Tres veces

Tres veces después

Desde abril del 2010 hasta ahora

–¡Tío, no te lo vas a creer! ¡Es la caña!

Lituania recordaba a la perfección la primera vez que fue a casa de Polonia después de la desaparición de Janina. Y la segunda y la tercera... Nunca había nadie que fuera a recibirle. La cuarta vez se lo encontró tirando la basura en el contenedor justo en la puerta del jardín. Al final, resultó que como Polonia no sabía quién era, no le había abierto la puerta antes. Le vencía la timidez.

Ahora, un tiempo más tarde, cuando pasaba por su casa a llevarle trabajo, pedirle un favor o, simplemente, a verle (porque lo pasaba bien con él y quería conocerle mejor), éste le arrastraba dentro, cogiéndole de la muñeca (nunca de las manos) hasta el salón, para enseñarle alguna tontería que había visto en youtube.

Esta vez no parecía que se tratara de aquello, aunque estaba igual de eufórico que siempre.

–¡Te va a gustar mazo!

Su vocabulario daba combos de patadas a un diccionario y eso a Lituania le hacía sonreír porque quería decir que estaba tranquilo y no tenía problemas que le preocuparan. Le gustaba los colores brillantes, pero sobre todo el rosa. No paraba de comer dulces, daba pequeños pasos al andar, tan cortos que parecía que estaba dando saltitos. Su tolerancia al alcohol era muy buena; su gusto en ropa tan estrambótico que a veces resultaba bastante femenino, aunque sus trajes tenían una elegancia poco común.

Le gustaba mucho ese optimismo que nunca había visto antes, era contagioso y relajante.

Se parecía a él y no se parecía a la vez. Lituania encontró que se sentía muy bien a su lado, como pasó seis siglos atrás. En realidad ambos Polonia eran de trato fácil y todos los días daba las gracias por ello. Pietrek había sido una persona retorcida de mente enferma y con Janina, a pesar de ser una chica magnífica, nunca logró conectar de la misma manera que con Feliks.

Esa tarde, no muy fría y tampoco calurosa, los dos entraron al salón donde ya no había un teléfono antiguo o una mesita auxiliar mona y de diseño. Los muebles eran modernos y ahora el cuarto lo presidía un enorme televisor de plasma con una playstation 3 conectada, rodeada de cajas de juegos vacías y cds colocados de mala manera encima de la videoconsola. Polonia lo compró haciendo trabajos esporádicos para Inglaterra, porque ante todo, quería pagarse sus propios caprichos sin que su jefe le reprochara un gasto excesivo en las cuentas del estado.

–He hecho pączki si quieres y tal. –Siempre tenía dulces para comer, hacía para un regimiento y Lituania terminaba llevándose docenas de bollos para él y los otros dos bálticos–. Siéntate, o sea, ahora te enseño eso, ¿vale?

Lituania levantó del sofá un montón de revistas, las amontonó encima de una mesa baja comprada en Ikea y se sentó entre los cojines. A este Polonia le encantaban los cojines blanditos y de colores y colgar cosas en las paredes, pintadas en tonos pastel de rosa, azul, amarillo o verde. En la sala lo único que no había cambiado eran los marcos, aunque sí las fotos.

Por éstas se podía intuir que se llevaba muy bien con Hungría, pero no era algo nuevo, ella se llevaba bien con todo el mundo. También visitaba mucho a Alemania y se tomaba alguna que otra cerveza con Prusia. No le gustaba Rusia, pero Italia era uno de sus mejores amigos y pasaba alguna temporada en su casa de visita.

Lituania vio algo raro desde su asiento y se levantó para verlo mejor.

Era una foto suya, la que Janina conservaba unos años atrás.

–¿A que es guay? Tío, sales mazo bien en esa foto, súper guapo. La encontré en unas cajas hace tiempo. –Polonia dejó los bollos y un par de cafés encima de la mesa, apartando las revistas de tal manera que todas cayeron al suelo. No se inmutó en recogerlas, lo hizo Lituania por él.

Lo único que hasta ese momento incomodaba a Lituania era el aspecto físico de este Polonia. Era un poco más gordito y más alto que los anteriores, aunque él no podía hablar ya que en la última revisión su médico, contratado especialmente para ellos, había notado un estirón de unos cuantos centímetros gracias al desarrollo de su economía. El pelo de Polonia lucía lacio, recto por encima de los hombros, como el primer Polonia que conoció. Luego supo que era una recomendación de Hungría, la muy idiota, que le dijo que era como mejor le quedaba.

