Ha pasado algo de tiempo, pero como dije, procuraré que esta vez no sea demasiado…
Así que acá el nuevo, la cita es de ese tema de hace añitos de "No sé si es amor"… no digo de quién, porque hay muchas buenas versiones… en fin, se las dejo.
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10.- Un comienzo
No sé si es amor,
pero lo parece
-Vamos, vamos… -Revisó sus signos vitales y lo encontró sólo sofocado, no parecía tener roto algún hueso únicamente estaba dolorido; de igual forma checó de pe a pa todo, ignorando que estaban llegando los demás chicos hasta donde se encontraban, por su parte Eurídice revisaba la escoba, se había partido a la mitad, tenía la varita en la mano y veía concienzuda si podía repararla. -… dime Mills, ¿cuántos dedos hay acá? –Krum le mostraba su índice levantado justo frente a su nariz, el muchacho parpadeaba incesante e intentaba formular una frase, pero el aire no le daba para eso, los labios se le habían puesto pálidos como un rollo de pergamino.
-Ho…Ho… ¿Hos? –Se le había secado la lengua como si no hubiera bebido agua en semanas, Viktor le revisó la mirada y notó que estaba además de todo, pasmado mirando fijamente a la Greyback; una sonrisa brotó en sus ojos, aunque en sus labios un rictus más serio y duro se formó sin querer.
-Rose, casi lo matas. –De no ser por ese comentario de uno de los muchachos, Krum ni se habría percatado de que la chica estaba a su espalda, mirando sobre su hombro con cierto aire preocupado y culpable; al volverse la vio pálida, como Ron aquel día mientras Harry escapaba del Colacuerno montado en su escoba, un inesperado deseo de confortarla le hizo volver la mirada al muchacho en el piso.
-No es tan débil, ¿verdad Mills? –El muchacho seguía luchando por recomponerse, aunque ya parecía mucho menos sofocado que antes, Viktor le sonrió ayudándolo a ponerse en pie; una vez que estaban todos con los ojos casi al mismo nivel, Rose pudo acercarse con mayor facilidad y decirle algo al muchacho, aunque en realidad no encontraba qué decir o cómo decirlo.
-Lo lamento, Mills. –Murmuró sin mucho ánimo en verdad para disculparse, pues aunque estaba preocupada por el muchacho, no creía que el golpe hubiera sido para tanto; Eurídice estaba moviendo rápidamente su varita en torno a la escoba del joven derribado, haciendo que unos hilos plateados y finos tejieran entre ambos trozos para luego unirlos como una franja dorada que pronto se extinguió, para cuando terminó, se acercó lentamente con la escoba en las manos, ésta reparada.
-Está bien, Rose… está bien. –Mills sonreía para calmar a todos, aunque al menos la mitad de los dos equipos ya estaba en sus escobas despegando rumbo al cielo, Viktor miró el mango de la escoba cuando Eurídice la puso frente al muchacho, que abrió los ojos como platos impresionado. –Pero… si se partió.
-Ya la reparé… es una fractura común entre las escobas comunes a las que se les exige demasiado… -Eurídice se echó el cabello atrás, el gesto resultó para todos los hombres presentes y para los que llegaban, un aliciente a su masculinidad y a su instinto seductor; Viktor notó las miradas de los muchachos y no pudo menos que sonreír de lado, mirando a su amiga que gozaba de la emoción que causaba, era divertido verla hacer gala de belleza ante los que disfrutaban de ella, se sonrió enormemente y volvió la mirada a Mills, sólo para encontrarse cara a cara con Rose y a sus espaldas a Lily Luna. -… debes tener cuidado, aunque la reparé, este tipo de lesiones en el mango jamás se recuperan por completo... –Mills asintió y las mejillas le volvieron a la vida, igual que los ojos del 50% de los hombres presentes, Viktor tenía la mirada entre su escultora amiga y la castaño pelirroja, asintió ante el comentario sobre la escoba y se volvió.
