Summary: A Alex Russo se le había derrumbado su mundo cuando Mason se fue a mudar a Forks, Washington. Ella lo encuentra cuatro meses después, pero sus padres desaparecieron en el medio de un bosque. Alex y sus hermanos conocen a los Cullen, los Cullen reciben a los Russo en su casa. ¿Qué pasará cuando Alex y sus hermanos descubran que ellos son vampiros, y qué pasará cuando los Cullen descubran que los Russo son hechiceros?

Disclaimer: Los personajes no me pertenecen. Los de Crepúsculo, son de la gran señora Stephanie Meyer. La historia si es mía. Y los de Hechiceros de Waverly Place les pertenecen a Disney.

ALEX POV

–¡No quiero hacer nada! –me quejé dejando que mi hermano me arrastrara y barriera el bosque conmigo como una escoba.

–Quiero ir a casa –comentó Max con los brazos cruzados. Desde que despertó, estaba muy deprimido y molesto –como yo– por no haber señales de vida de nuestros seres tan queridos.

–Regresaremos –sentenció Justin–. Lo prometo.

–¿Con nuestros padres? –preguntó Max, esperanzado.

–No puedo prometerte eso, Max.

Mi hermano menor y yo suspiramos a la fuerza.

–Está bien –concluí la discusión.

Max soltó sus brazos al aire y, pude jurar, que una lágrima cayó por uno de sus ojos y resbaló contra su mejilla. Me rompió el corazón en mil pedazos.

Pasé uno de mis brazos por los brazos de mi hermano menor y le dije:

–Los encontraremos…, vivos –le aseguré a él y a mí misma.

Él asintió con la mirada baja.

–¿Qué vamos a hacer? –pregunté con la mirada baja.

Hubo un minuto de silencio por la tensión que se sentía inundándonos, alrededor de nosotros.

–Saquen sus varitas –dijo, por fin, Justin. Saqué mi varita de mi bota.

–¿Ahora?

–Vamos a practicar levitar el agua. Ninguno de los tres la sabemos dominar, y lo intentaremos hoy.

–¡JA! Sí no pude manejarlo a los catorce y quince años, mucho menos lo haré a esta edad –repliqué y luego solté un bufido.

–Es por eso que estamos aquí. Tenemos que estar preparados; la competencia nos puede sorprender en cualquier momento.

Max volteó los ojos.

–Alex, tu primero.

Me devolví y apunté mi varita hacia el enorme río puro de agua cristalina, donde se podía ver que corría con bastante fuerza y era muy fría, y dije el conjuro:

–Levitatus liquidatus.

Y la corriente eléctrica se disparó.

–Ahora trata de levantarlo.

–¡No! ¡¿En serio?! –le dije sarcásticamente.

Justin rodó los ojos.

Y eso hice. Fui levantando la varita poco a poco, a pesar que el líquido era muy pesado para mí, pero casi lo había logrado. El agua fluía de una manera sobrenatural; subía y bajaba en un ritmo constante y creaba ondas de expansión que hacía que hacía que ese lacito de agua arrastrara más con ella, provocando que fuera aún más difícil de sostenerla.

–Unos metros más, Alex.

Max miraba la escena sorprendido. Es decir, a los ojos de los humanos se podían quedar en shock o algo así por ver a alguien arrastrar con una varita litros y litros de agua proveniente de un río.

–Se está volviendo muy pesada. Necesito ayuda.

Justin volvió a rodar los ojos.

Arrugué el ceño y, a continuación, solté la varita dejándola caer en la húmeda tierra. Justin me miró con mala cara.

–¡Lo estabas logrando, Alex!

–¡Ya te lo dije! ¡Era muy pesado! –me agaché y agarré mi varita del suelo.

–Max –llamó Justin.

–¿Qué? –respondió él con amargura.

–Haremos el hechizo los tres juntos.

–¿No es más fácil hacerlo con un simple vaso de agua? Podríamos escuchar cómo rebota en el piso, y podríamos mojarte con ella –me eché a reír.

–¿Prometes no comentar esa noche al regresar?

–Hecho.

–¡Vamos otra vez, equipo!

Ahora los tres juntos posicionamos nuestras varitas al río y dijimos a la vez:

–¡Levitatus liquidatus!

Y vimos cómo el agua ascendía más fácilmente y cambiaba de forma cada vez que mis hermanos y yo movíamos las varitas de un lugar a otro o hacíamos formar en el aire.

–¿Esto es divertido! –gritó Max al aire cuando de pronto vimos cómo las cantidades de litros de agua de semejante río se dirigía hacia nosotros.

–¡Max! ¡¿Qué haces?! –exclamamos Justin y yo.

Formé una gran "O" con mi boca y abrí los ojos como platos al ver cómo esa gran "ola" –que era obra de Max– se acercaba rápidamente hacia nosotros. Volteé a ver a mi hermano mayor para buscar una solución, pero él estaba paralitico, estancado en el suelo como una estatua.

–¡Genial! ¡Genial! –rodé los ojos, escurriendo mi chaqueta del exceso de agua que se había atrapado en ésta.

–Max, ¡casi nos matas! –gritó Justin recitando el hechizo de secado rápido. Yo imité su acción.

–¿Qué hubiera pasado sí nos hubiéramos ahogado? –continué yo, exasperada–. ¡Hay que salvar a nuestros padres!

–Lo siento –murmuró.

Caminé hasta él cuando estuve lo suficientemente seca, agarré firmemente sus hombros y le grité qué es lo que estaba mal en él.

