Capítulo X: El secreto de la mariposa
Ginny golpeaba a la puerta de una casa. Golpeaba con violencia, como si quien estuviera dentro estuviera escuchando música a todo volumen y no pudiera escuchar los violentos toques a la puerta.
-¡Soy una representante de la ley! ¡Abre la puerta, de lo contrario la echaré abajo!
Sin embargo, lo que realmente quería decir Ginny con esas palabras era más o menos lo siguiente: "¿Por qué demonios te acostaste con Harry, maldita geisha?", pero quien aporreaba la puerta no quería que nadie se diera cuenta de lo que realmente estaba sintiendo en esos precisos instantes, ni menos la dueña de casa.
Un minuto después, la puerta se abrió, revelando a una mujer con claros síntomas de haberse levantado hace poco. Su cabello negro brillante estaba revuelto, se podían discernir las ojeras en sus ojos oblicuos y la boca la tenía entreabierta, como si la mujer que la miraba con ojos volcánicos fuera una amiga que la visitara a destiempo.
-¿Qué se le ofrece? –dijo la mujer.
Ginny no tenía tiempo para preámbulos. Fue directo al grano.
-He recibido cierta información que deseo que usted me corrobore. –Ginny empleó un tono más calmado, como si toda la furia anterior no fuera otra cosa que un mero protocolo-. ¿Es cierto que un Auror llamado Harry Potter pasó la noche en su casa?
La Auror lo dijo de forma casual, pero las venas de sus sienes temblaban sutilmente y sus manos estaban casi comprimidos en puños. Y la dueña de casa se dio cuenta de inmediato. Aquella representante de la ley no era otra que la novia de Harry y, a juzgar por la rigidez con la cual se erguía delante de ella, parecía extremadamente celosa. Su amigo no mentía respecto a su atractivo, pero eso era lo de menos. Debía ser cuidadosa con los detalles, si no deseaba caer presa por una lesera.
-Es verdad, Harry pasó un rato en mi casa, pero se fue cuando terminó "Convictos en vivo". Dijo que no debía pasar mucho rato en casa de una amiga, por si a los Aurors se les ocurría consultar su lista de amigos y comenzaran a efectuar redadas.
Ginny alzó una ceja.
-Dos de mis oficiales estuvieron frente a su casa y escucharon gemidos. Además, no existe ningún registro que avale la llegada de Harry a ningún otro sitio que no sea su casa.
Esta vez fue Cho quien alzó una ceja.
-¿Está insinuando que me acosté con Harry? –dijo, como si la mera mención del hecho fuera una imposibilidad lógica-. Por favor, eso es imposible. Yo jamás me acostaría con un hombre. Hace tiempo que perdí la costumbre.
Ginny dio poco crédito a su afirmación. Según ella, Harry había pasado la noche con Cho y habían tenido un rato de diversión desenfrenada. Eso era todo lo que quería creer, porque su intuición rara vez fallaba, y ésta le decía que la mujer que tenía delante había gozado de su novio de una forma en que sólo ella podía hacerlo.
-Está mintiendo –dijo Ginny-. Harry estuvo en su casa hasta por los menos las cuatro de la mañana.
Cho no pudo aguantar las ganas de reírse. Estuvo un minuto batiendo la mandíbula como si no las tuviera articuladas. Cuando pudo tranquilizarse, encaró a Ginny con decisión, sin importarle un pepino si comenzaba a gritarle. Era más, tenía la clara convicción que iba a sorprender a una mujer que estaba poco acostumbrada a estarlo.
-¿Conoce la escala de Kinsey?
Ginny se quedó mirando a Cho como si no pudiera creer lo que acababa de oír. Jamás en su vida había escuchado hablar de esa escala pero, decidió que poco o nada tenía que ver con el asunto que tenían entre manos.
-No la conozco ni me interesa.
-Pues claro que le interesa –contradijo Cho, sonriendo ampliamente-. Yo me hice ese test y tuve un 3 en la escala. Apuesto a que se muere de interés por saber qué significa.
