DISCLAIMER: Los personajes del anime y el manga de "Candy Candy" no me pertenecen, son propiedad de Kyoko Mizuki, Yumiko Igarashi y Toei Animation Co., yo solo suelo tomarlos prestados para imaginar y escribir por ellos historias de amor sin fines de lucro. Tan solo sueños de una fan para otras fans.
¡Hola amigas bellas! Me complace estar aquí trayéndoles el capítulo final de este fic. Les agradezco de corazón a Angdl, Stormaw, Skarllet, CorazónMosho y Clauseri por sus comentarios, sus suscripciones y sus favs, así mismo a todos (as) quienes leen esta historia en silencio, su apoyo es el mejor aliciente para seguir compartiéndoles ideas. Aunque no les conozca les quiero mucho.
Respecto a este capi, aparte de ser el que cierra la historia, espero que pueda ser entendido como un mensaje femenino, de no sentirnos la última rueda del coche en caso de atravesar por un fracaso de una relación, pues siempre podemos encontrar fuerza dentro de nosotras mismas para afrontarlo, sin arrepentirnos de las cosas que hemos hecho, si lo hicimos por amor. Al final nos sabremos levantar.
Un gran abrazo y espero que podamos encontrarnos en el futuro en más historias.
Belén
Capítulo X: La confrontación final
Consideré que todo estaba perdido al tomar el tren. Quería irme lo más pronto y lejos posible de allí para poder dar la vuelta a esa página de mi vida… o al menos intentar… Pero no volver a casa, ni a mi trabajo sino a otro lugar, sola, porque necesitaba tiempo para pensar y para conseguir el valor de contarles a mis madres y mis amigos, que tenían puesta tanta esperanza en mí, que mi relación y también mi mayor sueño había fracasado.
Mirando a través de la ventana a la oscuridad de la noche mientras viajaba rumbo a Illinois, me mortificaba el hecho de saber que Terry siempre sería en mi historia algo que no podría borrar, que no querría borrar porque sabía que con él se quedaba una parte de mi alma. Cada feliz pareja, cada demostración de amor a mi alrededor me lo recordaba junto a nuestros tiempos felices y cada niño o bebé, el futuro que habíamos planeado sin llegar a concretar… Nuestra separación me dolía al punto de estarme desgarrando por dentro pero trataba de convencerme al haber tantas cosas en nuestra contra, de que había hecho lo correcto.
Solo que entonces como un agobio adicional comenzaban a surgirme unas inevitables interrogantes existenciales: ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Qué sería de mí? Me había entregado sin condiciones, sabiendo perfectamente que aquello pesaría en mi contra de salir las cosas mal pues la sociedad para mi desgracia me lo condenaría, así como cualquier otro caballero al querer desposarme, no obstante ni siquiera podía considerar esto último, teniendo a mi inolvidable rebelde tan arraigado en mi pecho.
Con la incertidumbre ensombreciendo mi porvenir, me sentía perdida sin un rumbo fijo cual buque sin brújula navegando a la deriva, e imaginar la cara de decepción que pondrían mis madres que tan bien me conocían al leer con claridad la verdad en mi semblante, empeoraba las cosas, incrementando el sufrimiento casi insoportable que me embargaba, al saber que se decepcionarían de mí… por ello al igual que Susana, a quien compadecía después de todo en su desdicha, tenía también un plan (aunque no tan extremo… en un principio) para atenuar mi tormento que pensaba poner en marcha ni bien desembarcara. Había sido una decisión apresurada, lo reconocía, producto de mi desesperación y mis celos al comprobar que mis peores sospechas eran realidad de su propia boca... y que yo había confiado sin condiciones en Terry y este me había mentido… No quería verlo por eso. Aunque me perjurara con anterioridad lo contrario, la duda estaba sembrada y había además tanta amargura de fondo, tanta desolación, ante lo que no podía quedarme tranquila. Aparte de sentirme engañada no estaba dispuesta a llevar el peso de una muerte sobre mi conciencia.
