Capítulo 10: Shura

La señora Martina había experimentado muchísimas cosas en sus más de sesenta años de vida. Algunos eventos, como la Gran Guerra, le pasaron sin pena ni gloria. No era de sorprender; en aquel entonces era una mozuela torpe e ignorante, y la guerra entre un montón de países que nunca llegaría a conocer le importaba poco. Si bien Cataluña sufrió algunas de sus consecuencias, a Martina le parecieron pocas y sin importancia; sobre todo cuando las comparaba con las que trajo consigo la Guerra Civil.

Ni antes ni después Martina experimentó tanta hambre y miedo, y por muchos años le pareció curioso cómo la Gran Guerra había sido tan pequeña mientras que la Civil resultó ser tan incivilizada. Hubo hambre, bombardeos, soldados, disparos y la desesperación por sobrevivir. Llegaron los cuarenta, el General y una serie de leyes que buscaban acabar con su lenguaje, su cultura y, más que nada, con su identidad.

Afortunadamente, llegó la Segunda Guerra, aquella a la que todos llamaban la única buena guerra. Martina suponía que era buena porque, una vez que terminó, Barcelona comenzó a salir del estanque en el que se había sumergido. Llegó la industria, el turismo y hasta el cambio en las políticas. El General quería poner una buena cara ante el mundo y pretendió que apoyaba a la cultura catalana y, aunque fuese sólo por arriba de la mesa, las cosas comenzaron a mejorar.

Era 1966 y Martina sabía que las cosas no seguirían así por mucho tiempo. Un tenso ambiente cubría a toda la región. El mundo estaba cambiando, la gente miraba hacia el exterior y el General envejecía. Martina esperaría en su pequeño rinconcito de la Rambla a que el gobierno cediera bajo su propio peso, a que se diera cuenta de que se quedó atrás durante el incesante girar del mundo, a que Franco muriera. Esperaría desde su puestito de flores por cinco, diez años más si Dios lo permitía, y entonces las cosas mejorarían. Mejorarían en serio.

Desafortunadamente, no todas las personas eran tan pacientes como ella. Había también desesperados que no conocieron la Guerra Civil, que eran demasiado jóvenes como para conocer el miedo a la muerte o al exilio, que creían que una causa justa era suficiente motivo para arriesgar sus vidas.

Imbéciles, pensaba Martina. Ella sabía que las buenas intenciones duraban sólo hasta que empezaban a sonar las sirenas que anunciaban los bombardeos.

Su asistente era una de esas ingenuas que creían que llegarían a algo con pequeñas revueltas y palabras bonitas publicadas en un panfleto amarillo. Conocía a la muchacha desde hacía cinco años y, si bien siempre fue algo boba, su estupidez llegó a su límite cuando se casó con un joven escritor que trabajaba en la universidad.

Aunque inteligente, el hombre resultó ser un terrible ejemplo para su mujer. Hacía sólo tres años se salvó de ir a prisión después de la clausura del Ómnium Cultural. El gobierno estaba harto del grupo de intelectuales que pregonaba la independencia catalana y el único motivo por el cual el muchacho no fue encarcelado fue gracias a su astucia y a las coartadas de sus colegas.

El joven no sólo no aprendió la lección, sino que siguió asistiendo a las reuniones clandestinas del grupo. Comenzó a reunirse con otros profesores, estudiantes e incluso sindicalizados y Martina pronto supo que el muchacho no tardaría en caer.

—Tu esposo está en muy malos pasos, niña. Deberías hablar con él y hacerlo entrar en razón.

—Tonterías —aseguraba la joven mientras mecía sobre sus piernas a su niño de tres años—. El país necesita un cambio y estamos moviendo los engranes para lograrlo.

Martina sonrió de medio lado ante la ingenuidad de la muchacha.

—En lugar de pensar en engranes y en esas estupideces, lo mejor sería que pensaras en el futuro de tu hijo. ¿Qué pasará si mandan a su padre a prisión?

