él después que mamá murió. Darien era el único que se encargaba de las cosas. ¿Sabes a qué me refiero?

—Sí, claro.

—Después que papá se marchó, Darien fue lo único que nos quedó. Dependíamos de él. Darien es muy, pero muy responsable. —De pronto, Rei estrelló el lápiz contra el escritorio.—Lo adoro, pero juro por Dios que a veces es un cretino.

—Ya lo sé. —Serena apenas sonrió.

Rei la miró con agudeza. —¿Cuánto hace exactamente que lo conoces?

—Lo suficiente como para haber aprendido que es terriblemente dominante y que quiere tener a todos en un puño. Pero presiento que puede entrenárselo. Básicamente, es un buen hombre. Creo que,dado el tiempo necesario, puedo trabajar con este material que tengo disponible.

—¿De verdad? —Rei la miró molesta cuando se puso de pie.—¿Qué intentas hacer con Darien? ¿Moldearlo para convertirlo en un sensible, dulce y encantador osito de peluche?

Serena sonrió ampliamente. —No dije que lograría milagros. Darien me recuerda al jaguar del una mezcla interesante de salvajismo y sofisticación. Pero veré qué puedo hacer con él.

—Mucha suerte.

—Gracias.

—Es tan obstinado, maldita sea —suspiró Rei.

—Le preocupa demasiado tener el control de todo —explicó Serena—. Es fácil entender por qué tiene esa personalidad. Su fuerza de voluntad y el increíble autocontrol que tiene hicieron posible que él mantuviera unida a tu familia y que se recuperara la fortuna de los Chiba.

—Supongo, pero por eso también tenemos muchos problemas.

—Ya lo sé. —Serena miró subrepticiamente su reloj de pulsera.

—Sé que tienes prisa. —Rei regresó a su escritorio y se sentó—Mira, trataré de explicártelo brevemente y con coherencia. Te pedí que vinieras aquí hoy porque quería saber si Darien te había hecho algún comentario respecto de lo que pasó entre nosotros aquella noche.

—¿Por qué preguntas?

Rei apretó lo puños. —Quiero saber qué es lo que piensa. Quiero averiguar si puedo llegar hasta él, encontrar el medio de hacerlo entrar en razones. ¿Te dijo algo?

Serena eligió sus palabras con mucho cuidado. —No mucho. Sólo comentó que no le agradaba el muchacho con quien tú estás saliendo.

—Ni siquiera conoce a Nicholas —respondió Rei afligida—. Jamás lo vio. Darien odia al padre de Nicholas por lo que sucedió hace años. Es un asunto que nada tiene que ver con Nicholas ni conmigo. Pero Darien no puede distinguir entre Nicholas y su padre.

—Comprendo.

Rei la miró. —Siempre he hecho lo que Darien quería que hiciera. Todos hemos actuado así.Para ser totalmente franca, la mayoría de las veces tiene razón. Pero no en cuanto a Nicholas.

—¿Cómo conociste a Nicholas?

—Él es profesor de Historia del Arte en la universidad. He consultado con él en un par de exhibiciones. Empezamos a conocernos mejor. Su familia, tradicionalmente, ha fomentado siempre el arte. —Rei golpeó ligeramente el escritorio con una de sus uñas color malva.—De hecho, el señor y la señora Moon darán este viernes la fiesta anual a beneficio del arte.

Serena asintió, no muy segura de lo que Rei esperaba de ella. —Ya veo.

—Yo iré. —Rei alzó el mentón.—Nicholas me invitó a la fiesta.

Serena se sobresaltó. —Oh.

Rei asintió preocupada. —Tienes razón. Darien se pondrá furioso cuando se entere.

—Tal vez no —dijo Serena, tratando de ser optimista—. Me refiero a que, concurrir a fiestas que tengan como finalidad recaudar fondos para el museo puede ser parte de tu trabajo, ¿no?

—Es un modo de ver las cosas. Pero Darien jamás lo tomará así. —Los ojos de Rei se llenaron de lágrimas.—¿Por qué tendrá que ser tan terriblemente cabezota? ¿Por qué no puede dar a Nicholas una oportunidad?

Serena suspiró. —¿Debo suponer que quieres que hable con Darien en tu nombre?

Rei la miró desesperada. —¿Lo harías?

—Puedo intentarlo. Pero las dos sabemos que puede ser inútil. Como tú misma dijiste, tu hermano es terriblemente cabezota.

—Tengo el presentimiento de que a ti te escuchará. Me parece que es bastante indulgente contigo.

—¿Qué te hace pensar eso? —Preguntó Serena, halagada y complacida.

Rei le sonrió. —¿Acaso no tiene en exhibición en su estudio ese ridículo leopardo esmaltado que le regalaste?

—¿Por qué te vas a California? —preguntó Serena a Darien esa noche cuando le llevó el té a su estudio.

—Debo reunirme con los abastecedores de Andrew, Featly y Moss. Desde que yo estoy a cargo de la empresa, ellos han decidido negar el derecho prioritario a Milenio. —Darien hizo a un lado algunos papeles y se quitó las gafas de lectura.—A menos que los convenza de que deben seguir con los envíos de mercancías tal como se había estipulado originalmente, nos veremos en serias dificultades en los próximos tres meses.

—Seguramente pensarán que Milenio aún sigue en la cuerda floja, a pesar de que tú estás al mando.—Serena se sentó frente a él y sirvió una taza de té.

—Jedite dice que el problema es que, como no saben mucho sobre mí, no creen que la empresa esté en buenas manos. —Darien aceptó la taza de té.

