Esta historia es una adaptación
Historia Original Un Asunto de Familia de Diana Palmer
Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer
Capítulo 9
Alice no sabía cómo responder a aquella pregunta. Sentía temor y vergüenza.
Jasper se tranquilizó al ver su expresión. Todavía no había sonreído o actuado como si quisiera aprovecharse de él después de su abierta confesión.
Se echó hacia atrás y cruzó las piernas.
—Bueno, bueno. Eso sí que es ponerse colorada. ¿Te da vergüenza? —dijo con cierto tono burlón.
—Sí —respondió Alice mordiéndose el labio.
Jasper se levantó, se sentó a su lado y le puso un dedo en el labio para que dejara de mordérselo. Le acarició la mejilla con ternura sin dejar de observarla.
—Yo también —confesó inesperadamente—. Pero puede que lo estemos porque nunca hemos hablado sinceramente.
—Creo que tú ya has dicho bastante —murmuró Alice.
Jasper dejó escapar una larga exclamación de asombro.
—Minifaldas —dijo—, seda, cuatro novios a la vez, escotes. Y nunca se me ocurrió que todo era fingido. Qué mojigata.
— ¡Mira quién está llamando mojigata a quién! —dijo Alice con furia.
— ¿Quién? ¿Yo? —exclamó Jasper con asombro.
—Sí, tú —dijo Alice con nerviosismo—. Me has hecho pasar un infierno, me has humillado, avergonzado, y todo porque abrí los ojos a destiempo. Y ni siquiera podía mirarte, porque lo que sentía era tan dulce que...
Alice se interrumpió al darse cuenta de lo que estaba admitiendo.
Pero si ella se sentía incómoda, él no. La expresión de su rostro cambió como por encanto y su cuerpo se relajó.
Luego dejó escapar un largo suspiro.
—Gracias —dijo con voz grave.
Alice no supo cómo entender aquello.
— ¿Por qué? —dijo.
Jasper bajó la mirada.
—Por hacer el recuerdo soportable —dijo.
—No te comprendo.
—Yo creía que me mirabas porque querías verme frágil y vulnerable.
Los ojos de Alice se colmaron de lágrimas. Siempre había creído que Jasper era invulnerable, el hombre que tenía ante sí era desconocido para ella. Era un hombre que había conocido el dolor, la pena y la humillación. Se preguntaba si lo que le había confesado sería tan sólo la punta del iceberg, si aún tenía muchos recuerdos dolorosos. Seguramente aquella amargura en su relación con las mujeres no se debía sólo a la relación de su madre con Carlisle Cullen.
Con vacilación le tocó la mano, ligeramente, preguntándose si le permitiría tocarle.
Aparentemente, así era. Jasper abrió la mano y entrelazó sus dedos a los de Alice. Luego se giró y la miró a los ojos.
—Así que no puedes matar a una mosca, ¿eh? —le preguntó con suavidad—. Ya sé que no. Recuerdo que una vez diste un grito cuando viste a una culebra atrapada en la carretilla que utilizabas para limpiar el jardín, y que la moviste para que pudiera escapar.
A Alice le gustaba que tuvieran las manos entrelazadas.
—No me gustan las serpientes
—Lo sé.
Alice frotó los dedos contra los suyos y lo miró a los ojos.
Jasper hizo un gesto de asombro.
—No te sientes muy segura conmigo después de todos estos años, ¿verdad?
Alice sonrió.
—Nunca sé cómo vas a reaccionar —confesó.
—Dime lo que sentiste cuando hicimos el amor en mi estudio —dijo Jasper mirándola a los ojos.
Alice se sonrojó y trató de apartar la mirada, pero Jasper no estaba dispuesto a dejar que evitara la respuesta.
—Hemos llegado demasiado lejos como para que haya secretos entre nosotros —dijo Jasper—. Vamos a casarnos. ¿Te hice daño al retroceder?
Alice agachó la mirada.
—Dímelo —le pidió Jasper.
—Oh, no. Sentí tanto placer que pensé que me moría. Abrí los ojos y te vi, pero apenas era consciente. Luego quisiste retirarte, pero había sido tan dulce que yo quería que siguieras dentro de mí, así que me resistí... —dijo Alice, y tragó saliva.
Alice podía oír la respiración de Jasper.
—Debiste decirme lo que querías.
—No podía. Yo creía que me odiabas.
Jasper profirió un gruñido y apretó la mano.
—Me odiaba a mí mismo —dijo con aspereza—. Me he odiado desde que estuvimos en Francia, cuando me metí en tu habitación y prácticamente te violé.