—¿No entiende que es precisamente por él que hacemos todo esto? Queremos que tenga una vida mejor; una vida en la que pueda ser libre.

—¿Y cómo podrá ser libre con un padre en la cárcel y una madre que sobrevive con el sueldo de florista?

La muchacha frunció el ceño, pero no se atrevió a responder. Era tan joven, tan ingenua. Martina vio pasar a muchas mujeres como ella y sabía que las cosas no terminarían bien. Sin embargo, nunca creyó que acabarían tan mal.

Una mañana de abril aparecieron varias columnas de humo blanco en dirección a la universidad. Fueron seguidas por un peculiar borboteo de voces, sirenas y de jóvenes que corrían hacia el puerto. Cuando los muchachos pasaban frente al puesto de flores de Martina, ésta pudo reconocer el peculiar aroma de pimienta y pólvora.

—¡Señora Toset! ¡Señora! —un despeinado mozuelo se paró frente a su puesto y con gritos y brazadas llamó la atención de su asistente—. ¡Tienen al profesor! ¡A su esposo! ¡Lo atraparon y creo que está herido!

La chiquilla perdió todo el color de su rostro y sin siquiera pensarlo le ofreció el niño a Martina.

—Por favor cuídelo.

—No seas tonta, muchacha. Es demasiado tarde.

—¡Enseguida vuelvo! —gritó mientras corría contra la corriente de estudiantes.

Martina no tardó en enterarse de que el joven matrimonio fue exiliado y enviado a un campo de refugiados al oeste de Francia. La anciana recibió una carta de la mujer dos meses después del incidente y, por lo que decía, las condiciones eran verdaderamente terribles. No había comida ni medicamentos suficientes y, por más que le doliera separarse del niño, la mujer tuvo que pedirle a Martina que cuidase de su pequeño. Le aseguraron que en cuanto pudieran le enviarían algo de dinero y que en sólo unos meses regresarían a Barcelona.

Esa fue la primera y última carta que recibió del matrimonio. Nunca más volvió a saber de ellos.

Martina no se preocupó demasiado al convertirse en la repentina tutora del pequeño Shura. Ella siempre fue una mujer solitaria. Nunca se casó ni tuvo hijos y cuidar del pequeño le pareció fascinante por el simple hecho de que nunca antes había hecho algo parecido.

La peculiar familia vivió con tranquilidad por un año hasta que Martina comenzó a percibir cambios en el pequeño. El niño se tornó más inteligente, más fuerte, más… extraño. La anciana no tardó en darse cuenta de que el niño era diferente y muy a su pesar tuvo que tomar una decisión. Tenía que deshacerse de Shura.

Debido a que era una ferviente católica, Martina eligió un orfanato religioso para su cuidado y en cuanto pudo arregló una cita con el padre que dirigía la institución.

—Me duele mucho hacer esto. Sus padres confiaron en mí. ¿Qué pasará si un día regresan? ¿Cómo podré decirles que dejé a Shura en este lugar?

—Entiendo su pesar, hermana, pero tiene que entender que está haciendo lo mejor para el niño. Sus padres lo comprenderán, si es que regresan, y estoy seguro de que el Señor les dará fuerzas para aceptar la situación.

La anciana asintió.

—Se ha vuelto intolerable. Esta —la mujer vaciló—, esta es la otra razón por la cual quería hablar con usted. Shura no es un niño normal.

—¿A qué se refiere?

—Es fuerte y rápido, mucho más que cualquier otro niño de su edad. Mucho más que cualquier otra persona que haya conocido —Martina tomó el silencio del padre como una pauta para continuar—. También hace cosas extrañas. Rompe juguetes, muebles, piedras. Los bloques de madera crujen entre sus dedos y…

—¿Y qué, hermana?

—Puedo jurar que es capaz de mover cosas sin siquiera tocarlas. Seguramente piensa que estoy senil, pero le aseguro que es cierto.

El sacerdote exhaló largamente mientras ensortijaba su barba alrededor de su dedo índice.

—Hermana, ¿alguna vez ha escuchado de los Santos de Atena?

