Disclaimer: Todos los personajes que reconozcan, así como hechizos, lugares, apellidos, etcétera, le pertenecen a J. K. Rowling, esta historia sólo salió de mi cabeza.

Este fic participa en el reto "Long Story 3.0" del foro "La noble y ancestral casa de los Black"


Capítulo 10: Alive

"I had wanted to go to a place where all the demons go

Where the wind don't change

And nothing in the ground can ever grow

No hope, just lies

And you're taught to cry in your pillow

But I'll survive"

Sia


Se despertó en medio de un grito, temblando, con el rostro inundado de sudor, muerta de miedo y por primera vez no se encontró a Randall mirándola o abrazándola. Por primera vez no lo encontró vigilando su sueño y sus pesadillas y eso la hizo abrazarse a la almohada. Había noches, como aquella, en las que quería golpearlo porque la había dejado sola. Si él no le quitaba las pesadillas, ¿quién lo iba a hacer? Cerró los ojos, pero el sueño seguía demasiado vivo y la sonrisa torva de Gemma Farley le devolvió la mirada.

Respiró entrecortadamente y después descubrió que había una figura mirándola, al borde de la puerta, como si estuviera pidiendo permiso para pasar. Se retrajo sobre sí misma, dirigiéndose hasta la esquina de la cama más alejada de la figura, como si estuviera viendo un fantasma. Los ojos muy abiertos, la boca congelada con una o casi perfecta, como si la exclamación de sorpresa no terminara de salir de su garganta.

―Tracey, soy yo.

No le parecieron en absoluto palabras tranquilizantes.

―Moriste ―dijo ella―. Estabas muerto. Explotaste…

―¿Así que lo recuerdas?

―Vagamente ―confirmó ella.

―Entonces sabes qué pasa cuando mueres con sangre de vampiro en tu sistema ―dijo él y Tracey notó el olor a vampiro neófito por primera vez―. Vine a decir adiós y a pedir perdón, Tracey.

―¿Qué demonios quieres decir? ―preguntó ella.

―No puedo quedarme aquí, no con la situación actual ―respondió él―. Podría herir a alguien porque la sed es demasiado… demasiado fuerte.

―Entonces, ¿por qué estás aquí? ―preguntó ella―. Podrías hacerme daño de nuevo. ―Fue un golpe bajo y Tracey se lo notó en la cara.

―No te ofendas, pero, apestas a lobo. Mi instinto me previene contra ti ―respondió Blaise Zabini―. Juro que no te haré daño de nuevo. Lo juro. ―Alzó la mano, le estaba temblando―. Fui demasiado estúpido esa vez. Fui a la boda creyendo que podría hablar con ella, hacerla entrar en razón.

Tracey esbozó una sonrisa triste.

―Era imposible, ¿por qué lo intentaste? ―le preguntó.

Blaise se acercó un poco a ella, que seguía hasta el fondo de la habitación, retraida sobre sí misma. Se sentó al borde de la cama, dándole la espalda a la ventana.

―¿Sinceramente? Creí que podría ayudarte ―respondió él―. Me creí más listo que ella. ¿Qué te hizo? ―preguntó.

Tracey no respondió. Sólo alzó un brazo desnudo, para enseñárselo. Las cicatrices estaban allí, como si fueran un tatuaje, grabadas para siempre en su piel. Blaise se las quedó viendo como si no creyera lo que veía y tampoco supiera qué decir. Ambos sabían que la culpa había sido indirectamente de él. Algo se había roto entre la amistad que habían tenido hasta ese entonces, así que Blaise no repitió su disculpa y Tracey no se lo reprochó.

―Me puso matalobos ―fue lo que sí dijo―. Me hizo cada una de las heridas y me puso matalobos en ellas. Una a una. ―No se lo había dicho a nadie, ni siquiera a Seamus―. No le cambio la expresión mientras yo gritaba y esperó pacientemente hasta que le supliqué, Blaise. ―Tragó saliva y titubeó un momento―. Acabe suplicando, en el suelo. Hace mucho tiempo, cuando… cuando… cuando Miles me arrastró por el suelo de este departamendo dispuesto a regresarme a la cama para arrancarme la ropa a tirones y me dejé las uñas clavadas en la madera creí que nada podría haberme sentir mierda nunca más. ―Miró por la ventana―. Supongo que me equivoqué.

Blaise Zabini frunció el ceño, probablemente porque no sabía de lo de Miles, pero no dijo nada durante un momento. Liberó el brazo de Tracey y dejó que ella se volviera a abrazar con él.

―Son la marca de que estás viva ―le dijo.

