Hola a todos otra vez. Como siempre, recordar que los personajes no son míos, sino que pertenecen a JK Rowling (¿de verdad hace falta decirlo en todos los capítulos?) En fin, aquí dejo las respuestas a los reviews; muchas gracias por seguir la historia y, ya sabéis, se aceptan sugerencias y amenazas de muerte.

Y, ahora sí, el nuevo capítulo... Espero que os guste

Besos, Cris Snape

CAPÍTULO 10. Adrien Bellefort-Snape y la niñera

Los días pasaban rápidamente en la vieja casa de "Las Hilanderas"; Severus Snape ya había terminado de remodelar su antigua vivienda y ahora presentaba un aspecto mucho más alegre, un aspecto que parecía satisfacer al pequeño Adrien hasta límites insospechados, puesto que no dejaba de mirar a todos lados como si estuviera alucinado, animado por los colores alegres que estaban presentes por todos sitios. La única estancia que no había cambiado para nada era el viejo saloncito donde Severus guardaba todos sus libros, que seguía tan gris y aburrida como siempre, pero a Adrien no le importaba; había ratos en los que le parecía un lugar interesante, pero todavía no tenía la confianza suficiente para ponerse a curiosear sin el permiso paterno. Porque, aunque Severus siempre era amable con él y casi podía decirse que era cariñoso, seguía siendo un hombre huraño y el niño prefería no hacer travesuras, por lo que pudiera pasar...

Además, no es que tuviera mucho tiempo para hacer nada; desde que visitaran Howarts, Severus no se separaba de su lado ni un segundo, temeroso de que los mortífagos volvieran a intentar causarle daño. Por el momento, Adrien no había vuelto a hacer magia, tal vez porque estaba muy tranquilo la mayor parte del día; pasaba buena parte de las mañanas viendo en la nueva televisión sus dibujos preferidos y, por la tarde, Severus se lo llevaba de paseo por los alrededores, con la bicicleta o el coche teledirigido. Unos días antes, el brujo había escogido el colegio al que iría Adrien, el Saint Andrews (N/A: lo siento, no tengo mucha imaginación para poner nombres, XD); estaba en el centro de la ciudad y era bastante bonito, con un gran patio, con unas aulas amplias y repletas de juguetes y con un personal docente que a Severus le pareció adecuado; le preocupaba el hecho de que los mortífagos pudieran rondar el colegio, pero estaba seguro de que Albus encontraría una solución para ello y optó por tomarse ese asunto con calma. Quería que Adrien llevara una vida lo más normal posible y no podía dejar que los planes iniciales que había trazado cambiaran, así que, después de encontrar el colegio, debía centrarse en la niñera. Faltaban dos semanas para que el curso en Howarts comenzara y todavía no había entrevistado ni a una sola candidata; el horario que iba a solicitarle a la futura niñera iba a ser bastante flexible, puesto que la mayor parte del tiempo Adrien iba a estar en el colegio, pero aún así debía ponerse manos a la obra cuanto antes. El horario era flexible, sí, pero tampoco estaba dispuesto a pagar una millonada, así que de ahí podría venir el auténtico problema; Severus pensaba meterse de lleno con ese asunto al día siguiente, porque esa mañana tenía otras cosas en las que pensar: Edward Burns le había llamado por teléfono la noche anterior y le había comunicado su intención de pasarse por su casa esa misma mañana, para cumplir su promesa de asegurar el bienestar de Adrien. Si, durante la primera media hora transcurrida después de conocer a Adrien, Severus había tenido alguna duda para quedarse con él, durante las dos semanas transcurridas se había dado cuenta que no quería (ni podía) separarse de aquel enano que se había ganado su cariño de una forma tan sorprendente; ni el propio Severus terminaba de creerse la forma en que se había desarrollado su "instinto paternal"