Las palabras de total desesperanza de ella me llevaron al final a tomar sin vacilar esa resolución, demasiado arriesgada pero a la vez conveniente, puesto que sabía me ayudaría a crecer, a encontrarme conmigo misma y a superar con el pasar del tiempo… pero sobre todo porque sería mi boleto para llevarme lejos.
Me había propuesto consagrarme de lleno a mi vida profesional aprendiendo al fin a vencer los miedos que respecto a esta me quedaran, teniendo en mente bien claras las enseñanzas que aprendiera en la Escuela de Mary Jane. A dedicarme a mi vocación de corazón en el lugar y el momento en que se requiriera, sin oponer excepciones. Iría por ello en busca de lo que hasta hacia unos meses había rehuido hasta en mis pesadillas… enlistarme en el Destacamento de las Fuerzas Armadas de Chicago como Enfermera de guerra para servir en el frente, sabiendo que gracias a mi preparación sin problema me aceptarían.
Estaba consciente de que era como ponerme al filo de una navaja, sin tener la seguridad de poder regresar algún día o inclusive de poder sobrevivir…una manera de arriesgar mi vida al no tener al contrario de Susana la convicción ni el valor suficiente para terminar con ella… una resolución que me aterraba de solo imaginar empezar a afrontarla, viéndome rodeada de esos paisajes de devastación y crueldad, pero que sin embargo era al final de cuentas una posible salida al problema que enfrentaba, resultándome como una salvación porque me mantendría ocupada en físico y mente en el trabajo sin dejarme tiempo suficiente para caer en un mundo interior de sombras. No iba por ello a revocarla.
Terry iría a buscarme a Chicago a pesar de los mensajes que le dejara solicitándole que no lo hiciera, estaba segura de ello, más no esperaba que fuese pronto, estando atado a su carrera y demás compromisos. Por eso hasta que aquello sucediera, yo ya estaría a miles de kilómetros de distancia intentado dejar de pensarlo. Amargas lágrimas rodaron por mis mejillas mientras perdía mi vista en los nevados paisajes, a los que por mi ensimismamiento restaba importancia hasta que el llanto de un bebé en un asiento cercano me sacó de mis cavilaciones para despertarme una mezcla de emociones encontradas. El nene de pocos meses de nacido estaba berreando en el regazo de sus padres que intentaban calmarlo meciéndole entre sus brazos o susurrándole mimos con infinita ternura, recordándome con aquello lo que acababa de perder y lo que estaba dejando atrás. La posibilidad de formar mi propia familia, de edificar un hogar propio junto a quien considerara mi gran amor. Haciéndome entender que el ciclo se estaba cerrando sin dejar una puerta abierta como oportunidad para arrepentirme. En tanto por otra parte me trajo también incertidumbre y temor de haber podido quedar embarazada, ya que si bien había llevado mi control según el calendario, a veces aunque pocas, mi feminidad resulta irregular. En resumen debía estar preparada para todo, incluso para sacar adelante a un hijo como madre soltera, de ser el caso… El bebé seguía llorando en tanto sus progenitores trataban de arrullarlo, era amado y crecería en un hogar formado con amor así no fuese de dinero. El mío también sería amado, así le tocara crecer sin un padre.
Ya se encargaría el destino de responder a mis preguntas pero entonces solo iba a ciegas a su encuentro, aterrada como un prisionero con los ojos vendados caminando hacia el patíbulo.
Me pasé llorando gran parte del camino, recordándolo a Terry en cada paraje, en el horizonte, en cada nube atravesada por la luz de la luna, imaginando que cada pasajero que subía en cada estación podía ser él, aun sabiendo que aquello era imposible. Tenía en mi mente su rostro preocupado tal como la última vez que lo viera, deseando de corazón que todo hubiese salido bien en su rescate y que Maurice no le hubiese dejado permanecer en la Comisaría durante mucho tiempo. Esperaba entonces que donde quiera que estuviese se encontrara bien. Ante todo siempre le desearía amor.
Esa noche desde lo profundo de mi corazón le dije adiós.
