-Arthur…
Arthur reconoció en seguida la voz de Alfred pero no podía creerse que a esas horas el amor de su vida estaba ahí, al lado de su cama… o eso era lo que se esperaba, porque a los pocos segundos de hablarle se subió a la cama a horcajadas sobre Arthur. El pobre de ojos verdes solo podía mirarle tapado hasta la nariz. Deseaba hacerle de todo a esas horas, pero en ese momento un rayo de inseguridad cayó sobre él. Pero el amor le hizo hacer desaparecer esos sentimientos.
Sus esmeraldas ojos miraron a los ojos azules fríos del Conde el cual le respondió con una mirada tierna. Le acarició la mejilla y con un solo chasquido la chimenea se encendió con un misterioso fuego azul, era misterioso pero hermoso y calentaba. No podía quejarse. Los tonos violáceos que se reflejaban en su chico gracias a este eran preciosos, le pegaban con sus ojos de hielo y su cabello azabache. Al poco tiempo empezó a sentir calor, con lo que se quito la sabana, gesto que Alfred interpretó como el sí.
Alfred se desnudó lentamente permitiendo a Arthur disfrutar a cada segundo de este momento. Primero se quitó la chaqueta y su camisa dejándole ver un perfecto torso bien formado y musculoso que no acariciaba notando un gran esfuerzo para mantenerlo. Al ver esto, Alfred recostó el cuerpo de Arthur el cual se estaba levantando acariciando su pecho. Le beso repetidas veces en el cuello a lo que este solo pudo emitir pequeños suspiros de placer. Realmente lo estaba disfrutando. Se abrazaba y le acariciaba la espalda mientras el otro seguía depositando besos de mariposa en su cuello y le acariciaba el pelo. Le quitó la parte de arriba de su pijama para continuar besándole el pecho. La sensación para Arthur era placentera, seguramente sería porque él nunca lo había hecho antes con ninguna persona y era por eso que sería alguien tan inocente, en realidad nunca le había atraído nadie, pero Alfred era diferente. Se detuvo ante un pezón, el cual empezó a lamer despacio.
-Ah… Alfred... –dijo Arthur ante el gesto inesperado.
-¿Te pasa algo? ¿Quieres que pare?
-No… no, quiero que sigas, por favor…
-Juguemos a un juego… -dijo lamiéndole la oreja despacio- si emites algún sonido de queja, pierdes…
-¿Y cómo me castigarás? –respondió juguetón Arthur.
-Ya me lo pensaré…
Arthur en el momento de volver a abrazarse se equivocó para su beneficio de lugar apoyando sus manos en las nalgas del otro, pudo notar su cola moviéndose de un lado a otro casi alegremente, sus alas estaban escondidas. Alfred sonrió mientras le dejaba el tercer chupetón en el cuello habiendo dejado los otros dos en las clavículas. Uno a cada lado. Se quitó los pantalones haciendo lo mismo que con Arthur. La sangre del de ojos verdes empezó a subir cada vez más a la cabeza poniéndole rojo, pero eso era lo que pensaba, pues se notó muchísimo más caliente ahí abajo. Se murió de vergüenza pero a la vez eso era tontería ¿No? Es decir, estaba ahí para practicar sexo y eso era un signo de que Alfred le estaba dejando bien caliente. Alfred sonrió ante el hecho de que estaba empalmado con lo que suavemente le acarició sus partes bajas.
-Ah… umm… -el pobre no podía evitar gemir ante eso, pero el placer que le causaba era inigualable a algo que habría sentido anteriormente. Entonces recordó que no podía hablar o sería castigado, y la idea de recibir un castillo de un demonio, por mucho que le amara, no era algo que le llamaba especialmente la atención.
Arthur recibió multitud de pequeños mordiscos en el cuerpo de parte del Conde con sus colmillos. Notó que a veces estos se clavaban o le hacían uno poco de sangre la cual se derramaba por el cuerpo de Arthur el cual al pegarse con el de Alfred al abrazarse le dejaba todo el torso pintado de un color rosado de la sangre restregada, pintándose naturalmente el de Alfred también, quien aprovechaba para lamer la sustancia roja de su amor. Agarró sus hombros fuertemente incluso clavándole las uñas para besarle y lamerle toda la cara.
