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Capítulo X – Señor de Varuna
Casa de Serena
– ¿Eh? Mmm no era nada – murmuró Serena para sí, mientras dirigía sus entrecerrados ojos hacia el cielo. Esa noche no había luna. Lo único que alumbraba la oscura noche eran unas pocas estrellas, y los foros de las calles. Por ello, la rubia no pudo ver cómo una sombra se colaba dentro de su habitación – Pensar que me levanté para na… – de pronto Serena sintió cómo su cuerpo chocaba contra algo… o más bien, alguien. La chica levantó lentamente su adormecido rostro.
– Buenas noches – susurró una voz masculina muy familiar. Serena se quedó perpleja, cuando se encontró con unos hermosos ojos azulados.
– ¡Sei…! – una mano cubrió su boca, impidiendo que ella gritara.
– Shh, si tus padres se enteran me irá muy mal – dijo Seiya, riendo ante la mirada atónita de Serena.
– ¿Qué… qué…? ¿Qué estás haciendo aquí?
– Aaah sólo pasaba por aquí y decidí venir a verte – respondió él. Serena frunció el ceño y se cruzó de brazos.
– ¿Vienes a verme a media noche? – Seiya se encogió de hombros, caminó hasta la terraza, mirando hacia el cielo azabache – ¿Seiya? – la chica caminó hacia donde estaba él y colocó una de sus manos en su hombro.
– La oscuridad de la noche ha opacado el brillo de la Luna.
– ¿Eh? ¿En verdad eres Seiya? – cuestionó la chica, en tono burlón.
– Claro que sí, bombón – respondió él, con una hermosa sonrisa – Bonito pijama de conejitos – la chica se sonrojó.
– ¡No te burles! – replicó ella, inflando las mejillas. Seiya la miraba, ahora, con tal intensidad que Serena sintió que se perdía en los azulados ojos de él. Para la rubia era imposible apartar sus ojos de los de Seiya. Entonces, la voz del pelinegro la hizo volver a la realidad – Después de nuestra reunión en el templo, estabas muy pensativa ¿algo te preocupa?
– Eh… Pues… en realidad no lo sé – Serena bajó la mirada – Desde hace tiempo que vivía esperando el futuro que ya conocía, pero… ahora resulta que aún hay muchas cosas que no conozco… Quizás no debería pensar en eso, pero no puedo evitarlo. Ahora ha aparecido un nuevo enemigo y… – Seiya colocó su dedo índice sobre los labios de Serena.
– No te preocupes por eso, bombón – la chica se sobresaltó al notar que ahora Seiya había acercado su rostro para susurrarle al oído – Yo siempre estaré ahí para cuidar de ti.
– También estoy preocupada… por ti – musitó la rubia. Seiya no pudo evitar estrecharla entre sus brazos. Serena se abrazó a él, hecho que la hacía sentirse protegida.
– Descuida, ya verás que pronto recuperaré mis poderes, sean cuales sean – él se separó para mirarla a los ojos – Después de todo, soy el heredero del Reino del Sol ¿no? – la chica sonrió tenuemente, separándose del muchacho para dedicarle una reverencia.
– Es cierto, disculpe mis modales, Alteza.
– Ay bombón, qué cosas dices – dijo Seiya, pasando un brazo por detrás del pequeño cuerpo de la muchacha – Sabes… – pero el sonido del celular de Serena lo interrumpió.
– Qué extraño ¿quién puede llamar a estas horas? – la chica se separó, a duras penas, de su visitante nocturno – ¿Hola? – había un dejo de molestia en su tono de voz ¿A quién se le ocurría llamarla a medianoche? – ¡Darien! – Serena sonrió ampliamente, olvidando por completo su enfado por esa llamada tardía – No, descuida, estaba despierta. Sí, yo he estado bien. Sabes, estoy tomando un seminario de Protocolo y Etiqueta en la Toudai – la rubia soltó una risita – Y tú eres mi príncipe, Darien…
Seiya se reprendió mentalmente por su comportamiento. Había salido a altas horas de la noche de su apartamento, a pesar de las quejas de Yaten y las reprimendas de Taiki. Tenían que estar en el estudio a las 8 de la mañana y, normalmente, se retrasaban porque Seiya se quedaba dormido. Pero él había ignorado las palabras de sus hermanos, alegando que tenía algo importante que hacer. Después de su reunión en el templo Hikawa, el pelinegro había notado un dejo de preocupación y confusión en el rostro de su bombón. Él simplemente quería dedicarle algunas palabras de aliento, pues no le gustaba verla triste. Ya una vez la había visto confundida y con el corazón destrozado y no quería que ella volviera a pasar por lo mismo.
Era cierto que lo que habían descubierto era muy importante, más ahora que un nuevo enemigo había aparecido para amenazar la paz del Universo. A él también le habían sorprendido las revelaciones, era un príncipe. El príncipe del reino más poderoso del Sistema Solar; luego de enterarse de eso, pensó que verdaderamente merecía estar al lado de la Princesa de la Luna, que quizás, solamente quizás, podría tener una pequeña oportunidad de ganar su corazón, pero Seiya cada vez se convencía más de que era una batalla perdida.
No tenía nada más que hacer allí. Seiya había ido a la casa Tsukino, con el objetivo de levantarle el ánimo a Serena, sin embargo, al parecer, alguien más acababa de lograrlo. El ojiazul suspiró y le dedicó una última mirada a la dueña de su corazón, antes de marcharse.
– De acuerdo, que tengas un buen día – decía la chica, sin percatarse, aún, de la partida de Seiya – Y saluda a Helena de mi parte. Lo siento mucho, Seiya, yo… – Serena miró a su alrededor, no había señal del pelinegro – Ay ya se fue… Y yo que tenía deseos de hablar con él – la chica suspiró resignada y se dejó caer en su cama, al tiempo que Luna iba entrando por la ventana.
– ¿Qué haces despierta a esta hora? – cuestionó la felina, acomodándose sobre la alfombra. Serena se encogió de hombros. Ni siquiera se le ocurrió preguntarle a Luna dónde había estado ella.
– Mmm no podía dormir.
