Créditos: Ni la historia, ni los personajes me pertenecen, la primera es de Anne Mallory y los personajes principales de S. M. Yo solo dejo de hacer tarea.
Hola señoritas, buena noche, les dejo el nuevo capi, nos leemos pronto.
Gracias por darse tiempo a kien deja un comentario, nos agrega a favoritos o nos sigue con alerta, si les gusto un comentario no está de más, y ni no les gusto, también.
Pd. Felicidades a todas las mamas y mami te amo.
Arizona I.
Fiestas y trueques.
—Puedes tocarme, Isabella —le susurró él—. Claro que, si lo haces, será justo que yo también te toque.
Isabella se echó hacia atrás sin romper el contacto de sus labios, pero separando todos los lugares de sus cuerpos que se tocaban por debajo del cuello. Sintió cómo Cullen volvía a reírse, luego la mano que mantenía en su nuca la hizo acercarse aún más a él y con la otra mano la rodeó por la cintura, haciendo que se ruborizara violentamente, pues su movimiento había conseguido que sus cuerpos estuvieran completamente unidos. Su boca saqueó la suya y los besos se transformaron de lánguidos y exploratorios a dominantes e intensos.
Isabella levantó las manos para aferrarse a las mangas de su chaqueta cuando él le abrió los labios con más contundencia. Su cuerpo se inclinaba hacia él pidiendo más. Cullen deslizó la lengua entre sus dientes y el aturdimiento inicial quedó anulado por la conmoción de sentir su rígida erección contra su vientre. Su lengua jugaba con la suya y sus dedos acariciaban su nuca, urgiéndola a responderle de la misma manera. La lengua de Isabella, vacilante, inició un tímido baile con la de él. Fue una sensación extraña, y empezó a tener calor y a sentirse mareada. El roce de sus cuerpos le provocaba sensaciones en lugares que habían permanecido dormidos hasta entonces.
Debía alejarse de él de inmediato.
En lugar de eso, continuó aferrándose con fuerza, con sus dedos arrugándole las mangas de lino.
¿Besaban todos los hombres de ese modo? De repente, entendió cómo era posible que las mujeres perdieran su virginidad y se quedaran embarazadas antes del matrimonio. Los besos mecánicos no llevaban a ese estado. Pero los besos de Cullen podrían conseguir cualquier cosa.
Intentando recuperar el control, se echó hacia atrás, respirando con dificultad. Cullen sonrió y deslizó la mano que apoyaba en su nuca hasta su garganta, dejando un ardiente reguero a su paso. Apretó la mano contra su pecho, sobre la piel expuesta por encima del corpiño, que estaba demasiado caliente. Sus ojos buscaron los de ella y reflejaron satisfacción antes de dejar caer el brazo a un costado.
—Ahora ya estamos listos para marcharnos. —Giró sobre los talones y ella lo siguió hasta la calle, todavía mareada y descompuesta.
El carruaje se detuvo frente una fastuosa casa en Hanover Square.
Una ingente cantidad de invitados se dirigían a la puerta y la luz brillaba a través de las ventanas.
Esa vez, Edward la ayudó a descender del carruaje e hizo que apoyara la mano sobre su brazo. Isabella sabía, por los acontecimientos anteriores, que la sedosa textura de su chaqueta era cara y de primera calidad, y se alegró de llevar guantes que hicieran de barrera entre ellos. Esa noche no necesitaba ningún estímulo más.
Un hombre vestido de negro, de un modo similar al de Cullen, se aproximó a ellos cuando cruzaron la puerta.
—Acabo de hablar con tu hermano y me ha dicho que traías a una encantadora invitada.
Cullen sonrió, de forma que sus pómulos empujaron suavemente la máscara.
—Buenas noches, Hale. Permíteme que te presente a mi pareja esta noche, la señorita Rose. Jasper Hale.
Unos ojos azules se desviaron especulativamente hacia ella.
—Encantado, señorita Rose. Hace mucho que Edward no venía acompañado a una de mis humildes reuniones.
Isabella no supo qué responder a eso, así que simplemente se hizo eco de su saludo. Había tenido breves encuentros con su anfitrión, Jasper Hale, en el pasado, pero no sabía mucho sobre él.