Además, también estaba al pendiente de la reunión de la Orden del Fénix para tratar el asunto de Adrien; seguramente no tardaría mucho tiempo en ser citado en el número 12 de Grimmauld Place, el todavía cuartel general de la Orden. Hacía bastante tiempo que Severus no pisaba esa casa para nada y no le hacía mucha gracia tener que ir allí, no sólo porque en el pasado hubiera pertenecido a Sirius Black, sino porque ahora pertenecía Harry Potter, y a Severus no le apetecía verle la cara a ese muchacho, no hasta que empezara el curso y fuera absolutamente necesario hacerlo. Después de todo, la última vez que tuvo frente a sí al joven Potter, el chico había intentado matarlo; el reencuentro sería incómodo para ambos, más aún si se producía en "terreno Potter" y si Severus se veía obligado a llevar a Adrien consigo, cosa que no dudaba lo más mínimo (N/A: ¡uhhh! ¿Qué carita se le quedará a Harry cuando vea a Adrien?) Casi podía ver al niño medio alucinado delante del retrato de la señora Black mientras la vieja bruja gritaba insultando a los mestizos, los engendros y los traidores de la sangre... Conociendo a Adrien como estaba empezando a conocerlo, dudaba mucho que el niño fuera a asustarse por eso; seguramente, querría llevarse el retrato a casa... De cualquier forma, la reunión no podía retrasarse durante mucho más tiempo y Severus esperaba ansioso la llegada de Fawkes; había empezado a pensar que Albus estaba tratando ese asunto a sus espaldas y eso le mosqueaba bastante, pero no le quedaba otro remedio más que quedarse calladito y esperar. No es que Dumbledore le hiciera mucho caso cuando él se quejaba por algo...

Esa mañana, Adrien estaba sentado en el sofá de la salita de estar que Severus había ambientado en la planta inferior, en la habitación que un día fue el despacho de su padre, una sala bien iluminada que tenía las paredes pintadas de amarillo y unos muebles recién comprados. El niño tenía los pies colgados, estaba vestido únicamente con unas bermudas de colores cálidos para estar más fresco, tenía el pelo alborotado y comía con cierta glotonería un gran cuenco de cereales con leche mientras veía con los ojos abiertos como platos sus dibujos animados favoritos; Severus estaba sentado a su espalda, frente a la mesa, preparando sus clases de pociones sin poder concentrarse. Llevaba bastante retrasos y hacía cinco días que aprovechaba las noches para trabajar más tranquilo, mientras Adrien dormía (todavía en su habitación, por supuesto); no era fácil vigilar a ese niño todo el día, sobre todo porque conforme pasaba el tiempo se iba transformando en una personita terriblemente inquieta, y Severus empezaba a preguntarse si no le faltaría verano para ultimar todos los detalles de su asignatura; por supuesto, era una suerte contar con sus anotaciones de los cursos anteriores, pero había decidido hacer algunas variaciones, convertir Pociones en una asignatura más... práctica, y los cambios introducidos le estaban complicando la vida, sobre todo cuando debía modificar el programa de siete cursos diferentes...

-Severus... –dijo Adrien, encaramándose en el sillón y mirándolo con inocencia; los dibujos acababan de terminar y ya estaba ansioso por hacer algo diferente -¿Puedo salir al jardín a jugar un ratito?

-¿Te has terminado el desayuno? –preguntó el brujo, sin levantar la vista de los pergaminos; aquella misma situación llevaba repitiéndose durante toda la semana.

-Sí...

Severus suspiró, cabeceó y recogió todo lo que había extendido sobre la mesa; no le quedaba otro remedio más que irse al jardín con Adrien, no podía permitir que volviera a ocurrir lo mismo que el día del perro, sobre todo porque era más que posible que Adrien no tuviera siempre la misma suerte.

-Está bien –dijo, tendiéndole la mano al niño, que se agarró a él de forma inmediata –Vamos.