No sé bien cómo al día siguiente conseguí llegar a casa, agobiada por el peso de mi corazón roto, lo juro. Sólo sé que Albert, impresionado de mi palidez y debilidad, me recibió en sus brazos ni bien abrir la puerta, haciéndose responsable de mí en mi estado enfebrecido en todo momento, invirtiéndose así nuestros papeles y volviéndose mi enfermero, no solo del cuerpo sino del alma.
Desahogué en él mis penas. Lloré amargamente abrazada a su pecho contándole lo que al final había pasado y no me juzgó, en lugar de ello me aconsejó, recordándome que no todo estaba perdido, que aún tenía gente a mi alrededor que me quería y se preocupaba por mí, y que así mismo me aceptarían con mis equivocaciones, animándome a continuar con mi vida normal, sólo que yo estaba decidida a seguir un camino que le hice saber.
-¿Qué dices?- me consultó incrédulo al conocer mi decisión
-Debo hacerlo, es una oportunidad que me hará crecer- expliqué tratando de convencerlo para que me apoyara y en parte también para terminar de convencerme a mí misma -El sueldo será bueno, nos ayudará a mantenernos. Puedes quedarte viviendo aquí y yo te enviaré dinero mensualmente…-
-¡Candy qué dices!- repitió interrumpiéndome, mostrándose en total desacuerdo -El dinero no lo es todo en el mundo, más importante es tu vida pues sin ella ya no tendrías nada- levantándose entonces de su asiento en la mesa, donde estábamos merendando al sostener esa plática, fue a acuclillarse a mi lado para tratar de hacerme entender que cometía un error –Comprende, no puedes arriesgarte así. Vas a algo muy peligroso y lo sabes. Esta cruel guerra no es un juego, ni tampoco una salida a tus problemas. Si los tienes, debes afrontarlos, no huir de ellos. El estar lejos no te librará del recuerdo de Terrence ni del dolor de la ruptura. Lo que buscas hacer es algo descabellado al estar cegada por el sufrimiento... Créeme, yo estuve a bordo de un tren que fue dinamitado por bandos enemigos y fue algo escalofriante. Algo tan terrible que no tengo ni palabras para describirlo y eso no es ni una minúscula parte de lo que es en realidad en magnitud de esta guerra. No es algo que quiero que tú vivas- al final sus palabras eran casi una súplica
-¡Basta, ya no sigas por favor!- le supliqué cubriéndome la cara con las manos, intentando contener mis ganas de llorar, consciente de que si lo hacía de nuevo no podría parar en horas.
-Candy por favor piénsalo, no actúes a la ligera. Solo con el día a día dedicándote a lo que haces en tranquilidad y refugiándote en las personas que te aman, te ayudará a olvidar. Con el tiempo sanarás- me recomendó él pero yo sin querer escuchar más me levanté prefiriendo retirarme a mi cuarto.
-Te agradezco tu preocupación Albert pero ya no soy una niña y estoy en condición de tomar mis propias decisiones. Esta es una de ellas- dejé en claro resuelta antes de entrar. Sabía que como mi mejor amigo me cuidaba y quería lo mejor para mí, que comprendiendo lo riesgoso que estaba por emprender intentaba hacerme desistir por mi bien, más yo en esos momentos lo único que quería era desaparecer del mundo y aquello era lo único que me brindaba la posibilidad de hacerlo. Me dije a mí misma que al final de cuentas lo comprendería y aceptaría, pero su respuesta me desconcertó
-¿Y si no te dejo ir?- lo mencionó de forma casual pero de algún modo pareciéndome muy confiado, como si tuviese en realidad el poder de hacerlo y hubiese cambiado algo en personalidad en el tiempo en que yo me encontrara lejos, como si me ocultara algo, no obstante opté por no darle mucha importancia.
-Espero que no lo preguntes en serio porque ya lo he decidido- Me ocupé en recalcarle, sonriéndole un poco por lo que pensé era una de sus bromas para alivianar la tensión del tema. Él solo asintió entonces como aceptando mi voluntad por fin y fue el último intercambio de palabras que tuvimos por esa noche.
