Disclaimer: Haikyu no me pertenece, ojala, es de Haruichi Furudate. La imagen tampoco es mía.
Bólido.
VIII: Dar vueltas en círculos es otra forma de que te alcancen.
1.
"La rosa es una representación del amor. El amor que el principito le tiene a esa rosa se ve a lo largo de todo el cuento y lo persigue allá donde vaya. A pesar de que ha recorrido planetas él nunca se olvidó de ella y pensó en su bienestar todo el tiempo. La rosa era su "y sí". El principito amaba a pesar de tener miedo, pero no de amar en sí sino más bien a no ser correspondido y eso se ve como una inseguridad. Él sabe acerca de sus sentimientos pero se siente vulnerable y es ahí cuando el personaje del zorro entra para enseñarle una gran lección; acerca de lo importante de un ser único para cada uno que para otro solo es más del montón y que todo es relevante.
Si el principito está asustado, debe aprender a comprender los sentimientos antes de poder entregar el cien por ciento de su amor…"
Ensayo "El principito", capítulo III. La importancia de la rosa y el zorro, Oikawa Tooru.
2.
Hace un tiempo, su hermana le dijo que todo lo que hacía se devuelve y aunque en el momento en que esas palabras fueron soltadas no eran dirigidas a él sino a la chica con la que salía, su primera novia, la que lo había dejado y le hizo llorar dos noches seguidas, no podía sentirse más que identificado.
Ahí dentro, en la sala de francés, se hallaban exactamente a cinco grados, ni más ni menos, y aunque Oikawa siempre había sido una persona sensible al frío pudo sentir como un escalofrío que distaba mucho de ser causado por la temperatura, bajaba por su columna vertebral. Junto con eso sentía como un sudor helado se generaba en su espalda, creando que su playera se pegara de manera incómoda a su piel y le hiciera removerse para intentar hacer algo al respecto. No funcionó. El aire estaba pesado. No era claustrofóbico, pero de todas maneras dentro de su mente además de las palabras de su hermana mayor existía el deseo de salir corriendo lo más rápido que pudiera de ahí e ir a respirar aire casi puro al campus de la universidad. Su cerebro se removía por una alarma que sonaba muy parecido a la de incendios. Sus pulmones y todo su ser clamaban por aire o libertad.
Lo haría, si no fuera porque Tobio-chan no se movía un centímetro de la puerta. Estaba atrapado ahí con él.
Tenía la espalad apoyada en la madera y lo miraba con aquella clase de expresión que odiaba tanto, era la misma con la que sabía algún día lo observaría cuando estuvieran jugando, exactamente la misma. Intentaba desafiarlo y él por tonto o quizás demasiado orgulloso, aceptaba nuevamente. Caía otra vez en la trampa que Tobio-chan preparaba sin preparar realmente, simplemente ahí estaba y él caía. Era un tira y afloja, ven y yo huyo, un te he atrapado pero te dejo libre de nuevo para atraparte en otra ocasión. Simplemente era acerca de un círculo vicioso que seguramente ambos se encargaron de trazar durante el transcurso de sus vidas y ahora no querían borrar porque de lo contrario no tendrían hacia dónde ir. El mismo que ahora se encontraba pasándoles la cuenta con impuestos adquiridos.
«Las cosas se pagan, quizás no hoy y tampoco mañana pero se pagan. Y hoy es el mañana de ayer», el pensamiento cruzó como una exhalación.
Posiblemente en ese momento su hermana mayor se encontraría trabajando o en la casa; siendo una buena esposa y buena madre. A cientos de kilómetros y aunque ella siempre había sido muy protectora con él (porque era su hermanito y siempre había necesitado quien lo cuidara. Desde pequeño lloraba por todo, aunque casi nadie lo supiera) ni si quiera imaginaba que se encontraba en tal situación, recordando sus palabras y pensando que tenía toda la razón del mundo.
Desde que Tooru tomó una consciencia sobre hacia dónde iba la vida jamás había huido de alguien y debía admitir que en su vida persiguió a dos personas, quizás solo por caprichos propios. Era lo mismo a tener muchas ganas de comprar una camisa porque simplemente la necesitas, la compras y una vez te pertenece ya no la quieres más. Su valor es perdido en el momento que quedó al alcance propio. Posiblemente era lo mismo con Tobio-chan; lo atrapó y se aburrió, entonces le tocó correr muy lejos para que nadie se quejara al respecto porque a diferencia de un objeto que puede ser botado y a nadie le molesta, las personas llegan a responder buscando explicaciones y respuestas que él no quiere dar porque no las tiene.
Ahí, frente a él, se encuentra la cuenta. Tenía la forma de su kohai pero más alto y maduro, con las mismas muecas que hacía en antiguos tiempos pero ahora utiliza para dar otro significado muy distinto a antes.
—Oikawa-san —comenzó Tobio y con eso trajo su pesadilla. La hiperventilación se encontraba a la vuelta de la esquina y él tenía problemas para mantenerla resguardada en su interior. Kageyama continuó sin inmutarse—: necesito que me escuches.