No habría pasado a más, el asunto habría sido simple de dejar pasar, de no ser por lo que Viktor vio en los ojos de su joven alumna, que aunque se movía nerviosa e intentaba no mirarlo se notaba en todo su semblante: celos; por un momento que le pareció absurdamente largo disfrutó de la reacción de la chica, que claro, no podía tolerar que Eurídice estuviera ahí. Como un relámpago, una sensación le atenazó el estómago, una sensación de triunfo y pareció como si se le hubieran quitado de la espalda unos 20 años, rejuveneció de una forma que fue casi perceptible para los demás, incluido Hagrid que se acercaba hasta las gradas para ver lo que pasaba y enterarse de porqué los alumnos estaban yendo hacia el campo tan temprano.
-… la próxima vez, intenta cuando das el tiro de frenado, hacerlo de forma continua y no de golpe. –Miraba a esa chica como se mira a una obra de arte y antes incluso de lo que hubiera imaginado, las palabras le salieron de la boca como si hubiera abierto la llave del agua, incluso su frente arrugada denotaba que no estaba de acuerdo con esas palabras, suyas y al mismo tiempo ajenas.
-Bueno, pues ya que estamos en el campo, ¿qué les parecería jugar un poco? –Eurídice se volvió a verlo con una sorpresa que no le cabía en los ojos, era algo tonto, ella tenía años sin jugar quidditch y de recordar las reglas, lo menos que querría sería jugar ahí, entre un montón de niñatos con las hormonas vueltas locas, envalentonados por sus uniformes de Colegio, que podrían retarla con la facilidad con que uno dice "Snitch" y no era tan fácil como decir "quaffle" para ella el controlar su lado perruno; mas al virarse y ver la cara de Rose, lo comprendió todo y no le quedó más que doblar su cuello un par de veces en posturas incómodas, en un vano intento por recobrar la compostura y seriedad de siempre.
-¿Jugar? –Rose y Albus lo dijeron al mismo tiempo, la primera con el cuerpo tenso como una vara contra el viento, el segundo, montado en su escoba a unos dos metros, contemplando al entrenador con un brillo de impaciencia en los ojos.
-Así es… es sábado, la mañana es fresca… juguemos un poco. –Viktor golpeó las palmas ruidosamente, al mismo tiempo Lily Luna saltaba emocionada y Scorpius se acercaba para saber de qué estaban hablando; en un parpadeo, Rose Weasley estaba en el mismo equipo que Viktor, jugando ambos como golpeadores, mientras que Eurídice Greyback con todo su aire socarrón y cansino, montaba su escoba para colocarse en la misma posición de ellos, pero en el equipo contrario.
Rose Weasley estaba impaciente por demostrarle a la talladora de escobas lo que podía hacer una chiquilla.
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Mientras se acomodaban en sus posiciones, ella se ajustaba con cuidado el guante de piel que llevaba en la mano izquierda, aunque era diestra inconscientemente apoyaba más el peso en esa mano, era ahí donde entraba la labor de esa prenda, que se ponía apretado y firme para darle mayor control; cuando estuvo bien sujeto, estiró su cuello a un lado y a otro, tronando lento y duro sus huesos, sólo entonces se permitió mirar al rededor. Ante su sorpresa se habían reunido en las gradas muchos de los alumnos que a esa hora estaban ya despiertos, muy probablemente más se sumarían en cuanto el frescor de la mañana menguara, quizá cuando menos se dieran cuenta, estarían con un público tan numeroso como el de cualquier día de partido; Lily Luna a su lado estaba bien firme en su escoba, gritándole un par de instrucciones a dos chicas de Huff que iban a hacer de cazadoras junto con ella, Albus y Scorpius iban a hacer de Buscadores en los dos equipos, siendo el primero el del equipo de Rose y Viktor, mientras que Scorpius el del equipo contrario.
-Albus… no pierdas de vista esa bola, debemos ganar. –Ordenó con la mirada clavada en Viktor a su lado, una sensación de ciego orgullo le llenó el pecho.
-No te preocupes, Rose… ganaremos, te lo aseguro. –El chico se ajustó las gafas dirigiéndole un guiño a Scorp, que a su vez bajó la cabeza con un aire presumido; entonces se pusieron todos en sus posiciones y aunque Rose hubiera querido ponerle atención a quién era qué, sólo tenía ojos para su compañero de trabajo.