-No trate de pasarse de lista conmigo, señorita Chang –advirtió Ginny, llevando una mano a su bolsillo, en busca de su varita. Sin embargo, jamás la tomó.
-Significa que soy lesbiana –dijo Cho con toda tranquilidad.
Aquella fue la razón por la cual Ginny no pudo tomar su varita. Aquello jamás se lo esperó, menos de la mujer que tenía enfrente. Dudó un poco, tratando de zafarse de tamaña declaración, pero era imposible. Ahora, no tenía ninguna otra alternativa que probar que aquello era cierto.
-¿Cómo puedo saber que usted lo es en realidad? Aquellos tests son poco fiables.
-¿Quiere que se lo demuestre?
Ginny estaba perdiendo la paciencia.
-No necesito que me demuestre nada…
Ella no pudo decir nada, pues Cho acababa de hacer algo que Ginny no podía atreverse a imaginar ni siquiera en sus más terroríficas pesadillas. Era incapaz de moverse mientras Cho probaba, sin ningún margen de duda, que sus aseveraciones eran verdaderas.
Hermione se sentía vacía, como una gran bolsa de plástico llena de aire que era arrastrada por el viento. Tenía los pies al borde de un precipicio de concreto, sus ojos miraban hacia el pavimento, cinco pisos más abajo, como si la llamara a que fuera a su encuentro. Los vehículos transitaban zumbando en ambas direcciones. Hace dos minutos había perdido la última razón para seguir viviendo.
10:25
Aquella era la fatídica hora en la cual un hombre acababa de fallecer. O al menos el momento en que supo que no había esperanza de revivir el corazón de Neville. No valía la pena llorar, las lágrimas no eran suficiente desahogo para el dolor que había terminado de romper su corazón en tres. Su rostro no tenía color, no tenía expresión, casi como un cadáver, su cabello ondeaba a la brisa matutina, la única señal de vida que podía intuirse en ella, sus ojos no brillaban y su boca la mantenía entreabierta, como si quisiera perpetuar de esa manera el momento en que besó por primera y última vez a Neville. Iba a morir de ese modo.
Dio un paso hacia delante, sólo sintiendo aire debajo de su pie izquierdo. Iba a precipitarse hacia el vacío, iba a dejar de existir. ¿Por qué el amor tenía que ser tan cruel con las mujeres? ¿Por qué podían amar? Era una cruz y una maldición amar, un lastre, un mal necesario. Aquellos pensamientos cruzaban la mente de Hermione cuando comenzaba a caer de cabeza hacia la calle.
Eran eternos los segundos. ¿Por qué no caía? ¿Por qué seguía viva? Debería estar en los tiernos brazos del aire en ese momento y, sin embargo, permanecía allí, inclinada sobre el borde de la azotea, como flotando. ¿Qué ocurría?
Segundos después, sintió una mano cálida sujetarla con firmeza. ¿Quién impedía que se suicidase? ¿Quién era el imbécil que creía que su vida todavía tenía sentido? Lo supo cuando miró hacia atrás. Casi quería creer que era Neville quien la había sujetado para que no cayera, pero se sintió ¿decepcionada? cuando se encontró con unos ojos que conocía muy bien, unos ojos de color verde esmeralda, los ojos de su mejor amigo.
-¡Harry!
-Hola Hermione –dijo él, sonriendo, jalando con más fuerza del brazo de Hermione y abrazándola, como si temiera que se cayera realmente de la azotea del edificio-. Espero que no estés haciendo lo que yo creo que ibas a hacer.
-Harry –Hermione necesitaba que entendiera la nueva fatalidad que acababa de caer sobre ella-. ¡Neville está muerto! ¡Muerto, Harry! ¡Justo cuando hallé algo lindo en él!
