CAPÍTULO 10: Romperé tu corazón

Había pasado las últimas tres semanas de exámenes. Sus primeros exámenes del año. Por el día estaba trabajando o estudiando en sus horas libres. Por la noche, repasaba todo lo que había estudiado y, la mayoría de las noches, estaba tan cansada que no podía ni hacer el amor con Inuyasha. Él, por supuesto, se mostraba desilusionado, pero nunca la presionaba y era muy comprensivo con ella. Se limitaba a acostarse junto a ella y a abrazarla con el duro bulto de su entrepierna apretado contra su trasero. Recordándole que si en cualquier momento ella cambiaba de opinión, estaría bien disponible.

Las cosas con Inuyasha iban mejor que nunca. Él ya no realizaba sus reuniones con el comité de empresa en su despacho sino que iba a la ciudad, a su despacho en el edificio Taisho. Aunque él nunca lo dijo en voz alta, sabía que lo hacía por ella. Inuyasha era consciente de que entre Naraku y ella había ocurrido algo. No sabía exactamente qué y no había intentado averiguarlo. Simplemente, se había ocupado de poner distancia entre ellos. Tan protector y tan dulce como siempre. Todo era perfecto excepto una cosa. Inuyasha se volvía muy huraño por las noches.

Un día no podía dormir y se levantó para ir a tomarse un vaso de leche caliente. Él estaba despierto en ese momento; se despertaba con el aleteo de una mosca en el jardín. Sin embargo, no quiso acompañarla y puso toda clase de ridículas excusas. Cuando ella volvió y encendió la luz para ver el camino hasta la cama, él estaba escondido entre las sábanas y le pedía que apagara rápidamente. Siempre cerraba las cortinas de su cama de dosel para dejarlo todo muy oscuro. O le gustaba mucho la oscuridad, o tenía algo que ocultar. Ni siquiera permitía que acariciara su cabello y por el día casi le suplicaba que lo hiciese. Era como si tuviera una doble personalidad que cambiaba a media noche.

Su hermano, por otra parte, parecía estar haciéndose muy amigo de Inuyasha y eso que al principio lo odiaba a muerte. Acudía un día a la semana a la mansión a verlos y pasaba largas horas en el despacho de Inuyasha, recibiendo clases de economía. Nunca hubiera imaginado que su hermano estuviera tan interesado en la economía. Lo que sí que tenía claro, era que debía empezar a ahorrar para pagarle la universidad a Souta. No pensaba permitir que lo hiciera Inuyasha cuando ésa era su labor. Ella terminaría sus estudios antes que él y no pensaba hacer esperar a su hermano. Años atrás, cuando se escapó de casa, perdió su oportunidad de ir la primera. Ahora, era ella la que debía esperar a que Souta terminara con lo suyo.

Kouga le hablaba de vez en cuando, el rencor hacia ella había ido disminuyendo. No obstante, las cosas ya no eran como antes. Se había perdido esa confianza que había entre ellos dos y había sido sustituida por conversaciones cortas y sin sentido, silencios incómodos y miradas dolidas. Por lo menos le hablaba― quería pensar ella― y era un gran avance después de su discusión. Por supuesto, él tenía razones de sobra para no querer hablarle.

― Querida, te has dejado una mancha justo aquí.

Esa mujer no tenía otro propósito en la vida que no fuera intentar humillarla e insultarla de todas las formas posibles. Ahora bien, gracias al regalo de Inuyasha, ya no tenía nada que envidiar de su ropa. Le dirigió una falsa sonrisa y limpió la mancha de la barandilla que evidentemente había hecho ella.

― Debes tener cuidado. Limpiar es lo único que sabes hacer, querida. Si empiezas a hacerlo mal. no sé qué será de tu vida.

― ¿Por qué no te metes en tus asuntos Kagura? ― le advirtió.

― No seas tan antipática, Kagome. ― le dio un golpecito en la nariz con su dedo índice ― Sólo me preocupo por tu futuro. Si algún día rompéis Inuyasha y tú… cosa que ocurrirá muy pronto… ― añadió en voz más baja pero bien audible ― tú ya no pintarás nada aquí.