-¡Alfred me haces daño!
-Recuerda el juego, no puedes gritar… -decía este mientras seguía haciéndole mordiscos chupando su sangre y dejando la blanca cama teñida de rojo.
Alfred se lamio los dedos y levantó las caderas de Arthur y tras masajearle un poco decidió penetrar con los dedos.
-¡Ah!
-Relájate o te dolerá más…
-Lo intentaré… -dijo agarrándose a una almohada.
-Además, sentirás placer… dijo moviendo los dedos en el interior de este.
-¡Aaaah!
-Al principio duele, pero luego verás como todo esto se pasa…
Alfred metía y sacaba los dedos del interior del otro, los juntaba y separaba lo más que podía, los sacó por vez final para comenzar a penetrar mientras lamia sus dedos.
-Mmm… sabes bien, Arthur…
El joven inglés no pudo evitar nota un escalofrío al oír esas palabras que venían del otro.
Ambos se miraron durante un tiempo, un tiempo que se detuvo prácticamente al chocar el cálido verde y el frio azul. La inocente mirada de uno y la fría sonrisa del otro. Arthur jadeaba extasiado por la situación. No habría imaginado que esa cita que habían tenido en el bosque causara ese efecto en Alfred tan inmediato, aunque lo que más le extrañó fue el hecho de que no preguntó en ningún momento sobre su estado sentimental por la muerte de su hermano, pero por otro lado seguro que no querría sacar ese doloroso tema. Le siguió acariciando el pecho ensangrentado para penetrarle. Arthur suspiró relajándose y cerrando los ojos. Estaba rojo y completamente emocionado. En ese momento, en ese ambiente teñido con los colores azules de la chimenea pudo oír un gritó que lo desorientó y desconcentró completamente de la situación.
-¡Arthur, no! –esa era… ¿la voz de Alfred? No, no podía serlo si Alfred estaba sobre él, se giró hacia la puerta, el lugar de donde procedía el sonido y le vio ahí. Un momento, entonces… ¿Había dos Alfred? ¡Eso era imposible!
-¿Alfred? –gritó extrañado Arthur al ver al joven calado el cual se veía claramente que venía de fuera.
Entonces miró al ser que tenia sobre él, estaba justo en posición de penetrarle pero por suerte el que estaba en la puerta se tiró volando con la mirada roja y endemoniada contra el tirándole de la cama. Estuvo un gran rato pegándose en el suelo entre puñetazos, arañazos y demás heridas. El fuego de la habitación había desaparecido y todo se quedó a oscuras iluminado únicamente por los relámpagos ocasionales, y cada vez que esta se iluminaba podía verles pelear en un lado diferente de la habitación, fue entonces cuando se colocaron delante del espejo del dormitorio de Arthur y un relámpago iluminó la habitación. Los sentidos de Arthur se dispararon y palideció al ver que en el reflejo de este estaba en efecto Alfred, empapado y con las ropas sucias de ese día maravilloso que acababan de pasar en el bosque rodando por el suelo y el barro, la otra persona… Arthur se golpeaba en la cabeza para asegurarse de que no estaba soñando, era una mujer. Era de piel pálida, ojos azul marino y pelo plateado. Alta y de un cuerpo escultural. Alfred consiguió atravesar al ser entero solo con un puño mientras le hablaba.
-Eres una arpía, no vale jugar sucio…
-No soy una arpía, Alfred… -le respondió esta tranquilamente mientras sangraba por la boca- soy un súcubo… -dijo riéndose orgullosa mientras se esfumaba en el aire.
