Bella ya no vaciló más. Abandonándose por completo a la ternura de él, dejó que Edward la acostara sobre los cojines y echara las mantas sobre los dos. El calor del cuerpo masculino cuando él se tendió a su lado fue más satisfactorio que ningún fuego, y cuando él la estrechó con fuerza entre sus brazos, alejó el último de los terrores nocturnos.

-Me he pasado toda la tarde y toda la noche dividido entre el deseo de pegarte por meterte en un lío tan estúpido y la tentación igualmente fuerte de hacer esto.

- Edward fundió su boca con la de ella en una caricia profunda que le arrancó a Bella un gemido de la garganta. Él le pasó la mano por el costado, de la cadera hasta los pechos. El estimulante contacto era más sensual que terapéutico, aunque por supuesto servía para acabar con el frío.

-Es mucho mejor que cedas a esta tentación que a pegarme -murmuró mimosa Bella, metiéndole los dedos por el pelo mojado.

-Ya que fue culpa mía que te metieras en ese lío con Monroe, supongo que no sería nada justo que me desfogara contigo.

-¿Tu culpa?

-Claro. Tenía que haberte impedido que fueras a esa cabaña esta mañana. Me dije a mí mismo que necesitabas algo de tiempo para adaptarte a las cosas después delo sucedido ayer, pero cuando llegué al Hacienda me di cuenta de que había sido untonto. No hay que dejar que una mujer testaruda se aleje para pensar en las cosas. Esmi nuevo lema.

-¿Por qué cambiaste de opinión y fuiste a buscarme?

-Me figuré que si necesitabas adaptarte a algo, podías hacerlo donde yo no te perdiera de vista.

-Si quieres saber la verdad, estaba más bien esperando que fueras. No me sorprendió nada verte llegar a la cabaña. Estaba aterrorizada por lo que pudiera hacer James, pero no sorprendida de verte.

-Estupendo. Creo que estamos haciendo progresos - Edward sonaba complacido y satisfecho-. Abrázame, cariño. Rodéame con tu cuerpo y hazme saber que estás aquí a salvo en mis brazos.

-Creo que necesito la misma seguridad. Tuve tanto miedo de perderte en el arroyo. Estaba tan asustada...

-Todo está bien, cariño -la tranquilizó con voz ronca y se acercó más a ella. Se fue poniendo cada vez más tenso e, incapaz de contenerse, empezó a darle besos por el cuello y el hombro, mientras con sus muslos buscaba lentamente los de ella.

Bella se sumergió en el amor que sentía por él, sintiéndose inundada de jadeante excitación. Sentir el rápido endurecimiento del cuerpo de él hizo que sus sentidos se despertaran. Se aferró a él tan estrechamente como se había aferrado durante el trayecto del cañón, y Edward respondió.

-Ya no estás fría -reconoció mordisqueándole tentadoramente un pezón-. De hecho, puedo sentir cómo empiezas a fundirte.

-¿Cómo podría permanecer fría a tu lado?

Era tan maravilloso tenerla bajo él, pensó Edward con salvaje sorpresa. Iba a necesitar de toda su voluntad para ser tierno y lento aquella noche. Después de lo que habían pasado, su único instinto era aplastarla e imprimir su cuerpo en el de ella. Qué tonto había sido dejándola ir sola. Se había dado cuenta de su error relativamente pronto, pero aun así había sido demasiado tarde. Ella ya se había metido en bastantes problemas en su vida. Cuando él llegó a aquella cabaña y la vio con otro hombre, creyó que se volvería loco.

-Pude haberlo matado -dijo entre dientes sobre la piel de ella.

-Ya ha terminado todo, Edward -dijo ella en tono arrullador, comprendiendo instantáneamente.

-No me lo vuelvas a hacer.

-¿Dejarte? ¿O meterme en líos? -bromeó ella suavemente, trazándole con las uñas pequeños senderos por la espalda.