Al otro día me reincorporé en el Hospital a mis labores cotidianas, sólo que llevando conmigo mi petición escrita para ser aceptada como personal médico de guerra que sabía sería bien recibida y esperaba que tuviera una pronta resolución. No había marcha atrás.
No pensaba decirle nada a mis amigos ni a mis madres por lo pronto, hasta que estuviese ya instalada en el frente en Europa, desde donde mediante cartas entonces se los comunicaría, dejándoles saber también sobre mi situación. Había resuelto que esa sería en definitiva la forma más fácil de partir o de lo contrario no podría irme.
Albert siempre llegaba primero del restaurante donde trabajaba a casa, sin embargo esa tarde cuando volví, al entrar y escuchar el silencio absoluto que reinaba en el lugar, supe que no estaba.
Me había despedido con normalidad de él en la mañana y no recordaba que me hubiese mencionado alguna actividad extracurricular que fuese a realizar luego de concluir su jornada laboral, como por lo general acostumbraba para que no me preocupase como buena hermana menor, teniendo en cuenta que todavía no estaba curado de su estado amnésico, lo que me resultó extraño, más no fue hasta después andar por la sala, cuando me dirigí al comedor que encontré allí un sobre con su letra dirigido hacia mí… y lo entendí todo sin tener siquiera que abrirlo, al tiempo que sentía como me invadía la tristeza.
Sentada sola entonces bajo la escasa luz del crepúsculo que se filtraba por la ventana, leí sus explicaciones de por qué se iba y me dejaba, su confesión de que había recuperado la memoria hacía varios días y no me lo había dicho por no considerarlo el momento adecuado, sus disculpas por no contármelo en persona por temor a sentirse débil y no poder partir, su promesa de volver a vernos, sus deseos de buena suerte en mis proyectos y la notificación de una casilla postal para que le escribiera. Era su despedida de mi vida… tal como yo le hiciera a Terry y planeaba además hacerle a mi familia de corazón, experimentando en carne propia ahora cuanto dolía que alguien que quisieras se marchase de esa manera.
Desconsolada, me sentí más abandonada que nunca, reclamándole en el fondo al destino por qué nunca jugaba de mi lado permitiéndome ser feliz.
Sin poder soportar la soledad y tristeza del departamento sin la presencia de mi incondicional amigo, decidí mudarme así al internado del Hospital hasta que me llegara la respuesta a mi solicitud de cambio. La cual por suerte tardó solo cuarenta y ocho horas y en la que me indicaban debía presentarme dentro de tres días en el Destacamento Militar de Washington, el más grande del país, donde me habían aceptado.
Esa noche luego de terminar mi jornada normal me retiré a mi habitación a descansar pero no sin antes comenzar a arreglar mi valija y sentarme a escribirle luego al abuelo William, haciéndole a él sí partícipe de la noticia y del porqué de mi resolución profesional. Intentando retribuirle mediante palabras mi cariño a aquel honorable caballero a quien le debía tantas cosas que con probabilidad nunca podría pagarle, y quien se merecía más que nadie que le explicara el por qué me apartaba en definitiva de la familia. El argumento fue el mismo que le expusiera a Albert, que necesitaba progresar y encontrarme a mí misma. Me despedí agradeciéndole una vez más por tener fe en mí, por adoptarme, educarme y por haberme protegido, le prometí que si todo salía bien, iría a visitarle en persona una vez cumplida mi misión y le pedí también desde el fondo de mi corazón que se cuidara mucho. A primera hora de la mañana contigua, deposité con un cariñoso beso de gratitud la carta en el buzón de correo.
En mi último día de labores normales aproveché para despedirme de mis compañeras y amigas, en vista de que debía partir al día siguiente muy temprano sin ya poder verlas. Les agradecí entonces por sus buenos deseos, asombrada de que me estimaran tanto y aparentando ser lo más fuerte que podía para no quebrarme delante de todas, que de forma errónea me miraban con admiración por mi valentía de querer ir detrás de un riesgo al que la mayoría temía, sin tener idea de la verdadera causa que me llevara a optar por ello o la magnitud del vacío que sentía en mi vida que requería de cualquier forma ser llenado… la búsqueda de un alivio para mi alma.
