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Cuando el amor se olvida

Sentado en el despacho de Salvador Martí, Julián contuvo a duras penas un bostezo mientras esperaba a que su jefe acudiera a darles las últimas instrucciones sobre la misión que iban a retomar...

Si es que sus compañeros se decidían a aparecer también.

El enfermero echó una ojeada al reloj de pulsera: aún era temprano pero, teniendo en cuenta que aún tenían que escuchar los consejos de Salvador y pasar por el departamento de caracterización antes de salir, tampoco era plan de ir apurados. Había sido bueno volver a dormir en su casa después de tanto tiempo fuera, le había servido para aligerar el peso de la misión y estar un rato sin que su mente volviera a cualquiera de los hermanos Bécquer, a Julia Espín y al siglo XIX en general. Aún así, había tardado mucho en conciliar el sueño y no podía decir que estuviera cien por cien despejado. Sólo esperaba que Amelia y Alonso hubieran descansado mejor, especialmente éste último.

Antes de partir a su siglo XVI, el soldado se había girado hacia él y le había preguntado con voz queda si le importaría prestarle el volumen que contenía las obras de Gustavo Adolfo Bécquer. Al principio, Julián no había podido evitar torcer el gesto: sabía la amistad que Alonso tenía con el poeta y todo el conflicto que había vivido durante los últimos días, incluso había viajado a esa realidad alternativa, mundo parelelo o como Iker Jiménez quisiera llamarlo en que existía una hija de Bécquer y Julia Espín y había estado hablando con ella... Pero ante todas esas dudas imperó la seguridad que leyó en la mirada de Alonso: él siempre había cumplido con su deber y si en aquella ocasión había vacilado era debido a su buen corazón, no a otra cosa. Así que claro, se lo había dado, después de todo ni siquiera era suyo.

Sólo esperaba que no se hubiera comido demasiado el coco con cosas que, en el fondo, no podía cambiar.

Era una lección que él mismo había tardado demasiado en comprender.

Al ajetreo normal de primera hora de la mañana en el Ministerio del Tiempo con voces de los distintos agentes yendo y viniendo a prepararse para otra jornada de curro en Dios sabía qué época, se le unió el sonido de unos pasos que se iban haciendo cada vez más audibles por encima del murmullo de los funcionarios del tiempo. Julián echó la cabeza ligeramente hacia atrás justo a tiempo de ver cómo la puerta del despacho de Salvador se abría dando paso a Angustias, Alonso y Amelia.

Su equipo A favorito.

La secretaria de Salvador, con esa afabilidad y dulzura que la caracterizaba, les había abierto la puerta al soldado y la universitaria, haciéndoles saber con una sonrisa que su jefe no tardaría en llegar y que si necesitaban algo, ella estaría en su escritorio, terminando de revisar el informe de uno de sus colegas ministeriales que acababa de regresar de una misión: al parecer, había logrado que el niño Fernando de Habsburgo hablara latín a la perfección.

Julián se había empezado a preguntar si acaso Fernando era el nombre de moda respecto a reyes y nobles de España cuando sus dos compañeros tomaron asiento cada uno a un lado suyo – ya que, de forma inconsciente, el enfermero se había sentado en la silla de en medio frente al escritorio de Salvador, como solía hacerlo siempre -, no sin antes desearle los buenos días.

- Anda que no tienes suerte – sonrió el enfermero dirigiéndose a Amelia. - A tí no te esperan dos horas en el departamento de caracterización después de todo

La joven le devolvió la sonrisa y negó con la cabeza, perfectamente vestida acorde con el siglo XIX. Se veía que a ella también le había venido bien volver a casa: Julián no se terminaba de explicar cómo Amelia no se hacía un lío con el cuadernillo de puertas para que sus padres no advirtieran el tiempo que pasaba fuera de casa. Conociéndola, pensó con admiración, no tardaría en aprenderse toda la relación de puertas, fechas y momentos históricos: adiós cuadernillo, adiós aplicación del móvil, hola Ameliapedia.

- Alonso, ¿seguro que te encuentras bien? - se interesó Amelia, inclinando la cabeza para contemplar el semblante del soldado.

- ¿Qué le pasa? - preguntó Julián, volviéndose hacia su compañero y abriendo los ojos de par en par al reparar en la expresión de su rostro.

Cuando Amelia había formulado esa pregunta, el enfermero casi había empezado a temer que Alonso estuviera pensando en echarse hacia atrás en algún modo tras leer las obras de Bécquer, pero no era pesar lo que vio reflejado en el rostro de Alonso. Era... ¿miedo? Impensable, Julián podía jurar ante todo lo jurable que nunca había visto a su amigo asustado por nada. Sin embargo, sus ojos oscuros estaban abiertos como platos, moviéndose hacia el más mínimo crujido que oía y se adivinaban unas leves ojeras bajo los mismos.

No iba a mentir: parecía que se le había ido totalmente la pinza.

- Joder, Alonso, parece que has visto un fantasma – murmuró Julián finalmente sin apartar la vista de su amigo.

- Si sólo se tratara de uno... - se lamentó Alonso, cruzado de brazos y aún manteniendo la guardia a pesar de encontrarse acompañado y en pleno día. El soldado sacudió la cabeza antes de seguir hablando. - Una legión de ellos si me preguntáis y de verdad queréis saberlo...

- Pero, ¿qué le pasa a éste? - preguntó el enfermero a Amelia, quien había tenido oportunidad de ver a Alonso antes que él.

- Al parecer anoche se quedó hasta tarde leyendo el libro de Gustavo Adolfo Bécquer que le diste, no paró hasta que lo terminó – explicó la universitaria, sin poder disimular una sonrisa divertida en los labios. - Y, como ya sabes, en esa edición las rimas están sucedidas por las leyendas, pequeños relatos sobre aparecidos, demonios y demás seres sobrenaturales en distintos lugares de España. Tuve la oportunidad de leerlas mientras aún estábamos en Madrid y no creo que hayan sido del gusto de Alonso...

Julián ahogó una carcajada y se giró de nuevo hacia su compañero, mientras negaba con la cabeza. Él no había dedicado tanto tiempo a las obras de Bécquer como sus dos compañeros, había ojeado alguna que otra rima, pero sí recordaba que su profesor de Literatura había leído a su clase El monte de las ánimas cuando iba al instituto y esa noche le había costado dormir, a él que era lo menos supersticioso y lo más escéptico respecto a lo paranormal con lo que uno podría toparse.

- Pues mira, aprovecha que eres amigo del autor y ponle una hoja de reclamaciones a Gus cuando le veamos, dile que no te ha gustado nada – habló finalmente Julián dándole una palmada en la rodilla a modo de broma para que el soldado se calmara. - Anda que tú también, Alonso, manda huevos... Si te estaba dando tanto miedo, ¿por qué lo seguiste leyendo hasta el final?

- No me estaba dando tanto miedo – protestó Alonso, comenzando a hartarse de las chanzas de Julián. - Os recuerdo que estáis hablando con un hombre que conoce los horrores de la guerra y que ha derramado sangre en el campo de batalla por su rey

En aquellos momentos, Alonso agradeció no tener la fea costumbre de morderse las uñas porque de darse el caso estaba seguro que ya no le quedarían dedos. Julián tenía razón, no debía haber continuado leyendo esas historias y menos aún habiendo pasado la medianoche, pero la curiosidad por leer lo que escribía Gustavo había terminado por ser más fuerte que sus temores. Además, sólo la primera de ellas ya contaba con un detalle lo suficientemente espeluznante que había bastado para ponerle los pelos de punta y observar cada rincón de su alcoba con renovado temor. No conseguía sacarse el final de aquella leyenda de la cabeza:

Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.

Al momento le recorrió un tremendo escalofrío y se apresuró a persignarse rápidamente provocando nuevas risas de Julián y Amelia. Ya iba a espetarles que no tenía gracia, que a saber con qué humor se tomarían ellos que el protagonista de una historia semejante compartiera nombre con ellos, cuando la puerta del despacho se abrió a sus espaldas y se quedó paralizado de miedo, sin siquiera poder reaccionar lo bastante para dar un bote en su asiento.

- Buenos días – saludó Salvador Martí al momento de entrar en su despacho, rodeando el escritorio para sentarse tras el mismo. - Me alegra verles aquí tan madrugadores...

A la vez que tomaba asiento en su butaca de siempre, el subsecretario del Ministerio del Tiempo alzó la mirada hacia la patrulla y detuvo la misma más tiempo al llegar a Alonso. Si percibió sus ojeras o presintió que algo iba mal, optó por no decir una palabra al respecto volviendo a centrar su atención en la patrulla como conjunto.

- Les prometo que no les entretendré mucho, entiendo que tienen ustedes un día largo por delante – habló Salvador, sosteniendo sus gafas a la altura de la barbilla. - Sólo quería saber cómo se encontraban y si habían llegado a una conclusión sobre cómo actuar

- Creo que lo mejor es hablar directamente con Julia Espín – contestó Amelia, tomando su ya acostumbrado y merecido papel como jefa de patrulla irguiéndose: Julián y Alonso tenían que reconocer que, además de ser sumamente inteligente, ella muchas veces mantenía la sangre fría que a ellos les faltaba. - Con ella apenas hemos tenido trato, ni mucho menos el mismo que con Gustavo y Valeriano, así que considero que será más fácil entablar una conversación que nos lleve a poder cumplir con el objetivo de la misión...

- Hábleme de la señorita Espín - se interesó el subsecretario del ministerio, inclinándose hacia adelante con elegancia. - Los sentimientos de Bécquer por ella son de sobra conocidos, pero me gustaría saber qué han podido observar ustedes respecto a su musa por excelencia

A Julián le extrañó ese último apunte: ¿Julia Espín era la musa por excelencia de Gustavo Adolfo Bécquer? Pasados los años se supone que había contraído matrimonio con otra joven, ¿no sería lógico que fuera esa, la madre de sus hijos, quien mereciera tal título?

- Ya les dije a mis compañeros la impresión que me daba tras verla hablar con él – informó la universitaria, mirando a Julián y Alonso, quienes asintieron con la cabeza. - Creo que se siente muy halagada y que siente mucha curiosidad por él, probablemente fuera esa curiosidad la que la llevó a profundizar en su relación con él hasta el punto de causar esa alteración en la Historia... Pero, ante todo, creo que Julia Espín es una mujer que tiene muy claro lo que quiere en su vida: viajar por el mundo, actuar en los grandes teatros y para los mejores públicos... No creo que ella sepa que Gustavo Bécquer jamás podrá darle esa vida que sueña. He estado investigando y nuestro poeta desciende de una vieja familia noble de Flandes asentada en Sevilla: es posible que Julia haya asumido que aún conserva esas comodidades financieras

Salvador asintió a las palabras de Amelia, sin objetar nada al respecto: todo parecía estar en orden entonces. Aunque la joven ya les había hecho saber en varias ocasiones durante la misión lo que pensaba de Julia Espín, no fue hasta ese momento que tanto Julián como Alonso entendieron que hablar con ella era la única salida posible para que la misión llegara a buen puerto. Pero no dejaba de ser una putada, iban a partirle el corazón. Y qué decir de Gustavo...

- Muy bien, antes de que se vayan entonces me queda comunicarles que la puerta que usaron para viajar al año 1858, la número 815, está inhabilitada hasta nueva orden: al parecer unos chiquillos han estado curioseando y esparciendo rumores sobre ella, así que doña María Luisa nos ha hecho saber mediante un mensaje de Whatsapp que evitemos usar esa puerta hasta que dichos rumores infantiles se disipen, no creo que sea cosa más que de unos pocos días, lo suficiente para que centren su atención en otros asuntos...

- ¿Doña María Luisa tiene Whatsapp? - quiso cerciorarse Julián, sin poder disimular la mirada divertida de sus ojos castaños. Vaya, eso sí que no lo había visto venir: lo que hubiera dado por ver a esa venerable modista trasteando con su smartphone en el almacén de su merceria de mediados del siglo XIX.

- Entonces, ¿qué vamos a hacer? - preguntó Alonso.

- Existen varias puertas que llevan a momentos posteriores al año 1858, pero hemos limitado la relación de las mismas hasta un par de meses antes del compromiso de Gustavo Adolfo Bécquer y Julia Espín, así que... - informó Salvador Martí, echando mano de su propio listado de puertas hasta dar con la que había señalado anteriormente. - Miren, aquí está, la puerta número 108 les llevará al día 28 de Febrero de 1859, sólo un par de calles más allá de la residencia de los Espín, así que no se extraviarán. No se preocupen, antes de que lo pregunten ya les digo que las cosas no han cambiado demasiado: Bécquer cumplió hace algo más de diez días los veintitrés años, pero ese cambio de cifra es el único significativo que encontrarán cuando lleguen allí. En caso de que lo necesitaran, siguen contando ustedes con la casa en la que han vivido estas últimas semanas, pero sería preferible que resolvieran este asunto lo antes posible

- Lo entendemos perfectamente – asintió Amelia con seguridad. - No tiene nada de lo que preocuparse


El mes de Febrero llegaba ya a su fin, pero la semana acababa de comenzar y eso en casa de los Espín sólo significaba una cosa: que debían comenzar de nuevo con la rutina semanal de las clases privadas y los recitales que el cabeza de familia había estado organizando durante el fin de semana. Sentada frente al tocador de su alcoba, esperando con toda la paciencia que podía a que doña Elvira acabara de arreglarle los tirabuzones castaños que caían un poco más abajo de sus hombros, Julia Espín contempló su reflejo pensando en lo mucho que había cambiado su vida en los últimos meses.