¡Maldita bruja! Desde el primer día que puso un pie en esa casa lo único que quiso fue el dinero de Inuyasha. Ella era la única aprovechada allí, la única egoísta y la única que tenía que preocuparse por su trabajo si lo enfadaba. Odiaba tanto todo lo que esa mujer representaba. Y odiaba tanto que su veneno surtiera efecto en ella y se preguntara qué ocurriría si ella e Inuyasha, algún día…

Inuyasha decidió llegar en ese instante para interrumpir sus pensamientos. Abrió la puerta principal con toda la normalidad de la que dispuso y volvió a cerrarla a su espalda. Las saludó a ambas con una sonrisa y antes de que terminara de quitarse el abrigo, ella se lanzó a sus brazos. Él rió encantado y a la vez fascinado por su caluroso recibimiento y ella pudo volver a respirar en paz al sentir aquella familiar calidez. No, no ocurriría nunca. Inuyasha y ella seguirían juntos.

― ¡Qué encantador reencuentro entre la parejita del año! ― se escuchó a su espalda.

― Kagura, ― Inuyasha habló calmada y sosegadamente ― tienes mucho trabajo, ¿recuerdas? Quiero lo que te encargué para esta tarde.

- ¿Esta tarde?

Kagura ya no parecía tan confiada y molesta como minutos antes. De repente, se instauró en su rostro una expresión de preocupación y nerviosismo.

― Es mucho trabajo, es imposible… ― se atragantaba con sus propias palabras mientras hablaba ― Igual para mañana por la tarde…

― No, Kagura. ― le dio un ultimátum ― Para esta tarde, así que será mejor que prescindas de tus tazas de té, tu sesión de yoga y de Pilates y tu manicura por un día.

― Pe-Pero…

― ¿No deberías haber empezado ya?

Kagura se tragó lo que fuera que iba a decir y salió corriendo de una forma realmente graciosa con sus tacones de doce centímetros. Ella no pudo evitar sacarle la lengua aunque no pudiera verlo puesto que estaba de espaldas. A su parte más malvada le encantaba ver a Inuyasha ponerla en su sitio.

― ¿Qué tal tu reunión de hoy?

― Tan pesados e insistentes como siempre. Pero la empresa no va a detenerse por ellos y la seguiré llevando hacia delante.

― ¡Así se habla, Inuyasha!

Él se inclinó en ese momento y acalló cualquier otra palabra de ánimo con un profundo y apasionado beso. Lento, suave y a la vez intenso y excitante. Para cuando el beso finalizó, ella ya no recordaba ni de que estaban hablando minutos antes.

― ¿Qué tal las notas?

¡Las notas! Era verdad. Las notas ya debían haber salido. Si había suspendido, no sabía si tendría ánimo suficiente para continuar con sus estudios. Se había esforzado tanto, no podía hacer más de lo que había hecho. Estaba muy asustada.

― Esperaba que me acompañarás… y-yo… yo no me atrevo a mirarlo sola…

Inuyasha, sin decir una sola palabra, agarró su mano y tiró de ella, arrastrándola hacia la biblioteca. Entraron juntos en el recinto vacío y se dirigieron hacia uno de los ordenadores. Inuyasha lo encendió, buscó él mismo la página web de su instituto a distancia y deslizó el teclado hacia ella para que se conectara con su usuario de estudiante. Kagome estaba tan nerviosa que escribió mal su contraseña dos veces hasta acertar con la que era. Cuando apareció su bandeja de entrada, una pestaña más, titulada "Resultados", se había añadido al panel. Como ella no se atrevía a cliquear en ella, tuvo que hacerlo Inuyasha.

Como una tonta cerró los ojos para no ver los resultados, y esperó en silencio a que Inuyasha le dijera algo, ya fuera bueno o malo. Él se quedó en silencio, pero agarró sus manos y las calentó con las suyas mientras la animaba silenciosamente a mirar. Ella tragó hondo y abrió primero un ojo y después otro, asombrada. ¡Había aprobado todo! Y lo mejor no era eso. ¡Incluso tenía buenas notas! Cuatro sobresalientes y el resto todo notables. No podía salir de su asombro mientras recorría todas las notas una por una, sin creerlo del todo. Era como un sueño.