«Muévete», pensó apretando la mandíbula y sintiendo el dolor punzante en sus encías. La cabeza le palpitaba y seguramente tenía una ligera jaqueca que le estaba causando más problemas para concentrarse de lo que necesitaba. Tuvo un ligero flashback porque la situación en la que se encontraba era muy parecida a una que vivió años atrás.
Pensar en eso lo frustraba. Ahora no tenía alguien que lo detuviera pero quería confiar en que era lo suficientemente maduro para abordar sus problemas solo y controlar sus impulsos.
—Oikawa-san, ya no puedo simplemente pasar y fingir que todo se encuentra bien porque no es así y lo sabes perfectamente como yo. ¿Cuánto tiempo piensas que podemos mantener estás apariencias de que realmente nos llevamos tan bien? —continuó Kageyama tomando aire para relajarse. Frunció el ceño con más fuerza que antes, intentando juntar las palabras adecuadas para expresarse (ya que no era muy bueno en ello sin parecer brusco) y aunque había practicado ligeramente sobre lo que iba a decir, tenía la sensación de que de un momento a otro se quedaría en blanco. Perdería su oportunidad. Su mirada, a ojos de Tooru, parecía volverse más oscura a cada segundo que la conversación unilateral seguía—. Es tedioso y aburrido, ya basta de eso. Tú no dirías nada y por eso me he decidido a que yo sería el que te enfrentaría de una buena vez.
«Muévete de mi camino, Tobio-chan», la presión en sus encías fue más fuerte que antes e incluso sintió un chasquido que quizás pertenecía a sus dientes. Perfectamente podía alejarlo de ahí con fuerza bruta pero algo en su interior (seguramente su consciencia o un mal recuerdo) le decía que no era una muy buena idea porque podía terminar peor. Si acababan intercambiando golpes ahí dentro corrían el riesgo de destrozar la sala y Oikawa no pensaba arriesgar su nota de francés por algo así. Aunque era cierto que le estaba costando lo suyo mantener las manos quietas para no quitarle esa expresión de superioridad al niño.
—Siempre ha sido de este modo, ¿no?
Para sorpresa de ambos, la voz que se escuchó fue la suya.
Estaba tan silencioso y el espacio era contado por lo cual, aunque había hablado en voz baja, se escuchó tan fuerte como si hubiera gritado. En su cerebro se creó una chispa y algo le recordó que de ahí uno saldría ganando y el otro perdiendo, pero no sabía cuál sería cuál. Igual que siempre. Un ganador y un perdedor para mantener el equilibrio de todo.
Tobio-chan titubeó y su mirada confundida fue suficiente para hacer que sonriera como siempre, de manera cínica, y ocultando sus verdaderas emociones además de sus temores. Se enderezó en su lugar y mentalmente contó hasta tres para comenzar a ser más específico con sus palabras:
—Siempre enfrentando al otro. Siempre siendo rivales. Siempre queriendo destruir al otro —musitó de manera cantarina al tiempo que contaba los puntos con sus dedos. El nerviosismo lo ocultaba bastante bien en su apariencia engañosa que todos los días vestía porque nadie podría comprenderlo tanto en esta vida ya que nade lo conocía, así eran las cosas. Con la misma mano que había contado sus palabras, exactamente con el índice, alejó un mechón castaño que le molestaba en la vista. Apreciaba con cuidado cada detalle y reacción del menor hacia su forma de expresarse tan ácida—. Será nuestro círculo vicioso, quizás en unos años, Tobio-chan, nos volvamos a encontrar y tengamos una situación parecida. ¿No te parece gracioso? A mí sí.
Tobio se quedó en silencio mientras procesaba las palabras. Su rostro se relajó con la calma de alguien que se encuentra desconcertado por algo que le han dicho y todavía no acaba de entenderlo del todo. Su cuerpo entero se calmó también y lo miró directamente.
—Yo nunca he querido destruirte, Oikawa-san —musitó con tranquilidad como si de verdad no creyera lo que acababa de escuchar. Parpadeó varias veces para limpiarse la vista pero siempre que volvía a mirar a Tooru se encontraba con la misma expresión serena que llevaba siempre—, simplemente… quería llegar a ser tan bueno como tú. Eras el mejor de la prefectura.
—Pues no te ha salido muy bien, Tobio-chan —siseó su nombre sin poder evitarlo y sintió un golpe de adrenalina que subió hasta su cabeza, aturdiéndolo y desconectando sus nervios normales—. Era¸ tú lo has dicho, ya no lo soy así que no hay ninguna razón aparente para que sigas con todo eso.
Oikawa en el fondo lo sabía. Sabía que se encontraba intentando culpar a Tobio de cosas que ya no valían la pena, pero no podía evitarlo. Era orgulloso y egocéntrico, deseaba que las cosas se mantuvieran como siempre haciendo de esa forma que su sentimiento de culpa desapareciera de una vez por todas. Ya estaba cansado de no comprenderse a sí mismo porque nunca le había ocurrido. No entender a alguien que tiene al frente es una cosa pero cuando se trata de algo personal es completamente diferente. Quizás solo buscaba una forma tras otra de encontrar una pelea con él.