-Ninguna de las dos cosas.

-Procuraré ser más sosegada en el futuro -le prometió ella con recato.

La burla deliberada aunque ligera de ella era más de lo que él podía soportar de momento. Enérgicamente, le pasó la pierna por encima, haciendo que ella fuera plenamente consciente de lo preparado que estaba él. Ella reaccionó satisfactoriamente, conteniendo el aliento y emitiendo aquel sonido tan femenino que la noche anterior lo había fascinado.

-Por la mañana te vas conmigo a casa -le dijo él entre besos, atraído hacia la satinada piel de su vientre.

-Sí, Edward.

-No te escaparás más -continuó él, recorriéndole la curva de la cadera con la palma abierta, deleitándose en ella.

-No, Edward.

-Tú y yo nos pertenecemos el uno al otro.

-Sí, Edward.

-Me gusta cómo lo dices -expresó con un gruñido él-. Bella, me vuelves loco, ¿lo sabes? Loco. Nunca he conocido una mujer que me afecte como tú lo haces. Dios, qué suave eres. Eres tan suave... Rodéame con las piernas. Me encanta la forma en que te aferras a mí cuando estás a punto. Como si no fueras a irte nunca.

-No me iré -la oyó murmurar él sobre su pecho-. Nunca.

No cometería el mismo error de dejarla pensar por la mañana, se juró Edward para sus adentros. Ella le pertenecía. Era hora de que se diera cuenta de la fuerza de la soga con que la retenía. Quizá eran los efectos de la traumática noche o quizá él iba a sentirse siempre así al hacerle el amor a Bella. Fuera cual fuera la razón, sintió una excitación palpitante en todo su cuerpo. Nunca se había sentido tan cautivado por una mujer.

Después de haberla hecho suya la noche anterior, supo que no podía dejarla ir. Los recuerdos de James Monroe en aquella cabaña con ella lo atormentaron.

-No habrá más hombres, Bella.

-No. Oh, Edward, nunca podré querer a otro hombre como te quiero a ti.

Él oyó la promesa de sus labios y sintió una oleada de satisfacción que lo empujó al cuerpo receptivo de ella. Bella se abrió para él, dejándole saber lo mucho que lo deseaba y necesitaba. Se lo reveló por la forma en que se estrechó a él, clavándole las uñas en la espalda y rodeándole la cadera con sus piernas. Si había gloria en tomar, era infinitamente más intensa en dar, descubrió Edward. Estaba cautivado por la forma en que Bella temblaba de pasión entre sus brazos. Cada matiz de la respuesta de ella alimentaba su propio deseo. Cuando ella se tensó, arqueando la cabeza sobre el brazo de él, Edward creyó que no volvería a conocer satisfacción igual a la que sentía en aquel momento. Y entonces se recordó que en el futuro habría innumerables momentos corno aquel. Ella le pertenecía.

Su propio grito liberador fue ahogado en el pelo de ella. Edward se perdió en la mujer que estaba abrazando y tardó unos segundos en comprender lo que ella repetía incansablemente mientras ambos descendían juntos de las alturas.

-Te amo, Edward. Te amo, te amo, te amo.

La letanía lo sorprendió.

-Oh, Bella, Bella sigue diciendo eso. Sigue diciéndolo siempre.

Pero el agotamiento y la tensión se habían apoderado de ella. La relajación que siguió al amor la absorbió por completo. Apartándole la maraña de pelo húmedo de la frente, Edward contempló a Bella mientras se quedaba plácidamente dormida.

Parecía suave y confiada. En aquel momento le recordaba un gatito débil e indefenso. Y sin embargo había tirado de aquel cinturón como si fuera una super mujer.

Edward contempló las facciones de ella y decidió que no estaba muy acostumbrado a esa clase de poder femenino y decisión absoluta. Sí, había oído contar noticias de mujeres que habían vuelto a una casa en llamas a rescatar a su hijo, o historias sobre mujeres que, en época de guerra, luchaban junto a los hombres.

