Me busqué en el espejo pero sólo vi el rostro del lobo que devora mis pensamientos...


¡BAM!

Me agito, abriendo los ojos de sopetón. ¿Qué es eso? Los oídos todavía me pitan, pero eso no me ha impedido notar cómo la tierra se sacudía. Intento ver algo pero mi vista todavía está borrosa. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? Oh, parece que todo ese ácido era parte de una pesadilla. Sí, ahora recuerdo: en mi sueño Gaara y Yashamaru eran tragados por una de esas macabras mareas. Kankurô me miraba desde arriba y me echaba la culpa...

Trato de moverme pero algo me lo impide. Mis manos y mis pies están inmovilizados y juntos; con la poca luz que hay lo único que veo es que alguien me ha atado haciendo laboriosos nudos con los que inmovilizar mis cuatro extremidades. La rabia de verme así hace que me despeje rápidamente y poco a poco me van llegando los recuerdos.

Moegi muerta. El fuego devorando el bosque – eso quizá explique lo hinchada y molesta que siento la garganta. Recuerdo que salí corriendo como una idiota y que no paré durante horas. Luego todo se vuelve borroso. Me duele mucho la cabeza, quizá por el embotamiento del humo, pero la noto especialmente dolorida en una sien. Ya está: recuerdo la trampa de lazo. Me di un golpe en la cabeza. Y recuerdo, o creo recordar, que era del chico del 7. Le oí hablar, estoy segura, aunque haya olvidado lo que me dijo...

La rabia se transforma en odio helado. Busco en los alrededores algo que me diga que está cerca, pero no, ningún ruido aparte de los pájaros. Seguramente se haya marchado. Ni siquiera se dignó a matarme: estando desmayada podría haberme hecho un pequeño corte en el cuello y estando colgada boca abajo me habría desangrado en cuestión de minutos. Pero no, por algún intrincado motivo ha preferido atarme y dejarme aquí, subida en la rama de un árbol. No quiero ni imaginarme cómo me habrá subido... pero, ¿qué gana dejándome viva? No me creo el cuento ése de que no iba a tocar a ninguna chica, por muy convencido que pareciese. ¿Acaso podía tener algún otro motivo que el de humillarme?

Me hierve la sangre. Tan sólo deseo quitarme estos nudos y salir a buscarlo; le arrancaré el cuello a mordiscos si no tengo otro medio para matarle. Pero tras un rato debatiéndome con las cuerdas es más que evidente que no va a ser fácil. Eso me da tiempo para templar mi cabeza y pensar de forma más razonable. Debo llevar toda la noche y toda la mañana inconsciente; eso hace que lleve más de un día sin comer, día y medio para ser más exactos. No veo ni mi mochila, ni mi arco ni mis flechas, por lo que estoy desarmada y sin comida. Bueno, me ha dejado el paquetido de frutas desecadas que tenía en la mochila, pero nada más.

O sí. Todavía me quedan semillas de ricino en el bolsillo del pantalón, y con algunos movimientos noto cómo la funda de los shuriken se me clava en el muslo. Me los guardé ahí después de envenenar el zumo. Es gracioso: el maldito Nara no tiene reparo en dejarme así, humillada y perfecta para ser asesinada, pero es incapaz de cachearme la ingle. No deja de ser un niño, pienso venenosamente.

Intento contonearme para poder meter mi mano por dentro del pantalón y alcanzar los shuriken, pero al estar atada por los tobillos y muñecas resulta ser bastante molesto. Cada vez que tiro con las muñecas hacia dentro la carne de mis tobillos, todavía llena de asquerosas ampollas y pus, sufre terriblemente. Cuando la noche cae sobre mí y anuncian un único muerto hoy – la chica del Distrito 10 – yo todavía no he conseguido nada de nada excepto sudar y quedarme fría. Me dedico a comer parte de mis frutas y decido tratar de descansar hasta el día siguiente.

Por la mañana tengo una idea. No puedo meterme las manos por dentro del pantalón, pero sí que puedo tocar los shuriken por debajo de la tela de mis pantalones. Con cuidado consigo maniobrar con ellos lo suficiente para sacar uno de la funda – me tiemblan las manos al hacerlo, escaché las semillas de ricino con ellos y si me pincho con una de sus puntas corro peligro de intoxicarme – y después empiezo a "rozar" la tela contra las puntas para intentar romperla. El proceso es cansino y me lleva un tiempo, pero el esfuerzo me recompensa con un pequeño desgarrón en la tela. Meto los dedos y hago fuerza hasta que el desgarrón se agranda lo suficiente para dejar salir el shuriken.