–Por Dios, Alex, admite que fue divertido –pude escuchar su pequeña risa–. Siempre queremos algo de diversión en la magia, ¿cierto?

Esta vez intervino Justin, alterado como yo.

–Lo importante es que pude drenar el río. Estamos vivos.

Negué con la cabeza.

–Y yo soy la que debo madurar –solté de golpe los hombros de mi hermano.

La ola de agua había arrastrado junto a él la cantidad faltante que había en el río para después dirigirse directamente hacia nosotros. Nos había golpeado fuertemente, lo que logró ahogarnos de tanta agua y sacar algunos cuantos árboles donde estaban plantados. Así es, dije estaban.

Justin había salido de su shock y fue el único que había reaccionado lo bastantemente rápido en aparecer algún raro tipo de mascarilla (como las que se usaban en las guerras) que tapaba su boca y su nariz, lo cual pudo drenar toda el agua con un hechizo y así salvar nuestras vidas.

Y no, no fue nada divertido por parte de Max.

–No volveré a hacer ese hechizo hasta que no sienta que mi cerebro no está nadando de tanta agua –comenté estornudando varias veces. Ojalá que no me vuelva a enfermar otra vez.

–Sí, ni yo –dijo Justin secando su varita con un pliego de su camisa blanca.

Max suspiró decepcionado a lo cual mi reacción fue rodarle los ojos.

–¿Qué hechizo haremos ahora?

–Seguiremos con el mismo hechizo hasta dominarlo.

Me quejé poniendo una mueca de disgusto.

–Vamos. Papá lo haría, sí estuviera aquí.

Un pequeño brillo, en una de las esquinas de los ojos de mi hermano mayor, se aproximaba para luego crear pequeñas lágrimas que se deslizaban por sus pálidas mejillas. Justin las apartó con su pulgar.

Justin tenía razón, sí no lográbamos un hechizo, papá no nos dejaría ir hasta dominarlo, o hasta completar la hora de clases en la guarida de la subestación, donde siempre éramos interrumpidos por algún disturbio.

–Por favor, no hablemos más de ellos, ¿sí? –intervino, esta vez, Max con lágrimas en los ojos (ahora rojos de tanto llorar).

Cerré fuertemente los ojos y los volví a abrir para encontrarme con su no tan pequeño cuerpo posicionado en posición fetal que iba de aquí para allá. Justin ocultó su cara entre sus manos.

–Max –murmuré por lo bajinis–. Todo estará bien. Los encontraremos, lo prome…

Pero fui interrumpida por un alarido que provenía de sus cuerdas vocales.

–¡NO, ALEX! ¡Todo es tu culpa! ¡La desaparición de tus padres es tu culpa! –arrugué levemente el ceño–. Sí no fuera por ti y por Mason, no estuviéramos aquí. ¡Estaríamos en Waverly Place, en la subestación haciendo sándwiches!

Bajé la mirada. Otra vez, pasa lo mismo.

Todo era cierto. Culpa mía y de nadie más; solamente creo problemas, y yo soy uno, el mayor de los problemas, la que nunca madurará. Y lo reconozco. Yo estuviera en la sala ojeando una revista, o tal vez en el sótano pintando y estuviéramos más que felices.

–Estoy seguro de que ya están muertos –sentenció él a lo que yo y mi hermano levantamos la mirada y yo respondí con un empuje contra su cuerpo.

–¡No vuelvas repetir eso! ¡¿Me oíste?! –murmuré con la amargura arrastrándose por mis cuerdas vocales.

–¡Agh!

Max hizo mala cara y desapareció junto con su varita.

Max…

Me volteé.

–Justin, yo…

No sabía cómo o con qué excusarme.

–Alex, no me hables –caminó hasta mí y, por sorpresa, envolvió sus brazos alrededor de mi pequeño y delgado cuerpo a lo cual yo le correspondí.

Duramos en esa posición un buen rato. Lo que más necesitaba era sentir el amor de mi familia, de alguno de mis hermanos –en este caso, el de mi hermano mayor– y saber que no importa lo que pase o lo que vaya a pasar, alguien va a estar justo a mi lado para protegerme, apoyarme y nunca dejarme sola.

Justin, Teresa y Jerry nunca dejarían que alguien me lastimara, aún sí fuera de la familia.

Calidez y amor, eso era lo que necesitaba, que me lo trasmitiera algún hermano mío, ni si quiera Mason.

–Sí Julieta hubiera pasado por lo mismo que con Mason, hubiera arrastrado a toda la familia hasta Forks, o donde sea que estuviera ella –emitió una risilla.

–Sí… -susurré.

Respiré profundo tratando de nivelas mi pulso cardiaco y exhalé el aire contenido en mis pulmones.

–¿Continuamos? –proseguí sin muchas ganas, pero preferiría hacer un montón de hechizos que me van a salir mal, que ahogarme en lágrimas y depresión.

–¿Quieres?

Asentí soltándome de sus brazos.

–¿Livitatus liquidatus?

Él asintió.

–¿Primero tú o…? –pregunté dudosa.

–Tú.

Asentí por segunda vez consecutiva.

Me posicioné por tercera vez al frente del río y sacudí un poco mi varita para deshacerme de los restos de agua que contenía, pronuncié el hechizo una vez más y posicioné la varita para luego ver –una vez más– cómo el agua del río obedecía a mis movimientos.

Levantaba el agua poco a poco y lo dejaba en el aire, por unos minutos. Ya no era tan difícil como antes.

–¡Lo hice, Justin! –sonreí ante mi logro. Mi hermano sonrió junto a mí.