Flammy era mi modelo a seguir y tal como ella, que considerara ir al frente como una oportunidad y ya llevaba varios meses desempeñando su labor junto a los campos de batalla, yo también me alentaba a poder lograrlo, poniendo lo mejor de mí. Es más si me esforzaba hasta podría adquirir con el tiempo su carácter frío y centrado, digno de toda una profesional comprometida cien por ciento con su trabajo.
Después de ducharme, me acosté para pasar la que sería mi última noche en el Hospital de Chicago, teniendo el equipaje ya listo para salir a primeras horas de la mañana al encuentro con el destino que resolviera trazarme yo misma después de tantos sinsabores.
Así fue como llegué hasta aquí, a este amanecer frío en la estación de ferrocarriles. Está demás decir que el nerviosismo del preámbulo de lo que me espera no me permitió dormir a plenitud anoche y el corto momento en que conseguí conciliar el sueño, fue para verme conviviendo junto a Terry tranquila y feliz como si nada hubiese pasado entre nosotros, quizá porque mi mente onírica parece buscar con desesperación una anestesia para mi dolor interior basándose en la añoranza de esos días felices que no regresarán.
En mi fantasía, Terry y yo en medio de un paseo por los bosques escoceses encontrábamos una iglesia antigua y abandonada, tan sólo iluminada por la luz de la luna que se filtraba a través de algunos vitrales rotos. El ambiente era lúgubre pero no nos daba miedo, en lugar de eso, la soledad cobijada por el silencio nos envolvía de algún modo en un ambiente de perfecta intimidad, tanto que ni siquiera nos importaba lo grande del sitio, la religión o quien pudiese llegar en cualquier momento acusándonos de pecadores, a sabiendas de nuestras andanzas, por habernos dejado vencer en el fuego de la lujuria sin la bendición matrimonial. Nada nos resultaba relevante en comparación a lo que significaba para nosotros estar juntos y esto hacía que por ende nuestra pasión se despertara provocando que nos empezáramos a comer a besos y que no pudiéramos apartarnos el uno del abrazo del otro hasta dejarnos caer al suelo haciéndonos el amor, como si supiésemos que el mundo iba a terminarse en cualquier instante y quisiésemos aprovechar lo máximo del tiempo que nos quedaba, dejando por completo nuestra almas en ello.
Podía escucharme claramente diciéndole "Te amo" con mi respiración agitada mientras le acariciaba la cara, sabiendo que era una despedida. Terry encima mío en medio del éxtasis, mirándome al final con la misma expresión de pena que le notara al separarme de él en New York, que me resquebrajara el corazón, y yo allí perdida en su cuerpo, queriendo permanecer a su lado y deseando pertenecerle para siempre, pero consciente también de que era imposible, de que nuestra historia terminaba sin un final feliz.
Al cerrar los ojos todavía puedo recordarlo. El sueño no se ha desvanecido de mi memoria con el pasar de las horas e intuyo ya que permanecerá en mi subconsciente para el resto de mi vida, sea mucho o poco lo que me quede de ella, porque todo es posible en las fauces de este conflicto bélico sin miras de terminar en el que voy a envolverme y que significará para mí un tiempo de reflexión que me gastaré tratando de dejar atrás, de arrancarme de las entrañas este amor que se me ha enraizado, que marca cada parte de mi espíritu y de mi ser… y por el cual además sé que seré inevitablemente señalada siempre sin poder hacer nada al respecto, pues así a mí no me interese acatarme a lo convencional, no van a cambiar las normas de la sociedad. Pero yo soy fuerte y sé que saldré adelante.
Una lágrima resbala por mi mejilla y dejo que caiga hasta mi falda, helando mi cara en el trayecto debido al gélido clima. Está todavía oscuro pero yo ya me encuentro aquí desde hace media hora, esperando a que arribe el tren de las siete. Mientras tanto, sentada en una banca cercana al andén correspondiente, veo el boleto que tengo entre mis manos, mi esperado pasaje a un lugar lejano, pensando a la vez con temor en las cosas por las que tendré que atravesar más adelante y me siento con sinceridad a punto de arrepentirme. Sin embargo, cual guerrera envuelta en una coraza de metal trato de darme valor para ir a la batalla sin detenerme a mirar atrás.