La señora Martina había experimentado muchísimas cosas en sus más de sesenta años de vida, pero nunca, jamás, se enfrentó con algo tan extraño como la existencia de los Santos de Atena.

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—Bienvenido a Lanuza, señor Argenis.

El Santo de Capricornio arrugó la nariz al escuchar el apelativo que tanto odiaba. Su anfitrión, el Santo de Vela, no era mucho más joven que él y, aunque entendía los motivos de su formalidad, le molestaba sentirse tan viejo.

—Sólo Argenis, por favor.

El joven parpadeó varias veces antes de asentir con una sonrisa.

—De acuerdo —dio media vuelta y le guio hacia la ladera de la montaña—. Me alegra mucho ver que el Patriarca haya enviado a alguien tan pronto. Ni siquiera estaba seguro de que me respondería.

—Su Santidad procura mantenerse alerta en todo momento —comentó con la mirada fija en el sereno río que bordeaba las laderas de los Pirineos.

—Su mensajero me indicó que estaba entusiasmado por la noticia. Me alegró mucho escuchar eso.

Argenis asintió y sólo entonces dejó de admirar el bello paisaje para enfocarse en Vela. El Patriarca le llamó el día anterior para solicitarle que aceptara a un nuevo aprendiz. El Santo de Capricornio contaba ya con tres alumnos y, aunque no le disgustaba la idea de tener un cuarto, su insistencia en el asunto le pareció extraña por no decir más. A pesar de que había evaluado ya a muchos niños prometedores, el Patriarca nunca interfirió en su decisión de hacia dónde dirigir a los aprendices. Algo en aquel niño debía ser sumamente especial como para que la voz del viejo Patriarca se alzara tan animosamente por los altos muros del Templo.

—Es muy talentoso —continuó Vela—. El director del orfanato en el que crecí lo descubrió y trajo aquí. Pensó que sería como yo —sonrió con orgullo—, pero es mi parecer que es muchísimo más prometedor de lo que yo alguna vez fui.

Poco a poco se acercaron a un claro en donde entrenaba una triada de aprendices. Argenis supuso que el niño al que venía a buscar se encontraba entre ellos, sin embargo, Vela siguió su camino después de lanzar un rápido saludo a los muchachos.

Caminaron por varios metros más hasta que llegaron a una espesa arboleda, entre cuyas ramas un despeinado pequeño se entretenía en vendar sus manos.

—Es demasiado joven —susurró Argenis.

—Precisamente —caminó hacia el niño y éste se puso de pie al instante—. Shura, te presento a Argenis de Capricornio. Ha venido a conocerte.

El niño inclinó su cabeza con gallardía y clavó su firme mirada en el Santo de Oro. Aquello incomodó a Argenis, quien respondió a su incisiva actitud incrementando su cosmo. Extrañamente, en lugar de sentirse intimidado, el niño sonrió de medio lado.

—¿Cuántos años tienes, Shura? —preguntó Argenis.

El niño entrecerró los ojos por unos segundos, miró hacia su maestro y, tras una breve pausa, respondió.

—Cuatro.

—Habla español y catalán, pero aún le falta práctica con el griego.

Argenis posó su mano derecha sobre su barbilla y exhaló lentamente antes de hincarse frente al niño.

—¿Hace cuánto que entrenas aquí?

Shura hizo un extraño sonido con los labios y ladeó la cabeza en tono inquisitivo.

—Meses —aseguró—. No sé cuántos.

Capricornio sospechó que el niño era más hábil con el griego de lo que su maestro afirmaba y pensó que su reticencia a hablar se debía más a la apatía que a la incomprensión.

—Ha sido poco más de medio año —respondió Vela en su lugar.

Argenis agradeció la respuesta, mas no se incorporó inmediatamente. Prefirió aprovechar la descarada atención que le prestaba el niño para examinarlo a él también. Había algo peculiar en sus ojos, pensó en ese momento, una intensa chispa que denotaba seguridad y coraje y un poder que nunca antes había experimentado.