Serena sonrió. —¿Quieres decir que esos tipos de California jamás han oído hablar de la reputación sorprendente de Darien Chiba? Qué vergüenza.

Darien arqueó las cejas. —Trataré de darles una clara explicación de lo que quiero hacer con Milenio de Plata. A propósito, ¿por casualidad, no sabes si Andrew tenía otros archivos fuera de la oficina?

Serena lo miró sorprendida. —No que yo sepa. ¿Por qué lo preguntas? ¿Falta algo?

—No existen archivos personales de Featly ni de Moss, ni tampoco de ninguna otra persona.

—¿Archivos personales? ¿O sea, del personal? Estoy segura de que debe de haber muchos de ellos. Milenio emplea docenas de personas. Tiene que haber archivos de personal.

—No hablo de archivos del personal. —Darien sorbió su té con aire pensativo.—Estoy hablando de archivos que contengan datos personales de la gente con quien Andrew opera comercialmente. Detalles sobre su personalidad, problemas, costumbres, esa clase de cosas.

—¿De qué rayos estás hablando? —Serena apoyó una taza haciendo bastante ruido.—Andrew administra una empresa, no una Agencia Central de Espionaje.

—Yo estaba convencido de que, durante el tiempo que Andrew había trabajado conmigo, al menos había aprendido que es necesario tener informes personales de los principales abastecedores e inversores de la empresa.

—Obviamente, Andrew no creía necesario inmiscuirse en los aspectos personales de la gente para mantener buenas relaciones comerciales con ellos. —Serena lo miró enfadada. —¿Estás insinuando que tu tendencia a meterte en la vida de los demás se extiende fuera del seno familia?

—No me meto en la vida de los demás. —Bebió otro sorbo de té. —Me mantengo informado.

—Creo que es el eufemismo más grande que jamás he escuchado en la vida. —Serena meneó la cabeza disgustada. —Darien, tienes que aprender que jamás tendrás amigos si te dedicas a espiar a la gente.

—No necesito amigos, pues como mínimo, son poco dignos de confianza. Pero sí necesito información.

Serena golpeteó el pie contra el suelo. —Eso es ridículo.

—No, no lo es —La mirada de Darien se endureció casi imperceptiblemente.—Tuve que aprender esa lección cuando me vi en la obligación de juntar los pedazos que mi padre había dejado de nuestra fortuna.

Serena se quejó. —¿Siempre tienes que ser tan drástico?

—Te casaste conmigo para que salvara Milenio —dijo Darien suavemente—. Déjame hacer mi trabajo,

Entonces Serena se ruborizó. No quería reñir con él esa noche y mucho menos por la razón por la cual él se había casado con ella. Tampoco era el momento ideal para sacar el tema de Rei y Nicholas. Quizás era la oportunidad para que una buena esposa decidiera cambiar de tema.

—¿Cuánto tiempo estarás fuera? —preguntó ella tranquilamente.

—Con suerte, sólo hasta el día siguiente. Debería regresar el viernes.

—Bien.

Darien la estudió en silencio. —¿Me echarás de menos, Serena?

—Sí —admitió ella.

—Bien. Me alegro.

Pero en realidad, no parecía tan contento, pensó Serena. Los ojos de Darien denotaron una expresión de lo que se podría haber definido más exactamente como de satisfacción arrogante.

—Eso es todo en cuanto a Featly y Moss. —Taiki conducía la limusina entre el pesado tráfico del aeropuerto con la destreza de un francotirador apuntando a su presa.—Nada extraño en sus documentos,por lo menos, nada que yo pudiera averiguar en cuarenta y ocho horas. Simplemente, son buenos comerciantes que gozan de un sustancioso nivel de vida vendiendo repuestos a empresas como Milenio de Plata.

—Alguna otra empresa tuvo que haberlos convencido de que Milenio ya no es la de antes, y por eso, Featly y Moss decidieron que había llegado el momento de cambiar sus prioridades —observó Darien. Hojeó el informe que Taiki le había entregado para leer—. Si ése es el caso, puedo convencerlos para que cambien de opinión.

—Sí, señor. —Taiki estacionó la limusina con increíble precisión.—Una cosa más, señor.

—¿Sí?

Taiki giró y apoyó un brazo sobre el respaldo del asiento, Los cristales de sus gafas de sol reflejaban el escenario de la acera. —No pude encontrar ningún detalle útil sobre Featly y Moss —dijo Taiki—pero si hubo algo extraño en el último viaje que Jedite Cork hizo a California para ir a verlos.

Darien metió el informe dentro de su maletín. —Continúe.

—Supuestamente, Jedite Cork fue allí específicamente para reunirse con Featly y Moss, ¿correcto?

—Correcto.

—Según lo que yo averigüé, sólo estuvo con ellos una hora.

Darien levantó la vista mientras cerraba el maletín. —Pero estuvo ausente varios días. ¿Dónde fue?

—No pude rastrear sus movimientos durante todo ese periodo, pero sí logré localizarlo en reuniones privadas con, por lo menos, dos de los principales rivales de Milenio de Plata.

—Maldición. — Darien sintió que las piezas empezaban a encajar en su lugar.

—Además, esas reuniones no se llevaron a cabo en las oficinas de las respectivas empresas —concluyó Taiki — Se realizaron en habitaciones de hotel.

—Gracias,, Taiki. Siempre sabe cómo ganarse su salario.

—Hago lo que puedo, señor. ¿Quiere que no pierda de vista a la señora Chiba mientras usted esté fuera de la ciudad.

Darien vaciló. —No —dijo por fin—. No será necesario.