—No fue así —replicó Alice—. Yo también te deseaba, sólo que no te conocía.
—Eras virgen —dijo llevándose la mano de Alice a los labios y besándola ligeramente—. Pero te deseaba tanto que busqué excusas para irme a la cama contigo.
Alice tenía una sensación cálida en su interior, como si él hubiera compartido algo muy íntimo con ella. Y lo había hecho. Ciertamente, su pérdida de control era parte del problema, junto al recuerdo de su madre humillando al padre de Jasper.
Alice le acarició el cabello con ternura.
—Después de perder... al niño —dijo—, el médico me dijo que debía haberme hecho un examen ginecológico antes de tener relaciones. Yo estaba... casi, intacta.
—Ya me di cuenta —murmuró Jasper, complacido con la caricia de Alice en su pelo.
—Jasper, no puedo hablar de esto —dijo Alice sonrojándose.
Jasper se inclinó y le acarició la frente con la mejilla.
—Sí puedes —susurró—. Porque yo tengo que saberlo. En el estudio, cuando perdí el control y te tomé, ¿te dolió?
Alice se ruborizó al recordar la exquisita manera en que Jasper había perdido el control.
—No —respondió.
— ¡Gracias a Dios! Yo odiaba a tu madre por lo que había hecho con mi padre —dijo Jasper, y le acarició el pelo a Alice—. Pero no era culpa tuya. Siento haberte hecho pagar por algo que no era culpa tuya, Alice.
— ¿Por qué nunca me contaste nada de lo que pasaba entre mi madre y Carlisle?
—Al principio, porque eras muy inocente con respecto al sexo. Luego se levantaron demasiadas barreras entre nosotros y se me hacía muy duro atravesarlas —dijo Jasper, y tomó la mano de Alice y la puso sobre su pecho—. He vivido dentro de mí mismo durante la mayor parte de mi vida adulta. He guardado secretos que no he compartido con nadie. Era lo que quería, o al menos eso pensaba, pero ahora —dijo mirándola a los ojos—, los dos tenemos que dejar de huir. No se puede huir de un niño.
— ¡Eso me gusta!
—Sí, ¿verdad? —dijo Jasper con una tierna sonrisa—. A mí también. ¿Qué ibas a hacer? ¿Irte e inventar un marido?
Alice se sonrojó.
—Deja de leerme el pensamiento.
—Ojalá hubiera podido leerlo hace unos años. Nos habría ahorrado mucha tristeza. Todavía no sé por qué ni siquiera se me ocurrió que podías haberte quedado embarazada después de aquella noche en la Riviera.
—Puede que yo no fuera la única que trataba de huir.
Jasper cerró los ojos. Sí, él también había querido escapar, sin pensar en las consecuencias de sus actos. ¿Acaso Alice le estaba culpando de algo? ¿Se estaba burlando? ¿Trataba de aprovecharse de él? No, ella no sabía cómo era su madre, ¿o sí? Trató de apartarse, pero Alice lo retuvo, porque sabía muy bien por qué se sentía incómodo de repente.
—Hay una gran diferencia entre la ironía y el sarcasmo —le dijo—. El sarcasmo siempre se emplea para hacer daño, la ironía no. No voy a vivir contigo si te ofendes por cada cosa que diga.
— ¿No crees que vas demasiado lejos? —dijo Jasper.
—De ninguna manera. Has pensado que me estaba burlando de ti, pero yo no soy mi madre y tú no eres tu padre —prosiguió Alice con firmeza—. ¡No puedo ni matar a una serpiente y tú crees que disfrutaría humillándote!
Dicho de aquella manera, él tampoco podía. Alice no tenía un instinto dañino. Nunca se le había ocurrido pensar que en realidad era tan dulce como su madre cruel, pero en aquellos momentos no tenía más remedio.
Volvió a apoyarse en el respaldo de la silla y la miró a los ojos.
—En realidad no te conozco —dijo al cabo de unos instantes de silencio—. Nos hemos evitado durante años. Como tú me dijiste, nunca hemos hablado de verdad hasta estas últimas semanas.
—Lo sé.
Jasper se rió.
—Supongo que tengo tantas heridas como tú.
—Pero parece que no tienes ninguna —replicó Alice con los ojos fijos en él—. ¿Le diste a aquella mujer el ratón de plata que te regalé?
Jasper supo al instante a qué se refería.
—Lo tengo en un cajón de mi mesilla —dijo.
Alice estaba sorprendida y complacida.
—Me alegro —dijo sonriendo tímidamente.
Jasper no le devolvió la sonrisa.