Tomó aire y se perdió entre el espacio que había entre ambos. Si lo contaba no era más que la longitud de su brazo pero se sentía tan lejos como si Tobio todavía estuviera en Miyagi y él ahí, en la ciudad, tan lejos de casa que a veces dolía. Le tomaría menos de un minuto alcanzar a tocarlo y en ese tiempo podía recordar un montón de cosas que han compartido juntos. La mayoría no eran agradables pero ahí estaban, resguardados en su cerebro sin querer ser borrados.
—No tengo tiempo para esto, Tobio-chan. Muévete —gruñó las últimas palabras mientras fulminaba al moreno con la mirada. Dio un paso hacia él, intentando ser lo más intimidante posible pero no lo logró muy bien. Tobio no se dejaría intimidar por él y simplemente se quedó en su lugar, listo para defenderse de ser necesario pero completamente consciente de que ninguno de los dos saldría hasta que la última palabra dicha por él fuera soltada—. Tengo cosas que hacer, ¡muévete! No quiero hablar contigo, que pesado eres —gruñó Tooru perdiendo la poca paciencia que le quedaba.
Dio otro paso hacia Tobio, pero éste no se movió y él mismo se había encargado de recortar la poca distancia que habían tenido.
«Hala, parece que Tobio-chan aprendió no sólo de mí», pensó como un tonto. Tener tan cerca a su kohai le hizo poder examinarlo mejor y ahora que tenía el ceño fruncido no pudo sino encontrar una similitud con Iwa-chan. Ambos tenían la misma manera de fruncir las cejas y poner sus rostros horribles. Seguramente si en ese momento miraba a un niño de esa manera éste se pondría a llorar.
Oikawa alzó la mano y Tobio se tensó, listo para detener su golpe sí venía pero para su sorpresa nunca llegó. Al final Tooru golpeó la pared al lado de su cabeza y destruyéndolo con los ojos se inclinó un poco hacia él. La diferencia de altura nunca se había sentido tan patente como cuando lo tenía a cinco centímetros de su cuerpo. Kageyama le devolvió la mirada sin perturbarse. En su vida se había enfrentado a muchas personas y su sempai era una de ellas. En varias ocasiones tuvo que desafiar sus ojos llenos de desprecio y sus muecas de disgusto infantiles. Desde que cruzaron miradas la primera vez, hace varios años, había visto esa clase de expresión hacia él.
Volvió a golpear la pared a un lado suyo y ésta retumbó, ¡PAM!, se escuchó con fiereza y el ruido se devolvió en eco.
—Sal.
—No.
—Me estás hartando, niño.
Y cuando Oikawa menos lo esperaba Tobio lo tomó del brazo y apretó con fuerza. Una mueca de dolor se generó en su rostro sin que pudiera evitarlo e instintivamente se alejó de un salto pero con un solo paso el menor ya estaba nuevamente frente a él, seguía sujetándolo sin dejarlo ir.
A pesar de la ropa que llevaba encima, Oikawa sintió que su piel era fría, tan fría que sentía que se quemaba. La zona del brazo que Tobio estaba sujetando comenzó a arder y aquel fuego se expandió por todo su cuerpo. Encendió su pecho y quemó los fusibles de su cerebro que todavía se encontraban a mitad de funcionamiento. La presión de dolor seguía con él, pero no podía concentrarse totalmente en ello sino en algo más.
El rojo se halló frente a sus ojos.
En defensa Tooru levantó su brazo libre y sin pensar las consecuencias de sus acciones (que le dieran a la sala de francés), tomó del cuello de la chaqueta a Tobio. Lo zarandeó con fiereza para que lo soltara pero su kohai simplemente se aferró más a él, claramente no lo soltaría de una manera tan fácil como esperaba. Dio unos pasos hacia adelante sin soltarlo y los dedos le dolieron por toda la presión que estaba haciendo. Apretó los dientes mientras seguía empujando y removiéndose para encontrar una forma de verse libre. Hubo un momento en que no pudo empujar más a Tobio-chan y ahí se dio cuenta que lo había estrellado contra la pared. Su cuerpo impactando creó un ruido de retumbo que removió cada hueso dentro de su cuerpo.
Tobio gruñó de dolor y botó el aire que había mantenido.
No lo soltó.
En lo que le tardó parpadear Tobio le lanzó una mirada terrorífica. Usando su pierna como apoyo se dio el impulso suficiente para empujar su propio cuerpo contra el suyo y desequilibrarlo. Intentando mantener el equilibrio Oikawa instintivamente soltó la chaqueta que había estado sosteniendo y el agarre de Tobio se volvió doloroso contra él. De pronto se encontró cayendo al suelo sin poder evitarlo y antes de que pudiera procesar todo lo ocurrido su kohai se encontraba en frente de él, mucho más alto, y la parte baja de la espalda le dolía.
Ambos respiraron agitados por el forcejeo, pero lo que era él no se encontraba satisfecho. La adrenalina en sus venas fue suficiente para que se levantara de un salto y nuevamente fuera contra su kohai. Sus dos manos buscando agarrarlo del pecho de la chaqueta pero los segundos en que se levantó tan rápido y buscaba la estabilización sobre sus propis pies fueron la diferencia entre él y el menor. Tobio, que lo había visto venir, le puso el pie entremedio y lo volvió a desequilibrar. Sin dejarse ir con las manos vacías le dio un codazo en el estómago el cual creó que se doblara y en respuesta se ganó un golpe en la mejilla izquierda, pero extrañamente no le dolió pero si lo aturdió lo suficiente para encontrarse otra vez en el suelo.
