Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Magnolia822, yo solo la traduzco.


AN ACQUIRED TASTE

Capitulo diezHora del té

La noche anterior a mi... reunión para el té con Edward, me senté en mi sofá con una humeante bolsa de palomitas y una cerveza fría, preguntándome si poner el sexto episodio de El Chef más Caliente de América.

Por un lado, probablemente me pusiera más nerviosa de lo que ya estaba. Temía el prospecto de una noche de insomnio por delante y, ciertamente, ver a Edward actuar como un gilipollas en la televisión no haría mucho por aliviar mis dudas residuales. Todavía quedaba por ver cuanto de ese personaje había en su vida real, y me molestaba haber empezado a considerar la posibilidad de que tal vez... solo tal vez... él no era el cabronazo que parecía ser.

¡Por supuesto que vamos a verlo! Gritó la voz de mamá.

Sí, probablemente esté bien verlo. Conoce siempre a tu enemigo, acordó la voz de papá.

Genial, mis padres empezaban a llevarse bien incluso en mi cabeza. Consideré no ver el programa de Edward solo para molestarles, especialmente mientras recordaba mi conversación más reciente con mi padre y, junto a ella, la irritación que sentía por mi madre. Si ella planeaba romperle el corazón de nuevo... No confiaba en ella. Para nada.

Al final, aparté esos problemáticos pensamientos mientras mi curiosidad me superaba. Cambié al Canal Cocina; el programa ya había empezado.

Edward caminaba de un lado a otro de la cocina, pareciéndose un poco a un tigre con su salvaje pelo cobrizo e igual de salvaje. Los concursantes parecían nerviosos mientras trabajaban para superar la prueba. Esa semana tenían que preparar y servir una cena de cuatro platos para una fiesta de siete cocineros famosos, incluyendo Bobby Flay y Cat Cora, así que había bastante presión. Las votaciones empezarían en solo un par de episodios, el anunciante se lo recordó a la audiencia con un tono de presagio. Rápidos cambios de ángulo de cámara reafirmaban la frenética energía de la habitación y, no por primera vez, me alegraba de estar cómoda en casa y no dejándome a mí misma en ridículo en la televisión nacional.

PV maulló y saltó al sofá a mi lado, olisqueando mi bol. Le ofrecí un pequeño trozo de palomita y ella lo lamió. La mirada de desdén que me lanzó me dejó saber que no tenía interés alguno en tal burdo alimento.

― No es Savory Salmon, ― dije, tirando el trozo. ― Pero hey, estamos cubiertas en ese aspecto. ― Durante un año. Tal vez dos.

Cuando Edward apareció, mi atención fue de vuelta al programa. Tenía una innegable presencia irresistible. Tenía sentido que le hubieran dado su propio programa; cuando él estaba en pantalla, todo lo demás era ruido de fondo. Excepto por Zafrina; sus payasadas la mantenían como centro de atención.

― ¡Oh bleep! ― Los censores editaron el taco de Siobhan. Al ser normalmente tímida y callada, el estallido parecía un poco fuera de carácter para ella hasta que me di cuenta de que se había quemado la mano con una sartén de hierro fundido caliente; la quemadura parecía ser bastante mala. Mientras que los otros cocineros se movían de un lado a otro, intentando decidir quién se haría cargo de su puesto, Edward acompañó en silencio a Siobhan hasta el fregadero y sostuvo su mano bajo el agua fría. El gesto me sorprendió y ella se veía igual de impresionada, sus ojos verdes se abrieron como platos detrás de las gafas de pasta dura cuando Edward la soltó.

Igual de rápido, su actitud cambió de nuevo.

― Esto no es Madagascar, ― dijo con un pequeño gruñido, apartándose de ella. ― Ya no estás tratando con monos.

― Lemures de cola anillada, ― susurró ella. ― Son primates, pero no son monos.

― Oh, por el amor de... ― Lanzó las manos al aire y suspiró audiblemente antes de volver a la acción. Intenté no reír pero me encontré a mí misma teniendo la misma reacción. ¿Cómo demonios había acabado esa mujer en una cocina?

Esa noche apagué la televisión sin sentirme más cerca de desentrañar el misterio de Edward Cullen. Tal vez, lo que fuera que sucediera al día siguiente ayudaría a darle algo de luz, pero no contaba con ello.