Hasta el otoño pasado, la gran mayoría de tinta escrita que había leído consistía en formas musicales que no tardaban en comenzar a sonar en el interior de su cabeza, como si fuera una sinfonía espectral que sólo ella podía escuchar. Julia agachó la cabeza y esbozó una media sonrisa, aprovechando que doña Elvira volvía a quejarse de un nudo que le costaba deshacer y le preguntaba qué demonios hacía con su cabello. La joven Espín nunca había sido particular amiga de la palabra escrita, le daba dolor de cabeza de sólo ver el grosor de algunos volúmenes que había dispuestos en las estanterías del salón a modo de decoración, pero Dios sabía que esperaba con impaciencia cada palabra que él pudiera dedicarle.

Dirigió una mirada furtiva al tercer cajón del mueble frente al que se encontraba sentada, donde había improvisado una especie de doble fondo en que guardaba todas sus cartas. Bueno, parte de ellas: con el tiempo, las cartas que se intercambiaba con Gustavo Adolfo Bécquer habían llegado a ser tan numerosas que había tenido que ocultarlas en dos rincones de la habitación: uno era el doble fondo de su tocador y el otro el espacio que había entre el somier y el colchón de su propia cama. Resultaba cuanto menos curioso pensar que, al contrario que esa ya habitual correspondencia, los álbumes que le había obsequiado el día en que comenzó todo entre ellos estaban en la pequeña estantería de su habitación, a la vista de cualquiera que entrara en ella. Incluso había tenido oportunidad de mostrárselos a su padre, quien había alabado el talento del joven Bécquer para plasmar distintas escenas de obras operísticas que él conocía bien.

Pero, como le había dicho su querida hermana Josefina en una ocasión, su padre estaba demasiado ocupado y centrado en hacerle la competencia al Conservatorio de Música de Madrid como para percatarse de lo que sucedía realmente, que aquellos álbumes habían sido creados inspirados por un sentimiento que iba más allá de la mera admiración y eran mucho más que los simples poemas o obsequios que solía recibir su hija Julia por su habitual grupo de admiradores. En ese aspecto, tenía mucho que agradecer a Josefina, quien solía actuar de intermediaria con el asunto de las cartas cuando a Julia le era imposible hacérselas llegar en persona.

- Bueno, ya estás lista – murmuró doña Elvira, metiendo los dedos entre los tirabuzones castaños de la joven cantante y moviéndolos de un lado a otro para que quedara un aspecto más natural. - No tardes en terminar de arreglarte, que al paso que vamos no llegamos a misa...

- Pierda cuidado, no tardaré – prometió la muchacha, esbozando una sonrisa inusual teniendo en cuenta que acababa de recibir uno de los muchos reproches que solía dedicarle la señora. - Por cierto, Josefina mencionó que ha descubierto una tara en uno de sus vestidos y quería que usted lo viera para saber si puede volver a coserse...

Josefina había tenido el detalle de rasgar ella misma la parte más baja de las faldas de uno de sus vestidos para dar veracidad al asunto, pues hacía mucho que doña Elvira había comenzado a sospechar lo que se traía Julia entre manos pero, al no tener pruebas con que delatarla a sus padres, había optado por guardar su habitual silencio y esperar a que la muchacha cometiera un error que la pusiera evidencia. Pero eso no iba a pasar nada pronto, no mientras Julia no quisiera: aún no había habido nada que no lograra conseguir cuando se lo proponía. Tras dedicarle una mirada nada simpática, doña Elvira asintió y abandonó la habitación llamando a Josefina.

Julia dejó escapar un suspiro y, tras acomodar de forma cuidadosa algunos rizos sobre sus hombros, sacó de uno de sus cajones la carta que había escrito la noche pasada, inmediatamente después de terminar de leer la que le había entregado Gustavo con disimulo en la última lección de piano.

- Mi padre debe tomarme por la mejor maestra de piano de toda España – pensó la joven cantante esbozando una sonrisa divertida mientras releía las líneas, pendiente de no haber omitido ningún pensamiento que quisiera compartir con su pretendiente. - Teniendo en cuenta que el primer día ya tocaba el piano con soltura...

Pero, al contrario que ella, Gustavo Adolfo Bécquer había aprendido a tocar el piano de oído, repitiendo obras que ya conocía o por simple intuición al conocer el sonido de cada tecla, pero seguía sin entender ni jota, como él mismo le recordaba, de lo que mostraban las partituras. A decir verdad, dedicaban poco tiempo de esas clases al aprendizaje, pues ambos procuraban aprovechar esos momentos que pasaban a solas tocando el piano a cuatro manos para hablar de todo y de nada, para compartir sus ideas y pensamientos sobre cosas nimias y temas algo más serios, pero aún así Julia trataba de enseñarle a leer los signos musicales con resultados poco satisfactorios. Sospechaba que quizás Gustavo sabía más de lo que decía, pero se hacía el tonto para poder seguir yendo a verla, en cualquier caso, no le importaba.

Hacía ya bastante tiempo que no encontraba con otra persona, ni siquiera con su propia familia, una felicidad siquiera comparable a la que sentía en su compañía.

Aunque al principio la había movido la curiosidad, había terminado por enamorarse como una colegiala. Una colegiala bien tonta, como a veces le señalaba su hermana y cómplice en todo aquel asunto a modo de broma. Julia siempre había contado con muchos admiradores y pretendientes dispuestos a poner la luna, el sol y las estrellas a sus pies por sólo una sonrisa suya, hombres jóvenes y no tan jóvenes que también le habían escrito versos que conservaba en sus libros de visitas, pero nunca ninguno de ellos la había conmovido tanto como los de Gustavo Bécquer, quien parecía comprender como nadie la profunda conexión que Julia sentía con el mundo de las artes y, del mismo modo, también ella había comenzado a entender la fascinación del joven por el mundo de las letras.

Entenderla, que no compartirla. Casi le parecía, al pensarlo en aquellos momentos, que ella comprendía tan poco las obras literarias francesas que mencionaba Gustavo como él las partituras, pero siempre estaba gustosa de leer los poemas y versos que esbozaba en su cuaderno de notas, más aún teniendo en cuenta que ella había inspirado muchos de ellos. Del mismo modo procuraba darle su sincera opinión sobre los mismos cuando él se lo pedía, algo que hacía siempre, incluso alguna vez Julia le había sugerido si no le interesaría escribir teatro, incluso zarzuelas. Ante esto, el joven cabeceaba y terminaba por admitir que aún tenía sus esperanzas puestas en publicar algún tipo de volumen relativo a la Historia y el folclore de algunos lugares que había tenido la suerte de visitar. La expresión de Julia debía hablar por sí sola, pues Gustavo reía y se apresuraba a añadir que no se preocupara, que ningún libro escrito por él podía ser muy largo ni tampoco erudito.

De sus poemas no decía palabra alguna, quizás porque sospechaba el celo con que ella las guardaba: sus rimas hablaban tanto de ellos como podían hacerlo las cartas que se escribían y no acababa de sentirse cómoda con la idea de que un público mayor a ellos dos tuviera acceso a las mismas. Pero todo aquello carecía de importancia al final del día, gracias a la acomodada posición social de la que disfrutaba su familia en Sevilla, Gustavo contaba con libertad para hacer lo que más amara, sin tener en cuenta si podía vivir de ello o no, lo cual era una ventaja importante, casi decisiva, tanto en su propia vida como en su relación con ella.

A pesar de que nunca le habían faltado pretendientes, Julia nunca había dejado volar las esperanzas de ninguno de ellos demasiado lejos porque tenía muy claro lo que quería conseguir en su vida y eso no lo iba a cambiar ningún hombre, ni tampoco ninguna especie de obligación social respecto a ir considerando convertirse en esposa y madre de familia si no quería acabar como doña Elvira. Por lo general, el público que acudía a los recitales que organizaba su padre y a las clases de música no contaban con su mismo nivel social y eso eliminaba de inmediato cualquier interés que Julia hubiera podido llegar a desarrollar por ninguno de ellos: nunca había tenido la más mínima intención de casarse con alguien que se encontrara por debajo de ella en cuanto a ingresos, sabía que su esposo no podría satisfacer todo lo que quería lograr en su carrera y por nada del mundo estaba dispuesta a renunciar a sus sueños.

Ella era tan joven, el destino le había repartido tan buenas cartas y el futuro le ofrecía tantas posiblidades que sería una estúpida si lo dejara todo por un anillo en el dedo.

Por todo ello, muchas veces le sorprendía la suerte que había tenido al cruzarse con ese joven poeta con nombre de familia aristocrática flamenca. Era de edad similar a la suya, bien parecido, poseía una conexión con las artes que no habría podido esperar ni en sus mejores sueños, la entendía, la admiraba y también estaba perdidamente enamorado de ella. Conteniendo a duras penas una sonrisa emocionada, Julia no dejó de agradecer al cielo el haber tenido el valor de arriesgarse a romper esa barrera que solía interponer entre los muchachos y ella: no mucha gente encontraba a la persona indicada a la primera y ella lo había hecho.

- ¡Julia! - oyó de repente que la llamaba doña Elvira, tan exasperada como si no fuera la primera vez que lo hacía... Lo que probablemente así era. - Baja de una vez, a este paso llegaremos para la eucaristía...

- ¡Voy! - respondió Julia, ocultando la carta que tenía en sus manos en un bolsillo que una de las criadas había cosido hábilmente entre los pliegues de su vestido. Podía ser que después de asistir a misa, Josefina tuviera oportunidad de hacer llegar esa carta a su destinatario.

Su hermana menor, la única persona que conocía su secreto, le dedicó una sonrisa cómplice cuando las alcanzó a ella y a doña Elvira, quien ya se hallaba dispuesta a salir a la calle sin ella. Ya fuera de la casa, el sol madrileño la recibió con una suave y cálida caricia en el rostro: aquel clima de un invierno que ya se moría para dar paso a la estación de las flores era su preferido, parecía que el día no podía presentársele mejor.

- Dios sabrá en lo que te dedicas a perder el tiempo, Julia – la regañó una vez más doña Elvira, a la vez que cerraba la puerta del edificio tras de sí. - No te creas que me engañas, recuerda que el diablo sabe más por viejo que por diablo... Pero los jóvenes camináis por ahí como si tuviérais toda la sabiduría que os falta metida en el seso...

La cantante tomó a Josefina del brazo, haciendo oídos sordos a las palabras de la criada. No iba a mentir: hacer enfadar a doña Elvira era muy divertido, a pesar de que ni siquiera lo hacía a propósito en ese caso. Ya había comenzado a caminar calle abajo cuando su hermana menor tiró de ella con disimulo y le susurró:

- ¿Le has escrito otra carta?

- Señor, Josefina, estás tan pendiente del asunto que cualquiera diría que la que las recibes eres tú – contestó Julia haciendo un esfuerzo por no reír y llamar la atención de la señora que las acompañaba. Nada más pronunciar aquellas palabras, volvió el rostro hacia su hermana. - No las estarás curioseando, ¿verdad?

- Lo siento, hermanita, pero tu vida no me resulta tan fascinante como crees – afirmó la muchacha con una sonrisa. - Eso sí, conserva tus secretos mientras puedas, mucho me temo que doña Elvira no tardará en darse cuenta de todo...

Ya se encontraba dispuesta a replicarle a su hermana menor, sin perder el tono de broma que siempre acompañaba a sus conversaciones con ella, cuando de repente oyó que alguien la llamaba al otro lado de la calle.

- ¡Julia!

Tanto las jóvenes Espín como doña Elvira se detuvieron en sus pasos al instante, girándose hacia el lugar de donde provenía la voz. Hacia ellas caminaba casi a zancadas una joven que no debía de ser mucho mayor que ellas, también con el cabello castaño y los ojos claros. Casi a su lado, andaba un hombre que presumía debía tratarse de su marido y unos pasos más atrás, otro hombre que le resultaba más familiar, pero llevaba un paso más pausado comparado con el apresurado de la joven. Julia intercambió una fugaz mirada de extrañeza con Josefina, sin tener muy claro qué le sorprendía más de aquella situación: el hecho de que una joven bien posicionada como aquella, a juzgar por cómo estaba arreglada, fuera llamándola por la calle como una vulgar lavandera o que su rostro apenas le resultara familiar.

Pero no tenía mayor importancia, muchas personas a las que no reconocía la detenían por la calle porque alguna vez la habían oído cantar en los recitales, sólo tenía que mostrarse educada y cercana, sin decir nada que descubriera que en realidad no tenía ni idea de con quién estaba hablando.

- Tenga muy buenos días – saludó la cantante esbozando una estudiada sonrisa cuando la misteriosa joven llegó a su encuentro, tan sofocada como si hubiera corrido durante kilómetros. - ¿Se encuentra usted bien?

La joven a la que Julia no recordaba asintió, tratando de recuperar el aliento con la mayor dignidad que podía.