No se trataba de que él hubiera puesto en duda que la hembra de la especie pudiera ser tan decidida como el macho. Era que, simplemente, en toda su vida no había conocido una mujer que se hubiera esforzado tanto por él. Por regla general, las mujeres se mostraban más bien ansiosas por librarse de él.

Todas, desde su madre hasta la última de la cadena de madres de adopción, le habían dejado claro que no era una persona particularmente adorable. Sus amantes, incluida su ex esposa, lo habían encontrado interesante por un tiempo, al menos en la cama, pero por alguna razón las relaciones no habían progresado mucho más.

Las quejas de las ex amantes solían centrarse en torno al hecho de que trabajaba demasiado y su conversación se limitaba al tema de los hoteles y la hostelería. Las escasas relaciones breves en las que se había visto envuelto tendían a desintegrarse rápidamente cuando el sexo y el tema de las finanzas hoteleras ya no bastaban para mantenerlos juntos. Edward apenas podía asegurar si eran las mujeres o él quien primero se retraía. Se había convencido de que su destino era pasar por la vida de un encuentro pasajero a otro, sin sentido de permanencia.

Entonces había aceptado el puesto de asesor financiero de Charlie Swan y en su vida se había operado un cambio importante. Charlie, a diferencia de otras personas a las que Edward había asesorado, le estaba genuinamente agradecido por su pericia, en vez de resentido. Ni Charlie ni Renee habían empezado a cansarse de las conversaciones en torno a la industria hotelera, y el creciente interés de él en el futuro del Hacienda Swan lo había unido a los Swan.

Cuando se empezó a hablar del futuro del Hacienda a largo plazo, había surgido cada vez con más frecuencia el nombre de Bella. También se había mencionado la decisión de Charlie de retirarse. Edward se había dado cuenta de que, amablemente, lo estaban induciendo en una dirección que él se dio cuenta de que le gustaba. Cuando Bella había demostrado estar dispuesta, todo pareció encajar en su sitio.

Bella y él iban a ser realmente socios. Edward, con desgana, se apartó del cuerpo deliciosamente lacio de ella, la rodeó con la manta y se levantó.

Desnudo, dedicó unos minutos a colocar la ropa mojada delante del fuego y luego salió a la noche para tratar de calibrar la corriente del caudaloso arroyo. Le pareció que la lluvia había amainado y que las aguas del cañón estaban más calmadas. Un par de horas más tarde, volvería a comprobar la evolución del caudal. Luego, volvió a entrar en la cabaña y se echó sobre los cojines. Con gran satisfacción se abrazó a su compañera y se abandonó al sueño.

Bella se despertó a la mañana siguiente con la sensación de que algo había cambiado en el ambiente. Le llevó unos segundos darse cuenta de que seguía lloviendo, aunque no a raudales. No era el tiempo entonces lo que había cambiado. Abrió los ojos y advirtió que el fuego se había apagado durante la noche. Pero tampoco aquello era lo que había cambiado. Cuando tomó consciencia de que la pesada pierna de Edward estaba enredada con la suya, supo por qué aquella mañana tenía la sensación de que todo era distinto. Edward y ella estaban juntos y enamorados.

-Buenos días.

El saludo remolón y con voz enronquecida por el sueño de Edward hizo que Bella se estremeciera y se diera lánguidamente la vuelta en los brazos de él hasta quedar cara a cara en la estrecha e improvisada cama.

-Buenos días -susurró guturalmente ella, contemplándolo con satisfacción-. ¿Me acordé de decirte anoche que te amo? -sus ojos reflejaban su dicha.

Edward torció la boca en su conocida media sonrisa.

-Lo hiciste. Pero tienes la libertad de volvérmelo a decir. Me gusta oírlo -con la palma de la mano, le acarició el hombro desnudo.

-Te amo, Edward.