Ella no era capaz de entender por qué Harry tenía una sonrisa en su cara. ¡Neville está muerto! La asaltaron unas ganas locas de golpearlo, borrar aquella estúpida sonrisa de su cara para que cayera en la cuenta de la tragedia que ocurrió en una de las salas del hospital. Pero Harry seguía tomándola de la mano, guiándola hacia dentro del complejo, descendiendo escaleras lentamente, suavemente. Y Harry no soltaba la mano de su amiga. Hermione transitó de la total vacuidad a una naciente vergüenza. Parecían pareja, pero no lo eran. Y, sin embargo, había una conexión entre ellos, una complicidad especial que hacía vaticinar a Hermione el final del camino.
Harry se detuvo. Hermione también. Ella miró por la ventana y, casi le dio un paro cardíaco cuando vio la escena de la sala en la que había estado hace casi cinco minutos atrás. No era la escena típica de una sala en la que acababa de morir alguien, sino la de una sala en la que un paciente estuviera convaleciente.
Hermione abrió violentamente la puerta de la sala, corrió hacia la camilla, donde una persona estaba sentada en ella, leyendo la edición matutina de El Profeta y se derrumbó sobre las sábanas, llorando de alegría. Harry estaba de brazos cruzados, con un hombro apoyado en el umbral de la puerta y sonriendo alegremente mientras veía a Hermione aferrarse fuertemente a Neville y acribillarlo a besos. Se sentía contento por darle la feliz noticia a su amiga sin necesidad de palabras, contento por saber que Hermione tenía una nueva oportunidad de comenzar otra vez. También estaba feliz por Neville, porque era la primera novia que tenía y deseaba, a veces en contra de su propio juicio, que fuera la última.
El joven turista que había recibido esa extraña llamada, paseaba por Hyde Park cuando se acordó que en un tacho de basura había una colección de documentos que debía entregar a una persona en la Abadía de Westminster. Y cuál fue su extrañeza cuando supo que el tacho en cuestión estaba frente a él, los sobres perfectamente visibles en medio de latas de gaseosa, paquetes de papas fritas y cáscaras de plátano. Se preguntó si serviría de algo extraer aquellos folios y llevarlos al hombre que esperaba en la Sala Capitular.
Decidió tomarlos, pero no iba a acudir con un hombre que podía ser potencialmente peligroso. La voz de quien había llamado por teléfono sonaba peligrosa. Haciendo uso de su buen juicio, cogió los documentos y se fue del lugar, rumbo al cuartel de las fuerzas de la ley más cercano. Tomó los sobres y los guardó en su morral como si fuera algo rutinario y monótono. Lo menos que quería en ese momento era verse sospechoso.
Caminó cuatro cuadras hasta llegar a una central de policía. Cuando llegó allí, se dio cuenta que todo el personal estaba enfrascada en una intensa investigación acerca de los tres asesinatos que la prensa local transmitía al público con cruenta efervescencia. El joven turista se sentía pequeño ante toda la actividad policial, los informes, las llamadas telefónicas y colaboraciones con la Oficina de Aurors del Ministerio de la Magia, pero aquello no impidió que se plantara delante de un oficial de policía cuyo rostro de papiro y cara de no haber descansado en días lo miraba casi con desgana.
-¿Qué se le ofrece?
-Creo haber tropezado con evidencia que podría apuntar a los responsables de los asesinatos.
El oficial gruñó. Muy a su pesar, mucha gente llegaba a la central con "evidencia" que podría ayudar a resolver las misteriosas muertes de aquellas dos importantes personalidades y ese niño en el río Támesis, cuando en realidad eran cualquier cosa menos evidencias. Una vez, un pícaro joven con cara de malo decía haber hallado el arma que acabó con la vida del niño, pero en el interior sólo había un yoyó en mediocre estado. El bromista se fue riendo a mandíbula batiente, para consternación y rabia del oficial.