-Profesor… ¿está de más que le diga que quiero ganar? –No se había atrevido a mirarlo directamente desde la caída de Mills, las cosas estaban tensas entre los dos, aún se sentía en el aire la incomodidad por aquella pregunta y la duda y la esperanza por esa respuesta, sin embargo se clavaron al fin la mirada un instante; sorpresivo y seductor, Viktor sonrió, aquellos ojos suyos oscuros como la noche se rodearon de las arruguillas de la risa y la edad, y las cejas se juntaron en una mueca de maliciosa complacencia, Rose sintió que algo le caía pesado y tibio en el estómago, algo que le hacía sentir candor y fuerza en todo el cuerpo.
-No tiene ni que decirrrlo, señorrita Weasley. –Nunca lo había escuchado hablar con acento, nunca antes había detectado que lo hiciera, ni en las clases ni en los entrenamientos, sólo le había brotado desde el pecho como si las palabras le salieran del corazón, de un yo profundo que ella no había visto antes; eso bastó para que se derritiera completa, para que el sonrojo se le fuera a la frente, al cuello… al cuerpo completo y le hormiguearan las manos que apresaban la escoba con fuerza.
-¡A jugar! –La voz sonó tan retumbante que la sacó de concentración o quizá, le volvió a la realidad de un momento total de abandono, cuando parpadeó él ya no estaba, había salido disparado bate en mano y Eurídice Greyback le seguía los pasos; cuando logró comprender que debía jugar, estaba tan llena de adrenalina que parecía dopada.
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Los jugadores iban y venían por todo el campo, el zumbido de las escobas era como escuchar mosquitos del tamaño de caballos pasar sobre las gradas a gran velocidad, los que miraban gritaban entusiasmados y aplaudían con alegría, llevaban más de dos horas jugando y el marcador continuaba 40-40, parecía que no había avance posible, tampoco retirada; los equipos, aunque desiguales, estaban dando lo mejor de sí, era una cuestión de velocidad y fuerza, por más que intentaban y por más que se empujaban no lograban hacer que alguien perdiera el equilibrio para que el partido tuviera más peso hacia algún lado de la balanza. Lily Luna estaba persiguiendo ahora mismo la quaffle, volaba a toda velocidad con rumbo hacia los aros contrarios cuando una bludger enloquecida pasó rozándole el pie derecho, fue como un rayo con la fuerza suficiente para desviar la trayectoria de su escoba; en un acto reflejo dobló hacia la derecha, de tan mala suerte que se le fue, junto con la fuerza, todo el peso de su cuerpo.
La chica giró como una pirinola aferrada a su escoba que era ya lo único que le quedaba de sólido, entonces Eurídice pudo apuntar con el bate, la bola fue directo a estrellarse contra Lily, apenas sólo unos segundos antes de que decidiera acelerar y escaparse por un pelo; consternada Greyback decidió volar en otra dirección y entonces vio a Rose, ambas iban en la misma línea y como por arte de magia, en esa misma dirección iba la bludger y con ella Viktor. Rose no lo pensó, tenía que llegar primero, tenía que golpearla antes, darle rumbo, lucirse frente a todos para asegurarse la titularidad en el equipo para el Torneo, pero sobre todo frente a él; no obstante, Eurídice quería algo similar, ella quería presumir y aplacar a la chiquilla, ponerla a prueba.
-Vamos a ver. –Se lanzaron las dos, mientras a su espalda las ovaciones se desataban porque los cazadores estaban por anotar, mientras que en las alturas, allá donde el sol ocultaba de la vista de todos lo que ocurría y tenían que recurrir a magia y artilugios para saber, los buscadores se debatían por la Snitch en una férrea batalla de velocidad y astucia; Eurídice estaba más cerca de la bludger que Rose, era inminente que ella ganaría, estaban tan cerca que por poco chocan entre ellas, Viktor, desde su posición de golpeador vigilante, no podía concentrarse en lo que pasaba con la quaffle, porque tenía el rabillo del ojo clavado en esas dos.
-¡Cuidado Rose! –Lucy, esa endemoniada chiquilla gritó antes de lo que Eurídice hubiera deseado, la chica Weasley alcanzó a ver la amenaza y se torció en su escoba para esquivar a tiempo la otra bludger que venía como un latigazo a estrellarse contra ella; no, Rose no recibió el impacto, pero sí lo recibió Eurídice, que aunque vio a la chica esquivar aquello, no supo a ciencia cierta lo que era hasta que ya lo tenía encima, cuando ya era demasiado tarde.