—Necesito hablar contigo más tarde —dijo Cullen.
Hale inclinó la cabeza.
—Podré escabullirme alrededor de las once. ¿Te va bien?
—Sí, gracias.
—No hay de qué. Disfrutad de la velada, Edward , señorita Rose. Hasta las once.
Hale se alejó para saludar a más invitados y Cullen la guió hacia el interior.
La fiesta estaba ya muy animada. La gente bailaba y charlaba. Había una atmósfera más relajada que la de una estricta reunión de la alta sociedad, aunque vio a más de una persona conocida que podría identificarla.
La mano de Cullen recorrió su espalda.
—No pienses en ellos. No te reconocerán.
Isabella sintió cómo los tensos músculos de su espalda se relajaban. Sabía que era cierto.
Ni siquiera ella se había reconocido a sí misma ante el espejo.
—Nunca le he visto en una fiesta, aunque parece bastante cómodo aquí. ¿Baila?
Cullen le dirigió una inquietante sonrisa y le tendió la mano.
—Sí.
La llevó hasta la pista de baile, directamente al centro de un grupo ya formado. Resultaba desconsiderado, pero Cullen, de algún modo, parecía estar por encima de la censura.
Y lo estaba. Había tres tipos de hombres en la alta sociedad. Los que se veían obligados a bailar, los que parecían disfrutar y siempre estaban disponibles para bailar, y los que hacían de ello una forma de arte. Edward Cullen pertenecía definitivamente al último grupo.
Era como bailar en el aire. Cada movimiento y cada giro eran ejecutados con precisión y estilo. Nunca había tenido una pareja que pudiera moverse así. Nunca la habían hecho girar, la habían guiado y la habían hecho lucirse en la pista de ese modo.
Nunca había conocido a un hombre como Edward Cullen.
¿Le faltaba algo? Aparte de algunas de sus habilidades personales, por supuesto, era más bien un hombre malhumorado la mayor parte del tiempo. Aunque lo cierto era que su actitud hacia ella se había suavizado ligeramente, sin contar con las pullas que le lanzaba de vez en cuando. Sin embargo, el afecto que mostraba por su hermano y la gente con la que trabajaba contaban una historia totalmente diferente de él.
Incluso estaba obligada a reconocer, a pesar de su inicial animadversión, que siempre que ella se había encontrado en una situación en la que alguien podría hacerle daño, ya fuera su hermano, los otros prisioneros o los abogados, había actuado con firmeza.
Si te encontrabas dentro del círculo de Edward Cullen, estabas claramente bajo su protección.
Él sonrió cuando la hizo lucirse en un giro. Isabella sabía que, en ese momento, parecía una bailarina excepcional, pero lo cierto era que, aunque era aceptablemente buena, todo el mérito pertenecía a Cullen.
Él volvió a atraerla hacia sí y la joven pudo ver un extraño brillo en sus ojos verdes a pesar de la máscara. Había visto esa misma expresión horas antes, cuando había estado a punto de besarla. Una oleada de calor la atravesó, pero Cullen se limitó a hacerla girar de nuevo.
—No ha respondido a mi pregunta —consiguió decir la joven.
— ¿Qué pregunta? —Su cuerpo rozó el de Isabella.
— ¿Asiste a estas fiestas a menudo?
—No. —Hizo un paso complicado—. Sólo a los bailes de máscaras de Hale.
A veces creo que los organiza tan a menudo porque sabe que asistiré a ellos.
— ¿Son buenos amigos? Creía que detestaba a cualquiera que perteneciera a la alta sociedad.
Isabella sintió cómo sus músculos se tensaban.
—Hale y yo somos amigos desde hace mucho tiempo. Y no detesto a todo aquel que pertenece a las clases altas.
—Si usted lo dice.
Cullen la hizo girar e Isabella se quedó sin respiración. Sus pies apenas tocaban suelo mientras bailaba con él.
—Sí, lo digo.
— ¿Dónde aprendió a bailar así?
—En los muelles.
Isabella intentó mirarle por encima del hombro al tiempo que se agarraba a él. Tenía la sensación de que el calor que podía sentir en sus mejillas y la emoción de bailar se reflejaban en su rostro e invalidaban cualquier mirada furiosa que deseara lanzarle.