Él terminó ahí sentado con la mano contra la mejilla golpeada y Tobio tosiendo, con los brazos protegiendo la zona del abdomen. Tenía las mejillas coloradas y una ligera capa de sudor cubría su frente. Le deprimía pensar como él mismo se debía de ver en esa situación.
Se observaron unos segundos al tiempo que recuperaban el aire.
Su pelea (si podía llamarse así) probablemente solo había durado unos minutos de nada pero ambos se sentían agotados. Las manos de Tooru estaban empezando a cosquillear por culpa de los golpes que le había dado antes a la pared, la mejilla la sentía un poco hinchada, el trasero le dolía y se había mordido la lengua. En su boca existía un sabor metálico proveniente de su propia sangre que le causó nauseas.
Jadeó en busca de aire.
—Tobio-
Sus palabras de amenaza (porque el jodido crío había osado golpearlo) fueron interrumpidas por la voz alterada y atropellada del moreno:
—¡Oikawa-san! —exclamó llamando su atención a pesar de que no era necesario porque estaban en la misma habitación. Él seguía jadeando y su rostro estaba más rojo que antes, aunque no sabía si era por la furia o algo más, pero era cierto que sus ojos tenían una mirada diferente a la de otras veces—¡Por una maldita vez vas a escucharme! ¡No dejaré que te vayas de aquí hasta que lo hagas porque ya has agotado mi paciencia! —volvió a exclamar con fiereza. Por alguna razón se sintió ofendido y abrió la boca instintivamente para reclamar o lanzar una respuesta sarcástica de ataque, pero Tobio vio sus planes y le gritó un fuerte—: ¡Cállate!
Tan desconcertado en su lugar, además de indignado, Oikawa sólo pudo observar como su compañero intentaba tranquilizar su respiración.
Pasaron unos segundos y quizás unos minutos.
Cuando el silencio ya se comenzaba a volverse insoportable y se encontraba punto de levantarse de su lugar, Tobio lo observó con serenidad, como si unas cuantas acciones atrás no hubiera estado en un forcejeo con él. Su mirada volvía a ser calmada pero amenazante, seria. Pudo ver cómo tomaba aire unas cuantas veces hasta que su voz volvió a escucharse:
—Yo… —se detuvo un momento, humedeció sus labios y volvió a observarlo. Oikawa se encontró con que no podía dejar de mirar fijamente sus ojos azules—En ese entonces era muy joven para darme cuenta, pero ahora puedo decir que… me gustaba Oikawa-san —rectificó con seriedad y su voz pareció perdurar unos cuantos segundos mientras terminaba de decir esas palabras—. Hubo mucho tiempo en que pensé cuan patético de mi parte era y me enoje conmigo por eso, digo, ¿cómo pudo sucederme algo así? Es estúpido, pero ahora sé que no puedo hacer nada, salvo aceptarlo. Seguramente sea idiota pero las cosas son de esta manera —sus ojos eran tan profundos y lo miraban con tanta intensidad que Oikawa creyó que lo atravesarían. Parte de sus palabras se graban en su cerebro y ahí estaba él, a la deriva, sin tener algo a qué agarrarse salvo su voz que parecía estar diciendo todas las cosas que él jamás pidió escuchar. La ligera inseguridad de no saber dónde había quedado su kohai lo invadió, ¿a dónde se había ido el Kageyama Tobio que había dejado tres años atrás en su habitación? ¿En qué momento se lo habían cambiado tanto?—. Yo no he elegido.
Estático en su lugar la sangre comenzó a palpitar en sus oídos generando un eco y zumbido molesto. Las manos, a cada lado de su cuerpo, le sudaban y sintió un cosquilleo en la nuca. No estaba seguro si su corazón iba muy rápido o lento pero cierto era que temía que de un momento a otro éste se detuviera dejándolo en ese momento para siempre. Tampoco podía mover el rostro y lo único que lograba hacer era mirar a Tobio-chan.
La mejilla todavía dolía, la espalda molestaba y su cuerpo aun ardía por el fuego gélido de su kohai.
Un escalofrío volvió a recorrerlo. Estaba seguro que la temperatura había bajado.
Tobio-chan, tan serio y concentrado, con esa clase de mirada que pocas veces le había dado y la mayoría eran solamente cuando estaban a punto de jugar un partido. Se encontraba frente a él hablando con madurez en un tema que quizá nunca había vivido, salvo hasta que él llegó. Igual que en las muchas ocasiones que lograron enfrentarse, y odiaba admitirlo, pero su compañero tenía la delantera.
—¿Gustaba? —específico con un ligero titubeo que espero no se notara. Lamió sus labios e intentó enjuagar con su propia saliva el sabor metálico que había en su boca. Por alguna razón aquella palabra que no debiera importarle se quedó grabada en su cerebro hasta que terminó saliendo como una granada de su boca, destruyendo todo a su paso y haciéndolo sentir como un idiota.
