Sevicia

El infierno son los demás

No pudo evitar el sobresaltarse cuando Elizabeth la llamó, debiendo levantar la voz para captar su atención. Giró la cabeza pero se sintió incapaz de mirarla a los ojos.

— ¿Te sientes bien, madre? — preguntó.

—Lo siento, querida. Mi cabeza está en otros asuntos, pero estoy bien.

—Tus mejillas llevan rato encendidas. Deberíamos llamar al médico.

Cualquier otra mujer, al menos una decente, se habría desmayado al instante en que volvía a su memoria el motivo por el que aún después de algunas horas seguía sonrojada.

—No hará falta, aunque tal vez si deba recostarme un rato.

Elizabeth se puso de pie enseguida y se ofreció a llevarla del brazo, Frances accedió para no contrariar a tan testaruda hija suya.

Paula fue por delante, apresurándose para preparar la habitación con las cortinas cerradas para que la luz no molestase a la Marquesa. También acomodó las almohadas y sacó una manta ligera del armario, pues dudaba demasiado que fuese a meterse apropiadamente en la cama ya que recién pasaban de las cinco.

Únicamente había mantenido entereza para tomar el té con su hija, y evidentemente no podía con más. La doncella se preguntó si finalmente la organización de una boda habría resultado demasiado para ella, y si estaba dispuesta a continuar hasta colapsar.

O bien, el asunto estaba más relacionado a lo que acontecía con su esposo. La Marquesa lo había ocultado muy bien, y pese a todo el Marqués resultaba tan discreto como se podía, pero ella sabía muy bien que todo había cambiado, que era como si se hubiera roto algo entre los dos y él ya no miraba a su esposa con la misma devoción que antes, ni ella se refería a él con el recatado afecto de siempre.

Paula era la doncella de más confianza de toda la casa, incluso más que el propio y anciano mayordomo que esperaba el momento en que el nuevo joven que la Marquesa había nombrado su sucesor, estuviera en condiciones de relevarlo con toda propiedad. Entonces tomaría sus ahorros, y se iría a vivir a Ipswich con su hermana soltera.

—Permítame ayudarla — dijo cuando notó que quería soltarse el moño que sujetaba su pelo, lo que significaba que estaba decidida a dormir y no solo recostarse.

Le quitó el corsé, el miriñaque y las ligas de las medias luego de que ella dejara de lado el vestido, poniéndose una camisola de algodón.

Era el segundo cambio de ropa que tenía en el día, el primero le había ordenado que lo quemara.

Se imaginó que estaba un poco relacionado a que se trataba de un regalo de aniversario de bodas que le había hecho su esposo, y que como había olvidado la fecha había preferido deshacerse de él en lugar de su marido.

Con eso, sus sospechas iban cada vez más en aumento, pero como su lealtad estaría siempre con su señora, al mismo tiempo sería la férrea defensora de que nada anómalo sucedía.

— ¿Desea que la despierte para la cena? — preguntó tímidamente.

Frances dudó.

Había evitado exitosamente el encontrarse de nuevo con los dos mayordomos excusándose con que deseaba servir personalmente el té para su hija y sobrino mientras hablaban sobre los preparativos, pero ni siquiera había sido capaz de recordar que estaba en la casa de Ciel para organizar la boda, mucho menos cómo se debía preparar una buena taza de té, así que al final había sido Elizabeth quien sirvió según lo que le pareció mejor.

—No, gracias Paula, puedes irte.

La doncella asintió quedamente y se marchó.

La Marquesa se dejó caer en la cama sin importarle demasiado que el largo pelo rubio se desperdigara por la almohada.

No tenía ánimos para hacerse una trenza ni tampoco para que Paula la ayudara, así que decidió dejarlo estar. Estaba en la intimidad de su habitación a la que nadie se acercaría ya que estaba segura de que Paula se encargaría de detener incluso a su hija si esta deseaba entrar.

Por primera vez en su vida, no le importaba si estaba arreglada adecuadamente o no, e incluso empezaba a sentirse más cómoda tan solo con esa camisola que con el mejor de sus vestidos.

Pensó de nuevo en su reunión secreta de la mañana.

Creía que había planeado todo meticulosamente, incluyendo las tareas a todo el personal para tener la casa a solas.

Sebastian le había quitado la ropa al muchacho como le había indicado ella previamente, pero después de ese beso en el cuello, perdió por completo el sentido de lo que debía de suceder a continuación, y Liosha acabó de rodillas en el piso. Ella se horrorizó e intentó detener al mayordomo de Phantomhive, pero algo sucedió.