—Me arrepiento de muchas de las cosas que hecho. Hacer que te sintieras como una estúpida por regalarme algo está a la cabeza de ellas. Me sorprendió que me hicieras un regalo después de cómo te trataba.
— ¿Porque te hice sentirte culpable?
—Algo así. Puede que también me sintiera avergonzado. Yo nunca te regalé nada.
—Ni yo esperaba que lo hicieras.
Jasper le acarició el pelo.
—Está todo guardado en un armario —dijo.
— ¿Qué está en un armario?
—Todos los regalos que te compré, pero no te di.
El corazón de Alice comenzó a latir muy deprisa.
— ¿Qué regalos?
Jasper se encogió de hombros.
—El collar de esmeraldas que te gustaba cuando tenías diecinueve años. El óleo que pintó el artista que conocimos aquel verano. El catálogo de aquella exposición que venía de Europa y no podías comprar porque era muy caro. Y algunas cosas más.
Alice no podía creer que Jasper hubiera hecho tanto por ella.
—Pero, ¿por qué no me los diste?
—Cómo iba a dártelos después de las cosas que te decía y que te hacía —replicó Jasper—. Comprándolos me sentía mejor.
Tomó la mano de Alice y acarició la sortija de esmeralda.
—Esto lo compré cuando te marchaste de Francia —añadió.
Alice se quedó boquiabierta.
— ¿Qué?
—Vergüenza, culpabilidad, no sé. Iba a pedirte que te casaras conmigo.
—Pero no lo hiciste —susurró Alice débilmente.
—Claro que no —dijo Jasper entre dientes—, Cuando fui a tu apartamento una semana después de que te marcharas de Francia, un hombre me abrió la puerta y me dijo que estabas en la ducha. Sólo llevaba puesto unos vaqueros.
—Era Seth —dijo Alice con tristeza—. El hijo de mi casero. Su hermano y él estaban haciéndome unos armarios para la cocina. Sí, supongo que yo estaría en la ducha... ¡Nunca me dijo que había venido alguien!
Jasper hizo una mueca.
—Y tú pensaste que era mi amante —añadió Alice.
—Me pareció obvio —asintió Jasper—. Me marché con unos celos terribles. Estaba tan destrozado que volví a Francia.
A Alice le dieron ganas de llorar. Si Seth no hubiera abierto la puerta, si ella no hubiera estado en la ducha, si...
— ¿Te das cuenta de cómo me sentía la mañana que fui a buscarte para llevarte a Sheridan? ¿Te acuerdas de lo que dije? —preguntó Jasper—. Un mensaje no recibido, una carta no escrita, una llamada de teléfono que no te decides a hacer, y se destruyen dos vidas.
Jasper seguía con la mano de Alice entre sus manos, contemplando la sortija de esmeralda.
—Y sabías que me encantaban las esmeraldas —dijo Alice con suavidad.
—Por supuesto —dijo Jasper, sin mencionar cómo lo sabía ni lo mucho que le había costado encontrar un anillo exactamente como aquél.
De repente, Alice se acordó.
—Vi un anillo como éste en una revista —dijo—. La dejé abierta sobre el sofá para enseñársela a Charlotte, porque me encantó. Debió ser justo antes de empezar la universidad.
—Llevabas puesta una camiseta rosa y unos shorts —dijo Jasper—. Ibas descalza y el pelo te llegaba a la cintura. Me asomé por la puerta y te vi sobre la alfombra, mirando la revista, y tuve que salir corriendo.
Alice le miró a los ojos.
— ¿Por qué? —preguntó.
Jasper se rió.
— ¿No lo adivinas? Porque ocurrió lo mismo que me ocurre cuando estoy cerca de ti. Me excité.
— ¡Pero si te comportabas como si no soportaras mi presencia!
— ¡Claro que sí! Si te decía la verdad, te daría el arma perfecta contra mí —replicó Jasper.
Alice comprendió. Había pasado todos aquellos años protegiéndose a sí mismo, evitando cualquier intimidad o el más sencillo afecto porque pensaba que eran debilidades de las que las mujeres podían aprovecharse. No había duda de por qué le llamaban "el hombre de hielo". En cierto sentido lo era. Alice se preguntó qué podría derretirlo. Tal vez el niño. ¡El niño! Inconscientemente, Alice apoyó las manos en el estómago.
Aquella acción involuntaria devolvió a Jasper algunos desagradables recuerdos. Pero al ver el gesto de Alice se tranquilizó. Luego apoyó las suyas sobre las pequeñas manos femeninas.