Una vez en el exterior de la casa, Adrien cogió varios muñecos que le había comprado su padre, y se puso a jugar con la tierra debajo de un árbol, hablando él solo y haciendo ruiditos, como siempre solía hacer. Severus se acomodó en el lugar de siempre, notando un calor asfixiante, pero poco dispuesto a deshacerse de su ropa negra, toda ella con manga larga, para ocultar la vieja marca tenebrosa que, aunque muerta, todavía estaba plasmada en su antebrazo. Adrien lo miró intrigado durante un par de minutos; notaba que su padre tenía mucho calor y hacía dos semanas que se hacía la misma pregunta... Ese día no pudo resistirse; se levantó con timidez y se acercó a la mesa, apoyando las manos en la misma y colocando la barbilla sobre ellas. Sus ojillos negros brillaron un momento mientras observaba a Severus, que alzó las cejas, preguntándose internamente qué querría el niño en esa ocasión (es que Adrien resultó ser terriblemente preguntón), hasta que el pequeño habló con seriedad, como si estuviera tratando un tema de importancia vital.

-Severus... ¿tienes calor?

El hombre alzó la cabeza y lo miró con cautela; estaba sudando, así que era inútil decirle que no.

-Un poco, sí...

-¿Por qué no te quitas el jersey? –Adrien hizo esa pregunta con inocencia, sin esperar que su padre fuera a ponerse tan blanco como se puso –Mírame... yo estoy más fresco...

-¡Oh! –Severus cabeceó, buscando en su cabeza una explicación, sintiéndose un poco nervioso... ¿Cómo decirle a Adrien que se vestía así para ocultar algo que le avergonzaba? –Estoy bien... No te preocupes...

-Mi mami y yo teníamos un vecino –Adrien empezó a hablar con alegría y su padre tuvo la sensación de estar hablando con una persona mucho mayor de lo que el niño era –Siempre llevaba un pañuelo atado en el cuello y un día le pregunté por qué no se lo quitaba...

-¿Y qué te contestó?

-Se quitó el pañuelo –Adrien se enderezó y se puso una mano en el cuello –Tenía la piel arrugada y fea porque cuando era pequeño se quemó...

Severus se quedó callado al escuchar eso, sorprendido por la gran inteligencia que demostraba tener el pequeño Adrien; sin duda, había estado observándole todos esos días y había llegado a la conclusión de que su padre ocultaba algo...

-¿Tienes la piel quemada tú también? –dijo Adrien, no dejándose conformar con el silencio de su padre -¿O alguna cicatriz?

-No... –Severus se aclaró la garganta, nervioso, y decidió sincerarse con el niño. Alguna vez tendría que hacerlo –Tengo un... tatuaje...

-¿Un tatuaje? –Adrien arrugó la nariz y entornó los ojos.

-Sí... Pero es muy feo...

Adrien se mordió los labios y puso los brazos en jarra, como si estuviera reflexionando algo; luego, sonrió y se subió a las rodillas de su padre.

-Pero si tienes calor, da igual que se vea, ¿no? –dijo, encogiéndose de hombros.

-¿Quieres verlo? –preguntó Severus, animándose a sonreír a pesar de que esa situación no le hacía mucha gracia –Así puedes decirme si es tan feo como yo pienso...

-Vale –Adrien se removió inquieto y sonrió, observando con sumo interés como Severus se alzaba la manga izquierda de su jersey negro y le mostraba su antebrazo. Vio el tatuaje en forma de calavera, e hizo una mueca de desagrado; pero sólo fue un segundo, porque luego sonrió y miró a su padre, que parecía estar realmente preocupado con todo ese asunto –Sí que es feo, Severus...

-Ya te lo dije yo... –el hombre sonreía con tristeza.

-Pero –Adrien pasó sus deditos sobre la marca tenebrosa y Severus se estremeció, notando una sensación extraña en el pecho que casi le cortaba la respiración... No eran muchas las personas que habían tocado esa marca... El Señor Tenebroso, por supuesto, cada vez que quería causarle dolor; Albus Dumbledore, una vez, cuando Severus acudió a él para pedirle ayuda; Mariah, mientras disfrutaban de las noches de pasión juntos; y, ahora, Adrien... Nunca antes se había sentido como ese día... Tan aliviado... No estaba avergonzado por una vez en su vida y, de pronto, sintió ganas de llorar... Adrien repasó las líneas que formaban el dibujo de la marca tenebrosa con cuidado, con aquella inocencia que caracterizaba a los niños, con la nariz arrugada y mirando el dibujo con asco... Mirando el dibujo, sí, porque no le gustaba, pero demostrándole su aprecio a Severus mientras lo tocaba, haciéndole sentir por primera vez en su vida que el pasado podía quedarse atrás para siempre- ¿No puedes quitártelo? O pintarte algo encima o... –Adrien dio un bote, entusiasmado, como si acabara de tener la mejor idea del mundo -¡Podrías ponerte eso que se ponen las mujeres en la cara!... Ma... qui...lla...je. –Severus sonrió; si eso fuera posible –Además... ¿qué más da que se vea? Si tienes calor, quítate el jersey y ya...

