Los personajes de Naruto no me pertenecen, si no a Masashi-Sama. La historia tampoco me pertenece, es una adaptación.
CAPÍTULO VIII
Lo último que esperaba ver Kurama al abrir la puerta de la torre era el generoso y muy bien formado trasero de la señorita Hyūga enmarcado a la perfección por el anillo de la ventana.
Se aproximaba la aurora cuando por fin logró caer en un profundo sueño, sólo para ser despertado por un ahogado chillido de mujer. Se dio la vuelta y se tapó la cabeza con el almohadón, suponiendo que sólo era un eco de una de las muchas pesadillas que lo habían atormentado desde que llegara a ese lugar. Entonces oyó un estridente golpe metálico que lo hizo sentarse bruscamente en su improvisado jergón.
Temiendo que su cautiva hubiera encontrado un terrible destino buscado por ella, se apresuró a ponerse la camisa y las calzas y subió corriendo la escalera, encontrándose con un igualmente agotado Konohamaru en el segundo rellano. Estaba tan preocupado por llegar hasta ella que no recordó para nada ocultar su cara.
Y por lo visto, la señorita Hyūga sí había encontrado un destino buscado por ella, pero este no era ni de cerca tan terrible como había temido. Al menos no para él ni para Konohamaru.
Las piernas le asomaban por en medio de los volantes del ruedo del camisón, colgando sobre la improvisada escalera que se había hecho con la mesa y la silla, ofreciéndoles a los dos un atisbo bastante impresionante de cremosas pantorrillas femeninas. Kurama miró hacia atrás y se encontró con los candorosos ojos azules de Konohamaru tan redondos como galletas de canela.
Resistiendo el impulso de tapárselos con las manos, lo cogió del codo y lo sacó de la habitación.
—Podrías dar la vuelta hasta la pasarela a ver que puedes hacer desde ese lado.
Konohamaru trató de mirar hacia atrás por encima del hombro.
—Encuentro mucho más interesante este lado. ¿No sería mejor si...?
—¿Hicieras exactamente lo que te he pedido? —terminó Kurama, dándole un empujón no demasiado amable hacia la escalera.
Aunque estiró el labio inferior como un niño mohíno, Konohamaru obedeció.
Kurama volvió a entrar en la habitación. Lo que encontró más extraordinario aún que el dilema de la señorita Hyūga fue la visión de Toby haciendo equilibrios sobre el travesaño superior del respaldo de la silla con el fin de poder frotar su enorme y peluda cabeza en las plantas de los pies de ella. Con la cabeza ladeada, Kurama escuchó, incrédulo: ¡el arisco felino estaba ronroneando!
El gato hizo un desdeñoso movimiento de los bigotes y luego bajó antes que él llegara a la mesa. Hinata siguió colgada allí, indicando con su inmovilidad que sabía que él estaba ahí.
—Creo que olvidó el quitasol, señorita Hyūga —dijo él, pasando un dedo por los volantes del quitasol—. Me parece que le resultaría más difícil volar hasta el suelo sin él.
—Esperaba matarme estrellándome la cabeza contra las rocas –repuso ella, con la voz ahogada pero audible—. Así no estaría obligada a soportar ni una más de sus hirientes agudezas.
Kurama curvó los labios en una desganada sonrisa.
—¿Quiere que intente entrarla?
—No, gracias, iba hacia fuera.
—Eso me imaginé.
Quitó la silla y saltó ágilmente sobre la mesa. Los blancos pies de ella se movieron en tijereta en el aire, buscando en vano el apoyo. Él le cogió los tobillos para inmovilizarlos.
—Ya está, señorita Hyūga. No tenga miedo. Todo va bien. Ya la tengo.
Hinata temió que, por ese mismo motivo, ya nada volvería a estar bien. La voz de Kurama era un sonido más consolador que el ronroneo del gato, pero era una mentira. Las cálidas palmas que le rodeaban los tobillos prometían seguridad, pero sólo ofrecían peligro.
Su humillación aumentó al recordar, horrorizada, que había olvidado
— Kon vendrá por el otro lado —le informó él—. Tendrá que bajar hasta la planta baja y subir pasando por algunas piedras rotas, así que podría tardar varios minutos. —Subió un poco las manos hacia las pantorrillas— ¿Tal vez si yo le cogiera firmemente las piernas...?
—¡No! —gritó ella, agitándose violentamente—. Prefiero esperar a que llegue el señor Sarutobi, por favor.
—Mientras espera, ¿le importaría explicarme cómo llegó a encontrarse en su actual... mmm... problema?
Ella suspiró.
—Cuando desperté, había una especie de animal encima de mis pies.
—Ese tiene que haber sido Toby. El pícaro debió de meterse en la habitación anoche cuando la puerta estaba entreabierta.