– Sabes, acabo de ver a Seiya – la rubia no respondió – ¿Acaso estuvo aquí? – la chica asintió débilmente. Luna sonrió pícaramente – Así que una visita nocturna, qué romántico, pero… Si Darien se entera…
– No, no es lo que piensas – respondió Serena rápidamente, con sus mejillas sonrojadas – Tan sólo estaba preocupado, ya sabes… después de lo que descubrimos hoy…
– Ya veo, sigues pensando en eso.
– Claro que sí ¿Qué va a ser del futuro que todos conocíamos, Luna?
– Serena, creo que lo mejor es que te preocupes por el presente.
– Supongo que tienes razón.
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Apartamento de Nicolás
El campo de concentración del ejército de Marte. Más bien, tenía todo el aspecto de un antiguo coliseo romano. Imponentes graderías de piedra se alzaban alrededor de una amplia área de forma ovalada. Se trataba del lugar donde el Comandante General del Ejército Real se reunía con sus soldados para discutir estrategias, formaciones y tácticas de combate.
Sin embargo, ese día, el campo estaba reservado para un importante acontecimiento que no ocurría muy a menudo en el Reino de Marte. Había llegado la hora de elegir al Segundo General, el cual estaba encargado personalmente de la seguridad de la Heredera al Trono, además de ser la "mano izquierda" del Comandante General. Veinte eran los postulantes, pero sólo uno de ellos podía convertirse en el caballero Deimos. Después de una ardua batalla de todos contra todos, un joven valeroso se alzó con la victoria.
El campo de concentración estaba repleto de espadas rotas y escudos. Los muchachos que no habían conseguido vencer, se levantaban, algo doloridos, para felicitar al ganador. El vencedor resultó ser un muchacho de familia humilde. Su nombre era Yuichirou. Él era idéntico a Nicolás, a excepción de que llegaba su largo cabello recogido en una cola alta, dejando ver su rostro y sus vivaces ojos cafés. Vestía con unos pantalones negros y botas, con una camisa blanca de botones. En su mano derecha sostenía su espada, la cual había heredado de su padre. Estaba sudoroso, agotado, con unas cuantas heridas, pero en su rostro se reflejaba una inmensa alegría.
En la parte más alta de la gradería, estaban los soberanos del planeta Marte. El Rey Cratos, un hombre alto y corpulento, de cabello negro y largo hasta los hombros, algo desordenado. Sus ojos eran de un negro intenso y vestía una túnica grisácea, sujeta con una cinta roja. A su lado, estaba su esposa, la Reina Ceres, una mujer hermosa, de larga cabellera negra azabache, que llevaba suelta. Estaba ataviada con un hermoso vestido rojo, de tirantes delgados. Ceres se parecía muchísimo a su hija, la Princesa Rei.
Junto a los soberanos de Marte, estaba el Comandante General del ejército, un hombre llamado Ares, valeroso guerrero, al servicio de la Familia Real desde hacía mucho tiempo. Él era un poco más bajo que el rey, de cabellera platinada, a juego con su poblado bigote. Vestía de color vino tinto, con una armadura roja brillante, con detalles dorados, que le cubría el pecho, los hombros, los antebrazos, piernas y la cintura. Su mirada era seria e intimidante. Junto a él, estaba un joven rubio, Motokoi, Caballero Fobos, el Primer General, "mano derecha" del Comandante General, Ares. Su armadura también era roja, pero menos elaborada que la de Ares.
Los reyes bajaron de su sitio y se acercaron a Yuichirou, seguidos por Ares y Motokoi.
– Felicidades, Yuichirou – habló el rey Cratos, con voz grave. El aludido les dedicó una pronunciada reverencia.
– Querido, el combate fue impresionante – añadió la reina Ceres, con una sonrisa – Tu padre estaría orgulloso, Caballero Deimos – el castaño se sonrojó levemente e hizo una reverencia a su soberana.
– Enhorabuena, primo – dijo Motokoi, dándole unas palmaditas en la espalda – Combatiremos juntos, colega.
– Finalmente logré alcanzarte, Motokoi – comentó Yuichirou – Aunque me ha costado sudor y sangre.
– ¡A todos los combatientes! – exclamó el rey, alzando la voz – ¡Han combatido valerosamente! Son dignos guerreros de nuestro reino, pueden sentirse orgullosos – los jóvenes guerreros se arrodillaron ante su rey – ¡Vayan a descansar, que lo tienen bien merecido! ¡Esta noche ofreceremos una cena en su honor! – todos vitorearon.
– ¡Por favor, un aplauso para Yuichirou! – agregó la reina Ceres, con entusiasmo.
– ¡Que viva, Yuichirou! – exclamaron los guerreros, levantando sus espadas. Los jóvenes combatientes empezaron a marcharse a sus casas y entonces, la joven heredera de Marte apareció.
– ¡Yuichirou! – los presentes se voltearon al escuchar la voz de la princesa. Ella era una joven hermosa, de larga cabellera negra y ojos oscuros, que llevaba recogida en una cola alta. Vestía una hakama azul y cargaba un arco – Mírate, estás todo malherido.
– Princesa Rei – murmuró el chico, sonrojándose y apartando la mirada.
– ¿Cómo se te ocurrió presentar esta prueba tan peligrosa, tonto? – preguntó Rei, que empezaba a perder la calma – Mira esa herida en tu brazo – señaló el hombro derecho, que exhibía la herida más profunda.
– Alteza, estoy sucio y…
– ¡Deja de pensar en tonterías! – replicó la morena – Combatir nunca ha sido tu fuerte, sabes que…
– ¡Rei! – exclamó Cratos, con rostro serio. La joven se volteó hacia su padre – No lo subestimes. Yuichirou se ha convertido en un guerrero excepcional, ahora es portador del título de Caballero Deimos – la chica se quedó sorprendida y volteó hacia un apenado Yuichirou.
– Yo, no lo sabía…
– Soy testigo del arduo entrenamiento al que se ha sometido mi primo Yuichirou – intervino Motokoi – Y este es el resultado de todo el trabajo duro.
– Esto prueba que no basta con tener talento – añadió el rey – Un guerrero sin determinación no es un verdadero guerrero.
– Increíble… Deimos – dijo la princesa, en voz baja – El mismo título que portó tu padre – el castaño asintió con orgullo – Yo… bueno… felicidades.
– Muchas gracias, Alteza.