—Me enseñó mi madre, si se empeña en saberlo.
— ¿Bailaba así con su madre?
—No. En un momento de mi vida, fue necesario que asistiera a clases de baile. Fue fácil aplicar lo que ya había aprendido antes.
— ¿Clases de baile? ¿Dónde?
Cullen la atrajo de nuevo hacia sí mientras giraban y sus ojos verdes se tornaron ardientes al tiempo que bajaba la cabeza. Isabella se quedó sin respiración y tuvo la estúpida idea de que eso de besarse verdaderamente requería un poco de práctica en ese preciso instante.
La música cesó y Cullen apartó la mano de su cintura para escoltarla fuera de la pista antes de que ella supiera qué estaba sucediendo.
Isabella captó las miradas de admiración que les dirigían. Más de una mujer observaba a Cullen con ojos avariciosos. Tenía la sensación de que la mayor parte de las personas que estaban allí sabían quién era él. Aparte de lucir el atuendo típico para un baile de máscaras, esa noche no había intentado disfrazarse. E incluso si lo hubiera intentado, tras el último giro especular en la pista de baile, su identidad habría sido más que evidente para aquellos que le conocieran.
Se detuvieron junto a la zona donde se servían refrigerios.
—Cullen —ronroneó una voz. Su dueña, una mujer que lucía un vestido a la moda de color azul pavo real, se movió sigilosamente hasta llegar a su lado—. No le veía desde hacía cuatro semanas. ¿Ha estado eludiéndonos?
—He estado ocupado, señora Dalworth. ¿Cómo está su esposo?
—Ausente, como de costumbre —respondió la mujer haciendo un gesto con la mano.
—Entiendo. Señora Dalworth, le presento a la señorita Rose.
La mujer apenas le dedicó una mirada y una sonrisa.
—Encantadora. Deseaba invitar a las damas a tomar el té. Estamos interesadas en financiar su fundación. Por supuesto, mañana se enviará también una nota formal, pero deseaba informarle en persona. Pasé por su casa esta mañana y su mayordomo me comentó que estaba fuera.
—Excelente. Le responderé con presteza. Qué amable por su parte. —Cullen le sonrió de un modo encantador y la señora Dalworth se regodeó.
Isabella se preguntó por qué no veía la dura luz que brillaba en la parte posterior de los ojos de Cullen, tras su encantadora sonrisa.
Aquella mujer parecía captar sólo su dulce engaño, aunque quizá sólo veía lo que deseaba ver.
O lo que él deseaba que viera. Cullen manipulaba a las mujeres con la misma facilidad con la que daba un diestro giro en la pista de baile. Debía recordar eso.
—Le veré pronto, entonces. Espero que disfrute de la velada. He descubierto que la paciencia nunca me decepciona. —Su voz sonó con un tono cantarín al final, al tiempo que se alejaba pavoneándose.
La mujer ni siquiera intentaba resultar ambigua. Tenía una elegante figura e Isabella sabía que los rasgos bajo la máscara también eran bonitos. Pero no tenía nada que hacer con Cullen.
¿Es que no se daba cuenta?
—No, nunca. Lo fascinante es cómo tú sí.
Isabella alzó la mirada para descubrir a Cullen observándola con ojos calculadores.
Entonces se percató con una creciente sensación de horror de que había estado pensando en voz alta.
—Sus ojos —le respondió Isabella.
Cullen borró toda expresión de ellos, erigiendo un muro protector, e Isabella se maldijo a sí misma. Había empezado a ser capaz de interpretarle y le había cedido toda la ventaja.
El muro cayó tan rápidamente como había sido alzado y la joven pudo ver diversión en ellos, incluso interés.
—Mmm. Estoy interesado en descubrir si continúas acertando. La mayoría ven lo que desean ver.
Isabella no comentó el importante papel que él jugaba en esa ecuación, que realmente era él quien conseguía que todos vieran lo que querían. La joven no se creía tan diferente de la mayoría. A ella también le gustaba ver lo que deseaba. Pero los tiempos desesperados requerían sensatez y atención, y los últimos años le habían hecho observar todo con más detenimiento.
— ¿Me está proponiendo un juego?