Hinata no quería pensar en la visita nocturna de Kurama ni en la seductora mezcla de sus alientos que no debería haber sido un beso pero lo fue.
—¿Le tiene miedo a los gatos?
—No, todo lo contrario, en realidad me gustan mucho. —No podía decirle que había tomado al gato por un duende—. Pensé que era... una rata.
Kurama se echó a reír.
—Si al despertar yo encontrara encima de mis pies a una rata que pesara casi seis kilos también saltaría por la ventana más cercana. —Distraídamente empezó a trazarle un dibujo sobre la piel con la yema del dedo, y a ella se le entrecortó la respiración—. Creo que debo intentar sacarla de ahí yo solo. Konohamaru está tardando demasiado.
—¡No, creo que oigo sus pasos! —gritó ella alegremente, aunque lo que de verdad oía eran distantes ruidos de choques de piedras y una sarta de maldiciones.
Naturalmente él no hizo caso de sus deseos, le rodeó firmemente los muslos, y le bastó un solo tirón con sus musculosos brazos para tenerla deslizándose hacia abajo pegada a su cuerpo.
Hinata se encontró envuelta por detrás por unas tenazas de terciopelo y acero. Él le tenía rodeada la cintura con los brazos y las caderas apretadas contra la muelle parte inferior de su espalda. Los dobladillos de los faldones de la camisa le advirtieron que él había olvidado abotonársela, o sea que si giraba la cabeza, su mejilla quedaría aplastada contra su pecho, piel con piel.
Pero él no le permitiría eso jamás. En su aturdimiento, ella tardó un momento en comprender que él estaba tan prisionero como ella.
—Ahora parece que soy yo el que está en problemas —dijo él, sarcástico.
—¿Qué pasa, milord Kurama? ¿No lleva venda para los ojos en el bolsillo?
—Creo que me la saqué para hacerle espacio a los grilletes y el azote.
—Tal vez podría persuadir al señor Sarutobi de que le preste su corbata otra vez.
—Eso podría hacer si llega el torpe inútil.
En ese momento los dos lo oyeron, aunque todavía a bastante distancia, lo que hacía piadosamente inaudibles sus maldiciones.
Aprovechándose de la situación, el gato saltó sobre la mesa y empezó a meterse por entre el enredo de tobillos.
—Creo que Toby le ha tomado cariño —comentó Kurama—. Jamás había oído ronronear a ese viejo monstruo gruñón.
—Dada su gordura, me sorprende que no lo haya tomado por un mastín —dijo ella mientras el gato daba fuertes cabezadas contra su pierna.
Kurama quitó un brazo de su cintura, pero sólo para pasarle los nudillos por la curva del cuello. Ella sintió un estremecimiento de extraña expectación.
—Me alegra saber que fue Toby el que la asustó —le susurró él al oído—. Temí que fuera de mí que quería escapar.
—¿Podría culparme si lo hubiera intentado?
—No —repuso él alegremente—, pero la habría culpado de todas maneras.
Hinata había olvidado que llevaba puesto el decoroso gorro de noche, hasta que él le dio un suave tirón. Los cabellos le cayeron desparramados alrededor de los hombros en sedosa cascada. Cuando él hundió la cara en ellos, ella cerró los ojos para combatir la oleada de deseo de sus caricias.
—Si me deja bajar, señor, le prometo no mirarle la cara —susurró—. Si es alguna cicatriz de guerra o una trágica marca de nacimiento lo que quiere ocultar de mis ojos, respetaré su deseo de secreto. Y le aseguro que soy una mujer de palabra.
—Casi me hace desear ser yo un hombre de palabra —musitó él, apartándole tiernamente un mechón de pelo para dejar al descubierto su nuca.
Ella podría haberlo soportado si él la hubiera acariciado simplemente con los dedos. Pero fueron sus labios los que se posaron sobre ese vulnerable trozo de piel. Y continuaron allí, húmedos y cálidos, acariciándola con seductora dulzura. Ella jamás habría soñado que ser devorada por un dragón pudiera ser tan insoportablemente delicioso. La tentaba de ofrecerle todos los bocados de su carne para su placer.
Cuando él deslizó la boca desde su nuca hacia la curva del cuello y garganta, ella cerró los ojos y echó la cabeza atrás, en tácita rendición.
Ahuecando la mano en su mentón con una irresistible combinación de ternura y fuerza, Kurama le giró la cabeza justo lo suficiente para posar su boca sobre la de ella.
Hinata podía seguir siendo virgen, pero ya no poseía la boca de una doncella. Kurama reclamó su boca para sí, abriendo la brecha entre sus blandos labios con una agitada lengua de llama, encendiendo a la vida miles de llamas iguales que la recorrieron toda entera; le hormiguearon y se le hincharon los pechos. Él aumentó la presión alrededor de la cintura, moldeando sus caderas contra su parte trasera.