Severus miró al niño fijamente durante unos segundos; Adrien lo miraba expectante, esperando su respuesta con una sonrisa en el rostro. El niño tenía razón... ¿qué mas daba? Los muggles no sabrían lo que significaba la marca que tenía en el brazo, seguramente sólo verían lo que veía Adrien: un horrendo tatuaje. Y los magos... Bueno, no había magos cerca, nadie tendría que verle la marca tenebrosa y, si se la veían, Severus consideró de una forma bastante rápida que habían pasado demasiadas cosas en el mundo mágico como para que algún brujo ignorara que había trabajado como espía durante la mitad de su vida.

-¿Sabes qué? –Severus sonrió y volvió a taparse el brazo –Tienes razón... Es un tatuaje muy feo pero, ¿qué mas da que se vea? La verdad es que tengo calor...

-Bien... –Adrien sonrió, le dio un beso en la mejilla, y volvió a sus juegos, aparentemente satisfecho de haber hecho una muy buena acción. Severus lo observó detenidamente mientras jugaba, sin perder la sonrisa ni por un segundo, más contento que nunca por haber decidido que quería ser el padre de ese niño... ¿Qué haría sin él después de haber tenido la ocasión de conocerlo?

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Edward Burns recorrió por segunda vez en su vida el camino de tierra que separaba la carretera principal de la casa de Severus Snape al final de la calle de "Las Hilanderas"; portaba un maletín que contenía toda la documentación necesaria para formalizar la relación paterno-filial de Adrien Bellefort y su padre, en caso de que el adusto hombre decidiera finalmente hacerse cargo del niño, y algo en su interior le decía que así sería. No era fácil no encariñarse con Adrien a los cinco minutos de conocerlo; él mismo había llegado a echarlo de menos en algunos momentos, a pesar de haber estado tan liado con su trabajo, y esa mañana recorría el camino de tierra con la esperanza de que el niño lograra ser feliz después de la pérdida de su madre. Había visto la tristeza en los ojos del niño durante demasiados días y no le había resultado fácil enfrentarse a ella; ahora, esperaba que Adrien se sintiera a gusto en la casa y que su padre aceptara sus responsabilidades. No podía ser de otra manera.

Aún antes de tocar el timbre, la casa le pareció diferente, mucho más alegre que el primer día que estuvo allí, como si la vitalidad infantil de Adrien hubiera invadido las cuatro paredes de la vivienda; era como si todo se hubiera vuelto mucho más acogedor, como si el río estuviera menos sucio y el paisaje fuera menos siniestro... Como si todo se hubiera adaptado a la presencia de un niño allí para que su estancia fuera mucho más cómoda... El señor Burns llamó a la puerta aflojándose un poco el nudo de la corbata y, al cabo de unos segundos, escuchó los pasos acelerados de alguien que corría por el pasillo para atender a su llamada; la puerta se abrió y el hombre tuvo que agachar la cabeza para ver el rostro sonriente de un niño de pelo alborotado que parecía haber perdido todo el miedo que atenazara su cuerpecito el día que él mismo lo llevó a aquel lugar para presentarle a su padre; el señor Burns pudo echar un vistazo al interior de la vivienda y descubrió que presentaba un aspecto de lo más acogedor y, un segundo después, vio a Severus Snape acercarse con calma a él, vigilando atentamente a Adrien, mirándolo con un amor que le resultaba difícil de ocultar... Sí, todo iba a salir bien, de eso no cabía duda...