― No estás soñando ― le aseguró Inuyasha.

― ¡He aprobado todo! ― gritó entusiasmada.

― Te dije que lo harías.

Aún faltaban dos semestres, todavía no podía cantar victoria. Aún así, era un gran avance. Acababa de quitarse segundo de secundaria de encima. Aquel terrible año en el que cometió todos los errores que podría haber cometido en toda una vida.

― Para celebrarlo, ¿vendrías esta noche a una cena de gala conmigo?

¿Cena de gala? Se olvidó de sus notas y se volvió hacia él sin entender muy bien de qué estaba hablando. ¿Qué era eso de una cena de gala?

― ¿Qué…?

Él le sonrió y le dio un beso en la mejilla.

― Una fiesta de mi empresa. Los hombres van de esmoquin, las mujeres visten largos vestidos de gala, la prensa espera fuera, sacando fotos y todo eso. ― le restó importancia con un gesto de muñeca ― Habrá buena comida, baile, vendrá a cantar un grupo de música…

― Yo… no sé si mi presencia será adecuada allí…

― ¡No digas tonterías! ― se rió ― Eres mi pareja, eso es lo único que importa.

― Pero yo nunca he estado en algo así y… bueno… creo que tal vez alguien como Kagura… ― odiaba estar diciendo algo así ― sería más adecuada para…

Él frunció el ceño y se enfadó con ella, pudo verlo en sus ojos. Notó que Inuyasha quiso hacer como si nada e intentó calmarse. Le resultó imposible. Agarró sus brazos y la contempló colérico.

― Nunca vuelvas a pedirme que otra mujer ocupe tu lugar, ¿me entiendes? ― lo dijo en un gruñido casi animal ― ¡Sólo quiero ir contigo!

― ¿Y si te avergüenzo?

― Tú nunca podrías hacer eso… ― suavizó su agarre ― ¿Vendrás conmigo?

Sentía que se estaba metiendo en la boca del lobo si acudía a ese lugar en el que sabía que estaría Naraku Tatewaki, al acecho. No dudaba de ninguna forma que se acercaría a ella para recordarle lo bien agarrada que la tenía. Además, toda esa gente sería como Kagura. En cuanto supieran que era una simple criada, se burlarían de ella y la tratarían como a un insecto que debían aplastar. No podía sentirse cómoda entre ellos.

― ¿Si preguntan en qué trabajo? ― musitó la pregunta.

― Les diremos la verdad, por supuesto. Yo no me avergüenzo de nada, ¿tú sí?

― No…

Inuyasha era tan insistente.

― No tengo un vestido de gala…

― Ya me he encargado yo de eso.

¡Dios santo! Inuyasha lo tenía todo perfectamente planeado antes incluso de pedírselo a ella. Sólo le estaba informando de lo que había. Tenía toda la intención de llevarla desde el principio.

- Está bien.


Admitía que no había sido muy diplomático. No le dio la opción de elegir a Kagome en ningún momento. No pensaba ir solo y mucho menos con otra mujer que no fuera ella, así que así estaban las cosas. Semanas antes incluso de pedírselo ya había encargado su vestido a uno de los mejores diseñadores del país y, simplemente, le estaba informando de que iría con ella. No le gustaba que se sintiera obligada a hacerlo, deseaba que ella fuera voluntariamente. Quería que todo el mundo se diera por enterado de que tal vez muy pronto, fuera a casarse. Aunque claro, todavía no le había hecho la oferta a la futura novia. Estaba esperando el momento idóneo.

Se miró una vez más en el espejo de la entrada y se ajustó la incómoda pajarita. Había escogido un esmoquin con la chaqueta blanca porque le agobiaba ir vestido de negro por completo. Estaba feliz por Kagome ya que ella había aprobado todo y se había deshecho de esa forma de un curso de secundaria. Ella era una chica lista, siempre lo supo y lo había demostrado con creces. Si ese imbécil de Houjo no hubiera aparecido en su vida para amargarle la existencia… Aunque mirándolo de otro modo, puede que él nunca la hubiera conocido si Houjo no hubiera aparecido. Eso no quitaba que quisiera arrancarle la piel a tiras.

