Capítulo 9: Crisis diplomática

Al día siguiente, la pequeña caravana persa continuaba su camino río arriba. Malik iba el último, cabizbajo. Apenas había podido descansar y continuaba decaído. Cyrus le observaba de vez en cuando, suspirando. No tardaron en llegar a la ciudad de Mari. Su Sátrapa les recibió enseguida y les puso al tanto de la situación en sus tierras.

Desperté sintiéndome nauseabunda. Me senté y me llevé las manos a la cabeza. Había estado dándole vueltas a la conversación que tuve con el Anciano hasta altas horas de la madrugada. ¿Acaso debía resignarme a asumir mi papel como esposa? ¿Era ese mi destino? ¿Darle un hijo a Cyrus? No lo sabía … Suspiré y comencé a prepararme para ir a Templo.

Mientras hacía mis labores, recibí la visita del Anciano. Me encontraba de espaldas a él cuando llegó, sonriente.

Buenos días, Kaileena. – Saludó él.

Vaya, buenos días.

¿Os encontráis bien? No tenéis buena cara.

Sí. Sólo estoy algo mareada.

¿Mareada?

Nada grave.

Ya veo … - El Anciano miró de reojo la estatua de Anahita. – Y … ¿habéis pensado ya en lo que hablamos anoche?

No quiero pensar en ello.

¿Cuál es el problema?

¡Que todo el mundo está empeñado en que me convierta en madre por la fuerza! ¡¿Alguien se ha parado a pensar en lo que quiero yo?! ¡Nadie se ha dignado a preguntarme!

Está bien … ¿Qué es lo que vos queréis?

¡Que dejen de presionarme! Yo … ¡Aún no he conseguido adaptarme a esta nueva vida y ya quieren que tenga a los hijos de Cyrus! ¿Es que nadie piensa en mí?

Calmaos, Kaileena.

¡No! ¡Ya estoy harta!

Kaileena, escuchad … Cyrus y vos sois jóvenes, estáis recién casados y la llama de vuestra pasión está al rojo vivo. Todo el Palacio es consciente de ello. – Me explicó él en tono suave. – Si la gente os pregunta es porque hay motivos por los que creer que el milagro pueda acontecer. Y entre los humanos, el nacimiento de un bebé es motivo de celebración. Más aún siendo el primogénito.

Pero es que yo no quiero tener un bebé … - Suspiré derrotada. - ¿Es que nadie puede ver eso?

Ya hemos tenido esta charla antes. No sólo teméis lo que os pueda suceder a vos. Hay algo más. Y está relacionado con vuestro pasado como Emperatriz. – Al decir eso, aparté la mirada. - ¿Qué es?

Un bebé es una presa fácil … Temo que pueda volver a matar.

No haríais daño a vuestro propio hijo.

¿Pero y si pierdo la cordura? ¿Y si … "ella" regresa?

¿Por qué iba a regresar? Ormazd absorbió las Arenas de vuestro cuerpo, ¿cierto?

Sí … Pero aún así … Siento que una parte de ella sigue aún viva en mí.

¿Qué os hace pensar eso?

Yo … - Suspiré. – Cuando maté a Yashar, cuando le tuve a mi merced y noté su sangre salpicándome a la cara, me sentí viva. Sentí su miedo y su odio, y aquello me alimentó para acrecentar mi sed de sangre. – El Anciano me miró, confuso. – Disfruté … Y me siento avergonzada por ello.

¿Por qué?

¿Qué pensaría Hadi si lo supiera?

No lo sé. Pero Yashar os hizo pasar mucho sufrimiento. Le guardabais rencor.

Aún así …

Kaileena, ya no hay motivos por los que odiar a nadie. Tenéis un cargo honorable en nuestra sociedad. Sois Sacerdotisa y la mano derecha del Rey. Una Princesa de Persia, ¿qué más podríais desear?

Que la gente me viese con otros ojos … Aún me temen. Me tratan como si fuera una asesina a la que deberían evitar.

Muchos cambiarían de opinión si tuvierais un hijo. Dejarían de veros como una mujer sanguinaria e insensible y os verían como una madre, atenta y protectora.

No vais a desistir … - Dije tras suspirar profundamente.