- . - . - . - . -

Edward me dio su dirección durante nuestra conversación en el chat el viernes. Sucedía que, mientras que normalmente podía salir en público sin ser acosado por la prensa y los paparazzi, a los fans les costaba más mantener la distancia. Para asegurar nuestra privacidad, sugirió que fuera a su casa a tomar el té, asegurándome que lo que tenía que decir sería expresado mejor sin audiencia.

Aunque definitivamente no teníamos una cita, elegí mi ropa, una falda blanca de algodón y sandalias de cuña, con cuidado, intentando no pensar demasiado en mi motivación para hacerlo. Podría haber caminado hasta Tribeca, pero la húmeda tarde de junio me habría convertido sin duda en un desastre sudoroso. Así que cogí un taxi con una sensación combinada de entusiasmo e inquietud.

Situado en uno de los vecindarios más modernos de Nueva York, el complejo de apartamentos del cambio de siglo era impresionante sin ser excesivamente ostentoso. El anciano portero me sonrió de forma cortés y, cuando le dije mi nombre, me acompañó inmediatamente por el vestíbulo inesperadamente retro hasta el ascensor.

Una vez que estuve a la puerta de su apartamento del tercer piso, llamé una vez al timbre y esperé. Nada. Llamé de nuevo. Una sensación incómoda empezó a llenarme cuando pasó otro minuto. ¿Y si era otra broma de su parte? ¿Otro truco para devolvérmela?

Unos segundos más pasaron y estaba a punto de darme la vuelta cuando la puerta se abrió.

Edward apareció en vaqueros y una camiseta azul, viéndose más casual que nunca desde que le había visto en la playa. Sonrió y se inclinó contra el marco de la puerta.

― ¿Bella? ― preguntó, aunque estaba justo frente a él.

― Hola, ― dije, incapaz de mantener la irritación fuera de mi voz. ― He creído que no estabas en casa. He llamado unas cuantas veces.

― No lo he oído. ― Frunció el ceño y se pasó una mano por el pelo antes de inclinarse para inspeccionar el timbre. Lo presionó una vez y no sucedió nada. ― El maldito timbre está roto. Lo siento. ¿Llevas mucho tiempo ahí?

― Solo un minuto, ― dije, aunque habían sido casi cinco. Había estado tan preocupada con mis propios pensamientos que ni siquiera me había dado cuenta de si el timbre había sonado o no.

Presionó el timbre de nuevo y suspiró, sacudiendo la cabeza. ― Supongo que no tengo muchas visitas. Ni siquiera me había dado cuenta, ― dijo con pesar.

― Está bien, ― contesté, de repente llena de la necesidad de calmarle. ― Debería haber llamado a la puerta.

La sonrisa de Edward volvió, pero parecía más cautelosa. ― Me temo que hemos empezado con mal pie... de nuevo. ¿Vas a entrar? ― Abrió más la puerta.

Sin otra palabra, entré en su apartamento, encontrándome a mí misma en una espaciosa sala apenas amueblada, compuesta por una sala de estar y un comedor unidos. Una estantería que iba del techo al suelo estaba contra la pared del fondo, llena hasta los topes de varios volúmenes de cuero y de gran tamaño. Más allá, grandes ventanas dejaban que la luz del sol de la tarde entrara en el apartamento, iluminando considerablemente la oscura madera de la sala. Edward me acompañó al interior y cogió mi bolso de mi hombro, dejándolo en la silla que había al lado de la puerta.

El aire estaba cargado con el olor de seductoras especias e inhalé, intentando determinar qué estaba cocinando. ¿Azafrán? Parecía familiar, pero no podía nombrarlo exactamente.

Edward me llevó al mullido sofá de cuero. Los asientos estaban colocados alrededor de una gran chimenea de leña.

No pude ver una televisión en la sala.

― Este sitio está muy bien, ― dije, tomando asiento. Bien era quedarse corto. No había visto todo el lugar, pero todos los años que llevaba viviendo en Nueva York me habían enseñado una cosa o dos sobre el mercado inmobiliario. Este apartamento, aunque era más modesto de lo que había esperado, valía fácilmente cinco millones.

― Gracias. ― Edward se deslizó en el asiento a mi lado y estiró las piernas frente a él. Maldición, el hombre tenía piernas largas. Intenté no mirar embobada.

