CAPÍTULO 10
No tenía ni idea de dónde estaba. Todo a mi alrededor era un descampado solitario, con hierbas medio secas y un camino de tierra que se perdía hasta donde alcanzaba la vista, incluso más. Todo lo que tenía a mi lado era una cabaña de madera, de aspecto robusto y de la cual salía un niño pequeño, de no más de siete años. No se atrevía a soltar la puerta de la cabaña, se escondía tras ella.
-No te alejes de la casa. O te va a pasar algo malo -. Me advirtió, con sus ojillos preocupados, sin apartar la mirada de mí.
-¿Algo malo? -. Miré a mi alrededor. Nada. Nadie-. ¿Qué podría pasarme?
-El hombre malo vendrá por ti.
Mi raciocinio se negaba a creerle, pero los niños no solían mentir. ¿No era eso lo que decía el dicho? Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad. Así que terminé por creerle, y me fui con él hasta el interior de la cabaña.
Aunque por fuera parecía una cabaña pequeña, el interior era bastante espacioso. Tenía varias habitaciones, algunas bastante grandes, y las luces estaban encendidas. Todas. Había cuadros colgados de las paredes, amontonados en el suelo. Conocía algunos, como Noche estrellada, de Van Gogh o La persistencia de la memoria, de Dalí. También había obras de Miró, de Velázquez, de El Greco, de Monet, de Frida Khalo… Aquello era como un tesoro. ¿Cuánto podría valer lo que se guardaba entre aquellas cuatro paredes? Toda una fortuna.
El niño se entretenía solo, jugando con una pequeña pelota de plástico. Me acerqué a él, doblando las rodillas y quedándome a su nivel. Sus ojos, de un marrón casi tan tierno como el chocolate que tanto me gustaba, me miraron atentos.
-¿Dónde están tus padres?
-No tengo. Siempre estoy solo.
No. Aquello no podía ser posible. ¿Quién en su sano juicio dejaría a un niño solo? ¡Si no sabía valerse por sí mismo! De inmediato me levanté, ofreciéndole la mano al chiquillo, quien la aceptó sin reparo alguno. En el brazo libre llevaba la pelota de plástico, iba cabizbajo pero no me negaba nada.
Cuando abrí la puerta y el sol me daba de lleno en la cara, habló.
-No deberías salir fuera. ¡Va a venir el hombre malo!
¿Cómo hacerle entrar en razón? Suspiré y volví a agacharme, poniendo ambas manos sobre sus mejillas. Éstas ardían, y tenían un peligroso tono rosado. Estaba temblando.
-¡Pero si aquí no hay nadie, pequeño! Mira, ¿lo ves?
Di una vuelta sobre mí misma, asegurándome de que, efectivamente, no había nadie.
Pero me equivoqué. En cuanto el niño puso un pie fuera de la cabaña, apareció un hombre con cara de pocos amigos, vestido de negro, con harapos y una pistola en la mano. Tenía la cabeza rapada, con un extraño tatuaje alrededor de ésta, y una línea negra le recorría la frente, hasta llegar al entrecejo.
Sin decir nada, disparó.
Y de mi pecho empezó a brotar sangre; oscura, muy oscura, casi negra. Sangre caliente y espesa, que empezó a derramarse por mi pecho, por mi mano, por mi abdomen. Caí al suelo, golpeándome la cabeza. Todo se volvía cada vez más difuso y engorroso…
… y entonces desperté.
Estaba completamente bañada en sudor, con el corazón latiéndome fuerte y enérgico contra el pecho, sin visos de parar. El aire que me llegaba a los pulmones no era suficiente, me estaba ahogando en aquella habitación.
Me levanté y salí al pequeño balcón del que disponía la casa. Hacía frío, tanto que ya había una fina capa de nieve en las aceras; pero yo tenía demasiado calor. Me quité el pijama sudado, quedándome únicamente con las bragas y una fina manta que siempre tenía en el sofá, rojo granate. Me la eché sobre los hombros, y salí al balcón.
El contacto con el aire frío de la noche me estremeció, pero rápidamente me acostumbré. Era casi el equilibrio perfecto: mi cuerpo ardiendo por dentro, envuelta en una capa de aire frío que no era capaz de congelarme. Sólo me hacía sentir viva.
Al igual que Clarke Griffin.
Porque aquella chiquilla era como una cerilla en medio de la oscuridad más absoluta, atreviéndose a moverse a través del vacío, de la oscuridad que reinaba en mi alma. Recorría cada pasillo de mi interior, explorando cada rincón e iluminándolo, recordándome que aún estaba viva, que podía permitirme amar de nuevo, aunque nunca llegase a olvidarme de Costia.