- Sí, no se preocupe – habló la muchacha con cierta ansiedad, a la vez que los dos hombres que la seguían llegaban también a donde se encontraba ella. - No sé si nos recuerda, pero tuvimos oportunidad de presentarnos hace unos meses: nosotros la conocimos en uno de los eventos que realiza su familia en su casa, pero no fue hasta una vez que coincidimos en el Café Suizo que unos amigos comunes nos presentaron

Al principio, Julia atendía al peculiar relato de aquella no menos peculiar joven, preguntándose a sí misma de qué diantres podía estar hablando, pero la mención al Café Suizo y a esos amigos comunes hizo que las piezas del rompecabezas encajaran en el interior de su cabeza, al mismo tiempo que le daba un vuelco el corazón. Dirigió una breve mirada de alerta a Josefina: de todo aquello doña Elvira no sabía nada y temía que en cualquier momento aquella joven de la que aún no recordaba el nombre hiciera mención a Gustavo Adolfo Bécquer.

- Mire, doña Elvira – señaló Josefina dando un breve saltito mientras señalaba una mercería cercana como si fuera la primera vez que la veía. - Ahí venden los encajes que mencioné para mi vestido nuevo, ¿podríamos acercarnos aprovechando que Julia tiene que hablar con sus admiradores?

Ésta no parecía del todo conforme con aquel cambio de planes, pero Julia pudo leer en su mirada que el hecho de que hubiera otra muchacha presente la tranquilizaba. Gracias a Dios, y quizás por primera vez en su vida, doña Elvira no pareció sospechar y accedió a la petición de Josefina Espín, quien dejó escapar un gritito de entusiasmo mientras se apresuraba a tomar la mano de la señora para llevarla hacia el escaparate. Una vez que se encontraron a una distancia prudente, Julia se giró de nuevo hacia la chica y los dos hombres que la acompañaban.

- ¿Y ustedes son? - quiso saber la cantante, dejando a un lado la cortesía.

- Mi nombre es Amelia Folch – afirmó la joven de ojos claros, quien después señaló a sus dos acompañantes. - Mi esposo, Julián Martínez, y nuestro amigo Alonso de Entrerríos: todos nosotros nos encontrábamos almorzando con los hermanos Bécquer cuando nos presentaron en el Café Suizo, ¿se acuerda?

- Sí, lo recuerdo – dijo Julia, casi más para sí misma que para Amelia. Ahora que se fijaba mejor, sí reconocía al matrimonio que se hallaba frente a ella y ni aunque viviera mil años podría olvidar a Alonso de Entrerríos: recordaba perfectamente la mala impresión que le había dado que su entonces aún mero admirador frecuentara la compañía de alguien que cuidaba tan poco su aspecto. Finalmente, volvió a clavar su mirada azul en la joven. - Sin embargo, hace meses que no sé de ustedes...

Y tampoco podía decir que hubieran sido siquiera amigos. En aquella ocasión, Julia ni siquiera había tratado de entablar demasiada conversación el propio hermano de Gustavo, puesto que desconocía cuándo doña Elvira se percataría de su ausencia.

- Hemos estado fuera de la ciudad – habló entonces Julián Martínez, de forma amable pero contenida, como si no supiera muy bien qué decirle. - Pero precisábamos hablar con usted sobre Gustavo Adolfo Bécquer y la relación que mantiene con él...

- ¿Cómo se atreve? - comenzó a decir la cantante de ópera, sin poder salir de su asombro: con sólo una frase, ese Julián Martínez había conseguido que le bajara el color a la altura de los tobillos. - Y, ¿qué saben ustedes? ¿Han hablado con Gustavo?

Amelia Folch negó con la cabeza, posando una de sus manos sobre uno de los brazos de Julia, tratando de hacer que se calmara. Había algo en esa muchacha que despertaba su confianza, a pesar de que apenas sabía nada de ella.

- Hace unos meses que no residimos en Madrid, pero sabemos algo de la historia – dijo Alonso de Entrerríos rompiendo su silencio: parecía sumamente incómodo. Bueno, ya eran dos. - Aunque os prometemos que él jamás traicionó su confianza en ese aspecto

- Está bien, ¿entonces qué sucede? - asintió Julia, paseando su mirada entre las tres personas. - Imagino que no será su intención, pero están comenzando a asustarme... Dios mío, ¿acaso le ha sucedido algo?

- No, no, todo está bien – se apresuró a decir el marido de Amelia, aunque la cantante pudo leer en sus ojos que había algo que estaba muy lejos de estar bien... Y eso la asustó de verdad.

- Tranquila, Julia, procura calmarte. Verás, es un asunto delicado y por eso te pido que me escuches, ¿de acuerdo? – habló Amelia con amabilidad, apretando levemente el brazo de Julia con su mano, como lo hubiera hecho una buena amiga al verla tan desconcertada. La cantante respiró hondo y volvió a asentir, decidida a mostrarse fuerte pasara lo que pasara.

Amelia Folch dejó escapar un suspiro, como si estuviera pensando por dónde comenzar, y se volvió hacia Alonso y Julián, pidiéndoles si podían concederles un momento a solas para poder hablar tranquilas. Julia no se había dado cuenta hasta entonces de lo incómoda que se sentía tratando su vida amorosa con aquellos dos hombres a los que apenas conocía delante, con Amelia Folch no era lo mismo, puesto que era una joven de su misma edad en la que sentía que podía confiar. Su esposo no tardó en asentir y le dio un toque a Alonso de Entrerríos en el brazo para que lo siguiera, cosa que hizo, pero no sin dedicar a Julia una mirada de compasión imposible de disimular.

Una vez que los dos hombres ya se habían marchado, Amelia Folch se volvió de nuevo hacia ella y comenzó a hablarle, con muchísimo tacto. Primero mencionó que habían tenido oportunidad de verla actuar en el hogar familiar y que habían disfrutado muchísimo de la velada, quedando maravillados por su talento; después, la joven habló de cómo estaba segura de que el futuro que tenía ante sí era brillante, de que podía hacer de su carrera musical lo que ella quisiera porque poseía el talento y el entorno idóneo para ser toda una estrella de la ópera. Todo eso Julia ya lo sabía, lo que la sorprendió fue que de repente Amelia Folch mencionara que ése era un camino que Gustavo quizás no podía seguir. La cantante sintió cómo el corazón le daba un vuelco en el interior de su pecho y frunció el ceño, recelosa de lo que la muchacha pudiera decirle.

Sin perder ni por un momento la dulzura, Amelia incluso le tomó las manos, apretándolas para infundirle ánimo, y comenzó a hablarle del tiempo que Alonso, Julián y ella conocían al poeta y lo que conocían de su familia en la Sevilla que había dejado atrás. Resultó que todo cuanto había imaginado basándose únicamente en su peculiar apellido no tenía nada que ver con la realidad. Julia se mordió el labio inferior y miró hacia otro lado, comenzando a sentir los ojos vidriosos: en apenas unos momentos, todo su mundo había cambiado y dentro de su cabeza reinaba la más pura confusión. Amelia Folch le tendió un pañuelo que no aceptó, fingiendo interesarse por los constantes revoloteos de las golondrinas que anidaban en el balcón que correspondía a su alcoba. Mientras la cantante guardaba silencio, Amelia le dijo que no tenía intención de hacerle daño y que podía preguntar al respecto de lo que le había dicho si no la creía, pero que sentía que era algo que debía de tener en cuenta antes de llegar más lejos en aquella relación.

Pasaron unos minutos de silencio en los que Julia continuó con la mirada azul clavada en un par de golondrinas que daban pequeños saltos sobre la barandilla de su balcón. Los pajarillos piaron, sacudieron sus alas y luego levantaron el vuelo, perdiéndose en el azul de un cielo que ya no le parecía hermoso. Se habían ido tan pronto como habían venido, Dios sabía si volverían siquiera. Finalmente, Julia agachó la mirada y agradeció a Amelia Folch su sinceridad, sintiendo un nudo en la garganta.

Por primera vez en su vida, había sido a ella a quien le habían roto el corazón.


- Bueno... Todo ha ido bien, ¿no? - dijo Julián cuando sus compañeros y él llegaron de nuevo al año 2016 tras volver a atravesar la puerta que conducía al último y principal ministerio.

- Eso parece, todo lo que se puede catalogar como bien en esta historia – murmuró Amelia dejando escapar un suspiro: aquella misión había concluido al fin y habían sido capaces de restaurar el curso natural de la Historia, pero no se sentía tan satisfecha como habría pensado en un primer momento. Apenas media hora después de su conversación con Julia Espín, la universitaria había recibido una llamada del subsecretario del Ministerio del Tiempo. - Salvador me dijo que todo había vuelto a ser como se supone que debía haber sido en un principio: ni hubo boda, ni nació Aurora, pero la carrera artística de Julia Espín sí está completamente intacta y el legado literario de Gustavo Adolfo Bécquer ha sobrevivido incluso 146 años después de su fallecimiento, ha vuelto a ser el icono del romanticismo que siempre ha sido. En ese sentido, sí, supongo que todo está bien...

- Agradezco comprobar que no soy el único que posee sentimientos encontrados en todo este asunto – afirmó Alonso, mientras caminaban por el pasillo dirigiéndose hacia la gran escalera de caracol. - Sé que hemos obrado de la forma correcta, pero no puedo evitar sentirme como un traidor: después de todo, he actuado en contra de una persona que me consideró su amigo a sus espaldas y ni siquiera tuve la decencia de despedirme de él

- Todo sucedió de manera muy rápida, Alonso, no te culpes por ello – contestó el enfermero, recordando cómo habían decidido actuar después de que Valeriano Bécquer se enfrentara con ellos para proteger la felicidad de su hermano. - Nos apresuramos a volver al ministerio creyendo que así hacíamos bien cuando en realidad estábamos metiendo la pata hasta el fondo, no podrías haber actuado de manera distinta...

Amelia asintió a las palabras de Julián tomando el brazo de Alonso mientras subían las escaleras y apretándolo levemente en señal de apoyo, al igual que había hecho con Julia Espín apenas unas horas antes. Ese simple gesto lleno de amistad y cariño hizo recordar al soldado que, por muchas desventuras que pudieran sufrir en sus ya comunes viajes a través del tiempo, siempre podría contar con sus compañeros y que juntos podrían hacer frente a cualquier dificultad que el sino les deparara. El Ministerio del Tiempo se había convertido en un lugar querido para él, con sólo caminar por sus pasillos e intercambiar regios saludos con el resto de sus trabajadores ya bastaba para hacerle sentirse en casa.

- Aunque una cosa sí es cierta – apuntó Julián volviéndose hacia Alonso tras dedicar un breve saludo a Germán, el bedel, quien continuaba releyendo la mítica victoria del Atlético de Madrid en 1996. - De la gente buena hay que despedirse, Alonso. Si quieres, deja pasar unos días para que todos podamos retomar nuestra rutina y te volveré a dejar el cuaderno de las puertas para que puedas volver para decir adiós, si es lo que quieres: estoy seguro de que Gus se alegrará de verte

- ¿Ya volvéis a llamarle por ese peculiar apelativo? - inquirió el soldado, pero sin poder disimular una media sonrisa: le gustaba volver a ver a su amigo de buen humor.

- Eso siempre, Alonso, ya sabes el trauma que tengo con la rana – sonrió Julián, dando una breve palmada en el hombro de su compañero. - ¿A tí te parece bien, Amelia?

No hubiera extrañado a Alonso que Amelia se hubiera opuesto tajantemente a semejante idea, después de todo lo que había sucedido a lo largo de la misión, pero la joven, a pesar de lo terca que podía ser en algunas ocasiones en su empeño por cumplir con el objetivo de la misión, tenía buen corazón y entendía que Alonso, que había sido quien más amistad había trabado con el joven Gustavo Adolfo Bécquer, sintiera la necesidad de despedirse de él como era debido.

- Claro – asintió la joven con una sonrisa conciliadora. - Debimos habernos despedido antes de regresar y no fue posible, pero eso no significa que ya no puedas hacerlo nunca. Pero comparto la opinión de Julián: deberías dejar pasar unos días, quizás un par de semanas incluso antes de volver. Esta misión ha sido muy extenuante para todos y puede que lo mejor sea poner un poco de distancia, aunque de todos modos confío en tí y sé que obrarás de manera prudente

Alonso asintió a las palabras de la universitaria. Él también se sentía de idéntica manera a sus compañeros: la misión concerniente a Gustavo Adolfo Bécquer le había resultado dificultosa de llevar a cabo y, aún entendiendo que perseguían un bien superior, no podía evitar sentirse como el peor de los traidores al haber saboteado una relación en la que el joven poeta había puesto tantas esperanzas. Sólo esperaba que el dolor que debía sentir en aquellos momentos por ese desamor no le condujera de nuevo al abandono y el desesperación que les había descrito su hermano Valeriano la última vez que tuvieron oportunidad de hablar con él. Sí, volvería a verle usando la misma puerta por la que acababan de volver a 2016: charlaría con Gustavo Adolfo Bécquer cuando éste aún tenía veintitrés años y se hallaba con el corazón roto, ojalá aquella visita le pudiera resultar aunque fuera de un mínimo consuelo.

Pero seguiría el consejo de sus amigos y dejaría pasar unos días, puede que incluso unas semanas hasta entonces: después de todo, la herida debía ser aún demasiado reciente. Todos los involucrados en aquella misión, de forma consciente o no, necesitaban tiempo.

Y en aquellos asuntos, que tan profundamente llegaban a afligir el alma, de poco servían las puertas del ministerio.