Estoy tan inmersa en mis cavilaciones que no noto que alguien se acerca caminando en mi dirección y solo levanto la vista en cuanto le tengo enfrente… quedando de inmediato asombrada por completo.
Es Terry en persona, no producto de un sueño. Está de pie ante mí observándome con preocupación y melancolía pero sin atreverse a decirme nada, quizá teniendo al igual que yo muchas cosas por exponerme sin decidirse por cuál comenzar.
Mi príncipe azul, mi Romeo genuino, no se ha olvidado de mí, ha regresado a buscarme.
-Terry…- su nombre se escapa de mis labios en un suspiro, siendo la pauta para que él reaccione, dejándose caer de inmediato de rodillas para abrazarse a mi falda, desarmándome con su acto por completo.
-Lo siento Candy, lo siento. Discúlpame por dudar, por no haberte contado lo que sucedía desde el principio. Te necesito pecosa… Te amo- me suplica asido a mi cintura y no me resulta difícil saber que está llorando. Para entonces yo lo estoy haciendo también, atravesada por su dolor como si fuésemos una sola persona.
-Yo también te amo- le susurro sin poder contenerme más, acariciándole la cabeza con ternura, contenta de devolverle algo de esperanza y de poder contemplar cómo su rostro de pena va cambiando poco a poco a uno de alivio.
-Esto es una locura- agrego, todavía sin poder creer lo que está sucediendo -¿Cómo es posible que estés aquí y la obra? ¿La abandonaste?... ¿Y Susana?- temí antes de preguntar eso último
-Renuncié a la obra, Maurice me reemplazará bien. Ya habrá tiempo para el teatro luego. A Susana en cambio le hablé con la verdad, le dije que necesito estar contigo, que no puedo vivir sin ti… y al fin lo entendió. No voy a desampararla, ella es como una hermana menor para mí pero tú eres la chica que amo. Créeme, tú eres todo lo que quiero Candy, que me permitas permanecer a tu lado y que me dejes formar una vida contigo- responde él sin vacilar -Quédate conmigo, no te vayas por favor- me suplica
-Mi tren no tardará en llegar- menciono en voz baja, volviéndome a la mente entonces la misión que tengo por cumplir de la que ya no puedo retractarme y que tan solo por unos minutos conmovida por su presencia, he conseguido olvidar. Otra pregunta se me viene por lo tanto a la cabeza en medio de la situación, ¿Cómo es posible que él se haya enterado que justo "este día" y a "esta hora" tenía previsto partir -…Me enlisté como voluntaria de ayuda en el frente… no puedo abandonar mi cargo- le cuento en voz baja, temblando apesadumbrada al lamentar mi peculiar suerte, objetando el por qué ésta siempre suele jugar conmigo poniéndome obstáculos en el camino e impidiéndome ser por completo feliz. Él ha llegado demasiado tarde a rescatarme, trayéndome la oportunidad de cambiar de rumbo de improviso cuando ya he dado varios pasos por otro sendero.
Si abandonara todo, como en estos momentos deseo, para seguirlo, echaría por la borda mi carrera y todos mis años de estudio. Todo mi esfuerzo no valdría para nada. No puedo hacerlo y por lo mismo desesperada me aferro a él, lanzándole los brazos al cuello para sollozar escondida en su hombro, desahogando todo el miedo que tengo, mis ganas de revertir las cosas y también mis ansias de no separarme nunca más de su lado. Terry sosteniéndome fuerte entre sus brazos, se levanta manteniéndome consigo.