—Gustaba —asintió Tobio. Entonces, con un ataque de impulsividad como si estuviera preguntando para que le enseñara a jugar volley, abrió la boca para soltar la declaración de guerra que los perseguiría a ambos durante mucho tiempo—: Ahora es más, Oikawa-san, si es cierto que me vergüenza pensarlo de esa forma y quizás me siento humillado por tener que soltar esto en esta situación pero no puedo hacer nada, solo intentarlo.
—¿Intentar? —Oikawa repitió y carraspeó al darse cuenta que al parecer lo único que podía hacer en ese momento era decir la última palabra que Tobio-chan soltara. Intentando hablar un poco más, logró musitar—: Que idiota.
«¿De qué está hablando?», pensó.
—Intentar que tú aceptes tus sentimientos, igual que yo.
Y tan raro como sonaba, el tiempo se congeló a su alrededor y Oikawa tuvo un escalofrío que hizo temblar todo su cuerpo. El fuego que antes lo había recorrido se transformó en hielo dentro de sus venas y tuvo la sensación de que su corazón se detuvo un simple segundo dándole la impresión de que había muerto para luego caer de nuevo a la vida. Hubo una explosión en su estómago tan destructiva como una bomba que hace caer un edificio y su cabeza dio vueltas en un bloqueo que lo dejó más aturdido que antes.
La hiperventilación llegó y él no pudo detenerla.
De pronto se encontraba mirando el suelo a sus pies y sentía que Tobio-chan estaba cerca, justo frente a él, la mano que sujetaba su hombro con preocupación le pertenecía y la voz que llegaba hasta su sistema nervioso también. Recordó a Iwa-chan, quien le había intentado hecho admitir más de una vez acerca de eso (la semana pasada, hace unos meses, hace años y siempre), a su hermana mayor que soltaba frases filosóficas, a su ex novia que le advirtió que algún día alguien le enseñaría lo que era amar a alguien hasta que doliera y a su psicólogo, quien le enseñó que las personas no eran aliens como él creía sino que seres humanos al igual que él.
—¿Oikawa-san?
El fuego se expandía como hielo ardiente y todo su cuerpo parecía reaccionar a ese chico. Las feromonas y la oxitocina eran producidas en masa. Seguramente incluso mariposas eran expulsadas por los poros de su cuerpo.
Pero su cerebro le decía que no.
—¿Oikawa-san?
«No, Tobio-chan, simplemente no.»
—¿Oikawa-san?
—No —murmuró soltándose de su agarre con más violencia de la necesaria. Cuando alzó la mirada lo encontró tan cerca que seguramente con una sola inclinación hacia adelante sus labios se encontrarían y se dio cuenta que todo su cuerpo clamaba por ello. Sus manos picaban por tocar el cuerpo del menor, su pecho ansiaba sentir el calor del contrario y su simple Yo lo deseaba con él, pero Tooru era orgulloso y tonto, más lo segundo que lo primero. No podía, simplemente no—. No, Tobio-chan, solo cállate tú.
—¿Qué dijiste? ¿Acaso has captado algo de lo que he…?
—¡No! ¡Para! ¿De acuerdo? ¡No quiero escucharlo! No de tu boca, no de ti, de todas las personas del mundo… pero menos de ti porque tú eres tú, ¡por Dios! ¿Sabes los problemas que me has traído toda mi vida? ¿Lo sabes? ¡No! ¡Por supuesto que no! —explotó como una olla o un volcán. Sus palabras eran escupidas de sus labios e intentaba alejarse lo más que podía de Kageyama pero de pronto se sentía muy cansado y no podía. Le dolía la cabeza. Deseaba dormir y no despertar jamás, ocultarse del mundo—¡No lo sabes y nunca lo sabrás! ¡Esto no debería ser de esta forma! Tú… tú debes seguir tu vida y yo la mía. Nos odiamos, déjalo así, de esa forma está bien. Tú y yo nos odiamos, queremos destruir al otro y vencerlo, hacerle morder el polvo de la derrota y… eres un tonto, Tobio-chan.
Sin más excusas ridículas Oikawa se encontró invadido por su propio silencio de no saber cómo expresarse. Recordó las muchas veces que en exámenes importantes leía las preguntas más de tres veces pero todavía no encontraba la respuesta y lo único que podía hacer era observar el espacio en blanco que debía llenar. Una simple línea que llevaba a una palabra y esa palabra a una frase que luego se convertiría en un párrafo para al final ser un relato sin lógica alguna.
—Yo no te odio, Oikawa-san, no quiero destruirte —volvió a repetir Kageyama con serenidad observando a quien mucho tiempo atrás fue su sempai y en cierto sentido seguía siéndolo. La imagen de verlo de esa manera frente a él, corriendo de algo que debía ser tan sencillo, le fue chocante. Siempre lo había visto tan sereno y lejano, una estrella en el cielo que brillaba con su luz e iluminaba a cientos de personas. Siempre teniendo la última palabra y la última acción. Nunca podía alcanzarlo. Por cada vez que él daba un paso en su dirección, Oikawa-san ya había recorrido tres kilómetros de ventaja y le lanzaba esa sonrisa que siempre le dirigía como si dijera "Intenta atraparme, aunque no puedes".
Oikawa miró el suelo, las mesas, la bandera de Francia, la pizarra y el escritorio. Sintió el frío y el calor de Kageyama. Escuchó su respiración y el silencio. Sabía lo que venía pero sentía que no podía detenerlo y, joder, tenía miedo.