Kaileena, tarde o temprano, pasará. Es mejor que estéis preparada. No lo temáis. Aceptadlo como una nueva etapa en vuestra vida. Una etapa junto a Cyrus.

No quiero acabar como Farah …

No acabaréis como Farah. Lo que ocurre entre Malik y ella es fruto de la crisis que sufre Persia. Pero nada de esto afectará a vuestro matrimonio con tanta magnitud. Además, yo creo que un bebé reforzaría vuestra relación con Cyrus.

¿Cómo?

Vuestras almas quedarían unidas para siempre en una sola. Ya sabéis lo que eso significa …

Los Dioses perdonarían a Cyrus por sus actos … - Murmuré descendiendo la mirada al suelo.

Exacto. Sabéis tan bien como yo que el alma de Cyrus está condenada a desaparecer cuando su tiempo en este mundo expire. Llegado el momento, dejaría de existir en el otro mundo, y jamás volveríais a verle. Vos tenéis vuestro lugar asegurado, pero él no. Supondría que nunca se reuniría con su familia.

¿Sabe él algo de esto?

No. Él nunca ha sido un hombre muy devoto. Jamás le he visto rezar.

¿Y cómo estáis tan seguro de que el unir nuestras almas salvaría la suya?

Porque despertaría en él cosas que nada más podría despertar. Al igual que en vos. Es más … Yo diría que ya ha empezado, ¿me equivoco?

Instintivamente, me llevé la mano a mi vientre y aparté la mirada. No quería creerlo. Aquellos mareos podían ser fruto de los cambios que se estaban llevando a cabo en mi interior para acomodar a la vida que comenzaba a crecer en mi vientre. Pero, ¿cómo podía saberlo el Anciano? No quería saberlo. Le miré brevemente, aterrada por la verdad que intentaba evitar a toda costa y salí corriendo del Templo.

El Anciano me observó marchar sonriente. Tras él, apareció la silueta de Anahita, observándome también.

¿Estáis seguro de que está lista? – Le preguntó ella.

Ahora no … - Aquella voz no era la del Anciano, sino la de un Dios. La voz de Ormazd. – Pero lo estará.

Lejos de allí, en Mari, los dos hermanos tenían una seria charla con los representantes de Alepo y Ebla, que habían enviado a sus emisarios tras conocer que la Familia Real de Persia se dirigía hacia allí.

Al parecer, la situación estaba empeorando. La frontera entre Persia y Asiria estaba siendo ocupada lentamente por soldados Asirios y aquello era motivo de preocupación.

Hacía ya muchos años que aquel territorio, siempre polémico, había sido dividido de un modo justo. Fue Cyrus el Grande quién, con el favor de Ormazd, llegó a un acuerdo con el Rey de Asiria y se estableció una frontera entre ambos Reinos. Persia juró no invadir Asiria si ésta juraba lealtad al Rey de Reyes y sus descendientes. Recibirían suministros si a la hora de luchar se mantenían de su lado.

Pero, con el tiempo, las relaciones fueron empeorando. El Rey Berker, actual gobernante de Asiria, no acudió a la batalla cuando Babilonia fue asediada por los rebeldes. Y tampoco se vio a ningún representante en el funeral del Rey Shahraman. Asiria siempre había envidiado a Persia por su extensión y poderío. Quizás ahora, viendo la debilidad del Reino y la inseguridad de un Rey que no lograba adaptarse a la situación, habrían decidido comenzar una estratagema para hacerse con más tierras.

Cortando el curso del río, ponían a Persia entre la espada y la pared. Todo el Reino vivía de las aguas del Eúfrates, de un modo u otro. Haciendo esto, creaban el caos y el poder del Rey se debilitaba. Entonces podrían invadir y hacerse con cuanto encontrasen a su paso.

Malik decidió salir de la sala, incapaz de continuar escuchando nada más. Tenía demasiadas cosas en la cabeza y ya no sabía qué hacer. Se sentó en unas escaleras y suspiró, estresado. No mucho después, Cyrus apareció y se sentó a su lado, sabiendo que su hermano necesitaba apoyo.

¿Te encuentras bien?