Nicolás se despertó sobresaltado. Era la tercera noche consecutiva que tenía ese extraño sueño. No entendía de qué rayos se trataba. El Reino de Marte, los reyes Cratos y Ceres. Y también estaba esa princesa, idéntica a su querida Rei. Pero no era sólo ella, también estaba ese muchacho, Motokoi, era la viva imagen de Andrew Furuhata, pero ¿por qué? ¿Quiénes eran en realidad esas personas? ¿Por qué estaba teniendo esas visiones? La primera vez que tuvo ese sueño, pensó que quizás estaba leyendo muchas historietas o quizás viendo muchas películas épicas, pero ya era la tercera noche que ese sueño acudía a él.
Pero ¿qué debía hacer? ¿Acaso debía hablar con Rei o Andrew? No, no, plan descartado. No quería parecer un lunático, justo cuando Rei y él empezaban a llevarse mejor. Y en cuanto a Andrew, seguramente no lo creería ni una palabra.
El muchacho suspiró profundamente y abrió la ventana, dejando que el viento fresco de la noche rozara su rostro. Sonrió al recordar al chico llamado Yuichirou, idéntico a él, salvo por un detalle: el cabello. El castaño lo meditó por un instante, quizás debía considerar el llevar su cabello así.
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Calles de Tokio
Seiya se había marchado sin siquiera de despedirse. Después de notar la felicidad en el rostro de Serena al recibir una llamada de Darien, sintió una dolorosa punzada en su corazón. El pelinegro estaba consciente de que Serena y Darien se habían amado desde hacía muchísimo tiempo. Un amor que ha traspasado las barreras del tiempo. Quizás él no tenía más opción que conformarse con ser su amigo, después de todo, si ella era feliz, pues él también lo sería. Pero ¿de verdad lo sería? ¿En verdad podría ser feliz sin ella? Seiya no estaba dispuesto a renunciar a ella tan fácilmente ¿o sí?
– Tal vez Taiki tenía razón, como siempre – el chico llegó hasta el parque y se sentó en uno de los columpios – No debí venir.
Seiya se quedó allí, mirando las pocas estrellas que adornaban el azabache cielo de aquella noche. El muchacho cerró los ojos, pensando en su bombón. Pero, de repente, sintió cómo una cálida presencia se acercaba a él, era reconfortante y sentía como si su tristeza desapareciera, poco a poco. Él abrió los ojos y miró a su alrededor.
– ¿Qué fue eso?
– Me alegra tanto verte, Helio. O debería decir, Seiya – se dirigió a él una sutil voz femenina. El chico miró hacia su derecha. En el columpio de al lado, estaba una hermosa mujer, que le resultó realmente familiar.
– ¿Quién… quién eres? – Seiya se levantó súbitamente. En ese columpio estaba sentada una hermosa mujer. Su cabello era largo y negro como la noche, con algunos destellos de plata. Sus ojos eran violetas y desprendían una gran calidez. Llevaba un elegante vestido blanco y largo, de mangas anchas, que dejaba sus hombros al descubierto. Tenía un fajón de oro con incrustaciones de piedras preciosas en su cintura. Además de un colgante con forma de sol en su cuello. Sobre su cabeza yacía una tiara de oro. Ella le sonreía ampliamente – Espera… te he visto antes – el chico la miró fijamente, tratando de recordar el bondadoso rostro de esa mujer. Entonces lo recordó y la miró perplejo – Un momento… Tú eres… la Reina Hemera… – ella sonrió – ¿Mamá? – Hemera se puso de pie, al tiempo que Seiya hacía lo mismo. La pelinegra tomó las manos del joven.
– Querido mío, te extrañé mucho – dijo la mujer, con lágrimas en sus ojos. Seiya aún no podía creerlo, estaba realmente sorprendido.
– ¿En… en verdad… eres tú…? – Hemera asintió. Seiya se quedó contemplando el rostro de su madre por un par de minuto más – Claro que eres tú, esta esencia, esta calidez – y sin previo aviso, Seiya se abrazó a ella, que le correspondió el abrazo. Ellos se separaron y Hemera tomó la palabra.
– Mira cómo has crecido, están tan apuesto, Seiya… Me alegra tanto que ya me recuerdes.
– Fue gracias a Amaterasu – dijo el pelinegro – Pero madre, no es que no me alegre verte, aunque estoy muy sorprendido, pero ¿qué haces aquí? ¿Acaso tú estás… estás viva?
– Lamentablemente no, pues para mí no es posible renacer – respondió la mujer, con un dejo de tristeza – He venido porque sentí tu tristeza. Créeme que he visto cómo sufres por esa jovencita. Sé que amas inmensamente a Serenity, la Princesa de la Luna – el muchacho se quedó sorprendido.
– ¿Cómo es que…?
– No subestimes el instinto materno – dijo ella, guiñándole un ojo – Además, cuídate del nuevo enemigo. Créeme que su poder es infinitamente superior al de las Guardianas de la Tierra; ellas aún no han recuperado todos sus recuerdos y esa es una ventaja para el enemigo, pero confío en… – el cuerpo de Hemera empezó a desvanecerse – Parece que mi tiempo está por terminarse.
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Con Taiki y Yaten
Ya era tarde y Seiya no había regresado. Taiki y Yaten decidieron salir a buscarlo. Sabían que no sería difícil, pues, aunque él no había dicho adónde se dirigía, sus hermanos lo sabían perfectamente. Seiya era tan predecible.
– ¿Estás seguro, Taiki? – preguntó Yaten, que corría detrás de su hermano mayor.
– Por supuesto, esta energía es de nuestra madre, no puedo equivocarme – mientras conducía hacia casa de Serena, el castaño había percibido una cálida energía; así que él y Yaten dejaron el auto cerca del parque.
– Taiki, después de lo que descubrimos hoy – empezó Yaten, empezando a caminar lentamente - ¿Qué crees que sucederá entre Seiya y Serena? – el castaño se detuvo y se volteó hacia su hermano.
– ¿Recuerdas lo que me dijo Amy?
Flashback
Amy y Taiki disfrutaban de su cena en el restaurante francés Marseille. Ambos tenían tanto en común que la conversación fluía, sin parecer terminar. Sin embargo, de repente el rostro de Amy se tornó triste y esto preocupó al castaño.
– ¿Te sucede algo, Amy?