-¡Merlín! –Rose dio un giro y sus oídos se llenaron con el tronido de un hueso o de una escoba, quién sabe, lo único que sí supo, es que Eurídice dio un gemido tan espantoso como el de una bestia a la que le dan un disparo en plena carrera; la anotación de su equipo vino casi a la par que Albus descendía con la Snitch en la mano, el juego había finalizado y Eurídice Greyback, la talladora profesional de escobas caía sin freno contra la arena, mientras ella permanecía mirándola como se mira a algo absolutamente sin sentido.
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La forma como descendió montado en su escoba hacia aquel cuerpo en la arena blanca, le hipnotizó. La túnica oscura le ondeaba mientras él, en una suave y elegante espiral descendía lentamente, dejaba la escoba en el suelo a su lado y se tendía junto a la mujer; más personas bajaban en aquel momento a mirar y ella permanecía flotando en el aire observando la escena, su equipo festejaba, pero ella estaba ahí, sobre el piso apoyada en sus manos, con el dorso serpenteando mientras una tos sanguinolenta le atenazaba el cuerpo. De un sitio que no comprendió cuál era, brotó el enorme cuerpo de Hagrid y casi enseguida, la del profesor de Herbología y jefe de la casa Gryffindor; mientras Viktor Krum levantaba en vilo el cuerpo dolorido de Eurídice Greyback, un pensamiento enfermo cruzó la mente aturdida por el ruido de los festejos y los hurras de Rose Weasley: debió golpearme a mí.
Mientras seguía al séquito de interesados en la salud y bienestar de la lobezna, Rose no podía dejar de pensar en lo ilógico que era aquello, ¿quién desearía ser aplastado, literalmente, por el poder de una bludger?, nadie en su sano juicio lo haría; pero ella sí había deseado aquello, ella quería ser la que iba ahora mismo seminconsciente y sangrante a la enfermería, pero por una sola razón que era más perturbadora que todo lo demás: ella quería estar en los brazos de Krum.
Mirando a todos lados, evitando al mismo tiempo las miradas de sus compañeros de equipo, que no se explicaban por qué estaba tan molesta pese a haber ganado y por qué había reaccionado enojada con Lucy, que le había advertido, Rose procuraba descifrar lo que le pasaba; empezaba a entenderlo, este sentimiento dentro suyo era algo muy poderoso, era algo diferente, no era como cuando se le empezó a hacer guapo el bibliotecario, ese chico apuesto que le pasaba los ejemplares polvosos y pesados de pergamino viejo, cuyo olor le hacía temblar, no.
Esto era muy diferente.
-Vamos a ver, vamos a ver… póngala aquí. –Una de las practicantes de sanador que se paseaban de último por la enfermería hizo espacio para que Viktor colocara a Eurídice sobre la cama, rápidamente, otra de las chicas despejó la sala de hombres (casi todos alumnos, que con los ojos desorbitados, ansiaban mirar a la mujer-loba y su estado de salud) y dejó nada más a las chicas que habían estado participando en el partido; como una ráfaga casi imposible para su edad, la profesora McGonagall apareció en la enfermería y se plantó entre los profesores Krum y Longbottom, para mirar el estado de su, no muy bien vista, visita repentina.
-¡Auch! –Al suave toque de las manos de la sanadora, la talladora de escobas soltó un respingo y dejó ver en el camino unos prominentes colmillos decorándole la boca, Rose, intimidada por eso, se replegó un poco, pegándose sin darse cuenta a Viktor, que le miró con suspicacia.
-Parece que esto está roto, pero no es grave, bastará un poco de poción y estará bien. –El profesor Longbottom dejó salir un suspiro de alivio, a la par que McGonagall se volvía a Krum con su mirada endurecida.
-Vaya, esa es una buena noticia… una al menos en esta mañana, ¿puedo saber cómo es que se le ocurrió hacer un partido así, sin equipo de protección ni nada? –La mirada de la profesora era poderosa, escrutadora, enojada, Krum frunció el ceño, pero no se amilanó en lo más mínimo e inflando el pecho, se preparó para contestar.
-Lamento los problemas, profesora… fue todo idea mía. –Eurídice tenía el vaso de la poción en la mano y miraba fijamente a Rose, que había abierto la boca para decir exactamente lo mismo, esos ojos verdosos fulminaron los de la chica, haciéndola callar de inmediato; Rose aunque consternada comprendió que era mejor que aquello viniera de Greyback que de ella, al menos a Greyback nadie la expulsaría.