No puedo dejar de pensar en ella …

¿En Farah? – Malik asintió. - ¿Me vas a contar lo que sucedió?

Discutimos otra vez, la insulté y ella me abofeteó … - Malik suspiró. – No sé por qué lo hice.

Las cosas entre Farah y tú están muy tensas. Deberías hablar con ella tranquilamente antes de que ocurra algo más.

Ya es tarde …

¿Qué quieres decir?

Me dijo que no me quería … - Malik miraba al suelo, totalmente abatido. – La he perdido…

No digas eso. Seguro que sólo lo dijo por la rabia del momento. Ella te quiere.

Ya no sé qué hacer … Ella no entiende lo que está sucediendo en el Reino.

Escucha, ¿y si nos dejas a Arsalan y a mí encargarnos de la situación por unos días cuando regresemos? Así tendrás tiempo de aclarar las cosas con Farah.

¿Haríais eso por mí?

Somos hermanos, tenemos que ayudarnos los unos a los otros. En eso consiste ser una familia …

Te estás volviendo sabio … - Malik sonrió un poco.

Tengo un buen maestro. – Cyrus le devolvió la sonrisa.

¿Qué vamos a hacer? Asiria nos tiene entre la espada y la pared …

Seguro que se te ocurre algo.

El problema es que no sabemos qué es lo que pretender Berker. Creía que era leal a nuestro padre.

Pues está claro que hay algo que no encaja en todo esto. – Cyrus se mostraba realmente decidido. – Mira, vayamos a Karkemish. Comprobemos si son ellos los que bloquean el curso del río. Y si es así, vayamos directos a Assur a poner al Rey de Asiria en su sitio. ¡Nadie amenaza a Persia!

Cálmate, te estás dejando llevar por tu ira.

Sólo estoy inspirado. Venga, Malik. Tú antes eras uno de los mejores guerreros que Persia ha conocido. ¡Un gran líder! Ha llegado el momento de probarles a todos que eres el Rey que Persia necesita.

¿Realmente crees que estoy en condiciones de hacer nada?

Yo estaré contigo. ¡Vamos!

Está bien… Hablemos con los emisarios.

De nuevo en Babilonia, me tocaba cumplir con unas de las misiones que Malik me había encomendado. Tenía que crear una alianza entre Aresura y Persia. Debía encontrarme con Sindra y pactar el acuerdo.

Me encontraba en la entrada de Palacio esperando, el Anciano de pie junto a mí, además de algunos soldados. Sindra venía acompañada de Aesma, su mano derecha, y sus guardaespaldas. Los soldados Daevas imponían verdadero respeto.

Saludos, Sindra. – Me apresuré a darle un abrazo amistoso. - Me complace daros la bienvenida a Babilonia.

Es un honor que nos recibáis, Kaileena. – Sonrió. - ¿Dónde está el Rey?

Ha tenido que ausentarse.

¿Tiene algo que ver con el estado del río?

Me temo que sí. – Cambiando de tema, me aparté a un lado. – Entrad. Hablaremos en la Sala del Consejo.

Sindra caminó conmigo hasta la sala, seguidas por los soldados y el Anciano. Había ordenador colocar una mesilla en el centro de la sala para poder debatir con ella. Ambas nos sentamos, ella a un lado, yo al otro, y el Anciano a mi derecha.

Yo era la Consejera del Rey, y él era mi Consejero y maestro. El Anciano sabía mejor que nadie cómo funcionaban las cosas en Palacio, cómo actuaba el Consejo, y lo más importante, cómo debía actuar yo. Se esperaban cosas de mí, y él tenía muy claro que iba a ayudarme.

Lamento mucho que Malik no pueda estar presente. Sé que esto debía hacerse bajo su aprobación.

Estoy segura de que podemos acordar las bases de nuestra alianza juntas y esperar a su regreso para hacerla definitiva. – Sindra sonrió. – Si Malik confía en vos, no me cabe la menor duda de que sabréis abordar la situación.

Me alegra que penséis así. – Un siervo nos trajo té y unas pastas. – Es una alianza difícil de pactar. Ambas tierras están en una situación precaria.

Lo sé, pero si vamos paso a paso, lograremos dar con un pacto equilibrado y justo para ambas partes.