Empezaba a sentirme perdida, adentrándome por un camino que no sabía si podía seguir. Era algo tan incierto y maleable… pero no podía echarme atrás. Una vez pusiera un pie en ese camino inexplorado, tenía que seguir. No podía abandonar.
Clarke Griffin iba a arruinarme la vida.
Lo había echado todo a perder. Desde aquella noche lluviosa en la que acuné a Clarke hasta quedarse dormida, no había podido dejar de pensar en ella. Y en clase… oh dios, todo era un suplicio. Clarke se había apagado, había dejado de ser esa chiquilla risueña y participativa, que tanto llamaba la atención. Era como si se hubiera apagado. Como si le hubieran quitado el color y todo a su alrededor fuese blanco y negro, y esa falta de color se hubiera metido en su cuerpo, en su alma, atormentándola hasta hacerla pequeña y miedosa, impidiéndole brillar.
Yo lo intentaba, una y otra vez, pero su ilusión había desaparecido. Sus ojos ya no brillaban como antes, eran unas simples orbes azules, como tantas otras. Y yo tenía la culpa.
¿Por qué no había sido capaz de mantener mis impulsos a raya? ¿Por qué tuve que besarla? Desde entonces lo había arruinado todo.
Y lo peor, era que no era capaz de ocultarlo.
-Venga, alegra esa cara, Lexa -. Anya me acercó una de esas jarras de cerveza que tanto le gustaban y se sentó a mi derecha, dándole un largo sorbo a la que llevaba en la mano-. Sé que siempre estás seria y no hay nadie quién te alegre, pero por todos los dioses, ¡al menos ten la decencia de fingir!
Pero no podía ni fingir. Estaba cansada. Llevaba semanas fingiendo que todo iba bien, cuando era todo al contrario. Mi situación se volvía cada vez más insostenible, hasta tal punto que mi siempre estoico gesto empezaba a resquebrajarse y a mostrar todas las debilidades que tenía debajo.
Siempre había temido no ser suficiente. Hacia mis padres, hacia mis estudios, hacia mi trabajo, hacia Costia. Siempre me esforzaba para conseguir lo mejor, incluso más allá. Rozar la perfección, alcanzarla y sobrepasarla. Eso era lo que siempre me había propuesto. Y lo había conseguido.
Había sido una hija modelo durante mi infancia y parte de la adolescencia, hasta que ya no pude más y se lo dije a mis padres. ¿Tan egoísta fui? Sí, tal vez. Pero no era capaz de fingir que me atraían los chicos. Y eso era una deshonra para la familia.
Me borraron de los recuerdos de la familia. Lexa Woods no existía. Nunca había existido.
Y luego apareció Costia. Teníamos trece años cuando la vi por primera vez, el primer día de clase. Estaba sentada sola en uno de los pupitres de la clase, no había nadie más allí cuando entré. A pesar de todo el asiento libre que había, me senté a su lado.
Nunca la había visto por allí, y me dio curiosidad. Con su cabello castaño, suelto, con unos tirabuzones que le daban un aspecto bastante infantil y adorable. Sus ojos oscuros, casi negros, brillaban ante la ilusión de tener un amigo nuevo, alguien con quien hablar. Su voz… oh, su voz. Quizá demasiado chillona cuando se presentó, pero poco a poco se fue convirtiendo en mi sonido favorito. Sus labios curvándose hacia arriba a cada broma que le hacía, sus labios temblando cuando aparecí en la puerta de su casa porque mis padres renegaron de mí. Su piel perfecta, su cuerpo cálido junto al mío bajo la intimidad de sus sábanas, escondidas entre las paredes de su habitación. Ese olor que siempre llevaba consigo y que tanto me enamoraba.
Y, de la noche a la mañana, desapareció.
Me quedé sola en el mundo. Se habían llevado lo que más quería en el mundo.
Me pasé días llorándole, hasta mucho después de quedarme sin lágrimas. Anya no era suficiente para sofocar el dolor, y ella lo sabía; y aun así… no me dejó sola. Le grité, la eché de mi casa, la odié durante… no sé durante cuánto tiempo. Y ella seguía allí, tras la puerta. Dispuesta a ser un hombro en el que permitirme llorar sin recibir nada a cambio.
-¿Costia, de nuevo? -. Inquirió preocupada. Sabía que de vez en cuando volvía a sentir el mismo dolor que cuando murió, y no podía hacer nada (excepto llorar) para evitarlo.