Quería preguntarle por el embriagante olor, pero él me ganó.

― Estoy haciendo paella.

― Creí que íbamos a tomar el té, ― contesté, sintiéndome tímida de repente.

― Sí, ― dijo. ― Pero raramente estoy en casa y pensé en tomarme algo de tiempo para experimentar un poco mientras tenía tiempo.

― Huele bastante bien, ― admití. Mi declaración pareció recordarle que tenía que atenderlo. Se puso de pie y mis ojos le siguieron mientras caminaba descalzo hacia una gran cocina que estaba separada de la sala de estar por una barra con encimera de mármol. Cuando no le seguí, se detuvo y me hizo un gesto para que fuera.

― Déjame mostrarte algo. Te gustará esto.

― Vale...

Le seguí con duda y el delicioso aroma se hizo más fuerte. Edward miraba sobre los fogones a una gran paellera de cobre. Removió un poco el contenido, luego se llevó la cuchara de madera a los labios, probando. Insatisfecho, sacó del armario que tenía encima un bote sin etiqueta de una especia, echando un poco.

― Esta receta era de mi abuela, ― dijo. ― Es la primera vez que la hago.

― ¿Era española? ― Me sorprendió. Con la piel clara y el pelo castaño claro de Edward, siempre había creído que era puramente inglés.

― Francesa, en realidad. Pero vivió durante años en España.

― Oh. ― Me pregunté si todavía estaba viva, si ella era la razón por la que había ido a la escuela de cocina en París, pero me guardé mis pensamientos. De alguna manera, esas preguntas parecían demasiado personales.

Edward volvió a remover y probó de nuevo. Asintió y murmuró algo, añadiendo un pellizco de sal y más de la especia.

Me encontré a mí misma maravillada por sus movimientos, y él pareció igualmente inconsciente de mi presencia durante un minuto.

― Pimentón ahumado, ― dijo, mirando todavía la cazuela.

― ¿Perdona?

Me sonrió ampliamente. ― Ese era su secreto.

― Esa es una gran idea, en realidad, ― dije, moviéndome hacia los fogones. ― Pero, ¿no es un poco demasiado con el azafrán?

Edward asintió y removió. ― He echado menos azafrán.

Desde mi punto aventajado, podía ver el arroz y la carne cocer y, a pesar del hecho de que ya había comido, se me hizo la boca agua.

― ¿Eso es pollo?

― Conejo.

― Mmmm.

― ¿No te da asco? ― preguntó, levantando una ceja.

― Soy chef, Edward. El conejo es una de mis carnes favoritas cuando está bien cocinada.

― Bien, ― dijo suavemente. ― Porque está hecha y necesito una segunda opinión.

Cogió un tenedor y, por un segundo, creí que iba a intentar darme de comer. Mi corazón latió fuertemente por el pánico. Pero luego cogió un pequeño bol y, tras remover el guiso una última vez, echó un poco de paella en él. Me miró mientras separaba con cuidado un trozo de carne del hueso y lo mezclaba con un poco de arroz.

Soplé primero y luego probé. Santa mierda, estaba muy bueno. Perfectamente sazonado con la cantidad correcta de azafrán; el toque ahumado del pimentón complementaba el sabor terroso pero delicado de la carne de conejo. Es posible que gimiera un poco antes de recordar con quién estaba.

La pequeña sonrisa de Edward creció hasta convertirse en una amplia sonrisa de satisfacción; estaba claramente complacido consigo mismo. Creído.

― ¿Un éxito? ― bromeó. Mi cara se calentó bajo su mirada y asentí, devolviéndole el bol con el resto de su contenido sin comer.

― Estaba bien, ― mentí, no queriendo subirle su ya inflado ego.

Él solo sonrió ampliamente y tomó un bocado del mismo bol.

― Esto está fantástico, ― dijo.

― Sí, obviamente tu abuela era una gran cocinera.

Mi pulla no pareció afectarle. Él solo siguió comiendo.

― Tal vez haya sacado mi talento de ahí.

― Hmm... ― Le vi meterse otra pinchada en la boca. Sonrió, se dio la vuelta y escribió algo en un trozo de papel que tenía al lado de los fogones. Creí oírle susurrar algo como "más pimiento rojo".