―¿A qué precio? ―preguntó ella. Ni siquiera ella tenía la respuesta o se atrevía a dar una. Cicatrices como aquellas, sobre todo las que le habían quedado en el alma, siempre eran un precio demasiado alto a pagar por la supervivencia.

―¿Acaso importa? ―inquirió él, intentando quitarle importancia y enfatizar que, de hecho, ella estaba viva―. Eres una superviviente, Tracey. La cicatriz que te dejó el lobo debe seguir por allí. Quizá tengas más. No sé. Eres una superviviente.

Ella enterró la cabeza en las rodillas.

―A veces desearía no serlo.

―Es una mentira.

―Quizá. Pero en mis momentos más oscuros lo pienso. ―Se quedaron callados hasta que ella finalmente decidió hacer una pregunta―. ¿Por qué te vas? O más bien, ¿a dónde te vas?

Blaise se encogió de hombros.

―No sé, lejos.

―¿Lo sabe Pansy? ―preguntó ella.

―No. No quiero que lo sepa.

―¿Te da vergüenza?

―Quizá ―respondió él―. Quizá es sólo que no quiero que tenga que enfrentarse a un novio con un novio vampiro.

―Díselo, de todos modos. Dile al menos que le vas a romper el corazón y por qué―le pidió ella―. Para que no tenga que decirle yo un día que la única persona de la que te despediste fue de mí, Blaise. Y para que lo entienda, algún día.

―Le mandaré una carta ―la tranquilizó él― ¿Sabías que quería casarme con ella? ―inquirió con ese tono de desesperanza del que se hablaba de una posibilidad perdida para siempre.

―Promételo. Promete que le enviarás esa carta.

―Lo prometo, Tracey.

―Por lo que sea que te importe más en este mundo ―le pidió ella―. Por favor. Porque alguien tiene que perdonarte.

―Por ella, entonces, prometo por Pansy que voy a mandar esa carta ―dijo él. Se volvió a quedar callado y Tracey ya no dijo nada más hasta que, finalmente, titubeante, él volvió a romper el silencio―: ¿Me perdonas tú, Tracey?

Ella no le mintió.

―No sé si seré capaz.

Blaise Zabini le sonrió, le regaló la sonrisa más triste del mundo y se puso en pie. Intentó sostenerle la mirada, pero no lo logró durante mucho rato. Finalmente, Tracey volteó a ver a la ventana cuando él se dio la vuelta para irse. Quizá estaba siendo cruel, pero el momento en que el se había desaparecido con ella siempre iba a estar presente en sus pesadillas y ella no tenía la mente lo suficientemente fría como para decirle a un chico que había muerto por ella que no lo perdonaba. Lo único que podía desearle era buena suerte y una buena vida ―que sería muy larga―, allí a donde fuera.

―Hasta entonces, Tracey ―le dijo él, antes de partir, despidiéndose como si fuera a volverla a ver. Nunca se sabía.

A lo mejor se volvían a cruzar. A la mejor, efectivamente, él conseguía una buena vida. A la mejor Pansy sí conseguía perdonarlo.

Ella no lo tenía tan fácil.

Las cosas se estaban poniendo peores. De repente, el Callejón Diagon se había convertido en una zona de guerra. Ni siquiera había intentado pisar la tienda, para evitarle los problemas a Millicent. Apenas hacía una semana que estaba en el sótano de los Camichael y hacía menos de dos días seguía en San Mungo. Después, había tenido que volver a casa y enfrentarse al mundo. Pasar encerrada todo el día, con miedo permanente a salir.

Afuera, las consignas contra los vampiros y los hombres lobo empezaban a volverse peores. El Profeta empezaba ya a hacer campaña contra ellos. Incluso Hermione Granger había perdido su puesto de trabajo, o eso habían asegurado los periódicos. Era cuestión de tiempo que los empezaran a quitar a todos. Shacklebolt, incluso Potter. Era cuestión de tiempo que las medidas empezaran a hacerse más duras y de verdad diera miedo salir a la calle.

Leía el periódico, todos los días, y todos los días las noticias eran las mismas. San Mungo ya no atendía criaturas mágicas, miles de niños mordidos por hombres lobo en todo el país morían por falta de atención. Y ella estaba allí, viva, encerrada y a salvo cuando en realidad tenía parte de la culpa porque Randall sólo había acelerado ese proceso con su arresto. Tenía miedo de verlo y tener que decirle lo que había causado. Tenía miedo de ir a visitarlo antes del juicio y que fuera la última vez que lo viera vivo. Tenía miedo de decir adiós.

