La historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer

Como siempre, agradezco a las que dejan sus comentarios: belangiesom16, ninacara, Melania, y a las que me agregan a favoritos.

Saludos

Ana

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o

10

Isabella se estiró con placer y pensó en levantarse. Si Edward no hubiera bajado, la idea de pasar toda la mañana en la cama hubiera resultado más atractiva. Yacía en el centro de la maraña de sábanas, en el lugar que habían compartido toda la noche.

Reflexionó en que Edward aún seguía preocupado. A pesar de que no había dejado de susurrarle palabras tiernas al oído antes de marcharse, Isabella había sentido la tensión controlada en él. Mientras estuviera convencido de que la bomba colocada en Las Vegas había sido una amenaza personal y directa contra él, y el preludio de algo más, no habría nada que ella pudiera hacer para calmarlo. Lo único que podía hacer era permanecer cerca, tratar de persuadirlo de que no corría peligro alguno, de que podía cuidar de sí misma.

"Hombres", pensó con una leve sonrisa. No importaba lo liberales que fueran, sencillamente no eran capaces de aceptar el hecho de que las mujeres podían ocuparse de sí mismas. Lo último que iba a hacer era quedarse en Massachussets cuando el hombre al que amaba se encontraba en Nueva Jersey. "No es lógico", se dijo mientras se levantaba de la cama. Creía firmemente en lo que le había gritado la noche anterior... "los que se aman deben permanecer juntos".

Era poco probable que Edward se tranquilizara por completo antes de que la policía apresara a quienquiera que hubiera colocado la bomba, y eso podía llevar meses... si es que alguna vez lo atrapaban. Quizá hubiera renunciado al ver que sus planes habían fracasado. O tal vez esperara... días, semanas, meses, antes de atacar de nuevo.

Al sacar una bata del armario consideró esa posibilidad, luego desterró la inquietud. Lo capturaran o no, no compartía la certeza de Edward de que el hombre lo intentaría de nuevo. Probablemente había enviado la nota por frustración, después de que sus planes se hubieran estropeado. Esto tenía más sentido que alguien con una venganza personal contra Edward.

Mientras se anudaba el cinturón de la bata, llegó a la conclusión de que él no estaba siendo objetivo. Los hoteles formaban una parte tan grande de su vida que no era capaz de verlos como los vería alguien de mera: edificios de gran valor económico. El hombre había jugado su mano y había perdido. Tenía que saber que las autoridades investigarían, y que Edward reforzaría la seguridad interna. "Los cobardes colocan bombas", se dijo. Pero un cobarde no se arriesga a ser atrapado. Con el tiempo, Edward comprendería la lógica. Al oír la llamada a la puerta, de forma automática miró el reloj de la mesilla. "Es demasiado temprano para la doncella", reflexionó mientras iba hacia el salón. No sabía quién podía ser... Con la mano en el pomo, recordó las palabras de Edward de la noche anterior. Alguien va detrás de mí. No te encuentras a salvo.

Inquieta de repente, miró por la mirilla. "¿Lo ves?", se dijo mientras los nervios desaparecían. "Es una tontería". Abrió la puerta y le sonrió a su hermano.

-Debes de haber perdido pronto anoche si estás levantado tan pronto -comentó. Colin la observó un momento antes de entrar. -No es tan temprano -replicó mientras miraba a su alrededor-. He venido a ver a Edward.

-Acaba de irse -cerró la puerta y se echó para atrás el pelo revuelto-. Bajó a su despacho hace quince minutos. ¿Dónde está Seth?

El afecto que sentía por Edward entraba en conflicto con el hecho de que Isabella era su hermana. "Mi hermana pequeña, maldita sea", pensó. Y se hallaba en la suite privada de Edward con solo la bata corta de seda que él le había regalado la navidad pasada.

-Desayunando -comentó, mientras daba vueltas por la habitación.

-Bueno, tú siempre has sido el madrugador -recordó ella-. Nunca dejó de parecerme una costumbre desagradable. ¿Quieres un poco de café? Es una de las pocas cosas que hay en la cocina.

-Sí, claro -aturdido todavía por la sorpresa de comprender que había albergado la ilusión de que su hermana era exclusivamente su hermana, la siguió.

La cocina era espaciosa y deslumbrante. El suelo y las paredes eran blancos, los armarios de un negro reluciente. Isabella enchufó la cafetera mientras con la mano libre le indicaba la barra.

-Siéntate.