De alguna forma se vio sentada en la silla acojinada más cercana. No estaba segura si lo hizo ella misma, si simplemente sus piernas fallaron y la silla salvó su caída o… creía que alguien le había ayudado a sentarse, pero habría sido imposible para cualquiera, Liosha ya estaba en el suelo y se suponía que Sebastian estaba detrás de él.

Las cortinas estaban corridas, pese a la hora del día no podía ver muy bien pero aún así tenía la impresión de que no había sido una coincidencia, como si alguien esperara que fuera la espectadora de aquella función.

Su mayordomo gimoteó, supo que estaba asustado y que Sebastian le había vuelto a empujar dejándolo prácticamente recargado en su regazo.

Ella quería gritar y apartarlo, ordenarle al otro que se detuviera, sin embargo, ni siquiera podía hablar en voz alta. Como movida por un impulso ajeno movió su mano para recargarla en la cabeza del muchacho, enredando los dedos en las hebras de su pelo.

Para cuando finalmente pudo abrir la boca, la pregunta que hizo no fue ni por asomo algo relacionado a lo que estaba pensando y le preocupaba.

— ¿Qué haces, mayordomo?

Sebastian supo que se refería a él.

—Nada, aún.

Y era verdad.

El chico seguía de rodillas ante ella, de alguna manera el gesto de su mano había le calmado, pues aunque permanecía en silencio, había podido sentir el temblor de su cuerpo. En un intento por no dejarse caer sobre ella, el joven puso las manos en las coderas de la silla, aferrándose como si se le fuera la vida en ello.

La marquesa sintió cómo su corazón dio un salto casi doloroso cuando escuchó un gemido desde su regazo. Quería preguntar de nuevo qué estaba sucediendo porque no era capaz de ver detalladamente, luego hubo algo como un suspiro y horrorizada descubrió que había sido suyo.

Nadie dijo nada más, solo escuchaba muy quedamente al joven luchando por mantener la boca cerrada, por no dejarse caer en ella y no por levantarse súbitamente tampoco. Podía sentir la tensión de su brazos y el quejumbroso rechinido de la silla de madera.

Casi se sintió mal por él, notó cómo su piel se perlaba de sudor e imaginó lo que estaba sucediendo únicamente guiada por el suave movimiento que era capaz de percibir y la respiración agitada.

El muchacho finalmente cedió, abrió la boca y pronunció un jadeo ronco, breve. Su cuerpo se estremeció e incluso relajo la fuerza con la que se sujetaba a la silla. Pensó que se desvanecería sobre ella, pero consiguió mantenerse por su cuenta, inhalando profundamente para recobrar el control de su cuerpo.

— ¡Por favor! — dijo Liosha de pronto rompiendo el silencio en el que se encontraban. Había sonado como un sollozo, una súplica y un grito de horror pese al tono bajo.

—Por favor — repitió intentando levantarse —, no creo ser capaz… no ahora…

Frances supo que Sebastian le había impedido moverse sujetándolo por el cuello y volviendo a empujarlo contra el regazo de ella.

— ¿Desea que continúe? — preguntó, pero no al muchacho, sino a ella.

Era la primera vez que Frances lo escuchaba a él desde que había insistido en continuar con aquello, y no era como si creyera que había desaparecido, solo que resultaba extraña su voz en medio de todo eso, tan calmada y neutral que estaba dispuesta a asegurar que era el único que se estaba tomando todo aquello como lo que era: una tarea.

—No… deja que se vaya.

Se sorprendió a si misma al escuchar su voz suave aunque al final había conseguido decir lo que quería. Era como si ella misma se encontrara desfalleciendo.

Con esas palabras parecía que el oscuro maleficio que la tenía quieta en la silla se había roto.

Sebastian apartó al muchacho y pudo ponerse de pie caminando lentamente hasta donde podía ver el contorno de luz de la puerta.

Sin mirar atrás, salió.

Miró su falda, ya sospechaba que estaba sucia pero no imaginaba que el desastre fuera tan grave. Tenía que cambiarse antes de que alguien llegara y tuviese que explicar lo ocurrido, que era lo peor que podría sucederle.

Después de todo, el infierno son los demás.


Comentarios y aclaraciones:

Ya sé, es noticia vieja para quien lee el manga, pero ahora en mi loca cabeza estoy totalmente convencida de que a Sebastian le gustan los Middleford, ya tengo un fic con Lizzy, dos con Frances y estoy luchando por no caer en el vicio y hacer uno con Edward.

No se si mi voluntad sea tan firme, ya tendrán noticias.

No desesperen amables lectores, El amante de Lady Middleford está en proceso de actualización.

¡Gracias por leer!