– Eh… yo, lo siento – respondió ella, esbozando una sonrisa – Tan sólo pensaba en… Olvídalo es una tontería.
– ¿Una tontería? Amy Mizuno, no creo que tú pienses tonterías – dijo Taiki, con una sonrisa. La chica se sonrojó levemente y levantó la mirada.
– Es sólo que… nosotras conocemos nuestro futuro y es extraño, sabes.
– Yo pienso que el futuro es un fenómeno variable – respondió Taiki – No creo que una persona pueda saber, con exactitud, qué es lo que le espera.
– Eso mismo pensaba yo, hasta que…
– Comprendo. Claro que si tú le dijeras eso a alguien como Seiya… Bueno, sólo digamos que no creo que él se rinda tan fácilmente.
– Tienes razón – Amy hizo una pausa – Es por eso que, aunque suene como una locura, pienso que… Serena no está verdaderamente destinada a estar al lado de Darien – Taiki la miraba con atención – Eso podría, incluso, sonar a traición, siendo yo una de las guardianas de Tokio de Cristal, pero, yo he visto cómo ha sufrido Serena por él y no puedo evitar preguntarme si, en realidad, su amor perdurará – el castaño se quedó sorprendido con las palabras de la peliazul. Amy era una de las personas que conocía mejor a Serena, además, se trataba de Amy Mizuno y si ella tenía una corazonada, no era algo que se pudiera tomar a la ligera. Taiki pensó que quizás, sólo quizás, su hermano podría tener una diminuta oportunidad.
Flashback End
– No quisiera que Seiya se hiciera falsas esperanzas, pero… – dijo el peliplateado. El chico miró hacia el lugar donde su hermano le señalaba.
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Con Seiya y Hemera
– ¡Seiya! – madre e hijo se voltearon y vieron aparecer a Taiki y Yaten. El castaño sonrió, complacido al ver que su suposición había estado acertada. Yaten por su parte estaba atónito.
– Ella es… – empezó Yaten – La Reina del Sol ¿cierto, Taiki?
– Sí, es nuestra madre – respondió el aludido.
– Yue, Tsubasa – dijo Hemera – No, más bien, Taiki, Yaten – los muchachos se acercaron a la mujer, que los abrazó amorosamente – Me alegra haberlos visto, antes de partir – el cuerpo de la reina se desvaneció más.
– ¡Espera! – exclamó Yaten – ¿Por qué tienes que irte ya?
– Tan sólo quería ver a mis apuestos hijos y darle un mensaje a Seiya – la mujer se dirigió a su segundo hijo – Escucha Seiya, sobre la Princesa de la Luna, resignarse no estaría bien ¿eh? – le guiñó un ojo – Tú no eres de los que se rinden fácilmente.
– Pero ella… y el Príncipe de la Tierra…
– Seiya, recuerda que las madres lo sabemos todo – replicó Hemera – Cuídense, hijos míos, sean siempre fuertes – y dicho esto, la pelinegra se desvaneció. Los tres hermanos se quedaron contemplando el lugar donde ella había desaparecido.
– ¿Qué habrá querido decir con lo de la Princesa de la Luna? – cuestionó Yaten, con curiosidad – ¿Acaso fuiste a verla? – añadió el peliplateado, como si no lo supiera.
– ¿Por qué otra razón saldría a media noche? – expuso Taiki, cruzándose de brazos – Estuvo todo el día diciendo "mi bombón se veía algo decaída, tal vez debería animarla un poco".
– Tienes razón. Pero parece que no le alegrara el haber visto a Serena – intervino Yaten – Oye Seiya ¿sucedió algo?
– Tal vez mamá tenga razón, tengo que seguir luchando – dijo Seiya más para sí mismo que para sus hermanos. Una gran sonrisa se dibujó en su rostro y se volteó hacia sus hermanos – Bien, vamos a casa, mañana tenemos que ir al estudio. Por cierto ¿qué hacían ustedes por aquí?
– Estábamos preocupados por ti – respondió el peliplateado – ¿Crees que es correcto salir a media noche? ¿Qué tal si te encontrabas con alguna fanática demente que te secuestre? – Seiya rió ante el comentario de su hermano menor.
– Mmm no había pensado en eso… Tienes razón, es que soy tan adorable.
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Apartamento de Setsuna, a la mañana siguiente
– ¡Un momento! – exclamó Setsuna desde la cocina, al tiempo que se apresuraba hasta la puerta. En cuanto la abrió se encontró con un enorme ramo de rosas azuladas – ¿Eh?
– Buenos días – dijo agitadamente el mensajero, un hombre de cabello y ojos negros, ataviado con un traje azul marino – ¿La Srta. Setsuna Meioh?
– Sí, soy yo – respondió la mujer, confundida.
– Necesito que firme aquí, por favor – el hombre le tendió una pluma y una libreta.
– ¿Firmar?
– Sí, señorita, traigo estas flores para usted.
– ¿Para mí? – preguntó Setsuna, cada vez más extrañada ¿Quién le enviaría flores a ella? Y aún más ¿quién le enviaría sus flores favoritas? – ¿Está seguro? A lo mejor se ha confundido.
– Oh no, señorita. Un caballero llamó esta mañana a la Floristería Sakura, pidiendo que entregáramos estas rosas en casa de la Srta. Meioh, esa es usted ¿cierto? – ella asintió con la cabeza – Entonces esto es para usted – le entregó el pesado ramo de rosas azuladas – Que tenga un buen día, señorita.
– Igualmente – dicho esto, el hombre se retiró, haciendo una pequeña reverencia – Qué extraño – Setsuna tomó la tarjeta que iba entre las flores y la abrió.
"Ninguna flor del Universo puede compararse con tu infinita y radiante belleza"
M.H.
– ¿"M.H"? – leyó ella – ¿Quién será? – el timbre sonó una vez más. Setsuna abrió la puerta y se encontró con su compañera Outer del agua.
– Buenos días, Setsuna – la saludó Michiru – ¿Ya estás lista?
– ¿Lista?
– Sí, recuerda que prometiste acompañarme de compras hoy, ya que Haruka se fue a entrenar con su equipo – la chica del cabello aguamarina miró las flores que Setsuna había colocado en un jarrón de mármol - ¿Y esas flores? – la aludida no respondió, simplemente se encogió de hombros – ¿Acaso tienes… un admirador secreto?