Abrazó a la almohada. Se quedó abrazándola hasta que oyó como alguien llamaba a la puerta y supo que sería Seamus ―porque tocaba de una manera peculiar: dos toques rápidos y después uno solo―. Se puso en pie y agarró una de las viejas túnicas que Randall, que estaban por todo el lugar para ir a abrirle. Abrió la puerta e intentó sonreír, pregúntarle como había estado aquella noche en el bar, pero lo único que hizo fue lanzarse sobre sus brazos y llorar.

Sentía que lo deprimía y que en realidad Seamus no tenía ni idea de qué hacer con ella. Pero seguía yendo. Le llevaba comida, historias, intetaba distraerla y le tomaba la mano para darle apoyo. Pero no se había atrevido a nada más. Tracey de repente quería regresar el tiempo para que esos momentos donde él la invitaba a bailar o a tomar una copa en el bar volvieran, pero en vez de eso ella tenía ganas de llorar todo el día.

―Hola ―fue lo que dijo Seamus. No se movió. Le devolvió el abrazó y la dejó mojarle toda la camisa con sus lágrimas. Siempre la dejaba.

―Seamus ―dijo ella―, iré a verlo. Antes del juicio.

Él no le dijo nada, pero ella se separó y lo dejó pasar.

Tracey sentía que no le había dado las gracias por rescatarla suficientes veces, pero sabía que con Seamus eso no era necesario. Parecía dispuesto a quedarse alrededor todo el tiempo que hiciera falta o que ella lo dejara. Cuando se dirigió a la cama, para acostarse junto a ella, Tracey le sonrió.

Sabía que podía abrazarla el resto de la noche. Para las pesadillas.


La habían revisado mil veces, pero no habían podido negarle la entrada. Le habían quitado la varita por seguridad, pero no habían podido quitarle nada más. Había seguido las normas al pie de la letra. Seamus, sin embargo, había tenido que quedarse afuera. «Sólo una persona», les habían dicho. Él le había dicho que la esperaría afuera, junto al guardia de la puerta y ella había entrado. Aún sin dementores, Azkaban era un lugar tétrico. Los gritos se oían mientras recorrían los pasillos ―sólo tal vez no eran tan fuertes como antes― y algunos golpes en las paredes. A Tracey siempre le había parecido que todos los ministros de magia ―incluso Shacklebolt― habían ignorado Azkaban y habían volteado para otra parte. Las condiciones en la prisión no mejoraban mágicamente con quitar a los dementores ―aunque ayudaba a mejorar el aura del lugar―. Pero Tracey ya tenía suficientes injusticias en las que pensar como para pensar en una más.

―Toca cuando quieras salir ―le dijo el guardia que la había acompañado―. Si pasa algo yo estaré justo aquí.

Se habían detenido frente a una de las celdas. Tenía barrotes a modo de ventana. Tracey frunció el ceño al notar que no estaban donde ponían a los criminales comunes, sino en una de las zonas de alta seguridad. El guardia abrió la puerta y ella entró.

El panorama de aquel cuarto ―celda, se corrigió― era desolador. Un catre al fondo, las paredes sucias y rayadas. Randall estaba al fondo, volteado hacia la pared. Se las había arreglado para tapar la ventana que daba al cielo abierto con un par de cartones, para que no le entrara el sol. Por lo demás, estaba famélico, con la piel más pálida que de costumbre si eso era posible, sucio y con el cabello desordenado. Tracey no tuvo la fuerza suficiente para sonreírle cuando se dio la vuelta.

―Hola, extraño ―dijo.

―Hola ―respondió él.

Se quedaron así un momento. A Randall no le sentaban las rayas de un uniforme que ya habría pasado por mil presos más. Encima de eso llevaba una de sus viejas túnicas, que estaba asquerosa de suciedad. Tracey tragó saliva porque nunca lo había visto así, en ese estado. Lo había conocido como un ladrón vulgar, pero nunca había alcanzado esas condiciones.

―Te están matado de hambre ―dijo ella, aún sin acercarse. No fue una pregunta, simplemente la constantación de un hecho. Ella sacó un envase tapado que contenía un líquido rojo―. Sólo me dejaron pasar eso ―extendiendo la mano―, lo robamos de un hospital.

La reacción de Randall fue demasiado rápida. Se acercó a tomar el bote y abrirlo. Tracey nunca lo había visto tan desesperado por beber sangre porque nunca le había gustado. No apartó la vista hasta que Randall terminó con la sangre y se limpió los labios. Nunca había visto ese espectáculo.

―Gracias ―dijo él―. Gracias, Tracey.