Sintiéndose satisfecho, aunque un poco intimidado, Argenis aceptó la decisión del Patriarca.

—Es joven, pero creo que sobrevivirá.

Vela miró al pequeño y sonrió afectuosamente.

—Yo estoy seguro de que sobresaldrá.

De ese modo Argenis se hizo de un nuevo aprendiz y Shura comenzó su vida en el Santuario. Si bien era el menor de sus muchachos, el niño no tardó en demostrar que era mucho más talentoso que el resto. Vela tenía razón, Shura tenía todo lo que se necesitaba para ser un Santo de Atena y Argenis sospechaba que con el tiempo aspiraría a Armadura Dorada.

Cada día que pasaba y que Shura se fortalecía, Argenis prefería ignorarlo. Prefería fingir que no se daba cuenta de lo poderoso que se hacía su cosmo, de lo poco que le costaría sobrepasarlo, del modo en el que su propia Armadura resonaba cada que el pequeño se le acercaba más de lo usual.

Argenis vivió de ese modo por años, disimulando, pretendiendo que no veía hacia dónde se dirigía el camino por el que Shura caminaba con tanta diligencia. En su lugar le enseñaba todo lo que podía, hablaba orgullosamente de él y sonreía cada que le veía vencer en los combates.

Estaba orgulloso de él, de eso no había duda. Le vio hacerse más grande, fuerte y astuto. Reconoció su orgullo y su amabilidad y el hecho de que pronto se haría merecedor de la Armadura de Capricornio; aquella que aún protegía su pálida piel.

Aun así, Argenis fingía. Fingía que tomaría mucho tiempo antes de que tuviera que ceder su título, que aún tenía mucho que enseñarle al pequeño. Que no estaba celoso. Que no se daba cuenta de la filosa navaja que comenzaba a aparecer en sus delgadas manitas.

Que no le temía.

Fingiría por el momento y hasta que no tuviese otra opción.

Hasta que Shura se hiciese demasiado peligroso como para seguir en el Santuario.

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Aioros no tenía muchos amigos. No era que no fuese sociable, ni que no existiera una larga fila de aspirantes que lo admiraban y respetaban lo suficiente como para desear una amistad con él. Simplemente no tenía tiempo suficiente para fomentar una verdadera amistad. Le era imposible hallar un espacio entre el entrenamiento de su hermano y el propio y, si acaso se daba la extrañísima oportunidad de tener tiempo libre, Aioros prefería aprovecharla para descansar.

En sus nueve años de vida se había acostumbrado a la soledad, sobre todo en las frías y húmedas madrugadas en las que iniciaba su entrenamiento. Con el fin de tener tiempo suficiente para cumplir sus obligaciones tanto con su maestro como con su hermano, el niño solía ser el primero en entrar al coliseo. Entonces, apenas iluminado por el tenue brillo de las antorchas, se dedicaba a calentar y a practicar sus movimientos hasta que brillara el alba y su maestro decidiera acompañarle.

Aquellos momentos eran serenos y de cierta forma Aioros los apreciaba. Fue por eso que cuando un pequeño extraño apareció en una de las gradas de la arena, no pudo evitar sentir que violaban su privacidad. De cualquier forma, Aioros quiso ser amable e intentó iniciar una conversación con él. Extrañamente, el niño se limitó a saludarle y a mirarle en silencio hasta que el coliseo comenzó a llenarse de gente. Fue sólo entonces que se puso de pie y salió silenciosamente del edificio.

Aioros pensó que eso sería lo último que vería del muchacho, pero éste apareció nuevamente al día siguiente y por muchos más. La situación comenzaba a sacar a Aioros de sus casillas y fue sólo hasta que pasaron tres semanas que se le ocurrió un buen modo para deshacerse de él.

—Mi maestro se fue a una misión y no entrenará conmigo el día de hoy —comentó casualmente mientras caminaba hacia él—. ¿Te gustaría practicar conmigo?

