Medianoche …

Nota Aclaratoria: Esta es una adaptación de la historia medianoche de la gran escritora Claudia Gray, los personajes de Sailor Moon no me pertenecen, son de Naoko Takeuchi

Capítulo 10

La primera nevada del invierno fue una decepción para todos: apenas cuatro centímetros que dieron lo justo para fundirse, convertirse en hielo y volver las aceras resbaladizas. Las laderas tenían un aspecto moteado y triste, y los montes, amarillentos y parduzcos, estaban salpicados de montoncitos de nieve medio derretida. Al otro lado de la ventana del dormitorio de la torre, perlas de agua helada rociaban las escamas y las alas de la gárgola. Ni siquiera había suficiente nieve para salir a jugar o para disfrutar de su contemplación.

—Pues a mí me parece perfecto —dijo rei, poniéndose una bufanda de color verde fosforescente alrededor del cuello con destreza—. Me gusta que haga un poco de sol.

—Ahora que ya puedes volver a salir a tomarlo, te refieres.

La obsesión de rei y todos los demás de hacer «dieta» antes del Baile de otoño había sido muy frustrante. Como todos los vampiros que se negaban a beber sangre, estaban cada vez más esqueléticos... y más vampíricos. Mina y su corte de admiradores se habían mantenido alejados del sol, algo de lo que no ha de preocuparse un vampiro bien alimentado, pero que resulta muy doloroso para uno famélico. Había tenido que tragarme horas enteras viendo cómo rei se paseaba delante del espejo intentando verse mientras su reflejo, rayando en la invisibilidad, se desvanecía con el paso del tiempo. También me había parecido que se comportaban con mayor crueldad, pero con esa gente nunca se podía estar seguro.

Rei sabía a qué me refería y sacudió la cabeza, exasperada conmigo.

—Estoy bien desde el día del baile. ¡Valió la pena pasar unas cuantas semanas apretándose el cinturón y manteniéndose a la sombra! Tarde o temprano tú también descubrirás el valor del sacrificio. —Al sonreír, se le formaron unos hoyuelos en sus rechonchas mejillas—. Aunque va a ser difícil mientras darien esté por aquí rondando, ¿no?

Estuvimos riendo un buen rato de uno de los pocos temas que compartíamos y sobre los que bromeábamos. Me alegraba que nos lleváramos tan bien en general porque, entre el problema de hotaru y que se acercaban los exámenes, necesitaba el mínimo estrés posible en mí vida.

Los finales fueron increíbles. Ya me lo esperaba, pero no por eso los exámenes de la señora Beryl se hicieron solos ni el de trigonometría resultó más fácil. Mi madre demostró una veta sádica desconocida hasta el momento al guardar celosamente cualquier cosa que hubiera mencionado en clase, aunque al menos un pequeño balanceo sobre los talones había revelado con antelación el ejercicio que más puntuaba, el trabajo sobre el Compromiso de Missouri. Espero que eso signifique que a diamante le está yendo bien, pensé mientras escribía tan rápido que acabó entrándome rampa en la mano. Solo esperaba que a mí me fuera al menos la mitad de bien que a él.

Me volqué por completo en el estudio durante las semanas finales, y no solo por la dureza de los exámenes, sino también porque el trabajo me servía de distracción. Hacer que hotaru repasara conmigo constantemente la ayudó a dejar de pensar en lo que había estado a punto de suceder en el bosque. Aunque también contribuyó que la señora Beryl amonestara a yaten, lo que se traducía en que él se pasaba prácticamente todo el tiempo libre que tenía fregando los pasillos y mirándome con odio siempre que se le presentaba la ocasión.

—No me fío de ese tío —dijo darien en una ocasión, al pasar por su lado.

—Sois incompatibles.

Y no mentía, aunque conocía razones mucho mejores para no confiar en yaten.

A pesar de nuestros esfuerzos por tener a hotaru entretenida, la angustia no la abandonaba. El acoso de yaten había multiplicado los miedos que ella hubiera albergado desde siempre en su interior. Las oscuras ojeras bajo sus ojos revelaban que hotaru no era capaz de conciliar el sueño por la noche y un día apareció en la biblioteca con el pelo recién cortado... a tajos. Era obvio que se lo había hecho ella y no con demasiada maña.

—¿Sabes? En mi pueblo solía cortarle el pelo a mis amigos... —dije, tratando de ser diplomática y apartando los libros a un lado para que pudiera sentarse junto a mí.