– Quién sabe – Michiru tomó la tarjeta que yacía sobre la mesa del comedor.
– "M.H" – volteó hacia Setsuna – ¿Quién es? – la mujer de cabellera oscura se encogió de hombros – M.H… podría ser que… - el rostro de la violinista exhibía una pequeña sonrisa – A lo mejor…
– ¿Qué decías? – preguntó Setsuna, que había ido a recoger su bolso.
– No, descuida, nada importante. Vámonos.
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Oxford, apartamento de Helena.
Ese día, Helena no tenía clases en la Facultad. La rubia había estado dándole vueltas a su situación. Definitivamente, sus sentimientos hacia Darien habían ido en incremento día con día ¡Ellos se habían amado desde hacía milenios! Entonces ¿cómo podría no tener esos sentimientos hacia él? Pero, ella sabía que no era correcto, pues él tenía a alguien importante en su vida: Serena Tsukino. Y, aparte de eso, Darien no lo recordaba, no recordaba el amor entre Galatea y Endimión.
Helena se puso a pensar acerca de su relación con Darien. Desde que se había encontrado en el campus de la universidad, se habían llevado bien. Tenían tanto en común, además eran compañeros de trabajo. Ambos eran los dos estudiantes más sobresalientes de Neurocirugía. Los dos estudiantes de intercambio, los únicos admitidos por la Universidad de Oxford para cursar el posgrado en la prestigiosa Facultad de Medicina. Sí, definitivamente la pareja perfecta. O al menos eso pensaba ella, aunque trataba de no ser demasiado obvia con sus sentimientos, pues lo último que quería era perder la amistad de Darien.
Como ese era su día libre, Helena despejó su sala, colocó música clásica, se vistió con ropa cómoda: unos pantalones deportivos de color azul marino y una blusa blanca de mangas cortas. Su objetivo era meditar un poco, para tratar de despejar su mente, pues le esperaba un largo día en el laboratorio esa tarde. La rubia se sentó sobre la alfombra, en posición de loto, con las manos sobre las rodillas y respiró profundamente.
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Apartamento de Darien
Estaba seguro. Definitivamente algo andaba mal con él. Pero no, no podía ser ¿cómo era posible que estuviera enamorándose de ella? Si él tenía a Serena. Sin embargo, Darien tenía que admitir que su compañera, Helena von Neumann despertaba sensaciones en él, sensaciones que nunca había tenido con Serena.
El muchacho acababa de terminar de ducharse, pues había llamado primero a Serena. No sabía por qué, pero cuando habló con ella, en vez de sentir que estaba hablando con su novia, le pareció que hablaba con su mejor amiga. Sí, era bastante extraño, pero Darien Chiba lo había sentido así. No tenía ninguna lógica para él. Y, por otra parte, estaba Helena. Ella era una gran mujer: hermosa, inteligente, segura de sí misma, independiente, con una gran personalidad. Era completamente normal que cualquier hombre se interesara por una mujer como ella, pero él no podía, no debía, pues, como Príncipe de la Tierra, tenía un deber ¿Deber? ¿Así era como consideraba su relación con Serena? Darien no estaba seguro, pero ahora no tenía tiempo para pensar en ello, pues había quedado con Helena para salir a almorzar, antes de que tuvieran que encerrarse en el laboratorio, para revisar unas muestras.
Darien terminó de vestirse, tomó su celular y su billetera, encaminándose hacia el apartamento de Helena, que quedaba justo al lado del suyo. El chico llamó a la puerta, pero no obtuvo respuesta alguna.
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Con Helena
– Helena, disculpa, la puerta estaba abierta y… – Darien entró sigilosamente en el apartamento de su compañera, pero no la encontró en el recibidor. El muchacho caminó hasta la pequeña sala y allí la encontró, estaba sentada en posición de loto, con los ojos cerrados. A Darien le pareció que se veía muy hermosa. Él se arrodilló a su lado, para contemplar su delicado rostro y entonces ella abrió los ojos.
– ¡Darien! – exclamó ella, sorprendida – ¡Me asustaste! – el chico se alejó un poco de ella.
– Lo siento, es que no respondías y la puerta estaba abierta…
– Oh ya veo, lo lamento, es que estaba meditando y no escuché – dijo Helena – ¿Necesitabas algo?
– Pensé que iríamos a comer juntos esta tarde – respondió el pelinegro. Ella se sobresaltó.
– ¡Es cierto! Perdóname, lo había olvidado – espetó la rubia, pasando una mano por su cabello – Espérame, en un momento estaré lista. Pero primero – se volteó hacia su compañero, con una sonrisa – ¿quieres terminar la rutina conmigo? – el chico le devolvió la mirada confundido – Descuida, son sólo algunos ejercicios de respiración.
– De acuerdo.
– Bien, entonces junta tus manos a la altura del pecho, – indicó la rubia. Darien obedeció – cierra los ojos y respira profundamente, mientras elevas tus manos – ambos lo hicieron al mismo tiempo – Otra vez – lo hicieron un par de veces más.
– Nunca había hecho esto – dijo Darien – No sabía que conocieras este tipo de cosas.
– Lo aprendí cuando estuve en la India. Son de gran utilidad para liberar el estrés – Darien se perdió en los brillantes ojos de Helena, cuyas mejillas se sonrojaron, al notar la intensidad con que él la miraba – ¿Da-Darien?
– Helena, yo… - el chico acercó su rostro al de ella, sin apartar sus ojos de los sonrosados labios de su compañera. Era extraño, pero no podía evitar el creciente deseo de besarla, de probar esos labios carnosos. Entonces, Darien posó sus labios sobre los de ella, fue tan sólo un ligero roce, pero él pudo percibir cómo una corriente eléctrica recorría su cuerpo, no recordaba haber experimentado una sensación así antes, ni en su vida anterior, ni en su vida actual, hasta ese momento.
Helena por su parte, sintió sus mejillas arder ¡Darien la estaba besando! Ella no había probado esos labios desde hacía… ¡Milenios! Pero estaba claro que él aún no recordaba su pasado, ese intento de beso simplemente había provenido de un impulso, pensó ella. Helena sabía que no estaba bien, él tenía a Serena y ella no quería ser la causante de una ruptura entre la Princesa de la Luna y el Príncipe de la Tierra, pero, también estaban las palabras de Gumi ¿qué significaban? ¿Qué debía hacer ella? ¿Hacerle caso al corazón o a la razón?