Aunque ella se hubiera atrevido a girarse en sus brazos, no habría sido capaz de abrir los ojos. Los párpados le pesaban como si tuviera encima un encantamiento más potente que cualquier maleficio o maldición. No era tanto la magia de su beso lo que la hechizaba sino su textura áspera y tierna, su sabor dulce y salado. Cuando introdujo la lengua en su boca para saborearlo, a él le salió un gemido del fondo de la garganta y la estrecho con más fuerza.
—Eh, muchacho, ¿he llegado demasiado tarde para rescatar a la doncella? —dijo la jovial voz de Konohamaru por la ventana, cayendo sobre ellos como un chorro de agua fría.
—No —contestó Kurama, ceñudo y estirando el brazo le arrancó la corbata que le colgaba suelta del cuello—. Has llegado justo a tiempo.
Después que Konohamaru terminó de reparar la rejilla de la ventana de la habitación de Hinata, salió de las sombras del castillo y se encontró Kurama paseándose por el patio donde la encontraron atada a la estaca aquella noche. A pesar de que la luz del sol matutino entraba en el patio por encima de los muros derruidos, el semblante de amigo estaba más negro que la medianoche. Salió humo de sus bien cinceladas narices al dar una larga chupada al cigarro que tenía metido en la comisura de la boca.
Konohamaru dio un nervioso tirón a la punta de su bigote.
—No era mi intención interrumpir ese beso. Te ruego que me perdones mi falta de discreción.
Kurama se quitó el cigarro de la boca.
—¿«Tu» falta de discreción? No es tu falta de discreción la que me preocupa sin la mía. ¿Qué debe de pensar de mí? Cada vez que me encuentro a solas con ella, me arrojo encima como la bestia que cree que soy. ¿Tanto tiempo he estado sin una mujer en mi cama que tengo que devorar a la primera inocente que tiene la desgracia de cruzarse en mi camino? – Tiró lejos el cigarro y reanudó su paseo—. ¿Es de extrañar que no sea compañía conveniente para personas civilizadas?
Konohamaru se puso a su lado y le cogió el tranquillo.
—Oye, eso no es exactamente cierto. Mi tía abuela Taif te quiere muchísimo. Dice que le recuerdas a un magnífico y excitable semental que tenía su padre cuando ella era niña. – Movió la cabeza y exhaló un triste suspiro—: Claro que finalmente tuvieron que matar al pobre animal de un disparo en la cabeza cuando le arrancó tres dedos a uno de los mozos de cuadra.
Kurama interrumpió su paseo para dirigirle una mirada fulminante.
—Gracias por decirme eso. Ahora me siento muchísimo mejor.
El resto del patio lo recorrió en tres largas zancadas, obligando a Konohamaru a trotar.
—No deberías reprenderte tanto, de verdad –le dijo Konohamaru, tratando de consolarlo—. No es que le hubieras quitado el camisón por la cabeza y estuvieras aprovechándote de ella sobre la mesa. Simplemente le robaste un beso inocente. ¿Qué daño puede haber en eso?
Kurama no podía explicarle a su amigo que el beso había sido de todo menos inocente, y que lo que temía era que le hubiera hecho daño a él, no a ella. El tímido movimiento de la lengua de Hinata contra la suya le excitó la sangre muchísimo más de lo que lo había excitado jamás una provocativa caricia de una lasciva cortesana de Londres.
Su idea había sido darle a probar el aliento del dragón, pero fue él el que acabó ardiendo por ella.
Se detuvo delante de la estatua que todavía dominaba sobre las ruinas del patio. Afrodita, la diosa griega del amor, se veía patéticamente fuera de lugar en ese patio donde desde casi quince años no había morado el amor. Si una de las balas de los cañones de Madara no le hubiera volado la cabeza, tal vez él oiría el murmullo de su risa en el viento.
—Debo marcharme de este lugar —dijo en voz baja, pasando la mano por la curva del hombro desnudo de la diosa—. Antes que pierda la cabeza.
—Les dimos dos semanas para encontrar el oro —le recordó Konohamaru.
—Lo sé —repuso Kurama, dándole la espalda a la bella estatua destrozada de Afrodita—. Pero eso no significa que no podamos meterles prisa entretanto, ¿verdad? Poner bombas de humo en sus campos, mover antorchas encendidas en las ventanas del castillo, tocar la maldita gaita hasta que les sangren los oídos. Quiero que se peleen entre ellos hasta que supliquen por traerme al cabrón que ha tenido guardado ese oro todo este tiempo.
Konohamaru se cuadró en un elegante saludo.
—Puedes fiarte de que les meteré miedo a Dios en los huesos.
Kurama se giró a mirarlo con una expresión tan implacable en los surcos de su cara que Konohamaru dio un rápido paso atrás.
—No es a Dios al que tienen que temer. Es a mí.
Continuará...