-No. Es algo más. Y… peor -. Porque podía controlar mis sentimientos por Costia. Pero, ¿por Clarke? Todo era como una explosión detrás de otra, un campo minado y yo un soldado que tenía la soberana suerte de seguir vivo. No sabía a dónde iba, sólo sabía que tenía que pasar aquel campo minado.
Anya no insistió. Sabía que se lo contaría al cabo del tiempo, cuando supiese lo que me pasaba. Cuando todo estuviera en su sitio, donde siempre había correspondido. Mientras tanto… me esperaba buena compañía, buena bebida y, durante un rato, podía olvidarme de cierta muchacha con el cabello de oro y ojos de zafiro.
Las vacaciones de navidad estaban a la vuelta de la esquina, y podía notarse en el ambiente. Ya no sólo por el frío que parecía que había llegado para quedarse, sino por el propio ambiente que se respiraba en el instituto. Algunos profesores estaban más alegres y afables de lo normal (¡incluso Pike!), las rencillas parecían haberse resuelto… o al menos, olvidado, y todo el mundo era amable con todos.
Encaraba mi última semana de clases antes del parón de dos semanas con una sorpresa para los de último curso. Sabía que estaban saturados y en sus pequeñas cabezas llenas de información no era posible meter un dato más antes de que implosionaran, así que decidí pasar aquellos días con algo más divertido que las clases de siempre.
Atraqué mi propia casa y me llevé prácticamente las películas históricas que tenía. Gladiator, Ágora, Troya, Enemigo a las puertas, El discurso del rey… eran algunos ejemplos. Quizá algunos iban demasiado atrás en el tiempo, pero siempre venía bien recordar.
La primera de ellas fue Enemigo a las puertas. Rusia, 1942. Una encarnecida lucha de tú a tú entre un francotirador ruso (Zaitsev) y un francotirador alemán (König) durante la archiconocida batalla de Stalingrado.
Me la conocía bien. Quizá no de memoria, eso era imposible; pero sí recordaba la admiración de Danilov hacia Zaitsev, hasta que los sentimientos se pusieron en medio. Una continua carrera entre el francotirador alemán y el ruso, persiguiéndose mutuamente entre los escombros de la ciudad cubierta de nieve y destrucción.
No podía apartar mis ojos de Clarke. Y Clarke, al parecer, tampoco.
Cada vez que alzaba la mirada de mis apuntes, los exámenes y trabajos a medio corregir, sus orbes azules me miraban. A veces con el ceño fruncido, a veces sin mostrar sentimiento alguno, a veces al borde del llanto. Me percaté del libro negro que tenía en la esquina de su pupitre, pues era uno que conocía demasiado bien.
Ojalá no la hubiese visto, pero mis ojos la reconocerían en cualquier lugar del mundo.
Pero no estaba sola, la acompañaba un muchacho que nunca había visto. Moreno, con el cabello rizado y el rostro cubierto de pecas. Estaban sentados en la mesa de una cafetería en una plaza cerca de mi casa, riendo y charlando animosamente entre sí. El chico hacía muecas de vez en cuando, dando como resultado las sonoras carcajadas de la rubia.
Sentí celos. No, no puedes sentir celos por alguien que nunca ha sido tuyo. Cierto. Clarke nunca había sido mía, además yo le había llevado nada más que tristeza y dolor, la había asustado y ahora no se atrevía a acercarse a mí. Me ignoraba, me apartaba.
Pero el dolor estaba ahí, golpeándome el pecho como si fuese un martillo. Golpeándome las costillas, rompiéndolas y atacando el corazón. Dolía. Mucho. Y no podía hacer nada para remediarlo.
Ojalá pudiera volver hacia atrás, unas horas atrás, una vida. Deshacer todo lo que había hecho y rehacerlo de nuevo, alejándome de mis errores para no tener que echar de menos a una chica a la que sólo le había robado un beso.
Volvía a llover. El cielo se había abierto y llovía tanto que parecía la tormenta del siglo. Apenas podía verse unos cuantos metros a mi alrededor, la gente huyendo, refugiándose en cualquier lugar lo suficientemente alto y con un buen techo donde mojarse se había más complicado.
Por suerte, llegué a casa poco después de que la tormenta empezara. Me quité la ropa mojada, me duché para entrar en calor y me puse algo más cómodo para estar en casa.
Empezaba a quedarme dormida cuando unos golpes me obligaron a despertar. Dejé la manta a un lado, casi cayéndome en el intento por ir hasta la puerta y abrir; casi, porque fue un milagro que no me estampara contra el suelo.
Aunque si supiera lo que me esperaba detrás de la puerta, hubiera sido mejor que me pasara.