-Pareces conocer muy bien el entorno -se oyó decir Colin.

-Vivo aquí -contestó con mirada furiosamente divertida.

-Es evidente que Edward trabaja de prisa -irritado, se sentó en un taburete.

-Es un comentario bastante machista para un fiscal del estado que alardea de ser liberal –comentó Isabella mientras sacaba el café-. Desde otro punto de vista, se podría decir que soy yo quien trabaja deprisa.

-Lo conoces desde hace apenas un mes.

-Colin -se volvió y ladeó la cabeza-. ¿Te acuerdas de Emmett Macarthy?

-¿De quién?

-Era el guapo del barrio cuando yo tenía quince años- le recordó-. Lo arrinconaste en el aparcamiento del cine y le dijiste que si alguna vez me ponía las manos encima, le romperías todos los huesos pequeños y vitales del cuerpo. Observó la sonrisa de Colin al recordarlo.

-Nunca lo hizo, ¿verdad?

-No -entonces se acercó a él y lo agarró de las orejas-. Ya no tengo quince años, Colin, y Edward no es Emmett Macarthy.

Colin se inclinó y también la asió por las orejas; aplicó suficiente presión para acercarla más a él.

-Te quiero -dijo y le dio un beso rápido.

-Entonces sé feliz por mí. Edward es todo lo que quiero.

-El dijo lo mismo de ti -la soltó y se echó hacia atrás. Vio cómo el placer oscurecía los ojos de su hermana.

-¿Cuándo?

-Ayer, cuando nos pidió a Seth y a mí que te convenciéramos de ir a casa una temporada -alzó una mano al ver el placer convertirse en furia-. No vayas a la yugular, Bella; los dos dijimos no. Isabella resopló.

-Edward asegura que quien fuera el que plantara la bomba tenía algo más que dinero en mente. Por ello, se le ha grabado en la cabeza que no estoy segura con él -frustrada, gesticuló con ambas manos-. Se niega a mostrarse lógico o práctico al respecto.

-Te ama.

-Lo sé -la tormenta que bullía a su alrededor se tranquilizó al instante-. Motivo de más para quedarme con él. Dime, ¿qué harías tú? -lo observó apoyada sobre la encimera.

-Si fuera Edward, haría todo lo que pudiera para que te fueras. Si fuera tú -continuó con suavidad antes de que ella pudiera empezar a gritar-, no me movería.

-No hay nada peor que la mente legal y analítica -murmuró Isabella mientras el café comenzaba a hervir-. Bueno, ¿por qué no me cuentas qué es de ti? Alguna dama nueva y fascinante, o tu trabajo te impide desarrollar tu estilo?

-Consigo sacar algo de tiempo para divertirme -indicó él y se ganó un bufido de su hermana mientras bajaba dos tazas-. He decidido volver a la práctica privada.

-¿Sí? -se volvió sorprendida-. ¿No es algo repentino?

–En realidad, no -aceptó la taza de café solo- Llevo tiempo pensándolo. Seth es el político. Tiene la paciencia para ello -se encogió de hombros y bebió un sorbo de café-. Echo de menos los juzgados. La burocracia no me deja suficiente tiempo.

-Siempre me encantó verte plantear un caso - comentó, sentándose del otro lado de la barra-. Había algo implacable en tu estilo, como un lobo dando vueltas alrededor de un fuego, a punto de perder la paciencia.

-Otravez la imaginación caprichosa típica de los Swan -dijo Colin con una carcajada.

-¿Quieres mancillar el nombre de la familia? - preguntó Seth desde la puerta de la cocina.

Isabella se volvió hacia él con una sonrisa rápida y cálida. Su mirada se alteró sutilmente al posar la vista en el hombre que había al lado de su hermano.

-Seth se quejó de que se lo había abandonado - comentó Edward-. ¿Queda café?

-Acabo de hacerlo -extendió la mano hacia él cuando entró. Edward la tomó y le dio un beso leve en los dedos antes de dirigirse hacia la cafetera.

-¿Seth?

-Sí, gracias -miraba a su hermana.

-Colin no me me ha contado cuánto perdió anoche - expuso Isabella mientras Seth se apoyaba sobre la encimera.

-Oh, no tuvo tanta mala suerte -le dirigió a su hermano una mirada astuta, que Colin devolvió con expresión inocente.

-Será mejor que no hayas probado tu suerte con una de mis croupiers -le advirtió a Colin con una ceja arqueada.