-Si quiere, se las muestro –ofreció el joven. Instantes después, el hombre tomaba unos papeles que parecían ser correos electrónicos en muy buen estado que comunicaban los planes de asesinato y que, para colmo, identificaba claramente a los artífices, tanto intelectuales como a los autores materiales de los crímenes. El oficial se quedó mirándolos como si aquellos papeles fueran un tesoro recién sacado de un barco hundido. Como especialista, sabía reconocer cuándo una pieza de evidencia era una fabricación o algo genuino, como era el caso de aquellos documentos. Incluso aparecían esquemas, fotografías de los objetivos, las especificaciones de las armas que se iban a emplear y el presupuesto del que se disponía para realizar la operación. Las pruebas eran aterradoras y apuntaban a varios altos personeros de ambos Ministerios, políticos respetables, varios de ellos responsables de elaborar, moldear y acuñar el famoso Estatuto Craven.
-¿Me puede dar su nombre, por favor?
El joven entregó toda la información que se le requirió, añadiendo que era un turista americano que había llegado a Londres el día de ayer, mostrando su pasaporte para atestiguar aquel hecho.
-Tenga en cuenta que la información que acaba de darnos sólo la maneja la policía. Puede estar tranquilo. Nadie sabrá que usted nos proporcionó evidencia.
El joven sonrió.
Cuando el turista se fue, el oficial de policía se dirigió hacia la oficina de su jefe para mostrarle las evidencias. Aquello sería un verdadero bombazo en los medios: ya se imaginaba la primera plana en todos los periódicos de la ciudad y en las cadenas televisivas de todo el país "Desconcertante evidencia apunta a los arquitectos del Estatuto Craven como los responsables del asesinato de dos respetables personalidades del mundo político y de un niño inocente". Bueno, ese sería el subtítulo. No tenía mente de periodista, por lo que no se le ocurrió un titular lo bastante impactante.
Pero ese sería el trabajo de la prensa.
Harry, Hermione y Neville dialogaban animadamente, compartiendo los hallazgos que había efectuado en los últimos días. Había un aire de complicidad entre los tres, como si ellos estuvieran luchando contra un poder invisible que estaba extendiendo sus redes rápida y sostenidamente. Neville era el que estaba poniendo al corriente de sus investigaciones.
-Descubrí que el agua del Támesis al este de Londres estaba contaminada. Creo que el niño lo descubrió antes que nadie y, a causa de eso, fue asesinado. Tomé muestras del agua y hallé que ésta tenía concentraciones espeluznantes de Brebaje de Hipnosis. Seguí el rastro río arriba y, cuando llegué a la fuente, apenas pude creer lo que estaba ocurriendo.
Harry y Hermione tenían la boca abierta. ¿Alguien estaba contaminando el Támesis? ¿Y un niño tenía que pagar con su vida para que nadie se diera cuenta? Esto olía muy mal a Harry, y no precisamente porque había olvidado echarse perfume antes de salir. Eso equivalía prácticamente a una contaminación intencional, lo que casaba con lo que él había descubierto, extrañamente, durante un orgasmo.
-La fuente de la contaminación provenía de una fábrica que era propiedad de Sortilegios Weasley.
-¡No!
-¡Es imposible!
La incredulidad planeaban en las cabezas de Harry y Hermione, pero Neville todavía no terminaba con su relato.
-Obtuve un permiso para ingresar al recinto. No hallé nada en los dos primero pisos, hasta que, en el tercero, descubrí que el mecanismo de tratamiento de desechos no estaba funcionando. Sin embargo, cuando me fijé en la placa patente del inmueble, no pude creer lo que estaba viendo.
El silencio en la sala era elocuente. Harry y Hermione esperaron a que Neville rematara la historia.
-El edificio databa de los años sesenta y, lo que era más, era un edificio muggle. Intrigado, consulté en los archivos del Registro de Propiedades Industriales, pero el edificio no estaba a nombre de Sortilegios Weasley, sino que estaba a nombre de una corporación llamada Billings International. Y, lo que es peor, esa empresa no aparece ni el registro principal ni en el registro de empresas en quiebra. Parece que se trata de una corporación fantasma o, lo más probable, una tapadera, pero no pude saber de qué.