-¿Clarke?
-¿Cómo? ¿Cómo puede acabar así?
La rubia estaba empapada, de pies a cabeza. Las gotas de lluvia corrían libres por su rostro, enrojecido y frío… Y temblaba. No sólo de frío o por la molestia de estar hasta los huesos, sino que estaba llorando. Otra vez la había hecho llorar. Porque el libro que me estampó contra el pecho no era otro que La flaqueza del bolchevique.
Tal vez no debería habérselo prestado.
La metí en casa, sin importarme que me vieran hacerlo. De todas maneras, no podía verse prácticamente nada debajo de la cortina de lluvia. Dios… estaba helada. Arrastré a la chiquilla hasta el baño, donde empecé a desvestirla con manos torpes y temblorosas. Y conforme las capas de ropa iban disminuyendo, mi sensación de agobio aumentaba cada vez más. Y no tuve otra opción que desistir.
La dejé sola, para que entrase en calor. Porque sabía que si seguía allí, no podía parar. No me atrevía a tocarla, porque sería incapaz de volver a mi frío raciocinio. Perdería la capacidad de pensar y me llevaría por mis impulsos más primarios. Clarke no se merecía a alguien como yo, que sólo le había traído tristeza en el poco tiempo que nos habíamos conocido. Pero mis pensamientos no dejaban de jugarme malas pasadas. No podía dejar de pensar en ella; en su cabello rubio entre mis dedos, en mis labios recorriendo cada ínfimo rincón de su anatomía, en su voz desgarrándose en un grit… Mis pensamientos más oscuros se vieron interrumpidos por un sonoro golpe. Clarke salió rápidamente del baño, únicamente en ropa interior y mostrando una furia incontrolable de la que yo era la única responsable. No podía decirle nada.
-¿Por qué no me tocas? Me traes aquí, la noche en que murió mi padre y me hablas de Costia. Me besas, me dejas dormir aquí. Y luego me ignoras como si no nos conociéramos. Lexa, ¿qué quieres de mí?
A tomar por culo. Me levanté como si me hubieran impulsado con un resorte y en dos pasos estaba frente a ella, con mis labios sobre los suyos para que no dijera una palabra más. Rápidamente dejó caer la toalla, dejándola olvidada en medio del pequeño pasillo mientras la arrastraba torpemente hasta mi habitación. No podía soportarlo más, me había quedado sin fuerzas para bloquear todo lo que estaba sintiendo en ese momento por ella.
-Porque sé que si lo hago, no podré parar -. Murmuré entre besos, jadeando en busca de aire-. ¿Es que acaso no ves lo que me provocas, Clarke? Mírame.
Di un paso atrás, alejándome de esos brazos con los que tanto había soñado. Sus ojos azules me recorrieron de arriba abajo, con una extraña mueca en su rostro. Quería sonreír y llorar al mismo tiempo, dos emociones tan enfrentadas como mi propio conflicto interno.
Ganó la sonrisa. Una sonrisa socarrona y de autosuficiencia, lo suficiente como para volverme loca. Una noche. Una noche en el año para la locura. Y yo no pude resistirme. Acogí su cuerpo de adolescente entre mis brazos, deslizando mis torpes manos sobre su espalda, sobre sus caderas, sobre sus piernas. Sus labios no se atrevían a abandonar los míos, sonoros besos que resonaban por toda la habitación. Su cabello rubio, húmedo y revuelto me estaba haciendo perder hasta el último ápice de autocontrol.
-Eres preciosa. Eres lo más bonito que mis ojos han visto en toda su puerca existencia.
Y era cierto. Aunque aún había partes vedadas por culpa de su molesta ropa interior, Clarke tenía un cuerpo precioso. Su piel era pálida y jugosa, invitándome a besar y morder cada rincón que tuviese a mi alcance. Mis manos se estaban volviendo locas, explorando cada centímetro de su cuerpo, deleitándome con su piel cada vez más erizada y sensible.
La tumbé sobre la cama desecha. Apoyó su peso en sus codos, mientras me quitaba la camiseta y los pantalones para poder sentir su piel contra la mía.
Respiraba con dificultad, y sus mejillas se habían vuelto de un rojo intenso. Casi parecía que tuviese fiebre, o que estuviese al borde un colapso. Aquella imagen, lejos de ahuyentarme, me hizo desearla más. Estaba realmente adorable.
-¿Esto es algo que hace con todas sus alumnas, señorita Woods? -. Inquirió en un susurro que, teñido con su voz ronca, estuvo a punto de hacerme pedazos.
-Sólo con las alumnas guapas, señorita Griffin.