—Un reto. Vamos, Isabella, acepta mi reto. —Su voz era ronca y grave, sensual y misteriosa. Aunque vio la verdad en sus ojos, que se mantenían vigilantes y atentos.
—Acepto.
El placer y un interés acrecentado se unieron a aquellos ojos vigilantes.
—Bien, pero debes recordar que se pueden descubrir cosas sorprendentes de uno mismo cuando se hace frente a un reto. Todo depende del modo en que se vea.
Su fuerte mano se deslizó por la espalda femenina, descendiendo hasta acariciar su cintura.
—Espero que sucumbas al deseo que descubrí en ti antes. — Cullen la hizo volverse y la atrajo hacia sí. Isabella se estremeció al sentir que sus nalgas eran acunadas por las potentes caderas masculinas.
Habían atraído cierta atención. La joven intentó serenarse repitiéndose que nadie conocía su verdadera identidad. Sólo era una mujer que estaba acompañada por un hombre demasiado atractivo.
—Quiero ver a mi hermano libre. Así es cómo lo veo yo.
Cullen le rozó la parte posterior de la oreja con los labios e Isabella se olvidó de respirar.
—Si tenemos suerte esta noche, Hale hallará la manera de posponer el juicio. Dime, ¿qué harás durante las semanas que probablemente pasemos investigando?
Isabella se alejó un paso de él y se dio la vuelta para mirarlo cara a cara, con una furiosa réplica en los labios. La sonrisa de Cullen era perezosa y desenfadada, pero sus ojos seguían evaluándola, atentos a cualquiera de sus movimientos. Maldición. Aquel hombre iba a ser un constante dolor de cabeza.
—Me está poniendo a prueba.
Él ladeó la cabeza sin dejar de observarla en ningún momento.
—Quizá.
—Bien, déjelo. Soy perfectamente capaz de llevar a cabo mis cometidos, ya se lo he dicho.
Cullen se inclinó hacia ella hasta que su rostro quedó a la altura del suyo.
—Todavía no se te ha puesto verdaderamente a prueba, Isabella. Puede que creas que me estaba divirtiendo con lo de los besos antes, pero tendrás que hacer uso de tu disfraz cuando nos vayamos esta noche a la taberna.
Tu hermano depende de ello. Isabella alzó la barbilla.
—Haré lo que sea necesario.
Cullen esbozó una desenfadada sonrisa de nuevo, que aquella vez llegó a sus ojos.
—Perfecto.
A las once se escabulleron de la fiesta e Isabella siguió a Cullen hasta un elegante estudio.
Enormes librerías cubrían las paredes de la estancia, que estaba decorada con un estilo rígido y formal. Espartano, incluso. Todo lo contrario al desordenado escritorio de Cullen.
Hale se encontraba de pie en un rincón, sirviendo tres copas de cristal con un decantador.
—La señorita Swan, supongo.
Isabella se sobresaltó. Hale se comportaba del mismo modo que Cullen. Ni siquiera la miró, aunque mantenía los hombros tensos en previsión de que su suposición no fuera correcta.
— ¿Cómo lo ha sabido? —Isabella miró a Cullen. Él asintió con la cabeza respondiendo a su pregunta no formulada.
A pesar de su disfraz, un sorprendente número de personas parecía conocerla e identificarla tras sólo unos pocos comentarios. Anthony, Emmet, y ahora Hale.
—Me lo dijo Edward. —Sujetó las copas manteniéndolas en equilibrio y las dejó sobre el escritorio, antes de señalarles con una mano las dos butacas que había al otro lado.
—Por favor.
Cullen se puso cómodo y se quitó la máscara, como Hale ya había hecho. Isabella se sentó en el borde de la butaca y se dejó puesta la suya.
— ¿Qué necesitáis en concreto? —preguntó Hale.
Cullen cogió una copa y se recostó en su asiento.
—Tiempo. Un modo de aplazar el juicio.
Hale asintió y se recostó también en su sillón, uniendo las puntas de los dedos frente a él.
—Necesitarás que alguien del Parlamento haga presión. Sería mejor que la petición del aplazamiento viniera de la cámara de los Lores, pero bastará con alguien con poder dentro de la cámara de los Comunes.
Cullen sacudió la cabeza.