-La pequeña rubia -reveló Seth con sonrisa resplandeciente-, esa de los enormes ojos castaños. Apenas tiene veintiún años.

-No sé de qué habla Seth -Colin bebía el café con calma-. Tu hermano estaba ocupado en tratar de impresionar a una pelirroja casi desnuda con su punto de vista sobre política exterior.

-Bueno -se volvió hacia Edward, que se acercaba con el café recién hecho-, creo que ni el personal ni los clientes están seguros si dejamos a estos dos sueltos.

-Los puedes vigilar esta noche durante la cena y el espectáculo -Edward le entregó una taza a Seth antes de abrir la nevera en busca de leche.

-Debí advertíroslo -le indicó Isabella a sus hermanos mientras enlazaba la mano de Edward-, tiene la costumbre de planearlo todo sin consultarlo con nadie. Sin embargo - añadió, sonriéndole-, a mí me encantaría asistir al espectáculo con cena. Esta noche actúa Lena Maxweil -musitó, mirándose las uñas-. Si quisierais venir, supongo que podríamos convencer a Edward para que os la presente.

-¿A qué hora es la cena? -preguntaron Seth y Colin al unísono.

-Qué patético -se levantó y rio-, pones a una morena sexy delante de sus narices y te siguen a todas partes. He de darme una ducha y cambiarme -se puso de puntillas para besar con suavidad los labios de Edward-. Bajaré en media hora. Al salir de la habitación, oyó la pregunta de Colin.

- ¿Dónde ensaya esta tarde Lena Maxweil, Edward? – Isabella sonrió mientras se duchaba. Si Colin se había propuesto encontrar a Lena Maxweil, no iba a necesitar que Edward lo presentara para entablar una conversación personal con

ella. A Colin Swan le sobraba encanto.

Pensó de nuevo en la reacción que había tenido su hermano al encontrarla en la suite de Edward. Le resultó más bien tierno. Tampoco se le pasó por alto la mirada prolongada y Isabella de Seth al entrar en la cocina con Edward. Supo que en cuanto sus hermanos estuvieran solos, hablarían de la relación que mantenía con Edward, probablemente discutirían un poco, y luego le darían su apoyo incondicional. Siempre había sido así entre los tres.

Por un momento, mientras el agua caliente bajaba por su cuerpo, sintió un poco de pena por Edward. Nunca había conocido la seguridad, la unión, la frustración de los lazos familiares. Quizá con el tiempo dejaría que ella se lo mostrara. Quizá algún día tuvieran hijos.

Metió la cabeza bajo el chorro de agua. Se adelantaba a los acontecimientos. Demasiado. El la amaba, pero eso no significaba que buscara matrimonio e hijos. Estaba demasiado acostumbrado a la soledad, y su amor era muy nuevo. Tener hijos significaría un hogar, y él nunca había elegido establecer uno. Había escogido un estilo de vida sin permanencia. Y el nómada que llevaba dentro había sido, y era, parte del atractivo que despertaba en ella. Era una tontería empezar a soñar con cambios cuando apenas habían vivido cuarenta y ocho horas bajo el mismo techo.

Sin embargo, le había hablado dos veces de suhermana, y en ambas Isabella había sentido un atisbo de pesar. Edward no le había dado la espalda a su familia, pero las circunstancias lo habían obligado a estar sin ella. Se prometió que si algún día quería una, allí estaría para él.

Al salir de la ducha, encendió la lámpara de calor del techo y se envolvió el pelo en una toalla. Comenzó a tararear mientras se aplicaba una fragante loción sobre la piel. Con brevedad, repasó la agenda que se había trazado para ese día y decidió que podía completarlo todo antes de tener que cambiarse para el espectáculo. "Pero no lo conseguiré si me quedo todo el día en el baño", se recordó mientras se ponía la bata. Se quitó la toalla del pelo y fue hacia el dormitorio.

Al ver que la puerta del salón se abría, jadeó sorprendida.

-¡Edward! -se pasó una mano por el cabello y dejó escapar un suspiro-. Me has sobresaltado; pensé que te habías ido.

-No -con las manos en los bolsillos, la miró lentamente de arriba abajo.

Ella se preguntó cómo era posible que después de haber visto y tocado cada parte de su cuerpo, una simple mirada de él bastara para derretirla.

-¿Y Seth y Colin?

-Supongo que han bajado para competir por Lena.

-Dios, odio perderme eso -pensó en voz alta mientras se dirigía al armario.