Él se quedó mirándola fijamente durante un largo momento y luego, sin mediar palabra, se inclinó sobre ella y la besó en la boca. Ella correspondió con alegría. La cara le resplandecía cuando él volvió a levantar la cabeza.

-Bella, quiero que sepas que siempre cuidaré de ti. Me aseguraré de que tengas todo lo que necesitas y te protegeré. No tendrás motivo para lamentar haberte casado conmigo, cariño.

Ella le sonrió con ternura.

-Solo espero que nunca tengas motivo para lamentar haberte casado conmigo. Pero debo advertirte que la gente se ha quejado alguna que otra vez de mi conducta en el pasado.

-Pero nadie ha tenido ocasión de ver lo magnífica esposa que vas a ser -señaló él, dándose la vuelta y acostándose sobre la espalda para que ella quedara sobre su pecho.

-Es cierto. Sin duda mis talentos en ese campo están por descubrir.

-Sin duda - Edward le metió las manos por el pelo despeinado y la acercó para darle otro beso breve e intenso.

- Edward, ¿eres muy feliz? -preguntó caprichosamente ella.

-Nunca he estado más satisfecho en mi vida. Sí, soy feliz -él se tomó el tema más seriamente de lo que ella esperaba.

-¿Realmente crees que podemos llevar juntos el Hacienda? -insistió ella.

-Sí. Creo que, como tú señalaste, habrá momentos difíciles -y añadió irónicamente-: pero estoy convencido de que los solucionaremos.

-Esta mañana lo creo bastante posible -dijo sonriendo ella.

-¿Crees que vas a imponer tu voluntad arrastrándome a la cama cada vez que quieras convencerme de algo?

-Me encantará intentarlo.

-También a mí - Edward vaciló-. Haremos que funciones, ¿verdad? .

-Será una situación perfecta -asintió ella, complaciente.

-Intereses mutuos, profesiones complementarias, la aprobación de tu familia, atracción física y la posibilidad de funcionar como un equipo.

-Y te amo.

-Me alegro, Bella. Eso lo hace bastante perfecto, ¿no crees? -preguntó él en tono alegre.

Bella parpadeó, sintiendo cierta desconfianza junto con la dicha.

-No lo bastante.

Edward la miró extrañado.

-¿Qué quieres decir con «no lo bastante»?

-Este... -lo informó ella, agachando la cabeza para mordisquearle el hombro- se supone que es el momento donde tú me dices que me amas. Sinceramente, Edward. Para ser un brillante hombre de negocios, a veces eres un poquito lento de comprensión.

-Últimamente no me funciona bien el cerebro -murmuró él.

Pero la desconfianza de ella era cada vez mayor.

-¿ Edward?

-¿Sí? -él estaba jugueteando con la curva del pecho de ella.

- Edward, todavía quieres casarte conmigo, ¿no?

-Claro, cariño. Todavía quiero casarme contigo.

-¿ Edward? -lo intentó ella de nuevo, sintiendo una nota fría en el cálido placer de aquella mañana-. Edward, no te vas a casar conmigo por esas razones que mencionaste antes, ¿verdad? ¿Me amas?

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Él detuvo el rítmico movimiento de sus manos. La miró directamente a los ojos.

-Esas son unas razones excelentes para casarse, Bella. Llevamos un mes diciéndonoslo.

-¿Pero tú me amas? -insistió ella, sintiendo un estrangulamiento en al boca del estómago mientras esperaba respuesta.

-Bella, te he dicho que te daré todo lo que quieras. Cuidaré de ti.

-En este momento solo quiero que seas sincero conmigo. ¿Me amas?

Él suspiró con dificultad, tomándole la cabeza con ambas manos.

-Bella, lo que tú y yo tenemos es mucho más real, mucho más importante que el amor.

Ella inhaló a fondo.

-No me amas.

A Edward se le ensombreció la expresión.

-Te necesito y cuidaré de ti.