Luego se volvió a mí, levantando las cejas. Eran bonitas... estaban bien depiladas. No muy espesas pero igualmente masculinas. Maldición, nunca antes me habían parecido las cejas atractivas.

― ¿Estás segura de que no quieres más?

― Ya he comido, ― contesté rápidamente, un poco alarmada por mi recién encontrada y perversa atracción por el pelo facial. Edward se tomó mi rápida respuesta como un rechazo y sus rasgos se llenaron de decepción. Soltó el bol y apagó el fuego.

― Bien. ¿Té, entonces?

― Vale. Pero no hace falta que te molestes... yo solo...

― Espero que te guste el Earl Grey, ― dijo, desechando mi protesta. ― Me temo que es todo lo que tengo.

― Earl Grey está bien. Gracias. ― Mientras él hacía el té, esperé incómoda en la cocina, preguntándome porqué él parecía sacar mi lado antipático, incluso sin quererlo. Él no había sido más que amable desde que había llegado y yo contestaba sus buenas intenciones con sarcasmo e indiferencia. Juré tener la mente un poco más abierta, dejarle decir lo suyo, y luego marcharme. Obviamente, había algo en Edward Cullen que me ponía a la defensiva pero, aunque odiaba admitirlo, también me hacía sentir... otras cosas. Cosas que no estaba lista para sentir.

― ¿Cuánto llevas viviendo aquí? ― pregunté y mi torpe intento de entablar conversación se me hizo doloroso al oído.

Aparte de una pila de facturas en la barra y la comida en los fogones, todo el lugar parecía vacío, como si nadie viviera en él. Debía de haber estado increíblemente ocupado con el programa y el restaurante. Me di cuenta de que ni siquiera sabía dónde estaba o cuánto faltaba para estar completo.

Edward cerró un armario con el pie.

― Unos tres meses, ― dijo. ― Pero, como puedes ver, no he tenido mucho tiempo para decorar.

― Oh, creí que simplemente tenías gustos sencillos.

― Los tengo. Pero no tan sencillos.

Mientras hablábamos, Edward desenvolvió las bolsas de té. Vi con reservada fascinación cómo aclaraba dos tazas con agua hirviendo, calentándolas antes de poner las bolsitas dentro. Luego echó más agua y puso las tazas a un lado para hacer la infusión. Unos mechones de pelo le cayeron sobre la frente y, por un segundo, pareció mucho más joven.

― Debes de estar ocupado.

― Ni te lo imaginas, ― murmuró. ― Grabamos los lunes y martes, y el resto del tiempo estoy en el restaurante.

― ¿Dónde está? ― De repente tenía un montón de preguntas, pero todavía me sentía insegura sobre mi visita. Él ni siquiera había sacado la razón principal para invitarme.

― En Queens.

― ¿Qué? ― Estaba sorprendida. La mayoría de los chefs famosos tenían sus establecimientos en Brooklyn y Manhattan; de esa forma, se garantizaban tener la mejor clientela.

― En Astoria. Es un lugar hermoso.

― ¿Qué tipo de comida?

― Cocina británica moderna... algo como un gastropub, pero más elegante.

― ¿Más gastro y menos pub? ― ofrecí.

Edward sonrió ampliamente. ― Algo así. Sí.

― Y, de todas formas, ¿cómo es ser famoso y todo?

― Es... interesante.

― ¿Interesante?

Quitó las bolsitas de té del agua y las tiró. ― ¿Leche o limón? ― preguntó. No estaba segura de si estaba evitando mi pregunta.

― No, sólo está bien.

Él asintió, girándose hacia mí con las tazas en las manos. ― Sentémonos.

En lugar de volver a la zona más íntima del sofá, Edward se sentó en un taburete en la barra, y yo tomé asiento a su lado. Me pasó una taza y bajé la mirada al té perfectamente hecho, preguntándome dónde iría en ese momento la conversación.

― Bella, ― dijo. ― Probablemente te estés preguntando porqué te he pedido que vengas aquí.

― Asumo que no era por la paella.

― No, ― dijo, apartando la taza de él. Se giró para estar frente a mí, moviéndose en la silla y uniendo las manos. ― Quería hablar contigo. He... pensado en lo que dijiste en la oficina de Jane y en tu email. ― Parecía nervioso, la fachada de relajación que había llevado desde que yo había llegado desapareció. ― Santo cielo, esto no se me da bien, ― murmuró.