-¿Qué haces?

-Vestirme -respondió con una carcajada- ¿Quécrees que estoy haciendo?

-Me parece una pérdida de tiempo, ya que pienso quitarte cualquier cosa que te pongas.

-A Kate le va a resultar un tanto extraño verme entrar en el despacho con la bata -lo miró intrigada por encima de los hombros.

-No vas a salir de esta habitación -esbozó una sonrisa fría y lenta.

-Edward, no seas ridículo -con otra risa, comenzó a buscar ropa en el armario-. Tengo muchas cosas que hacer antes de la cena y... -las palabras se quedaron en su garganta y escaparon transformadas en aire cuando él la arrojó sobre la cama

-Me gusta verte en una cama deshecha -comentó, insistiendo sobre ella.

-¿Sí? -Isabella se puso de rodillas-. Me gustaría saber de dónde has sacado la idea de que me puedes manejar a tu antojo -puso las manos sobre las caderas y la bata floja cayó sobre un hombro-. No es la primera vez -prosiguió al recordar el forcejeo en el océano-, pero si crees que lo vas a convertir en un hábito...

-Ya sé, nadie juega con un Swan –murmuró mientras enganchaba un dedo en la abertura de la bata.

-Así es -le quitó el dedo y consiguió que el escote se abriera aún más-. Recuérdalo la próxima vez que sientas la imperiosa necesidad de zarandearme.

-Lo haré. Lo siento -con una sonrisa de disculpa, Edward extendió la mano. Aunque con cautela. Isabella la aceptó al comenzar a levantarse de la cama. Al

instante se encontró de espaldas, inmovilizada debajo de él.

-¡Edward! ¿Quieres parar? Tengo que vestirme - explicó, empujándolo a la vez que luchaba por contener la risa.

-Mmmm, tienes que desvestirte. Deja que te ayude - con un gesto, le abrió por completo la bata.

-Para! -divertida, frustrada y excitada, luchó contra él-. ¡Edward, hablo en serio! La doncella podría entrar en cualquier momento.

-No vendrá hasta la noche -encontró un punto bajo en las costillas de ella y experimentó una gran sensación de placer al oiría gemir-. Llamé a la gobernanta.

-Tú... -con renovada energía trató de liberarse-. ¡Lo has vuelto a hacer! -casi había logrado soltarse los brazos cuando él se los inmovilizó de nuevo-. ¿No se te ocurrió pensar que quizá tuviera planes?. ¿Quequizá no quiero pasar la tarde en la cama contigo?

-Imaginé que las probabilidades de convencerte eran buenas -comentó.

-¡Oh! -forcejeó y sus piernas se enredaron con las de Edward mientras se retorcía debajo de él.

-De acuerdo, primero lucharemos; el mejor de tres sobre cinco.

-No es gracioso -soltó, tragándose una risita-. Y hablo en serio.

-Es mortalmente serio -la giró hasta colocarla encima de él-. Vamos empatados a uno -antes de que ella pudiera recuperar el aliento, se encontró de nuevo bajo Edward-. Dos para mí.

-¡Claro! -con un soplido se quitó el pelo mojado de los ojos-. Es una contienda muy pareja cuando me tienes casi desnuda y tú estás completamente vestido.

-Tienes razón -le llenó la cara de besos rápidos y juguetones- ¿Por qué no haces algo al respecto? Mis manos están ocupadas.

Gimió involuntariamente al sentirlas por su cuerpo.

-No es justo -dijo sin aliento-. Edward...

-¿Que pare? -preguntó sin muchas ganas, con los ojos clavados en los de ella mientras dejaba que sus dedos la convencieran.

-No -metió los dedos en el pelo de él y atrajo la boca a la suya.

Siempre era igual, siempre único. Cada vez que sus labios se encontraban, Isabella sentía esa descarga enervante de calor. Sus huesos se ablandaban con lentitud exquisita hasta que su cuerpo parecía una asa fluida y cálida. Sin embargo, la emoción era siempre nueva, como si aconteciera por primera vez. Olvidó que él le había pedido que lo desvistiera y se quedó laxa ante la primera oleada de placer.

Edward la sintió entregarse, una entrega que sabía que era preludio de una excitación jadeante y de exigencias frenéticas. Le gustaba el breve y embriagador poder del control total. En ese momento era suya, una mujer fuerte y vital que por unos momentos preciosos sería como arcilla en sus manos. El cocimiento hizo que se mostrara gentil, acariciándola con más ternura de la que se creía capaz de poseer. "¿El amor marca tanta diferencia?", se preguntó mientras la acariciaba con dedos largos y delgados.