Hermione no podía decir nada. Estaban pasando más cosas de las que se atrevía a imaginar, algo mucho más grande que simples asesinatos. Harry en tanto, masticaba las palabras de Neville. Una empresa que era tapadera de algo más grande y siniestro, pero no tenía detalles específicos. Sin embargo, Billings International tenía que tener parte en la contaminación de las aguas del Támesis.
-Hay una razón más profunda de por qué ese niño tuvo que morir –intervino Harry de repente, haciendo que Neville y Hermione lo miraran fijo a los ojos. Había un aire de intensa seriedad en ellos, como si estuviera sosteniendo un peso enorme-. Hermione, ¿sabes a qué sabe el Brebaje de Hipnosis cuando es ingerido, por ejemplo, disuelto en agua?
La pregunta era extraña. Ella se preguntó adónde quería llegar su amigo con aquella interrogante. Sin embargo, respondió a la pregunta con todo el aire de una erudita que hubiera digerido un montón de libros.
-Sabe a jarabe para la tos. ¿Por qué lo preguntas?
Harry sintió la luz de la revelación iluminar su cabeza.
-Porque creo saber qué planea Billings International con la contaminación del río.
Neville y Hermione prestaron la más suprema de las atenciones a las próximas palabras de Harry, porque prometían ser muy reveladoras. Contuvieron el aliento, a la espera que hablara el Auror.
-Anoche, pasé la noche en casa de Cho para pasar desapercibido. Ella me contó que sólo compraba agua embotellada, porque alegó que el agua sabía ligeramente a jarabe para la tos. Presentó una queja a la compañía de agua pero ellos no hallaron nada relevante.
Hermione tenía, otra vez la boca abierta.
-Entonces… entonces… eso significa…
-Significa que Billings International está contaminando el agua para hipnotizar a la población.
Neville y Hermione lucían horrorizados ante las palabras de Harry. ¿Una compañía que estuviera echando un líquido hipnótico al agua potable a propósito? ¿Con qué fin lo estarían haciendo? ¿Quién tendría la mente lo suficientemente retorcida como para tener esa idea? ¿Qué iban a ganar con hacer eso?
-Pero –acotó Hermione-, la gente necesita de un estímulo para ser hipnotizados. No creo que hayan personas en todas las casas persuadiendo a la gente de hacer cosas.
Harry sonrió. En efecto, la idea, aunque siniestra, gozaba de una brillantez espeluznante.
-No es necesario tener gente, cuando tienes los medios.
Hermione se mordió el labio. Harry volvía a tener razón. Gente viendo la televisión o leyendo los periódicos eran víctimas perfectas de hipnosis. Controlando los medios masivos de comunicación, quienes estaban detrás de todo esto podían divulgar prácticamente cualquier mensaje y el pueblo iba a creer la historia a pies juntillas. Pero la pregunta del millón seguía en pie. ¿Qué deseaban lograr con tener a la población sumida en un letargo mediático? ¿Cuál era el objeto de semejante organización en la planificación de todos esos hechos?
Neville interrumpió el silencio para hacer una pregunta que venía royéndole la conciencia desde que contempló a ese niño, muerto en la ribera del río Támesis, con una quemadura extraña en su espalda.
-¿Sabes qué mató a ese pobre niño?
Harry sabía que la pregunta vendría, tarde o temprano. Y tenía preparada su respuesta.
-Parece inverosímil, pero aquello que acabó con la vida de ese niño fue una bomba de neutrones más pequeño que un óvulo femenino. El mismo contenedor fue el que quemó la piel del niño para facilitar la penetración.
Neville se quedó mudo. ¿Una bomba de neutrones? ¿Qué demonios era eso? ¿Qué clase de arma era esa, si es que se podía catalogar como una? Sin embargo, Harry no había terminado con su historia.
-Ron, por otro lado, fue asesinado por un láser. Un haz concentrado de luz que deja pocos rastros de sangre, lo que no mueve a pensar que fue asesinado. Me costó asimilarlo por momentos pero, examiné el cuerpo y no había ningún margen de duda. Los agujeros de entrada y salida son exactamente iguales.