Los días pasaron, transformándose en semanas, y, a pesar de que había llegado a pensar que, entre los conflictos de Julián y Alonso, nunca volverían a la normalidad, Amelia Folch tuvo la oportunidad de comprobar que se había equivocado. Y no podía estar más agradecida por ello.

Gracias a la misión concerniente a Gustavo Adolfo Bécquer, Julián había terminado por comprender que había cosas que el tiempo no podía cambiar y, si así lo hacían finalmente, no siempre era para mejor. Sí, en aquella realidad paralela que se había creado Gustavo y Julia habían contraído matrimonio y habían tenido una hija, pero ninguno de los dos había visto cumplidos sus sueños en el plan profesional. A veces, cuando antes de irse a dormir meditaba sobre ello, Amelia no podía evitar preguntarse qué había sido de la joven Aurora Domínguez Bécquer y Espín. El informe que contenía todo lo relativo a su vida – imágenes, partidas de nacimiento y demás – permanecía guardado en la sección del archivo ministerial dedicado a Alteraciones Históricas, pero ¿a dónde iba el alma de una persona que nunca había existido?

Pero procuraba no pensar en ello, porque su mente era tan perspicaz que siempre acababa pensando en su propia futura hija y en si su destino podría estar también pendiente de un hilo sin ella percibirlo. Amelia siempre acababa enfadándose consigo misma cuando se sorprendía pensando en tales asuntos: esperaba de Julián y Alonso que pasaran página y ella misma le daba vueltas al asunto.

Dejando esas pequeñas elucubraciones a un lado, todo pareció volver a la normalidad en la sede del último y principal Ministerio del Tiempo, tanto así que los tres compañeros no habían tenido demasiados problemas para retomar su rutina diaria. Les fueron asignadas otras misiones que, gracias al cielo, pudieron concluir y archivar sin que se produjera ningún tipo de percance: de entre todas las que habían realizado desde entonces, quizás la más peliaguda había resultado ser aquella en la que tuvieron que viajar al año 1475 para convencer a Jorge Manrique de que luchara en el bando de Isabel y Fernando, y no en el de los partidarios de que Juana la Beltraneja ocupara el trono de Castilla.

Por su parte, cuando Alonso se lo devolvió, Julián terminó por devolver el ejemplar que contenían las obras principales de Gustavo Adolfo Bécquer a la biblioteca del ministerio, donde ni siquiera parecían haber echado en falta el ejemplar. No obstante, para sorpresa del soldado, Julián le regaló otra edición para que Alonso la conservara como recuerdo de la amistad que había forjado con su paisano.

- De Casa del Libro, Alonso – señaló el enfermero con una sonrisa divertida. - Y pagado, que conste, que no se me olvida lo de El capitán Alatriste...

El soldado sonrió al recordar aquel episodio y le agradeció el gesto a Julián con un abrazo. No pasó mucho tiempo de eso hasta que, en una ocasión en la que Salvador Martí les invitó a tomarse el resto del día libre después de concluir una misión, Alonso volvió a pedirle a Julián el cuadernillo en que aparecía la relación de las puertas del tiempo y sus respectivos destinos.

- Vas a despedirte ya, ¿no es así? - le preguntó Amelia junto al pozo, aunque ya sabía la respuesta.

- Así es – asintió Alonso solemnemente. - He de aprovechar que los atuendos de la misión que acabamos de concluir no son demasiado distintos a los propios de 1859 para no levantar sospechas. Además, considero que ya ha pasado un tiempo prudente desde que hablamos con la señorita Espín

- Eso está bien pensado – afirmó Julián, acordándose del efecto que habían tenido las palabras de Amelia sobre la cantante de ópera: tan pronto como volvieron a 2016 se toparon con que todo había vuelto a ser como era, Julia no debía de haber tardado mucho calabazas a Gus tras su conversación con Amelia. - Dale recuerdos de nuestra parte, ¿de acuerdo?

Alonso asintió: ya había imaginado que Julián y Amelia no querrían acompañarle en ese viaje y la verdad es que lo agradecía. Gustavo Adolfo Bécquer había llegado a sincerarse mucho con él respecto a sus sentimientos por Julia Espín, incluso también había compartido con él recuerdos dolorosos que no había mencionado ante ningún otro miembro de la patrulla: después de toda aquella confianza depositada, lo mínimo que podía hacer era despedirse como Dios mandaba.

- Buena suerte, Alonso – dijo la universitaria, esbozando una breve sonrisa. - Espero que todo vaya bien

El soldado asintió con un gesto seco de cabeza, de los que aún se le escapaban cuando olvidaba que ya no se encontraba en los Tercios de Flandes. Confiaba en que Dios guiara sus pasos con sabiduría en su camino de vuelta al año 1859.


No era la primera vez que Alonso de Entrerríos viajaba solo al pasado – su corazón aún se conmovía al pensar cómo había tenido oportunidad de enseñar a su hijo a manejar de forma diestra la espada o cómo había salvado a su esposa Blanca de las manos de aquel hombre que ni siquiera se podía llamar a sí mismo como tal valiéndose de los versos de Don Juan Tenorio -, pero sí había sido una de las veces en la que más le había costado dar con la persona a la que buscaba en cuestión.

Una vez había puesto de nuevo los pies en el año 1859, Alonso se topó con que no sabía dónde encontrar a Gustavo Adolfo Bécquer. Dadas las circunstancias, carecía ya de sentido tratar de buscarle en las inmediaciones del hogar de los Espín, ni preguntar por él en dicho lugar. Paseó largamente por los lugares en que había tenido oportunidad de verle al principio de la misión – los jardines del Retiro, el Café Suizo... - sin obtener resultado alguno. Claro estaba que podía acudir directamente al edificio en el que vivía tan sólo un año atrás, pero quería evitar la presencia de Valeriano Bécquer en la medida de lo posible: no le cabía la menor duda de que, si el pintor le viera por allí, no tardaría en intentar darle un par de mandobles y de aquello no saldría nada bueno.

Por suerte, había ofrecido una breve oración al Altísimo antes de volver a cruzar la puerta 108 y esa plegaria había sido escuchada. Alonso caminaba desanimado por la calle, preguntándose si debía renunciar a aquella visita, cuando la anciana doña María Luisa, quien había sido la enlace del ministerio en la misión relativa al poeta sevillano, acudió a su encuentro apoyándose en su bastón.

- El Señor sabe bien que nunca olvido una cara – le hizo saber la señora cuando alcanzó al soldado, quien no la había reconocido al principio. - ¿Vuelve a haber problemas en el Ministerio y no se me ha informado de ello? Se lo dije una vez y se lo diré mil más si hace falta: don Salvador debe informarme con antelación de estas cosas...

- No se trata de tal cosa – la interrumpió Alonso de forma cortés. - No se trata de una misión para el ministerio, pero sí me gustaría encontrar a Gustavo Adolfo Bécquer, si usted le recuerda. Es importante.

- ¿Por quién me toma usted? ¡Claro que lo recuerdo! - protestó la anciana, golpeando con firmeza el bastón en el suelo empedrado de la calle aunque, si mal no recordaba, en su día la mujer no había tenido idea alguna de quién era el poeta, pero sí conocía a Valeriano, quien había pintado un retrato a su hija y a su nieta. Quizás el hecho de que hubiera habido una misión en torno a él había provocado que la señora se interesara más por Gustavo. - Sigo viéndole de vez en cuando, pero tendrá problemas si lo que pretende es verle en compañia de su hermano, el pintor...

- Y eso, ¿por qué? - se interesó el soldado, recordando que a Valeriano y Gustavo era extraño verles separados.

Doña María Luisa chasqueó la lengua e hizo un gesto con la mano como quitando importancia al asunto pero, tras echar un breve vistazo a la gente que iba y venía a su alrededor, no tardó en acercarse a Alonso hasta poder susurrarle casi a modo de confidencia.

- Don Gustavo no parece muy feliz últimamente – le hizo saber finalmente la señora. - Antes era otra cosa, le veía charlar con su hermano o con un grupo de amigos que tiene aquí en la capital, pero últimamente se dedica a ir y venir del mismo sitio todos los días como si fuera un alma en pena. Si no supiera que, a excepción de su hermano, toda su familia vive en Sevilla, casi me daría por pensar que se le ha muerto alguien...

Nada más pronunciar aquella última frase, la anciana se apresuró a persignarse, pero Alonso necesitaba respuestas.

- Decís que va y viene todos los días al mismo lugar, ¿cuál es ese sitio, si puede saberse?

No sin cierto recelo, doña María Luisa le aclaró las dudas al respecto y entonces Alonso entendió que la anciana no había utilizado la expresión "como alma en pena" sin su misterio. Al parecer, Gustavo Adolfo Bécquer dedicaba la mayor parte de sus días a visitar un camposanto.

Y allí se encontraba Alonso de Entrerríos en esos momentos, ante los solemnes muros del Cementerio General del Norte. El soldado estudió el lugar con la mirada, aún sin penetrar en el mismo: nunca había sido partidario de acudir a parajes tan sombríos, ni siquiera en los días en que lo mandaban las sagradas escrituras. Creía firmemente que lo mejor que uno podía hacer por las almas de los seres queridos que ya no estaban era ofrecer una oración por sus almas en la iglesia más cercana y prender una vela en su memoria.

Y no tenía nada que ver con el supuesto miedo a los fantasmas del que tanto se burlaba su amigo Julián.

Los cipreses se elevaban más allá de la altura de los muros del camposanto, meciéndose suavemente con la brisa vespertina y habitaba en el lugar el más profundo de los silencios. Ni el sollozo de una viuda, ni el tarareo espontáneo del encargado del lugar, ni siquiera el canto de los pájaros... Nada. Casi costaba pensar que, aún faltando varios meses para la fecha en que las familias acudían a depositar flores sobre las tumbas de sus seres queridos, pudiera haber alguien paseando por aquellos lares.

Mala cosa es cuando un muchacho tan joven busca la compañía de los muertos.

Finalmente, Alonso de Entrerríos se santiguó y atravesó el gran arco de entrada al camposanto, haciendo caso omiso de los instintos que le alentaban a salir de aquel lugar lo más rápido que pudiera. El soldado murmuraba una oración tras otra mientras atravesaba a zancadas el lugar, buscando con la mirada a Gustavo Adolfo Bécquer. Era extraño, aunque la mayor parte del cementerio poseía las tumbas comunes, excavadas en la tierra y cubiertas de musgo, que siempre había visto, también había una especie de fosas en los propios muros, pues en ellos podía ver hileras de lápidas. Para su asombro, Alonso comprobó que aquello no se limitaba a los muros del lugar, sino que también habían como pequeños edificios dentro del patio que casi parecían casas con fosas en su interior. Al soldado le recorrió un escalofrío y apartó la mirada al momento, apresurando el paso: casas para los difuntos, ¿de qué perturbada mente había surgido semejante idea?

Como siempre, las cosas parecían haber cambiado mucho desde su propia época y no para mejor, según podía comprobar. Aún recordaba el camposanto del pueblecito de Sevilla en el que había crecido, donde las gastadas lápidas sólo estaban acompañadas por los árboles que crecían entre ellas y la silvestre vegetación propia del lugar. Aquello que veía a su alrededor en pleno siglo XIX parecía más una ciudad construida para uso exclusivo de los difuntos y había algo en aquella idea que le ponía el vello de punta.

Llevaba ya rato caminando, recorriendo distintos caminos empedrados y topándose con más de aquellos peculiares y espantosos edificios, fantaseando no pocas veces con la idea de darse la vuelta y enfrentarse a la cólera de Valeriano Bécquer, plantándose en la puerta de su hogar, cuando distinguió que se encontraba en una zona del camposanto más bien distinta a la que llevaba todo ese tiempo contemplando y temiendo. Sin haberse dado cuenta, ofuscado como estaba en sus pensamientos, había entrado en un espacio donde la mano del hombre parecía haber llegado con menos fuerza y en el que, por el contrario, la naturaleza luchaba por hacerse dueña del lugar. En comparación con los patios de tumbas que había tenido la oportunidad de ver anteriormente, aquel lugar se encontraba mucho menos cuidado y también daba la impresión de recibir bastantes menos visitas.

Al menos, a excepción de dos personas.

Allí donde las lápidas apenas se sostenían enderezadas y con los nombres de sus ocupantes visibles debido a la suciedad y al musgo que había crecido sobre su superficie, donde la hiedra trepaba serpenteante por unos muros que no eran ordenadas filas de sepulturas sino simples muros y donde una vieja encina luchando en su natural crecimiento por hacerse un espacio que la construcción del muro le había imposibilitado había terminado por derruir parte del mismo, dejando que sus ramas más bajas y parte de sus raíces se asomaran a saludar a los muertos del cementerio... Precisamente allí halló a Gustavo Adolfo Bécquer.

Para Alonso habían pasado pocas semanas desde la última vez que le vio, pero para el poeta de eso hacía ya más de un año. No había demasiada diferencia entre el muchacho de veintidós años que había conocido entonces y el de veintitrés que reposaba sentado en las raíces de aquella vieja encina, dejando que sus hojas y ramas le protegieran del sol de la tarde. Con los brazos cruzados sobre el pecho, unas cuantas cuartillas de papel en su regazo y la cabeza apoyada en el tronco del árbol con los ojos cerrados, Alonso creyó en un principio que le había sorprendido dormitando, pero bastó el chillido de una ardilla correteando de una rama a otra para hacerse con una bellota para que el poeta abriera los ojos e irguiera la cabeza, buscando al animal entre las hojas que le cubrían.