Enseñó una vez más en voz baja su discurso y consultó su reloj. Las ocho. Saldrían de allí a las once y él estaría en su casa media hora antes de las doce. Perfecto para no ser descubierto por nadie, incluida la misma Kagome. Se había planteado muy seriamente contarle su secreto, el de su familia, pero temía tanto que ella saliera huyendo. Kagome era un ser amable y bondadoso, lo que no quitaba que pudiera sentir miedo. Tal vez, no le entendiera, se asustara o despreciara lo que veía si lo descubría. No sabía qué hacer con eso. Lo único que tenía claro, era que si se lo decía tenía que ser antes de proponerle matrimonio. Y si no… tendría que ocultarlo de por vida. En ese caso, cuando tuvieran hijos… ¿quién podría ocultarle lo que eran sus hijos? Jamás podría apartarla de ellos para evitar que lo descubriera. Tenía que decírselo. Ahora bien, no ese día, aún no estaba preparado.

El sonido de la seda llegó hasta sus oídos y se giró aliviado. Kagome estaba tardando mucho en prepararse y ahora descubría el por qué. No quería que nadie más la viera, se veía tan hermosa, tan Kagome. Odiaba tener que compartirla esa noche. Todos los hombres del salón tendrían los ojos puestos en ella y, si se despistaba, incluso las manos. Sería la envidia de todas las mujeres. Seguro que aparecería en todas las portadas de revistas junto a él y, teniendo en cuenta algunos casos cercanos, no dudaba que le ofrecieran entrevistas.

Sabía que el azul celeste combinado con el verde esmeralda sería perfecto para ella. El cuello del vestido, como el de una camisa, se abría hasta la curvatura de su cintura, mostrando el escote más profundo que él había visto en su vida. Debió especificar al diseñador que no quería que babearan sobre su novia. La suave seda celeste caía ligera sobre todas sus exquisitas curvas y, sobre ella, una fina capa de gasa que le daba un toque casi espectral. Una abertura desde la cadera hasta el final del vestido dejaba al descubierto su pierna derecha y sus zapatos de tacón. El cabello se lo había recogido con un broche de diamantes que él mismo hizo diseñar para ella y dejaba caer algunos seductores rizos, enmarcando su rostro. También llevaba los pendientes y la gargantilla de diamantes a juego que le regaló con el broche. A penas llevaba maquillaje y tampoco lo necesitaba. Sólo unos polvos, un poco de rímel y los labios pintados de color rojo teja.

― ¿Sabes que eres lo más bonito que he visto en toda mi vida?

― Exageras. ― contestó ella.

Agarró su mano para ayudarle a bajar los últimos escalones y la hizo girar sobre sí misma para contemplarla por completo. La espalda, desde la nuca, donde se sujetaba el vestido, hasta la zona lumbar descubierta, tentándolo. Su mano pasaría toda la noche acariciando esa sedosa porción de piel.

― No exagero ni un poquito.

― Estas joyas… Inuyasha, no era… ― quiso rechazarlas.

― Era totalmente necesario y son regalos, tú nunca lo pediste.

― Pero seguro que…

― Del precio me ocupo yo. ― podía leer lo que pensaba como si fuera un libro abierto ― Si no pudiera permitírmelo, no lo compraría.

― Yo nunca podré…

― Kagome, ¿vamos a seguir discutiendo sobre dinero, que por cierto es el tema que menos me gusta, o vamos a ir a la fiesta?

Kagome se encogió de hombros con las mejillas sonrojadas y asintió con la cabeza para indicarle que podían irse ya a la fiesta. Él le ayudó a colocarse el abrigo negro hasta los tobillos y luego se colocó su propio abrigo.

Tal y como había calculado, el camino hasta la fiesta de gala había sido de cerca de media hora. Su chófer los dejó justo en la entrada y llevó el coche al aparcamiento, a la espera de que él lo llamara a la hora de marchar. Era la primera vez que llevaba a Kagome a su edificio, a su oficina de trabajo. Le enseñaría un poco el lugar. Ni siquiera sabía si ella había visto por fuera el edificio antes. A juzgar por cómo lo miraba, tal vez no.

― ¿Nunca lo habías visto?

― La verdad es que sí, pero la última vez tenía diez años… ― musitó ― No lo recordaba así.