—Calla…
—No te odio.
—No lo digas más. Eres un estúpido, Tobio-chan, siempre metiéndote en mi camino cuando lo único que quiero es seguir adelante.
—Me gustas.
—Ni se te ocurra decirlo —siseó sin fuerzas y cerró los ojos, esperando escapar de la realidad.
"Las cosas un día se pagan", dijo su hermana mientras le acariciaba la espalda con suavidad en el momento que él se encontraba tirado en su cama sobre su estómago, enterrando el rostro en la almohada y encargándose de ahogar los sollozos creados por su primera ruptura. En el techo de su habitación, ese día, brillaban las calcomanías de las estrellas que había pegado hace mucho tiempo y formaban una galaxia. En la pared yacía imponente el mapa de constelaciones que había memorizado. Olvidada estaba la radio, que seguramente en mucho tiempo lo único que tocaría serían canciones deprimentes.
"¿A qué le tienes tanto miedo?", le había preguntado Iwa-chan con seriedad mientras afuera hacía frío y su departamento se encontraba en una oscuridad tan horrible que le aterraba.
—No sé te ocurra soltar-
—Te quiero, Oikawa-san —musitó Tobio y él no pudo sino soltar una carcajada de angustia o felicidad, ya daba igual.
—Eres un tonto, Tobio-chan… —susurró con pesadumbre y sintiendo el dolor de cabeza más potente que antes. La carcajada volvió a invadirlo y sus labios temblaron al igual que todo su cuerpo. El frío era mucho y tuvo la idea de que se iba a enfermar—Un verdadero tonto cabeza hueca.
Y a pesar de todo no dijo nada cuando Tobio pasó los brazos por sus hombros en un gesto torpe, tal vez amigable, y guiaba su propia frente hasta apoyarla contra su hombro. Se sentía agotado y enfermo, sin energías para nada.
Dejó que lo abrazara hasta que ambos se calmaran.
3.
Cuando Kageyama llegó a Tokio, con una mochila con pocas cosas sobre el hombro y una maleta de nada a un lado suyo, fue directo a la casa de un familiar suyo. Ahí es donde se alojaría y no estaba nada mal. No hablaba mucho con la persona pero lo veía en las fiestas familiares y era divertido. Su departamento quedaba en el centro de Tokio y la ventana de la habitación que utilizaba daba directamente a la calle donde transitaban un montón de autos casi todo el día. Las veinticuatro horas se encontraba con ruido y le costó un buen tiempo acostumbrarse a ello, su insomnio había empeorado evolucionando de dormir seis horas a unas cuatro penosas. Había un montón de cosas de la capital por las cuales no se acostumbraría. Salir o intentar ver por la ventana y solo encontrar un montón de edificios grises que obstaculizaban su vista era una de ellas. Kageyama normalmente no se fijaba en esas cosas pero en Miyagi su habitación daba a una calle de barrio común en la cual, durante las mañanas, podía ver pasar a las madres con sus hijos pequeños o a las abuelas con la bolsa de compras colgadas del brazo, a veces incluso saludaba. Le era una costumbre ese escenario y en cuanto puso un pie en la ciudad se dio cuenta de lo diferente que era todo.
Su vida normal se había transformado en casi un desastre. Era un ritmo citadino, al cual tampoco se acostumbraba del todo. En Tokio parecía que todos tenían en las venas el hecho de correr de un lado para otro; empujarse en el metro (el cual estaba lleno siempre. Tobio en su vida tuvo que tomar un tren para ir a alguna parte, le bastaba con caminar o en el mejor de los casos correr), no voltearse a ver en la calle, tener que ir a paso rápido para cruzar la calle y sumando el hecho de mirar tres veces a cada lado antes de, las expresiones tan extrañas y que todos trabajaran tanto. Su propio tío, el hermano menor de su madre, casi nunca estaba en la casa porque trabajaba en una editorial y estaba casi toda la semana ahí. Laboraban hasta desmayarse o terminar la rutina, entonces volvían a casa y aun así seguían pendiente de sus quehaceres. De vez en cuando tenía la sensación de que la ciudad lograría absorberlo, en todos los ámbitos de su vida, pensar en la beca deportiva que todavía debía tramitar también era un desastre porque necesitaba presentar papeles de todo; apta de nacimiento, nombre de sus padres, situación familiar, notas escolares (eso era estúpido, si por algo optaba a deportiva y no de excelencia académica), test físico y un montón de cosas más que no comprendía. Hasta ahora no había hecho amigos, y no es que él fuera la persona más amigable del planeta sino todo lo contrario, le tardaba mucho entablar una conversación amigable con alguien y aun así las personas creían que intentaba intimidarlos. Las únicas personas con las cuales hablaba eran Kuroo-san y Bokuto-san, en los dos casos no esperaba encontrarse con ellos. Ambos no podían contar como personas nuevas porque efectivamente las conocía pero hasta que se encontró en esta situación nunca había hablado mucho. Bokuto-san le había pedido incluso el número (ahora que podía conocerlo mejor reafirmaba la certeza de que era una persona rara y extrovertida). Como remate era compañero de Oikawa-san y normalmente terminaba inserto en el mismo grupo gracias a Bokuto-san.