Y poco más le bastó para dar con Alonso, al otro lado de aquel desolado lugar.

Después de unos pocos instantes de asombro, el poeta se incorporó de su improvisado asiento dejando las cuartillas de papel en una de las ramas más bajas y también el soldado avanzó unos cuantos pasos más entre las lápidas de piedra. Ahora que tenía ocasión de verle más de cerca, Alonso sí acertaba a señalar ciertas diferencias entre el Bécquer que había conocido en 1858 y el que ahora tenía ante sí: al conocerle por primera vez, le había dado la impresión de ser un muchacho muy cordial al que no le costaba confiar en la gente, pero el recelo con que ahora lo miraba era nuevo, a pesar de que al principio Alonso había creído que se alegraba de verle.

- No en vano suelen decir que las desgracias nunca vienen solas – afirmó Gustavo Adolfo Bécquer, aún mirándole de arriba a abajo como si no pudiera creer que estuviera allí. - No negaré que le sobra de valor lo que le falta de vergüenza...

- En nombre del cielo, ¿puede saberse a cuento de qué vienen esas injurias contra mi honor? - espetó Alonso, sintiéndose ultrajado: una cosa que no iba a permitir ni a un paisano suyo ni a nadie es que pusieran en duda su rectitud.

- A que mi hermano tenía razón – le replicó a su vez el poeta sevillano, sin dejarse amilanar ni por un momento. - Ni siquiera ahora logro explicarme cómo en un principio di más crédito a la palabra de quien no dejaba de ser un desconocido antes que a la de mi propio hermano, que jamás actuaría en mi contra. Ahora veo que todo tiene sentido: usted y sus amigos desaparecen sin dejar rastro alguno tras la trifulca que tuvieron con Valeriano, y ahora que Julia...

Gustavo Adolfo Bécquer se detuvo ahí, como si las palabras se le hubieran atravesado en la garganta con sólo mencionar a la que, hasta hacía bien poco, había sido la causa y remedio de todos sus males, y puede que aún continuara siéndolo. Para enfado del poeta consigo mismo, no logró ocultar la expresión de aflicción que cruzó su rostro, viéndose forzado a continuar hablando para no dejarse en evidencia ante alguien que ya no contaba ni con su amistad ni con su confianza.

- Cuando Julia mencionó a las personas que se habían detenido a hablar con ella – prosiguió diciendo el poeta, tratando de superar el nudo que sentía en la garganta, para después respirar hondo pero aún furioso por toda aquella situación, acercándose más a Alonso a cada palabra que decía. - Después de llamarla a voces en medio de la calle, me refirió unos nombres y unas apariencias que ya casi había olvidado... Esas personas que yo en su día había tomado por amigos volvieron a reaparecer de la nada, casi un año después, para interponerse entre ella y yo; personas que habían mostrado un interés desmedido, casi indecoroso, por mi relación con ella y, ¿espera que crea que se trata de un mero capricho del destino?

El agente del ministerio del tiempo guardó un prudente silencio: no tenía manera de rebatir los argumentos de su paisano porque todos ellos eran ciertos, debía de tomarles a Julián, a Amelia y a él mismo como la peor clase de gente con que uno podía toparse en la vida. Pero poco sabía él que no habían obrado con maldad, aunque nunca llegara a comprenderlo. La ausencia de palabras indignó tanto a Gustavo Adolfo Bécquer como podría haberlo hecho una mentira.

- ¿Acaso tiene usted el valor de negarlo? - insistió el joven poeta.

Alonso le sostuvo la mirada con firmeza, pero lejos de hallarse cómodo con aquella discusión.

- Vos mismo lo habéis dicho antes: me sobra el valor – dijo finalmente el soldado.

Gustavo Bécquer parpadeó y retrocedió un par de pasos, como si le hubieran dado una bofetada, totalmente perplejo: no había esperado que Alonso de Entrerríos tuviera la desfachatez de admitir su parte de culpa en todo aquel asunto sin que le temblara el pulso. Ese desconcierto no tardó en dar paso a una renovada rabia, tan palpable que el agente del ministerio incluso pensó que iba a propinarle un puñetazo, lo cual le preocupaba. No por el daño que aquel muchacho pudiera hacerle, al contrario: Alonso podía detener el golpe con la misma facilidad que podía romperle el brazo al hacerlo y no quería provocar nuevos cambios en la Historia dejando a un icono del romanticismo con su brazo diestro incapaz de escribir lo que fuera menester durante un tiempo.

- Mis compañeros y yo no poseemos toda la culpa – afirmó Alonso, aprovechando la vacilación de su paisano. - Después de todo fue decisión de Julia no seguir adelante con...

- ¿Cómo se atreve? - le interrumpió Gustavo Adolfo Bécquer al momento. - Dios santo, no puedo creer lo que estoy oyendo, ¿cómo han podido hacer algo semejante?

Una vez más, Alonso no contestó, aunque sí agachó la cabeza por unos instantes: entendía el disgusto de su joven paisano, no creía que él mismo hubiera actuado de manera distinta si algún desconocido se hubiera interpuesto de esa manera entre Blanca y él... Aunque también era verdad que existían unas claras diferencias en todo aquel asunto: su Blanca nunca le hubiera abandonado por algo tan nimio como pertenecer a una clase social distinta y, si eso hubiera llegado a pasar, él sí habría tratado de romperle la nariz al cizañero de turno o algo más.

- Pues les felicito – oyó decir finalmente al poeta, derrotado. Cuando Alonso alzó de nuevo la mirada le vio angustiado, dando pequeños paseos de aquí a allá alrededor de las lápidas que les rodeaban. - Dígale a sus amigos, si es que realmente pueden llamarse como tales, que todo ha terminado: deben congratularse ustedes por ello, aunque no alcanzo a comprender cómo alguien puede hacer algo semejante, aprovechándose de la amistad que les ofrecí nada más conocerles

- Quizás no era el amor de vuestra vida – dejó caer el agente del ministerio, ahora que veía que la rabia de Gustavo Adolfo Bécquer daba de nuevo paso al abatimiento.

El poeta sevillano dejó escapar una risa amarga.

- ¿El amor? - repuso el joven con una media sonrisa que no tenía nada de alegre y sí de incrédula. Negó con la cabeza casi para sí antes de volver a hablar – No, amigo mío: el amor es sólo un rayo de luna... Igual de hermoso, igual de fugaz

A Gustavo muchas veces se le había antojado como uno de ellos y, efectivamente, su relación con Julia Espín había resultado ser poco más que un sueño. Ahora que echaba la vista atrás, cada breve conversación que había mantenido con ella al principio de presentarse, cada brillo que adivinaba en su mirada azul cuando le mentaba los álbumes que estaba preparando para ella, cada sonrisa mal disimulada en sus labios de ángel, cada beso a escondidas... Todos y cada uno de esos recuerdos permanecían en su memoria envueltos por un aura tan irreal que, ahora que todo había acabado, casi creía en verdad que todo había sido el más dulce de los sueños y nada más.

Y le rompía el corazón haber despertado.

Finalmente, el poeta dio la espalda a Alonso y volvió a caminar hacia la vieja encina en cuyas raíces había estado sentado, sumido en la contemplación, hasta percatarse de que no estaba solo. Observó las cuartillas que había traído consigo en un vano intento de escribir algo, pero todo cuanto brotaba ahora de su pluma estaba teñido por los pensamientos más fríos y carentes de esperanza que había escrito nunca. No sin acierto solía tener por costumbre no escribir hasta tener sus sentimientos en orden, pero ya habían pasado unas cuantas semanas desde que Julia le rechazara y no dejaba de sentir una profunda tristeza y también rabia: contra aquellos falsos amigos y también, aunque le costara admitirlo, contra la propia Julia, quien había resultado ser muy diferente de lo que había creído en un principio, nada que ver con la dulce Ofelia que había llegado a ver en ella.

- Duele, ¿no es así? - escuchó Gustavo Adolfo Bécquer decir a Alonso de Entrerríos, justo cuando notaba cómo las lágrimas volvían a vidriar sus ojos ante el recuerdo de Julia. El poeta se volvió hacia su paisano, quien contemplaba el lugar donde se encontraban con los ojos entrecerrados debido al sol de la tarde y paseando su mirada por las tumbas hacía ya tiempo olvidadas. - Que eso no os perturbe: pasará, al igual que todo cuanto existe bajo el sol... Al igual que ellos antes que nosotros

- Me haría usted un favor si dejara la fachada de amigo devoto a un lado, señor mío – contestó el poeta fríamente, volviendo a tomar asiento entre las grandes raíces de la encina. - Está usted tentando a la fortuna y no tengo el mayor deseo de continuar esta conversación

Por mucho que Gustavo Adolfo Bécquer le hubiera hecho saber a Alonso de Entrerríos que estaba tentando a la suerte, el soldado optó por ignorarlo: el tiempo que le había conocido había sido suficiente como para saber que su paisano no la emprendería a golpes con él, por muy devastado que se sintiera. Además, no había viajado de vuelta a 1859 para mantener una conversación tan tensa: el joven Gustavo Bécquer había sido un buen amigo para él y quería despedirse dándole algo de esperanza sobre los días que le quedaban por vivir.

Asi, el agente del ministerio avanzó hacia donde se encontraba el poeta, notando a medio camino que la pena parecía haber vuelto a hacer presa de él. Alonso rebuscó en los bolsillos de la chaqueta y sintió cómo el corazón le daba un vuelco en el interior de su pecho: en uno de ellos había notado el tacto suave de un pañuelo, sí, pero en el otro había un pequeño libro que no tardó en reconocer como el ejemplar de las obras de Gustavo Adolfo Bécquer que le había regalado Julián. Alertado y rezando todo lo que sabía por que el muchacho no se hubiera percatado de su cambio de expresión, Alonso apartó la mano del libro de inmediato y sacó el pañuelo de su otro bolsillo... Pero, cuando finalmente lo tuvo entre sus manos, se topó con una nueva sorpresa.

Era el pañuelo de Aurora.

Lo reconocía por la forma en que los delicados bordes del mismo estaban decorados, no le cabía la menor duda. Debía de haber permanecido dentro del bolsillo del traje durante todo ese tiempo, pasando inadvertido a los encargados de la sección de vestuario del Ministerio del Tiempo y al paso del traje por la tintorería, debía haberse quedado enganchado en el fondo del bolsillo con algún hilo suelto. Pero, ¿cómo es que permanecía allí mientras que su dueña ya no era sino lo que el ministerio había catalogado como una "anomalía temporal"? Bueno, si pensaba en ello, todas las pruebas de las alteraciones históricas quedaban archivadas bajo la más estricta confidencialidad, de ese modo podían consultarlas aún cuando el fenómeno se había resuelto: resolver las misiones no hacía que los objetos pertenecientes a las mismas en poder del ministerio desaparecieran.

Quizás era por eso que en su día les habían hecho tanto hincapié en que no se llevaran nada de las épocas que visitaban y, mucho menos, que las sacaran del ministerio.

Al verlo entre sus manos, casi le pareció oír la dulce voz de la muchacha, como un eco lejano, diciéndole que lo tomara y que tenía la certeza de que su padre hubiera agradecido mucho que hubiera dedicado parte de su tiempo a visitarla. Pues bien, ahí estaba su padre, ignorante de que aquella hija había existido alguna vez, perteneciente a un futuro que hacía unas semanas se había esfumado, y de la que ya no quedaba ni nombre, ni lápida, ni recuerdo.

- Tomad – dijo finalmente Alonso, tomando una resolución y tendiéndole el pañuelo de seda a Gustavo Adolfo Bécquer.

El joven poeta contempló el pañuelo que el soldado le tendía y posteriormente alzó la mirada hacia su paisano sin poder disimular su desconcierto: aquel hombre tan extraño no había tenido problemas en admitir que había contribuido a que su relación con Julia se fuera al cuerno, Dios sabía debido a qué razón, y, a pesar de todo, mantenía una actitud cordial con él, casi como si lamentara verle en esa situación.

Entonces recordó esas tardes en las que bromeaba con Valeriano diciendo que parecía que esos tres nuevos amigos parecían traerle suerte, pues siempre que se encontraban con ellos tenía la ocasión de ver a Julia... Hasta que esas ocasiones resultaron ser demasiadas para lo que su hermano entendía por mera coincidencia, aunque desconocía el propósito tras las acciones de aquellas personas.

Para más inri, ahora que lo pensaba, les había conocido el día en que pudo presentarse formalmente a Julia, habían desaparecido después de que Valeriano les retara a tratar de dar un paso en su contra y, finalmente, habían vuelto a aparecer para hablar exclusivamente con su adorada musa. En el año que había pasado sin saber de ellos, había preguntado aquí y allá y nadie parecía conocerles, era como si no existieran. Llegando a esta conclusión, el poeta se incorporó de inmediato, haciendo que Alonso se sobresaltara.

Conocía demasiadas leyendas populares como para cerrarse a cualquier tipo de explicación.

- Tomad el pañuelo, es importante que lo conservéis, os lo prometo – insistió Alonso.

- ¿Quién es usted? - demandó saber entonces Gustavo Adolfo Bécquer, sumido en el desconcierto.