Hermione permanecía en silencio, lágrimas pendiendo de sus pestañas. No le hacía ninguna gracia evocar la muerte de quién fuera su prometido, pero sabía que era necesario que Neville, quien la abrazaba y la besaba en la frente, fuera capaz de entender lo que estaba pasando.
-Casius Fergusson fue un caso aparte –continuó Harry, sonriendo levemente a Hermione quien, curiosamente, se sintió mejor-. Todos piensan que fue un suicidio, pero yo y Hermione descubrimos que Casius fue astutamente asesinado. Le dieron Brebaje de Hipnosis para que fuera sugestionado y tomara agua helada en forma desproporcionada, lo que hizo que muriera de hipotermia.
Neville tuvo que admitir que, quienquiera que fuese el asesino, debió de haber planeado al milímetro las acciones que desencadenarían la muerte de Casius Fergusson. Sin embargo, era un misterio todavía la identidad del sujeto que perpetró la acción, tal vez porque nadie creía que aquel importante personaje de la aristocracia mágica pudo haber sido asesinado. La mayoría de las personas pensaban que había tomado su propia vida, hipnotizados por el agua potable y por los medios de comunicación.
-Hay una pregunta que se me acaba de ocurrir –dijo Neville, pensando en todos los hallazgos que habían realizado ambos y Hermione en los últimos días-. ¿Quién rayos está detrás de todo esto?
Mucho tiempo después, se arrepentirían de haberlo averiguado.
En un lugar cerrado, hecho de piedra, el jefe de la Oficina de Aurors esperaba una llamada muy importante, la cual debía de haber llegado hace diez minutos atrás. Era la confirmación para que él se convirtiera en una persona sumamente importante dentro del mundo de la magia. Aunque nada había salido de acuerdo al plan, el inesperado giro de los acontecimientos resultó ser provechoso. Lamentaba el percance ocurrido en la mañana, pero no había otra manera de lograr el objetivo deseado.
El objetivo.
No se conformaba con ser un simple jefe de una oficina que no era tan grande como deseaba. Sus metas eran más altas, ambición sin límites, un camino que lo podría llevar a lo más alto de la jerarquía mágica. Pero eso dependía de la información que estaba por llegar a él, a sus manos ansiosas.
Un celular sonó en las profundidades de su túnica.
-¿Diga?
-Tengo la información.
El Auror profirió un suspiro de alivio. Se limpió el sudor de la frente con la manga de la túnica.
-¿Cuándo puede tenerla aquí?
-Estoy detrás de usted.
Mason dio un respingo al tiempo que giraba sobre sus talones para ver a un hombre de terno y corbata, cuyos ojos se veían ocultos por unas gafas negras de montura metálica tipo aviador, las cuales desentonaban con el traje azul y más propio de ejecutivo. Sostenía un sobre café en una mano y, con la otra, tenía un celular de aspecto pesado.
-Buenos días, señor Mason.
El aludido no pudo atinar a decir nada. Sentía que si lo hacía, podrían derrumbarse sus aspiraciones. Se contentó con tratar de relajar su respiración.
-Como prometí, aquí tengo la información que necesita. Con esto, la investigación estará completa y los asesinatos quedarán resueltos. Y, de paso, tendrá todo lo que usted desea. –El hombre hizo una pausa para dejar que las palabras se asentaran en el jefe de Aurors-. Pero recuerde que exijo una pequeña retribución por el material que tengo en mis manos.
-Lo tengo presente. Si más no recuerdo, usted quería un puesto en el Departamento de Misterios –dijo Mason, los nervios volviendo a atenazarlo, el sudor volvió a correr por su frente y su cuello-. Sólo debido a la naturaleza de la información que me está facilitando, podré cursar fácilmente su ingreso al Ministerio. De otra manera habría sido imposible.