La chica sonrió nerviosa, llevando sus labios a mi mandíbula, cubriéndola de besos. Atacó mi cuello y parte de mi pecho, allí donde llegaba. Podía ver la inexperiencia en su rostro, siempre buscando la aprobación para seguir; el miedo y el pavor a equivocarse, a hacer algo prohibido.
Pero, ¿acaso tenerme entre sus brazos no era ya algo ilegal? Por una noche, no podía importarme menos.
Lo poco que nos quedaba de ropa desapareció rápidamente, quedándonos completamente expuestas la una a la otra. Tenía a Clarke debajo de mí, mirándome con una devoción que hacía años que no veía. La tenía completamente a mi merced, podía hacer con ella lo que quisiera… y aun así, no podía. Era demasiado tierna para arrastrarla a esa parte de mi alma que era tan oscura que ni tan siquiera su luz podría iluminarla. Pero si podía permitirme guiarla. Una noche. Una noche para la locura.
Era preciosa. Era perfecta. Lo más perfecto que había tenido entre mis brazos desde Costia. Por primera vez podía permitirme el lujo de dejarme llevar sin remordimientos, sin engañar a una mujer sin rostro, sin nombre, mientras yacía a mi lado en una cama de un hostal de carretera, aisladas del resto del mundo en una habitación que no nos pertenecía.
Clarke Griffin. Desde la primera vez que mis ojos se cruzaron con los suyos, desde aquel primer encuentro entre el verde y el azul, supe que estábamos condenadas a encontrarnos, a orbitar mutuamente una en torno a la otra, separándonos y atrayéndonos hasta que nuestros corazones dejasen de latir.
Y para qué mentir. Estaba acojonada.
Porque cada gemido que salía de sus labios era música celestial para mis oídos. Porque cada caricia que me regalaba me enviaba un poco más cerca del séptimo cielo. Porque cada vez que su cuerpo se arqueaba bajo mi toque era una delicia que no estaba dispuesta a dejar escapar. Porque su corazón martilleando contra su pecho era un recordatorio de lo precioso que era estar vivo.
Su espalda arqueándose a cada embestida, sus manos arañándome la espalda, su cuello pidiéndome a gritos que lo colmara de besos. Su garganta desgarrándose en un gemido que logró estremecerme de placer…
… su cuerpo temblando, cubierto de sudor. Sus brazos aferrándose a mí como si yo fuese su salvavidas en el mar tempestuoso de la vida. Sus ojos luchando por abrirse, pero las oleadas de placer seguían recorriendo su cuerpo. Así, con el cabello revuelto, el cuerpo cubierto de nuestro sudor, su piel enrojecida por mis besos y mis mordidas, su pecho subiendo y bajando en busca de oxígeno. Aquello era el mismísimo cielo.
Para cualquier otra persona estaría hecha un desastre. Para mí estaba perfecta. Porque yo era la causante de su estado. Y no me arrepentía. No podría hacerlo.
¿Egocéntrica? Quizá. Pero saber que yo y sólo yo era la causante de su placer más absoluto y carnal, me elevaba a límites insospechados.
Perdí la noción del tiempo esa noche. Podían haber pasado minutos, horas… incluso días, pero yo me había perdido en el paraíso azul que eran sus ojos y no tenía intención de salir. Antes de que me diese cuenta, sus labios buscaron los míos en la oscuridad de la habitación, iluminada a ratos por los truenos de la tormenta que no amainaba.
Sólo horas después, cuando nos habíamos quedado sin voz, cuando llevamos nuestros cuerpos hasta la extenuación y sólo nos quedaban fuerzas para abrazarnos entre las sábanas, recobré un mínimo de raciocinio.
Sabía que no debería haberlo hecho, que debía seguir tan regia como siempre había sido. Pero Clarke había derrumbado todas y cada una de mis barreras de un plumazo, como si de un castillo de naipes se tratara. Quizá la quisiera, quizá no. Pero la atracción estaba ahí, podía sentirlo. Los celos, la sensación de pertenencia… Sentía que la conocía desde siempre, desde mucho antes de vernos por primera vez. Como si nos conociéramos de otra vida y la hubiese querido como a nadie en el mundo.
Ese sentimiento me asustaba. Me oprimía el pecho.
Pero de momento estaba allí, entre mis brazos, con su cabello rubio disperso por la almohada, haciéndome cosquillas en la mejilla. Nunca la había visto tan relajada, ni tan siquiera cuando se durmió entre mis brazos un mes atrás. No pude evitar sonreír, permitirme un poco de luz en medio de tanta oscuridad.
BOOM. OUT.
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