La lista y la trampa.

No tuve una nueva oportunidad de intentar hacerlo entrar en razón por ese día. Sherlock jugando a las escondidillas en Hogwarts... No había modo de que lo encontrara si él no quería ser encontrado, y más estando tan resentido conmigo. Estuve intranquila, las clases fueron un desastre para mí y me costó conciliar el sueño en la noche. Desperté ese sábado muy temprano para ser un día libre, y lo primero que pensé fue que era un día menos para la llegada de la luna llena.

Bajé a la sala común con la intención de encontrar un juego mágico con el que intentar distraerme, y me encontré de nuevo a Sherlock. Pero era el Sherlock Holmes anterior al ataque del invernadero. Estaba sentado en la Sala Común leyendo de un libro para hacer una tarea de Historia de la Magia como si nada, mientras a mí me había costado conciliar el sueño en toda la noche... Me hizo enojar tanto, que decidí sentarme en la butaca más cercana a él sin más. ¿¡Cómo podía presentarse tan calmado, tan manso, como si no pasara nada!?

—Así que vuelves a estar al descubierto. No sé si me alegro o no de ello. ¿Le será más fácil a X encontrarte aquí?

—Si es Ravenclaw, por supuesto que sí —respondió con un tono de suficiencia insoportable, aún escribiendo—. Lo cual es muy posible, ha demostrado tener una gran inteligencia.

—¡Por el amor de Dios! Todo ese plan es disparatado, ¡y lo sabes! —Él ni siquiera apartó la vista del pergamino ante mi exabrupto. Mis manos se cerraron en puños de lo enfurecida que estaba pero había aprendido, de verlo discutir con la profesora McGonagall, que mantener controlado el carácter era la mitad de la batalla en una discusión con él—. Evade todo lo que quieras, Sherlock, pero eso no quita que ponerse en el punto de mira de alguien que casi mató a un profesor, no es lo más sano ni el único modo de proceder.

Él por fin me miró, entre interesado y altanero.

—Si tienes una idea para saber su motivación ya, cuando estamos a dos días de la luna llena y de que todo el estudiantado se vaya a las vacaciones de las que no creo que X vuelva; soy todo oídos.

No me vi venir que pidiera mi opinión, y eso me dejó abriendo y cerrando la boca, queriendo decir algo muy inteligente en ese mismo momento, pero sin dar con ello. Sherlock pareció satisfecho.

—Eso creí. Ahora, si me disculpas... —e iba a volver a su tarea.

—Háblame más de ese conjuro que X va a hacer —pedí a la desesperada—. Tal vez con una mirada fresca demos con otra salida.

Sherlock pareció debatir la idea contra sí mismo. "Vamos", le insistí, y él se dio por vencido.

—No es nada del otro mundo. Tiene que iniciarse en luna creciente y está lista, después de fermentar, en tres o cuatro días. Debe ser activada en luna llena y pierde el efecto con el inicio del cuarto creciente.

—¿Cómo funciona?

Sherlock acercó la silla un poco más. Un grupo de chicos sexto habían bajado desde las habitaciones y se nos habían quedado mirando. Cuando volvió a hablar mucha de su acidez se había ido, y se fue diluyendo mientras más palabras decía:

—Como te dije, X debe tener frente a sí la lista. El papel y tinta no son en sí el hechizo. El pergamino está metido en un cilindro de metal y cedro partido a la mitad, y lleno de runas. Es ahí donde está el hechizo que, entre otras cosas, dice a quiénes y a cuenta de qué debe buscarlos para poner su nombre, fecha de nacimiento y dirección en el pergamino. —Hasta ese momento, empecé a tener idea de lo útil y, por lo tanto, valiosa que podía ser la lista... Porque no necesariamente tenía que ser la lista de Hogwarts. Sherlock vio en mi expresión que lo había entendido, y sonrió apenas—. El conjuro que X usará, será como una tinta que puede reescribir parte de ese hechizo. Entre otros ingredientes, el ácido de la estómago de tierra borrará la anterior parte del hechizo y la sustancia de los peces esponja limpiará la destrucción detrás de la estómago para que el hechizo no se pierda, sino que sea cambiado según la recitación que ella haga y las nuevas runas que delinee.

—Podría buscar a todo tipo de personas —comenté, ida.

—La lista es tan exacta, que hasta dice en qué habitación de tu casa estás... Si estás en Gran Bretaña y estudiaste en Hogwarts, siempre sabrá dónde duermes. Pero X podría cambiar y ampliar los parámetros a su antojo. El hechizo tiene ese potencial.

Estuve viendo hacia el cielo despejado más allá de una ventana por varios segundos, pensando en todo, sin poder concentrarme en algo en específico. Hubo algo que aún no entendía.

—Dijiste ayer que todo tenía que ver con un efecto de habituación a una conexión...

—Sí. Uno de esos principios básicos que no se conocen mucho: con el tiempo, la magia se habitúa a un modo de ser hecha. Por eso se debe decir lumos en vez de luz, y por eso la lista se comanda a sí misma para hacer lo que hace y cómo lo hace. Ese pergamino no puede ser quitado del cilindro y hacerle otro como si tal cosa, se debe cambiar el hechizo que ya tiene en vez de sustituirlo, porque es en verdad complejo y no tiene igual. El solo hecho de haber conseguido la manera de cambiarlo a su conveniencia ya es toda una hazaña para X y quien sea que esté haciendo la poción fuera de Hogwarts.

Encontrar a cualquier persona. Algo me decía que la señorita que había atacado al profesor Longbottom por solo un ingrediente, no tenía la mejor de las intenciones para su uso.