Se acercó para abrazarla. La apretó contra su pecho como si no acabara de creerse que estaba allí y Tracey descubrió que encajaba allí perfectamente. Randall era el chico que siempre le había quitado las pesadillas ―quitándoles importancia con su cinismo, distrayéndola o abrazándola― que la había protegido y había deshecho sus propias reglas morales para protegerla. Cuando Tracey le había preguntado qué hacía con las pociones ilegales que dejaba herir en un caldero, él había respondido que sólo venderlas; había asegurado que nada que involucrara a menores, secuestros o tortura. Había omitido el asesinato, pero Tracey sabía que no le gustaba aun cuando era un vampiro con problemas para controlar la sed.

―¿Estás bien? ―preguntó ella―. ¿Por qué en esta zona? Creí que aquí sólo ponían a los locos. Y a los criminales demasiado peligrosos.

Randall se encogió de hombros.

―Así nos están catalogando, como criminales peligrosos ―respondió―. A todo el mundo le parece una exageración, he oído gritos. Pero nada de noticias. No nos dejan ni leer El Profeta. ¿Cómo están las cosas allá afuera? ―le preguntó.

―Un desastre, Randall. Al final Carmichael va a conseguir lo que quería. ―Tracey no pudo evitar que la furia no saliera de su garganta―. Lo único es que estará en la tumba. Pero todo por lo que abogó una vez. Todo se está cumpliendo. No nos atienden en San Mungo, hay tiendas que ya no dejan que ponga un pie adentro, hay despidos injustificados en todas partes… Fue lo que logramos con mi rescate, Randall.

Randall pareció pensarlo un segundo, al darse cuenta de la magnitud de lo que habían hecho, pero esbozo una sonrisa triste.

―Lo volvería a hacer ―aseguró.

Tracey le respondió la sonrisa. No importaba que el mundo ardiera en llamas para Randall o para ella si el otro estaba bien. Randall era su familia, la única familia que le quedaba y uno hacía todo por la supervivencia de su familia.

―Ya lo sé.

Tracey se dirigió hasta la pared y recargó su espalda para dejarse caer. Palmeó a su lado para que Randall se sentará allí. Él le hizo casi y se dejó caer a su lado justo como ella había hecho y le pasó la mano por la espalda.

―Estás frío ―le dijo ella.

―Tú caliente ―comentó él.

―Sangre de lobo ―dijo ella―. ¿Estás bien? ―volvió a preguntar.

Randall se encogió de hombros.

―¿Importa? Tú estás bien.

―Nunca se te dio el altruismo ―hizo notar ella.

―Por ti, siempre ―dijo él, mirándola―. Ya lo dije. Morir por ti o morir a tu lado sería un privilegio. Aunque no recuerdo cuando…

―Yo sí. Recuerdo el momento justo, Randall ―le dijo ella―. Millicent me contó que hiciste que borrara un recuerdo de tu mente para que, si te investigaban, no descubrieran nada sobre mí. Me lo dijiste esa vez, Randall. Estábamos sentados en el suelo del departamento ―contó, con los ojos mirando al suelo― y yo estaba llorando. Temblaba y lo único que tenía sobre mí era una sábana arrastrada por el suelo. Así que te agachaste y me abrazaste. Me lo dijiste. Te convertiste en mi hermano y en mi mejor amigo en ese momento. Algún día lo recordarás… ―Tracey le pasó la mano por el cabello―, lo sé. Ningún recuerdo se pierde para siempre.

Volvieron a quedarse callados. Tracey descubrió que no sabía qué decirle ya que estaba allí. Había pensando en tantas cosas, incluso en desearle suerte en el juicio, que sería en pocos días ―pero no tenía caso, Randall no era de los que tenía suerte―. Así que se quedó callada, intentando sentir la paz de antes.

―¿Tú estás bien? ―preguntó él.

Ella negó con la cabeza. No tenía caso mentir. Estaba viva pero no estaba bien y ya no podía abusar de la poción para dormir sin soñar. Despegó un poco la espalda de la pared y Randall quitó su brazo. Lentamente, se quitó el abrigo que le cubría los brazos y la tela que llevaba en el cuello, dejando al descubierto todas las cicatrices. Levantó, acercándoselo a Randall.

―No ―respondió―. Tengo pesadillas.

Randall se quedó viendo las cicatrices de los brazos, la tomó de la muñeca, que aun estaba vendada y pasó sus dedos por una de las cicatrices. Tracey podía ver la furia contenida en sus ojos y en sus labios apretados.

―No te ofendas, Tracey Davis, pero te dejaron los brazos horribles ―le dijo él―. ¿Duele? ―preguntó.

―Ya no.

―Ya no puede hacerte daño.