― Lo hemos reformado desde entonces. ¿Alguna vez has estado dentro?

― Sí.

¿Había estado allí? ¿Era posible? Si tenía diez años era normal que no la recordara o reconociera o igual ni siquiera se cruzó con ella.

― Mi padre trabajaba aquí, para tu familia.

― ¿En serio?

Eso sí que era una sorpresa. Kagome nunca le había hablado de su padre y él nunca se imaginó tan siquiera que hubiera sido empleado suyo. Higurashi, el apellido Higurashi. No lograba recordarlo. Igual tenía un puesto de trabajo muy bajo o estuvo poco tiempo.

― ¿Durante cuánto tiempo trabajó aquí?

― Once años.

Y no lo recordaba. ¿Quién era? Ella sonrió al mirarle. Seguro que sabía lo que él pensaba, de la misma forma que él podía saber lo que ella pensaba en ocasiones.

― Mi padre se llamaba Takeo, Takeo Higurashi. Era contable.

Contable, había muchos en su empresa, sobre todo en aquella época, cuando los programas informáticas no estaban muy avanzados.

― Algunas veces me traía con él. Él hacía su trabajo y yo dibujaba junto a él. Después, íbamos a la cafetería a merendar y me ayudaba con mis deberes.

Sonrió ante la entrañable escena que Kagome le describía. No era lo más ortodoxo que un trabajador llevara a su hija al trabajo, pero si nadie les llamó la atención y pudieron hacerlo, es porque no causaron ningún problema. Kagome debió portarse realmente bien mientras estaban allí.

― Alguna vez vi a tu padre. Era igualito que tú, exacto.

La verdad era que su padre y él eran muy parecidos, pero no exactos. Ella, a quien vio, fue a él mismo, pero eso era algo que nadie sabía. Su padre dejó la empresa cerca de treinta años atrás. Desde entonces, era él quien se hacía cargo. De cara al mundo, él era otro Inuyasha Taisho, otro de los muchos que habían existido a lo largo de la historia. Ni siquiera tuvo que cambiar su nombre, sólo unos papeles manipulados…

― ¿Por qué no me hablaste antes de tu padre? Habiendo trabajado en mi compañía…

― No me pareció relevante. ¿Hubiera cambiado algo?

No, no hubiera cambiado nada de nada. Él no le hubiera dado trabajo porque su padre fuera un viejo empleado sino que por ser ella. No se hubiera acercado antes a ella por eso. No le daría mejor o peor puesto de trabajo por eso. No la querría más o menos. Todo estaba exactamente igual que antes. Eso sí, si Kagome había estado ahí, debía aparecer en los vídeos de vigilancia antiguos. Los buscaría, y así podría verla de niña, y también a su padre.

Le ofreció su brazo caballerosamente y entraron juntos al edificio. Uno de los encargados para el guardarropa que había contratado recogió sus abrigos y a punto estuvo de llamar a una ambulancia por lo mucho que se le había desencajado la mandíbula al ver a Kagome sin el abrigo. Sin duda alguna, ella provocaría esa misma sensación a todos los hombres de la fiesta, y eso lo ponía enfermo. Quería que estuviera hermosa, que todo el mundo supiera que tenía el ser más perfecto de la tierra. No quería tener lobos hambrientos sobre ella. Sabía que Kagome jamás lo traicionaría. De quien no se fiaba ni un pelo era de aquellos hombres que estaban intentando echarlo y de lo que eran capaces de hacer. Iban a alucinar todos cuando vieran que esa bellísima mujer no era ni más ni menos que la criada que les había servido el té en numerosas ocasiones.

― ¡Guao! ― exclamó Kagome a su lado ― ¡Qué bonito!

Sin duda alguna, sus empleados habían realizado un buen trabajo preparando el salón de actos para la cena de gala. Tendría que darles una paga extra a los limpiadores, los cocineros y los decoradores. Un trabajo exquisito. Nunca había visto brillar tanto la lámpara de araña de más de doscientos años que su padre trajo de la mansión.