Me parece buena idea. – Asentí. - ¿Qué puede ofrecer Aresura?

Os lo mostraré. – Chasqueando los dedos, Sindra ordenó a dos soldados que portaban un cofre que lo abrieran y dejasen caer su contenido al suelo. Eran armas Daevas, las mejores y más resistentes que existían.

Acero Daeva …

El mejor que existe. – Sonrió ella, orgullosa de la creación de su pueblo. – Aunque eso vos ya lo sabéis.

Sí. – Me levanté y cogí una espada, examinándola. – Mis espadas están hechas de ese mismo acero.

Comprobad su hoja. La curvatura es perfecta y están tan afiladas que pueden atravesar la armadura más gruesa fácilmente.

Realmente es un arma magnífica.

Nuestros herreros son los mejores. Trabajan en las forjas del desierto, donde el calor es tan abrasador que el fuego prende como si brotase de un volcán.

¿Cuántas podríais ofrecernos?

Podemos abastecer a todo el ejército si es necesario. Armaduras incluidas. – Me explicó. – Eso volvería a los soldados persas aún más temibles.

Desgraciadamente, contamos con pocos soldados. Las bajas tras la guerra fueron demasiadas, y los mejores hombres traicionaron al Rey Shahraman.

¿Y no habéis buscado reclutas nuevos?

Sí, pero son novatos. No han blandido una espada en su vida.

Yo podría enseñarles. – Aesma dio un paso al frente. – Puedo enseñarles las artes Daevas.

Eso es muy tentador … - Miré al Anciano, preocupada por no ser capaz de igualar la oferta. – Pero, ¿qué podríamos ofreceros a cambio? ¿Qué deseáis?

Plantas para reforestar nuestros bosques, animales con los que arar el terreno y así poder alimentar a nuestras familias.

Supongo que podemos hacer frente a eso. Los Jardines de Palacio poseen plantas de todo tipo que crecen fácilmente, y si todo va bien, los animales pronto entrarán en la época reproductiva y veremos aumentada su población.

Entonces ya sólo nos queda la aprobación del Rey.

El Anciano había escrito todo en un pergamino y nos lo dio a ambas para que firmásemos. Pero, en aquel momento, Asghar irrumpió allí con sus seguidores.

Deteneos. – Ordenó justo antes de que pudiera firmar mi parte.

¿Cómo osáis interrumpir mi reunión con la Líder de los Daevas? – Me levanté, indignada.

¡Vos sois quien os reunís con ella clandestinamente?

¿Perdón? – Sindra se giró. - ¿Clandestinamente? Que yo sepa, estamos en la Sala del Consejo. ¿Qué tiene esto de clandestino?

Ella no tiene derecho a actuar por su cuenta. – Acusó Asghar.

El Rey me pidió que hiciera todo lo necesario para pactar una alianza con Aresura. Tengo su consentimiento.

¡Pero os reunís con ella al margen del Consejo!

No necesito el permiso del Consejo para esto. Tengo la aprobación del Rey. Lo que vos opinéis a mí me es indiferente.

¡No firmaréis ese pergamino!

¿Ah no? – Me incliné y lo firmé rápidamente. - ¿Y ahora qué? Está firmado, el Anciano es testigo, al igual que Sindra. ¿Qué vais a hacer?

Vais a pagar… - Asghar se dispuso a aproximarse hacia nosotros, pero los soldados de Sindra se interpusieron en su camino.

Os voy a dejar una cosa clara, Asghar. El Rey me eligió a mí como Consejera, me eligió para ser "su" Consejera. Tengo acceso a información que no os concierne, y si osáis ponerme la mano encima, os recuerdo que soy miembro de pleno derecho de la Familia Real. – Le lancé una mirada amenazante. – No hace falta que os diga cuál es la pena a la que os enfrentaríais.

Asghar no dijo nada, sólo miró a sus compañeros y se marchó de allí, seguido por todos ellos. Me senté de nuevo, tensa. El Anciano colocó su mano en mi hombro.

Lo habéis hecho bien, Kaileena. Lo habéis hecho bien.

Ese hombre va a traer problemas a este Palacio. – Dije, mirando a la puerta. – Lo sé.