Disclaimer: Los personajes de CDM (Amour Sucré o My Candy Love) pertenecen a su creadora, ChiNoMiko.

NOTAS: Pienso que el canibalismo es uno de los temas más interesante que he tenido el placer de leer y descubrir (artículos o cosas así, no he devorado a nadie XD), y eso he querido plasmarlo en esta última historia de Fear (Relatos Cortos de Terror), a la que espero que hayáis disfrutado-aunque este último no es santo de mi devoción, está bien para lo que quería explicar-hasta el final.

Comentad-como siempre pido y digo, pues me anima a continuar cualquier historia-y decidme (pues me da bastante curiosidad) cual ha sido el relato que más os ha gustado y (ya que estoy me hago publicidad XD)-si queréis-pasaros por mis otras historias.

Nos vemos :)


Argumento #10: A Doña Delanay le gustan los niños.

Personajes #10: Doña Delanay, Nathaniel y el resto de Alumnos del Sweet Amoris.

Género #10: Horror/¿Supernatural?/Misterio/Suspense

Palabras #10: 332 palabras.


#10 Niños

[Doña Delanay y Alumnos del Sweet Amoris]


Doña Delanay adoraba devorar niños desde que tenía uso de razón. Niños de todo tipo: altos, gordos, feos, con pecas, con piercings, de actitudes responsables y de carácter odioso, incluso aquellos que ni siquiera destacan en su asignatura. Y por ello—no por cualquier otra cosa—estuvo tan entusiasmada (como lo era ella en silencio y tras su ceño fruncido y su figura imponente) de mudarse dentro de un aula tan variada con aquella.

Con ojos como linces espiaba tranquilamente, sin llamar la atención, a las personas que residían bajo su cargo durante la primera hora de la mañana (de lunes a jueves) y la última hora de la tarde (tan solo los viernes). Pensando—discreta, siempre discreta—en cómo podría hacerlos venir fácilmente a su despacho (o al comedor, en su ironía) para cocinarlos en una gran olla; entre trozos de patata seca y zanahoria rallada.

Los niños—los pequeños y adorables niños—casi siempre se mantenían asustados ante su presencia, y, también, ingenuos a los pensamientos horrendos de su profesora, que deseaba—con todas sus fuerzas—comérselos vivos (si así podía hacerse)… Pero la verdadera ingenua era Doña Delanay, que, en cuanto se dio cuenta de que no tenía la sartén por el mango, que nunca la había tenido, ya era demasiado tarde. Estaba en su despacho, y sus fantasías se habían vuelto contra ella, rodeada de sus alumnos—los niños—que la miraban como ella los veía en un principio; pero mucho más sedientos.

-Creo que comprenderá nuestro juicio, Doña Delanay-dijo Nathaniel, que encabezaba la a la clase, como el buen delegado que era y con ojos inyectados en sangre (ninguno de ellos ahora no parecía de este mundo)-. Usted mejor que nadie, ¿no?

Las risas de ellos resonaron en los oídos de Doña Delanay, casi de forma telepática, que cerrando sus ojos en un fuerte chillido, pensó en aquellos momentos felices en los que era ella la que devoraba como el monstruo que era… Y no al revés.