La habitación se quedó en silencio unos minutos. Arthur estaba en la cama tapado hasta arriba. Se había quedado paralizado, había estado a punto de ser penetrado por un demonio del sexo, un demonio el cual te quitaba toda tu energía vital por medio del acto. Vio como Alfred se acercaba a él y encendía a mano el fuego para calentar a Arthur. Se acercó despacio y le dio su camiseta. Todo seguía en completo silencio y este se volvía cada vez más incómodo. Arthur se vistió de nuevo y se quedó sentado en la cama sin moverse. Alfred miraba al suelo. Suspiró recordando las palabras que le había dicho unas horas atrás antes de volver a casa.
-Todo lo que te suceda es tu responsabilidad.
Dicho esto se retiró mirando al suelo, como antes y cerró de un portazo. Arthur notó que todavía estaba sangrando y que su pijama se mancharía. Miró las sabanas y también estaban rojas. Se levantó y las retiró. Hizo un rollo con ellas y las dejó en una esquina para lavarlas al día siguiente. Lleno un cuenco de agua y cogió una esponja, se sentó frente al espejo para ver sus heridas. Todas eran marcas de colmillos y sangraban, no cesaban. Su cuerpo estaba también lleno de esa sangre que hacía unos minutos le pareció extremadamente sensual. Ahora no lo veía por ninguna parte, así que sacudió su cabeza para olvidarse de eso. Se pasó la esponja por el cuello, los hombros y los brazos para sanar las heridas emitiendo algunos sonidos de escozor. Aunque lo que más le asustó fue que las heridas sanaron rápidamente expulsando una pequeña coagulación negra semejante a la de Mat con lo que se echó para atrás asustado, pero en cuanto ese liquido dejó de caer y sus heridas se cerraron dejando solo una pequeña cicatriz volvió a colocarse frente al espejo a limpiarse las heridas por si acaso, un relámpago volvió a iluminar la sala mientras Arthur se miraba al espejo dejándole petrificado, al verse a sí mismo con el pelo rojo, los ojos verde brillantes y unos pequeños colmillos en su boca. También estaba alado y tenía una cola como la de Alfred además de unos pequeños colmillos negros que salían de su cabeza. La esponja se le cayó de la mano y se quedó en shock unos segundos, se volvió a mirar para comprobar que había vuelto a la normalidad, bueno, si realmente había cambiado en algún momento. Estaba rubio, sus ojos verdes normales y no tenía ni colmillos, cuernos o alas. Se tocó en seguida el culo para ver que no tenía tampoco cola. Suspiró y se tumbó en el suelo, pero estaba helado y no tardó mucho en levantarse de las frías baldosas. Se miró de nuevo al espejo, estaba normal.
Se puso el pijama y después de recogerlo todo volvió a su cama no sin antes poner sabanas nuevas. Comprobó que todo estaba perfecto y se tapó. No pudo dormir en toda la noche pensando en lo que había pasado y en ese ser que había visto reflejado en el espejo cuando peleaba contra Alfred. Era un súcubo.
Algo se iluminó en su mente. ¡Eureka! Ese fue, con total seguridad el ser que había absorbido la energía de Allistor la noche anterior y que le había matado. La sangre que hacia unas horas estaba chorreando por su desnudo cuerpo le empezó a hervir. Hasta ese momento había sido personal el hecho de que se enfrentaría para salvar a Alfred, pero ahora ya iba más allá de eso. Ese ser había matado a su hermano el cual no tenía nada de culpa. Pega un puñetazo a la almohada y se incorporó encharcado en lagrimas. No pudo dormir, de modo que se puso una bata y encendió una vela. Salió de su habitación y decidió dar un paseo por la mansión.
Estaba oscura, como en el recuerdo de Alfred, cuando Mat casi fue asesinado por ese maldito ser que tanto dolor había causado. Eran el mismo, exactamente el mismo. Arthur recordó que no hacía mucho que también le había visto merodeando por la mansión. Ese lugar sin duda era peligroso y había muchos misterios sin explicaciones. Llegó hasta el pasillo principal donde encontró la luz de la chimenea encendida, en el sillón estaba una figura, era Alfred. Arthur se acercó despacio sin querer hacer mucho ruido.
-¿Alfred?