Pensar en Oikawa-san le daba jaqueca.
Su vida entera se había sentido en control sobre sí mismo y las personas que lo rodeaban. Era muy estricto con quienes se acercaban a su limitado círculo personal pero al mismo tiempo tuvo que aprender a comprender a los demás, eso fue un gran paso en su vida y debía admitir que trabajarlo lo había cambiado a la largo de los tres años que pasaron. Fuera de la cancha se sentía en la misma lógica que ser armador; la torre de control que se encargaba de mantener todo en orden para que los movimientos fueran lo más efectivo posibles. Era observador y años de su vida hicieron que esa facultad suya se viera presente en el día a día, de manera natural.
Algo que no podía soportar era solo una cosa; no le gustaba perder.
Nunca perdía.
Se encargaba de ser siempre el vencedor.
Entonces no comprendía por qué ahora tenía la sensación de estar perdiendo, a pesar de todos los esfuerzos que hiciera y que sus movimientos fueran los mejores.
—¿Digaa? —farfulló una voz adormilada en respuesta al otro lado de la línea. Él apoyó la espalda en la fría pared del pasillo del departamento de su tío, y carraspeó para aclararse la garganta que por alguna razón le picaba desde casi la mañana. Para no tener problemas había mirado la hora antes de llamar y no era tarde, eran simplemente las seis, nadie dormía a esa hora. Aunque existía la posibilidad de que él se encontrara haciendo el vago por alguna razón. Volvió a carraspear al mismo tiempo que del otro lado se escuchó como nuevamente la persona intentaba despejarse y contestar como se debía—¿Diga? ¿Aló? Hm… ¿Kageyama?
—Hinata —musitó en respuesta y saludo. Le dolía la cabeza e intentaba no sentirse más vencido al haber marcado el número de ese chico. Eran amigos, compañeros después de todo. Fuera y dentro de la cancha se apoyaban.
O eso le había hecho pensar Shoyo a lo largo de los años.
—¿Qué ha ocurrido? —nuevamente murmuró su compañero en respuesta. Su voz a través del teléfono se escuchaba atontada, todavía con los atisbos del sueño aferrado a él. Podía imaginárselo perfectamente como un enredo entre las sabanas de su cama o quizás de cabeza a la orilla—¡Espera! Me has despertado, ¡espero sea importante! —como era él, parecía que el sueño se le iba tan rápido como venía. La reserva de energía que guardaba dentro de sí funcionaba en todo momento. Volvía a ser el hiperactivo de siempre.
—Hable con Oikawa-san —fue lo único que soltó en respuesta. Fue rápido, disparado de sus labios como si intentara dejar de cargar con algo muy pesado sobre sus hombros. De hecho se sentía más ligero, pero al mismo tiempo ansioso. No sabía cómo reaccionar. No podía creer que realmente necesitara hablar de esto con alguien de una forma tan desesperada, pero en cuanto llegó al departamento no pudo dejar de dar vueltas de un lado para otro y al final se encontraba llamando a su amigo.
Hubo un silencio en la línea, luego un gran ruido que sonaba muy parecido a algo cayendo.
—¡Espera! ¿El Gran Rey? ¿Es en serio? ¿Y… q-qué ha pasado? —Hinata no sabía cómo reaccionar, simplemente estaba anonado por tal noticia en una situación como esa. Antes había tenido una charla con Kageyama sobre el tema, pero realmente fue hace un buen tiempo y nunca comprendió muy bien qué ocurría con ambos porque él nunca quiso contarle los detalles. Shoyo no tenía ganas de ganarse un golpe de más por culpa de ser muy insistente. Que se tuvieran confianza no quería decir que el miedo hacia Tobio hubiera bajado. Cuando estaba molesto, se molestaba.
Tobio, con tantos pensamientos extraños en su cabeza, terminó observando el techo sobre su cabeza. El departamento era silencioso y en cierto sentido muy parecido a su casa en Miyagi aunque también muy diferente. Allá sus padres también trabajaban mucho y casi siempre que llegaba estaba solo, por eso mismo se encargaba de pasar la mayor cantidad de tiempo fuera de casa o por lo menos durante los días de semana. Sábado y domingo era diferente; entrenaba como siempre, pero también disfrutaba un poco la compañía de sus tutores.
Todavía así no podía quitar el sentimiento de soledad que se apoderaba de su mente. No es que necesitara desesperadamente a alguien junto a él todo el tiempo, perfectamente podía cuidarse solo, pero se hallaba en una ciudad extraña a la cual seguramente nunca se acostumbraría y en un departamento igualmente extraño sin nadie con quien hablar acerca de cómo se sentía. No tenía a su madre para que le diera comentarios de ánimo que no pedía, pues ella no los necesitaba, bastaba una mirada para que supiera qué pasaba por su mente y tampoco los consejos útiles de su padre.
Estaba solo.
«Por eso lo llamo a él», pensó intentando buscar una excusa a sus acciones. Si era sincero, realmente le tranquilizaba escuchar la voz chillona de Hinata al otro lado de la línea. Era como un sedante sinónimo de la monotonía, lo normal y lo acostumbrado. Hinata pasaba a ser uno de los equivalentes a Miyagi; junto con la comida casera de su madre y el parque cercano que tenía donde siempre practicaba.