Casi me echo a llorar de felicidad cuando ya lo tengo en las manos. ¡Ya queda menos! Me pongo con las cuerdas al instante, pero el proceso también es largo y costoso: la cuerda no es como una simple red como las que fabrican en mi distrito para la pesca, está fabricada con los caros materiales del Capitolio. Cuando consigo deshacer la primera cuerda ha pasado una hora mínimo, así que decido analizar el laberinto de nudos para ver qué otras cuerdas me conviene cortar. Tras mucho esfuerzo y concentración corto otras dos más, ganando nuevas ampollas en los dedos y agarrotando los músculos de mi contraída espalda... Pero cuando al fin mis muñecas son libres tan sólo me acuerdo de lo magnífico que es poder moverse.

Me doy unos minutos para estirar mis músculos y masajearlos tranquilamente, estimular la circulación en mis adormecidas piernas y tumbarme en la rama. Después me como lo que queda de mis frutas desecadas, sorprendiéndome porque no tengo mucha hambre. Con lo poco que me he metido al cuerpo en los últimos días debería estar muerta de hambre. Quizá este molesto embotamiento que tengo y mi rasposa garganta sean un catarrazo de los buenos, o incluso una gripe...

Busco en los alrededores por si acaso el imbécil del 7 decidió esconder mis cosas en vez de llevárselas – la mochila seguro que le interesaba, pero el arco es una carga inútil si no sabes usarlo – y, como bien había sospechado, la había dejado escondida, pero no en el suelo. Está colgada de una rama a cuarenta metros del suelo. ¿Cómo es posible que haya llegado hasta esa altura? Luego recuerdo que es del distrito de la madera y el papel: es muy probable que se haya pasado la infancia escalando árboles. Seguramente piense que yo, que he dejado bien claro que soy del desierto, no estoy acostumbrada a escalar y no podré llegar hasta esa altura. Un error por su parte, pienso orgullosamente.

Rescato mi arco – con bastante trabajo, todo hay que decirlo: cuarenta metros se dicen pronto – y las flechas, que están en una rama cercana, y bajo unos cuantos metros en el árbol hasta llegar a una rama segura donde pensar tranquilamente. ¿Qué hago ahora? Quiero encontrarlo, eso está claro. Pero me lleva dos días de ventaja, eso si ha estado moviéndose todo este tiempo. ¿Si yo fuera él qué dirección habría tomado?

Claramente ladera abajo no: es más que evidente que pasa algo, habrá visto el humo del fuego y habrá oído las explosiones. No, seguramente haya ido para arriba, en la dirección contraria. El problema es que ahora mismo estoy desorientada, no había pasado por aquí el primer día.

A eso hay que unirle que no sé si sigue vivo; el día que me cazó con su trampa estuve inconsciente mientras salían en el cielo los muertos del día. Podría haber muerto después de golpearme por algua razón y yo no lo sabría hasta que no saliese de aquí – si es que salgo. Lo mismo pasa con Shiho: si ella siguiese viva, sería tan sólo porque está con él, es incapaz de sobrevivir por su cuenta aquí. Me toca jugármela a un todo: ir hacia arriba, buscar algún rastro que hayan dejado a su paso y esperar no confundirme.

Bajo al suelo y no tardo en encontrar los pequeños rastros que deseaba ver: el suelo está muy húmedo y a pesar de que casi está enteramente cubierto por musgo, hay pequeños trozos en los que tan sólo hay fango. En algunos de ellos encuentro pisadas. También hay arbustos con ramas partidas, como si alguien sin sus plenas capacidades se hubiese arrastrado por ahí. Dudo un instante: ¿serían mis propias marcas? No, encuentro mi rastro viniendo de la dirección contraria, de abajo. Este otro rastro va montaña arriba.

Así comienza mi caza, que llevará días de esfuerzo pero que seguramente tenga un final satisfactorio. Encuentro algún que otro zarzal por el camino y me obligo a comerme todas las moras que puedo, incluso aunque mi estómago haga esfuerzos por rechazarlas. Camino con cuidado de no hacer ningún ruido y aprovecho la noche para ganar terreno. Al amanecer estoy rendida y me subo a una rama durante un par de horas antes de proseguir. La rabia de mi humillación me da fuerzas suficientes – quizá Kin siente algo parecido buscándome en el bosque.