- Sólo un amigo que quiere vuestro bien, a pesar de que ahora os cueste creerlo y no os culpo por ello – aseguró el agente del ministerio, sin dejar de tenderle el pañuelo. - Ante todo no debéis perder la fe en que nuevos días traigan consigo nuevas esperanzas

El poeta vaciló, sin acabar de comprender qué se proponía aquel hombre tan extraño con argumentos tan incoherentes para su entendimiento. Por razones que no acertó a comprender y que probablemente tenían que ver con su naturaleza confiada, finalmente aceptó el pañuelo que Alonso de Entrerríos le tendía, observándolo con cuidado y sintiendo dentro de sí una sensación curiosa, como si no fuera la primera vez que lo veía.

- Resulta harto difícil pensar que un hombre desengañado pueda recuperar el ánimo en un sitio como éste... ¿Cómo es que os halláis aquí, en un lugar tan desolado? – murmuró el soldado, mirando nuevamente a su alrededor sin poder evitar sentir ligeros escalofríos al observar aquellas tumbas abandonadas.

El poeta aún trataba de descifrar ese sentimiento de familiaridad que le provocaba la prenda que le había entregado Alonso cuando escuchó su pregunta y alzó de nuevo la mirada hacia él.

- Desde que era bien chico he sentido una profunda aversión por los cementerios modernos, poco o ningún interés tengo en aquellos almacenes de la muerte que tan burdamente tratan de imitar la vida – se limitó a contestar Gustavo Adolfo Bécquer pasados unos momentos, contemplando el lugar sin demasiado ánimo: la hiedra trepaba por las lápidas torcidas, haciendo casi imposible identificar a sus ocupantes. - Mi corazón se inclina más por lugares como éste, aquí la vida se une con la muerte en un sentido mucho más natural y lleno de significado del que jamás podrán poseer esas construcciones modernas que tanto me disgustan... Además, hace mucho que esta pobre gente no recibe visita alguna y es algo que me llena de pesar: es horrible, repugnante aunque no quede más remedio, dejar tan solos y tristes a los pobres muertos

Alonso observó que el poeta casi hablaba de las personas que reposaban allí como si allí continuaran, apenadas por encontrarse lejos de sus seres queridos y sin nadie que los recordara ya, en lugar de encontrarse en la divina compañía del Señor como él firmemente creía.

- Todo mortal recorrerá el mismo sendero que ellos tarde o temprano – dijo el soldado, quien había perdido a demasiados compañeros en el campo de batalla en sus días en los Tercios de Flandes. - Incluso nosotros lo haremos cuando llegue nuestra hora

Gustavo Adolfo Bécquer asintió quedamente a las palabras de Alonso, guardando el pañuelo de Aurora en el bolsillo interior de su chaqueta: habiéndose quedado huérfano de padre y madre a los once años, el concepto del dolor por la pérdida, la muerte y la ausencia no le eran en absoluto desconocidos.

- Sólo nos queda esperar que a nuestras tumbas sí venga alguien a llorar – le contestó el poeta, metiéndose las manos en los bolsillos. - Me pregunto si alguien recordará traerme esas campanillas azules con un disco de carmín en el fondo que tanto me gustan...

- Estoy seguro de que alguien lo hará – dijo Alonso a su vez, sintiendo cómo volvía a ganarse la confianza del joven Bécquer, a pesar de todo lo que había pasado. - Recuerdo los versos que escribiaís para vuestra Julia: dijisteis una vez que a vuestro hermano le habían bendecido las musas respecto al don de la pintura, pero os aseguro que las de la escritura han hecho lo propio con vos. Os recordarán.

Sin mirarle, el rostro de Gustavo Adolfo Bécquer se contrajo al escuchar el nombre de Julia y agachó la vista, tratando de dejar a un lado la profunda pena que aún sentía por haberla perdido de una manera tan inesperada e injusta. Algo en lo que ese extraño hombre, por muy cordial que ahora se mostrara con él, había tenido mucho que ver. Pero, entonces, ¿por qué se encontraba allí, a su lado, en esos precisos momentos? ¿Por qué trataba de confortar su espíritu herido? Había en todo aquel asunto demasiadas preguntas a las que no encontraba respuesta alguna.

Por su parte, Alonso, al ver el cambio de expresión en el rostro de su joven amigo, se maldijo, deseando no haber pronunciado el nombre de Julia Espín: la herida aún estaba demasiado abierta como para mentarla del modo en que él lo había hecho. Sin quererlo, le había traído recuerdos de una felicidad que él se había visto obligado a destruir por un bien mayor que Gustavo aún no alcanzaba a comprender. Sin saber muy bien qué hacer, el soldado decidió imitar a su paisano, metiéndose también las manos en los bolsillos de su chaqueta, olvidando que en uno de ellos aún resposaba el pequeño libro que Julián le había regalado. Sobresaltado, Alonso sacó las manos con tanta rapidez de la prenda que, sin querer, hizo que el libro sobresaliera del bolsillo hasta caer al suelo justo a su lado.

Nunca antes había sentido mayor deseo de que se lo tragara la tierra.

El soldado se apresuró a recogerlo sólo para contemplar con horror que Gustavo Adolfo Bécquer, en un gesto amable, ya se le había adelantado, recogiendo el liviano volumen de la tierra y apartando con delicadeza las briznas de musgo que habían quedado adheridas a él. Alonso observó todo con los ojos abiertos como platos y el corazón en la garganta: el poeta sostenía el libro de tal modo que sólo podía contemplar la contraportada del mismo, pero aún así pudo ver cómo Gustavo inclinaba la cabeza a un lado, comenzando a sentir curiosidad por el ejemplar.

- Qué encuadernación tan extraña... - murmuró el poeta, pasando los dedos por la superficie plastificada del libro. - Jamás había visto hasta ahora nada parecido: su tacto no se asemeja a la piel, ni al cuero, ni a la tela... ¿Puedo preguntar dónde lo ha conseguido?

Alonso ya iba a quitárselo de las manos con cualquier pretexto, dando gracias a Dios de que en la contraportada del libro no hubiera texto alguno, pero, movido por la singularidad de aquel ejemplar, Gustavo Adolfo Bécquer no tardó en darle la vuelta, topándose así con que su nombre estaba escrito en la portada del mismo.

Se produjo entonces tal silencio en el camposanto que el agente del ministerio fue capaz de escuchar los latidos de su corazón contra su pecho con tanta intensidad que se le hacía impensable pensar que su joven paisano no los oía también, pero éste había quedado tan paralizado por la sorpresa como si le hubiera alcanzado un rayo en ese preciso instante y no parecía ser consciente de nada más que del volumen que sostenía en sus manos. Pasados unos instantes que a Alonso se le antojaron tan eternos como el infierno mismo, Gustavo Adolfo Bécquer, que hasta entonces había permanecido con sus ojos castaños abiertos de par en par y clavados en el libro, abrió y cerró los labios, tratando que las palabras que acudieran a los mismos pero, por una vez, el poeta parecía haberse quedado sin ellas.

Finalmente, el joven sevillano alzó la mirada de nuevo hacia Alonso a la vez que sostenía el libro de tal manera que el soldado pudiera ver la portada del mismo.

- ¿Qué argucia es ésta? - quiso saber Gustavo Adolfo Bécquer, tan perplejo que incluso parecía faltarle el aire.

Alonso se maldijo a sí mismo por su torpeza y alargó la mano para recuperar el volumen, pero el poeta retrocedió un par de pasos, impidiéndoselo.

- ¿De dónde ha sacado esto? - exigió de nuevo el poeta, confuso y asustado a partes iguales: toda aquella situación parecía sacada de uno de los cuentos que las viejas de pueblo contaban a todo aquel que se prestara a escucharlas... Comenzó a lamentar encontrarse a solas, sin más compañía que la de los muertos y la de una persona cuya naturaleza aún era un misterio para él. - ¿Qué es usted?

La pregunta sonó estúpida a sus propios oídos en el momento de pronunciarla, pero no estaba dispuesto a bajar la guardia ante aquel hombre. No entendía nada de lo que estaba pasando, de repente casi creía encontrarse en medio de un sueño. Eso debía ser, sin duda alguna: debía haberse quedado dormido bajo la sombra de la encina y realmente nada de todo aquello estaba teniendo lugar...

Por su parte, Alonso continuaba tratando de tranquilizar los ánimos del poeta sin apenas éxito, puesto que ni siquiera le permitía acercarse a él, manteniendo en todo momento la distancia entre ellos. Ya había vuelto a meter la pata tratando de hacer las cosas bien, casi podía recordar en ese momento cómo Amelia le había hecho saber que confiaba en él antes de emprender aquel peculiar viaje para despedirse de Gustavo Adolfo Bécquer... Entonces también recordó algo que la joven le había dicho una vez que la había visto sentada en uno de los bancos del ministerio, sumida en la historia escrita entre las líneas de los libros que siempre parecía portar consigo: que una vez descartado lo imposible, lo que quedaba, por improbable que pareciera, era la verdad.

Ojalá su joven paisano lo viera de la misma forma.

- Mi nombre es Alonso de Entrerríos – pronunció finalmente el agente del ministerio con seguridad. - Serví a su Majestad el rey Felipe II como soldado de los Tercios de Flandes y he conocido una época en la que vuestros temores respecto a ser olvidado no tienen razón de ser

Gustavo Adolfo Bécquer le sostuvo la mirada, incrédulo.

- Pero eso es imposible: Felipe II reinó hace más de trescientos años – contestó éste negando con la cabeza. Tras unos instantes de contemplación, se pasó la mano por unos bucles castaños rebeldes que se empeñaban en caer sobre su frente. - Dios mío, debo de haber perdido el juicio o debe de haberlo perdido usted, amigo mío...

El hecho de que, de manera inconsciente, hubiera vuelto a referirse a él como amigo animó a Alonso a tratar de acercarse de nuevo a él y esta vez el poeta no retrocedió: la curiosidad vencía poco a poco al temor y la incredulidad en su interior. Después de todo, Alonso había tenido oportunidad de leer las historias maravillosas y aterradoras que narraba en sus Leyendas. Aunque el Gustavo Adolfo Bécquer de veintitrés años que tenía ante sí aún no lo supiera, en el futuro escribiría sobre iglesias abandonadas donde los muertos se alzaban a medianoche para entonar un último miserere, sobre ninfas de ojos verdes que atraían a las profundidades de su laguna a aquellos insensatos que caían en su hechizo sobrenatural, sobre estatuas de mármol que revivían durante un único instante para defender el honor de su dama...

¿Por qué motivo ese joven no iba a creer en algo como los viajes a través del tiempo?

- No es cierto, ni una cosa ni la otra: tengo por seguro que ya empezáis a comprender que no os miento – afirmó Alonso, bajo la atenta mirada de su paisano. - Y, si tenéis la bondad de abrir ese volumen, comprobaréis que no hay mentira alguna en mis palabras, os lo prometo

Gustavo Adolfo Bécquer mentiría vilmente si dijera que no era lo que había deseado hacer desde que había comenzado a pasársele la impresión de ver su nombre estampado en un volumen tan extraño. Tenía una ligera sospecha, pero era demasiado increíble para ser verdad... Casi con temor, el poeta abrió el libro por una de las primeras páginas y comenzó a leer. Debió de sentir un renovado vuelco en el corazón, pues se apresuró a pasar una página tras otra sin detenerse más que un par de segundos en cada una de ellas. Alonso ya iba a detenerle, temiendo que su paisano fuera a acabar leyendo más de lo que debía sobre su propia vida, cuando el poeta se detuvo en una página en concreto: había estado buscando algo.

El poeta dejó escapar una breve risa incrédula y se llevó la mano que le quedaba libre a un lado de la cabeza.

- Escribí estos versos para Julia - murmuró Gustavo Adolfo Bécquer, pasando los dedos por un poema en concreto. - Pero finalmente no lo incluí en los álbumes que le obsequié y quedaron escritos en medio de una cuartilla en el habitual desorden de mi escritorio, nadie conoce estas líneas salvo yo mismo...

Cuando el joven sevillano volvió a mirar a Alonso, en su rostro había cautela pero también, al fin, confianza.

- Usted no me está mintiendo

- ¿Qué manera tendría de poder hacerlo? - contestó el agente del ministerio. - Vos mismo habéis dicho que nadie conoce de la existencia de esos versos salvo vos

Poco a poco, las piezas de aquel enrevesado e infernal rompecabezas comenzaron a encajar dentro de la imaginativa mente del poeta. Recordaba bien todo cuanto Valeriano le había referido en torno a sus sospechas respecto a las tres nuevas amistades de ambos: cómo nadie más parecía conocerles, cómo aparecían siempre cuando Julia Espín estaba por en medio, e incluso, y esto era lo que más inverosímil le había parecido a su hermano menor, cómo tanto Julián Martínez como Alonso de Entrerríos parecían desconocer muchas cosas del mundo que les rodeaba. Todas esas extrañezas quedaban resueltas si lo que le decía su paisano era cierto y él provenía de una época muy distinta.

Gustavo Adolfo Bécquer llegó a preguntarse si acaso todo aquello no sería sino una broma muy bien planeada de su hermano Valeriano, pero rechazó esa hipótesis al pensar en ella con más claridad: su hermano mayor tenía un carácter afable y protector, jamás se hubiera enemistado con esas personas si no hubiera sospechado que ocultaban algo, así como tampoco hubiera jugado con algo tan importante para Gustavo como lo era su sueño de publicar sus versos algún día.