―Lo sé, lo sé. ―Tracey lo repitió como una mantra porque no acababa de créerselo. Las pesadillas la visitaban todas las noches, una y otra vez―. Pero, Eddie Carmichael, él… ―Tracey cerró los ojos y dejó caer una lágrima―. Gemma me hizo suplicar, Randall, lo hizo perfectamente, aún puedo ver su sonrisa complacida cuando cierro los ojos mientras yo grito y ella me pone acónito en las heridas para hacerlas arder. Pero él… él… Carmichael ―volvió a titubear―, te quitaba toda esperanza. Era como… no lo sé… se encargaba de que te convencieras de que ibas a morir allí. Me quitó la humanidad, me quitó mi nombre. ―Tracey estaba sollozando en aquel momento―. ¿Sabes que era yo para él? Un mero sujeto de experimentación sin nombre. Alguien en quien podía probar lo que fuera que estaba haciendo. Un conejo de indias.

―Maldito cabrón. ―Randall tensó la mandíbula y cerró el puño―. Jodido cabrón.

―Me quitó mi nombre ―confesó Tracey―. Con él, sólo era «seis».

No sabía que era peor: lo de Gemma o lo de Eddie. Tenían métodos completamente distintos para quitarle toda la esperanza a sus víctimas, pero eran igual de efectivos a la hora de dejar cicatrices permanentes. Tracey ni siquiera estaba segura que las pesadillas acabaran algún día. Randall la dejó llorar sin decirle nada, la dejó derramar las lágrimas que llevaba tanto tiempo intentando contener y cuando por fin Tracey pudo respirar hondo, le pidió una sola cosa:

―Tracey, régalame una sonrisa ―pidió Randall.

―¿Qué?

―Lo hice todo para verte sonreír, regálame una sonrisa ―le volvió a pedir.

―Randall… ―se quejó ella. ¿Por qué le pedía eso de todas las cosas que podía pedirle si había olvidado como curvear los labios para sonreír de verdad? No podía pedirle eso. No eso. No de todas las cosas que podía pedirlo.

―Por favor, Tracey ―pidió él.

―Randall…

―¡Piensa en el día que rompí todos los platos! ―exclamó, sin dejarla seguir―. ¡En el día que los vecinos rompieron una pared y yo les rompí ese cuadro horrible! ¡En cualquier día de los que fuimos felices!

―¿De verdad crees que fuimos felices?

―Pobres, desesperados, desgraciados, con trabajos de mierda… ―contó Randall―, pero creo que también felices, sobre todo eso. ¿Cuántas veces no te hice reír? ―Tracey se atrevió a esbozar una sonrisa pequeña. Randall le sonrió de vuelta―. Esa sonrisa quería ver. Justo esa.

―¿Crees que volveremos a ser felices? ―preguntó ella.

―Dicen que el tiempo cura todo ―dijo él―. Y sí, creo que volveremos a ser felices.

―Lo del tiempo es una mentira.

―A veces no. A veces el tiempo puede hacer maravillas ―respondió él, intentando poner una voz de persona mayor que no le quedaba a su apariencia eternamiente juvenil―. A veces puedes creer que nunca estarás haciéndote el sabio con una chica que te soporta y un día lo estás haciendo. Para mejorar el asunto, también tienes un uniforme de rayas increíblemente asqueroso. ―Intentó reírse, pero la risa se le atoró en la garganta―. Creí que mis crímenes nunca me iban a alcanzar, Tracey, creí que podría seguir corriendo hasta el fin de los tiempos y que podría seguir huyendo. Pero aquí estoy.

―Dejaste que te alcanzaran.

―Por ti. Cualquier otra chica me estaría besando.

Tracey se rió.

―No te hagas expectativas imposibles ―le dijo ella―. A cualquier otra chica sólo le parecerías un psicópata barato. Yo estoy aquí porque eres la única familia que tengo.

―Es agradable. Tener una familia que no te odia ―comentó él―. ¿Hablaste con mi madre?

Ella asintió.

―¿Cómo está? ―preguntó él.

―Destrozada. ―Tracey no mintió, de todos modos Randall se daría cuenta―. Quiere saber si puede verte.

Randall negó con la cabeza.

―No se permiten muggles aquí, por «seguridad». ―Dibujó unas comillas en el aire. Su voz era increíblemente ácida―. No puede. Y… no quiero que me vea en el juicio.

―¿Para no hacerle daño o no hacerte daño a ti? ―preguntó Tracey.

―¿Tú que crees? El altruismo nunca ha sido mío.

Por supuesto, para no destrozarse él. Siempre había sido así: con la capacidad de voltear a otro lado e ignorar los problemas hasta que finalmente lo alcanzaban ―y lo derribaban―. Fingir tener un corazón de piedra sólo para poder ocultar sus sentimientos detrás de una media sonrisa con un toque sarcástico y un cinismo que usaba de escudo. Con ella nunca había podido hacer eso.

―¿Y tu padre? ―Tracey cambió de tema porque podía ver el dolor en los ojos de su amigo, era totalmente tangible―. ¿Ha venido a visitarte?