– No, Darien – al parecer la rubia decidió escuchar a la "voz de la razón" y se separó súbitamente de Darien – Lo sien…
– Lo siento mucho, Helena – dijo Darien, con las mejillas sonrojadas – No sé qué me pasó, será mejor que me vaya – el muchacho se levantó del suelo para marcharse, pero ella lo sujetó por la muñeca.
– Creí que íbamos a comer juntos, Darien – ella no parecía molesta, al contrario le estaba sonriendo – Espérame, estaré lista en un momento – Helena se puso de pie y corrió hasta su habitación. Darien sonrió al verla marcharse, por un momento pensó que su actitud impulsiva la alejaría de él, pero no fue así. No sabía por qué, pero no soportaría perderla.
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Casa de Serena
Eran las 10 pm y Serena no podía dormir. Ese día, la rubia no había querido salir de casa. Ni siquiera cuando Lita la llamó para probar el nuevo pastel que había hecho. Sí, definitivamente algo andaba mal con ella, rechazar un pastel de Lita no era para nada normal. La razón: se sentía mal por haber hecho a un lado a Seiya, al haber recibido una llamada de Darien.
Serena tenía muchos deseos de hablar con Darien y se había emocionado mucho al recibir una llamada suya, pero, por ello, había olvidado que Seiya estaba allí. Ella sabía que su actitud había sido muy malagradecida, pues, a pesar de la hora, él había ido a su casa para animarla. Pensándolo bien, Seiya siempre había estado allí para ella, siempre a su lado, siempre preocupándose por ella. Y en cambio ¿qué había hecho ella por él? No podía más que hacerlo sufrir, al no corresponder a sus sentimientos, pero ¿qué podía hacer? Ella tenía a Darien, conocía su deber como soberana lunar. Ella y Darien compartían un destino eterno, un futuro que debían preservar, sin embargo ¿dónde había quedado ese futuro ahora? Envuelto por la oscuridad, según había dicho Setsuna. Esa la hacía dudar, por ello había estado tan desanimada.
La chica cerró las ventanas y se sentó en su cama. Luna yacía a su lado, profundamente dormida. Serena miró un par de pases de cortesía para una clase de yoga, que la había regalado Mina, pues ella tenía ensayo, así que no podía usarlos. Su rostro se iluminó, se le acababa de ocurrir una idea. Tomó su celular para marcarle a Seiya.
– ¿Hola?
– Seiya… soy yo – respondió tímidamente la rubia, al escuchar la voz de Seiya del otro lado.
– ¡Hola bombón! ¿Qué, no podías resistir un día sin verme? – la chica bufó, pero no podía enfadarse. Él era quien tenía que estar enojado con ella, después de su actitud.
– Escucha Seiya, lamento lo que sucedió anoche, yo… bueno…
– Ay bombón ¿llamaste para disculparte por eso?
– Sí, bueno… ¿No estás enfadado?
– ¡Claro que no! – respondió el pelinegro, con total seguridad – Creo que yo no debí ir a tu casa a esas horas de la noche, es sólo que… no pude resistirme, tenía muchos deseos de verte – las mejillas de Serena se tiñeron de color carmín.
– Pero si ya nos habíamos visto esa mañana y…
– ¡Ya cálmate! Sí, ya lo sé, ya nos vamos…
– ¿Seiya?
– Lo siento, bombón, le hablaba a Yaten, ya sabes lo fastidioso que puede ser a veces.
– ¿Estás ocupado?
– Estoy saliendo del estudio, no te preocupes – respondió Seiya.
– Bueno, mira yo… yo quería…
– ¡Ni hablar! ¡Ayer comimos comida china! No otra vez. Lo lamento, de nuevo Yaten.
– ¡Ya dejen de pelear! – se escuchó la molesta voz de Taiki – Hoy comeremos comida japonesa y se acabó la discusión.
– Al menos, eso está mejor – dijo Seiya – Perdona, ya sabes cómo son mis hermanitos ¿Qué decías?
– ¿Estás libre mañana? – preguntó ella, sin miramientos.
– Oye Taiki ¿estamos libres mañana? – se dirigió a su hermano mayor – Sí, bombón ¿acaso me estás pidiendo una cita?
– ¿Eh? ¡Pero qué dices! – replicó enfadada la rubia – Tan sólo quería saber si quieres acompañarme a una clase de yoga mañana.
– ¿Clase de yoga?
– Sí, es que Mina me regaló unos pases para una clase de yoga – contestó Serena – pero las chicas están ocupadas, así que… – eso no era del todo cierto. Serena no se había tomado la molestia de preguntarle a sus amigas si alguna quería acompañarla. En cuanto recordó los pases, en la primera persona que pensó fue en Seiya.
– Supongo que está bien, nunca he tomado una clase de yoga – respondió el muchacho.
– ¡Genial! Entonces nos veremos mañana a las 9 am.
– ¡Entendido! Pasaré por ti.
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Del otro lado de la galaxia
Varuna: un planeta olvidado. Se trataba de un planeta considerado "enano" por los astrónomos. Era un territorio muy pequeño, que, desde la época del esplendoroso Reino del Sol, había sido ocupado por invasores enemigos del Sistema Solar, entre sus habitantes se habían contado los Hermanos de la Destrucción, Chaos y Despair. Por ese motivo, los soberanos de los Doce Reinos Principales de la Vía Láctea habían colocado un poderoso sello alrededor de Varuna, para evitar que el mal se propagara.
Sin embargo, la realidad de Varuna era otra en la actualidad. Después de la guerra contra los Hermanos de la Destrucción, se había asentado en el diminuto planeta un hombre noble, que había restaurado la civilización varuniana. Su nombre era Heracles*. Se trataba de un hombre alto, de complexión atlética y piel morena. Sus largos y lisos cabellos eran de color plateado y sus hermosos ojos eran rojizos, cual rubíes. El Señor de Varuna, había convertido el territorio en una zona próspera, donde sus habitantes eran felices.