—¿Qué dice el auror Lestrade sobre la lista de Hogwarts y los registros de la Red Flu?

Sherlock dio un bufido frustrado.

—Él simplemente no quiere escuchar. Tal vez lo haga si le enviara un howler. A veces, la mejor manera de hacer que alguien sea útil es retándole.

—Ni se te ocurra Sherlock, ¡Por las barbas de Merlín! —me masajeé el rostro, suplicando paciencia y raciocinio. Lo encaré de nuevo—: ¡Puedes reforzar la seguridad de la lista! Decirle al profesor Flitwick que lo haga, pedir ayuda a los elfos domésticos... ¿Por qué parece que siempre te decantas por las ideas extremas?

Sherlock me hizo un ademán con la mano para que me callara, y se acercó aún más. Su susurro fue muy perentorio.

—Las paredes pueden tener ojos, y hay miles de orejas extendibles por ahí... —esperó a ver mi anuencia, miró alrededor furtivamente, y luego prosiguió—: Uso estas medidas porque las comunes no me son útiles. No me mal entiendas, esas fueron muy buenas ideas... Si en verdad supiera que X va a por la lista. Pero, como aún no lo sé, no puedo ir donde McGonagall solo con mi palabra de respaldo.

—¡Claro que puedes!

Sherlock me miró fijamente, tan incrédulo por mis palabras que parecía buscar la mentira en ellas. Le sorprendió no encontrarla y, creo, también le enterneció. El ambiente se enrareció con su incomodidad mientras Sherlock se recostaba en el respaldar de su silla.

—A veces es demasiado evidente que acabas de llegar a Hogwarts, Watson. Yo estoy aquí desde los once años... —Pareció que iba a decir algo más íntimo, pero decidió no hacerlo. Aún así, era palpable su dificultad para hablar. Algo que había empezado a asociar con que él se adentrara a terreno más personal—. El desarrollo de mi método de observación se basa en el ensayo y error sobre bases probabilísticas. En mis primeros años aquí, perdí todas mis oportunidades de ser creído después de haber vivido varios errores.

—Pero ya no eres un niño de once años, el profesor Longbottom fue atacado y esos dos ingredientes, robados. —Intenté animarlo y hacerlo reaccionar al instante—. Por lo menos debemos decirle al profesor Flitwick, para que él haga algo por proteger la lista.

Pude ver como mi punto de vista mellaba en él, aunque no sin pelea.

—Si lo hiciera, ¡y estoy diciendo "si"! Eso no quitaría que me diste dos días antes de delatarme, Watson.

Sonreí.

—¿Vamos a buscar a Flitwick?

Sherlock troceó un pedazo de pergamino y escribió en él.

—Es fin de semana, él está en su casa. Esta es su dirección. Estás en libertad de decirle lo de la lista, no lo de la trampa. ¿Entendido?

—Entendido.

—Sabes que si mandas esa carta te perderás New York, ¿verdad?

—Y tú, a Hogwarts.

—Si estoy en lo correcto, no me parecerá tan insufrible.

Sellamos el pacto cuando cogí la dirección del profesor de su mano. Sherlock volvió a su tarea de Historia de la Magia, y yo fui en busca de la lechucería.

-o-

Me sorprendí al ver llegar la lechuza en la hora del almuerzo y, como él me respondía en esa carta, que el profesor Flitwick iba a viajar por la red Flu esa misma tarde. A las tres en punto, Sherlock y yo estábamos frente a la puerta de su oficina, esperándole. Le vimos doblar una esquina y animar su paso al vernos ahí.

—Buenas tardes, Joan, Sherlock... Espero que después de esto sí disfruten un poco más su sábado en Hogwarts —nos dijo al llegar, sacando su varita del bolsillo para destrancar la puerta.

—Eso espero también, profesor —contesté yo—. Muchas gracias por haber venido en fin de semana.

Él encogió los hombros.

—Estoy tan acostumbrado a la marcha en Hogwarts, que a veces me aburro de descansar.

—¿Tiene algún otro hechizo extra en la puerta, profesor? —preguntó Sherlock, mientras se encorbaba para entrar a la oficina.

—Tendrá un detector de voz en unos momentos. Quédense aquí. —Hizo mover dos de las sillas para que nos sentáramos cerca de la puerta y, luego, un taburete voló por sobre el escritorio y desde fondo hasta el centro de la estancia—. Hay tantos hechizos que quedan por fuera del programa de estudios, que me parece una gran oportunidad enseñarles un par de los protectores en esta ocasión... ¿Quieren ver la famosa lista de cerca?

Yo ya lo estaba haciendo. Estaba sobre el taburete que él acababa de mover. La letra era muy pequeña y el rollo amarillento, muy grueso y de papel fuerte. Tenía algunos parches de carbón, que se hacían más y más recurrentes hasta el final del mismo, en donde había un borde quemado.

—Borra a los muertos. Cuando toda la generación de estudiantes ya no está, el rollo quema esa parte. Así no es interminable —me explicó Sherlock.

El profesor estaba buscando algo en sus gavetas mientras comentaba:

—Así que, el lunes la señorita Watson se quedará con nosotros y usted, señor Holmes, se irá a pasar la navidad en Londres. —Sacó una larga cinta dorada—. Espero que hayan tenido buenas razones para eso.

—Sí, profesor. Verá...

—Primero que todo —me interrumpió Sherlock—. ¿Podría revisar si hay escuchas mágicas en la oficina, por favor?

No lo hubo. Luego sabríamos que X oyó toda esa conversación con un hechizo de escucha que estaba debajo de la ventana, en la parte exterior de la oficina.