-No habla precisamente muy bien de usted, que cada vez que está en nuestro campo de quidditch, provoque toda una crisis, ¿sabe? –El comentario hizo a Viktor llevarse la mano a la boca para cubrir su risa y al resto de las presentes, sonreír con sorpresa; Eurídice por su lado, dejó escapar una carcajada dolorida, para luego dar un nuevo trago a su poción.
-Es mejor que se retiren, señoritas. –El profesor Longbottom hizo una señal a Rose, quien asintió y empezaron a despedirse con leves movimientos de manos o cabeza; estaba por retirarse también ella, cuando Viktor la detuvo.
-Señorita Weasley, permítame un segundo. –Un silencio muerto golpeó a todos, como si hubiera lanzado una ofensa a los presentes al pedirle que lo esperara, ella se quedó pasmada, pero no dijo nada y asintiendo echó a andar lentamente al lado de aquel hombre, a quien apenas podría rozarle el hombro con la frente.
Una vez salieron al pasillo y Viktor pudo cerciorarse de que nadie estaba cerca, la miró e hizo algo que no esperaba, llevó su enorme y fuerte mano hasta su antebrazo izquierdo y lo rozó con los dedos; un dolor intenso como un pinchazo le empapó el brazo entero y hasta el cuello, sólo entonces se dio cuenta que la bludger que había golpeado a Eurídice, sí había logrado tocarla, sorprendida se encorvó y llevó su mano a la zona adolorida, presionando sin pensar la mano de Viktor contra su piel.
-¿Duele mucho? –Interpeló él viendo la mueca en su cara, Rose alzó el rostro para verlo a los ojos, asintió suavemente, sin saber por qué de pronto se sentía tan débil y tan niña ante él; Viktor apretó con su mano la zona y el dolor, aunque ahí, pareció menguar, casi en seguida metió su otra mano en el bolsillo interior de su túnica y sacó un pequeño frasco de plata, se lo dio a beber.
-¿Qué es? –Murmuró sorprendida, sin saber si tomar aquello que rozaba ya sus labios e ignorando la mirada acusadora de su profesor.
-Una poción sanadora, aliviará el golpe… -Bebió sintiendo el escozor en la lengua como si fuera una bebida con gas, de esas que a los abuelos les gustaba tomar heladas; casi de inmediato un frescor le bañó entera y el dolor y el cansancio se fueron. -… ¿mejor?
-Sí. –Admitió sonriendo un poco y sonrojándose hasta la raíz del cabello, entonces él asintió sin perder su seriedad y soltándola y dando un paso atrás, guardó el frasco de nuevo en su túnica y se dio la vuelta para volver a la enfermería; Rose pensó que debía agradecer y estaba por hacerlo cuando él volvió a hablar.
-Creo que después de lo que hemos visto hoy, es más que seguro que serás la titular, Rose… sólo procura que la próxima vez, seas tú misma quien se dé cuenta de la amenaza… no siempre estará tu primita para advertirte. –La mano de Viktor se posó en la puerta de la enfermería, al mismo tiempo que la de Rose rozaba su espalda; el tiempo se detuvo, ella no sabía cómo decirle que le agradecía, cómo decirle que estaba apabullada, no sabía qué decir, él tragó saliva y habría querido volverse, pero ya había apoyado la mano en la puerta y empujado un poco. –Es una gran jugadora, señorita Weasley. –Murmuró con la voz más ronca que le había escuchado hasta entonces Rose, una voz ronca salida de una tubería como para ordenar que se cierre el acceso a ella; su mano huyó de inmediato del tacto de aquella túnica y de aquella espalda.
-Gracias, profesor. –Masculló, mientras se daba también la vuelta y echaba a andar a la vez que oía cómo se abría la puerta de la enfermería y él la cruzaba para cerrarla tras de sí; varios pasos después, mientras la puerta se cerraba entre los dos, en la cabeza de Rose Weasley se formaba una sola idea, una idea culposa, una idea que no podía permitirse tener: Viktor Krum es increíble, el hombre más increíble del universo, el ser perfecto… tenía que volver a estar a solas con él.