El Palacio Real de Varuna. No se trataba de una edificación ostentosa. Más bien tenía el aspecto de una gran mansión de arquitectura renacentista, con colores sobrios. En una de las habitaciones, se encontraba el Señor Heracles, estudiando algunos manuscritos antiguos de la gran biblioteca, que, a través del tiempo, él mismo había construido. El hombre estaba sentado en un cómodo sofá de tapiz beige, detrás de un elegante escritorio de madera. A su alrededor, había cientos de libros y manuscritos, acomodados en estantes de madera.
– Señor Heracles, disculpe – su mayordomo entró. Era un hombre mayor, de cabello blanco y un poblado bigote; ojos rojizos, que vestía un elegante traje negro. Heracles levantó la mirada.
– Ah eres tú, Alceo – la voz de el peliplateado era sutil y amable – ¿Qué necesitas?
– Mi Señor, todo está preparado para su viaje a Kinmoku.
– Excelente – dijo Heracles, poniéndose de pie y sonriendo a su mayordomo – Entonces creo que es hora de partir.
– ¿Está seguro de ir solo, señor? – preguntó Alceo, con un dejo de preocupación.
– No te preocupes, Alceo – el peliplateado colocó una mano sobre el hombro del anciano – Recuerda que voy con el objetivo de establecer relaciones con Kinmoku. No podemos ser un territorio desconocido toda la vida ¿no crees?
– Usted ha hecho mucho por nosotros, Señor Heracles – dijo el mayor – Jamás tendríamos cómo agradecerle por su bondad.
– Ya basta, Alceo, no me avergüences – respondió el aludido, sonriendo tenuemente – Mi mayor felicidad es ver que Varuna prospera, ya lo sabes – y dicho esto salió de la habitación, seguido por su mayordomo.
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Toudai
– ¡Ah, estoy muerta! – replicó Natsumi, quitándose su bata de laboratorio y terminando de recoger sus cosas – La Dra. Hoshida es increíble, no puedo creer que trabaje tanto.
– Es cierto, por eso nosotras debemos seguir su ejemplo – respondió Amy.
– ¡Muy bien, muchachos! – exclamó Megumi – Hoy se nos ha hecho un poco tarde, vayan a descansar ¡Y tengan cuidado cuando vayan a casa!
– ¡Sí! – respondieron al mismo tiempo los estudiantes miembros del equipo de investigación médica de la Toudai.
– Amy, Natsumi – intervino Ryuma, que se acercó a ambas chicas – ¿Las llevo? – las aludidas se miraron mutuamente y asintieron, agradecidas – Entonces, vámonos.
– Buenas noches, Dra. Hoshida – se despidieron los tres jóvenes.
– Amy… - la llamó la rubia. La peliazul se volteó – Leí tu ensayo acerca de los Tumores Cerebrales y déjame decirte que quedé muy impresionada – la chica se sonrojó – Serás un gran médico.
– Se lo agradezco – dijo Amy, haciendo una reverencia antes de marcharse.
Cuando ya todos los estudiantes se habían marchado, Megumi se dedicó a ordenar los informes de las muestras químicas que los muchachos habían tomado. Apenas había sido el tercer día de trabajo de los novatos del equipo de investigación, pero ella estaba sorprendida con su progreso, pues sus chicos eran verdaderamente talentosos, especialmente Amy Mizuno y Ryuma Hiko, los mejores estudiantes de la Facultad de Medicina. Con razón habían obtenido el primer y segundo lugar, respectivamente, en el examen de admisión. Amy, eres una digna Hija de Mercurio, con razón eres hija de la gran Neit y el gran Nereo. No puedo esperar a que recuperes tus memorias.
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Con Amy
Ya en el auto de Ryuma, un Audi, de color azul oscuro, Amy se sentó en el asiento del acompañante, ya que Natsumi no quiso sentarse al lado del chico. Amy sabía que Natsumi había empezado a tener sentimientos hacia Ryuma, pero a su amiga aún la cohibía, en ocasiones, estar cerca de él.
– Chicos ¿han visto los anuncios que han colocado por toda la facultad? – preguntó Natsumi, tratando de romper el hielo.
– ¿Te refieres a los de Baile de Bienvenida? – interrogó Ryuma, mirando a la rubia por el espejo retrovisor.
– ¡Esos mismos! Qué emoción – dijo la rubia – He escuchado que las fiestas aquí son increíbles. Genial ¿no, Amy?
– Pues, no lo sé – respondió la peliazul – No me gustan mucho ese tipo de actividades.
– Opino lo mismo, pero – intervino el chico – es nuestro primer año en la universidad, creo que deberíamos disfrutar de las actividades extracurriculares ¿verdad, Natsu? – la rubia se sonrojó, al escuchar la forma en que el chico la había llamado.
– S-S-Sí… es cierto.
– Escuché que el tema de este año es "Black N' White" – dijo Ryuma.
– Pero aún faltan tres semanas para el baile ¿no? – cuestionó Amy.
– Así es. Sólo espero que sea tiempo suficiente para conseguir el vestido, pensar en el peinado, el maquillaje… – enumeraba Natsumi, con rostro ilusionado – Ah y lo más importante ¡una pareja!
– ¿Pareja? – preguntaron Amy y Ryuma al mismo tiempo, mirándose mutuamente para luego mirar a la rubia.
– ¡Pues claro! Es algo normal, ya verán que pronto veremos a muchos chicos pedirle a las chicas ser su pareja para el baile – Natsumi se acercó al asiento de su amiga – Oye Amy ¿ya has pensado con quién te gustaría ir? – la imagen de cierto muchacho de largo cabello castaño y ojos violetas llegó a su mente, haciéndola sonrojar.
– P-Pues… en realidad no sé si voy a ir al baile…
– ¡No seas así, Amy! ¿Acaso vas a abandonarme? – reprochó la rubia, con ojos llorosos. Ryuma permanecía en silencio, mirando de reojo a Amy, con las mejillas levemente sonrojadas – Oh, estamos en mi casa – el castaño estacionó su vehículo enfrente de una casa de dos pisos, de paredes blancas – ¡Gracias por traerme, Ryuma!
– De nada – respondió el muchacho, con una sonrisa. Ryuma puso el auto en marcha de nuevo y en unos minutos estaba enfrente de la casa de Amy.