Tengo la suerte de encontrar un arroyo con agua medianamente limpias. En otras circunstancias tendría precauciones por si están infectadas o no son potables, pero ahora mismo llevo mucho tiempo sin beber y se me nota en los músculos. Cuando me alejo de él el único sonido que me acompaña vuelve a ser el de los pájaros... y el de la cadena de mi reloj de arena.

En un momento de descanso me lo quito y lo observo, reflexiva. En mi mano sucia y callosa la arena dorada dentro del cristal es demasiado bella, demasiado perfecta. No encaja con la sordidez de este sitio. Ahora que la muerte está tan cerca y los convecionalismos sociales tan lejos empiezo a palpar lo inconsciente que fui poniéndomelo en la frente en la ceremonia de inauguración. Es el símbolo de los rebeldes, joder. Seguro que los cabecillas de las aldeas ocultas, esos que llamaban sombras* o algo así, y sus aliados los usaban como símbolo propio... y yo aquí llevándolo en el cuello de esta manera tan temeraria.

Pero por muchos problemas que me haya dado al verlo recuerdo a mi madre, a mi padre, a mi querido tío y a esos dos hermanos que me esperan en casa... En el fondo tengo mucha familia a la que volver a ver, tres personas y un animalito que desean que vuelva, y eso es suficiente motivo por el que luchar...

Y para volverlos a ver tengo que enfrentarme a mi destino, que me aguarda en la piel de Shikamaru Nara...

La primera señal que me dice que hay gente cerca es que las pisadas en el lodo están frescas, como si apenas hubiesen sido hechas una o dos horas antes. Eso me pone alerta y me preparo: saco los shuriken y me escondo dos en cada manga de la chaqueta, me descuelgo el arco y mantengo una flecha en la mano por si acaso. Después extremo mis cuidados y me sirvo de mis pies descalzos para no pisar en ningún lugar donde pueda hacer el más mínimo ruido.

Luego llega la extraña sensación de no estar sola. Sé que no sirve de nada guiarse por mi intuición, pero ésta me dice que hay gente en el bosque escondida. El vello se me pone de punta y empiezo a desconfiar de cada pequeño sonido del bosque. Hasta el canto de los pájaros me molesta.

Oigo una voz. No estoy segura, pero creo que es de chico. Dejo de respirar durante unos segundos, como si mi respiración fuese tan audible. Preparo el arco y la flecha, pero sin estirar, no sé si seré capaz de soportarlo.

De nuevo la voz, y ahora sí que puedo confirmar que es de chico. Al menos he encontrado a alguien, sea quien sea habrá enfrentamiento. ¿Eso es otra voz, de chica? Bien, bien, bien. Parece que es mi día de suerte. La audiencia debe estar ahora mordiéndose las uñas delante de sus pantallas; bien, Kisame, por una vez te haré caso y daré un buen espectáculo.

Avanzo diez metros más y casi me da algo cuando veo a Shikamaru escalando un árbol a veinte metros de distancia. ¡Estoy en su ángulo de visión! Me agacho rápidamente, y por fortuna parece que está demasiado distraído con el ruido de los bártulos que lleva a las espaldas. Reconozco uno de ellos como mi mochila y aprieto los dientes furiosa.

Cuando está a quince metros del suelo alcanza una rama bastante decente y se pone a dejar todas las cosas ahí. Aprovecho el momento para esconderme detrás de un enorme arbusto que me permite observar entre sus hojas.

Así es cómo veo que, tal y como había sospechado, Shiho está con él. Está sentada en las raíces del árbol que ha escalado Shikamaru. Lo primero que me llama la atención es lo desastrada que está: su pelo claro está despeinado y sucio, su rostro lleno de barro y los cristales de las gafas rotas. Pero lo más impactante de todo es cómo mira al infinito con ojos vidriosos, temblando, susurrando cosas por lo bajo. Parece estar en shock.

En cambio, Shikamaru está bastante bien. Está sucio, sí, pero quién no lo estaría tras... ¿Cuántos días van? ¿Seis? ¿Siete? Tampoco parece tan debilitado como Shiho, y parece estar despejado y alerta. Él también parece igual de incómodo que yo con el bosque, reaccionando con cada canto de pájaro y con cada ruido de hojas.

Baja de nuevo al suelo y posa su mano suavemente en el hombro de Shiho.