La besó y sus labios acallaron el suave sonido de placer que emitió ella. Los ojos de Isabella, no cerrados por completo, se encontraron con los de Edward. Cuando con la lengua él trazó la forma de su boca, párpados de ella aletearon. El saboreó los labios Isabella y descubrió que sus manos se habían inmovilizado. Todo su ser parecía absorto en el encuentro de las bocas. El poder que había sentido se convirtió en una vulnerabilidad, no menos entera que la que le había ofrecido Isabella. Se sintió débil, y también intrépido.

-Te amo -murmuró sobre su boca-. No sabía cuanto - el beso fue profundo, lento y más excitante cualquier otra cosa que hubiera conocido.

La lengua de ella buscó la suya, pasando por sus labios para extraer todos los sabores. Isabella deslizó la lana suave del jersey de él por su torso, por sus hombros, de modo que los labios se vieron obligados a separarse con brevedad. Las manos de ella se hallaban ocupadas tocando, frotando, exigiendo. Edward podía verlas en su mente, suaves y blancas sobre su piel más oscura; las uñas femeninas le arañaban el cuerpo con excitación. Desvió los labios para mordisquearle con suavidad el hombro, y se vio asaltado por la fragancia de ella. Pensó en noches de verano calurosas, en sexo salvaje en la alta hierba verde. La recorrió a besos, desesperado. Al enterrar la boca en la pálida y translúcida piel, el cuerpo de Isabella se arqueó, dominado por la pasión.

Rodó hacia él hasta que quedaron lado a lado, luego lo rodeó con los brazos. No sintió las sábanas enredadas bajo su cuerpo, la suave seda de la bata que se había deslizado por sus piernas. Lo único que sintió fue el cuerpo duro y encendido de él contra el suyo y el sendero húmedo y estremecedor que abría sobre ella con la boca.

Lo instó a bajar hacia los lugares secretos que él había descubierto por los dos. Nadie podría provocar jamás ese apetito abrasador y desenfrenado. La llenaba, la consumía, la fortalecía. Con un súbito estallido de energía se situó encima de él, con boca codiciosa y manos rápidas y hábiles. El gimió y tomó sus cabellos húmedos. El sonido solo hizo que Isabella se moviera con más urgencia. "«Es hermoso, tan hermoso", fue lo único en lo que pudo pensar mientras tocaba y volvía a probar.

Una leve capa de sudor relucía sobre la piel de Edward. Isabella sintió el sabor un tanto salado mientras exploraba el duro y suave pecho, la línea delgada de costillas marcada por la desigual cicatriz, las caderas estrechas de huesos largos.

Entonces las manos de él la aferraron y la subieron hasta que sus bocas se unieron. La cabeza de ella se vio embriagada por la mezcla de sus sabores. El cuerpo pareció actuar sin su conocimiento y bajó hasta que lo introdujo dentro. Mientras arqueaba la espalda, la sensación ascendió hasta hacerle soltar un grito. Pero él se elevó con ella, con las manos aún en su pelo, las bocas todavía pegadas. Isabella no podía respirar, pero incluso mientras luchaba por hacerlo, el cuerpo marcaba su propio ritmo furioso.

El abrazo mutuo se apretó más de forma compulsiva al alcanzar la nítida cumbre sin aire; luego, como una sola forma, se deslizaron jadeantes de nuevo a la cama.

-Da la impresión de que nunca tengo suficiente de ti -logró susurrar Edward-. Nunca hay bastante.

-Y espero que nunca tengas suficiente –Isabella dejó caer la cabeza floja sobre su hombro.

Yacieron en silencio mientras la respiración se calmaba y los movimientos trémulos remitían. Con la palma de la mano sobre el pecho de él, pudo sentir cómo los latidos se tornaban lentos, fuertes y firmes.

-Solo estás tú -dijo Edward, experimentando la súbita intensidad del amor-. Solo tú en mi vida.

-"El amor que no es locura, no es amor" –Isabella alzó la cabeza para mirarlo. Con una sonrisa siguió la línea de su pómulo-. Nunca entendí eso hasta ahora. Sé que no quiero recobrar la cordura.

-Así que la cerebral Isabella Swan elije la locura -dijo, mientras le besaba los dedos.