– Muchas gracias por traerme, Ryuma – la peliazul abrió la puerta, pero antes de cerrarla, escuchó la voz del chico.
– Oye Amy, estaba pensando que tal vez… – ella lo miraba fijamente, poniéndolo más nervioso e impidiéndole continuar – Tal vez tú… bueno – el celular de Amy comenzó a sonar.
– Oh discúlpame un momento, por favor – se excusó ella – ¿Hola? ¡Mamá! ¿Qué tal? Espera un momento – volteó hacia Ryuma – ¿Qué querías decirme?
– Descuida, será después. Buenas noches, Amy.
– Buenas noches, Ryuma. Y, de nuevo, muchas gracias – el chico le sonrió antes de encender el motor y marcharse.
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*Kinmoku*
Finalmente, después de dos años, que parecieron eternos, Kinmoku había recuperado su antiguo esplendor. Sus ciudadanos vivían nuevamente en paz, ansiosos por el regreso de su soberana. Su planeta había sido reconstruido, gracias a la valentía de las Sailor Scouts guardianas de la Tierra y, por supuesto, gracias a tres estrellas fugaces, que pronto volverían a brillar nuevamente.
El Palacio Real de Kinmoku era una imponente estructura de estilo barroco, con elaboradas paredes blancas, con decorados de oro. Estaba rodeado por hermosos jardines, donde abundaban unas flores, similares a las rosas de la Tierra, de diversos colores. En el interior del palacio, los trabajadores iban y venían de un lado a otro, preparando lo que sería el acontecimiento más importante en mucho tiempo, la coronación de la Princesa Kakyuu. Luego de que ella partiera a la Tierra, había dejado encargado de regir el reino a su hombre de confianza, Caronte*; un anciano noble y leal, que había estado al servicio de la Familia Real de Kinmoku, desde la época de la Reina Kasumi, abuela de Kakyuu.
-Disculpe, Señor Caronte – el anciano se encontraba supervisando la elaboración de la lista de invitados que asistirían a la coronación de Kakyuu, en su despacho; cuando una mujer de cabello negro, sujeto en una cola alta, de ojos azules, que llevaba un vestido rojo oscuro, con un delantal blanco sobre él, apareció. El anciano de blanco y largo cabello, sujeto en una trenza, levantó la vista y miró a la recién llegada con sus ambarinos ojos.
– ¿Qué deseas, Citera? – ella era el ama de llaves principal del palacio.
– Tenemos un visitante, señor – el anciano la miró, extrañado.
– ¿Un visitante? Qué extraño, no recibimos aviso alguno de ningún planeta – dijo Caronte – ¿De quién se trata?
– Según los guardianes, es el Señor de Varuna, Heracles – respondió Citera.
– ¿Heracles de Varuna? De acuerdo, llévalo al Salón Carmesí, por favor. Yo iré enseguida.
– Como diga, señor – la mujer se marchó, mientras el anciano meditaba la misteriosa visita de Heracles de Varuna. Era cierto, que, hasta hacía un año, la existencia de un reino en un planeta oscuro y alejado como Varuna era desconocida, pero, de pronto había aparecido ese hombre, Heracles, para devolverle la luz a Varuna.
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Salón Carmesí
Heracles esperaba en una habitación amplia, de paredes blancas, decoradas con pinturas. Los pisos eran de mármol rojizo y los muebles eran de madera recubierta de oro, con tapices beige. En medio de dos cómodos sofás había una pequeña mesa, sobre la cual reposaban una tetera de negra, a juego con dos tazas. Para esa ocasión, Heracles sujetó su largo cabello en una coleta baja y vistió un impecable traje beige. El hombre miraba a su alrededor, cuando las puertas de la habitación de abrieron.
– Buenas tardes. Mi nombre es Caronte, consejero de la Familia Real – el anciano hizo una reverencia y se sentó enfrente del hombre. Heracles se puso de pie.
– Un placer conocerlo, Señor Caronte – dijo el peliplateado – Como le habrán dicho, vengo desde Varuna, mi nombre es Heracles – el hombre se puso de pie e hizo una reverencia – Espero que mi visita no sea inoportuna.
– Permítame preguntarle, Excelencia ¿cuál es el motivo de su visita?
– Verá, he venido a visitar a su Alteza Kakyuu – respondió el peliplateado – Me han hablado maravillas de ella, de su sabiduría, su bondad y, por supuesto, de su belleza – el rostro de Caronte permaneció serio.
– Lamento informarle que la Princesa no está en Kinmoku, ella partió en un viaje a la Tierra y volverá hasta unos días antes de la coronación.
– Entiendo – dijo Heracles – Es una lástima, tenía muchos deseos de charlar con ella. He escuchado que es una gran diplomática.
– Por favor, pruebe el té de Kinmoku, Excelencia – el hombre sonrió agradecido y bebió un sorbo de su té.
– Es delicioso. Parece que tendré que volver luego, cuando la Princesa esté de regreso.
– Lamento que su viaje haya sido en vano – dijo Caronte, sirviendo un poco más de té en las tazas – Si gusta puede quedarse en el palacio. Le proporcionaré un guía para que recorra el planeta, estoy seguro que le gustará.
– Se lo agradezco mucho, Señor Caronte – respondió Heracles, complacido – Sin embargo, sólo podré quedarme esta noche, tengo que volver a Varuna a primera hora mañana.
– Siéntase a gusto esta noche, Excelencia.
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Varuna: es en realidad un candidato a convertirse en planeta enano, fue descubierto el 28 de noviembre de 2000. Su nombre se eligió recordando al dios de las aguas, de la mitología hindú.
Caronte: en la mitología griega, barquera del Hades, que guía las almas de los difuntos por el río Aqueronte.
Citera: una isla griega, de las Jónicas. Además es una de las denominaciones usadas para nombrar a la diosa Afrodita.
Deimos: uno de los satélites de Marte. Y, según la mitología griega, personificación del terror.
Fobos: satélite de Marte. En mitología griega, hermano de Deimos, personificación del pánico.
Ceres: en la mitología romana, diosa de la agricultura, cosechas y fecundidad.
Cratos: en mitología griega, personificación masculina de la fuerza y el poder.
Heracles: héroe de la mitología griega, también conocido como Hércules.
Alceo: abuelo de Heracles. Su nombre evoca la idea de fuerza.