El niño asintió y sonrió con mucho mayor entusiasmo del que Aioros esperaba. Más aún, el chico mantuvo su pretenciosa sonrisa incluso después de recibir un par de golpes en el rostro.

La pelea sólo duró unos minutos. El niño era hábil —mucho más de lo que Aioros esperaba—, pero le faltaba experiencia y pericia. Aioros estaba seguro de que eso sería lo último que vería del chico, que su orgullo herido le obligaría a esconderse entre algún escombro del Santuario y que no volvería a irrumpir sus entrenamientos nunca más. No obstante, cuando le ofreció su mano para ayudarle a ponerse de pie, Aioros reconoció algo nuevo en sus ojos.

En ellos había un deje de sorpresa y admiración, pero, aún más extraño que eso, Aioros casi podía jurar que el niño estaba feliz por haber sido vencido. Sus pequeños ojos oscuros chispeaban agitadamente y expresaban silenciosamente lo que el alma del niño parecía querer gritar a los cuatro vientos.

—Mi nombre es Shura —murmuró mientras aceptaba su ayuda para incorporarse.

—Soy Aioros.

Aún a través de su hinchada mejilla el niño atinó a sonreír.

—Lo sé.

A partir de ese momento los niños entrenaron juntos todos los días. Con el tiempo Aioros comenzó a apreciar el peculiar carácter de su compañero. Aunque siempre se mostraba burlón y pretencioso, Aioros descubrió que esto era sólo una fachada. Shura era un niño maduro, noble y dedicado y, a pesar de la diferencia de edades, con los años llegó a considerarlo su mejor amigo.

Aioros confiaba en que su ritual matutino continuaría hasta que ambos obtuvieran su Armadura. Sin embargo, una mañana le encontró sentado en los asientos de piedra con la mirada gacha. El joven supo inmediatamente que algo malo había pasado y Shura se lo confirmó antes de que Aioros pudiese decir algo.

—Mañana me iré del Santuario.

—¿Cómo? —preguntó sorprendido—. ¿Por qué?

—Regresaré a los Pirineos a continuar con mi entrenamiento.

—¿Y por qué tiene que ser ahí?

—No lo sé —susurró mientras rascaba descuidadamente el dorso de su mano derecha.

Aioros no se atrevió a cuestionarle a pesar de que sabía que mentía.

—De todas formas sólo será por unos años, ¿no es así? Pronto estarás de regreso y volveremos a entrenar juntos.

El niño mostró una tenue sonrisa.

—Eso me gustaría.

Callaron por varios minutos, tantos que sin darse cuenta los rayos del sol opacaron el brillo de las antorchas.

—¿Aioros? —dijo finalmente—. Gracias.

—¿Por qué?

—Por ser mi amigo. Por no temerme.

Aioros no supo cómo responderle, así que hizo lo que le pareció más sensato.

Le ofreció su mano y le invitó a entrenar juntos por última vez.

Comentario de la Autora: Creo que en general el mood de estos fanfics ha sido optimista y esperanzador. Si... eso se acabó en este capítulo. Jajaja! Pobre Shura, lo tengo bien traumado. Sinceramente él no era de mis personajes favoritos. En algún momento lo relacioné mucho con El Cid que, aunque genial, me parece algo aburridón. Sin embargo, cuando volví a ver sus episodios para hacer un fic con él, me di cuenta de que Shura es verdaderamente locochón, es maloso y le encanta reírse de los demás jaja! Algo así como el Shura de Legend of Sanctuary. Una vez que enderecé esa imagen sesgada de Shura, fue más divertido trabajar con él.