-¡Hola, señor Burns! –exclamó Adrien, mientras su padre llegaba a la puerta y le pasaba una mano por el pelo.

-¡Hola, Adrien! –el hombre esbozó una sonrisa y miró con curiosidad a Severus, apreciando el cambio que se había producido en él -¿Te has portado bien?

-Como un angelito –comentó Severus de buen humor, estrechando la mano del hombre y permitiéndole la entrada en la casa con cordialidad; lo guió hasta la salita de estar y le ofreció asiento -¿Quiere algo de beber? ¿Limonada, tal vez?

-Sí... Está bien.

Severus salió de la sala y Adrien se sentó frente al asistente social, mientras sus piernas colgaban alegremente y sus ojillos se fijaban en el hombre con calma, como si esperara a que le preguntaran algo... Se le veía contento, de eso no cabía duda, y era evidente que lo estaban cuidando bien...

-¿Cómo estás, Adrien?

-Muy bien, señor Burns... –el niño sonrió con dulzura –Usted tenía razón; mi papá me quiere...

-¿De verdad? Me alegra mucho oír eso...

-Podré quedarme con él, ¿verdad? –Adrien pareció temer una respuesta negativa –No ha venido para llevarme, ¿verdad?

-No, Adrien, puedes quedarte con tu papá... Si él quiere que te quedes, claro...

-Yo creo que sí quiere... –Adrien miró hacia la puerta, como esperando el regreso de Severus –Me ha comprado muchas cosas y me ha buscado un colegio y todo...

-Entonces, seguro que sí quiere –el señor Burns sonrió; en ese momento, Severus reapareció en la estancia, sentándose al lado de Adrien como si quisiera dejar claro que no iba a permitir que le alejaran de su hijo, y le tendió a su visitante un refresco; Edward observó la estampa familiar y decidió que no había motivo para retrasar más el asunto que le había llevado hasta allí, así que colocó su maletín sobre sus piernas y se dispuso a abrirlo, aunque antes debía asegurarse de que la convivencia entre el padre y el hijo estaba siendo satisfactoria para ambos- Adrien dice que ha encontrado un colegio para él...

-Así es –Severus cabeceó, mostrando una tranquilidad pasmosa –Está en el centro y me parece un buen sitio; si usted quiere, podemos ir a que lo conozca...

-Eso no será necesario –Edward abrió el maletín –Debo dar por supuesto que... No hay problemas con Adrien, digo... ¿usted quiere hacerse cargo de la tutela de forma... definitiva?

-Es mi hijo –Severus se encogió de hombros; no había tardado ni un segundo en responder, y Adrien sonrió, contento al oír esas palabras –Por supuesto que asumo su tutela.

-Bien –el asistente social cabeceó y sacó unos documentos de su maletín –En ese caso, tendrá que firmar unos papeles... Y, bueno, creo que ha llegado el momento de hacerle saber que la señorita Bellefort solicitó que su hijo conservara el apellido materno –el señor Burns habló con suma cautela, como si esperara que Severus se ofendiera con lo que estaba diciendo, pero el brujo no le daba importancia a eso... ¿Qué importaba si su hijo se llamaba "Adrien Bellefort" o "Adrien Snape"? Incluso sería menos problemático para él ser conocido con el apellido de su madre- Aunque podremos agregar el suyo, si lo desea...

-¿Adrien Bellefort-Snape? –Severus frunció el ceño y miró al niño -¿Qué te parece?

-Me gusta –dijo con voz chillona el pequeño.

-En ese caso... Terminemos con todo esto cuanto antes...

Y, efectivamente, media hora después, el señor Burns se iba de la casa, prometiendo a Severus que pronto recibiría su libro de familia, en cuanto los asuntos sociales terminaran de ultimar todo el papeleo necesario para que Adrien fuera, oficialmente, hijo suyo. La idea le causó vértigo al brujo unos segundos, hasta que sintió la manita de Adrien firmemente sujeta a la suya y se dio cuenta de que merecía la pena tenerlo cerca...

Adrien Bellefort-Snape... Su hijo.