Y no era mentira.

Ese día lo llevaba recogido en una coleta, con mechones rebeldes que se le salían por todas partes. Había estado haciendo limpieza, aunque no en el salón, por lo que podía ver con claridad.

Eso demostraba que cuando quería era trabajador, a pesar de quejarse cada cierto tiempo por cansancio o dejadez.

–Estaba en el trastero y tal mirando cosas cuando vi esto.

Polonia sacó a Lituania de sus pensamientos al regresar con una caja de cartón y puso el contenido encima de la mesa, tirando de nuevo las revistas al suelo. Lituania se incorporó de inmediato, pero no para recogerlas por segunda vez, sino porque no podía creer lo que estaba viendo.

Era un ajedrez. Su ajedrez.

Las piezas blancas estaban amarillentas, las negras habían perdido brillo y el tablero tenía una raja importante en un lado, pero por lo demás se podía volver a jugar con él sin problemas. Era un milagro que hubiera sobrevivido todo ese tiempo a tantos eventos, la mayoría poco agradables. Polonia sonrió de oreja a oreja, esa sonrisa maliciosa que solo él ponía cuando sabía que había hecho algo especialmente bien y tenía que ser recompensado por ello, una sonrisa que hacía aparecer mariposas en el estómago de Lituania. Éste prefería ignorarlo, no era bueno pensar en eso, pudo sobrellevarlo con Janina y con éste debía hacer lo mismo.

–Lo has reconocido, se ve en tu cara. Sabía que me podías decir qué era.

–Claro que lo recuerdo, hacía literalmente siglos que no lo veía. Pensé que se perdió durante las particiones.

–¿Jugamos?

No se lo pensó dos veces y eligió las blancas, como antaño. Se sentaron en el suelo, cada uno sobre un cojín con el juego encima de la mesita y empezaron a la vez que la merienda.

–¿De cuándo es? –Polonia fue el primero en hablar después de un par de movimientos. Lituania no dudó en contestar:

–Esto nos perteneció al segundo Polonia y a mí, con el que formé la mancomunidad. Jugábamos de vez en cuando con él.

–Ah. Claro, algo teníais que hacer cuando no había tele, ¿verdad?

Lituania cerró los ojos y mordió uno de los pączki, sintiendo en la boca el sabor fuerte de la mermelada de rosas. Polonia seguía hablando sobre lo bonitas que eran las piezas y su voz (aunque algo mas profunda y alegre, pero hermosa) le hacía recordar una época lejana que mantenía guardada como un tesoro dentro de su corazón.

Era como tocar con los dedos la felicidad verdadera. Ahí estaba, sin que pudiera tenerla, porque no es lo mismo ser igual que parecido, aunque en cierto modo su corazón volviera a latir de la misma manera que antes al reconocer todas esas sensaciones que ya creía olvidadas.

No quería admitir que aún teniendo esa felicidad frente a él, le daba miedo poder abrazarla.

–Pues no sé, estaba poco escondido y bastante más limpio que el resto de cosas y tal. O sea, creo que lo encontraron hace pocos años, ¿sabes?

–A lo mejor era aquel recuerdo que me quería dar Polonia y al final no lo hizo.

–¿Yo?

–No, tu antecesora.

–Ah. Jo, a veces me pierdo, es complicado.

–Lo es, créeme. –Lituania movió una pieza casi sin pensar. Esta partida iba a ser realmente fácil–. Eres el cuarto Polonia que conozco.

–Seguro que eran todos así como totalmente molones –y Polonia movió otra pieza.

–No llegué a conocer a la primera, era una chica. El segundo sí, claro, era con quien mejor me llevaba. –De quien estaba enamorado, pensó, pero no lo dijo–. Del tercero mejor ni hablo y con la cuarta me llevaba muy bien.

–Era súper guapa, he visto fotos de ella.

–Y le encantaba insinuarse, era una descarada –mencionó Lituania, un poco sonrojado. Notó que al otro Polonia se le subía los colores también–. Además, hacía algo realmente curioso entre nosotros –movió un alfil y miró al frente.