—Pues, nada, hablamos —respondió sin saber realmente qué debía decir. ¿Cómo le explicaba la situación a ese chico de mente tan lenta y sencilla?—Solo tuvimos una conversación y… —su voz se cortó a la mitad. Realmente no encontraba palabras para expresarse y se estaba sintiendo irritado consigo mismo—En su universidad…
—¿Él te entendió?
—Sí.
—¿Le dijiste cómo te sientes?
—Sí.
—¿Te comprendió?
Como Kageyama conocía a ese chico sabía que detrás de esa pregunta había un; "¿Te correspondió?", y ahí residía el problema. Le dio una jaqueca en el centro de la frente el solo pensarlo. Aferró con más fuerza el celular en su mano y suspiró.
—Eh, pues, sí, creo —murmuró. Suspirando con pesadez dejó caer la cabeza hacia atrás y terminó resbalándose por la pared hasta hallarse sentado en el suelo del pasillo. Sus codos apoyados en las rodillas mientras intentaba explicarse. Si se imaginaba a sí mismo sabía lo patético que se veía, pero lo que podía agradecer es que nadie lo estuviera presenciando y a pesar de lo torpe que podía ser Shoyo, era un buen amigo, las cosas que él le contara no se las diría a nadie. Eso era lo importante. Ahí vivía la confianza que se había forjado entre ambos—. La verdad es que no. Me ha comprendido pero no quiere hacerlo. Sigue negando todo y realmente pareciera que… que…
—¿No te quiere? —murmuró Hinata con miedo a sugerir algo así. Estaba preparado para sentir algún grito de odio directo a su oreja. Tragó saliva mientras esperaba con ansiedad la respuesta del moreno.
—Yo no diría eso —respondió Kageyama con pesadez—. Solo que no quiere quererme. Eso es todo.
—Ah.
—Sí.
—¿Y qué vas a hacer?
Kageyama pensó y pensó una respuesta. Lo cierto es que no debería tomarse tantas molestias por alguien como Oikawa-san; una persona tan quisquillosa e infantil como él, pero sabía que había más allá de toda esa facha de chico rudo que decía odiarlo con toda su alma. Quizás fuera la madurez de la edad pero ahora podía ver las cosas de diferente manera y antes, seguramente, se habría enfadado y habría lanzado todo a la mierda e intentar olvidar el asunto (lo hizo una vez), pero ahora comprendía que evitarlo no arreglaba nada. Tuvo que analizar a Oikawa-san y llegar al punto crítico, ahí donde él flaqueaba.
Entonces comprendió que Oikawa-san era ciertamente vulnerable.
No es que él lo demostrara, pero recordando varios sucesos de su vida podía caer en esa conclusión. Era una persona fuerte como ninguna y siempre se estaba esforzando, pero había fallado en cada una de las ocasiones en que había intentado alcanzar la cima con tanta desesperación. No podía culpar a nadie. La vida era de esa manera; pierdes o ganas, depende de uno. En su vida no tenía ni un solo recuerdo de haberlo visto sonreír de manera genuina, siempre era una manera cínica o sarcástica, intentando ocultar cómo se sentía realmente y utilizándolo como una armadura.
No. Mentía. Una sola vez lo había visto sonreír de verdad y si no se equivocaba, fue cuando estuvieron juntos aquella noche en Miyagi. Ahí pudo notar un atisbo de sonrisa sincera que se dibujó en sus labios pero desapareció tan rápido como había llegado. Mucho tiempo lo pasó por alto pero después de recordarlo y procesar bien todo pudo distinguirlo como tal. Había descartado que fuera una jugarreta de su imaginación porque se notaba muy imposible.
—Seguir intentando —respondió al final con cansancio y una ligera sonrisa de agotamiento aflorando de sus labios—, porque creo que lo comprendo.
Lo único que debía hacer era intentar alcanzarlo como siempre había hecho, desde que era un niño.
Todo el tiempo detrás de él y siempre alzando el brazo para tocar su espalda. Intentar detenerlo para que no se alejara más de él y lo dejara en el olvido. Ahora el momento en que debía repetir el proceso, solo una vez más, dar lo mejor de sí mismo para no dejar que se resbalara entre sus dedos como otras veces había hecho.
N.A:
Esta semana pase mucho tiempo con mis ahijadas. Me indigne que hayan cambiado mi electivo. Bebí batidos y pensé en Oikawa Tooru, mucho, además de en Bólido. Creo que a mi compañera de puesto la tengo hastiada con Bólido.
Ahora que llegamos a este punto de la historia quiero justificar mi seguramente OoC con esto; esta historia, reitero, es lenta. Quiero tocar un tema importante para mí que yo siempre he intentando analizar de Tooru y es su inseguridad. Si, señoras y señores, no podemos pasar por alto que a pesar de todo él se ve como un chico inseguro en algunos ámbitos. No es su culpa, no digo que sea un polluelo que no sepa ver bien la vida pero creo que es importante trabajar ese complejo de inferioridad que de vez en cuando le da.
¡Muchas gracias por leer! Nos vemos la próxima semana.
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By: Nitta Rawr.