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Severus estaba sentado en un banco del parque, observando a Adrien mientras el niño se tiraba una y otra vez por el tobogán; el pequeño había hecho buenas migas con un grupo de mocosos que iban a jugar allí todas las tardes y Severus se sentía contento por eso, porque veía a Adrien disfrutar con otros niños, porque cada día estaba un poco más feliz. Aquella misma mañana había obtenido su custodia legalmente y se sentía de lo más extraño, como si acabara de iniciar una nueva vida y ya no hubiera marcha atrás; estaba contento por ello, pero no podía evitar pensar un montón de barbaridades, como que había perdido su libertad, que no volvería a ser el mismo de antes, que ya no estaba solo y todo lo que planeara debía incluir a Adrien... Incluso ir a Howarts se le antojaba ahora un poco más complicado que unas horas antes, a pesar de que la situación no había cambiado demasiado, de hecho, seguía siendo la misma...

Adrien había abandonado el tobogán momentáneamente y se había ido con dos niñas idénticas, de pelo largo, castaño y rizado, a jugar en un cajón de arena; se iba a poner perdido, de eso no cabía duda. Severus no entendía muy bien la fascinación que tenían todos los niños por jugar con la tierra y supo que esa noche tendría que meterlo en la bañera durante un buen rato si quería dejarlo limpio; suspiró, resignado, y paseó su vista por el parque, buscando alguna clase de peligro; tenía la varita guardada en los pantalones de lino negros que se había puesto y estaba preparado para un posible ataque de los mortífagos. Esa tarde, por primera vez en muchos años, se había puesto una camiseta de manga corta (negra, para no variar) y había decidido olvidarse de sus temores pasados, ignorando la marca de su brazo y siguiendo los sabios consejos de un niño de cuatro años; hasta ese momento, nadie se había fijado con detenimiento en él. De hecho, esa tarde se fijaron menos en Severus que cuando andaba por la calle en manga larga, a pesar del verano y del calor... Era una situación extraña, pero se acostumbraría a ella... Debía hacerlo, al menos...

Mientras paseaba la vista por el parque, vio dos rostros que le resultaron familiares, y no tardó en recordar a la mujer que conociera una semana antes en el centro comercial. Carole Allerton llegó al parque acompañada de un hombre alto, rubio y apuesto, y de su hijo, que parecía estar tan malhumorado como siempre y... ¿asustado, quizás? Desde la distancia, Severus no podía escuchar lo que esa mujer y su acompañante estaban diciendo, pero era más que evidente que discutían; el niño, Josh se llamaba, los miraba con ojos llorosos y el ceño fruncido, hasta que el hombre le hizo un gesto bastante brusco para indicarle que se fuera a otro lado, un gesto que a Severus no le gustó un pelo, como tampoco le gustó la forma en que el hombre cogió por el brazo a la mujer para zarandearla bruscamente... Severus se sintió tentando de ir a ver que ocurría, pero sabía por experiencia que era mejor no entrometerse en las peleas "conyugales" (supuso que lo sería), y miró al niño rubio, que fue hasta el columpio y empezó a balancearse con desgana, sin quitarle los ojos de encima a su madre y al hombre que debía ser su padre.

Severus no fue el único que se fijó en el niño; Adrien, que se lo estaba pasando en grande con sus nuevos amigos, vio a su amigo-enemigo solo en el columpio, y guiado por algo que no supo muy bien como llamar, se acercó a él para que no estuviera solo. No se fijó en los adultos que discutían acaloradamente a unos metros de ellos, ni en que Josh los estaba mirando como angustiado; simplemente se puso enfrente del niño rubio y le sonrió amigablemente. Fue recibido con frialdad, pero no le importó demasiado. Adrien no se dejaba intimidar por una mala mirada de más o de menos, era algo típico de él y, gracias a eso, ahora estaba donde estaba...

-Hola –saludó, sonriente.

-Hola –le dijo el otro niño, después de unos segundos de silencio, comprendiendo que no iba a librarse de ese cabezota así como así. Se acordaba de él y del incidente en el centro comercial y, aunque no le caía del todo mal, no le apetecía hablar con él. Ni con nadie más, en realidad.

-Te llamas Josh, ¿verdad?