-Pero no me amas, ¿verdad? -gritó ella, tratando de separarse de él cuando se dio plena cuenta de la respuesta de él.

Edward la agarró por los hombros, manteniéndola junto a él y mirándola a los ojos con sorpresa.

-¿Cómo defines tú el amor, Bella?

-Lo que siento por ti -casi chilló ella.

-¿De veras? Estás hablando con el hombre que dejaste plantado en las escaleras de la capilla ante doscientos invitados, ¿recuerdas?

- Edward, yo no quería... quiero decir que eso no tiene nada que ver con lo que siento... -las palabras se le atropellaban unas a otras al tratar de explicarse.

-¿Esperas que me crea que una mujer enamorada puede montar una escena como la de la moto? -preguntó Edward, demasiado educadamente.

Bella negó frenéticamente con la cabeza.

-No lo sabía entonces. Lo único que en ese momento sabía era que me habían engañado. Estaba furiosa. Me sentía traicionada. Quería que todos supieran que no podían tratarme como si fuera una estúpida mujer que podía ser manipulada.

-Estabas apasionadamente furiosa. Dispuesta a mandarme al infierno.

-Bueno, sí, pero tenía derecho a estar furiosa.

-Puede ser.

Ella lo miró, perpleja.

-Si lo comprendes, ¿por qué insistes de ese modo?

-Tenías derecho a estar furiosa hasta cierto punto aunque yo no te estaba haciendo nada que tú no hubieras intentado hacerme a mí. No dudo que sintieras un montón de emociones intensas esa mañana. Pero no esperes que crea que esas emociones tienen nada que ver con que me amas.

-Entonces yo no sabía que estaba enamorada de ti. No me di cuenta hasta después -protestó ella.

-Después de que te llevara a la cama. Después de demostrarte lo bien que estábamos juntos.

-Eso no tienen nada que ver -gritó ella, y de pronto se sintió confundida. Porque había sido a la mañana siguiente cuando se había dado cuenta del alcance de sus sentimientos por Edward Cullen.

Edward se dio cuenta de lo que ella pensaba.

-Cariño, no seas tan estricta contigo misma -la aplacó-. Eres una mujer apasionada. Siempre haces las cosas con elegancia y un toque de dramatismo. Es natural que después de entregarte tan completamente como te entregaste a mí, te convencieras de que estabas locamente enamorada.

-¡No es cierto! ¡Te amo!

-¿Después de solo cuarenta y ocho horas? Cariño, ¿te das cuenta de lo que dices? Estás impresionada por todo lo sucedido. Hemos descubierto que formamos una mezcla explosiva en la cama y nos hemos salvado la vida mutuamente. Para alguien con tu naturaleza apasionada, esta clase de excitación emocional se traduce obligatoriamente en un sentimiento de poderoso renombre como el amor.

Ella negó con la cabeza, horrorizada.

-No crees en el amor, ¿verdad?

-Creo en todo lo que tenemos. Creo en tu encanto y en tu pasión. Y si quieres decirme que estás enamorada, no seré yo quien se queje. Me gusta oír esas palabras.

-Pero no correspondes a ellas, ¿no?

-Bella, lo que yo siento por ti no es una emoción vaga e indefinida como el amor. La que siento por ti es sólido y real y se basa en factores sólidos, reales y definibles.

-No soy una hoja de balance, por el amor de Dios. ¿Me estás diciendo que me encuentras atractiva porque todo eso contribuye?

-Cariño, te estás dejando llevar de nuevo por las emociones -le comentó él amablemente-. ¿Por qué no ahorras todo ese calor y ese fuego para cuando hagamos el amor y los dos podamos disfrutarlo?

-¡No te atrevas a hablarme en ese tono de voz paternalista!

-Lo siento. Sinceramente, no pretendía molestarte -dijo amablemente él.

-Pues estoy molesta. Estoy furiosa. Me siento herida y absolutamente asqueada. Déjame ir, Jake.