-Tenemos que subir ya al árbol-susurra.

-Las explosiones... las últimas fueron el quinto día. Como el primer día -musita ella, ignorando lo que le ha dicho. Repite una y otra vez lo mismo.

Shikamaru suspira.

-Sí, creo que sí.

-Pero el resto de días fueron otras cosas.

-Sí, fueron otras cosas.

-Eso quiere decir algo -dice con voz ahogada, y empieza a temblar más fuerte.

Shikamaru se agacha y trata de calmarla. Limpia con la manga de su chaqueta sus lágrimas.

-No llores. Ya adivinaremos qué significa. Pero no tengas miedo, no te pasará nada.

-Deja ya de tratar de engañarme -ruega ella. Su voz denota tanto dolor que me conmueve.

No sé por qué, pero me siento mal por observar un momento tan... íntimo entre ellos. Shikamaru aparta sus manos de ella y la mira con el ceño fruncido. Permanece así unos instantes valorando algo, pero luego se aparta y se va a cortar unas cuantas ramas de hiedra. Vuelve a subir el árbol y se pone a preparar un pequeño nido donde puedan dormir los dos.

Le observo mientras trabaja. He de reconocer que me impresiona ver lo que está cuidando de Shiho: no tiene que haber sido fácil cargar con una chica como ella durante una semana. Cuando la hablé en los entrenamientos dio a entender que eran amigos. Dijo algo así como que él iba a ayudarla con algo de los libros de su biblioteca, con la edición o con la elaboración, no sé. Sí que me acuerdo claramente de que ella se sonrojaba pensando en él. Quizá son pareja o algo así, todo podría ser. Seguro que toda esa patraña de no tocar a las chicas era una estratagema para poder estar cerca de ella hasta el final.

Y eso hace que, en cierto modo, salir ahí y matarlos a los dos a sangre fría es menospreciar todo ese esfuerzo que están haciendo por sobrevivir.

¡Imbécil! ¡Soy imbécil! He hecho todo este camino hasta dar con ellos y ahora me falla valor. ¡Soy tan cobarde!

-Shiho -oír de nuevo la voz de Shikamaru casi hace que suelte un grito; estoy demasiado tensa -, venga, sube.

La chica hace caso, aunque su mente sigue perdida en sus cosas. Se pone de pie y empieza a estudiar la superficie del árbol con poca convicción. No debe ser muy buena escalando porque Shikamaru gruñe y baja al suelo para indicarla cómo hacerlo.

Cuando Shiho está a dos metros del suelo me llega el crujido. Crack. Está lejos, justo enfrente mío, detrás de estos dos. Pero es claro. Crack.

Shiho está a dos metros del suelo y Shikamaru está demasiado entretenido indicándola para percatarse.

Sasori sale de detrás de un matorral, silencioso como un fantasma. Detrás de él asoman Zaku y Kin, armados con cuchillos y esperando a que Sasori ejecute su ataque. Tiene su lanza en la mano y la vista clavada en alguien que no soy yo, ni Shiho.

Eleva su brazo apuntando directamente a Shikamaru. Le va a matar así de fríamente, sin honor.

Y no sé por qué, pero algo hace que salga de detrás del arbusto y grite con todas mis fuerzas:

-¡Nara!

Y el mundo parece ralentizarse cuando todos giran sus cabezas hacia mí, y al reconocerme unos parecen confundidos, otros rabiosos. Pero mi interrupción no llega antes de que Sasori tire la lanza; tan sólo hace que la trayectoria se desvíe ligeramente hacia arriba.

Shiho me está buscando en la mancha difusa que es el mundo sin sus gafas cuando la lanza atraviesa su pecho.


Durante unos segundos todos nos quedamos estáticos observando cómo Shiho se suelta y cae hacia atrás, golpeando el suelo con un golpe sordo. Tiene los ojos muy abiertos, estupefactos; emite un pequeño gemido que denota más sorpresa que otra cosa.

El lastimero ruido hace reaccionar a Shikamaru.

-¡Shiho! -grita con un deje de histeria.

Zaku es el siguiente en recordar dónde está y qué ha venido a hacer. Aunque me ha visto sabe que no puedo usar el arco y me descarta como problema, al menos de momento. Corre sin miedo hasta donde está Shikamaru y se prepara para usar su cuchillo.

-¡Detrás tuyo! -oigo que alguien chilla. Creo que soy yo.