—Hay personas con poder en ambas instituciones que me deben un par de favores. Puedo exigir el pago de uno, pero sería desproporcionado respecto a lo que ellos me pidieron. Y no pienso quedar en deuda con nadie.
Hale sonrió.
—Siempre deseando tener el control, sin querer nunca ser el que deba algo. Nada cambia.
Tengo un favor pendiente que cobrarme del jefe del Ministerio del Interior, Casenton. ¿Lo quieres?
Cullen asintió y se relajó un poco más en su butaca, haciendo girar el oporto.
—Eso sería perfecto. ¿Es bastante recompensa por el favor pendiente?
—Sí. Y me preguntaba si alguna vez haría uso de él. No trata con los caballos que a mí me gustan, y un favor de su parte está mucho más cerca de tu área que de la mía. Sinceramente, me alegrará deshacerme del vínculo que me une a él. Lo oculta muy bien, pero los acreedores no hacen más que llamar a su puerta. Estará más que dispuesto a saldar una deuda sin tener que extender un cheque.
—Supongo que querrás el favor de Newmarket.
Hale tamborileó los dedos.
—Ya sabes que sí.
—Excelente. De todos modos, iba a regalártelo en las próximas fiestas. Ya sabes que no me gustan las carreras.
—Eres un bastardo.
—Sí. Y me encanta. —Cullen le dirigió una astuta sonrisa, que Hale le devolvió. Isabella se sentía como si estuviera en otro país y no hablara el mismo idioma.
— ¿Me informarás de lo que Casenton diga?
—Por supuesto.
—Necesitarás usar todos tus trucos y estratagemas legales para esto.
—Lo sé. —Hale lanzó una especulativa mirada a Isabella—. Resultará divertido.
Ella no lo veía así y debió de reflejarlo en su rostro.
—No pretendía ofenderla a usted ni a su hermano, señorita Swan. Me refiero al juego de manipular la ley y a las autoridades hasta que Edward pueda hacer que absuelvan a su hermano. —Ladeó la cabeza—. Mi amigo siempre cumple con las misiones que se le presentan. No desespere.
Miró a uno y otro.
— ¿Desde cuándo se conocen ustedes? —Hale formaba parte de la alta sociedad y aunque Cullen parecía capaz de defenderse solo, no había nacido en ella, eso era evidente.
Parecía probable que se hubieran conocido a través de los negocios, independientemente de la desenfadada amistad que hubiera entre ellos.
—Oh, nos conocemos desde hace... ¿Cuánto? ¿Veinte años?
Cullen asintió a su derecha, pero Isabella no miró en su dirección. Hale parecía divertido, y ella no podía comprender por qué.
—Todo un misterio, ¿verdad, señorita Swan? Dejaré que lo descifre sola.
La joven miró finalmente hacia su derecha. Cullen parecía igual de divertido, pero podía percibir una cierta tensión en él.
Los ojos de Hale cambiaron y Cullen se tensó aún más. Isabella se moría de ganas por saber qué había tras esa mirada.
— ¿Te he contado alguna vez que supliqué a lord Dentry que te permitiera estudiar en Eton?
Cullen resopló.
—Estoy seguro de que fue una escena que te gustaría recrear.
—No, no me gustaría.
Cullen miró hacia el reloj de pie que había en una de las paredes, con una tensión cada vez más evidente.
—Ya te hemos entretenido demasiado tiempo. —Se levantó y empezó a atarse la máscara—. Infórmame sobre Casenton. Estamos alojados donde siempre.
Hale se levantó también sosteniendo la máscara descuidadamente entre los dedos y rodeó el escritorio. Inclinó la cabeza hacia Isabella y estrechó la mano a Cullen.
—Lo haré. Quizá me pase por allí esta semana. Reconozco que Emmet me ha contagiado su entusiasmo por el caso. Primero enviaré una nota. Espero que haya algo más que yo pueda hacer.
Su amigo asintió y condujo a Isabella a la puerta, dejando a Hale allí.
Una vez fuera, Cullen deslizó la mano alrededor de la cintura de la joven mientras atravesaban el vestíbulo, pasando de largo el salón de baile y dirigiéndose directamente a la salida.
—Y ahora, pequeña, es hora de que representes tu papel en las tabernas.
Esta historia continuará…
Están mejor los capis mas cortos? ? ? ? ?