― ¿Qué intentas decir? ― pregunté.

Cuando me miró a los ojos de nuevo, vi en ellos vergüenza.

― Te hice sentir como una mierda, ― dijo, pronunciando la palabra con su acento británico. Si no hubiéramos estado en esa situación, habría sido encantador. ― Nunca pretendí hacer eso.

― ¿Qué? Eso no tiene sentido. ― Intenté mantener el tono normal, no hostil. Sus palabras no cuadraban con sus acciones... al menos, no con sus acciones pasadas.

― Bella, cuando te conocí, ― empezó Edward, apoyando el brazo contra la barra, ― pensé que eras preciosa. ― Levantó la mirada y luego la bajó a la taza de té que yo tenía en la mano. ― Tú también parecías interesada en mí. Cuando te dije que me marchaba en una semana, lo aceptaste.

― Cierto. Pero eso...

Edward puso una mano en mi brazo. El toque duró solo un segundo, pero me confundió. Ni siquiera podía recordar lo que estaba a punto de decir. Odiaba la forma en que podía desarmarme tan fácilmente.

― No intento excusarme. Solo escúchame.

― Vale.

― Nunca esperé que me importaras. Y cuando sucedió... no encajaba en mi plan.

― ¿Tu plan? ― Casi resoplé pero me controlé. Mi mente todavía vibraba por sus palabras... ¿importarle?

― Sí. Esto..., ― movió el brazo abarcando el espacio. ― Esto era mi plan. Bueno, no quería ser famoso exactamente. Sin embargo, quería éxito. Nada podía ponerse por medio. Tenía que probar...

Incluso mientras intentaba ser específico, encontré sus palabras frustrantes. Incluso obtusas. ¿Probar qué y a quién?

― ¿Lo que intentas decir es que... yo era un obstáculo para tu éxito? ― La incredulidad de mi voz sonó por toda la habitación.

Edward suspiró. ― Cuando lo dices así suena...

― ¿Ridículo?

Se estremeció ligeramente y volvió a mirar su taza. Yo hice lo mismo. De repente, era la cosa más fascinante del mundo. Tomé un sorbo e intenté pensar qué decir después.

― Pero, no entiendo, ― dije, viendo el vapor subir. ― No es como si yo estuviera planeando una boda, por el amor de Dios. Acabábamos de conocernos. Me gustabas... mucho, pero no podía reclamarte como mío. ¿Y cuando simplemente te fuiste sin decir adiós... desconectando tu teléfono? Quiero decir, Jesús, ¿qué se suponía que debía pensar? Pareció que me odiabas.

Sus ojos volvieron de golpe a los míos.

― No. Eso no puede estar más lejos de la verdad. Tenía miedo de mí mismo, Bella.

― Cuando te fuiste ese día, tenía toda intención de volver el siguiente como habíamos planeado. Pero cuando llegué a casa... no podía imaginar decir adiós. Me encontré a mí mismo pensando en un futuro contigo, un futuro que nunca habría funcionado por la distancia. Pero sabía que si te veía de nuevo querría intentarlo. Los dos nos habríamos sentido miserables al final.

Mientras hablaba, su pierna saltaba casi imperceptiblemente. Luché por entender lo que estaba diciendo.

― Y entonces simplemente te fuiste.

― Era más sencillo.

― Para ti, ― dije. ― Déjame entender esto. Te marchaste sin decir adiós porque sentías algo por mí y temías lo que eso significaba para ti 'éxito', como tú lo llamas. ― Dibujé comillas en el aire para dar énfasis y Edwad asintió; su expresión decayó.

― Bueno, esa es una de las cosas más egoístas que jamás he oído.

― Lo sé. Fui un estúpido. Lo siento.

― ¿Qué creías que iba a hacer, encerrarte en el sótano o algo? Jesús, Edward.

No podía soportar más estar en la habitación con un hombre que sin ningún cuidado había ignorado no solo mis sentimientos, sino también los suyos propios. Era casi mejor cuando creía que yo no había significado nada para él. ¿Qué tipo de persona le hace algo así a alguien que le importa? Y ahora solo se estaba disculpando porque yo le había dado importancia. Justo como había temido, probablemente él creía que había pasado los últimos seis años pensando en él y ahora se sentía culpable. Todas las emociones me abrumaban. Tenía que salir de ahí. Me puse de pie.