Nuestro abrazo es profundo y dura algunos minutos reconciliando nuestros corazones hasta que logro reunir todas mis fuerzas para actuar en contra de mi voluntad y con pesar logro separarme de a poco. Permanecer fuera de su alcance es lo que me parece mejor si quiero tener el valor cuando llegue el momento para enfrentar mi destino y despedirme, más Terrence Grandchester es terminante y antes de que yo me aleje mucho, me toma de los brazos siendo muy claro en su expresar
-¡No te dejaré ir!-
-No puedo quedarme, por favor entiende…- empiezo a rebatirle dolida pero en eso me cierra la boca con un intenso beso cargado de su impetuosidad, dejándome sin poder argumentar nada más.
El contacto de nuestros labios despierta nuestras ansias, los recuerdos, las ganas de no separarnos, de permanecer inmersos en esta arrebatadora pasión por el resto de la vida, sin que nos importe nadie a nuestro alrededor que nos pueda estar mirando entre el trajín de viajantes. Somos dos novios, dos amantes enamorados luchando por su relación en un momento decisivo. Las normas sociales bien pueden quedar a un lado, porque lo único real en el mundo en estos momentos somos nosotros.
-Yo creo que sí puedes- me dice resuelto y despacio con sus labios acariciando los míos, refiriéndose a que está todavía en mi poder cambiar las cosas. No comprendo hasta que él sin complicarse y aprovechando mi aturdimiento, me arrebata de improviso el boleto que tengo en las manos para luego ante mi estupefacción romperlo frente a mi cara
-¡Pero qué hiciste! ¡Terry!- reclamo horrorizada –¡Gasté en ese pasaje lo último que me quedaba de mis ahorros, no podré comprar otro!- protestó con indignación, angustia e impotencia
-No hará falta amor- me dice él con tranquilidad en tanto me levanta mi rostro contrariado que ni siquiera quiere verlo, por la barbilla, obligándome sensualmente a que le mantenga la mirada –Todo está arreglado. Nadie va a reclamarte nada porque los dirigentes del Hospital están al tanto de esto, de que no iba a dejarte partir- me explica esbozando esa media sonrisa coqueta y sensual, que sabe me resulta irresistible.
-¿Qué?, ¿De qué hablas?- requiero saber confundida, comenzando a rememorar al tiempo la mirada extraña y esquiva de mi jefe en el Hospital al entregarme la autorización de traslado, como si supiese algo que no pudiera decirme -¿Cómo?- demando saber con incredulidad, resultándome todavía inconcebible que dicho Doctor se prestase para algo así, que jugase con algo tan serio.
-Soborno- responde Terry con indiferencia, como si aquello fuese lo más normal en determinadas ocasiones
-¿Lo hiciste tú? ¿Todo esto lo planeaste tú solo?- pregunto con inquietud. Terry me sonríe de nuevo antes de contestar
-Bueno, esa es una larga historia pero digamos que tenemos un amigo en común o bien podría decirse un padrino, que interpretó en nuestra historia el papel de Fray Lorenzo (1) sabiendo enviar con eficiencia las cartas y remuneraciones adecuadas a tiempo-
Yo no sé en esos momentos qué responderle. Todo me parece muy raro. Por unos segundos pienso que mi mocoso atrevido está un poco loco aunque aun así lo seguiría adorando, pero por otra parte al decir "padrino en común" la única persona que se me viene a la mente cumpliendo aquella característica es el rubio guapo y aventurero que ambos hemos llegado a considerar nuestro mejor amigo.
-¿Albert?- consulto sorprendida y la risa de Terry es una confirmación que me genera mayor desconcierto, cuando desconocía que éste tuviese tanto dinero como para sobornar a altos dirigentes del Hospital Santa Juana, el más importante de Chicago -¿Pero cómo?-
-Hay muchas cosas alrededor de tu vida por saber que ni siquiera te imaginas- me contesta mi rebelde acortando la distancia
-No quiero más secretos- le digo mirándole su hermosa boca que me muero por volver a besar
-Ya no habrá más secretos de parte mía. Es una promesa- Terry esboza besando mi mano con picardía al contrario de saciar mi hambre, lo hace a propósito para molestarme pero entonces sin que me lo espere, la sostiene entre las suyas para luego sacar de su bolsillo algo brillante. Una sortija.