–¿El qué?

–Nos llamaba a todos por nuestro nombre humano.

Polonia abrió los ojos, sorprendido.

–Tío, pero eso me han dicho que es así como de mala educación y tal, ¿no?

–Ella lo hacía y nadie se lo tomaba a mal. Yo acabé llamándola por su nombre, Janina.

–Es un nombre cucoso. -Polonia movió otra pieza más–. ¿Tú cómo te llamas y eso? O sea, si no te importa decirlo.

–Toris. –Y volvió a morder el bollo–. ¿Y el tuyo cuál es?

–Feliks.

Lituania levantó la cabeza de golpe, tan deprisa que se sintió mareado.

–¿En serio?

–Sí, en serio, te lo juro de verdad. Mis padres iban a ponerme Feliks y tal, era el nombre que estaba escrito en el brazalete que llevaba en el hospital y eso, cuando crecí de pronto y rompí el cuco con mi peso. Que vergüenza pasé, las enfermeras me vieron totalmente desnudo. ¿Por?

–Ese era el nombre del segundo Polonia.

–¡Qué casualidad!

Lituania se llevó una mano a la frente, notando cómo empezaba a sudar. Polonia no parecía darse cuenta mientras levantaba su caballo para atacar el alfil que anteriormente Lituania había movido.

Un momento.

Le agarró de la mano.

–No hagas trampas.

–Tío, no te entiendo –Puso la voz más inocente que podía, pero Lituania no le soltó.

–Estás moviendo dos veces seguidas, no quiero que vuelvas a aplicar las reglas polacas.

Polonia ladeó la cabeza, pensativo.

–Creo que es la primera vez que hago esto, pero da igual, ¡ese nombre es totalmente molón! Me lo apunto.

Lituania seguía sin soltarle la mano. Apretó un poco, lo suficiente como para hacer que dejara de agarrar la pieza que cayó al tablero tirando otras dos al suelo.

Polonia miró las piezas caídas, luego a Lituania que tenía la mirada perdida en él.

Como si hubiera visto un fantasma.

O hubiera recibido la señal que había estado esperando durante demasiado tiempo.

El agarre se suavizó y terminó acariciando el dorso de la mano de Polonia con el pulgar.

–¿Ha pasado algo? Porque yo no entiendo nada, ¿sabes?

Quizás no era la bombilla más brillante de todas y su vocabulario dejara bastante que desear. O fuera un poco pesado, desastre y mandón, pero en el fondo eso le gustaba de él.

Le gustaba muchísimo de él.

Y solo necesitaba un empujón que le hiciera ver todo eso, que realmente no iba a cometer una equivocación y podía volver a sentir lo mismo que seis siglos atrás sin remordimientos.

–Gracias, Dios mío.

–¿Gracias a Dios por... qué cosa? –Polonia estaba nervioso, sus mejillas rojas y su voz temblaba un poco–. Tío, ¿en Lituania sois todos tan cariñosos?

No le soltó la mano. Tenía que arriesgarse.

No, quería arriesgarse.

Sin dejar de mirarle, le hizo la misma pregunta que formuló tanto tiempo atrás.

–Oye Po... ¿Has estado enamorado alguna vez?

Y para Lituania la situación se tornó distinta, más tranquila y menos angustiosa, con la seguridad que le había dado la experiencia. Polonia estaba sonrojado, nervioso y sonriente. Sabía el motivo de la pregunta, porque a pesar de ser mucho más joven que Lituania, ya había perdido la inocencia.

Quizás esta vez la respuesta fuera diferente.


Antes de nada, muchas gracias a Mireyan por betear la historia en un comienzo, a Alega por hacer un buenísimo beteo de estilo y gramática. Y mil gracias a vosotros por seguir esta historia durante tanto tiempo, por los reviews y la paciencia que habéis gastado.

Este es el final :D ha sido el parto más largo de la historia y me alegro de haberlo publicado completo, no sabéis como. Aún me queda dos fics más, uno por acabar ("¡Salva el mundo!") y el otro aún está en proceso de escritura ("Bienvenido a Sweetly"). Hay otro más que quiero empezar y es para otro fandom, así le doy algo de variedad a la cuenta.

Espero que os haya gustado mucho y veros en otras historias mías :D