― No te vayas, ― dijo, levantándose cuando notó mi movimiento. Su boca se abrió ligeramente, como si no supiera qué decir... como si realmente no quisiera que me marchara. ― Por favor.

― ¿Por qué? ― pregunté. ― No sé qué más quieres de mí. Lo siento, pero no necesito tu disculpa o tu lástima. Sé que debe parecer que no he dejado de pensar en ti o algo todos estos años, pero no podría estar más lejos de la verdad. Estoy viendo a alguien. Alguien especial, ― dije, dándole gracias a Dios porque pudiera usar la carta de Emmett de nuevo para preservar al menos algo de dignidad.

― Bella, yo...

― No tienes que disculparte solo porque creas que me has causado una herida irreparable. No es como si yo...

Edward me agarró el brazo cuando me giré para marcharme, tirando dulcemente de mí hacia él. Extrañamente, se lo permití. Pero no fui capaz de mirarle a los ojos.

― Estás equivocada. No me siento así de ninguna manera. Siempre me he arrepentido de esa decisión, Bell. Pero nunca creí que te vería de nuevo; que tú querrías verme. Ciertamente no esperaba...

Resoplé, pero mi disgusto iba dirigido hacia mí misma mientras pensaba en el numerito de PV. Si no hubiera hecho eso, me habría evitado esa humillación. ― No esperabas una hija-gata, lo entiendo. Eso fue un poco demasiado. Vale, muy demasiado. No debería haberlo hecho.

Edward me sorprendió soltando una risita. ― En realidad, cuando dejé de estar enfadado, creí que era bastante divertido. ― Mis ojos se abrieron como platos mientras él seguía. ― Me encantaría saber cómo se te ocurrió algo así.

Le miré, notando como las esquinas de sus ojos se arrugaban por la diversión.

― Créeme, no quieres saberlo.

― Tal vez en otro momento entonces. Me gustaría ver alguna vez a nuestra hija, ― bromeó dulcemente.

― Así que recuerdas regalarme a PV. ― Cuando dije su nombre, me hice una nota mental para no decirle nunca a Edward el origen del nombre... en un principio, él no supo que la había llamado así por él y ahora... ahora sería demasiado humillante. Probaría todo lo que había intentado negar.

― Por supuesto. ― Se rascó un lado de la cara e intenté no recordar cómo sus dedos me habían tocado una vez de forma tan íntima. Pero era difícil olvidar con él tan cerca.

― Te dije que no tenía una buena excusa, pero lo siento. Y no te tengo lástima, si eso es lo que crees. Yo estoy... tú estás...

― ¿Enfadado? ― pregunté, haciendo eco de sus palabras anteriores.

― Un poco, ― dijo con una sonrisa. ― Pero de una buena manera. No, lo que iba a decir es que... estás más diferente de lo que recuerdo.

― No soy tan ingenua.

― No me refería a eso. Demonios... no sé a qué me refería. ― Por la forma en que un lado de su boca se levantó, tenía la sensación de que tal vez preferiría no saberlo. ¿O tal vez sí? Luego dijo algo que me sorprendió. ― Eres real.

Los dos miramos como él extendía su mano. La respiración se me quedó atascada en la garganta mientras la dejaba a mitad de camino, casi acariciando mi pelo antes de caer a su costado en un puño.

― Por supuesto que soy real, ― murmuré.

― A veces creía que te había imaginado.

Reí sin alegría. ― No lo hiciste.

― Las cosas no parecen muy reales últimamente. ― En los últimos minutos, su fachada de creído se había desvanecido completamente. Así que, ¿era este el Edward real u otra representación. Parecía ser absolutamente sincero. Pero, aun así, ¿qué significaba eso?

― Edward, ― dije, ― no estoy segura de lo que quieres de mí. Pero no puedo ser tu unión con la realidad. Esta es tu vida... la vida que tú has creado. Si no te gusta, solo tú puedes cambiarla.

― Lo sé. ― Se metió las manos en los bolsillos. ― No espero que cambies mi vida. Pero me vendría bien una amiga.