-A partir de ahora estamos comprometidos- expresa mientras la desliza con delicadeza en mi anular izquierdo -sea lo que sea que deba venir en el camino, lo afrontaremos juntos-
Me he quedado estática, no puedo creer que esté sucediendo esto. Miro el anillo en mi mano como símbolo de nuestra futura unión y sólo atino a asentir. Un abrazo sella nuestra promesa. Un abrazo largo que me envuelve con su calor en medio de ese frío y me devuelve la seguridad que necesitaba. Ahora sé que de algún modo estoy de vuelta en realidad en casa, porque mi hogar es donde esté él.
De pronto, el sonar de una bocina en una calle aledaña detrás de nosotros, me llama la atención, haciendo que me voltee a mirar. Un dejavú cruza entonces por mi ser, como si aquel lapso ya lo hubiese vivido antes o lo estuviera esperando, siendo aparte plenamente consciente de que Terry está pendiente de mi reacción, conocedor de algo que yo todavía no sé y que de seguro me resultara una gran sorpresa.
Albert se encuentra arrimado a un lujoso automóvil negro al lado de George, el asistente de los Ardley, elegantemente vestido y bien peinado, como nunca le he visto con anterioridad. Sonriéndonos con complicidad mientras juguetea haciendo girar unas llaves entre sus manos. Centrándose en mí entonces y en mi rostro de impresión, incomprensión y a la vez de alegría de volver a verlo, me saluda cariñosamente con un movimiento de cabeza y luego dirigiéndose a Terry asiente antes de ingresar al coche en el asiento del conductor. Un gesto que me hace entender que los dos tienes tramado algo más. El buen George en tanto, abre la puerta trasera con amabilidad para nosotros, a la espera de que nos acerquemos.
Me vuelvo de inmediato en ese instante a mirar a Terry, exigiéndole una explicación, resultándome increíble que por lo visto entre los tres hayan llevado a cabo algo así, recurriendo incluso al Clan Ardley, la honorable familia que saben me adoptó.
Otras cosas que me parecen demasiado raras son el ¿cómo ha sido posible que todos se enteraran de cuándo me iba si eso sólo se lo había contado al abuelo William en mi carta personal?, y además mi curiosidad de saber el motivo por el cual Albert parecía andar bien enrolado de algún modo con la familia, se hacía cada vez más imperante, quedándome para creer que a lo mejor había conseguido una plaza de trabajo en alguna de las tantas empresas del grupo escocés.
"Tal vez de chofer o guardaespaldas del tío abuelo", pienso para mis adentros y al verme Terry inmersa en un mar de dudas, me sonríe con amor, acariciándome la espalda para que me tranquilice.
-Tienes en este mundo mucha gente que te ama Candy, así a veces lo olvides. Gente a la que con tu luz haces especial sus vidas…- me dice al oído, rodeando mi cintura con sus brazos y apoyando su mentón sobre mi hombro al abrazarme por la espalda -…Gente que haría lo que fuera por ti y por verte feliz. Está demás decir que Albert y yo llevamos el estandarte entre todos ellos-
Le agradezco sus atenciones atrayendo con una mano su cara a la mía para juntar nuevamente nuestros labios, al tiempo que acaricio con la otra sus brazos que se mantienen entrelazados en mi cuerpo brindándome protección.
-Sé por todo lo que has pasado en tu vida Candy pero desde ahora me esforzaré en llenarla tan solo de recuerdos felices. Historias increíbles te esperan Tarzán Pecosa, este será tan solo el principio- Diciendo esto me suelta pero solo para tomarme luego de la mano, incitándome a seguirlo -¿vamos?-
-¡Vamos!- confirmo apresurándome a su lado, sintiéndome más feliz que nunca y aceptando lo que sea que el porvenir me traiga a partir de aquí, porque sé que lo viviré con él. Junto al joven que adoro y que me ama también.
FIN
Notas del autor:
1) Fray Lorenzo: Personaje de la obra "Romeo y Julieta". Amigo religioso de los protagonistas, quien los casó.
¡Mil gracias por leer, hasta una próxima aventura!
Atte.
Moonlight86