El menor estaba despierto, pero no hablaba. Miraba al fuego pensativo.
Arthur pensó que ese momento era el ideal para marcharse. ¿Cuáles serían sus verdaderos sentimientos? ¿Estaría enfadado?
-¿Alfred? –volvió a insistir acercándose despacio. Al ver que no había respuesta decidió darse la vuelta, unas ganas tremendas le habían entrado de dormir y era la escusa perfecta para irse y esperar a hablar con él.
Caminó unos metros para notar unos brazos que le abrazaban desde atrás y una cabeza llorosa que se apoyaba en su hombro. Arthur sonrió en seguida. Se giró y le abrazó también llorando. Alfred le acariciaba la cabeza. El de ojos verdes pudo notar en seguida el tacto de las manos de Alfred, eran tan diferentes a las del ser que le había estado a punto de robar la virginidad…
-Arthur… -dijo sollozando –no… no podría soportar… no podría soportar que ese ser te hubiera hecho algo…
-Ni yo, Alfred… si no hubieras llegado a tiempo… no… podría haber imaginado que me habría pasado… -en realidad sí que lo hacía. Habría acabado como Mat o muerto como su hermano -¿Mis hermanos están bien?
-Sí, han llegado a tiempo. He dejado en la jamba de la puerta de vuestra casa unas marcas para que los espíritus se alejen y unas runas enterradas en vuestra huerta para aseguraros protección en vuestras tierras.
-Muchas gracias Alfred… -dijo mientras le acariciaba la mejilla.
-De nada, Arthur… -le respondió este abrazándolo –vamos a la cama…
-Está bien… -dijo este mientras era abrazado por el de pelo azabache.
Arthur llegó hasta la puerta de su habitación y le dio un casto beso a Alfred, este entonces le besó y abrazó, pero cuando el mayor fue a abrir la puerta de su cuarto la mano del otro le agarró.
-Arthur, duerme conmigo.
-¿Contigo?
-Sí, por favor entiendo que sea solo… por uno puro capricho mío pero…
-¿Tú lo que quieres es protegerme, no? –se acercó.
-Sí, puede que un poco también… -se sonrojó.
-Por supuesto que dormiré contigo, mi Conde…
Ambos se dirigieron a la habitación del Conde. Arthur no pudo explicárselo pero un aroma fresco a menta, ese olor le encantaba, entonces cayó en la cuenta de que no había visto a Mint en un tiempo. Le encontró bajo la cama de Alfred en un mullido cojín de color rosa descansando.
-Lo traje aquí después de lo sucedido con Allistor… créeme, aquí está seguro…
-Mint… -dijo Arthur acercándose al pequeño animalillo. Este salió en seguida de su escondite para abrazarle.
-¡Señor Arthur!
Durante unos minutos de mimos por parte del rubio al conejillo este le dejó de nuevo descansar en el cojín y se tumbó con el menor en su amplia cama. Aun hacía ese helado frío en la habitación, pero no era nada que las sabanas y las colchas no pudieran remediar. Alfred le abrazó para darle calor y esperó a que Arthur se quedara dormido. Parecía un ángel, no, una luz. Su luz. Una luz a la cual la oscuridad había intentado destruir pero que era tan poderosa que no lo había conseguido.
Tras besarle repetidas veces en la cabeza se durmió abrazando el cuerpo del inglés.
*Se esconde en un refugio nuclear suizo armada con una sartén húngara detrás de un ruso* esta bien, matarme, no ha llegado a hard del todo… siento haberos hecho esas expectativas pero no puede perder su virginidad aun! D: y debe hacerlo con Alfred!
En fin, estoy depre porque es un capitulo muy corto… pero en algunos pasan mas cosas y en otros menos… es lo que tienen los capítulos y las historias, no? Pero por otro lado estoy super contenta porque he aprobado y paso de curso! A bachillerato…. Weee!
En fin, no tengo nada mas que deciros, de modo que aquí me despido, no olvidéis poner reviews aunque sea para insultarme, amenazarme de muerte o lo que sea, internet es libre ^^