Fueron el centro de atención. Primero lo fue él por ser quien era, luego lo fue ella por ser la primera pareja que llevaba allí. Aunque a más de un hombre le importó bien poco eso al verla a ella, y más de una mujer estaba seguro que quiso arrancarle los carísimos diamantes que él le había comprado para la ocasión. Kagome no se daba cuenta de nada y permanecía sonriente junto a él. Mejor así. Conocía sus temores y se aseguraría de que ninguno de ellos se cumpliera durante la velada. Agarró dos copas de champán del primer camarero con el que se cruzaron y brindó con Kagome por una magnífica velada.

El primero en acercarse fue el presidente de una compañía con la que mantenían una buena relación de negocios. Primero, le dio la mano a él y luego besó la de Kagome y alabó su belleza. ¡Cómo no iba a hacerlo! Su hijo de seis años se ocultaba tras sus piernas mientras les lanzaba miradas furtivas. Debido a su buena relación con él sabía que desde la muerte de su madre, el niño no había podido quedarse solo. Tenía muchos problemas psicológicos y su padre acarreaba con él a todas partes. No hablaba con nadie a no ser que le tuviera absoluta confianza. Sin embargo, Kagome no sabía nada de ello y se acuclilló para poder mirar al niño a la cara. Él se escondió más todavía tras las piernas de su padre, pero se asomó con cautela en varias ocasiones.

― Hola ― lo saludó Kagome ― ¡Qué guapo eres! ¿Cómo te llamas?

Notó la incomodidad del padre puesto que sabía que no iba a contestarle. No obstante, ambos quedaron sorprendidos cuando el niño habló.

― Me llamo Jaken. ¿Y tú?

― Kagome.

Le ofreció su mano como si fuera un adulto y éste, para mayor sorpresa de ambos, se apartó de las piernas de su padre y le dio la mano como lo haría todo un hombre.

― Inuyasha, debo preguntarte de dónde has sacado semejante ángel. ― dijo en un susurro ― ¿Crees que habrá alguna otra igual?

― No creo que en el mundo haya otra como ella.

Kagome agarró la mano del niño y lo acompañó hacia las mesas de los canapés para coger algo de picar. Él hizo amago de seguirlos. El padre del niño, Nobunaga, se lo impidió.

― Comprendo su preocupación al dejar suelto a su pequeño angelito, pero mientras esté con mi hijo no debe preocuparse. Nadie quiere acercarse a él…

Sintió el dolor en sus palabras y él mismo lo pudo sentir en sus carnes. La gente de esa fiesta, todos eran unos hipócritas. Se deleitaban apareciendo en las portadas de las revistas por haber donado dinero a una ONG y cuando veían a un niño con problemas, salían huyendo con el rabo entre las piernas, en lugar de darle justo lo que necesitaba. No le ayudaba en absoluto que esas personas lo trataran de esa forma. Al mismo tiempo, comprendía que el padre no podía dejarlo solo en la casa.

Irguió los hombros y a paso decidido se dirigió hacia el escenario para dar su discurso de apertura. Aquel discurso iba a marcar su futuro en esa empresa. Tenía pensado devolverle con creces al comité de empresa todo lo que le había hecho y, costara lo que costase, se iría deshaciendo uno a uno de todos ellos. Sólo era cuestión de tiempo.

― Señoras y señores, es un placer tenerlos aquí está noche. ― primera y única mentira del día ― Me enorgullece celebrar otro aniversario de la empresa que mis antepasados fundaron. Es un honor poder estar hoy aquí y brindar por aquellos que hicieron posible que el apellido Taisho sea uno de los más sonados en la red económica mundial. Hoy, mi intención no es más que recordaros la grandeza de este apellido, de esta empresa, y el esfuerzo de tantos trabajadores que ha hecho posible el triunfo. Sin embargo, también ha habido muchos baches. Por ejemplo, el incendio que se produjo en 1923 cuando todo el edificio quedó reducido a cenizas debido a unos maleantes. ¿Han oído hablar de ello? La mayor pérdida aquel día fueron todas aquellas personas que no lograron escapar. Aquellos buenos trabajadores que aún perviven en nuestro espíritu y a los que nunca hemos olvidado.

Bajó la cabeza y se quedó en silencio en señal de respeto por los caídos. El público entendió el gesto y le siguió el juego hasta que él dio por terminado ese minuto.