- Que el Señor tenga piedad de mí, es por eso que siempre habla usted como si hubiera salido del Cantar de Mío Cid – habló el poeta, estupefecto y aún sosteniendo el ejemplar de sus propias obras entre las manos. - Y yo que pensaba que se había criado en una zona de mi añorada Sevilla desconocida para mí o en una familia de aristócratas...

- Mis raíces no se encuentran en una familia de aristócratas, aunque sé que las vuestras sí lo están, pero teníais razón al pensar que había crecido en una Sevilla desconocida para vos: después de todo, es una Sevilla trescientos años anterior a la vuestra... - dijo Alonso, situándose al lado del poeta.

El joven asintió, aturdido de sólo pensarlo. Ahora ese hombre le inspiraba piedad: cada vez con menos frecuencia, Gustavo se hallaba recordando sus días de adolescente en su luminosa y adorada Sevilla, pensando en regresar algún día... Pero ese sentimiento de pertenencia negada debía de ser mucho mayor para alguien como Alonso de Entrerríos.

- ¿Sabe usted? - comenzó a decir Gustavo Adolfo Bécquer. - Ahora que lo recuerdo, cuando era chico, al poco de faltar mis padres, mi querida madrina me habló una señora mayor que conoció en su niñez que se apellidaba igual que usted

El corazón de Alonso dio un vuelco en el interior de su pecho: aquella era una pregunta que le había atormentado desde el mismo momento en que supo del lugar de procedencia de los hermanos Bécquer, pero no se había atrevido ni siquiera a soñar con preguntarles si conocían a alguien que compartiera su mismo apellido. El suyo no era un apellido muy común, de modo que su hijo Alonso debía de haber vuelto a Sevilla tras su aventura fallida en la Armada Invencible y había formado una familia... Una que incluso se había extendido siglos después de su paso por el mundo. Con un sencillo comentario, Gustavo Adolfo Bécquer le había hecho saber que sangre de su sangre seguía habitando en las calles de Sevilla y no encontraba palabras para definir lo que eso significaba para él.

El soldado era poco amigo de mostrar sus emociones, por lo que parpadeó y giró el rostro a un lado para que el poeta no pudiera ver cómo se le habían vidriado los ojos al saber que su hijo había tenido una familia, pero su paisano no podía separar la mirada del ejemplar que aún sostenía entre sus manos.

- Siempre me ha costado trabajo saber qué cosas he soñado y cuáles me han sucedido: mucho me temo que ésta es una de esas cosas, no sin su pertinente razón, por supuesto – afirmó Gustavo Adolfo Bécquer, casi más para sí mismo que para Alonso, contemplando con cariño aquel volumen. - Queridos hijos de mi imaginación... Al fin puedo veros nacidos y bien vestidos...

Alonso había superado ya ese arranque de emoción, pero ésta parecía haberse traspasado al joven Gustavo, quien se apresuró a pasarse la mano por las mejillas antes de que lágrima alguna pudiera delatar su inmensa alegría. Pero, conforme iba acostumbrándose a aquella nueva y extraordinaria verdad, fue cayendo en la cuenta de que no todo era bello en torno a ese asunto.

- ¿Por qué os entrometísteis entre Julia y yo? - quiso saber el poeta, volviéndose de nuevo hacia Alonso, de nuevo con la congoja reflejada en su rostro. - Desconozco qué noble intención puede existir tras un acto así: debéis saber que jamás había sentido por nadie lo que aún siento por ella

- Hay cosas que simplemente no están destinadas a ser – se limitó a contestar Alonso, incapaz de contestar con mayor elocuencia: sí, de haber continuado con su relación, Gustavo y Julia habrían hallado cierta felicidad conyugal junto a la pequeña Aurora, pero a cambio de eso ambos serían olvidados por el mundo y verían todos sus sueños de futuro reducidos a la nada. Era cruel e injusto, pero la vida le había demostrado numerosas veces que ésa era su verdadera naturaleza. - Conozco lo doloroso que puede resultar un desengaño como éste, en el que habíais depositado tantas esperanzas, pero una de las razones por las que os he buscado era para asegurarme de que no volvíais a sumiros en esa pena desesperada que nos describió vuestro hermano Valeriano la última vez que hablamos con él: ocurra lo que ocurra, jamás debéis permitir que un desaliento así vuelva a apoderarse de vos, no debéis rendiros...

Al ver la gravedad con la que hablaba el agente del ministerio, Gustavo Adolfo Bécquer frunció el ceño, comenzando a preocuparse.

- Ocurra lo que ocurra, ¿por qué dice usted eso? - quiso saber el joven escritor.

Recordaba lo afectado que había estado su amigo Julián cuando no había podido advertir a Federico García Lorca del futuro que le esperaba y ahora le comprendía bien: era duro mirar a los ojos de una persona de la que ya conoces cómo va a acabar su vida. Gustavo Adolfo Bécquer le miraba esperando una respuesta, ignorando que apenas le quedaban once años más de vida, que esa enfermedad que atormentaba sus pulmones terminaría por llevarle a la tumba a la prematura edad de treinta y cuatro años. Pero antes de ese desdichado final, ocurrirían muchas otras cosas.

Dentro de dos años iba a casarse con una mujer a la que nunca llegaría a amar realmente y que nunca apoyaría de modo alguno sus inclinaciones artísticas. De ese matrimonio iban a nacer dos niños, los pequeños Gustavín y Jorgillo, a los que iba a adorar y que iban a suponerle las mayores alegrías de su corta vida. No obstante, tras periodos de disputas y separaciones, su esposa acabaría por dar a luz un tercer hijo cuyo padre no sería Gustavo Bécquer, sino un antiguo pretendiente, y esto llevaría a la ruptura definitiva del matrimonio. Finalizaría en vida el primer manuscrito completo de su llamado Libro de los Gorriones, pero éste se perdería pasto de las llamas en un incendio durante unos altercados en Madrid, por lo que tendría que reescribir todos sus versos de memoria.

Pasaría los últimos años de su vida en relativa calma viviendo con Valeriano, cuidando ambos de sus respectivos hijos - pues el matrimonio de su hermano habría fracasado antes incluso que el suyo propio –, y allí, junto a los pequeños, ambos hermanos encontrarían un hogar. Por desgracia, Valeriano Bécquer, ese mismo joven de carácter cordial y espontáneo aficionado a las bromas que Alonso había tenido oportunidad de conocer, comenzaría a verse afectado de una afección del hígado que acabaría con su vida, algo que rompería el corazón de Gustavo con una violencia mucho mayor de lo que podría hacerlo el desengaño amoroso que actualmente vivía. Hundido en el desánimo, Gustavo volvería con su esposa para que le ayudara a hacerse cargo de los niños, pero moriría sólo tres meses después de que su hermano dejara de existir, consumido por la pena y derrotado finalmente por la tuberculosis.

Pero eso era algo que nunca le diría.

- Tenéis un don para la palabra escrita, Gustavo, el mundo os recordará por ello – se limitó a afirmar Alonso, aclarándose la garganta y rezando por que su paisano no notara lo que le había afectado recordar el futuro que le esperaba. El soldado se aclaró la garganta y giró de nuevo el rostro hacia su joven amigo. - Por eso es imprescindible que no dejéis que la decepción os someta de nuevo: lo que ha ocurrido os puede parecer cruel e injusto, pero os prometo que hay una razón muy poderosa para ello. Tenéis que confiar en mí.

El poeta pareció estudiar sus palabras durante unos momentos, pero finalmente asintió on la cabeza.

- Tiene usted mi palabra – afirmó Gustavo Adolfo Bécquer con sincera solemnidad, para después esbozar una sonrisa propia de quien aún no puede creer que algo extraordinario ha tenido lugar. - Y, si me lo permite usted, don Alonso, le prometo que cuando encuentre una historia digna de ello bautizaré a su protagonista con su nombre, pues lo porta una persona generosa, noble y llena de valor: no querría nada menos para un personaje que se enfrenta a lo extraordinario

El soldado iba a declinar educadamente la oferta, pero un escalofrío le recorrió el cuerpo al darse cuenta de que Gustavo cumpliría su promesa, pues la historia que más pesadillas le había causado después de leerla era El monte de las ánimas, en la que un caballero se adentraba en el mismo durante la noche de difuntos para recuperar una banda azul que había extraviado su amada.

Un caballero llamado Alonso.

- Será un honor – asintió finalmente el agente del ministerio, sintiéndose a partes iguales agradecido por aquel gesto y maravillado por el modo de actuar que tenía el destino.

El joven poeta esbozó una media sonrisa y negó con la cabeza, para volver a centrar su atención en el libro que aún sostenía en sus manos: costaba creer que en algo tan pequeño pudieran verse cumplidas todas sus aspiraciones respecto a su pasión por la escritura. Era sobrecogedor pero, ¿qué en todo ese asunto no lo era? Se encontraba al lado de una persona que afirmaba haber servido a Felipe II como soldado en los Tercios de Flandes y que, por motivos que su imaginación aún se entretenía en tratar de descifrar, había venido a él desde un futuro que él desconocía. Suponía que no sería buena idea hacerlo, pero de repente se halló deseando poder tomar la péñola y poner toda aquella extraordinaria aventura por escrito antes de que el tiempo comenzara a desdibujar los hechos.

- Sólo me queda advertiros de una cosa más antes de partir – habló de nuevo Alonso, haciendo que Gustavo Adolfo Bécquer se girara de nuevo hacia él. - Comprenderéis que no debéis tratar este asunto con nadie, ni siquiera con vuestro hermano...

- No contemplo la posibilidad de ver el fin de mis días entre los muros de un manicomio, don Alonso – contestó el joven, aunque mentiría si dijera que no poder compartir aquello con Valeriano no le había decepcionado. Aún así, comprendía que así debía hacerse. - Pero quisiera pedirle un favor antes de que usted se marche. Este libro es la muestra de que todo cuanto persigo ahora tendrá un propósito pero, ¿qué hay de mi hermano?

Alonso de Entrerríos vaciló ante aquella petición, aunque sabía que era pequeña en comparación con otras preguntas que podría haberle formulado sobre su propio futuro. Además, no sabía el alcance que esa conversación que mantenían estaba teniendo en el Último y Principal Ministerio... Por otro lado, no creía que Gustavo Bécquer rompiera su promesa de guardar silencio y tampoco creía que fuera a actuar de manera imprudente ahora que sabía que sus obras serían publicadas algún día. El soldado hizo memoria: no había leído tanto sobre el futuro de Valeriano, pero podía decirle que, según le había dicho Julián a modo de curiosidad, había una calle en Madrid llamada Hermanos Bécquer... No obstante, su mente le devolvió a aquel primer día de misión en que Salvador Martí había comenzado a explicarles la naturaleza de la misión usando ese cachivache llamado "proyector".

- ¿Sabéis? Deberíais proponer a vuestro hermano que os haga un retrato – sugirió el agente del ministerio, esbozando una media sonrisa.

El joven poeta dejó escapar una breve risa de incredulidad y sacó el pañuelo que Alonso le había entregado para enjugarse los ojos: Valeriano ya le había dejado caer la idea no pocas veces, puede que tuviera que empezar a considerarlo.

- Así lo haré – asintió finalmente Gustavo, antes de reparar nuevamente en la tela bordada que tenía en sus manos topándose de nuevo con esa extraña sensación de familiaridad, como si tuviera que recordarlo de algo... Entonces se dio cuenta de que, al entregárselo, Alonso de Entrerríos le había dicho que era importante que lo conservara. - Este pañuelo no es suyo, ¿me equivoco? ¿De quién es?

El soldado se encontró de nuevo limitado: ¿cómo iba a decirle que había pertenecido a una hija que nunca conocería, quien probablemente también lo había bordado durante alguna silenciosa tarde en la que no se encontraba ensayando melodías en el arpa? Alonso se preguntó si acaso sería posible echar en falta a alguien que nunca había existido.

- A alguien muy querido, es todo cuanto puedo decir – terminó por decir Alonso. - Alguien a quien le gustaría que lo conservárais, no me cabe la menor duda

No era la respuesta esclarecedora que vanamente había esperado, pero Gustavo Adolfo Bécquer comprendió que ese extraño amigo suyo tampoco pudiera ser más específico al respecto. Sin embargo, sabía lo suficiente: notaba algo especial en aquella prenda, aunque no sabía ponerle nombre, y si lo que le había dicho Alonso de Entrerríos era cierto, era todo cuanto necesitaba para atesorarlo.

- Así lo haré – prometió el joven poeta, doblando con esmero el pañuelo y volviéndolo a guardar en el bolsillo de su chaqueta.

Llegaba la hora de decir adiós, no sólo al que se proclamaba como un soldado de los Tercios de Flandes, sino también a aquellos hijos de su imaginación que habían permanecido en forma de volumen tan poco tiempo en su poder y, sin embargo, ya le habían proporcionado suficientes alegrías para lo que le restaba de vida. Dejando escapar un suspiro de resignación y no pudiendo evitar preguntarse qué otras obras que aún no había escrito reposaban entre las líneas de esas páginas, Gustavo Adolfo Bécquer tendió el libro a Alonso, quien lo aceptó para volver a ocultarlo en uno de los bolsillos de su chaqueta, agradecido de que su joven paisano no hubiera decidido curiosear más de la cuenta.