Él la soltó, la preocupación reflejada en el rostro, al verla agarrar la ropa mojada.

-Bella -empezó a decir más bien severamente-, realmente este no es momento para que empieces con una de tus escenitas apasionadas. Tenemos un largo camino que recorrer y los dos necesitaremos todas nuestras energías.

-No te preocupes -dijo ella entre dientes poniéndose los vaqueros-. Cuentas con toda mi colaboración para marcharnos de aquí.

Él la contempló con expresión recelosa.

-¿Vamos a tener que pasar por esto cada vez que se te lleve la contraria? ¿Es que no has crecido en los últimos diez años?

Ella agarró la camisa y lo miró, echando llamaradas por los ojos.

-Sí, Edward. He crecido en los últimos diez años. De hecho, estoy en plena madurez -en su prisa por vestirse, empezó a abrocharse mal la camisa y tuvo que volver a empezar. El error la enfureció todavía más- Durante los primeros dieciocho años de mi vida dejé que mi lado apasionado dirigiera mis acciones. En los once siguientes, aprendí a dominar ese lado. Guié mi vida con mi lado realista, racional e intelectual. Pero gracias a ti y los hechos de los últimos días, los dos están libres.

-Me consumen las ganas de ver los resultados -comentó humorísticamente él, sin perder las esperanzas de hacerla cambiar de ánimo.

Bella levantó vivamente la cabeza mientras se metía los faldones de la camisa por dentro de los vaqueros.

-Los verás, Edward. No te preocupes por eso.

-¿Quieres decir que ya no me amas? -preguntó él con voz nostálgica.

-Sigues creyendo que esto se me pasará, ¿no? –tomó los zapatos.

-Tratar contigo es como tratar con un barril de dinamita - Edward se sentó, apartando las mantas-. Interesante pero peligroso.

Bella apartó la mirada cuando él se levantó y se puso a buscar sus ropas. Ella era violentamente consciente de que él la observaba en todo momento.

-No, Edward, no soy un barril de dinamita. Vas a saber exactamente cómo tratarme. No habrá sorpresas.

Él enarcó una ceja.

-¿Que quieres decir?

-Quiero decir que estaré encantada de dejártelo todo muy claro -terminó de ponerse el zapato y se levantó, los brazos en jarras.

-Creo que será mejor que esperemos a que te calmes -sugirió él.

-¿Por qué esperar? Nada va a cambiar por lo que a mí concierne.

-¿No? ¿No vas a retirar tu declaración de amor eterno? -la retó él, la voz endurecida por primera vez.

-No.

Aquello hizo que él la mirara con extrañeza.

-¿No?

Ella lo contempló con ojos desafiantes.

-No, te amo, Edward...

-En ese caso no veo cuál es el problema.

-Lo verás.

Él dejó de vestirse y al miró con expresión resignada.

-De acuerdo, oigamos el resto de la historia.

-Te amo y nada cambiará eso. No de momento. También amo el Hacienda y esta tierra -con un ademán abarcó todo-. Estoy de acuerdo en que tenemos un montón de cosas prácticas en común, y también con las razones que enumeraste antes. Incluso estoy dispuesta a reconocer que es posible que trabajemos juntos, aunque seas tú el propietario del Hacienda.

El alivio brilló en los ojos verdes.

-Entonces, ¿cuál es el problema?

-Muy sencillo. El otro lado de mí, ese que dices que es apasionado, dramático y dado a las escenas, no se conforma con un matrimonio basado únicamente en un montón de motivos racionales. No me casaré si no es por amor.

Edward cerró por un instante los ojos en gesto consternado.

-Acabas de decir que estás enamorada.

-No estoy dispuesta a casarme hasta que no seas capaz de amarme –declaró violentamente ella.

-Bella, lo que dices no tiene sentido. Sabes que puedo hacerte el amor hasta que me pidas clemencia.