—Ya sé que llevo un peinado muy cutre. —hotaru ni siquiera me miró al dejar la bolsa en el suelo con un golpe sordo—. Y no, no quiero que ni tú ni nadie intente arreglarlo. Espero que parezca cutre, igual así dejará de mirarme.

—¿Quién? ¿yaten? —preguntó darien, poniéndose tenso de inmediato.

Hotaru se derrumbó en su silla.

—¿Quién crees tú? Pues claro que yaten.

Hasta ese momento, no me había dado cuenta de que yo no era a la única a la que yaten miraba fijamente. Lo había interrumpido en medio de una cacería, decidido a beber la sangre de hotaru y tal vez... Tal vez incluso a hacerle daño. Según lo que me habían contado mis padres, la mayoría de los vampiros no mataban nunca. ¿Sería yaten la excepción que confirmaba la regla?

«Seguro que no —pensé—. La señora Beryl no permitiría la entrada en Medianoche a nadie así.»

Cuando darien cambió de tema rápidamente y le pidió a hotaru los apuntes de la clase de biología de mi padre, lo miré y una vez más sentí la fuerza del deseo, el ansia de la posesión que me asaltaba continuamente en su presencia. «Mío —pensé—. Quiero que seas mío para siempre.»

Siempre había dado por sentado que era el corazón el que hablaba, pero tal vez fuera otra cosa. Quizá esa necesidad de reclamar la posesión de alguien formaba parte de ser un vampiro y, por tanto, era más poderoso que cualquier deseo humano.

Era evidente que yaten no albergaba los mismos sentimientos hacia hotaru que yo hacia Darien, pero si únicamente sentía por ella una décima parte del derecho de posesión que yo sentía por darien...

... entonces era imposible que fuera a dejarla en paz.

Esa noche volví a encontrarme con hotaru en el lavabo. Estaba vaciando en la mano el bote de pastillas para dormir que le había recomendado, cuatro o cinco.

—Ojo, a ver si vas a tomarte demasiadas —dije.

hotaru me miró, inexpresiva.

—¿Y ya no me despierto? Tampoco suena tan mal. —Suspiró—. Créeme, serena, con estas no tienes ni para empezar si quieres matarte.

—Son más de las que necesitas para dormir.

—No con los ruidos del tejado. —Se metió las pastillas en la boca y luego se inclinó para beber un par de tragos directamente del grifo del agua fría del lavabo—. No han desaparecido —dijo, después de secarse la cara con el dorso de la mano—. Creo que ahora son más fuertes. Y no paran. Y estoy segura de que no me los estoy imaginando.

Aquello empezó a darme mala espina.

—Te creo.

Lo había dicho sin más, pero hotaru me miró con ojos desorbitados.

—¿De verdad? —preguntó, apenas con un hilo de voz—. ¿En serio? ¿No lo dices por decir?

—De verdad, te creo.

Para mi sorpresa, se le llenaron los ojos de lágrimas. Hotaru se apresuró a retenerlas parpadeando varias veces, pero yo sabía que las había visto.

—Nadie me había creído hasta ahora.

Me acerqué un poco más a ella.

—¿Acerca de qué?

Sacudió la cabeza, negándose a contestar, pero cuando pasó junto a mí de camino a su dormitorio, me tocó el brazo, solo un segundo. Viniendo de hotaru, aquello había sido casi como un abrazo de oso. No tenía ni idea de qué la atormentaba de su pasado, pero sabía que yaten no la dejaba vivir en paz. Seguramente él no tenía intención de hacerle daño, pero sí parecía el tipo de persona que disfrutaba mortificando a los demás.

Y en eso último sí que podía echarle una mano a yaten.

Esa misma noche, bastante después del toque de queda, me levanté y me puse los téjanos, las zapatillas deportivas y mi jersey negro de abrigo. Me encasqueté la gorra de punto negro en la cabeza, bajo la que oculté mi melena rubia. Dudé un par de segundos si pintarme unas rayas negras en las mejillas y la nariz, como hacían los cacos en las películas, pero al final decidí que tampoco hacía falta exagerar.

—¿Sales a tomar un tentempié? —masculló rei a su almohada—. Las ardillas hibernan. Comida fácil.

—Solo voy a dar una vuelta —contesté, aunque rei ya había vuelto a dormirse.

Noté el gélido aire nocturno cuando me encaramé a la repisa de la ventana, pero los guantes y el jersey negro me protegían del frío. En cuanto recuperé el equilibrio sobre la rama del árbol, estiré los brazos hacia las ramas superiores y fui apuntalando los pies contra el tronco para que me sirviera de apoyo. Algunas ramas crujieron bajo mi peso, pero no se quebraron. Al cabo de unos minutos, había llegado al tejado.