El hombre de terno y corbata sonrió y le entregó el sobre al ansioso Auror. Le temblaban las manos al saber lo que encerraban aquellas páginas, y lo que significaba hacer pública la información. Estaba emocionado.
-Considere esos papeles como mi currículum vitae –sentenció el hombre desconocido-. Estaré en contacto para acordar los detalles de mi ingreso al Departamento de Misterios.
El Auror asintió por toda respuesta. Después de desaparecer, Mason volvió a mirar el sobre con los documentos. Y pensar que estos míseros papeles podían ponerlo en la cima, donde siempre soñó estar. Se aseguró de guardar el sobre bien sujeto debajo de su túnica antes de desaparecer del lugar. El trabajo estaba hecho, tal como le había pedido el informante.
Pronto, los responsables de los asesinatos verían la luz y enfrentarían la ley… y él se convertiría en el próximo Ministro de la Magia.
Harry, Neville y Hermione comían en la sala donde el segundo de ellos todavía se recuperaba de la mortal herida que le propinó aquel fastidioso francotirador. Hermione prometió que le iba a devolver el favor al dar su vida por ella, bajo la mirada divertida de Harry, quien ya intuía en qué podía consistir aquel agradecimiento. Sin embargo, creía que Neville no había sacrificado su vida a cambio de eso, sino porque Hermione realmente corría peligro. ¿Quién pensaría en eso en momentos tan estresantes como los que vivió su colega y amigo?
De prontó, Hermione dejó caer la bandeja vacía al suelo, haciendo un sonoro estrépito. Acababa de recordar que ella también había descubierto algo importante, hace sólo una hora atrás.
-Muchachos –dijo, emocionada-. ¿Se acuerdan que al final del libro ese que hablaba de los mayas, había un dibujo de una mariposa aleteando y que parecía haber sido dibujado varias veces?
Neville se encogió de hombros, pero Harry dio un respingo. Se había olvidado por completo del dibujo al final del libro que le confiscaron cuando estaba en la comisaría. Era verdad que se habían reunido para compartir descubrimientos, pero todos aquellos conducían a potenciales males. La contaminación del río para hipnotizar a la gente, las motivaciones de los asesinatos; era como si una particular caja de pandora hubiera sido abierta cuando se promulgó el Estatuto Craven. Desde que fue lanzada al aire, muertes y potenciales conspiraciones salían a la luz, con motivaciones difusas e inciertas. Harry tenía la impresión que todo esto era sólo el comienzo.
-¿Qué hay de aquel dibujo?
-No es un dibujo.
Harry miró fijamente a los ojos de su amiga, sin entender.
-Si no es un dibujo, ¿entonces qué es?
-Es un esquema. Un esquema sobre cómo funcionan ciertas cosas.
-¿Una mariposa mal dibujada puede decir cómo funcionan ciertas cosas? –quiso saber Harry, mostrando abiertamente su incredulidad.
Hermione sonrió ante el desconcierto de su amigo. Era tan simple, pero a la vez tan increíble.
-Harry, Neville –dijo ella haciendo una pausa teatral-, el dibujo del libro es lo que en el mundo de las matemáticas se llama "Atractor de Lorenz"
Ambos Aurors quedaron mudos. Una cosa eran láseres y bombas de neutrones, pero semejante barrabasada como el cómo se llame de Lorenz parecía más una invención de un lunático.
-Me parece una locura –atinó a decir Neville.
-Puede ser, pero hay algo relacionado con el Atractor de Lorenz que podría ser más familiar para ustedes. Me pregunto si habrán oído alguna vez del Efecto Mariposa.
Aquellas dos últimas palabras captaron la atención de Harry. Según tenía entendido, un hecho minúsculo en el pasado, podría tener graves repercusiones en el futuro. Era una de las reglas de oro para el uso correcto de los giratiempos.
-Esa es la base de la Teoría del Caos.
-Exactamente-. Hermione ahora adoptó un tono dramático-. O estoy muy equivocada, o estamos a punto de vivir los últimos días de la Tierra tal y como la conocemos.