Bella tragó en seco con trazas de nerviosismo. Edward estaba a punto de perder los estribos y eso no era nada cómodo.

-No voy a pelear contigo -susurró ella-. Te daré lo que quieras, excepto casarme contigo.

A él se le endureció el trazo de la boca.

-¿Lo que quiera?

-Todo.

-No sabes lo que dices -dijo él, tajante.

-Sí, lo sé. Te daré todo menos casarme contigo.

Él frunció el entrecejo.

-¿Te irías a vivir conmigo? ¿Asumirías responsabilidades en el Hacienda? ¿Atenderías a nuestros amigos de negocios como si fueras mi esposa? ¿Dormirías conmigo? ¿Correrías conmigo? ¿Te ducharías conmigo? ¿Trabajarías conmigo?

-Sí.

-Estás loca. Nunca funcionaría.

Ella se encogió de hombros.

-No veo por qué no.

-Bella, tus padres esperan una boda. Los doscientos invitados esperan una boda. Todos esperan una boda. Nadie va a aprobar eso, ¡maldita sea!

Bella alzó la barbilla.

-Tengo fama de decepcionar a la gente, nadie se sorprenderá.

-No lo permitiré -dijo él.

-Me necesitas. No puedes llevar el hotel tú solo y lo sabes -le desafió ella.

-Estás siendo completamente irracional en esto -explotó Edward.

-Lo tomas o lo dejas. Es mi última oferta.

-No estás en posición de imponer, amiga mía.

-No puedes llevarme obligada al altar.

-¿Qué pretendes conseguir? -se pasó los dedos por el pelo.

-Voy a convencerte de que te amo y voy a enseñarte a amarme. Creo que ese es el único problema, Edward -siguió ella con intuitivo acierto-. No creo que mi desarrollo emocional sea el obstáculo. No he tardado demasiado en unir las dos partes de mi naturaleza. Eres tú quien se dejó algo por el camino. Sé lo que es el amor porque crecí rodeada de él. Aunque me rebelara contra mi padre, siempre supe que me quería y que mis padres sabían lo que era el amor. Crecí con muchos ejemplos de emociones y por eso puedo reconocerlas en mí. Pero tú no tuviste esos ejemplos, ¿verdad?

-Crecer en una sucesión de hogares adoptivos es un excelente ejemplo de lo poco fiable que puede ser el amor -respondió él enfurecido-. ¿Tienes idea de lo a menudo que me decían que me amaban? Mi madre me lo decía. Todas las mujeres que hicieron de madre me lo dijeron, y también me lo dijo la mujer con quien me casé. Estoy seguro de que eran sinceras cuando lo decían. Pero fuera lo que fuera lo que sentían, no duraba mucho. ¿Quieres palabras? ¿Qué me va a impedir decirlas? -terminó él.

-No lo harás. No a menos que las sientas.

-¿Por qué estás tan segura? Te he engañado antes.

-Creo que te cuidarás mucho de decir las palabras «te amo» -dijo sosegadamente Bella-. Creo que te las han dicho a la ligera demasiadas veces. Espero que por orgullo no las usarás conmigo si no las sientes.

-Orgullo, ese es el factor clave aquí -la espoleó Edward, dando un paso hacia ella y agarrá orgullo está herido porque no correspondí a tu apasionada declaración de amor de esta mañana.

-Soy demasiado orgullosa para casarme contigo sin amor, si eso es a lo que te refieres -asintió descaradamente ella-. Si queremos que esta sociedad funcione, debemos basarla en la sinceridad. Estoy siendo completamente sincera contigo y espero lo mismo de ti. ¿Me prometerás eso al menos?

-Sí -respondió escuetamente él.

Ella sonrió ampliamente.

-Es un buen principio, supongo. No te preocupes, Edward. No será tan malo. Creo que estás medio enamorado de mí. Tengo grandes esperanzas puestas en el futuro.

Bueno aqui esta el siguiente capitulo

se agradecen los comentarios

gracias