― ¿Una amiga?

― Sí, ― dijo, con tono serio. Intenté ignorar la proximidad de su cuerpo al mío, pero fue imposible. Di un paso atrás para recuperar algo de mi espacio personal. Peligroso. Edward Cullen todavía era un peligro para mí. ― Me gustaría ser... normal de nuevo. Ya no conozco a nadie de mi antigua vida. Excepto mis padres, y ellos...

Dejó la frase y sus ojos adquirieron una mirada distante. Cuando volvió a mirarme, su expresión era triste. ― La gente con la que me relaciono... Nunca sé qué quieren. Mi dinero, mi fama, mi polla.

Santa mierda, ¿acababa de decir polla? Acababa de decir polla.

― ¿Qué te hace pensar que yo soy diferente? ― Ciertamente no quería su dinero o fama. Pero la última opción... ¡NO! NO, Bella.

― Lo eres.

― ¿Cómo puedes estar tan seguro?

― Estoy seguro. Si quisieras alguna de esas cosas, no habrías...

― ¿Hecho todo en mi poder para alienarte?

― Sí. Nadie me ha hablado de forma tan franca en... bueno, en años. Es refrescante.

― Así que lo que realmente quieres es alguien que te hable como una basura. Tal vez podrías contratar a uno de esos espantosos conferenciantes que van a los reformatorios y asustan a los chicos.

Edward rió.

― Sé que soy un bastardo, pero no quiero serlo. No tengo que serlo... contigo. Porque si lo soy, me lo dirás.

― No soy Henry Higgins, Edward. No puedo decirte cómo no ser un gilipollas. Yo misma soy una gilipollas la mitad del tiempo.

La sonrisita que apareció en su cara me dijo que no estaba en total desacuerdo conmigo. ― Y yo no soy Eliza Doolittle.

― No, no lo eres, ― admití, apartando la mirada de sus muy verdes ojos. ¿Cómo demonios habíamos empezado a hablar de My Fair Lady?

Nos quedamos en silencio un momento; yo intentaba procesar todo lo que había pasado en los últimos quince minutos. ¿Edward quería que fuera su amiga?

― No sé tú, ― dije suavemente, ― pero yo no sé cuándo estás siendo sincero o no. Un momento estás en una entrevista, diciendo cosas como que nunca te ha importado nadie, y al siguiente, eres todo... ― dejé la frase, no queriendo ir más lejos. Cierto, él había mostrado que era capaz de ser agradable, incluso dulce; pero aún así todavía no confiaba en él.

Edward suspiró dramáticamente. ― Has visto esa entrevista, ¿huh?

― Sí.

― Lo siento. Mierda, yo...

― Yo también. Para ser honesta, esa fue una de las razones por las que hice... lo que hice.

Su mirada se volvió cauta. ― Debes saber que todo eso eran gilipolleces.

― ¿Todo? El presentador tenía fotos para probarlo. Y yo misma he visto unas cuantas.

Edward me miró con timidez. ― Sí, bueno... ha habido mujeres. Pero no es tan malo como crees. Los programas de ese tipo buscan audiencia y a veces exageran la verdad.

― Recuerdo que tú eras el que exageraba más, ― dije, rodando los ojos.

― Sí, bueno. Todo eso es parte del trabajo, ― continuó antes de que pudiera responder, estirando la mano para tocarme el brazo. ― Tú me conoces mejor de lo que crees.

― Y quieres que seamos amigos, ― dije, recalcando su proposición.

Él asintió mientras su sonrisa volvía. ― Me encantaría. ― Extendió la mano y, cuando la cogí, una corriente de calor recorrió mi cuerpo.

― ¿Amigos?

― Déjame mostrarte que solo soy un cabronazo a tiempo parcial.

¿En qué me estaba metiendo?


Hola!

He tenido un fin de semana un poco atareado y no me dio tiempo a actualizar ayer o el sabado.

Espero que os haya gustado! ¿Cómo les irá ahora como amigos? Espero leer vuestras teorías de lo que va a suceder...

Muchas gracias por leer, comentar y añadir la historia a vuestras alertas y favoritos. La fecha de actualización está en mi perfil, ya tengo el capitulo 11 traducido, así que puedo garantizar que actualizaré ese día.

Nos leemos!

-Bells, :)