- Mil gracias, amigo mío – dijo finalmente Gustavo Bécquer. - Teniendo en cuenta todo el tiempo que han estado ustedes desaparecidos, imagino que no volveré a verles...

- ¿Quién sabe? Los caminos del Señor son inescrutables, después de todo - mencionó Alonso.

- Desde luego que lo son – murmuró su paisano, asintiendo con la cabeza: ni aunque hubiera vivido mil vidas hubiera imaginado vivir una situación como aquella. - Salude a Julián y a Amelia de mi parte... ¿Son matrimonio en verdad?

Era una pregunta sencilla y, pese a eso, cuando Alonso abrió los labios para contestarla, se topó con que no era sencilla en absoluto. No pocos dolores de cabeza había provocado a sus compañeros aquella misma duda.

- Aún no lo sabemos – terminó por responder el agente del ministerio.

No creía que Gustavo Adolfo Bécquer pudiera comprender del todo aquella respuesta ambigua, pero no insistió en ello, sino que se limitó a asentir. Era ya muy tarde, el sol había comenzado a abandonar los cielos de Madrid, haciendo que éstos se tiñeran de tonos anaranjados: era hora de volver a 2016.

- Recordad todo cuanto os he dicho – volvió a mencionar Alonso para asegurarse de que todo quedaba bien atado.

- Lo haré – se reafirmó el poeta. - No se preocupe usted por ello

Alonso de Entrerríos asintió y realizó una última inclinación de cabeza a modo de despedida antes de darse la vuelta y emprender el camino de regreso a la puerta 108: si había algo que compartía con su tocayo de la leyenda escrita por Gustavo, es que a él tampoco le hacía gracia permanecer en un lugar tan sombrío cuando la luz del sol comenzaba a marcharse. Así, el agente del ministerio terminó por desaparecer de la vista del poeta, dejándole en compañía de aquellos pobres muertos de los que ya nadie se acordaba, testigos silenciosos de aquel encuentro con lo extraordinario.

- Señores... - murmuró un aún sorprendido Gustavo Adolfo Bécquer a aquellos que nunca desvelarían su secreto. Pasaron pocos instantes antes de que el desconcierto diera paso a la dicha. - ¡Qué aventura!


Normalmente a aquellas horas, Julia Espín solía encontrarse en el salón principal de su casa, terminando de impartir las clases de piano a los alumnos de su padre antes de la cena, pero no ese día. Los últimos rayos de sol de la tarde entraban suavemente a través del balcón de su habitación, donde Julia se encontraba sentada frente a su tocador contemplando su reflejo en silencio. Casi le costaba reconocer a la joven taciturna que le devolvía la mirada. Cerró los ojos y respiró hondo, sintiendo cómo el peso que notaba sobre su pecho se negaba a marcharse aún: Dios, ¿por qué dolía tanto?

- Julia...

La joven abrió de nuevo los ojos y pudo ver en el espejo a su hermana Josefina parada en la puerta de habitación. Le dedicó una breve sonrisa, pero no fue suficiente como para que el gesto de preocupación desapareciera del rostro de su hermana menor.

- Padre quiere saber si te encuentras mejor – habló de nuevo Josefina Espín, manteniendo las dos manos unidas sobre el abdomen. Como aquel día Julia no se había sentido con ánimo de dar clases, se había excusado diciendo que se encontraba mareada y subiría a descansar a su habitación, en la que había permanecido toda la tarde. - Dice que Margarita puede prepararte una sopa si sigues indispuesta

- Bajaré a cenar en un momento, Josefina – contestó Julia sin demasiadas ganas, pero lo último que necesitaba era que todos comenzaran a preocuparse por ella y a hacer preguntas que no quería responder. - Pero antes tengo que hacer una cosa

Josefina asintió y, cuando parecía que iba a marcharse sin añadir nada más, cruzó en un momento la habitación para abrazar largamente a su hermana. Julia apretó los párpados y le devolvió el abrazo sin decir una palabra. Su hermana menor la conocía lo suficiente como para saber si algo iba mal con sólo mirarla y sabía que la tenía muy preocupada: quizás la mayor prueba de ello fuera que se había abstenido totalmente de hacer ningún tipo de comentario, ni siquiera para burlarse de ella, que era uno de sus pasatiempos favoritos. Finalmente, Julia depositó un beso en la mejilla de su hermana, separándose de ella.

- Anda, baja y di a todos que me encuentro mejor. Sólo será un momento

La joven pareció quedarse conforme y, tras apretar las manos de su hermana, se marchó de la habitación, cerrando la puerta tras de sí para darle privacidad. Fue entonces cuando Julia reunió el valor para abrir uno de los cajones de su tocador y sacar del doble fondo las cartas de Gustavo que allí había guardado: parecía imposible que unas líneas que apenas unas semanas antes la habían hecho tan dichosa ahora le resultaran llenas de engaños. Quizás Gustavo Adolfo Bécquer no le había mentido, pero sí le había ocultado cosas, que para el caso venía a ser lo mismo.

Tras comprobar que lo que le había expuesto Amelia Folch era cierto, Julia se había visto en una encrucijada en la que nunca habría esperado encontrarse. De hecho, era irónico echar la vista atrás y pensar lo agradecida que se había sentido al encontrar una persona que de verdad le importaba, que comprendía bien su amor por la música y con quien quizás no iba a resultar tan difícil mantener una relación mientras ella proseguía con su carrera artística.

Dios, qué equivocada había estado y qué estúpida había sido...

La joven tragó saliva y se incorporó del taburete en el que se hallaba sentada. Se dirigió hacia su cama, en la que había pasado acostada parte de la tarde para que su familia no sospechara, y se arrodilló junto a la misma, importándole muy poco si el vestido que llevaba puesto cogía polvo o no. Metió el brazo con cuidado por debajo del colchón, palpando la manta que cubría el somier hasta que dio con el resto de cartas que mantenía escondidas allí. Las sacó de su escondite y las observó un momento, pasando los dedos por encima de las líneas escritas.

Aunque en esos momentos se hallara profundamente apenada e incluso furiosa con Gustavo por ponerla en aquella situación, en el fondo de su corazón sabía que el camino que había tomado era el correcto. Si hubiera elegido el contrario, tenía por seguro de que pasaría el resto de su vida arrepintiéndose y preguntándose qué habría sido de su historia si hubiera tomado otra decisión. No sería feliz en asboluto y si el destino, en su retorcido azar, la había hecho escoger entre Gustavo y la música, Julia había tenido un claro ganador.

La muchacha miró por debajo de la cama y tomó también un gran cuenco de cerámica que le habían traído por si se encontraba tan indispuesta que sentía la necesidad de vomitar. Sobraba decir que no le había hecho falta, pues las enfermedades inexistentes no tenían tales síntomas. Se incorporó y colocó dicho recipiente en el centro de la alcoba para asegurarse de que no entraba en contacto con ninguna sábana, manta o cortina. Después tomó las cartas que había dejado sobre la superficie de su tocador uniéndolas a las que guardaba bajo el colchón y las depositó en el interior del cuenco. Y, finalmente, tomando un candil que había sobre su mesilla de noche, se arrodilló frente a aquellas cartas que quería borrar de su vida y prendió la última que le había escrito, esa que nunca le había llegado a entregar a Gustavo y que ya nunca recibiría, observando durante unos instantes cómo aquel pequeño fuego lamía la misiva antes de dejarla sobre las otras, permitiendo así que las llamas fueran lentamente de una a otra carta.

Sólo entonces Julia Espín permitió que las lágrimas contenidas en sus ojos azules bajaran acariciando sus mejillas, viendo cómo sus recuerdos se convertían en cenizas: había depositado mil ilusiones en esas cartas y ahora las estaba viendo arder. Alzó el rostro hacia su estantería, donde reposaban los álbumes que Gustavo le había regalado hacía lo que ya se le antojaba tan lejano como si hubiera ocurrido en otra vida: precisamente había sido gracias a uno de esos bocetos que se habían presentado formalmente, Dios sabía cuánto tiempo después de que él comenzara a admirarla.

Aunque en un primer arrebato de rabia contenida sí había deseado deshacerse de todo lo concerniente a Gustavo Adolfo Bécquer, Julia decidió, una vez que había visto desaparecer esas cartas que había permanecido en muchas ocasiones releyendo hasta pasada la medianoche, que conservaría esos álbumes.

Simplemente, se le hacía impensable la idea de perderlos.

Secándose el rastro húmedo que las lágrimas habían dejado en su joven rostro, Julia se incorporó y caminó hacia el estante donde reposaban ambos álbumes, tomando en sus manos el primero de ellos. Permaneció contemplando sus sencillas tapas durante más tiempo del que le hubiera gustado admitir, temía que volver a contemplar esos bocetos y poemas, enfrentarse de nuevo a esas ilusiones que aún podía recordaba haber sentido la primera vez que posó su mirada sobre esas páginas, llenas de promesas no pronunciadas en voz alta. Pero, ante todo, Julia decidió mostrarse fuerte y fría como una estatua de mármol: todo aquello a lo que temía enfrentarse se había esfumado como la niebla, todo lo que podría haber sido era sólo una pregunta que bien podría mantenerla despierta hasta la llegada de la aurora sin obtener respuesta alguna.

Recordaba que en el álbum que sostenía ahora entre sus manos, Gustavo Adolfo Bécquer le había escrito los siguientes versos:

Sabe, si alguna vez tus labios rojos
quema invisible atmósfera abrasada,
que el alma que hablar puede con los ojos,
también puede besar con la mirada.

Ella no era poetisa ni gustaba especialmente del mundo de la literatura, nunca se había enorgullecido de decir lo contrario, como podían hacer otras jovencitas con menos seso para hacerse pasar por eruditas, pero sí conocía obras de teatro y óperas que podían hablar con tanta sinceridad y contundencia que incluso podría superar al mejor de los poetas. Con unos versos él se había presentado en su vida y con unos versos ella iba a decirle adiós. Tomó una pluma que le había obsequiado su padre en su último cumpleaños y abrió el álbum por la primera página, que había sido dejado intencionalmente en blanco. Con cuidada caligrafía, la joven cantante dejó escrito lo siguiente:

Infelice il cuor che fida

Nel sorriso dell´amor

Brilla e muor qual luce infida

Che smarrisce il viator.

"Infeliz el corazón que confía en la sonrisa del amor, que brilla y muere como luz engañosa que pierde al caminante". Conservaría los dibujos y los versos de Gustavo Adolfo Bécquer, pero estarían eternamente precedidos por esas líneas.

Que todo el mundo pudiera ver cómo el amor la había traicionado.


NdA: Referencias del capítulo:

- La principal razón por la que Julia Espín rechazó a Bécquer fue por temas de clase social. Como ya mencioné en un capítulo anterior, la de ellos fue una relación muy larga en el tiempo y no tan unidireccional como se ha pensado, pero hubo un momento en que eso se rompió. He aprovechado que el apellido Bécquer correspondía a una familia de bien para explicar este malentendido por parte de Julia en el fic.

- Para hablar de cómo se sentía Julia respecto a la literatura he acudido una vez más a las Cartas literarias a una mujer, concretamente la primera: "Tu incredulidad nos va a costar a ti el trabajo de leer un libro y a mí el de componerlo. ¡Un libro! exclamas palideciendo y dejando escapar de tus manos esta carta. No te asustes. Tú lo sabes bien: un libro mío no puede ser muy largo. Erudito, sospecho que tampoco".

- Bécquer sí escribió zarzuelas y obras de teatro, pero únicamente por razones económicas y no se hallaba nada orgulloso de ellas, por ello las firmó con un nombre distinto.

- El profesor Jesús Rubio habla del papel de Julia Espín en la vida de Bécquer como, al menos, confidente y testigo del proceso creativo.

- El cementerio en que se encuentran Alonso y Gustavo es el Cementerio de General del Norte. Me decidí por este camposanto porque, en una de las cartas que componen Cartas desde mi celda, Gustavo Adolfo Bécquer manifiesta sentir una profunda aversión por los cementerios modernos, a los cuales tildaba como un absurdo intento de asemejarlos a la vida. No obstante, Bécquer sí tenía interés en los cementerios antiguos, en las historias que se escondían tras cada lápida y en la soledad contemplativa de la que podía disfrutar en ellos. Por ello, dada su fecha de construcción (1809), en el tiempo en que vivía Bécquer, éste era el más viejo de la capital.

- Bécquer dice a Alonso que el amor es un rayo de luna, algo que diría más adelante en su leyenda "El rayo de luna".

- La frase de "dejar tan solos y tristes a los muertos" está sacada de la rima LXXIII.

- Las campanillas azules que menciono en el capítulo eran sus flores favoritas, así lo afirma en sus Cartas desde mi celda mientras se pregunta si alguien se las llevará a la tumba cuando ya no esté.

- Tanto la frase de "Me cuesta trabajo saber qué cosas he soñado y cuáles me han sucedido" como la referencia a los "hijos de la imaginación" hacen referencia a la introducción que escribió para sus obras.

- La letra de ópera italiana que escribe Julia en la primera página de sus álbumes corresponde a la obra "La extranjera" de Vincenzo Bellini. Realmente Julia escribió esto en la primera página de uno de los álbumes que le regaló Bécquer, me da la impresión de que se trataba de una especie de recordatorio para ella misma.