-Y tú Adrien, ¿no?

-Sí –Adrien señaló con un dedo el cajón de arena -¿Quieres jugar con nosotros?

Josh miró a Adrien un segundo y luego a su madre, que no parecía estar haciéndole mucho caso; finalmente, se encogió de hombros y aceptó la invitación. No iba a sacar nada en claro quedándose allí sentado, esperando a que el nuevo novio de su madre se fuera de una vez, como siempre hacían todos, aunque ese le caía especialmente mal...

Además, aunque no le gustaba reconocerlo, la última vez que jugó con Adrien se lo había pasado bien; bueno, cuando se pelearon no, el otro niño pegaba muy fuerte y le había mordido, pero después, cuando se hicieron amigos, había sido divertido. Y esa tarde no fue diferente; Adrien le presentó a sus amigos y los otros niños lo recibieron como si nada; cinco minutos después, Josh se lo estaba pasando en grande, y no le importaba que su madre estuviera discutiendo a voz en grito con el cretino de Adam.

-Suéltame –decía Carole, intentando zafarse de las manazas de aquel bestia; en buena hora se le ocurrió aceptar una invitación suya para salir a cenar.

-¡No vas a dejarme tirado! –decía Adam, fuera de sí, ganándose las miradas de todo el mundo, incluida la de un hombre de nariz prominente que arrugaba el entrecejo mientras vigilaba a los mocosos que jugaban en el cajón de arena.

-¡Vete a la mierda! –Carole, finalmente, se soltó de su brazo –Te he dicho que no quiero nada contigo, ¿eres imbécil o duro de oído?

-Si me dejas, date por despedida, zorra –decía Adam, mientras el hombre de nariz prominente se acercaba a ellos con paso decidido -¿Cómo vas a dar de comer al inútil de tu mocoso?

-Ya me las arreglaré –Carole miró a, su ya ex-novio con sumo desprecio –Sólo quiero que te alejes de mí y de mi hijo.

-¡Cómo quieras! –Adam dio una patada al suelo y miró a su alrededor, totalmente furioso –Pero mañana no aparezcas por la fábrica...

-No pensaba hacerlo, no te preocupes.

Carole fingió indiferencia cuando Adam la miró por última vez y se fue del parque lanzando maldiciones; aquella maldita relación era insostenible, pero ese cretino tenía toda la razón, ¿cómo se las iba a arreglar a hora para sacar a Josh adelante? Sobre todo cuando tenía que pagarle el colegio y el maldito alquiler de su apartamento.

-Buenas tardes, Carole Allerton.

Aquella voz profunda la asustó un momento; miró a su derecha y vio a Severus Snape a su lado, con las manos en la espalda y sonriéndole ligeramente. Era evidente que había escuchado su conversación, a juzgar por la manera que tenía de mirarla.

-Hola... Severus Snape –dijo, forzando una sonrisa.

-Parece ser que los enanos se llevan bien a pesar de sus diferencias iniciales...

Severus señaló a Adrien y Josh, que jugaban alegremente ajenos a los problemas de sus respectivos padre, y Carole sonrió... Estaba en una situación difícil, pero le gustaba ver a su hijo tan contento como en ese momento, sobre todo si tenía en cuenta que Josh nunca había sido un niño demasiado alegre...

-Sí... Eso parece...

Se produjo un breve silencio; Severus, que había oído todo lo que Adam le había dicho a la mujer que tenía a su lado, acababa de ver las puertas del cielo abiertas... Si ella aceptaba la proposición que iba a hacerle, sus problemas estarían resueltos, y los de Carole Allerton también...

-No quisiera ser indiscreto –dijo con gravedad, procurando restar importancia al asunto para que aquella mujer no se molestara con él –Pero no he podido escuchar lo que ese hombre le ha dicho...

-Ni usted ni medio parque –comentó con ironía Carole.

-Sí, bueno... Según lo que he oído, acaba de quedarse sin empleo...

-Supongo...

-Y yo doy por hecho que, desde este momento, está buscando otro trabajo...