Al tejado de la parte más baja del edificio, claro. Unos metros más allá, la torre sur se alzaba hacia el firmamento nocturno. Si alargaba el cuello, incluso se distinguían las ventanas oscuras de las estancias de mis padres. Al otro lado estaba la gigantesca torre norte y, en medio de ambas, se encontraba el tejado de tablillas del edificio principal. No se trataba de una superficie plana, sino de una extensión a varios niveles, fruto de la lenta y dilatada construcción de la escuela a lo largo de los siglos, en que las añadiduras no acababan de ensamblarse a la perfección con el resto. Se parecía un poco a un mar embravecido, con olas encrespadas y rompientes que desprendían un fulgor negro azulado a la luz de la luna.

Apreté los dientes y gateé por la pendiente que tenía más cerca, procurando moverme en el más absoluto silencio. Si alguien había salido a tomar un tentempié, daba igual que me viera o no. Sin embargo, si alguien había subido hasta allí con otras intenciones, prefería contar con el factor sorpresa a mi favor.

A pesar de que no dejaba de recordarme que no había nada que temer, estaba muerta de miedo. Sabía que no se me daban bien los desafíos: cuando tenía que enfrentarme a quien fuera, solía agachar la cabeza. Sin embargo, alguien tenía que defender a hotaru y, por lo visto, yo era la única que podía hacerlo, así que procuré olvidar las mariposas que revoloteaban en mi estómago y me animé a seguir adelante.

Intenté visualizar mentalmente la disposición de las habitaciones bajo mis pies, concentrándome para ubicar el dormitorio de hotaru, que estaba en el otro extremo del pasillo, lejos de la habitación que yo compartía con rei. Nuestro dormitorio caía debajo de la torre sur, pero hotaru no tenía la misma suerte. No, alguien podía montar guardia sobre su habitación, a tan solo unos metros por encima de su cabeza mientras ella dormía.

Eché a andar en cuanto estuve segura de la localización del dormitorio y la memoricé. Por fortuna no había hielo, por lo que no resbalé demasiado mientras iba de teja en teja, a veces caminando y otras gateando. Agudicé el oído durante todo el camino, atenta a cualquier sonido: una pisada, una palabra, incluso una respiración. La conciencia de un posible peligro había despertado mis instintos más oscuros y me había afinado los sentidos. Estaba preparada para cualquier cosa.

O eso creía.

Apenas me encontraba a unos metros de la zona de dormitorios de hotaru, cuando oí un chirrido que recorría todo el tejado. Un sonido prolongado, parsimonioso y seguramente deliberado. Allí había alguien. Alguien que quería que hotaru lo oyera.

Me detuve junto a la siguiente pendiente inclinada, con cautela. Allí estaba yaten, agazapado entre las sombras, con una rama partida en la mano, que arrastraba arriba y abajo sobre las tejas de pizarra.

—Serás... —murmuré.

Yaten se enderezó de repente, sorprendido. Su modo de reaccionar y la manera en que se envolvió rápidamente en su largo abrigo me obligaron a preguntarme qué estaba haciendo con la otra mano. Asqueada y nerviosa, me entraron ganas de dar media vuelta y salir corriendo, pero conseguí mantenerme en mi sitio.

—Piérdete.

—¿Quién es ahora el que se salta las normas? —murmuró yaten, mirando a su alrededor—. No puedes delatarme sin delatarnos a ambos.

Me acerqué a él, lo bastante para llegar a tocarnos. Nunca antes se había parecido tanto a una rata, con ese rostro chupado y su nariz aguileña.

—No dudaré en hacerlo.

—Uy, sí, qué miedo, saltarse el toque de queda. ¿Y qué? Todo el mundo lo hace. Les da igual.

—No has salido en busca de comida, estás acosando a hotaru.

Yaten me dirigió la mirada más indignada que jamás le había visto a nadie, como si yo fuera algo que evitaría de un salto si me encontrara tirada en la acera.

—No tienes pruebas.

La rabia que se despertó en mi interior ahogó el miedo. Todos mis músculos se tensaron y mis incisivos empezaron a alargarse hasta convertirse en colmillos. Cuando se reaccionaba corno un vampiro, no había marcha atrás.

—¿Eso crees?

Lo cogí de la mano y le mordí con fuerza.