-No hace falta introducir mi cerebro en el tema -frunció la nariz y cruzó los codos sobre el pecho de él.

-Mefascina -informó Edward-. Es una parte de ti que en realidad no he explorado. ¿Cómo eres de inteligente?

-Es una pregunta abstracta -repuso con sequedad y una ceja enarcada.

-Ah, vas a ser evasiva -sonrió y le apartó el pelo de los hombros- ¿Cuántos títulos universitarios tienes?

-Tu primera pregunta no tiene nada que ver con la segunda. ¿Cómo eres tú de inteligente?

-Lo suficiente para saber cuándo intentan esquivarme - dijo con suavidad-. ¿No te carcome el deseo de meterte en política o en derecho, como tus hermanos?

-No, mi único deseo ardiente era aprender. Luego tuve el deseo ardiente de llevarlo a la práctica. Y ahora... -se mordió el labio-... tengo deseos ardientes más básicos.

-Mmm -se permitió el placer de recrearse con la boca de ella por un momento- ¿No sientes que dirigir un hotel con casino es desperdiciar tu educación?

-Por supuesto que no. Mi educación es mía, siempre la tendré, independientemente de lo que elija hacer. ¿Para qué sirven los títulos si no disfrutas de la vida? -con un suspiro volvió a recostarse sobre el pecho de él-. No estudié para acumular trozos de papel que sirven para ser enmarcados, sino porque tenía curiosidad. ¿Tú por qué diriges hoteles?

-Porque se me da bien.

-Es la misma razón por la que casi me convierto en estudiante profesional -le sonrió-. Pero empezó a convertirse en algo demasiado repetitivo y fácil.

- Aquí hay retos a diario y una variedad constante de gente. Y -añadió con tono relamido-, a mí también se me da bien.

-Jacob cree que tienes clase.

-Es muy perceptivo -la sonrisa de Isabella fue tan sofisticada como su voz-. ¿Porqué no lo nombraste director?

-No le interesaba -comenzó a recorrer su espalda de arriba abajo-. Le gusta su puesto no oficial de encargado de solucionar problemas. El año próximo lo enviaré a Malta.

-¿Eso significa que has comprado el casino?

-Lo haré pronto -pensativo, estudió su rostro-, Pensaba buscar un socio.

-¿Sí? Entonces supongo que debería hacer mi oferta en seguida -la sonrisa se iluminó primero en sus ojos antes de que los labios se le curvaran.

-Cuanto antes, mejor -colocó las manos detrás de la nuca de ella mientras acercaba sus labios. Cuando el teléfono sonó, soltó un juramento. Isabella rio y se

pegó mimosa a su cuello mientras él levantaba el auricular

-Cullen- al oír la voz tranquila y temblorosa de Kate, luchó para mantener la tensión fuera de su cuerpo. Isabella la sentiría- Muy bien, Kate, bajaré de inmediato -después de colgar, besó la coronilla de la cabeza de Isabella-. Ha surgido algo.

-Ahí radica el problema de vivir donde trabajas - suspiró resignada. Se dio la vuelta y se estiró-. En realidad, yo también debería bajar.

-Llevas más de una semana sin un día libre - mientras se vestía, se preguntó si sería más prudente dejarla allí sola o dejar que lo acompañara abajo. Decidió que estaría mejor en el ático- Descansa un poco, volveré en seguida. ¿Por qué no pides la comida?

La idea de tenerlo para sí toda la tarde era demasiado atractiva. Desterró de la mente el papeleo que la esperaba sobre su escritorio.

-Muy bien... ¿dentro de una hora?

-Sí, perfecto -preocupado, se dirigió al ascensor. Kate lo esperaba cuando salió. En silencio, le entregó un sobre blanco.

-Steve lo encontró en el mostrador de entrada. Nada más verlo... -se le quebró la voz, luego logró controlarse-. Es como el que recibiste en Las Vegas, ¿verdad?

-Sí -contestó Edward mientras estudiaba las letras escritas con precisión que plasmaban su nombre. Tuvo el deseo instantáneo y salvaje de romperlo en pedazos, pero recogió un abridor de cartas del escritorio y con cuidado cortó un borde. Extrajo la nota y la desdobló.

AÚN NO HA TERMINADO. TIENES QUE PAGAR UN PRECIO.

-Llama a seguridad -le ordenó a Kate mientras leía la nota una segunda vez. Luego soltó un juramento violento-, Y a la policía.