No me creo lo rápido que reacciona Shikamaru. Al segundo está de pie de nuevo, el rostro transformado por la ira. No tiene armas, pero ha pillado desprevenido a Zaku y le ha cogido por la palma de la mano libre. Con igual de rapidez la retuerce hacia fuera, sin titubear. Se oye un crujido y Zaku empieza a gritar, soltando el cuchillo y agrarrándose el brazo dañado**. Shikamaru aprovecha y le da un fuerte empujón, haciendo que Zaku dé traspiés hasta alejarse unos metros, donde cae de rodillas y sigue gritando de dolor.

Shikamaru vuelve a arrodillarse ante Shiho, abrazándola. Ella se limita a mirarle.

Me toca a mi entonces reaccionar. Pongo la flecha en su sitio y estiro todo lo que puedo; cuando llega el insoportable dolor lo ignoro, en mi corazón sólo cabe un deseo y es el de la venganza.

Dirijo la dirección hacia donde están Sasori y Kin. Me miran incrédulos, pues recuerdan la patética flecha que les tiré hace unos días. Pero ésta es distinta, a ésta la impulsa mi odio, mi venganza, mi viento.

No apunto bien antes de disparar, pero la flecha se clava en el hombro de Kin limpiamente y ella se echa hacia atrás retorciéndose. Sasori se percata entonces del peligro que supongo y mientras yo saco otra flecha y cargo él avanza veloz hasta mí con su otra lanza en la mano.

Cuando vuelvo a estar preparada está a un metro de mí, la lanza todavía alzada; la punta de mi flecha llega justo a tiempo a su cuello. Algo afilado y metálico ejerce también presión sobre mi yugular... Me pica en la nariz el fuerte olor de un veneno.

Noto el sudor frío resbalando por mi espalda, el ya lejano dolor insoportable de mi brazo.

-Cómo va eso, Sasori -saludo entre dientes.

-Un poco complicado, aunque no pareces estar mejor -dice él con una sonrisa tensa.

¿Y ahora qué? Si disparo él lo hará, no hay salvación. Y si nos damos tiempo Zaku o Kin se reponerán de alguna manera y se acercarán... y yo no soy su aliada.

Quizá lo mejor sería que nos matásemos entre nosotros, eso le daría mas oportunidades a... a...

Kankurô, por favor, no mires esto, vuelvo a rogar en silencio.

Entonces él dice:

-Sabes que si disparamos Kankurô no nos lo podrá perdonar.

La mención de mi hermano me deja totalmente descolocada, tanto que la flecha tiembla sobre su piel. Lo peor es que tiene razón. Que sé que me odiaría por matar al mejor amigo de mi hermano, si me apuras, el único...

Y yo quiero a mis hermanos por encima de mí misma, soy su madre adoptiva, la mente racional de la familia. Si hace falta me jugaré ahora la vida por no hacerle daño. Aprieto los dientes y tomo una decisión.

-Déjame a Kin y lárgate -ofrezco.

Por un momento Sasori se soprende, pero en seguida parece complacido con el intercambio. Esboza una pequeña sonrisa.

-Me parece bien.

-Y al chico del 7. Déjamelo también.

Eso no le gusta tanto: su sonrisa se distorsiona y frunce el ceño, supongo que sopesando si seré capaz de afrontar tanto esfuerzo. Antes de que pueda protestar alego:

-Ya te has cargado a Shiho, creo que por hoy ya tienes bastante. O si no, disparamos los dos. Lo que prefieras.

Sus ojos brillan con furia, pero acepta.

-Muy bien. Tres pasos hacia atrás.

Sin dejar de vigilarnos nos vamos alejando el uno del otro hasta que entre nosotros hay varios metros. Por el rabillo de mi ojo derecho detecto a Zaku, que se está levantando de su sitio, y nos está mirando sin entender.

-¡Vete ya! -apremio a Sasori.

Éste hace caso y, con una última mirada impenetrable, se vuelve y sale corriendo, dejando atrás a sus ya no tan aliados. Kin le llama a gritos, se levanta para intentar seguirle.

Me vuelvo hacia Zaku con el arco todavía tenso, pero éste ha sido rápido previniendo y se ha zambullido en el verde del bosque. Tiro una flecha hacia donde creo ver su cabello castaño, pero se pierde entre las hojas y él en seguida ha desaparecido. Me molesta pero no demasiado, tiene el brazo roto y no creo que me suponga un gran peligro a partir de ahora.