―Sí. ―Randall asintió, fijando su mirada en la pared―. Soy la «vergüenza de la familia» ―volvió a dibujar unas comillas en el aire, hablando con un tono resentido―, y no merezco ser su hijo. No sé si algún día se arrepienta, pero probablemente está rumiando aún que no fue el que tomó la estafeta que dejó Carmichael. A estas alturas, hubiera preferido que lo fuera. ¿Quién está a la cabeza ahora?

―No lo sé ―respondió Tracey―. Todo es una locura. Dicen que el registro no bastará y que nos obligaran a identificarnos publicamente.

―¿La excusa?

―La misma de siempre, que somos peligrosos ―respondió Tracey―. Seamus dice que ya se les acabaron los mortífagos a los cuales culpar por la guerra para mantener el miedo colectivo y ahora nos usan a nosotros. Si ese es el objetivo, está funcionando perfectamente. Casi nadie se está quejando por miedo.

―¿Y ese imbécil Shacklebolt? ―preguntó Randall.

―Dicen que su destitución está a la vuelta de la esquina porque ya lograron quitarle el trabajo a Granger, que es una heroína de guerra ―contó Tracey, recordando las últimas noticias que había oído e el radio―. En resumen, todo es una gran mierda.

Se recargó contra su hombro. Ella había tenido días para asimilar las noticias, pero él probablemente acababa de enterarse.

―¿Ha venido alguien más a verte? ―le preguntó ella. Le desagradaba la idea de que Randall estuviera sólo.

―Millicent ―respondió él―. Cuando estabas en el hospital ―contó―, para decirme que te habían rescatado y darme las gracias. No pudo sostenerme la mirada demasiado tiempo. Sabe lo que le hice a Gemma.

―Lo leí en las noticias ―confesó Tracey―. Signos de golpes, desangrada y una quemadura ―recitó, como si se lo hubiera aprendido de memoria. Randall no le devolvió la mirada, ni hizo ningún gesto cuando lo dijo. No parecía orgulloso de ello, pero tampoco parecía arrepentirse.

―Tenía que hacérselo pagar ―respondió él. Era su justificación y Tracey la respetaba.

―Ya sé de lo que eres capaz, Randall ―le dijo ella―. Pero Millicent…

―Lo vio todo en mi mente ―interrumpió él― cuando borró el… recuerdo. De eso si me acuerdo. Lo vio todo. Las drogas, los muertos anónimos todas las noches que tuve demasiada sed. ―Randall se pasó las manos por el rostro―. Todo. Supongo que sólo soy un criminal a sus ojos; un criminal que te salvó, pero un criminal, al fin y al cabo. Ah, y le grité.

―¿Por qué?

―Supongo que perdí los estribos ―contestó él―, no estabas allí para hacerme entrar en razón.

―Entonces… ¿sólo Millicent?

―Seamus también ―agregó Randall, curveando los labios en una sonrisa―. Después de ella. Cuando aún estabas dormida. Fue capaz de sostenerme la mirada un rato, aunque quizá no lo aprueba ―relató―. Quizá le parece mal, pero sabía que era la única manera de hacerlo, o no se le ocurrió otra. Sin embargo no me importa, la única persona que nunca quise que me viera como un asesino eres tú.

―Entonces, no tienes de que preocuparte ―le dijo ella―. Hace mucho que conocía esa faceta tuya.

Se quedaron callados. Él no lo recordaba, pero ella sí. Algún día lo haría recordar, cuando no fuera peligroso y fueran libres, aunque el tiempo no estuviera de su parte.

―Millicent, Seamus y tu padre; no suenan exactamente como las visitas soñadas ―comentó Tracey―. Y finalmente, yo.

―Al menos tengo visitas ―suspiró Randall―. Más de la mitad de los desgraciados que están aquí encerrados se han convertido en la vergüenza de sus familias o no tienen a nadie más. Están completamente solos. ¿Por qué crees que la gente se vuelve loca aquí, aunque no haya dementores?

Tracey levantó la cabeza de su hombro y se quedó viéndolo, muy atentamente, como si intentara grabarse a fuego su rostro en las pupilas.

―No se te ocurra volverte loco ―lo dijo como una orden, con la voz dura y seca.

―Nunca, siempre y cuando prometas venir a verme.

Era una mentira. Randall lo sabía y Tracey lo sabía. Si el Winzengamot se salía con la suya, Randall no iba a salir vivo del juicio. Ninguno de los dos lo había mencionado, pero era algo que estaba en el aire, oprimiéndolos. Como un pensamiento, un susurro, algo que estaba allí y que ellos elegían ignorar por voluntad propia.