― Ahora, nos encontramos en uno de los mejores momentos de la empresa, pero un grupo de mis empleados ha decidido que yo no soy lo bastante ambicioso para estar al frente. ― entre el público localizó a cada uno de los miembros de su comité de empresa, intentando esquivar las miradas de otros ejecutivos ― Dicen que soy demasiado humilde, bondadoso y que he perdido la visión de futuro que tenía mi padre. Pero, ¿saben qué? No pienso dimitir, no pienso abandonar la empresa por la que mi familia tanto ha luchado durante más de un siglo y no pienso perder mi humanidad por unos cuantos millones de dólares. Así que, mi querido Comité de empresa, ― alzó su copa de champán ― podéis prepararos para la guerra. ¡Salud!

Se bebió de un trago su copa de champán y, al bajar la mirada, vio que el público se había quedado sin habla. De repente, uno de los comensales, intentando romper el silencio incómodo, alzó su copa gritando salud y el resto lo imitó. Pudo ver a Kagome a la distancia con Jaken de la mano, observándolo como si se hubiera vuelta loco. Él mismo estaba seguro de haberse vuelto loco.

Su Comité de empresa lo asaltó cuando bajó del escenario, pidiendo una explicación. Él sólo se limitó a repetir sus palabras y dejarles bien claro que habían sellado su destino al intentar retarlo. Después de eso, pasó la velada charlando con socios, accionistas y demás ejecutivos, sin apartar la vista de Kagome. Ella, por su parte, no se apartaba de Jaken y de vez en cuando la veía charlar con el padre o con alguna otra mujer de la fiesta que vencía su miedo hacia el niño y se acercaba a curiosear.

Estaba charlando con uno de sus mejores socios, que parecía estar nada de acuerdo con las acciones de su Comité de empresa, cuando se percató de que ya eran las once y cinco de la noche. Tenían que marcharse. Se despidió educadamente, y se acercó hacia el lugar en el que debía estar Kagome, sólo para descubrir que no estaba allí. Frustrado, empezó a buscarla por todo el salón, consultando su reloj a cada minuto. Cuando eran y cuarto estaba totalmente desesperado. ¡Tenía que aparecer ya! Localizó al padre de Jaken. Estaba con el niño y Kagome no estaba con ellos. Ninguno de los dos supo decirle dónde estaba Kagome. Probó en los baños y en las cocinas. Nada. ¿Dónde demonios se había metido? Su último intento fue movilizar a varios empleados para que la buscaran por el salón. No hubo suerte y ya eran y veinticinco.

Odiaba tener que hacer eso, pero no le quedaba más remedio. Ya era demasiado tarde. Entró en su coche y le pidió al chófer que se diera prisa en llevarlo a casa mientras llamaba a la mansión para encargar que otro chófer fuera inmediatamente a la fiesta a buscar a Kagome. No quería dejarla allí sola, quería irse con ella. Su secreto, su verdadera naturaleza… Se la jugaba demasiado si continuaba esperando.

― Perdóname, Kagome.

Se recostó en el asiento y se quedó mirando el techo desolado. Se suponía que iba a ser una gran velada juntos. Deberían haber bailado un poco como las demás parejas. No obstante, todos querían hablar con él y no pudo encontrar el momento para bailar con ella. Sólo llegaron a brindar con una copa nada más entrar.


Estaba furiosa con Inuyasha. ¿Cómo podía haberla dejado sola en la fiesta? Si pensaba que haberle mandado otro coche para que la recogiera era suficiente, lo llevaba claro. Se suponía que habían ido juntos, que estarían juntos y él la dejó tirada durante toda la fiesta. No tenía ninguna queja respecto a Jaken y su encantador padre, pero le hubiera gustado pasar un poco de tiempo con Inuyasha. Todas las parejas bailaban menos ellos. Había esperado como una tonta durante toda la noche a que él se lo pidiera. Ni siquiera volvió a tomarse otra copa con ella o a preguntarle qué tal se lo estaba pasando. ¡Obviamente mal! Su novio la ignoraba por completo y había tenido que recurrir a un niño para llenar el vacío.