—Esta vez cuidaré de ti —dijo con calma—. Aunque signifique alquilar una habitación de hospital para que estés en la cama los nueve meses.
—Esta vez no lo perderemos, cariño —susurró Alice acariciándole con dulzura—. Te lo prometo.
— ¿Qué me has llamado? —murmuró Jasper sin moverse.
Alice vaciló.
— ¿Qué me has llamado? —insistió Jasper.
—He dicho... cariño.
Jasper se separó un poco, lo suficiente para poder ver la cara de Alice, que se había sonrojado.
—No, no tengas miedo —le dijo—. Me gusta.
— ¿Sí?
—Sí —dijo Jasper sonriendo.
Alice suspiró con satisfacción y le miró.
Jasper la observó. Tenía el pelo revuelto, así que lo acarició y lo echó para atrás.
— ¿Te sientes mejor?
Alice asintió.
—Noto malestar en el estómago, pero es normal.
—Mi médico podrá darte algo.
—No, no quiero tomar ni una aspirina mientras esté embarazada. No quiero arriesgarme.
Jasper agachó la cabeza, para que Alice no pudiera ver la expresión de sus ojos.
— ¿Quieres al niño porque quieres ser madre o porque es mi hijo?
— ¿Vas a fingir que no lo sabes? Solías reírte de lo que sentía por ti.
—Sí, ya lo sé —dijo Jasper, y la miró a los ojos—. Cómo me duele. Me porté cruelmente contigo y, aun así, no cambiaste. No sabes qué tormento era saber que para tenerte lo único que tenía que hacer era tocarte. Espero no haber matado ese sentimiento en ti. No sé nada del amor, Alice, pero quiero que tú me ames. Si puedes.
La besó en la frente, en los párpados, y Alice se echó a llorar.
—Te quiero desde la primera vez que te vi —susurró Alice sin dejar de sollozar—. Te quiero mucho, Jasper, mucho, mucho...
Jasper la besó. Al principio con insistencia, casi con crueldad, dominado por el deseo. Pero al darse cuenta de lo débil que estaba Alice, aflojó los brazos y su beso fue más dulce y tierno.
Cuando se irguió tenía una expresión de asombro. Aquella era su mujer. La mujer que le amaba. Tenía un hijo suyo en las entrañas e iba a ser su esposa.
—Podemos... si quieres —susurró Alice—. Quiero decir, no me siento tan mal.
—No sería un hombre si en este momento sólo pensara en el sexo —replicó Jasper acariciándole el pelo—. Vas a ser la madre de mi hijo. No podría estar más orgulloso.
Alice sonrió.
—Hemos hecho el amor una sola vez y ya estoy embarazada. A no ser que queramos tener veinte hijos, supongo que uno de los dos tendrá que hacer algo cuando nazca el niño.
—Yo haré algo —dijo Jasper—. No quiero que tomes nada que pueda hacerte daño.
—No tengo por qué tomar nada, puedo ponerme algo.
—Ya veremos.
Alice le acarició la cara y luego el hombro y el pecho.
—Podría emborracharme con esto.
— ¿Con qué?
—Con sólo tocarte —dijo Alice sin ser consciente del efecto de sus palabras en el hombre que la estrechaba entre sus brazos—. Soñaba con ello.
— ¿Incluso después de volver de Francia? —preguntó Jasper con repentina amargura.
—Incluso después de volver de Francia —le confesó Alice y luego lo miró—. Oh, Jasper, el amor es el sentimiento más terco de la tierra.
—Debe serlo.
Alice se inclinó y le besó en los párpados.
— ¿Cuándo quieres que nos vayamos a Sheridan?
—Ahora.
— ¿Ahora? Pero...
—Quiero que nos casemos —dijo él con firmeza—. Y quiero hacerlo antes de que cambies de opinión.
—Pero si no voy a cambiar de opinión.
Jasper no estaba completamente seguro de ello. Había cometido tantos errores que no podía arriesgarse a cometer uno más.
—Y no volveremos a dormir juntos hasta que tengas la alianza en el dedo —añadió.
—Eso es chantaje —protestó Alice.
— ¿Perdona?
—Negarte a entregarme tu cuerpo para que me case contigo. ¡Me niego!
—No, no puedes negarte.
A Alice le encantaba el brillo que tenían los ojos de Jasper cuando algo le sorprendía. Sonrió. Tal vez no la amara, pero la deseaba y le tenía mucho cariño.
—Sí, lo haré —asintió—. Si tienes tanta prisa por perder tu libertad, ¿quién soy yo para ponerme en tu camino? ¡Voy a hacer las maletas ahora mismo!