―Por supuesto ―respondió ella.

―¿Tú, has tenido visitas? ―preguntó él.

―Adrian. Aún le parezco una alucinación o un milagro ―Tracey sonrió―. Su novia me ha ayudado con la medicina. Roba la mayor parte de las pociones curativas ―contó―. Millicent y Seamus, todos los días. No soporto estar sola en el apartamento. Todas tus cosas siguen allí. La ropa, las túnicas feas, los ingredientes, tus dos calderos… ¡Ah! ―se había acordado de pronto de algo que aún no había mencionado―, y Zabini fue a verme.

―¿Zabini? ―Randall alzó una ceja―. Seamus dijo que estaba muerto.

―Sí, murió.

―¿Se quedó como un asqueroso fantasma? ―preguntó Randall, frunciendo el ceño.

―No, al parecer aún tenía sangre tuya en sus venas cuando murió ―contó Tracey―. Dijo que iba a huir. Que Pansy no se merecía esa carga… algo así, supongo.

―Así que un vampiro… convertí a alguien.

―Sí.

―Yo tengo la culpa.

―Básicamente, sí.

―¿Puedo decir que me importa un bledo o me abofetearás? ―preguntó él―. En serio, yo no le pedí que muriera. Yo sólo dejé caer, como si nada, que Carmichael no podía salir vivo de allí. Ya sabes, por si quería seguir expetimentando. Y el imbécil… ¿qué hizo? ¿Se tiró un techo encima? ―Tracey asintió―. ¿Crees que vuelva alguna vez? ―preguntó.

―No sé. Se sentía culpable, ya sabes… ―Tracey no quería ahondar más en el tema.

―Debería.

Tracey asintió. Quizá no tuviera una capacidad de perdonar envidiable, como la de otras personas. En ese momento no quería y no sabía perdonar. Quizá con el paso del tiempo. Pero no en ese momento. Randall, desde luego, ni siquiera contemplaba la posibilidad de que el tiempo borrara el rencor que tenía. Nunca había contemplado esa posibilidad.

―Entonces, ¿me puede importar un bledo? ―volvió a preguntar Randall, insistiendo en la misma pregunta.

―Supongo. Arruinamos a toda la sociedad mágica, ¿qué más daño puede hacer otro daño colateral? ―respondió ella.

―Quizá debamos hacer algo acerca de eso.

―Quizá ―coincidió Tracey.

No dijeron una palabra más del tema porque ambos sabían que el límite de su altruismo no era infinito. Ambos eran supervivientes y Tracey en especial no tenía ganas de meterse en más problemas. Si de ella dependía, podría aislarse para siempre, sólo para no tener que sentir más dolor nunca jamás. Pero eso no era posible, su padre ya se lo había dicho, el día que se despidió de ella en King Cross, la última vez que lo vio con vida, el primero de septiembre de 1997. Le había dicho que no podían evitar los malos ratos, porque sin ellos no podían existir los buenos. Y después de eso, le había dicho «estaré bien», con una sonrisa de mentiras que no alcanzó a llegar a sus ojos.

Nunca había vuelto a verlo.

―¿Qué haremos, mientras tanto?

Tracey se encogió de hombros.

―Supongo que, por ahora, sobrevivir será suficiente. Somos expertos en eso, ¿no, Randall?

―Se está poniendo cada vez más difícil ―le dijo Randall, probablemente pensando en la sentencia que le iba a tocar. Respiró hondo y Tracey pudo ver que sus manos temblaban. Para evitarlo, Randall se pasó la mano por el cabello. Siempre hacía eso cuando estaba nervioso. Tracey atrapó su mano al vuelo y la apretó, intentando darle confianza, aunque ella misma no tuviera mucha―. Cada vez más difícil ―repitió Randall.

―Ya casi todos expertos en sobrevivir, Randall. No lo olvides nunca.

Intentó sonreír. No lo consiguió. De verdad lo había intentado. De verdad. Pero no consiguió curvear sus labios en una sonrisa que pareciera convincente. Lo pudo notar en la cara de Randall. La estaba desesperando verlo de aquel modo, con toda esperanza perdida. Ese no era Randall, el Randall que se había metido a su apartamento como ladrón por una ventana. No era su Randall. No era el Randall que era capaz de hacerla reír incluso en los peores momentos.

Suspiró.

―Creo que tengo que irme ―musitó.

Se puso en pie y luego lo hizo él. Aún sostenía su mano, como si no quisiera dejarla marchar.

―No dejes de venir ―le pidió―. No faltes al juicio, aunque e duela verme cargado de cadenas. No… ―Suspiró y pronunció las palabras que siguieron como si tuviera que hacer un gran esfuerzo―. No me olvides.