La sangre de un vampiro no sabe como la de un humano ni como la de algo vivo. Ni sabe bien, ni sacia, en realidad ni siquiera alimenta. Es información. El sabor de la sangre de un vampiro revela lo que siente en ese mismo instante. Hasta cierto punto tú también compartes esas sensaciones y empiezas a recibir imágenes en tu cabeza que apenas unos segundos antes se encontraban en la mente del vampiro. Me lo habían enseñado mis padres, incluso habían dejado que lo probase con ellos en un par de ocasiones, aunque cuando les pregunté si alguna vez se habían mordido entre ellos, ambos parecieron azorarse mucho y me preguntaron si no tenía deberes que hacer.

Al saborear la sangre de mis padres solo había sentido amor y gozo, y había visto imágenes de mí misma de pequeña, más guapa de lo que era en realidad, curiosa por conocer el mundo. La sangre de yaten era diferente. Era el horror.

Sabía a resentimiento, a rabia y a un ansia desmesurada por segar vidas humanas. El líquido estaba tan caliente que ardía y tan turbio que me revolvió el estómago, negándose a admitir ni a la sangre ni a él. Una imagen titiló en mi mente y fue haciéndose mayor y más nítida a cada segundo que pasaba, como un fuego que se propaga fuera de control: la de hotaru tal como yaten deseaba verla: desparramada en la cama, con el cuello abierto, boqueando su último aliento.

—¡Ay! —yaten se zafó de un tirón—. ¿Qué coño crees que haces?

—Quieres hacerle daño. —Me resultaba difícil controlar la voz. Estaba temblando, aterrada por la violenta escena que acababa de ver—. Quieres matarla.

—Querer una cosa no es lo mismo que hacerla —replicó—. ¿Crees que soy el único de por aquí que quiere hincarle el diente a un poco de carne fresca de vez en cuando? Vas lista si piensas que van a castigarme por eso.

—¡Que te largues de su tejado! Vete y no vuelvas más. Si lo haces, se lo diré a la señora Beryl. Puedes estar seguro de que me creerá y de que te pondrá de patitas en la calle.

—Pues hazlo. Estoy harto de este sitio. Aunque me merezco una alegría antes de irme, ¿no crees?

Yaten se echó a reír y por un momento creí que, después de todo, quería pelear conmigo. Sin embargo, lo que hizo fue saltar del tejado sin molestarse siquiera en atrapar la rama de un árbol en su caída.

Nunca antes había sentido nada comparable a esa ira ciega y recé para no volver a sentirla jamás. A pesar de lo lúgubre y mezquino que pudiera resultar Medianoche, tenía la sensación de haberme enfrentado a la verdadera maldad por primera vez.

Hotaru me había preguntado en una ocasión si creía en el Mal y yo le había dicho que sí, pero hasta ese momento no sabía qué cara tenía. Temblorosa, hice una par de profundas inspiraciones intentando recuperar la compostura. Tenía que pensar detenidamente sobre lo que había ocurrido, pero esa noche lo único que quería era irme de allí cuanto antes.

Avancé un par de pasos y me dejé resbalar por la pendiente del extremo del tejado para echar un vistazo al lugar en que yaten había aterrizado. Quería asegurarme de que se había ido de verdad. Sin embargo, al empezar a bajar, vi otra figura en la oscuridad, como una sombra agazapada al abrigo de las olas. Tal vez yaten no estaba solo.

—¡Quieto! —dije—. ¿Quién anda ahí?

La figura se enderezó lentamente, asomando a la luz de la luna. Era darien.

—¿darien? ¿Qué haces aquí?

Enseguida comprendí que había preguntado una tontería. Darien había ido hasta allí por la misma razón que yo, para comprobar si yaten estaba acosando a hotaru. No respondió. Me miraba fijamente, como si no me conociera y retrocedió un paso.

—¿darien?

Al principio no comprendí por qué me rehuía, pero entonces caí en la cuenta: los colmillos todavía no se habían retraído y tenía la boca manchada de sangre. Dependiendo del tiempo que llevara allí agazapado, me habría visto hablar con yaten... y me habría visto morderle...

«darien sabe que soy un vampiro.»

La mayoría de la gente ya no cree en vampiros y tampoco lo creería por mucho que uno se esforzara en convencerla, pero darien no necesitaba que nadie lo convenciera, sobre todo cuando tenía delante a un vampiro de colmillos largos con sangre en los labios. Me miraba como si fuera una extraña... No, como si fuera de otro planeta.

Acababan de desvelarse los secretos que toda mí vida había luchado por proteger.

Hola a todos, lo se lo se me perdi un buen tiempo. No saben cuanto lo siento,

Usagi de Chiba