Y además... tengo otra presa mucho más golosa.

Sin pararme a pestañear me giro y disparo flecha tras flecha a Kin, que intenta también huir por el bosque. La primera se le clava en la pantorrilla izquierda; eso la hace cojear. La segunda se le clava en el muslo de la otra pierna; eso la hace caer al suelo y arrastrarse. La tercera le atraviesa una mano. En ese momento veo cómo intenta sacar de su riñonera unas agujas y disparo a su brazo, inutilizándoselo.

La sangre mancha su ropa como una marea lenta pero implacable... y su visión me altera.

Llego hasta ella y la miro, sintiendo el sadismo y la crueldad apoderándose de mi mente y envenenando más mi corazón.

-¿Me llamabas, distrito 3? Creo haber oído tus chillidos de rata por ahí.

Le doy una buena patada y el grito que le arranco me recuerda al de Moegi, pero éso no hace que me inspire piedad, sino que me arda más la sangre.

Me agacho para coger el cuchillo que ha dejado caer al suelo y se lo enseño con una sonrisa traviesa. La cara de terror que pone me encanta.

-Dime: ¿cuántas cuchilladas crees que le disteis tú y Tayuya a Moegi? ¿Veinte? ¿Treinta? Seré buena, me quedo con veinte. ¿Qué tal si hacemos algo de justicia?

-Tenía que morir -solloza Kin -, iba a morir de cualquier manera.

Oh, no podría haber dicho algo peor.

-¡Ella no tenía por qué morir... !

Pierdo la cabeza. No sé qué pasa, pero algo se apodera de mis músculos, una fuerza salvaje que alimenta con fuego mi cerebro. Mis chillos y los de ella se mezclan, pero no por mucho tiempo. Antes de lo previsto ella deja de defenderse y al poco se oye un cañonazo en el cielo; no sé por qué sé que es de Kin y no de Shiho. Quizá sea su rostro terrible e inhumanizado el que me lo diga.

Entonces veo cómo me he puesto de sangre. Elevo las manos y veo cómo líneas carmesí resbalan hasta mis codos... La impresión hace que se me caiga el cuchillo de las manos. El pecho y el estómago de Kin... están como lo estuvo los de Moegi.

… ¿En qué me estoy convirtiendo?

Si no eres el cazador entonces eres el cazado. No soy capaz de respirar. Me mareo. Me obligo a inspirar. Exhalar. Inspirar. Exhalar. Soy una cazadora, acabo de terminar con una buena presa. Pero no compensa. No compensa.

Otro cañonazo. Este sí debe ser de Shiho. Veo desde aquí cómo Shikamaru le cierra los ojos y permanece unos minutos más junto a ella aferrando su mano. Pero después se levanta y se aleja diez metros, la lanza de Sasori en su mano. Se oye la nota de advertencia de un pájaro. Él se vuelve para no ver cómo su amiga se marcha;me mira a mí directamente a los ojos cuando el aerodeslizador baja desde el cielo y recoge con cuidado el cuerpo de Shiho.

Antes de desaparecer en el interior de la nave atisbo por un momento su rostro y por alguna razón me da la sensación de que ella sí que se ha ido en paz. Después el aerodeslizador se marcha, reanudándose la canción de los pájaros con ello.

Shikamaru me sigue mirando y al final no me queda otra que corresponder. Está serio, su cara de aburrimiento sustituida por una de inmensa impotencia, mas sus ojos no pierden ese no sé qué calculador que me hace pensar que me está acechando, evaluando cómo atacarme con su nueva lanza.

Pero yo ya no quiero defenderme más, no quiero elevar mi arco contra él y atravesarle el cuello. Quizá me cueste la vida, pero me quedo sentada, esperando a que venga por mí y le ponga fin a todo.

Pero antes dice:

-Por lo que parece estamos aliados.


Siento no haber respondido a vuestros reviews/mensajes privados de la semana pasada. Lo haré a lo largo de hoy y mañana.

*Lo de sombras: no sé si lo sabréis, supongo que sí, pero kage significa sombra. Kazekage es sombra del viento, hokage sombra del fuego, y así sucesivamente.

**Un familiar me enseñó a hacer esto. Os aseguro que duele, aunque por fortuna no hemos llegado a ningún brazo roto xD. Perfecto para noquear a imbéciles.

En fin, poco más que decir. Espero que os haya gustado. Hasta la próxima!