―Nunca ―aseguró ella y sacó un pedazo pequeño de pergamino de la túnica. Extendió la mano para entregárselo―. Es para ti. Ábrelo cuando me haya ido, ¿si? ―le pidió.

Randall lo tomó y asintió. Ni siquiera preguntó qué era.

―Entonces… nos vemos. ―Extendió la mano para estrechársela.

Tracey la ignoró y se acercó a abrazarlo. La fuerza con la que lo hizo fue para romperle las costillas a Randall.

―Nos veremos cuando nos veamos, Randall ―le dijo, citando la carta que él le había escrito. Después se separó de él―. No olvides abrirlo.

Se dirigió hasta la puerta y tocó un par de veces, hasta que el guardia le abrió. Antes de salir, volteó la cabeza y le dedicó todavía una mirada a Randall, que tenía el pequeño pedazo de pergamino aún en la mano. Volvió a intentar formar una sonrisa, pero siguió sin lograrlo y él sólo alzó una mano para dedicarle una seña de despedida. Después, salió.

Randall se quedó allí, oyendo los pasos alejarse, con el pergamino en la mano y respiró hondo. Se dejó caer en el catre, que rechinó cuando tuvo encima todo su peso. Revisó el pequeño rollo de pergamino cerrado, preguntándose que estaba allí. Frunció el ceño y entonces lo abrió.

Abrió mucho los ojos cuando leyó lo que estaba allí escrito con la pulcra caligrafía de Tracey, en tinta azul, justo en medio del pergamino. Quiso ponerse en pie, casi eufórico y decirle a gritos y a risas a Tracey que tenía razón, que eran unos supervivientes y que mientras de ellos dependiera, siempre lo serían, lo cual bien podía significar que para siempre. Pero Tracey ya no estaba allí y no pudo hacer nada de eso. En su lugar, se quedó viendo aquellas cinco palabras color azul. Las mejores cinco palabras que nadie le había escrito nunca.

Y justamente, las había escrito Tracey Davis, la única persona que sabía cómo darle esperanzas en su momento más oscuro y que era capaz de hacerle una promesa tan grande como aquella.

«Voy a sacarte de aquí».


Primero que nada, quiero decir que, por si tienen alguna queja sobre el final, bomba o arma, estoy en un búnker. Sólo cuestión de seguridad básica, ya lo saben. Segundo, fue todo un placer escribir esta historia y esperaré las demandas por maltrato personajil en mi escritorio. Tercero, ¿qué sería una historia sin agradecimiento como debe de ser?

Bell, ya sabes que te agradezco que leas todo por anticipado, me rueges que deje a los personajes vivos, no hagas apuestas sobre sus destinos y me des coscorrones cuando cometo errores en la trama. Gracias por señalarme todos los plot holes, oír las teorías y aguantarme cada que quiero preguntar qué tan lógico quedaría esto o lo otro. Gracias por leer cosas que son tan poco tu estilo y tanto el mío.

Segundo, Muse, sin ti Seamus y Tracey no se hubieran cruzado ni por casualidad en mi cabeza. Si empecé a escribir de ellos, fue gracias a Testigo (una historia que debería de haber comentado cuando la leí, no mil años después) y por curiosidad, pero no me cuajaban para nada. Así que en parte, aunque no haya gran cosa de Seamus/Tracey en esta historia, una parte es gracias a ti.

Tercero, a mi mami por aguantarme en las crisis y no preguntar por qué escribo de vampiros y hombres-lobo y magos, todo a la vez. Se lo merece. Y finalmente, a todos los que han comentado alguna vez o han leído o se han molestado en gastar su tiempo, aunque sea mínimamente, en una historia cómo esta con unos personajes como esto que, si algo son, no es exactamente buenas personas. Siempre he pensado que no vale la pena contar historias que ya están escritas si no tienen un toque original. En este caso, espero que les haya gustado el mío, con vampiros, licántropos, radicales y políticos estúpidos.

Si han llegado tan lejos, porque se me está saliendo lo cursi en esta nota, gracias por seguir aquí, por seguir leyendo y por apoyarme. Me da igual que esto sea un fanfic: más de cuarenta mil palabras no se escriben sin falta de constancia y de apoyo. Gracias por todo eso.

Como dijo Michael Ende, a Tracey ―a esta Tracey, porque tengo unas cuantas más―, a Randall, a Seamus, a Millicent y a Blaise les quedan muchas historias que contar, pero no será aquí, y no en esta ocasión. Después de todo son supervivientes, no exactamente buenas personas y están dispuestos a todo por aquellos que quieren. Gracias. En serio. Gracias por leer.


Andrea Poulain

a 20 de septiembre de 2015