-Podría decirse que sí –Carole se giró para mirar a Severus; no estaba enfadada, aunque pudiera parecer lo contrario -¿Está tratando de decirme algo?

-En realidad sí –Severus sonrió –Verá, es que precisamente ahora, ando buscando una... niñera para Adrien. En un par de semanas me re-incorporo a mi trabajo y necesito alguien que cuide de él mientras estoy fuera.

-¿Y su esposa? –Carole alzó una ceja; ella también había visto las puertas del cielo abiertas...

-Podría decirse que soy... viudo. En cualquier caso, no cuento con nadie para que se encargue de Adrien mientras no estoy y, bueno, usted tiene un hijo y actualmente no tiene trabajo...

-No pensé ni por un momento tener una oferta de ese tipo tan pronto –Carole movió la cabeza, como si no diera crédito a lo que había oído –Pero parece tentadora...

-En ese caso, quedemos mañana para hablar de los detalles –Severus dio un paso al frente y se metió las manos en los bolsillos –No es bueno mezclar los negocios con los... juegos de los niños.

-Supongo que no –Carole le lanzó a Severus una mirada de extrañeza.

-Podría pasarse por mi casa, si quiere. Hablaremos tranquilamente y, puesto que Adrien y su hijo pasaran bastante tiempo juntos, podrán empezar a conocerse.

-Me parece bien.

-Hasta mañana entonces –Severus inclinó la cabeza y, con una mano, llamó a Adrien, que no tardó en llegar a su lado –Nos marchamos ya.

Una hora después, Severus y Adrien llegaban a la casa y el brujo se llevaba al pequeño directo a la bañera, para quitarle la tonelada de tierra que envolvía su cuerpo casi por completo. Después de bañarlo, peinarlo y ponerle el pijama, se fueron a la cocina para cenar; luego, verían un rato la televisión y se irían a dormir, si es que Adrien no caía rendido antes, puesto que esa tarde habían pasado más tiempo en el parque que otros días. Efectivamente, a eso de las nueve, Adrien apoyó la cabeza en la pierna de su padre y se quedó dormido; Severus lo cogió en brazos con mucho cuidado y lo llevó a la cama, pensando en que esa era la primera ocasión en que hacía algo así. Observó a Adrien mientras dormía durante casi media hora, hasta que decidió que era mejor ponerse a trabajar en sus clases de pociones. Con el asunto de la niñera prácticamente resuelto, su trabajo era lo que debía preocuparle en los días que restaban para que terminara el mes de agosto.

Se quedó en la planta de abajo, atento eso sí a cualquier ruido que se produjera en la casa, y a eso de las once de la noche, Fawkes irrumpió en la estancia, entregándole una cartita con suma elegancia y marchándose tan rápido como había llegado. La próxima reunión de la Orden del Fénix tendría lugar en Grimmauld Place al día siguiente, a las cinco en punto de la tarde...

Y en el próximo capítulo, titulado "El número 12 de Grimmauld Place"

Efectivamente, después de que Severus leyera aquel trozo de pergamino, algo raro empezó a suceder entre el número once y el número trece. Adrien, al principio, pensó que ocurría algo malo y se agarró al cuello de su padre aunque, por alguna extraña razón, no pudo retirar la vista del lugar que el brujo le indicó. De pronto, las casas anteriores empezaron a moverse, desplazándose hacia los lados para dejar paso a una casa más, una casa de aspecto tétrico que se fue alzando lentamente ante los ojos de Adrien mientras el niño se ponía en tensión y abría la boca totalmente fascinado sin acertar a decir una sola palabra; de entre todas las cosas "especiales" que había visto desde que se fuera a vivir con su papá aquella era, sin ninguna duda, la más impresionante de todas. Después de todo, había muy pocos niños de cuatro años que tenían la ocasión de ver aparecer una casa tan grande (y fea, al menos a Adrien no le agradó demasiado su aspecto) ante sus ojos... Unos pocos segundos después, la casa se alzaba ante Severus y el pequeño en todo su esplendor, invitándolos a entrar (aunque el llamador de la puerta no fuera precisamente algo que a Adrien le gustaría tocar, claro)

-¡Güau!