Sólo se fue un momento a visitar el antiguo escritorio de su padre, donde había pasado tantas horas durante su infancia, y él aprovechó ese momento para dejarla tirada. Además, tuvo un desagradable encuentro con Naraku Tatewaki que no deseaba recordar en ese momento. Lo único que había deseado nada más deshacerse de ese desgraciado, había sido abrazar a Inuyasha y él le había dado plantón. ¿Cómo se atrevía?

Abrió la puerta de entrada de la mansión y volvió a cerrar de un portazo, sin preocuparse en absoluto por quienes estuvieran durmiendo. Esa vez sólo iba a preocuparse de sí misma. Dejó caer el abrigo en el suelo, agarró el borde de su vestido y subió las escaleras apresuradamente. Torció a la derecha, giró la esquina y se dirigió a paso firme y seguro hacia el dormitorio de Inuyasha. La puerta estaba cerrada, no había señales de que hubiera alguna luz encendida. A lo mejor no estaba ahí sino que en su despacho. Igualmente lo comprobó. Abrió la puerta y encendió la luz. Las cortinas de la cama de dosel estaban echadas. ¡Él estaba allí!

― ¡Inuyasha!

― ¡Kagome! ― la llamó ― ¿Ya estás aquí?

― ¿Cómo has podido irte sin mí?

― Kagome, apaga la luz y ven aquí para que podamos discutirlo.

― ¡No! ― rugió desde el umbral de la puerta ― ¡Vas a levantarte y vas a venir tú aquí a explicarte! ― rugió― ¡Y más vale que tengas una buena excusa!

Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada, como si ambos estuvieran asimilando el significado de sus palabras. A él debía costarle creer tanto como a ella que estuviera gritando de esa forma. No recordaba haber estado de tan mal humor nunca.

― Kagome… no puedo ir…

― ¿Por qué? ― preguntó consternada por la respuesta.

― Si apagas la luz…

― ¿Se puede saber qué narices te pasa con la maldita luz?

― Kagome, por favor. ― le suplicó ― Deja de gritar y ven aquí.

Si le hacía caso, apagaba la luz y se dirigía hacia la cama, él le haría el amor y se olvidaría de todo. Eso era justamente lo que no quería. No quería que él la manipulara usando lo que sentía por él para que lo perdonase. Quería que se levantara y asumiera como un hombre su responsabilidad.

― No voy a ir Inuyasha.

― ¿Por qué eres tan cabezota?

― ¿Y tú por qué quieres manipularme? ¿Te crees que no sé lo que intentas? Me harás el amor para que me olvide de todo y así tú te libras, ¿no?

― No, Kagome. Estás equivocada, te lo juro.

― No puedo fiarme de un hombre que no da la cara.

Eso sonó a ultimátum. A ella se lo sonó y seguro que a él también. ¿Acababa de lanzarle una amenaza indirecta? Desde luego, apelar a su confianza de esa forma había sido ponerlo en jaque. ¿Y si él no la satisfacía? ¿Qué debía hacer ella después de esas palabras? ¿Romper con él? Sentía que acababa de sellar el destino de su relación.

― Kagome, todo tiene una explicación… yo… no me sentía bien y…

― Suena a que te lo estés inventando…

Unas gruesas lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas mientras observaba impotente las cortinas que evitaban que lo viera. Inuyasha no quería dar la cara, no quería explicarle nada, no tenía nada que explicarle tampoco. Se fue y ahora era ella la que se marchaba.

― Muy bien…

Se quitó los pendientes y el collar, y los dejó sobre una mesilla junto a la puerta. Después se llevó la mano a su recogido y se quitó el broche de diamantes para dejarlo junto a las demás joyas.

― Kagome, ¿qué estás haciendo?

― ¿Por qué no sales a verlo? ― lo retó ― Acabo de devolverte tus joyas. Mañana te devolveré toda la ropa, no te preocupes.

― ¡No!- le gritó- ¡Espera Kagome!

Ella no esperó. Dio media vuelta y salió de la habitación con el corazón encogido en el pecho y los ojos llenos de lágrimas. No sabía qué le pasaba a Inuyasha, pero estaba bien claro que no estaban hechos el uno para el otro. Ni siquiera corrió tras ella, la dejó marchar. Todo estaba acabado.

Continuará…