De su historia 'pre-Santuario' no tenía nada preparado. Decidí que sería de Barcelona por mi super chiste: "Shura colecciona katanas porque es Katalán." No lo pude evitar. El tiempo en el que transcurre la historia cuadraba muy bien con el asunto este del Franquismo. Sé poco de la historia contemporánea y mucho menos de la historia contemporánea española... así que espero no haber metido la pata. El Ómnium Cultural es una institución que busca promocionar la cultura catalana y fue clausurado por algunos años durante el Franquismo, aunque nunca han dejado de tener actividades. Por supuesto, la universidad de Barcelona también estuvo metida en los movimientos en contra de Franco y muchos de los exiliados de aquella época fueron estudiantes. Para 1966 había relativamente pocos exiliados, pero con la excusa de que el padre de Shura era un revoltoso, lo desaparecí. Que por cierto! Shura sí es un nombre que existe en varios idiomas así que por eso lo dejé. No suena tan raro con un apellido catalán. Digo, creo.

Como trivia para este capie, Shura no regresa a Lanuza a entrenar, sino que Argenis lo lleva otro pueblo cercano, la Castanesa. Es decir, Argenis no vuelve a tener contacto con Vela (que es un claro guiño al personaje de LC). Como doble trivia, pueden leer el capítulo 16 de mi fanfic Logos: Justicia, en donde podrán saber qué es lo que pasó con Shura y Argenis una vez que estuvieron en Castanesa. *sniff*

Finalmente, se me hizo una pregunta sobre el personaje de Arles. Como se ve en el capítulo de Mü, Arles es pariente lejano de Shion (él le llama su hermano) y es el Santo de Altar y como tal es su deber el cuidar y el apoyar al Patriarca en todo lo posible. Fue un personaje creado en el anime que luego desapareció místicamente (como Cristal). Fue el modo de Toei para explicar por qué el Patriarca se comportaba de un modo tan diferente. Recordemos que en el anime el Patriarca usurpador es terrible, es un asesino y realmente uno no entiende por qué diantres los goldies sensatos lo apoyaban. En el manga no es así, en el manga simplemente se muestra como un opositor a la 'falsa Atena' que esconde mucho mejor sus intenciones. Así pues, Toei creó a Arles sugiriendo que Shion murió de causas naturales y, como no alcanzó a nombrar un sucesor (aunque sí lo hizo, pero sólo Saga y Aioros se enteraron), fue Arles quien tomó su lugar. En realidad, Saga asesina a Arles y se hace pasar por él antes de asesinar a Shion (esto es contado en la novelita de Excálibur que pueden leer en varios sitios en la red), así que cuando Saga mata a Shion, el primero ya estaba a un paso del trono. Me gusta mucho manejar a ese personaje porque le da más sentido a todo. Explica el por qué Mü y Dohko no hicieron algo a pesar de que sospechaban que el Patriarca no era Shion. Quizá pensaron "No es Shion, pero es Arles y Arles es el malvado", seguramente no se atrevieron a culpar a Saga hasta que la evidencia saltó frente a sus ojos. En cambio, en el manga se supone que el Patriarca sigue siendo Shion y... pues obvio que no.

Como ya se hizo costumbre esto me salió bien largo. Una disculpa por eso. ¡Muchas gracias por sus lecturas! ¡Y vamos a por Camuchis!

Respuesta a comentario de Elizabetha: Ciertamente el que los hermanos fuesen hijos de alguien dentro del Santuario era algo muy viable, pero decidí no usarlo porque Milo ya era hijo de una desertora. Admito que me costó trabajo generar su historia, pero al menos no salió tan mal. Sobre la amistad de Saga con Aioros, es algo que funciona muy bien en los fics jaja! Pero me encanta el sidestory de Excálibur y, aunque no es canon, ahí se muestra que Aioros no confía en Saga. Es por eso que decidí manejarlos de este modo, además de que me permitió crear dos bandos en el Santuario: Team Saga y Team Aioros. Al final los dos Teams perdieron porque todos se murieron! lol Eso que comentas de que los goldies de Lost Canvas son más realistas por tener más defectos es precisamente lo que Teshirogi tenía en mente. Decía que los goldies de SS ya estaban 'perfeccionados', los suyos eran como una prueba antes de llegar al último nivel y por eso mismo les creó más traumas. Creo que los goldies de SS también deben de tener sus traumas, pero los enfrentan con mayor fortaleza que los de LC. ¡Muchas gracias por tu review!